16.9.12 

McClane & Mr. Fripp


“¿Y la música dónde está? ¿En los cables?”

Soda Stereo, 1992


¿De qué están hechas las canciones? ¿Y cuánto de ese material del que están hechas las canciones se encuentra fundido con nosotros mismos, la música y la vida asociadas en un playlist íntimo, personal? Cuando una música está tan metida en nuestra historia personal, pasa a ser, de algún modo, nuestra. Tranquilo, señor abogado de la industria: Ya sabemos, no es “nuestra”, como tampoco (a menudo) lo es del músico sino del productor fonográfico. Con lo que la cosa ya viene viciada de por sí. Pero lo sabe cualquiera, cuando éstas le dicen y significan algo el público se apropia de las canciones, así es como los artistas se vuelven populares. Claro que hay conceptos de apropiación que no son así de simpáticos.

La historia se conoció la semana pasada y, aunque después fue parcialmente desestimada por el mismo protagonista, tiene tanta miga que es imposible obviarla: el Daily Mail inglés señaló que Bruce Willis habría instado a sus abogados a encontrar la manera de legarles a sus tres hijas su generosísima colección de música adquirida en iTunes. Curioso, ¿verdad? Por aburrimiento o por lo que fuera, el actor de (entre otras cosas) Duro de matar leyó ese apartado de “Términos y Condiciones” que una enorme mayoría de los usuarios corre hasta el botón Acepto sin siquiera mirarlo. Y allí se enteró de que toda esa música adquirida con tarjeta de crédito nunca había sido suya: sólo pagó por el derecho a reproducirla en hasta diez aparatos marca Apple. Legalmente (y al apretar el botón “Acepto”, hayas leído o no, es legal), las canciones nunca fueron propiedad de Bruce Willis. Podría dejarles a sus hijas los aparatos que las contienen, pero si ellas intentaran pasarlas de allí a otro aparato, Apple podría bloquearlas a distancia.

No importa si lo de John McClane es cierto o si, lejos de ingerir vidrio, ni piensa meterse en una pelea legal con un monstruo que, en un sonado juicio por patentes y plagios de diseño, le acaba de torcer el brazo al monstruo coreano Samsung, birlándole 1000 millones de dólares en multas y consiguiendo el bloqueo de varios gadgets. La cláusula está ahí, en el “Términos y Condiciones”, y es un lindo aporte al intrincado debate que trajo el siglo XXI con respecto a las formas de consumir y “poseer” música. “La gente a veces confunde la música con el objeto que la contiene”, escribe David Byrne en su flamante libro How Music Works. La música es evanescente, propone: cuando termina, se termina la experiencia. Parece una contracara del postulado que supo plantear otro músico pensador, Robert Fripp, al señalar que la música está ahí todo el tiempo, aunque no haya nadie para tocarla o escucharla.

Lo que lleva al asunto Fripp, y otras consideraciones sobre la industria.

* * * *

“Mi vida como músico profesional es un triste ejercicio sobre la futilidad”, dijo el líder de King Crimson en una entrevista realizada por Ludovic Hunter-Tilney para el diario Financial Times. Sobre la base de que es el único que declara leer, el legendario guitarrista eligió un medio atípico para oficializar su retiro: “No puedo concentrarme en la música, con lo que he decidido dar por terminada mi carrera como músico para dedicarme a lidiar con los negocios.” Es una pésima noticia para la música como arte, pero quizá no lo sea tanto para el bienestar de los principales impulsores del asunto. En 1992, cuando estableció su compañía Discipline Global Mobile, Fripp señaló el propósito de ser “un modelo de ética de negocios en una industria fundada sobre la explotación, aceitada por el engaño, caracterizada por el robo y motorizada por la avaricia”. En el sello de Fripp, los músicos retienen la propiedad y por ende el control de sus canciones: un modelo que las grandes discográficas jamás quisieron siquiera debatir. Es mejor quedarse con el material e instituirse en únicos defensores de los derechos del músico.

El impulso final para la renuncia provino de su enésimo conflicto con la industria: desde hace cinco años, Mr. Fripp mantiene una discusión legal con la compañía Universal Music por la propiedad y explotación comercial del material registrado por Crimson para el sello EG, cuyo catálogo fue adquirido por la multinacional. La última gota fue el sampleo de “21st. Century Schizoid Man” para el single “Power” (2011) de Kanye West: que el rapper obtuviera el permiso con sólo hablar con Universal, y nunca con el tipo que compuso la canción, hizo que a Fripp le saltara la térmica. Del otro lado manifiestan que “seguimos trabajando para llegar a un acuerdo”, pero dado el abismo que separa los modelos de negocio se hace difícil augurar cuál podría ser ese acuerdo. “Estoy en un estado de clausura creativa. Es demasiado debilitador”, señaló Fripp en el FT, en una charla en la que de todos modos detalla que no puede abandonar la enseñanza, “que me hace sentir vivo”. Entre el 18 y el 24 de octubre, de hecho, el músico inglés dictará un curso Guitar Circle en Lunlunta (Mendoza): dada su reticencia a hablar con la prensa, habrá que ver si se expresa públicamente sobre su decisión. Pero el contacto con músicos locales permitirá que siga extendiendo una red en la que los artistas profundicen un modo de trabajo más sano para el gremio. Buscar un cambio en eso que detalló en la entrevista del adiós: “La relación entre los músicos y las compañías pasó de ser simbiótica a parasitaria”.

La frase tiene su resonancia en una tercera noticia que sirve para pintar esta esquizofrenia del siglo XXI. Esta semana, Alison Nathan, jueza del distrito de Nueva York, falló contra The Velvet Underground en el juicio iniciado contra The Andy Warhol Foundation for the Visual Arts por licenciar la célebre banana del disco debut de la banda para ser utilizado en productos de... otra vez, Apple. Aunque queda por resolver la demanda en lo que refiere a la “marca registrada”, la jueza consideró que no hubo ninguna violación de copyright. Es un caso complejo, ya que juegan elementos como que en la edición original de 1967 no se consignaba el “trademark” (aunque se la considera una “omisión accidental”), o chicanas como la de los abogados de la Warhol Foundation, que señalan que Lou Reed y John Cale no son en rigor la misma banda que registró aquel disco. Y un último dato que instala otro jugador, para nada desdeñable: en la causa está asentado que los músicos y el realizador del diseño recibieron un cheque de tres mil dólares por el trabajo, extendido por MGM Records. Al ser una modalidad “work for hire”, eso daría todos los derechos sobre la banana al que pagó por ella. Que ya no es MGM Records, sino la compañía que la adquirió: Universal Music.

Hola, Mr. Fripp.


(Publicada en Página/12)

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5.5.12 

Nada será igual en la escena hip hop


(Publicada hoy en Página/12)

“Estos tipos son re-cool, siempre se mueven en cámara lenta”, decía Beavis (o Butt-Head), y Butt-Head (o Beavis) emitía su estúpida risita aprobatoria. Es que los clips de Beastie Boys hicieron historia, desde el salvajismo de “No sleep ‘til Brooklyn” hasta el formidable mediometraje Fight for your right revisited del año pasado, cuando anticipaban su disco Hot Sauce Committee Pt. 2. Tanta historia como la misma música del trío neoyorquino, pieza fundamental en el trasvasamiento del hip hop desde la cultura afroamericana hacia los blanquitos con inquietudes, y responsable de discos ineludibles desde los ’80 para acá. Ayer, la banda recibió un mazazo que se supone definitivo con la muerte de Adam Nathaniel “MCA” Yauch, a los 47 años y a causa de un cáncer en la glándula parótida.

Aunque el lanzamiento y algunos shows del soberbio nuevo álbum de BB había disparado apreciaciones positivas sobre su salud, el cantante y bajista se había encargado de aclarar que “agradezco las muestras de energía positiva que me envía la gente, pero es exagerado decir que esté libre de cáncer”. El 14 de abril, la ausencia del grupo en su “inducción” al Rock’n’Roll Hall of Fame de Cleveland “debido a que Adam no está recuperado en su tratamiento” produjo una inquietud que se confirmó ayer, y que disparó un torrente de mensajes de tristeza en las redes sociales, de fans anónimos y músicos célebres que quisieron dar el pésame virtual. Es que Yauch no fue sólo un músico amante del riesgo artístico, con una sólida y valiosa carrera; su militancia por la causa de los tibetanos oprimidos por China, la organización del Tibetan Freedom Concert y su compromiso permanente con la ONG Free Tibet dieron cuenta del largo camino recorrido desde la posadolescencia de License to ill (1986) y sus letras sobre nenas, cerveza y pelotudeo callejero como único objetivo. Desde aquel disco que, a caballo del poderoso efecto de Aerosmith y Run DMC en “Walk this way”, patentó el mestizaje rap’n’roll, los Beastie Boys maduraron de tal manera que cuesta creer que Yauch, Adam “Ad-Rock” Horovitz y Michael “Mike D” Diamond aún estuvieran en su cuarta década.

Como los Ramones –otros chicos blancos judíos del barrio–, los BB arrancaron en 1978 a puro ruido, con un punk y hardcore estruendoso que sería retratado en el EP Polly wog stew (1982) y la edición tardía de Some old bullshit. Abandonarían los instrumentos para dedicarse al rap sobre batería electrónica y guitarras de teclado, y encontrarían su hogar ideal en el sello especializado en rap Def Jam: a mediados de los ‘80, “Fight for your right (to party)” y "No sleep..." convirtieron en una nueva sensación, y como buenos Pibes Bestia exprimieron hasta la última gota. Arengados por un ahora legendario titular de la revista Rolling Stone (“Tres idiotas crean una obra maestra”), largaron una gira que terminó abrupta y escandalosamente, en medio de juicios y arrestos por el incendiario comportamiento del grupo y la puesta en escena de mujeres semidesnudas en jaulas y un gigantesco pene inflable.

Para Yauch y sus amigos todo podría haber terminado allí, y de hecho hubo quien, dado el silencio posterior, supuso que el trío se evaporaría en la niebla de los one hit wonders. Pero en 1989 los tres idiotas hicieron otra obra maestra: considerado como “el Abbey Road del hip hop”, Paul’s boutique llegó para pasarles el trapo a todos los malos imitadores. Ayudado por el equipo productor de los Dust Brothers (que luego repetirían faenas similares con Beck), MCA, Ad-Rock y Mike D presentaron un disco en el que las canciones se engarzaban unas con otras (al modo del Lado B del disco Beatle), construidas con samples y conformando un paisaje lisérgico e irresistible. De allí en más, la banda se encargó de reformularse una y otra vez, siempre un paso adelante, remodelando el estilo. Retomó los instrumentos en el inevitable Check your head de 1992 –con el aporte de Mark Ramos Nishita, un carpintero que vino a arreglar la puerta de su garaje y se reveló como prodigio del órgano Hammond–; asaltó otra vez los charts con Ill Communication, el de la salvaje “Sabotage” y su clip simulando una serie policial de los ‘70, y en el que Yauch inoculó su pasión budista con los cánticos de “Shambala” y “Bodhisattva bow”. Dos años después, MCA y Beastie Boys impulsaron el Tibetan Freedom Concert, una serie itinerante de festivales que se realizó hasta 2003, y que tuvo su retrato en un formidable CD doble en vivo de la edición en San Francisco.

A esa altura, Adam ya había superado las contradicciones entre la vida de una estrella de rock y sus necesidades espirituales; de hecho, en más de una entrevista señaló que el budismo, la meditación y sus “viajes de caminata” a Tíbet le propiciaban el balance necesario. Lejos de aquella imagen de jovencitos en llamas, los Beastie Boys cosechaban el respeto de sus pares, incluyendo a los afroamericanos que podrían haberlos visto como aprovechadores de sonidos ajenos. Ni siquiera Hello Nasty (1998), probablemente su disco menos interesante, diluyó el prestigio. Sobre todo porque los pasos posteriores, To the five boroughs (2004) –una oda a la Nueva York posatentados–, el instrumental The Mix Up y la serie Hot Sauce Commitee (de la cual por ahora sólo se conoce la Part 2... antes que la 1) mostraron a unos Beastie Boys en perfecto balance entre el pasado y el presente, capaces de seguir pasándose la posta en rimas punzantes que conforman un entretejido personalísimo.

El trío estuvo dos veces en la Argentina, con suerte dispar. La primera fue en 1995 y en Obras, para un show demoledor, a la altura de lo que prometía Ill Communication. La otra, en 2006 y en el Festival BUE del Club Ciudad, dejó un sabor agridulce: el viento conspiró contra el sonido, las pantallas se volaron y los Pibes poco pudieron hacer para remontar una noche desafortunada. Queda, apenas, como una mínima mota en un historial que deja a Yauch, el Bestia Tranquilo, en el lugar de las grandes pérdidas del mundo de la música. Por esta vez, sin derecho a la fiesta.

22.4.12 

Sacudir la estantería


(Publicado hoy en Página/12, solo en papel, en un suplemento dedicado a la Feria del Libro)

El lema de la Feria 2012 aparece en el momento indicado. Mientras el mundo de la música replantea sus paradigmas y para sobrevivir apela a la virtualización y fragmentación del objeto—álbum, la literatura parece a salvo de esa clase de desnaturalización: a nadie se le ocurriría vender capítulos sueltos de la última de Paul Auster. Aunque nunca se sabe. Como sea, no hay ruido en la frase “Un futuro con libros” en el contexto del planeta Tierra modelo siglo XXI. Aunque se llenen páginas y páginas de debate sobre la autenticidad de la experiencia e-book (y haya argumentos válidos de todos lados), todo intercambio parte de la base de que el libro, la obra, no se discute. El pasado nos retrató con libros, y el futuro nos encontrará con ellos.

  No se trata solo de pujanzas, iniciativas de la industria o inclsuo cifras de ediciones y de ventas. Va más allá. El libro existe porque siguen existiendo los autores, porque las canteras no se agotan y aunque los lenguajes y las formas parezcan del todo transitadas, siempre hay una frase que brilla de modo diferente. En algún lugar, ahora mismo y no importa si con lápiz, birome, estilográfica, Olivetti o laptop, alguien está escribiendo algo que merecerá ser leído.

  En ese marco de producción indiscutida (que no significa indiscutible), llega otra edición de la Feria del Libro de Buenos Aires. Y resulta inevitable recrear las sensaciones que eso produce, con la desesperación a la cabeza. Tarde o temprano, todo bicho lector cae en ese estado de ánimo: el laberinto de stands, la pila de libros, la enormidad de material escrito, conforman el recordatorio de todo lo que nunca podremos abarcar. No es una sensación novedosa, pero su peso específico es siempre el mismo. Uno se para allí y ojea y relojea, y entierra la nariz en un tomo especialmente perfumado de tinta y papel, y se atosiga de fajas que gritan “llevame a mí, llevame a mí”, contratapas, solapas y contrasolapas. Sabe que cada opción por un libro implica que otros tres se quedarán en el estante y quizá para siempre, porque el ritmo de edición en la Argentina se vuelve frenético: las mesas de novedades parecen el pasillo de “Corriente alterna” de Leo Masliah, con un movimiento tan veloz de entrada y salida que las tapas ya no son más que una tenue sensación, una sutil, fugaz coloración. La Feria lleva al visitante al centro de esa locura y esa fascinación, a una sed insaciable de páginas, de historias, de versos y de verbos. Por eso es la Feria, sin mayor explicación, y todos entienden de qué feria se trata y por qué las mayúsculas.

  Este que escribe debutó en la Feria en épocas poco propicias para la cultura. Corría 1980 y la profesora de Lengua de ese primer año bachiller que eramos, María Cristina Planas, organizó una salida a lo que entonces se desarrollaba en el predio de Figueroa Alcorta, junto a la Facultad de Derecho. La panmdilla de asesinos que ocupaba la Rosada seguramente prefería que la gente eligiera el Italpark tan cercano, pero ya entonces el encuentro anual tenía un significado que ni siquiera la dictadura podía soslayar. Incluso podía servirle como pantalla adicional a “los argentinos somos derechos y humanos”, que una cita cultural de esa magnitud podía tener lugar aun en la Argentina gris de fines de los ’70. Pero en los pasillos había varios que sabían de la cantidad de libros que no podían circular libremente por allí, cuánto de fachada había en esa biblioteca. Ese marco surge con lo que uno supo después: para ese pibe de 13 años fue la primera descarga de fascinación por esa abigarrada invitación a la lectura, un efecto que no ha perdido potencia con los años. De esa Feria, los estantes personales conservan una preciosa edición de las 20 mil leguas de viaje submarino de Julio Verne. Linda alegoría. Un Nautilus para atravesar la Argentina de tiburones y pirañas.

  Se sabe que a la vuelta de cualquier pasillo de la Rural acecha el lugar común, y que habrá muchas charlas y presentaciones jugosísimas e inolvidables al menos por un rato, y otras en las que uno saldrá preguntándose qué sentido tiene destinar horas, recursos y salas a un choreo de autoayuda. Pero eso es también la Feria, como es propio de la Argentina un hábito lector tan varioppinto como para reconocer a autores esenciales y a la vez encumbrar a charlatanes de 150 páginas en tipografía 12 y conclusiones tan pesadas y reveladoras como “sé tú mismo”. Cosas que sacuden la estantería y cosas que nivelan mesas.

  Que sea lo que sea, a superar la desesperación por todo lo que nunca llegaremos a leer y a sentarse, resignados pero felices, a la mesa interminable. La sopa de letras está servida.

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27.11.11 

Albañiles y colegialas



(Publicada hoy en Página/12)

“Soy un albañil que se levanta cuatro y media/para marcar la tarjeta a las seis/ vivo de mi rutina mezclando materiales/ pegando ladrillos, construyendo una pared. // Y cuando se hacen ocho y media/ los chicos se van a la escuela/
las nenas pasan de pollera/ y yo las imagino... /contra la pared, contra la pared./ Trato de pensar que no debo imaginar/ esas cosas que no pueden suceder/ pero no puedo evitar que esas ideas/ vengan a mi mente una y otra vez.”

La canción se llama “Contra la pared” y aparece en el disco del mismo nombre. Su tapa muestra a una “colegiala” contra la pared. Detrás de tan elevada exhibición artística está Pity Alvarez, una campaña ambulante: basta verlo y escucharlo para comprobar el devastador efecto que tienen ciertas drogas, y utilizarlo como ejemplo de lo que es recomendable evitar. El disco acaba de aparecer en el mercado y es probable que sea un éxito: Viejas Locas es una banda con arrastre popular y viene de un hiato producido por los problemas judiciales de su líder, que cuando no anda baleando a su representante o amenazando con meterle un tiro en las piernas a la madre de una fan toma su guitarra y enaltece de esta manera al rock argentino.

En las últimas semanas se ha hablado bastante de la violencia contra menores de edad. El jueves y el viernes, las actividades relacionadas con el Día Internacional de la No Violencia contra la Mujer volvieron a poner sobre el tapete un problema siempre presente. Y entonces aparece el Pity a cantar sobre poner a una adolescente en pollerita contra la pared. A instalar ese estribillo en boca de miles de pibes.

Si no fuera tan peligroso, uno podría cerrar el asunto en la comprensión de que se está hablando de un pobre pibe que nunca tuvo demasiadas luces, agravado por un cerebro quemado por los excesos. Pero uno ha escuchado y escucha mucho rock argentino, y cuando un salame que la va de rocker estigmatiza a un albañil (ese negro que sólo piensa en voltearse a las pendejitas del colegio) y estimula la imagen de atacar sexualmente a una menor, ya no hay “código” ni supuesta pacatería que pueda esgrimirse.

Es probable que Pity defienda su cancioncita diciendo que todo es un chiste, pero las cifras de ataques a mujeres de toda edad, la persistencia de los hechos en el tiempo, inhabilitan los chistes. No asombra, claro. En un show de Viejas Locas en Vélez, en 2009, Rubén Carballo (19) fue muerto a golpes y su cadáver fue escondido, en un episodio aún no aclarado. Lo único que hizo Pity fue emitir un cobarde, incoherente comunicado en el que se abrió de gambas y evitó asumir cualquier responsabilidad de la banda que había convocado al show, y pasó de página. Tampoco asombra que el mismo disco incluya una foto con toda la iconografía del consumo de merca: es lo esperable en un tipo que viene de una internación para frenar la adicción.

Que quede claro: aquí no se está pidiendo que se ponga un freno o se censure una obra artística. Pity Alvarez y Viejas Locas tienen todo el derecho del mundo de editar su disco y sus canciones, aunque éstas hablen de un albañil con fantasías de abuso sexual a menores o un frasco lleno de cocaína. Del mismo modo, este que firma tiene todo el derecho del mundo a opinar que el rock argentino ha encontrado en Pity Alvarez su pozo más profundo de estupidez.

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23.11.11 

"No hay que quedarse en el confort"


(Publicada hoy en Página/12)

“Eso es el sonido de cuatro tipos tirando abajo el árbol de Joshua”: así respondió U2 a las preguntas que aparecieron cuando la deforme intro de “Zoo Station” sorprendió a todo el mundo, e inauguró oficialmente la década del ’90. En el mismo año en que Primal Scream redefinía el sonido de las pistas con Screamadelica, los irlandeses indicaban el camino para el rock. Hartos de ellos mismos –de allí la referencia a The Joshua Tree, el disco que fue una consagración y una cruz difícil de cargar–, al borde de la separación, Bono, The Edge, Larry Mullen Jr. y Adam Clayton huyeron hacia adelante con una experiencia que resultaría en el mejor disco de U2. El disco que ahora celebra veinte años y no ha envejecido ni un poco, el disco de título inexplicable: Achtung Baby.

“Mientras hacíamos el disco, lo que realmente estaba en juego era la confianza mutua que nos había mantenido unidos. Eso nos podría haber llevado a una espiral descendente, algo mucho más triste que la imagen de uno de nosotros pegando un portazo”: hace poco, en la presentación en Toronto de From the sky down (el film de Davis Guggenheim que indaga en el proceso creativo de Achtung Baby), The Edge no endulzó nada. Como suele suceder con las grandes obras, AB significó una caja de Pandora llena de dolores, angustias, pases de factura y momentos límite. Allí estuvieron Brian Eno y Daniel Lanois para mediar y evitar que la sangre llegara al río, para lidiar con esos cuatro tipos necesitados de reinventarse y convertir esa explosión de ideas en algo coherente.

“Ver esa película me resulta un poco humillante –dijo Bono en Toronto–. Darme cuenta de que éramos muy ineptos. Hoy somos una banda mejor, aprendimos nuestro arte, y aun así hay un gran peligro, que es la enorme distancia entre lo muy bueno y lo grandioso. Pero en esa época... estábamos tratando de hacer una música que no entendíamos, y la banda parece conseguir sus mejores trabajos en ese ambiente. Cuando todo es confortable no es interesante. Y en esos intentos que hacíamos hubo mucha, mucha mierda.” Resulta curioso escuchar a Bono y The Edge analizar, con la frialdad que dan dos décadas de distancia, gemas hoy indiscutidas como “Even better than the real thing”, “Until the end of the world”, “One” (“¿Cómo alguien puede casarse con esa canción? ¿Es que no escuchan las letras? Es la canción más amarga del disco”, señala el cantante), “Ultra violet”, “The fly”... ir a Berlín en plena caída del Muro, meterse en el legendario estudio Hansa Ton y sacar afuera los demonios era la manera de “tirar abajo el Joshua Tree”, lo que significaba sacarse de encima el ya intolerable peso agravado por Rattle and Hum.

Harto de su propia corrección política, U2 abrazó el cinismo. Le dio un apasionado beso de la muerte a su anterior encarnación.

“Estoy listo, listo para el gas hilarante/ Estoy listo, listo para lo que venga”: los dos primeros versos de “Zoo Station”, el sonido de motosierra de The Edge, fijan el tono de Achtung Baby y el futuro (que hoy es pasado) de la banda irlandesa. En Canadá, el guitarrista retomó el hilo de “lo confortable” para encontrar una explicación a la extraña clase de magia que se produjo entre Berlín y Dublín: “Hace poco conocimos a John McLaughlin y le preguntamos por su trabajo con Miles Davis, y nos contó que a veces Miles entraba al estudio sin saber realmente qué iba a hacer. Cuando ves From the sky down te das cuenta de que nosotros hicimos lo mismo, y lo hicimos –y aún lo hacemos– para sacarnos de la zona de confort, porque no hay otra opción. Si estás en una zona donde confiás en tus mañas, en lo que aprendiste, inevitablemente vas a crear... música confortable. Lo menos interesante del mundo”.

Veinte años después, y con todo el clasicismo adquirido con los años, Achtung Baby sigue estando lejos del confort. Sigue interpelando. Ha envejecido, seguro, mucho mejor que sus autores y sus oyentes. Y amerita la cadena de reediciones remasterizadas que llegan a la caja de ultra lujo, que incluye el capricho de las gafas de mosca que Bono utilizó en el ZOO TV Tour para enterrar al pelilargo de la bandera blanca y la mirada honesta. La más modesta versión de dos discos habilita igualmente un disfrute especial. No solo por un inédito absoluto como “Blow your house down” o una versión poco conocida de “Lady with spinning head” (Frankenstein del cual salieron dos canciones diferentes del disco), sino también por la preciosa versión de estudios de “Satellite of love” –que fue lado B de “One”– y “Paint it black” (lado B de “Who’s gonna ride your wild horses”), o los remixes de varios títulos del disco original. Pero también, y no deja de ser sorprendente, seduce a través de ese original, cuando se comprueba que no solamente los discos de los ’60 y ’70 pueden experimentar un pulido sonoro que revela matices inesperados.

“Fuimos a Berlín porque estábamos interesados en lo que en alemán llaman zeitgest, las fuerzas que modelan el mundo. Pueden venir de todos lados, de lo cultural, lo político, lo espiritual, la ciencia y la tecnología. Siempre tendemos a querer estar donde eso sucede. Somos curiosos, no solo por la cultura. Es un poco lo que hicieron The Beatles, que son el molde de cualquier banda”, se explayó Bono en el Festival de Toronto. En el libro U2 at the end of the world, el periodista estadounidense Bill Flanagan hace un pormenorizado relato de esa zambullida del cuarteto en un mundo que estaba cambiando para siempre, y que –no podía ser de otra manera– los cambió a ellos. “U2 ha esquivado la irrelevancia durante los últimos veinte años, pero siempre estamos en riesgo –dice el cantante–. Podemos seguir haciendo gran música en grandes estadios o hacer cosas pequeñas, eso se verá. Pero tendremos que volver a ese lugar para sobrevivir.” La frase disparó luces de alarma y titulares catástrofe sobre una posible separación. Pero si hay algo que, de Achtung Baby para acá, quedó bien claro, es que con U2 nunca hay que dar nada por sentado. Nunca se sabe cuándo pueden volver a sacar la motosierra, y empezar a tirar abajo los árboles que le daban sombra.

* La edición aniversario de Achtung Baby ya está en las bateas argentinas. El DVD From the sky down saldrá el 12 de diciembre.



El disco de versiones Q, un hallazgo

El vigésimo aniversario disparó una locura de resultados contundentes: para festejar la vigencia de Achtung Baby, la revista británica Q encargó a varios artistas la tarea de versionar todas las canciones del disco. El resultado acompañó la edición de octubre del magazine: Ahk-Toong Bay-Bi Covered es un festín en el que ese playlist demoledor encuentra una nueva savia, otro clima, siempre sostenido por la calidad compositiva del original. Y que produce curiosos juegos: ya que el original era tan abrasivo, el “Zoo Station”, de Nine Inch Nails, no busca redoblar la apuesta sino cubrirse con un clima ominosamente relajado. Es, precisamente, la primera estación de un viaje que alcanza cumbres como Patti Smith erizando la piel con “Until the end of the world”, guitarra acústica, piano y esa voz capaz de derrumbar cualquier pared emocional. O la podredumbre electrónica de Depeche Mode para “So cruel”, el pulso bailabe de “The fly” en manos de Gavin Friday y el ataque barroco de Glasvegas para “Acrobat”. Quizá The Killers (“Ultraviolet”) y The Fray (“Tryin’ to throw your arms around the world”) prueban arreglos menos encantadores, pero allí está también Garbage para revisitar en plan melancólico “Who’s gonna ride your wild horses” (y hay que bancarla a Shirley Manson en ese plan), una melancolía con raptos de potencia que evitan la monotonía. Damien Rice elude con garbo los posibles lugares comunes de atreverse a “One”, y como meta-chiste, no luce nada mal la versión que entrega de “Even better than the real thing” una banda que conoce el paño: los mismos U2. Para quien quiera tener la estantería irlandesa siempre completa, la revista y su disco se consigue en los habituales kioscos importadores a lo largo de Corrientes o Florida.

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29.5.11 

La revolución de Gilbert



EnlaceTodo empezó en una esquina de Harlem, a pocas cuadras del mítico Apollo Theatre, pero lo que allí se dijo tuvo alcance planetario. En 1970, el sello estadounidense Flying Dutchman Records presentó, bajo el título de “A new black poet”, a Gil Scott-Heron y su Small talk at 125th. and Lenox. Dentro de esa portada en orgulloso blanco y negro, contenido en un círculo de vinilo, reposaba un himno generacional, piedra de toque de un movimiento que llega hasta hoy. La revolución no va a llegar a vos gracias a Xerox, en cuatro partes y sin cortes comerciales, decía Scott-Heron en una hipnótica letanía de menos de tres minutos que enumeraba que la revolución no irá mejor con Coca-Cola, la revolución no nos dará fotos de los cerdos baleando a nuestros hermanos, la NBC no podrá anunciar los ganadores a las 8.32. Con apenas un sostén percusivo a esa formidable acción poética, el “nuevo poeta negro” suscribió el primer rap de la historia. Una frase que resonó entonces y a través del tiempo, que pudo aplicarse a decenas de situaciones sociopolíticas, que se volvió contraseña y que fue sistemáticamente utilizada, parodiada, parafraseada, citada, por el mundo de la cultura y por periodistas tituladores en todo el planeta.

La revolución no será televisada, escribió, dijo, cantó, postuló Gilbert Scott-Heron en 1970, legándonos una frase universal. La revolución te va a poner en el asiento del conductor. La revolución será en vivo.

El viernes, a los 62 años y en la misma Nueva York donde empezó la cháchara, Gil Scott-Heron se despidió de Harlem y de todos los demás barrios.

Hacía años que lidiaba con el VIH, pero también con la cocaína y el alcohol. En esos fundacionales años ’70, el padrino del rap lanzó en rápida sucesión obras esenciales como Pieces of a man, Free will y Winter in America, se convirtió en portavoz de la épica urbana negra... y pagó el precio. Se le perdió el rastro apenas iniciados los ’80, cuando el movimiento rap empezó a explotar y predicadores como Public Enemy o NWA tomaban la posta (anoche en Twitter, Chuck D señaló que “hacemos lo que hacemos, y del modo en que lo hacemos, gracias a Gil Scott-Heron”). La merca lo puso en problemas, lo alejó de los estudios de grabación y en última instancia lo llevó a la cárcel; a mediados de los ’90 grabó un disco en el que “Messenger to the messsengers” vino a poner en caja a los gangsta rappers que propiciaban la masacre del enfrentamiento entre las costas Este y Oeste, a recordarles que la revolución era otra cosa, no fusilarse unos a otros para beneplácito del hombre blanco. Volvió a desaparecer en una nube de problemas legales y centros de rehabilitación: Scott-Heron podría haber terminado del modo oscuro en que terminaron varios próceres de los ’70. Pero contra la mayoría de los pronósticos, en 2010 volvió con el notable I’m new here y poco después con We’re new here, remixado junto a Jamie XX. Con la voz dramáticamente estragada pero la pluma igualmente afilada, el primer rapper demostró tener el fuego necesario para seguir enseñándoles cosas a los Kanye West de esta era.

* * * *

Y la frase de Scott-Heron a veces parece exacta y otras veces no tanto, porque si hay algo que la era de la hiperconexión y la multiplicación de pantallas garantiza es que, suceda lo que suceda allá afuera (o adentro), seguramente será televisado. Es por eso que levantó tanta polvareda la no transmisión del más reciente asesinato selectivo de los guardianes de la democracia mundial: hasta el ahorcamiento de Saddam Hussein terminó siendo televisado, pero la ausencia de imágenes de la muerte de Osama bin Laden –y las sentidas declaraciones al respecto de Barack Obama, ese tipo tan televisado, tan televisivo– dispara asombros y debates. Incluso se mostró una animación computada, que está lejos de ser lo mismo. Y el concepto de revolución a veces es bien maleable, y conviene atender a quienes estudian en profundidad Medio Oriente y Africa antes de admitir que eso que nos está mostrando el canal de noticias Equis Equis es efectivamente una revolución, o un contragolpe de Estado, uno de esos quilombos periódicos porque subió el pan o se superpusieron los horarios de lapidaciones, o qué.

Quizá la revolución no sea televisada o quizá sí, lo seguro es que a veces la televisión tira unos mensajes que llaman tanto la atención como una turba volteando estatuas en alguna republiqueta. La semana pasada, en los cortes publicitarios de la transmisión del Martín Fierro, pudo verse la publicidad del nuevo sistema High Definition de El Trece. Tomando el modelo de Nikita, una bella mujer de portaligas negro armaba un rifle de alta precisión para liquidar a un presidente vagamente soviético. Y uno sabe que suena paranoico apuntar la curiosidad de un aviso del Grupo Clarín representando un magnicidio, pero es imposible guardarse el apunte. Por suerte (o por la incomodidad de encarar esas misiones en portaligas), la killer no le da al presidente sino a una TV de alta definición, así de fiel es la imagen de El Trece HD.

Lo cual lleva a otro ítem inevitable: con una apertura que fue un apilamiento de números efectistas sin mayor concierto artístico, Marcelo Tinelli inauguró su Showmatch/Bailando por un sueño 2011 en un HD novísimo y revolucionario, que mostró con lujo de detalles la vulgaridad y las, ejem, ideas de siempre. Al rato nomás, el alien que abdujo y se metió bajo la piel de Graciela Alfano ya estaba poniendo en escena una “pelea” con el señor de la galera, Marce ensayaba su primera cara de sorpresa de la temporada y en camarines se preparaban el felino importado Pamela Anderson y Mike Tyson, boxeador y golpeador de mujeres al estilo Hiena Barrios (a quien Tinelli alguna vez calificó de “campeón” entre chistes sobre su mano pesada). Nuevas caras para el acostumbrado desfile de talentos de Ideas del Sur.

Por suerte está el Martín Fierro para registrarlo todo y empezar a sumar porotos para la glamorosa ceremonia del año próximo, a la que sólo el canal emisor y el más ganador –que siempre, oh casualidad, vienen a ser el mismo– insisten en presentar como la quintaesencia del reconocimiento artístico, la gloria, el lustre necesario para acceder al Olimpo de la TV. Faltando aún un año, conviene que los directivos de la Asociación de Periodistas de la Televisión y Radiofonía Argentina tomen debida nota de lo ocurrido este año, cuando los asistentes al Hilton Madero recibieron la revista oficial de la 41ª edición: un lindo magazine con su tapa dominada por una gran estatuilla del Oscar de la Academia de Hollywood. Así de certeros son los rumbos de Aptra.

Quizás el viejo Gil tenía razón: la revolución no será televisada. La idiocia sí.

(Publicada hoy en Página/12)

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8.5.11 

Iluminados por el fuego


¿Ahora se entendió?

En los días posteriores al 30 de diciembre de 2004, en los debates que suscitó el uso de pirotecnia en recitales de rock y en los meses que siguieron, hubo que escuchar la misma, estúpida teoría: “En los recitales al aire libre no pasa nada”. No es lo mismo que Cromañón, sostuvieron quienes sostienen contra toda lógica la idea de que el espectáculo se conforma de un grupo arriba del escenario y una proliferación de fuegos y banderas en el público. De nada servían los múltiples testimonios de personas quemadas por chispas, medio ahogadas por el humo, molestas por el peligro latente, ofendidas por la falta de respeto a los muertos de Once. Al aire libre no pasa nada, repetía el coro.

El 30 de abril, en el show de La Renga en el Autódromo de La Plata, al aire libre, Miguel Ramírez recibió un bengalazo en el cuello. El viernes 6 de mayo, los médicos que lo atienden diagnosticaron “muerte cerebral”.

¿Ahora sí se entendió?

Han pasado apenas unos días desde el anuncio de la Cámara de Apelaciones y las sentencias del TOC 24 sobre las muertes de Cromañón. Y aquí estamos, hablando otra vez de las mismas cosas. De quién estaba a cargo de la seguridad y el cacheo de los asistentes, que en este caso y para profundizar las sensaciones lleva el pintoresco nombre de Chacal Producciones. De por qué el público de rock tiene tantos problemas para tomar conciencia y aprender a cuidarse más allá del cuidado que deben tener los otros. De por qué no hay una actitud integral del medio hacia el tema de la pirotecnia: La Renga supo parar sus shows cuando apareció una bengala, el Indio Solari deja que el público “se exprese” libremente y hasta defendió el fuego en una entrevista de Rolling Stone. El viernes, un comunicado atribuido al Indio señaló: "Mi posición frente al juego de bengalas en los conciertos al aire libre siempre se sostuvo en entender que si esos fuegos de artificio se entendían como de extrema peligrosidad aún fuera de los locales cerrados, lo correcto y conveniente sería la prohibición de su venta al público y no el traslado del deber policial a los organizadores de los eventos. El control en éstas reuniones multitudinarias se hace prácticamente imposible por el hecho de que el público no concurre al estadio sino hasta un momento cercano al inicio del show y en tan corto tiempo, entonces, se torna muy difícil el revisar exhaustivamente a los concurrentes. De cualquier manera y tomando en cuenta los accidentes que pueden ocasionar les pido a quienes se acerquen a mis conciertos que se abstengan de su uso.”

Otra vez, la aparición de una víctima es lo único que viene a despertar conciencias. ¿Por cuánto tiempo? ¿Qué nueva visión irresponsable vendrá a reemplazar ese “al aire libre no pasa nada”? Ya habrá quien se apropie de esas palabras del Indio y enarbole un “bueno, si el Estado no las prohíbe la culpa no es nuestra”, reciclando de paso ese maravilloso deporte de echarle la culpa de todo a los gobernantes sin hacerse cargo de lo que a cada uno le toca.

Cuesta creerlo, de verdad. Desde diciembre de 2004, las discusiones alrededor de este tema fueron contaminadas por esa clase de conceptos engañosos, que no ayudaron a aclarar la cuestión de fondo. Ahora que hay otro joven en una cama de hospital, ahora que hay otra familia destrozada, ¿podremos discutir de verdad lo que hay que discutir? ¿Podemos dejar de lado, de una buena vez, las teorías que defienden lo indefendible, que disculpan lo que no puede disculparse, que se cagan en la historia reciente? ¿Podemos recordar y subrayar que el rock es otra cosa, que las bengalas, candelas y tres tiros son el entretenimiento de imbéciles que babean ante el fuego y no ante una creación artística?

Ahora que tenemos otro muerto, ¿se entendió?

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5.4.11 

"¿Vos creías que venías a tomar un par de vinos?"


(Publicada hoy en Página/12)

Las cosas no habían terminado de cuajar, la escena que tendría lugar un rato después aún no cristalizaba: en la tarde del domingo, cuando este cronista se cruzó con León Gieco en el backstage, la conversación giró sobre las cualidades de Muse, que estaba a punto de tocar, y la enormidad de lo que se vería después. León ni siquiera dejó entrever la posibilidad de ese inolvidable momento en el que Bono le hizo la segunda en “Solo le pido a Dios”, con The Edge lanzando sutiles arreglos de guitarra y el Estadio Unico coreando. Apenas dos días después del aniversario de Malvinas, U2 y Gieco cantando eso de que la guerra no nos sea indiferente, justo antes de que La Garra estallara con “Pride (in the name of love)”. Si la velada despedida del 360º Tour, el cierre de tres noches excepcionales en un estadio excepcional, ya tenía una recarga emotiva, el combo agregó una épica inesperada.

“Yo ni siquiera iba a ir a La Plata –recordó León ayer en Rebeldes, soñadores y fugitivos, en la AM 750–. Había hecho un show para Hijos en Chaco, venía con ese quilombo en la cabeza y sabía que me los iba a perder, pero hubo un llamado de la producción que querían que fuera, así que llegué a casa a las 17, agarré el auto y me fui a La Plata.” Allí, Gieco descubrió que Bono quería algo más que saludarse y recibir una copia de Mundo Alas: “Toquemos esa canción que quise cantar en River y no me salió bien”, propuso el cantante, y así Gieco terminó ensayando con los cuatro U2 en el camarín principal. “Al principio me quedé helado, yo había ido a disfrutar, me había tomado un par de vinos en el VIP y de repente se me pasó toda la tranquilidad, era todo un compromiso, subir a ese escenario, con esa gente... no es un recital en el Gran Rex. A veces cuesta que venga la adrenalina, si te dicen dos o tres días antes te vas preparando, pero así... el mismo Bono se reía, me decía ‘¿Vos te creías que venías a tomarte unos vinos y nada más?’.”

–En el momento, ¿tuviste conciencia de lo que estaba pasando, o simplemente te dejaste llevar por la música?


–A veces las cosas son tan fuertes que se convierten en algo normal, como que todo tiene que pasar así. El análisis lo hacés al día siguiente. Porque si estás con los nervios de “estoy tocando con estos tipos” en un estadio como el del domingo... es lo mismo que en Amnistía, que tenía a Peter Gabriel en la mano izquierda y a Bruce Springsteen en la derecha, todos cantando “Get up, stand up”, y yo estaba pensando que Gabriel tenía la mano caliente y Springsteen la mano fría. Al día siguiente reaccionás: al cabo, es gente, loco. Y Bono es una persona que te tiene muy en cuenta, tiene muy en cuenta todo lo que está pasando en el lugar, y ya estará estudiando con quién se va a juntar en Brasil. Como David Byrne, que lo fui a ver y me hacía señas en el escenario que me quería regalar un disco... Estos tipos no tienen ninguna necesidad, podía mandar a un tipo.

–Imposible olvidar que son superestrellas, pero también son personas de carne y hueso.


–Todos hacemos caca.

* * * *

“Los irlandeses y los argentinos tenemos mucho más en común de lo que parece. A los dos nos gusta hablar. A los dos nos gusta discutir. Somos religiosos, pero nos la pasamos discutiendo con Dios... y cuando dejamos de discutir con Dios, nos ponemos a discutir con los ingleses y con el Fondo Monetario Internacional. Les acepto que en el fútbol son un poquito mejores que nosotros, pero en el rugby les pateamos el culo. Y ustedes tienen un país grande y nosotros tenemos un país chiquito, pero nuestros egos son igual de grandes.” El párrafo de Bono enciende aún más a un estadio rendido a los pies de U2: el ramalazo de lluvia que sacudió a La Plata veinte minutos antes de la hora fijada para el comienzo ya es recuerdo y no le importa a nadie. En el relajado almuerzo del lunes pasado, Bono dijo que cuando hay dos shows seguidos su garganta sufre pero la banda mejora. Una de las partes se cumple, la otra no: efectivamente, en la noche del domingo The Edge, Larry Mullen y Adam Clayton exhiben –si se permite la redundancia– una garra especial, están más lanzados que el miércoles y el sábado. Pero si a Bono le molesta la garganta, basta que vuelva a conmover las paredes con “Miss Sarajevo” para desmentir su teoría. Quizá tenga menos voz, pero gana en efecto dramático, y clava las notas que hay que clavar. Para los reincidentes, el último show de la serie queda en la memoria como el mejor.

The Claw, que el sábado tuvo un desperfecto que dejó la pantalla a media asta, está nuevamente encendida a tope: haber pisado el escenario durante la tarde, en una visita guiada por Frances McMahon (la encantadora publicista de la banda) le da aún más irrealidad a la escena en la que “City of blinding lights” despliega todo el poderío. En el corazón de La Garra, levantar la vista devela las entrañas de un ovni, coronado por ocho columnas in-line de parlantes que garantizan un sonido demoledor. Cuando Frances revela que esa estructura se desarma en solo seis horas el asombro es mayor, como resulta asombrosa –aunque esperable en una producción de estas características– la sala de dirección de cámaras y la consola digital de sonido, justo frente al escenario. “La gente aquí está loca –-comenta Frances, que está contenta porque la noche anterior al fin pudo ir a tomar unos tragos y disfrutar algo de tango–. El show de anoche fue increíble.”

Si el sábado fue increíble, difícil encontrarle parangón al delirio que desata el combo “Vertigo”/ “I’ll go crazy if I don’t go crazy tonight”/ “Sunday bloody Sunday”. Difícil medir el temblor que recorre la ciudad desde el epicentro de “Elevation”, o el desmadre general cuando el grupo se embarca en ese final a toda orquesta de “When the streets have no name”. Al pie de la consola de sonido, el manager Paul McGuinness, relajado, sin necesidad de correr a ningún lado, no oculta la sonrisa de satisfacción. Es un buen momento para acercarse, estrecharle la mano y decir simplemente “gracias”.

* * * *
–¿Y el show, León?

–Me encantó, aunque no estaba en un lugar privilegiado. Fui invitado a un lugar para ver y escuchar perfecto... ¡y este tipo nos jodió la noche! (se ríe a carcajadas) Me quedé en un lugar donde me fueron a buscar para tocar, y después mis lugares estaban ocupados. Me dijeron de ir al mangrullo pero había que atravesar toda la gente: si no hubiera tocado me iban a pedir fotos dos o tres nada más, pero después de tocar... me gastaban. Así que lo vi desde un lugar no privilegiado, pero estuvo muy bueno. Es un show muy grande.

–Pero a pesar de toda la monstruosidad no dejan de ser una banda.


–No, porque todo viene más atrás de ser una banda de músicos. Son cuatro amigos que siguen manteniendo esa cosa campesina irlandesa, que tiene mucho que ver con los argentinos. Yo creo que somos parecidos, un país medio sufrido...

–El dijo algo así.


–¿En serio? No lo escuché... Y sí, hay una cosa de sangre, de lucha, y eso no lo abandonaron. Bono actúa igual que cuando yo voy al interior y me viene a ver un luthier, y voy a su casa y veo el revuelo que se arma, pero me gusta tener ese contacto. El hace lo mismo, cuando repite tres shows le gusta una adrenalina rara, eso de un chabón como yo que suba al escenario, un agregado que te hace funcionar en el escenario.

–Para hacer lo que hacen tiene que haber pasión.


–Uno ve a Bono arriba del escenario, tiene una energía y una voz increíbles. Ya estoy yendo a un profesor de vocalización, porque como lo escuché cantar el domingo... tremendo. Dos shows intensos sábado y domingo, y el tipo tuvo la voluntad de venir a hablar, sacarse fotos con otra gente. Podía estar tranqui, no necesita nada, no tiene nada que agregarle a lo suyo. ¿Acaso necesita que yo suba a su escenario?

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2.4.11 

Y todo empezó con dos tenedores



(Publicada ayer en Página/12)

La excitación inicial creciendo al compás de la “Space Oddity” de Bowie, nada menos. La chica a la que Bono le cantó “In A Little While”, mientras la paseaba de la mano por el escenario, y que todavía no debe haber pegado un ojo. El desfile de las figuras con logos de Amnesty celebrando la liberación de Aung San Suu Kyi, la líder birmana por la que el grupo pidió una y otra vez. El mareo colectivo de “City of Blinding Lights”, cuando la pantalla se convirtió en una explosión de poliedros mágicos. El veneno sonoro de “Hold Me, Thrill Me, Kiss Me, Kill Me”, con el cantante reformulando al Mirrorball Man del Zooropa Tour, esta vez con un traje de láseres rojos, colgado de un volante con micrófono incorporado. El Estadio Unico de La Plata moviéndose –sí, moviéndose, en el sentido sísmico del término– al compás de 58 mil personas saltando con “Elevation”. El coro general de “I’m Still Haven’t Found What I’m Looking For” y Bono, ese tremendo frontman, clavando las notas en “Miss Sarajevo”, capitalizando la pasión operística de su padre. The Edge, gran chamán de la exploración sonora aplicada a la guitarra. Larry Mullen y Adam Clayton, una base que puede ser granítica sin perder el groove. Flashazos de una noche que continúa en la memoria, que no terminó, que efectivamente sigue mañana y pasado en la preciosa cancha platense. Una explosión sensorial en 360 grados.

Y todo, como ejemplificó Bono el lunes tratando de replicar aquella génesis del 360º Tour junto a Willie Williams, empezó con dos tenedores. De dos tenedores enganchados a La Garra recorriendo el mundo, asombrando a propios y extraños: si eso no es la cabal demostración de cuánto puede evolucionar una simple idea, hasta dónde puede llegar con imaginación (y dinero, claro), difícil encontrar un ejemplo mejor.

Se agradece que Bono haya estado menos arengador que en 2006, que haya mencionado a San Telmo, Cañitas y Palermo, y a Higuaín, al Apache, La Pulga y Zanetti (¿Zanetti? ¿The Edge, Zanetti?) pero desde un lugar sin tanta impostación, desde cierto conocimiento y comodidad con Buenos Aires. Que haya sorprendido a la multitud con la inesperada dedicatoria a Gustavo Cerati (¿cuántas veces se ve a una estrella extranjera mencionar a un argentino que no sea deportista o político?) en “Moment of Surrender”, delicado cierre a lo que fue una tormenta de adrenalina. Pero, por sobre todo y como se dijo en la edición de ayer de Página/12, se agradece que U2 juegue la baraja del gran espectáculo pero no deje de poner a la música por encima de todas las cosas. Que tenga momentos de pura magia sonora, generada por la misma química grupal que comenzó hace una eternidad en Dublín. Que en la cabeza quede, sí, la imagen ardiente de The Claw, estallando en luces y en imágenes. Pero que lo que queda sonando sea, siempre, una canción. O dos, tres, catorce.

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31.3.11 

Garra de campeón

(Publicada hoy en Página/12)

“La idea es llegar a un punto en el que la gran estructura desaparece”, dijo Bono en el almuerzo del lunes con periodistas argentinos. Bien, U2 ha llegado al punto: cerca de la medianoche, The Claw es un aquelarre de luces, destellos y movimientos, pero lo único que importa es el círculo sagrado que forman cuatro tipos en el núcleo de toda esa parafernalia. Bono, The Edge, Larry Mullen Jr. y Adam Clayton están lanzados al épico final de “Where the streets have no name”, justo allí donde las calles no tienen nombre (o más bien sí, pero nadie los recuerda). La multitud está en éxtasis, 58 mil pieles de pollo, un nudo en el alma que se concentra allí, en el medio, donde todo sucede.

El público argentino está ante la estructura más descomunal puesta jamás al servicio de un concierto de rock. Y lo único que importa es una guitarra, un bajo, una batería y una voz que invita al coro general que canta, grita que sí, que las calles no tienen nombre y estamos construyendo e incendiando. Y ahí vamos de vuelta, llevados por el viento.

Prendidos fuego.

Está terminando el primer show de la tercera visita de U2: ¿alguien podía dudar que todo iba a terminar así? A los cínicos y a los superados, los que gustan jugar el juego de estar más allá de todo, les encanta ningunear a una banda capital en la historia de la música contemporánea. Está bien, cada cual tiene el derecho de quedarse en los pasillos de ciertas cosas. Pero otra vez, como en el PopMart, como en el Vertigo Tour, el cuarteto irlandés dio lecciones de cómo conjugar gran espectáculo y sensibilidad musical, cómo hacer que el megashow conforme la expectativa del público de rock de estadios, pero al cabo prime la sensación de que nada de eso tendría sentido si no fuera por las canciones.

Y U2 tiene algunas canciones. El arranque de la noche fue la perfecta amalgama entre su primera etapa de honda ruptura estética y musical (“Even better than the real thing”, suerte de nave insignia de Achtung Baby), la prehistoria de “I will follow” y la ardiente actualidad de la banda: si hubo algunos críticos que enarcaron las cejas con el material de No line on the horizon, la potencia y coherencia de “Get on your boots” (donde la banda se lanzó a recorrer con elegancia el territorio exterior de la puesta) y la épica “Magnificent” borró toda duda. No resultó nada casual que fuera “Moment of surrender”, otra de las canciones más recientes, la que liquidara la faena un par de horas después: melancólico moño, recargadísimo emocionalmente por la sentida dedicatoria de Bono “con nuestro amor, para Gustavo Cerati”: se cerraba una montaña rusa de emociones contenidas en los hitos que la banda ha sabido atesorar.

En algún pasaje, incluso, ese concepto de “montaña rusa” es tremendamente gráfico: : promediando la velada, Bono lanzó ese celebérrimo absurdo de “uno, dos, tres... catorce!”. Y cuando todos estaban ganados por ese clima rockerísimo, la discotequera versión de “I’ll go crazy If I don’t go crazy tonight” irrumpió y modificó el clima del estadio con una naturalidad ciertamente increíble para semejante combinación. Y todo parece una gran disco, pero la versión –radicalmente diferente a la del álbum– termina con el redoble más conocido de la carrera del grupo, y “Sunday bloody Sunday” hace retemblar La Plata. Como si nada, la banda se mueve entre aguas tan diferentes y lleva a todo el mundo de las narices.

El Estadio Unico que se estrenó como sede de grandes citas ayudó a que el natural poder de las cancions del grupo se multiplicara. Al comienzo incluso en exceso, cuando hubo que trabajar un sonido que se ensañaba con el techo y la estructura metálica. Pero a medida que los melones se acomodaban, la explosión de otra tanda de clásicos llevó a una conclusión natural: a los 25 minutos de show, U2 tenía el partido dominado, ganado y jugaba a voluntad.

En el show hay momentos clave, que no varían en toda la gira: el núcleo duro de un concierto en el que hay modificaciones todas las noches, entran y salen diferentes piezas del cancionero irlandés. Está claro que no puede faltar ese mortífero bloque que arranca con “Mysterious ways” (¡Qué bien envejece, o mejor dicho añeja, Achtung baby!), sigue con un "Elevation" que hace sentir a todos que sí, efectivamente flotan un metro sobre el piso, y cierra con “Until the end of the world”. Ese otro clásico del disco que abrió los ’90 y reformuló el sonido del rock y las puestas de estadio propicia el momento en el que Edge y Bono se torean, uno cantando y el otro punteando, ya no a través del escenario sino desde dos puentes móviles que se acercan hasta dejar sus manos a unos centímetros.

Tampoco puede faltar la emoción inenarrable de “One” –que enciende un mar de pantallitas de celular– y “I still haven’t found what I’m looking for”; ya no está la preciosa versión acústica que hacían de “Stuck in a moment” en la primera parte de la gira, pero sí el arranque operístico de Bono para "Miss Sarajevo" e “In a little while”, gran momento de All that you can’t leave behind, la última canción que escuchó Joey Ramone antes de morir, y que en la capital provincial detiene los relojes, la rotación de la tierra, todo: recién cuando termina y el grupo se embarca en la cabalgata de “City of blinding lights”, con la pantalla estirándose en prismas hasta casi alcanzar a los músicos, la gente parece volver a respirar.

No se trata solo de canciones. En escena, donde se ven los pingos, el cuarteto demuestra que cuando hay talento los años no pasan en vano. Presentados por “Carlitos Tevez Bono” como “el más joven en U2, La Pulga Larry Mullen Jr.; el Pipita Adam Clayton; el hombre sin nombre, el que está en todos lados y siempre en el lugar justo, el Pupi Zanetti The Edge”, los cuatro U2 transitaron ese sauna de lava eléctrico con la sapiencia de viejos zorros y la presencia de una banda de rock sin fisuras, cuatro usinas de carne y hueso en medio de tanta tecnología. Ese tremendo cierre con las calles sin nombre, esa sensación de estar viendo, escuchando, experimentando algo que no tiene nombre, tuvo su justo complemento en una tanda de bises que hiló la furia de “Hold me, thrill me, kiss me, kill me” con la altísima emoción de “With or without you”, con el estadio hecho una sola voz.

U2 puso en La Plata algo más que la maquinaria de The Claw. Puso el fuego de los grandes de verdad, garra de campeón. Como sus admirados Clash, vino a reclamar en el siglo XXI el título de La única banda que importa ver. Nada menos.


U2 360º Tour

Músicos: Bono (voz, guitarra), The Edge (guitarra, voz), Adam Clayton (bajo), Larry Mullen Jr. (batería, coros).

Director de la puesta: Willie Williams.

Público: 58 mil personas.

Duración: 150 minutos.

Banda invitada: Muse.

Estadio Unico de La Plata, miércoles 30. Repite el sábado 2 y domingo 3.

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Responsable

  • Eduardo Fabregat
  • Buenos Aires, Argentina
Prontuario
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