27.11.11 

Albañiles y colegialas



(Publicada hoy en Página/12)

“Soy un albañil que se levanta cuatro y media/para marcar la tarjeta a las seis/ vivo de mi rutina mezclando materiales/ pegando ladrillos, construyendo una pared. // Y cuando se hacen ocho y media/ los chicos se van a la escuela/
las nenas pasan de pollera/ y yo las imagino... /contra la pared, contra la pared./ Trato de pensar que no debo imaginar/ esas cosas que no pueden suceder/ pero no puedo evitar que esas ideas/ vengan a mi mente una y otra vez.”

La canción se llama “Contra la pared” y aparece en el disco del mismo nombre. Su tapa muestra a una “colegiala” contra la pared. Detrás de tan elevada exhibición artística está Pity Alvarez, una campaña ambulante: basta verlo y escucharlo para comprobar el devastador efecto que tienen ciertas drogas, y utilizarlo como ejemplo de lo que es recomendable evitar. El disco acaba de aparecer en el mercado y es probable que sea un éxito: Viejas Locas es una banda con arrastre popular y viene de un hiato producido por los problemas judiciales de su líder, que cuando no anda baleando a su representante o amenazando con meterle un tiro en las piernas a la madre de una fan toma su guitarra y enaltece de esta manera al rock argentino.

En las últimas semanas se ha hablado bastante de la violencia contra menores de edad. El jueves y el viernes, las actividades relacionadas con el Día Internacional de la No Violencia contra la Mujer volvieron a poner sobre el tapete un problema siempre presente. Y entonces aparece el Pity a cantar sobre poner a una adolescente en pollerita contra la pared. A instalar ese estribillo en boca de miles de pibes.

Si no fuera tan peligroso, uno podría cerrar el asunto en la comprensión de que se está hablando de un pobre pibe que nunca tuvo demasiadas luces, agravado por un cerebro quemado por los excesos. Pero uno ha escuchado y escucha mucho rock argentino, y cuando un salame que la va de rocker estigmatiza a un albañil (ese negro que sólo piensa en voltearse a las pendejitas del colegio) y estimula la imagen de atacar sexualmente a una menor, ya no hay “código” ni supuesta pacatería que pueda esgrimirse.

Es probable que Pity defienda su cancioncita diciendo que todo es un chiste, pero las cifras de ataques a mujeres de toda edad, la persistencia de los hechos en el tiempo, inhabilitan los chistes. No asombra, claro. En un show de Viejas Locas en Vélez, en 2009, Rubén Carballo (19) fue muerto a golpes y su cadáver fue escondido, en un episodio aún no aclarado. Lo único que hizo Pity fue emitir un cobarde, incoherente comunicado en el que se abrió de gambas y evitó asumir cualquier responsabilidad de la banda que había convocado al show, y pasó de página. Tampoco asombra que el mismo disco incluya una foto con toda la iconografía del consumo de merca: es lo esperable en un tipo que viene de una internación para frenar la adicción.

Que quede claro: aquí no se está pidiendo que se ponga un freno o se censure una obra artística. Pity Alvarez y Viejas Locas tienen todo el derecho del mundo de editar su disco y sus canciones, aunque éstas hablen de un albañil con fantasías de abuso sexual a menores o un frasco lleno de cocaína. Del mismo modo, este que firma tiene todo el derecho del mundo a opinar que el rock argentino ha encontrado en Pity Alvarez su pozo más profundo de estupidez.

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23.11.11 

"No hay que quedarse en el confort"


(Publicada hoy en Página/12)

“Eso es el sonido de cuatro tipos tirando abajo el árbol de Joshua”: así respondió U2 a las preguntas que aparecieron cuando la deforme intro de “Zoo Station” sorprendió a todo el mundo, e inauguró oficialmente la década del ’90. En el mismo año en que Primal Scream redefinía el sonido de las pistas con Screamadelica, los irlandeses indicaban el camino para el rock. Hartos de ellos mismos –de allí la referencia a The Joshua Tree, el disco que fue una consagración y una cruz difícil de cargar–, al borde de la separación, Bono, The Edge, Larry Mullen Jr. y Adam Clayton huyeron hacia adelante con una experiencia que resultaría en el mejor disco de U2. El disco que ahora celebra veinte años y no ha envejecido ni un poco, el disco de título inexplicable: Achtung Baby.

“Mientras hacíamos el disco, lo que realmente estaba en juego era la confianza mutua que nos había mantenido unidos. Eso nos podría haber llevado a una espiral descendente, algo mucho más triste que la imagen de uno de nosotros pegando un portazo”: hace poco, en la presentación en Toronto de From the sky down (el film de Davis Guggenheim que indaga en el proceso creativo de Achtung Baby), The Edge no endulzó nada. Como suele suceder con las grandes obras, AB significó una caja de Pandora llena de dolores, angustias, pases de factura y momentos límite. Allí estuvieron Brian Eno y Daniel Lanois para mediar y evitar que la sangre llegara al río, para lidiar con esos cuatro tipos necesitados de reinventarse y convertir esa explosión de ideas en algo coherente.

“Ver esa película me resulta un poco humillante –dijo Bono en Toronto–. Darme cuenta de que éramos muy ineptos. Hoy somos una banda mejor, aprendimos nuestro arte, y aun así hay un gran peligro, que es la enorme distancia entre lo muy bueno y lo grandioso. Pero en esa época... estábamos tratando de hacer una música que no entendíamos, y la banda parece conseguir sus mejores trabajos en ese ambiente. Cuando todo es confortable no es interesante. Y en esos intentos que hacíamos hubo mucha, mucha mierda.” Resulta curioso escuchar a Bono y The Edge analizar, con la frialdad que dan dos décadas de distancia, gemas hoy indiscutidas como “Even better than the real thing”, “Until the end of the world”, “One” (“¿Cómo alguien puede casarse con esa canción? ¿Es que no escuchan las letras? Es la canción más amarga del disco”, señala el cantante), “Ultra violet”, “The fly”... ir a Berlín en plena caída del Muro, meterse en el legendario estudio Hansa Ton y sacar afuera los demonios era la manera de “tirar abajo el Joshua Tree”, lo que significaba sacarse de encima el ya intolerable peso agravado por Rattle and Hum.

Harto de su propia corrección política, U2 abrazó el cinismo. Le dio un apasionado beso de la muerte a su anterior encarnación.

“Estoy listo, listo para el gas hilarante/ Estoy listo, listo para lo que venga”: los dos primeros versos de “Zoo Station”, el sonido de motosierra de The Edge, fijan el tono de Achtung Baby y el futuro (que hoy es pasado) de la banda irlandesa. En Canadá, el guitarrista retomó el hilo de “lo confortable” para encontrar una explicación a la extraña clase de magia que se produjo entre Berlín y Dublín: “Hace poco conocimos a John McLaughlin y le preguntamos por su trabajo con Miles Davis, y nos contó que a veces Miles entraba al estudio sin saber realmente qué iba a hacer. Cuando ves From the sky down te das cuenta de que nosotros hicimos lo mismo, y lo hicimos –y aún lo hacemos– para sacarnos de la zona de confort, porque no hay otra opción. Si estás en una zona donde confiás en tus mañas, en lo que aprendiste, inevitablemente vas a crear... música confortable. Lo menos interesante del mundo”.

Veinte años después, y con todo el clasicismo adquirido con los años, Achtung Baby sigue estando lejos del confort. Sigue interpelando. Ha envejecido, seguro, mucho mejor que sus autores y sus oyentes. Y amerita la cadena de reediciones remasterizadas que llegan a la caja de ultra lujo, que incluye el capricho de las gafas de mosca que Bono utilizó en el ZOO TV Tour para enterrar al pelilargo de la bandera blanca y la mirada honesta. La más modesta versión de dos discos habilita igualmente un disfrute especial. No solo por un inédito absoluto como “Blow your house down” o una versión poco conocida de “Lady with spinning head” (Frankenstein del cual salieron dos canciones diferentes del disco), sino también por la preciosa versión de estudios de “Satellite of love” –que fue lado B de “One”– y “Paint it black” (lado B de “Who’s gonna ride your wild horses”), o los remixes de varios títulos del disco original. Pero también, y no deja de ser sorprendente, seduce a través de ese original, cuando se comprueba que no solamente los discos de los ’60 y ’70 pueden experimentar un pulido sonoro que revela matices inesperados.

“Fuimos a Berlín porque estábamos interesados en lo que en alemán llaman zeitgest, las fuerzas que modelan el mundo. Pueden venir de todos lados, de lo cultural, lo político, lo espiritual, la ciencia y la tecnología. Siempre tendemos a querer estar donde eso sucede. Somos curiosos, no solo por la cultura. Es un poco lo que hicieron The Beatles, que son el molde de cualquier banda”, se explayó Bono en el Festival de Toronto. En el libro U2 at the end of the world, el periodista estadounidense Bill Flanagan hace un pormenorizado relato de esa zambullida del cuarteto en un mundo que estaba cambiando para siempre, y que –no podía ser de otra manera– los cambió a ellos. “U2 ha esquivado la irrelevancia durante los últimos veinte años, pero siempre estamos en riesgo –dice el cantante–. Podemos seguir haciendo gran música en grandes estadios o hacer cosas pequeñas, eso se verá. Pero tendremos que volver a ese lugar para sobrevivir.” La frase disparó luces de alarma y titulares catástrofe sobre una posible separación. Pero si hay algo que, de Achtung Baby para acá, quedó bien claro, es que con U2 nunca hay que dar nada por sentado. Nunca se sabe cuándo pueden volver a sacar la motosierra, y empezar a tirar abajo los árboles que le daban sombra.

* La edición aniversario de Achtung Baby ya está en las bateas argentinas. El DVD From the sky down saldrá el 12 de diciembre.



El disco de versiones Q, un hallazgo

El vigésimo aniversario disparó una locura de resultados contundentes: para festejar la vigencia de Achtung Baby, la revista británica Q encargó a varios artistas la tarea de versionar todas las canciones del disco. El resultado acompañó la edición de octubre del magazine: Ahk-Toong Bay-Bi Covered es un festín en el que ese playlist demoledor encuentra una nueva savia, otro clima, siempre sostenido por la calidad compositiva del original. Y que produce curiosos juegos: ya que el original era tan abrasivo, el “Zoo Station”, de Nine Inch Nails, no busca redoblar la apuesta sino cubrirse con un clima ominosamente relajado. Es, precisamente, la primera estación de un viaje que alcanza cumbres como Patti Smith erizando la piel con “Until the end of the world”, guitarra acústica, piano y esa voz capaz de derrumbar cualquier pared emocional. O la podredumbre electrónica de Depeche Mode para “So cruel”, el pulso bailabe de “The fly” en manos de Gavin Friday y el ataque barroco de Glasvegas para “Acrobat”. Quizá The Killers (“Ultraviolet”) y The Fray (“Tryin’ to throw your arms around the world”) prueban arreglos menos encantadores, pero allí está también Garbage para revisitar en plan melancólico “Who’s gonna ride your wild horses” (y hay que bancarla a Shirley Manson en ese plan), una melancolía con raptos de potencia que evitan la monotonía. Damien Rice elude con garbo los posibles lugares comunes de atreverse a “One”, y como meta-chiste, no luce nada mal la versión que entrega de “Even better than the real thing” una banda que conoce el paño: los mismos U2. Para quien quiera tener la estantería irlandesa siempre completa, la revista y su disco se consigue en los habituales kioscos importadores a lo largo de Corrientes o Florida.

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29.5.11 

La revolución de Gilbert



EnlaceTodo empezó en una esquina de Harlem, a pocas cuadras del mítico Apollo Theatre, pero lo que allí se dijo tuvo alcance planetario. En 1970, el sello estadounidense Flying Dutchman Records presentó, bajo el título de “A new black poet”, a Gil Scott-Heron y su Small talk at 125th. and Lenox. Dentro de esa portada en orgulloso blanco y negro, contenido en un círculo de vinilo, reposaba un himno generacional, piedra de toque de un movimiento que llega hasta hoy. La revolución no va a llegar a vos gracias a Xerox, en cuatro partes y sin cortes comerciales, decía Scott-Heron en una hipnótica letanía de menos de tres minutos que enumeraba que la revolución no irá mejor con Coca-Cola, la revolución no nos dará fotos de los cerdos baleando a nuestros hermanos, la NBC no podrá anunciar los ganadores a las 8.32. Con apenas un sostén percusivo a esa formidable acción poética, el “nuevo poeta negro” suscribió el primer rap de la historia. Una frase que resonó entonces y a través del tiempo, que pudo aplicarse a decenas de situaciones sociopolíticas, que se volvió contraseña y que fue sistemáticamente utilizada, parodiada, parafraseada, citada, por el mundo de la cultura y por periodistas tituladores en todo el planeta.

La revolución no será televisada, escribió, dijo, cantó, postuló Gilbert Scott-Heron en 1970, legándonos una frase universal. La revolución te va a poner en el asiento del conductor. La revolución será en vivo.

El viernes, a los 62 años y en la misma Nueva York donde empezó la cháchara, Gil Scott-Heron se despidió de Harlem y de todos los demás barrios.

Hacía años que lidiaba con el VIH, pero también con la cocaína y el alcohol. En esos fundacionales años ’70, el padrino del rap lanzó en rápida sucesión obras esenciales como Pieces of a man, Free will y Winter in America, se convirtió en portavoz de la épica urbana negra... y pagó el precio. Se le perdió el rastro apenas iniciados los ’80, cuando el movimiento rap empezó a explotar y predicadores como Public Enemy o NWA tomaban la posta (anoche en Twitter, Chuck D señaló que “hacemos lo que hacemos, y del modo en que lo hacemos, gracias a Gil Scott-Heron”). La merca lo puso en problemas, lo alejó de los estudios de grabación y en última instancia lo llevó a la cárcel; a mediados de los ’90 grabó un disco en el que “Messenger to the messsengers” vino a poner en caja a los gangsta rappers que propiciaban la masacre del enfrentamiento entre las costas Este y Oeste, a recordarles que la revolución era otra cosa, no fusilarse unos a otros para beneplácito del hombre blanco. Volvió a desaparecer en una nube de problemas legales y centros de rehabilitación: Scott-Heron podría haber terminado del modo oscuro en que terminaron varios próceres de los ’70. Pero contra la mayoría de los pronósticos, en 2010 volvió con el notable I’m new here y poco después con We’re new here, remixado junto a Jamie XX. Con la voz dramáticamente estragada pero la pluma igualmente afilada, el primer rapper demostró tener el fuego necesario para seguir enseñándoles cosas a los Kanye West de esta era.

* * * *

Y la frase de Scott-Heron a veces parece exacta y otras veces no tanto, porque si hay algo que la era de la hiperconexión y la multiplicación de pantallas garantiza es que, suceda lo que suceda allá afuera (o adentro), seguramente será televisado. Es por eso que levantó tanta polvareda la no transmisión del más reciente asesinato selectivo de los guardianes de la democracia mundial: hasta el ahorcamiento de Saddam Hussein terminó siendo televisado, pero la ausencia de imágenes de la muerte de Osama bin Laden –y las sentidas declaraciones al respecto de Barack Obama, ese tipo tan televisado, tan televisivo– dispara asombros y debates. Incluso se mostró una animación computada, que está lejos de ser lo mismo. Y el concepto de revolución a veces es bien maleable, y conviene atender a quienes estudian en profundidad Medio Oriente y Africa antes de admitir que eso que nos está mostrando el canal de noticias Equis Equis es efectivamente una revolución, o un contragolpe de Estado, uno de esos quilombos periódicos porque subió el pan o se superpusieron los horarios de lapidaciones, o qué.

Quizá la revolución no sea televisada o quizá sí, lo seguro es que a veces la televisión tira unos mensajes que llaman tanto la atención como una turba volteando estatuas en alguna republiqueta. La semana pasada, en los cortes publicitarios de la transmisión del Martín Fierro, pudo verse la publicidad del nuevo sistema High Definition de El Trece. Tomando el modelo de Nikita, una bella mujer de portaligas negro armaba un rifle de alta precisión para liquidar a un presidente vagamente soviético. Y uno sabe que suena paranoico apuntar la curiosidad de un aviso del Grupo Clarín representando un magnicidio, pero es imposible guardarse el apunte. Por suerte (o por la incomodidad de encarar esas misiones en portaligas), la killer no le da al presidente sino a una TV de alta definición, así de fiel es la imagen de El Trece HD.

Lo cual lleva a otro ítem inevitable: con una apertura que fue un apilamiento de números efectistas sin mayor concierto artístico, Marcelo Tinelli inauguró su Showmatch/Bailando por un sueño 2011 en un HD novísimo y revolucionario, que mostró con lujo de detalles la vulgaridad y las, ejem, ideas de siempre. Al rato nomás, el alien que abdujo y se metió bajo la piel de Graciela Alfano ya estaba poniendo en escena una “pelea” con el señor de la galera, Marce ensayaba su primera cara de sorpresa de la temporada y en camarines se preparaban el felino importado Pamela Anderson y Mike Tyson, boxeador y golpeador de mujeres al estilo Hiena Barrios (a quien Tinelli alguna vez calificó de “campeón” entre chistes sobre su mano pesada). Nuevas caras para el acostumbrado desfile de talentos de Ideas del Sur.

Por suerte está el Martín Fierro para registrarlo todo y empezar a sumar porotos para la glamorosa ceremonia del año próximo, a la que sólo el canal emisor y el más ganador –que siempre, oh casualidad, vienen a ser el mismo– insisten en presentar como la quintaesencia del reconocimiento artístico, la gloria, el lustre necesario para acceder al Olimpo de la TV. Faltando aún un año, conviene que los directivos de la Asociación de Periodistas de la Televisión y Radiofonía Argentina tomen debida nota de lo ocurrido este año, cuando los asistentes al Hilton Madero recibieron la revista oficial de la 41ª edición: un lindo magazine con su tapa dominada por una gran estatuilla del Oscar de la Academia de Hollywood. Así de certeros son los rumbos de Aptra.

Quizás el viejo Gil tenía razón: la revolución no será televisada. La idiocia sí.

(Publicada hoy en Página/12)

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8.5.11 

Iluminados por el fuego


¿Ahora se entendió?

En los días posteriores al 30 de diciembre de 2004, en los debates que suscitó el uso de pirotecnia en recitales de rock y en los meses que siguieron, hubo que escuchar la misma, estúpida teoría: “En los recitales al aire libre no pasa nada”. No es lo mismo que Cromañón, sostuvieron quienes sostienen contra toda lógica la idea de que el espectáculo se conforma de un grupo arriba del escenario y una proliferación de fuegos y banderas en el público. De nada servían los múltiples testimonios de personas quemadas por chispas, medio ahogadas por el humo, molestas por el peligro latente, ofendidas por la falta de respeto a los muertos de Once. Al aire libre no pasa nada, repetía el coro.

El 30 de abril, en el show de La Renga en el Autódromo de La Plata, al aire libre, Miguel Ramírez recibió un bengalazo en el cuello. El viernes 6 de mayo, los médicos que lo atienden diagnosticaron “muerte cerebral”.

¿Ahora sí se entendió?

Han pasado apenas unos días desde el anuncio de la Cámara de Apelaciones y las sentencias del TOC 24 sobre las muertes de Cromañón. Y aquí estamos, hablando otra vez de las mismas cosas. De quién estaba a cargo de la seguridad y el cacheo de los asistentes, que en este caso y para profundizar las sensaciones lleva el pintoresco nombre de Chacal Producciones. De por qué el público de rock tiene tantos problemas para tomar conciencia y aprender a cuidarse más allá del cuidado que deben tener los otros. De por qué no hay una actitud integral del medio hacia el tema de la pirotecnia: La Renga supo parar sus shows cuando apareció una bengala, el Indio Solari deja que el público “se exprese” libremente y hasta defendió el fuego en una entrevista de Rolling Stone. El viernes, un comunicado atribuido al Indio señaló: "Mi posición frente al juego de bengalas en los conciertos al aire libre siempre se sostuvo en entender que si esos fuegos de artificio se entendían como de extrema peligrosidad aún fuera de los locales cerrados, lo correcto y conveniente sería la prohibición de su venta al público y no el traslado del deber policial a los organizadores de los eventos. El control en éstas reuniones multitudinarias se hace prácticamente imposible por el hecho de que el público no concurre al estadio sino hasta un momento cercano al inicio del show y en tan corto tiempo, entonces, se torna muy difícil el revisar exhaustivamente a los concurrentes. De cualquier manera y tomando en cuenta los accidentes que pueden ocasionar les pido a quienes se acerquen a mis conciertos que se abstengan de su uso.”

Otra vez, la aparición de una víctima es lo único que viene a despertar conciencias. ¿Por cuánto tiempo? ¿Qué nueva visión irresponsable vendrá a reemplazar ese “al aire libre no pasa nada”? Ya habrá quien se apropie de esas palabras del Indio y enarbole un “bueno, si el Estado no las prohíbe la culpa no es nuestra”, reciclando de paso ese maravilloso deporte de echarle la culpa de todo a los gobernantes sin hacerse cargo de lo que a cada uno le toca.

Cuesta creerlo, de verdad. Desde diciembre de 2004, las discusiones alrededor de este tema fueron contaminadas por esa clase de conceptos engañosos, que no ayudaron a aclarar la cuestión de fondo. Ahora que hay otro joven en una cama de hospital, ahora que hay otra familia destrozada, ¿podremos discutir de verdad lo que hay que discutir? ¿Podemos dejar de lado, de una buena vez, las teorías que defienden lo indefendible, que disculpan lo que no puede disculparse, que se cagan en la historia reciente? ¿Podemos recordar y subrayar que el rock es otra cosa, que las bengalas, candelas y tres tiros son el entretenimiento de imbéciles que babean ante el fuego y no ante una creación artística?

Ahora que tenemos otro muerto, ¿se entendió?

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5.4.11 

"¿Vos creías que venías a tomar un par de vinos?"


(Publicada hoy en Página/12)

Las cosas no habían terminado de cuajar, la escena que tendría lugar un rato después aún no cristalizaba: en la tarde del domingo, cuando este cronista se cruzó con León Gieco en el backstage, la conversación giró sobre las cualidades de Muse, que estaba a punto de tocar, y la enormidad de lo que se vería después. León ni siquiera dejó entrever la posibilidad de ese inolvidable momento en el que Bono le hizo la segunda en “Solo le pido a Dios”, con The Edge lanzando sutiles arreglos de guitarra y el Estadio Unico coreando. Apenas dos días después del aniversario de Malvinas, U2 y Gieco cantando eso de que la guerra no nos sea indiferente, justo antes de que La Garra estallara con “Pride (in the name of love)”. Si la velada despedida del 360º Tour, el cierre de tres noches excepcionales en un estadio excepcional, ya tenía una recarga emotiva, el combo agregó una épica inesperada.

“Yo ni siquiera iba a ir a La Plata –recordó León ayer en Rebeldes, soñadores y fugitivos, en la AM 750–. Había hecho un show para Hijos en Chaco, venía con ese quilombo en la cabeza y sabía que me los iba a perder, pero hubo un llamado de la producción que querían que fuera, así que llegué a casa a las 17, agarré el auto y me fui a La Plata.” Allí, Gieco descubrió que Bono quería algo más que saludarse y recibir una copia de Mundo Alas: “Toquemos esa canción que quise cantar en River y no me salió bien”, propuso el cantante, y así Gieco terminó ensayando con los cuatro U2 en el camarín principal. “Al principio me quedé helado, yo había ido a disfrutar, me había tomado un par de vinos en el VIP y de repente se me pasó toda la tranquilidad, era todo un compromiso, subir a ese escenario, con esa gente... no es un recital en el Gran Rex. A veces cuesta que venga la adrenalina, si te dicen dos o tres días antes te vas preparando, pero así... el mismo Bono se reía, me decía ‘¿Vos te creías que venías a tomarte unos vinos y nada más?’.”

–En el momento, ¿tuviste conciencia de lo que estaba pasando, o simplemente te dejaste llevar por la música?


–A veces las cosas son tan fuertes que se convierten en algo normal, como que todo tiene que pasar así. El análisis lo hacés al día siguiente. Porque si estás con los nervios de “estoy tocando con estos tipos” en un estadio como el del domingo... es lo mismo que en Amnistía, que tenía a Peter Gabriel en la mano izquierda y a Bruce Springsteen en la derecha, todos cantando “Get up, stand up”, y yo estaba pensando que Gabriel tenía la mano caliente y Springsteen la mano fría. Al día siguiente reaccionás: al cabo, es gente, loco. Y Bono es una persona que te tiene muy en cuenta, tiene muy en cuenta todo lo que está pasando en el lugar, y ya estará estudiando con quién se va a juntar en Brasil. Como David Byrne, que lo fui a ver y me hacía señas en el escenario que me quería regalar un disco... Estos tipos no tienen ninguna necesidad, podía mandar a un tipo.

–Imposible olvidar que son superestrellas, pero también son personas de carne y hueso.


–Todos hacemos caca.

* * * *

“Los irlandeses y los argentinos tenemos mucho más en común de lo que parece. A los dos nos gusta hablar. A los dos nos gusta discutir. Somos religiosos, pero nos la pasamos discutiendo con Dios... y cuando dejamos de discutir con Dios, nos ponemos a discutir con los ingleses y con el Fondo Monetario Internacional. Les acepto que en el fútbol son un poquito mejores que nosotros, pero en el rugby les pateamos el culo. Y ustedes tienen un país grande y nosotros tenemos un país chiquito, pero nuestros egos son igual de grandes.” El párrafo de Bono enciende aún más a un estadio rendido a los pies de U2: el ramalazo de lluvia que sacudió a La Plata veinte minutos antes de la hora fijada para el comienzo ya es recuerdo y no le importa a nadie. En el relajado almuerzo del lunes pasado, Bono dijo que cuando hay dos shows seguidos su garganta sufre pero la banda mejora. Una de las partes se cumple, la otra no: efectivamente, en la noche del domingo The Edge, Larry Mullen y Adam Clayton exhiben –si se permite la redundancia– una garra especial, están más lanzados que el miércoles y el sábado. Pero si a Bono le molesta la garganta, basta que vuelva a conmover las paredes con “Miss Sarajevo” para desmentir su teoría. Quizá tenga menos voz, pero gana en efecto dramático, y clava las notas que hay que clavar. Para los reincidentes, el último show de la serie queda en la memoria como el mejor.

The Claw, que el sábado tuvo un desperfecto que dejó la pantalla a media asta, está nuevamente encendida a tope: haber pisado el escenario durante la tarde, en una visita guiada por Frances McMahon (la encantadora publicista de la banda) le da aún más irrealidad a la escena en la que “City of blinding lights” despliega todo el poderío. En el corazón de La Garra, levantar la vista devela las entrañas de un ovni, coronado por ocho columnas in-line de parlantes que garantizan un sonido demoledor. Cuando Frances revela que esa estructura se desarma en solo seis horas el asombro es mayor, como resulta asombrosa –aunque esperable en una producción de estas características– la sala de dirección de cámaras y la consola digital de sonido, justo frente al escenario. “La gente aquí está loca –-comenta Frances, que está contenta porque la noche anterior al fin pudo ir a tomar unos tragos y disfrutar algo de tango–. El show de anoche fue increíble.”

Si el sábado fue increíble, difícil encontrarle parangón al delirio que desata el combo “Vertigo”/ “I’ll go crazy if I don’t go crazy tonight”/ “Sunday bloody Sunday”. Difícil medir el temblor que recorre la ciudad desde el epicentro de “Elevation”, o el desmadre general cuando el grupo se embarca en ese final a toda orquesta de “When the streets have no name”. Al pie de la consola de sonido, el manager Paul McGuinness, relajado, sin necesidad de correr a ningún lado, no oculta la sonrisa de satisfacción. Es un buen momento para acercarse, estrecharle la mano y decir simplemente “gracias”.

* * * *
–¿Y el show, León?

–Me encantó, aunque no estaba en un lugar privilegiado. Fui invitado a un lugar para ver y escuchar perfecto... ¡y este tipo nos jodió la noche! (se ríe a carcajadas) Me quedé en un lugar donde me fueron a buscar para tocar, y después mis lugares estaban ocupados. Me dijeron de ir al mangrullo pero había que atravesar toda la gente: si no hubiera tocado me iban a pedir fotos dos o tres nada más, pero después de tocar... me gastaban. Así que lo vi desde un lugar no privilegiado, pero estuvo muy bueno. Es un show muy grande.

–Pero a pesar de toda la monstruosidad no dejan de ser una banda.


–No, porque todo viene más atrás de ser una banda de músicos. Son cuatro amigos que siguen manteniendo esa cosa campesina irlandesa, que tiene mucho que ver con los argentinos. Yo creo que somos parecidos, un país medio sufrido...

–El dijo algo así.


–¿En serio? No lo escuché... Y sí, hay una cosa de sangre, de lucha, y eso no lo abandonaron. Bono actúa igual que cuando yo voy al interior y me viene a ver un luthier, y voy a su casa y veo el revuelo que se arma, pero me gusta tener ese contacto. El hace lo mismo, cuando repite tres shows le gusta una adrenalina rara, eso de un chabón como yo que suba al escenario, un agregado que te hace funcionar en el escenario.

–Para hacer lo que hacen tiene que haber pasión.


–Uno ve a Bono arriba del escenario, tiene una energía y una voz increíbles. Ya estoy yendo a un profesor de vocalización, porque como lo escuché cantar el domingo... tremendo. Dos shows intensos sábado y domingo, y el tipo tuvo la voluntad de venir a hablar, sacarse fotos con otra gente. Podía estar tranqui, no necesita nada, no tiene nada que agregarle a lo suyo. ¿Acaso necesita que yo suba a su escenario?

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2.4.11 

Y todo empezó con dos tenedores



(Publicada ayer en Página/12)

La excitación inicial creciendo al compás de la “Space Oddity” de Bowie, nada menos. La chica a la que Bono le cantó “In A Little While”, mientras la paseaba de la mano por el escenario, y que todavía no debe haber pegado un ojo. El desfile de las figuras con logos de Amnesty celebrando la liberación de Aung San Suu Kyi, la líder birmana por la que el grupo pidió una y otra vez. El mareo colectivo de “City of Blinding Lights”, cuando la pantalla se convirtió en una explosión de poliedros mágicos. El veneno sonoro de “Hold Me, Thrill Me, Kiss Me, Kill Me”, con el cantante reformulando al Mirrorball Man del Zooropa Tour, esta vez con un traje de láseres rojos, colgado de un volante con micrófono incorporado. El Estadio Unico de La Plata moviéndose –sí, moviéndose, en el sentido sísmico del término– al compás de 58 mil personas saltando con “Elevation”. El coro general de “I’m Still Haven’t Found What I’m Looking For” y Bono, ese tremendo frontman, clavando las notas en “Miss Sarajevo”, capitalizando la pasión operística de su padre. The Edge, gran chamán de la exploración sonora aplicada a la guitarra. Larry Mullen y Adam Clayton, una base que puede ser granítica sin perder el groove. Flashazos de una noche que continúa en la memoria, que no terminó, que efectivamente sigue mañana y pasado en la preciosa cancha platense. Una explosión sensorial en 360 grados.

Y todo, como ejemplificó Bono el lunes tratando de replicar aquella génesis del 360º Tour junto a Willie Williams, empezó con dos tenedores. De dos tenedores enganchados a La Garra recorriendo el mundo, asombrando a propios y extraños: si eso no es la cabal demostración de cuánto puede evolucionar una simple idea, hasta dónde puede llegar con imaginación (y dinero, claro), difícil encontrar un ejemplo mejor.

Se agradece que Bono haya estado menos arengador que en 2006, que haya mencionado a San Telmo, Cañitas y Palermo, y a Higuaín, al Apache, La Pulga y Zanetti (¿Zanetti? ¿The Edge, Zanetti?) pero desde un lugar sin tanta impostación, desde cierto conocimiento y comodidad con Buenos Aires. Que haya sorprendido a la multitud con la inesperada dedicatoria a Gustavo Cerati (¿cuántas veces se ve a una estrella extranjera mencionar a un argentino que no sea deportista o político?) en “Moment of Surrender”, delicado cierre a lo que fue una tormenta de adrenalina. Pero, por sobre todo y como se dijo en la edición de ayer de Página/12, se agradece que U2 juegue la baraja del gran espectáculo pero no deje de poner a la música por encima de todas las cosas. Que tenga momentos de pura magia sonora, generada por la misma química grupal que comenzó hace una eternidad en Dublín. Que en la cabeza quede, sí, la imagen ardiente de The Claw, estallando en luces y en imágenes. Pero que lo que queda sonando sea, siempre, una canción. O dos, tres, catorce.

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31.3.11 

Garra de campeón

(Publicada hoy en Página/12)

“La idea es llegar a un punto en el que la gran estructura desaparece”, dijo Bono en el almuerzo del lunes con periodistas argentinos. Bien, U2 ha llegado al punto: cerca de la medianoche, The Claw es un aquelarre de luces, destellos y movimientos, pero lo único que importa es el círculo sagrado que forman cuatro tipos en el núcleo de toda esa parafernalia. Bono, The Edge, Larry Mullen Jr. y Adam Clayton están lanzados al épico final de “Where the streets have no name”, justo allí donde las calles no tienen nombre (o más bien sí, pero nadie los recuerda). La multitud está en éxtasis, 58 mil pieles de pollo, un nudo en el alma que se concentra allí, en el medio, donde todo sucede.

El público argentino está ante la estructura más descomunal puesta jamás al servicio de un concierto de rock. Y lo único que importa es una guitarra, un bajo, una batería y una voz que invita al coro general que canta, grita que sí, que las calles no tienen nombre y estamos construyendo e incendiando. Y ahí vamos de vuelta, llevados por el viento.

Prendidos fuego.

Está terminando el primer show de la tercera visita de U2: ¿alguien podía dudar que todo iba a terminar así? A los cínicos y a los superados, los que gustan jugar el juego de estar más allá de todo, les encanta ningunear a una banda capital en la historia de la música contemporánea. Está bien, cada cual tiene el derecho de quedarse en los pasillos de ciertas cosas. Pero otra vez, como en el PopMart, como en el Vertigo Tour, el cuarteto irlandés dio lecciones de cómo conjugar gran espectáculo y sensibilidad musical, cómo hacer que el megashow conforme la expectativa del público de rock de estadios, pero al cabo prime la sensación de que nada de eso tendría sentido si no fuera por las canciones.

Y U2 tiene algunas canciones. El arranque de la noche fue la perfecta amalgama entre su primera etapa de honda ruptura estética y musical (“Even better than the real thing”, suerte de nave insignia de Achtung Baby), la prehistoria de “I will follow” y la ardiente actualidad de la banda: si hubo algunos críticos que enarcaron las cejas con el material de No line on the horizon, la potencia y coherencia de “Get on your boots” (donde la banda se lanzó a recorrer con elegancia el territorio exterior de la puesta) y la épica “Magnificent” borró toda duda. No resultó nada casual que fuera “Moment of surrender”, otra de las canciones más recientes, la que liquidara la faena un par de horas después: melancólico moño, recargadísimo emocionalmente por la sentida dedicatoria de Bono “con nuestro amor, para Gustavo Cerati”: se cerraba una montaña rusa de emociones contenidas en los hitos que la banda ha sabido atesorar.

En algún pasaje, incluso, ese concepto de “montaña rusa” es tremendamente gráfico: : promediando la velada, Bono lanzó ese celebérrimo absurdo de “uno, dos, tres... catorce!”. Y cuando todos estaban ganados por ese clima rockerísimo, la discotequera versión de “I’ll go crazy If I don’t go crazy tonight” irrumpió y modificó el clima del estadio con una naturalidad ciertamente increíble para semejante combinación. Y todo parece una gran disco, pero la versión –radicalmente diferente a la del álbum– termina con el redoble más conocido de la carrera del grupo, y “Sunday bloody Sunday” hace retemblar La Plata. Como si nada, la banda se mueve entre aguas tan diferentes y lleva a todo el mundo de las narices.

El Estadio Unico que se estrenó como sede de grandes citas ayudó a que el natural poder de las cancions del grupo se multiplicara. Al comienzo incluso en exceso, cuando hubo que trabajar un sonido que se ensañaba con el techo y la estructura metálica. Pero a medida que los melones se acomodaban, la explosión de otra tanda de clásicos llevó a una conclusión natural: a los 25 minutos de show, U2 tenía el partido dominado, ganado y jugaba a voluntad.

En el show hay momentos clave, que no varían en toda la gira: el núcleo duro de un concierto en el que hay modificaciones todas las noches, entran y salen diferentes piezas del cancionero irlandés. Está claro que no puede faltar ese mortífero bloque que arranca con “Mysterious ways” (¡Qué bien envejece, o mejor dicho añeja, Achtung baby!), sigue con un "Elevation" que hace sentir a todos que sí, efectivamente flotan un metro sobre el piso, y cierra con “Until the end of the world”. Ese otro clásico del disco que abrió los ’90 y reformuló el sonido del rock y las puestas de estadio propicia el momento en el que Edge y Bono se torean, uno cantando y el otro punteando, ya no a través del escenario sino desde dos puentes móviles que se acercan hasta dejar sus manos a unos centímetros.

Tampoco puede faltar la emoción inenarrable de “One” –que enciende un mar de pantallitas de celular– y “I still haven’t found what I’m looking for”; ya no está la preciosa versión acústica que hacían de “Stuck in a moment” en la primera parte de la gira, pero sí el arranque operístico de Bono para "Miss Sarajevo" e “In a little while”, gran momento de All that you can’t leave behind, la última canción que escuchó Joey Ramone antes de morir, y que en la capital provincial detiene los relojes, la rotación de la tierra, todo: recién cuando termina y el grupo se embarca en la cabalgata de “City of blinding lights”, con la pantalla estirándose en prismas hasta casi alcanzar a los músicos, la gente parece volver a respirar.

No se trata solo de canciones. En escena, donde se ven los pingos, el cuarteto demuestra que cuando hay talento los años no pasan en vano. Presentados por “Carlitos Tevez Bono” como “el más joven en U2, La Pulga Larry Mullen Jr.; el Pipita Adam Clayton; el hombre sin nombre, el que está en todos lados y siempre en el lugar justo, el Pupi Zanetti The Edge”, los cuatro U2 transitaron ese sauna de lava eléctrico con la sapiencia de viejos zorros y la presencia de una banda de rock sin fisuras, cuatro usinas de carne y hueso en medio de tanta tecnología. Ese tremendo cierre con las calles sin nombre, esa sensación de estar viendo, escuchando, experimentando algo que no tiene nombre, tuvo su justo complemento en una tanda de bises que hiló la furia de “Hold me, thrill me, kiss me, kill me” con la altísima emoción de “With or without you”, con el estadio hecho una sola voz.

U2 puso en La Plata algo más que la maquinaria de The Claw. Puso el fuego de los grandes de verdad, garra de campeón. Como sus admirados Clash, vino a reclamar en el siglo XXI el título de La única banda que importa ver. Nada menos.


U2 360º Tour

Músicos: Bono (voz, guitarra), The Edge (guitarra, voz), Adam Clayton (bajo), Larry Mullen Jr. (batería, coros).

Director de la puesta: Willie Williams.

Público: 58 mil personas.

Duración: 150 minutos.

Banda invitada: Muse.

Estadio Unico de La Plata, miércoles 30. Repite el sábado 2 y domingo 3.

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29.3.11 

"Eramos amigos antes de tener una banda"

(Publicada hoy en Página/12)
De pronto, la callecita de Palermo hierve, los autos frenan en seco, una cabeza se asoma por la ventanilla y se le dibuja la incredulidad. ¿Pero ése no es...? ¿Y ése no es...? A medida que Bono, The Edge, Larry Mullen Jr. y Adam Clayton desfilan rumbo a sus autos, la mandíbula del conductor se desencaja más y más, manotea el celular para conseguir la instantánea pero no llega, los cuatro tipos ya están yéndose. Sí, sabe que U2 está en Buenos Aires. Pero jamás hubiera imaginado que los iba a tener tan cerca.

Hay que decir las cosas como son: el cronista tampoco. El show business de los últimos tiempos no es muy pródigo en contactos directos, y menos aún cuando se trata de leyendas como el cuarteto irlandés. El mero hecho de que se trate de esa banda y del 360º Tour alcanzó para atiborrar tres funciones en el Estadio Unico de La Plata, mañana, el viernes y el sábado. No puede decirse que U2 necesite hacer promoción, perder con los periodistas tiempo que pueden invertir en paseos por la ciudad otoñal. Pero la consigna fue otra. En la movida que empezó a gestarse el jueves pasado, la propuesta de la banda fue compartir un almuerzo relajado con sólo cinco periodistas. No poner en marcha un operativo publicitario, una rueda de prensa: charlar, alimentarse y alimentar la sobremesa con un diálogo y no con la esgrima verbal, el acartonamiento de yo pregunto-usted responde que a veces aqueja a la entrevista con estrellas internacionales. Un almuerzo con cuatro tipos que llevan juntos más de 30 años, y no parecen haber perdido ni un ápice de la pasión necesaria para salir a la ruta.

“Hacemos esto para buscar una química, para salir de esa cosa de la entrevista de quince minutos, para entender cómo se dan las cosas”, dirá Bono sin abandonar la ensalada y la “emergency beer” que combate la resaca de su salida la noche anterior. “Nos gusta salir de esa mecánica, estar menos autoconscientes de lo que decimos y cómo lo decimos. Hay algo horrible en eso de la estrella de rock sola en su habitación de hotel, que responde de acuerdo con la calidad del room service, le preguntan por Rusia y dice ‘bueno, Rusia... no estoy muy seguro’. ¿Y por qué? ‘Bueno, ¡¡porque me sirvieron fríos los huevos!!’.” En las dos horas largas de conversación, la mesa estallará en carcajadas varias veces: uno de los momentos de auténtica diversión, sin fronteras entre periodistas y rock stars, es cuando toda la mesa imagina a U2 volviendo a la vida hogareña tras una larga gira. Eso que sucederá en julio, cuando el 360º liquide su recorrido en Estados Unidos: “Es bueno tener dónde volver, pero es cierto que es difícil”, arranca The Edge, y Bono comenta que es “como un rehab, acostumbrarse a estar en casa sin subirte a la mesa para cantar...; ¡lo peor que me sucedió fue meterme al asiento trasero de mi propio auto!”. De allí a imitar al cantante gritando “Helllooooo family!!! How are you tonight???’” hay un paso, y otra vuelta de risas.

El concierto que hará temblar La Plata, claro, ocupa el comienzo del diálogo. Bono intenta replicar el momento en que explicó su idea de The Claw a los diseñadores de escenario con unos tenedores; fracasa, se rinde y alega que “es peligroso estar en una banda de rock, porque les salís con estas cosas y te hacen caso..., de todos modos hay un punto en el que esa estructura enorme tiende a desaparecer, y lo que realmente importa es este power trío tocando”. De hecho, el gigantismo del escenario contrasta con un hecho que ya podía apreciarse en el Vertigo Tour: en esa enormidad, los cuatro músicos están siempre cerca, rara vez pierden el contacto visual. Edge admite que es uno de los ingredientes necesarios para que la química funcione, Bono señala que el diseño “no deja de ser un regreso a un formato clásico del rock and roll: si ves a The Beatles en el Shea Stadium, están tocando en un escenario en el medio, con toda la gente alrededor”.

–Sí, pero con The Beatles no se escuchaba un carajo –apunta el manager Paul McGuinness, que se dio el lujo de ver a los Cuatro de Liverpool en un cine de Bournemouth en 1964.

–Y este show está diseñado para que hasta el tipo de la última fila vea y escuche bien –dice Bono.

Amistades genuinas

Alrededor de la mesa y a pesar del atípico clima, no deja de comprobarse cierto juego de roles. Bono pasea por temas tan diversos como la planificación urbana, el show de The Clash y The Who que le voló la cabeza o las inolvidables noches en la mansión Sinatra y los diferentes significados que puede adoptar la frase “I did it my way”. De hablar pausado y metódico, The Edge puede extenderse en una apasionante explicación de cómo se comporta el sonido analógico en contraste con lo digital. Con una sonrisa cortés, Clayton sigue atentamente la charla, pero casi no interviene. Larry Mullen sí lo hace, pero en un tono que apenas se escucha al otro lado de la mesa: sólo después, a la hora de la despedida, habrá oportunidad de que señale al cronista que “a pesar de que somos una banda con muchos años y todo eso, para nosotros es importante hacer tres fechas acá. Y deberíamos haber tomado la decisión de hacer esta clase de encuentros antes, porque es mucho más disfrutable. Divertido, de verdad”.

“¿Cómo se hace para, en una gira como ésta, subirse al escenario cada noche sin que se note si están bien o mal, cansados, de mal humor?”, pregunta alguien, y el guitarrista no tiene dudas: “Como instrumentista, en cada concierto apunto a perderme en la música. Ese momento es así: ni siquiera pensás en vos, en el antes y el después del concierto. Sólo pensás en las canciones, en la banda. Si te podés dejar llevar, listo”. Buena ocasión para que Bono recuerde las cosas que le disparó ver a los Clash, el contraste que eso significó con una época en la que “las estrellas de rock dejaron de ser personas..., los músicos eran vistos como alguien del espacio exterior, que se materializaba en el concierto. No conectaban con el público: si estaban de buen humor hacían un buen show, si estaban de mal humor hacían uno horrible. Bandas como The Clash cambiaron eso, vinieron a recordar que el rock and roll tiene que ver con el sentimiento, y con la idea de poder cambiar las cosas”. El cantante también recordará que en esos cambios de paradigma, el segundo disco de U2 hizo arquear muchas cejas: “Podías escribir de cualquier cosa, podías escribir de pegarle a tu madre si querías, pero no sobre religión. ¡Estaba prohibido! La gente negra, o Bob Dylan, podían hacer eso, pero para el rock and roll blanco eso era impensable. Tuvimos la suerte de estar en Island, donde Chris Blackwell decía ‘OK, como Marvin Gaye, como Bob Marley, pero blancos’...”

El tiempo transcurrido desde entonces, claro, amerita un racconto y una búsqueda de razones para el hecho de que aquí estén, tres décadas después, en un coqueto hotel de Palermo, consumiendo la espera de tres conciertos multitudinarios. “Eramos amigos antes de tener una banda”, señala Edge. “La amistad es importante, y la nuestra es una amistad genuina..., muchas veces estamos en reuniones, en Los Angeles o Nueva York, donde hay mucha gente y la pasamos bien, pero al final de la noche descubrimos que estamos otra vez charlando nosotros cuatro.”

–Edge, no entiendo, ¿por qué no querés hablar con Penélope Cruz? –señala Bono entre risas.

Brindis

Contra lo que podría pensarse dado su personaje público, Bono no se extiende demasiado en temas políticos. Los toca, sí, y cuenta que invitaron a las Madres de Plaza de Mayo para los shows, pregunta si hay un monumento a los desaparecidos, indaga sobre la política de derechos humanos del Gobierno y se interesa especialmente en el potente sentido de las palabras “Nunca Más”. Traerá sobre la mesa la fuerte carga que supuso en Irlanda el pedido de disculpas de Cameron por la masacre del Bloody Sunday, y la investigación balística que permitió aclarar unas cuantas cosas sobre el hecho: el relato de esa pericia permite volver sobre masacres conocidas aquí, sobre el trabajo del Equipo de Antropología Forense, y habrá coincidencia general en el alivio que supone para los familiares de víctimas conocer el destino, aun horrendo, de sus seres queridos.

Y mientras las copas y platos se vacían y aun con el peso de ciertos temas, resulta que Bono, Edge, Clayton y Mullen tienen razón: a pesar de ser estrellas planetarias, de la cantidad de discos vendidos y la cantidad de shows para centenares de miles de personas, U2 puede despojarse de la autoconciencia y tener simplemente un almuerzo con personas acostumbradas a un juego a veces demasiado previsible. Y el brindis tiene un gusto inolvidable.

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27.3.11 

Adiós, 45 RPM


(Publicada hoy en Página/12)

A veces sucede que noticias que terminan teniendo enorme peso específico pasan casi inadvertidas. Como quien no quiere la cosa, como quien deja caer una simple data burocrática, esta semana el sello Mercury informó que deja de fabricar singles en CD y vinilo, que ahora sólo editará las “canciones sueltas” en formato digital. El hecho representa unas cuantas paradojas, la primera de las cuales tiene que ver con eso que tanto excita a los ejecutivos de las discográficas: es precisamente Mercury la compañía que ostenta el record de singles vendidos, por “Candle in the Wind ’97”, la canción de Elton John que superó los 40 millones de unidades e ingresó al Libro Guinness. Lejanos, dorados tiempos: según lo indicado por el subsello de Universal, el simple se vende cada vez menos, y de ahora en más sólo se editarán simples “físicos” en casos “muy excepcionales” y, fundamentalmente, “cuando estén garantizados los beneficios”.

Es una síntesis bien ajustada. Cada vez más, la industria musical quiere todo garantizado, y así se ha metido en callejones sin salida. Pero la decisión, que de acuerdo con el estado de las cosas pronto podría ser imitada por otras compañías, llega curiosamente en un momento de revalidación del single. Desde su aparición en 1945 y hasta fines de los ’60, el “sencillo” fue una de las armas más rentables, no sólo por su uso en fonolas y cabinas de discos sino por su tremenda penetración en todas las capas del público consumidor, desde el que debía juntar las monedas para comprarse un disquito hasta el que coleccionaba los 45 RPM con fruición y los utilizaba como guía para adquirir el álbum completo.

En los ’70, la explosión del rock, la aparición de grupos que pensaban sus discos no sólo como un paquete de canciones sino como una unidad conceptual, llevó a que el single perdiera un poco de protagonismo. Pero nunca dejó de ser un pilar de ventas. Sobre todo en países de economía inestable como la Argentina, el rito del disquito tuvo con qué sostenerse. Fue, también, el origen de una tiranía que se extiende hasta hoy, aquí y en el mundo: cuando el juego entre las radios y las discográficas le dio al single la etiqueta “de difusión”, las cosas en la música se pusieron algo... burocráticas. Basta prender la radio, hacer zapping y encontrar la misma canción del disco más reciente del artista X para entender cuán nocivo puede ser un formato en esencia valioso.

Está claro que la desaparición del soporte está lejos de significar la desaparición del formato: la revolución digital, las transformaciones que ha producido en el modelo de negocios hacen del single una variable de enorme vitalidad. El ocaso del compact disc hace que los músicos se planteen un nuevo uso de la canción; hace poco, en el Suplemento NO, Sebastián Carreras explicó por qué su banda Entre Ríos se despide del soporte con Era. No es que Carreras vaya a dejar de hacer canciones, pero sí descubrió que ya no tiene mayor sentido perder tiempo y energía en un envase que usa cada vez menos gente.

Curioso rulo el que ha hecho el consumo de música: hace apenas quince años, todos estábamos terminando de pasar nuestras colecciones de vinilo a CD. Pronto comenzaron las reediciones remasterizadas, y las reediciones remasterizadas con bonus track, y las reediciones remasterizadas Especial Aniversario. Todo mientras la lectora de CD languidece, los archivos digitales vienen con el plus multimedia y hasta el download, con la aparición del sistema “nube” que permite escuchar canciones a distancia, empieza a dejar de ser una costumbre. Los músicos siguen planteándose el álbum, pero la realidad insiste en llevarles la contra.

En un futuro no tan lejano, será difícil explicar ciertas manías del melómano. Con el concepto de álbum diluido por el random y el objeto palpable convertido en pieza de museo, con la naturalización de la música envasada en el artículo que realmente la industria quiere vender (“¡comprá el nuevo celular Sandanga X38 con cuatro canciones, dos remixes y acceso a material exclusivo en el sitio de Shakira!”), transmitir la extrañeza sonora de equivocarse y poner un simple de 45 revoluciones por minuto a 33 1/3 se parecerá a lo que significó a mediados de los ’90 el “automático” que hacía caer los discos en el plato del Wincofón. Todo se construye y se destruye tan rápidamente, que no queda más remedio que sonreír.

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23.3.11 

El helado en la frente


(Publicada hoy en Página/12. Se recomienda también la nota principal sobre el conflicto Colón - GCBA)

Producto de tantas ficciones y tanto preconcepto, uno tiende a creer que los políticos tienen sus pasos meditados, que la cosa se mueve un poco como el ajedrez, que cada jugada responde a una estrategia y a veces un movimiento está sutilmente provocado por otro. Otras veces, la realidad demuestra que algunos políticos tienen menos cintura que un barril de pólvora. Y pueden ser igualmente peligrosos.

¿Cuál fue la estrategia del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires en este entuerto? Suena, más bien, a una escalada en la táctica que se lleva a cabo desde que el conflicto con los trabajadores del Colón llegó a punto muerto. El plan de Mauricio Macri es presentar a los huelguistas como delincuentes que obturan el acceso de la población al Coliseo Mayor; poner en juego a una figura de los kilates de Plácido Domingo es dar un salto en ese sentido, buscar la indignación pública porque los delincuentes impiden la actuación del enorme tenor.

Si ya esa táctica resulta endeble –y ante todo abandona toda intención de resolver el conflicto–, los funcionarios terminaron de irse al pasto con una nueva burrada. Plácido Domingo llegó a la Argentina y pasó horas reunido con los músicos del Colón, mientras los funcionarios del Gobierno y del Teatro hacían la plancha. Bastó que se interiorizara de la situación real del conflicto para que, en la conferencia de prensa del lunes, lanzara una serie de párrafos que deben haber dejado lívido al jefe de Gobierno. “Me gustaría hablar con las autoridades gubernamentales, con el director del Teatro Colón”, dijo el cantante, evidenciando el modo en que durmieron aquellos que querían dejar en offside a la Orquesta Estable y la Filarmónica. Aun comprendiendo el punto de vista de todas las partes en conflicto, Domingo se puso del lado de los músicos, sin que en el lugar hubiera un solo funcionario dispuesto a dar la cara, rebatir o por lo menos tratar de introducir un matiz. De pronto, el escenario soñado –les trajimos a Plácido Domingo pero vean, estos huelguistas irracionales no les permitirán disfrutarlo– trocó en pesadilla.

Ayer, Mauricio Macri habló de “papelón internacional” como si fuera un analista externo, como si no fuera uno de los responsables del disparate. No es de extrañar, suele hacer esas cosas. De sobrepique, durante la tarde la combinación músicos delincuentes-tenor díscolo volvió a tirarle el achique, anunciando la concreción del concierto “para el pueblo” y negándose a aparecer en el escenario que es centro de todo el escándalo. Los reclamos gremiales no han cedido un centímetro y hasta encontraron una nueva fuerza en el apoyo de una figura de renombre mundial: el concierto en la 9 de Julio tiene ahora un signo opuesto al que imaginaban en Bolívar 1. Y este nuevo episodio de la puja entre los trabajadores del Colón y la concepción PRO de la gestión cultural bien podría resumirse en una opereta titulada El helado en la frente.

20.3.11 

¿Por qué no hay saqueos en Japón?


(Publicada hoy en Página/12)

No news, good news: aplicada a la vida cotidiana, la frase, eso de “si no hay novedades es que está todo bien”, es un concepto que tranquiliza. Pero es el infierno del productor de noticias, en radio, en televisión o en la gráfica. Sobre todo en los dos primeros medios de comunicación, donde la necesidad de alimentar el aire de forma permanente convierte al fárrago informativo en un picadillo en el que se cuelan elementos de toda especie. Si no hay noticias la cosa está jodida, se recurre una y otra vez a la nota de color, al videíto de Internet, al reciclaje, a los “informes especiales” que tienen más de lugar común que de cosa especial.

La pesadilla del productor es el silencio de radio, la pantalla con barras de colores, la estática. Hay días y semanas especialmente duros, en los que hay que batallar por obtener ese material que llega y se va, que como mucho conseguirá una sobrevida en los programas de archivo, que quizá cause un pequeño runrún en una sociedad hiperconectada, pero ni siquiera le deparará una palmadita del jefe satisfecho por un buen trabajo. Hay días en que hay que conseguir las noticias con sacacorchos.

Estos días no han sido de esos días.

Se sabe, en términos informativos no hay nada que garpe más que una buena tragedia. Quien no haya transitado los pasillos de los medios encontrará la frase demasiado cínica y habrá quien, en nombre de la corrección política, se escandalice y pretenda rebatirla. Lo cierto es que, desde que la tierra empezó a temblar en Japón, las ruedas de la maquinaria informativa ganaron el dinamismo ideal, eso que lleva a los productores a encontrar rápidamente todo un panorama de variantes para desplegar la noticia y a los gerentes a observar las planillas de rating y a todos en el ambiente periodístico a permitirse pensar, en la soledad de su conciencia, “Aaaaah, si tuviéramos una de éstas todos los días...”

Japón vino a comerse a Libia, que era un tema periodísticamente muy rentable pero con arideces que expulsaban al consumidor medio. Pero a pesar de la enormidad del hecho y su aptitud para el consumo masivo, no tardaron en aparecer las distorsiones. Sobre todo en la tele, que se ceba más fácil; sobre todo en los informativos-24-horas, obligados por definición a continuar los temas, obtener otros ángulos, encontrar nuevos espesores, desarrollar la noticia tratando de ganarle al otro. Desde el día del terremoto y el tsunami, desde que trascendió la primera preocupación nuclear, surfear los canales de noticias se convirtió en una experiencia inenarrable, adictiva por momentos, vomitiva en otros, ejemplificadora casi siempre. Al principio, el palpable fastidio de los pisos por el loop casi idéntico de las imágenes: las entrelíneas de lo que se decía al aire llevaban un aire de esperanza, un “éstos son los primeros materiales que nos llegan, pero tratándose de un país como Japón seguramente tendremos acceso a muchas imágenes conmocionantes”. Las primeras 24 horas no fueron tan pródigas como esperaban los productores, que esa misma noche agotaban los canales de YouTube para encontrar algo diferente a ese techo que caía en el aeropuerto o la ola que convertía a autos de verdad en miniaturas Hot Wheels y metía un barco abajo de una autopista, o esa marea negra avanzando sobre la pista de aviones en Sendai.

Y después, lo que suena: el musicalizador de tele es a veces la encarnación de todos los horrores del musicalizador, la quintaesencia del lugar común y la elección ramplona. Alguna vez alguien entenderá que el subrayado de música dramática para imágenes que ya tienen suficiente drama provoca instintos asesinos en el televidente, pero hasta que ese día llegue, todos, todos los canales acuden al banco de grandes orquestaciones y ominosas cuerdas que vienen a decir horror, vea usted qué gran tragedia, conmuévase, hombre, mujer, conmuévase como sólo puede conmoverse aquí en nuestra pantalla. Si se agrega el comentario, esa innecesaria necesidad que tienen algunos conductores de piso de relatar lo evidente, queda claro el enorme valor que tienen los canales de ficción en ciertas circunstancias.

Y las imágenes pasan y las novedades se estancan, los bomberos y el ejército siguen tirándoles agua a los reactores y la tierra se mueve pero menos y el agua se retiró y ya se agotó la exhibición de devastaciones y la gente que huye se aburre en los aeropuertos y ya se encontraron a todos los argentinos a entrevistar en Japón (incluyendo a ese que, síndrome del exiliado en un país “más avanzado”, estuvo cinco minutos explicando cómo funciona un GPS, como si sólo existieran dispositivos GPS en Japón) y sigue habiendo aire para ocupar. Entonces, a agarrar la agenda y convocar a los especialistas, a acercarse a otro círculo del infierno en pantalla chica.

Esta semana desfilaron por los estudios una serie de personas que jamás imaginaron estos minutos de fama: profesionales que incendiaron su cerebro con carreras de pocos graduados al año, a quienes muy pocas veces se recurre a la hora del comentario sobre la actualidad. Doctores en ciencias durísimas y titulares de posgrados de investigación nuclear que pusieron su mejor cara de diplomáticos ante las preguntas de conductores que en el bloque anterior se pretendían también expertos en esta clase de temas, y ya en papel intentaban charlar de tú a tú con el licenciado. Diálogos rayanos en el surrealismo, pero con atisbos de auténtica enseñanza cuando el invitado podía hablar por fuera de la lógica del circo mediático.

Pero los expertos de verdad son pocos y tienen otras obligaciones –y otros canales y radios los reclaman–, por lo que con el correr de los días el status se fue degradando, y llegó primero al psicólogo, luego al pastor de una religión que en Japón es seguida por el 0,8 por ciento de la población, después al por demás ambiguo “especialista en seguridad nuclear” y finalmente al “experto en estudios orientales” sacado de las páginas barriales (entre avisos de shiatzu, reiki y bonsai), no en el estudio sino por teléfono, explicando ya no las particularidades de la piscina de enfriamiento en Fukushima, sino la estructura mental del japonés medio. Porque la preocupación ha derivado y sí, hay que encontrar nuevos ángulos: se sigue dando cuenta de los muertos y desaparecidos, cada tanto hay alguna explosión, pero el foco ya no es la catástrofe. Argentinos hasta la médula, ahora campea la incomprensión de por qué los japoneses son tan...: hay una desesperación casi palpable en el conductor al que picanean todo el tiempo con que estire, estire, que ya no hay un carajo para mostrar, que se acabó el drama visual. Hay una velada amenaza en ese interrogatorio de por qué los orientales no salen a pedir la cabeza del emperador que no sale a decir nada en semejante momento. Y ya no hay disimulo en esa pregunta que es pura impotencia disfrazada de interés periodístico: “Y dígame, ¿por qué no hay saqueos en Japón?”

Por suerte llega el paro y el paro del paro, y Obama amenazando a Khadafi, Gadafi o como cornos se escriba, y los misilazos sobre Libia y mientras tanto en otro lugar del planeta se está incubando el próximo tsunami real o simbólico, ese que se lleve puestas unas cuantas cosas, sea filmado por mucha gente para meterle muchos bronces y cellos y, un par de días después, termine en una buena tanda de saqueos que garantice la continuidad informativa. Que sea una catástrofe, pero seria, en toda la regla, con la de-sesperación a la vista y la sangre bien caliente. Y adelante, estudios centrales.

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  • Eduardo Fabregat
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