Dios de adolescencia
Luis, auténtico barrilete cósmico, tengo todo el resto de la vida para seguir agradeciéndote.
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(Publicada hoy en Página/12)Inenarrable.
Estimado lector, no espere encontrar aquí eso que llamamos “crónica de concierto”. Algo de eso hay, pero si a Spinetta le llevó 50 canciones y cinco horas y cuarto conseguir un recorte de sus 40 años de carrera (y en ese recorte dejó lugar a las lamentaciones por alguna inevitable ausencia), pretender que eso pueda ser aun resumido en estas líneas es una quimera. Una quimera como la que soñaba la Logia del Flaco hasta no hace tanto, la de qué lindo sería que...
El “sería” abandonó el modo condicional. Fue. La Historia grande del rock argentino dirá que Luis Alberto Spinetta conjuró a las Bandas Eternas en Vélez el 4 de diciembre de 2009, y que 37 mil personas abarrotaron el lugar (¿quién tuvo el atrevimiento de decir que una cancha de fútbol le quedaba grande?), y que la organización tuvo sus flojeras y las pantallas le servían de poco al de la popu, pero el sonido fue perfecto. Y a partir de ahí, el imposible: el adjetivo que se repite, la emoción intraducible en letras, la lágrima viva, el alma feliz al desnudo. Los ejemplos de música, de arte, de poesía, de sensibilidad, de belleza: ¿qué espíritu tan generoso habita a este tipo para que nos dé tanto, pero tanto?
La noche de Vélez fue un vaivén que deja tela para cortar por mucho tiempo. Hubo una primera parte en la que Luis fue del presente al primer Jade, y de allí a fines de los ’80, y de allí a los orígenes del rock argentino (Abuelo, Nebbia, Pappo), y al Jade de Bajo Belgrano, y un desfile de duetos con nenes como Fito Páez, Charly García y Gustavo Cerati (“Baaaajan”, se unían las dos voces hermanas, y el estadio se venía abajo: “Si hay un sueño cumplido, es éste”, cerró el ex Soda), canciones y más canciones de estatura inmensurable. Hubo una segunda parte que fue la conquista del corazón y del nervio, con Los Socios del Desierto preparando el terreno para la descomunal resurrección de Invisible y Pescado Rabioso, para volver a ver a Almendra, para cerrar cantando a los gritos que no hay razón para seguir viviendo sin tu amor, que yo quiero ver un tren, que no te alejes tanto de mí.
Pero como la descripción no alcanza hay que recurrir a los ejemplos, a algo que sirva para la vana intención de definir tanta magia. Detenerse un momento en el Spinetta más íntimo, el que de sobrepique nomás, apenas después del incendio rockero de “Tu vuelo al fin”, llamó a Diego Rapoport. Y el dúo de Kamikaze soltó “Ella también” y “Umbral” y provocó el silencio más profundo, más estremecedor, para escuchar caer las lágrimas, para que la luna quisiera asomarse al Amalfitani y mojarse los pies. O en el Spinetta que convocó a otro socio de las teclas, el Mono Fontana, para reeditar la experiencia con “Al ver verás” y “¿No ves que ya no somos chiquitos?”; o a Leo Sujatovich, para detener el tiempo otra vez con “Era de uranio”, “Vida siempre” y “Maribel se durmió”. O conceder un segundo al recuerdo de “Alma de diamante” con Juan Del Barrio y “Cementerio Club” con Gustavo Spinetta a la batería, y seguir llenando casilleros de deseos íntimos cumplidos.
La belleza en estado puro: Luis Alberto Spinetta, casi 60 años, entero, la voz con el terciopelo de siempre y la rugosidad que supo conseguir. Alto, flaco y con una guitarra roja, cada vez más enorme en un escenario que se iba empequeñeciendo a medida que dejaba caer canciones.
¿Y no deberían muchos integrantes de la patria rockera tomar debida nota de lo que sonaron Invisible y Pescado? Apenas repuesto de los cachetazos sonoros de Spinetta / Marcelo Torres / Javier Malosetti –que cerraron con un “Nasty people” hendrixianamente contundente–, el público vio subir a Machi Rufino y a Pomo Lorenzo y no terminaba de asimilar la idea cuando ya sonaba “Durazno sangrando”, y el bajista sumaba una voz en perfecta sintonía con la de Luis. Si ése era un número puesto, lo que vino tuvo el sabor de las elecciones acertadas: “Jugo de lúcuma”, “Lo que nos ocupa es esa abuela, la conciencia que regula el mundo” y “Niño condenado”. Ya era demasiado. No sólo por los temas elegidos, sino por la contundencia y elegancia con la que el trío saltó 33 años de silencio, ganó el escenario y mostró una presencia en toda la regla que aun ahora, horas después, crispa la piel.
Y crispación eléctrica era lo que Pescado tenía para ofrecer, el set más largo, con siete títulos que visitaron la soñadora psicodelia de “Hola dulce viento” y “Serpiente (viaja por la sal)”, la urgencia dramática de “Poseído del alba”, la sutileza de “Credulidad” y un bloque demoledor, con “Despiértate nena” y David Lebon descosiendo la viola y Cutaia sacándole humo al Hammond, y “Me gusta ese tajo” y “Post crucifixión” convertidos en Posgrado de Rock. La banda del alba de los ’70 llegó al siglo XXI como un tanque de distorsión, furia y adrenalina.
“Hay más, ustedes tienen un aguante...”, dijo el Flaco, con el humor que correspondía a semejante noche, que le hizo admitir la repetición de “genio” y “capo” al presentar a los invitados y reírse de ello. “No te mueras nunca”, gritó uno. “Vos tampoco –respondió Luis, que ya no se enoja por esas frases–. Si no, nunca te vas enterar de que no me morí.” Y Edelmiro, Rodolfo y Emilio ya estaban subiendo al escenario, como a fines de los ’60, como a fines de los ’70, a fines de los 2000. Para volar con “Color humano” y “A estos hombres tristes”, para que Del Guercio se luciera con “Fermín”, para honrar a “Hermano perro” como única ajena al debut de 1969 y cerrar con un círculo íntimo para “Muchacha (ojos de papel)” a cuatro voces.
Para qué seguir. Usted, lector, que estuvo allí, sabe que es difícil encontrar las palabras para describir lo vivido. Usted, lector, que no estuvo allí, también lo sabe. Saben que semejante combinación de belleza, vuelo, emoción, excelencia musical, compromiso con el arte entendido como pura pasión, terminan fluyendo a la misma palabra que cierra todo.
Inenarrable.
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(Publicada hoy en Página/12)Ah, sí, íbamos a aprender. La muerte de Walter Bulacio iba a dejar una enseñanza. Las muertes de República Cromañón iban a dejar una enseñanza.
Y aquí estamos nuevamente, enfrentados a la misma miseria.
El sábado 14 de noviembre, en la cancha de Vélez Sarsfield volvieron a hacerse presentes los peores fantasmas de la historia reciente del rock argentino. Hubo una organización superada por los acontecimientos, que cometió errores que pusieron en peligro a los asistentes (¿una sola vía de ingreso para 15 mil personas que iban al campo?). Hubo un Estado ausente que no controló nada, que dejó hacer. Hubo una policía dedicada a uno de sus deportes favoritos, cagar a palos a la pendejada; hubo tipos vestidos de azul que reventaron a un pibe de 17 años llamado Rubén Carballo, y lo tiraron lejos para que lo encontraran al día siguiente, con la entrada en el bolsillo y la cabeza abierta, medio muerto.
Bulañón.
A esta altura ya no importa la opinión de periodistas de éste y otros medios, que señalaron las deficiencias artísticas de la reagrupada banda de Piedrabuena. Otra vez, no hablamos de música. Otra vez, asistimos al carnaval del yonofui: Facundo Echeverría, jefe de seguridad de Viejas Locas, se desligó de los incidentes. La productora Fénix se desligó de los incidentes. Pity Alvarez, en una carta dada a conocer el jueves, se desligó de los incidentes. La policía se desligó de los incidentes. El gobierno porteño todavía no se desligó de los incidentes, está buscando la manera de encajarles también esto a los Kirchner.
La culpa de todo la tiene Yoko Ono.
* * *
Dicen los conocedores del mundillo futbolístico que no hay que dejar afuera de la ecuación a los barrabravas, que hacen de los estadios su dominio, que en los recitales se apoderan de una puerta para hacer su negocio entrando gente por izquierda. En las imágenes televisivas de las corridas en Liniers pudieron verse a unos cuantos muchachos con la camiseta del Fortín. Algunos pibes que fueron al show afirman que varios barras se dedicaron al arrebato y reventa de tickets. En los pasillos se dice que la discutible decisión de habilitar una sola entrada para el campo radica precisamente en el intento de desactivar ese circuito espurio. Como sea, los que garpan son los pibes, desprotegidos ante un peligroso estado de las cosas como en Cromañón, desprotegidos ante el palazo, las balas de goma y el chorro de agua azul, aunque tengan su entrada en la mano.
La cana nos toma el pelo: le abre la cabeza a un pibe y después pretende sostener la teoría de que intentó colarse y se rompió solo. Curioso caso de alguien que tenía entrada, pero se quería colar. Ayer, la Coordinadora contra la Represión Policial e Institucional (Correpi) no sólo señaló los obvios paralelismos con el Caso Bulacio, también dio a conocer cifras escalofriantes: “Desde el 10 de diciembre de 1983 hasta ayer, policías, gendarmes, prefectos, servicios penitenciarios y vigiladores privados nos mataron 2826 chicos”.
Hace sólo unos días, Susana Giménez, animadora televisiva, campeona de la nadería, importadora ilegal de autos de lujo, ex esposa de un golpeador de mujeres y resucitadora de dinosaurios, pidió represión ante cualquier desborde social.
¿Estás contenta ahora, Susanita?
* * *
“Con un auto prestado voy tratando de llegar lo más rápido posible y veo la situación en la que se encuentran los alrededores del estadio. Si describiría lo antes mencionado diría que veo mucha pero mucha gente caminando de un lugar a otro y en ningún momento vi violencia o problemas entre los chicos que esperaban para entrar, todo tranquilo y me sorprendió. Por otro lado, a lo lejos, veo personal policial en gran cantidad los cuales me pararon muchas veces para pedirme los datos y al reconocerme me dejan ir y todo sigue tranquilo, esto se repite alrededor de cinco ocasiones. Los demás músicos, que se encuentran desde temprano en el estadio, no deben saber qué sucede en la Av. Juan B. Justo. Si esto fuese un censo trasladémoslo a estadística, tenemos 40.000 personas que asistieron al show y hay un porcentaje que no está bajo su control y además hay 400 efectivos uniformados, móviles, carros hidrantes, brigada y efectivos de civil (los cuales desconozco en ese momento la cantidad). No voy a decir que vi represión (en ese momento preciso) ni gente descontrolada, sólo vibré que la gente disfrutaba de sus caminatas y que no estaba en la maternidad.”
El párrafo (sic) pertenece a Pity Alvarez. Los comentarios huelgan.
* * *
Sí, los pibes también bardearon. Mientras la jueza subrogante Guillermina Martínez investiga la agresión policial a Carballo, y la fiscal contravencional porteña Mariela De Minicis lleva la causa en la que se investiga la presunta omisión de tomar los recaudos en materia de seguridad por parte de los organizadores, el juez de menores Enrique Velásquez investiga los desmanes cometidos por parte del público. Pero el que quiera poner el foco principal en la mala conducta de un público sometido a maltratos de toda laya, sometido a la interminable espera en una cola que no avanza nunca, con caballos policiales hostigando, estará echando tierra sobre lo importante. A Aníbal Ibarra se lo cargaron por no cumplir sus deberes de gobernar un Estado que vigile el bienestar de los ciudadanos. ¿Dónde estaban los inspectores del Gobierno de la Ciudad el 14 de noviembre? ¿Los únicos que laburan son los medidores de decibeles?
No parece haber término medio. Los políticos se llenan la boca con la palabra educación, pero a la hora de pensar los problemas de fondo sólo saben apelar a la represión. A los desangelados, minga de inclusión social: bastonazo. El miércoles, ochenta organizaciones políticas, sociales y sindicales se reunieron para buscar la forma de frenar el proyecto de Código Contravencional que impulsan el gobernador de Buenos Aires, Daniel Scioli, y su ministro de Seguridad, Carlos Stornelli. El proyecto es una actualización de los malhadados edictos policiales volteados tras años de lucha de las organizaciones de DD.HH.: restablece la ambigua figura del “merodeo”, da atribuciones a la Bonaerense a detener a menores de 14 sin autorización judicial, incluso amplía el tiempo de detención de esos menores en comisarías. Los jueces que apliquen el código serán nombrados por el Poder Ejecutivo y los Concejos Deliberantes, y no por el Senado provincial. Lo pide Tinelli, lo pide Susana, lo pide Mirtha, lo piden los prohombres de la Nación: palo y palo, muchachos. Que así no se puede vivir.
* * *
Bulañón provocó que a Miguel “Don Vilanova” Botafogo se le soltara la cadena. “Declaro responsables y culpables de la muerte de ciento noventa y ocho personas en Cromañón y del cráneo destrozado de Rubén en Vélez a las empresas discográficas, medios gráficos, radiales y televisivos, managers y representantes, que dieron difusión a grupos de mierda integrados por pseudo músicos horribles e hijos de puta que desde sus canciones y sus escenarios hablan de que está todo bien con el descontrol, la autodestrucción con la ‘merca’, el ‘paco’, el alcohol, los psicofármacos”, arranca la carta que el guitarrista dio a conocer esta semana. Ya las primeras reacciones en la web indican por dónde irá el debate: la mayoría se concentrará en los brulotes verbales, acusará a Vilanova de buscar difusión fácil. Como le sucedió a la Bersuit cuando apuntó a la responsabilidad de Callejeros, no faltará quien lo acuse de careta.
A Bulacio lo mató la policía hace 18 años.
En cuarenta días se cumplirán 5 años de la masacre de Cromañón.
Ah, sí, íbamos a aprender.

El jueves por la noche, más de un fan se hubiera divertido de lo lindo: el sindicato de la prensa rockera en pleno, asistencia casi perfecta, de boca abierta, pellizcándose, mirándose unos a otros con auténtica incredulidad, como en aquel primer show que decidió el destino de cada uno.
Spinetta, Pomo, Machi, Cutaia, Frascino, Amaya, Lebon, García, Molinari, Del Guercio, Sujatovich, Vadalá, Nicotra, Verdinelli, Cardone, un tal Charly: el lugar hervía con el álbum más o menos completo del universo Luis, Invisible apenas estaba probando sonido y en el salón flotaba un aura de irrealidad. “No lo puedo creer”, se escuchaba en todos los rincones. Un cacho enorme de la historia del rock argentino se paseaba por el lugar, se saludaba, se abrazaba. “El 4 de diciembre cuelgo los botines”, dijo un testigo.
¿Exagerado? Sí. El fanatismo es exageración. Y el señor Luis Alberto Spinetta produce fanatismo no por marketeo sino por exclusiva culpa de esa obra gigante que viene construyendo desde 1969, porque se pone a cantar que es un amor de primavera que anda dando vueltas, y que la indómita luz se hizo carne en mí, y tiene la voz intacta y la guitarra roja impecable, y disfruta viendo a Pomo redoblar y a Machi exudando serenidad mientras construye un muro de sonido, y a David y el Bocón poniendo al rojo las válvulas en “Me gusta ese tajo” (“¡¡¡Boludo, estamos viendo a Pescado!!!”), y ahí están los cuatro Almendra, los del ‘69, los de El valle interior, y qué importa que ya no sean tan chiquitos. Vélez está tan cerca y tan lejos para tanta ansiedad.
El Café Molière estuvo lleno de periodistas, pero todos dejaron la armadura en la puerta. La cebadura que ya había ocasionado el rumor, y el anuncio, y la conferencia de prensa en el 25 de Mayo, se multiplicó por cien, por mil, por una cifra incalculable. Vimos a Invisible, a Pescado, vamos a ver a Jade, y a los Socios y a Almendra, y a formaciones selectas del Flaco solista, y aun algún invitado más. Spinetta, nombre mayor del mejor rock de este país, los reúne a todos. Un antídoto contra todos los males.
Pomo - Spinetta.
Lebon - Frascino - Vadalá.
Spinetta - García.
Machi - Pomo.
Black - Spinetta.
Spinetta - Cutaia.Etiquetas: música
(Los Fabulosos Cadillacs, 1985)
Lo sucedido este fin de semana en el festival Pepsi Music plantea una batalla que el rock no puede dejar de dar. A pesar de ser desestimada por el juez de turno, la denuncia de una señora que vive a varias cuadras del Club Ciudad provocó que los inspectores del gobierno obligaran a la productora Popart a bajar aún más el volumen, hasta un nivel en el que los cánticos del público resultaron más poderosos que lo que salía del Public Address. El hecho podría calificarse como curioso, pero la palabra que más le cabe es peligroso: la decisión de trasladar los grandes festivales a varias cuadras de Avenida del Libertador fue un gesto de buscar la convivencia, de permitir la expresión artística, afectando lo menos posible a los vecinos. Pero ni el buen vecino ni la administración Macri parecen dispuestos a otra cosa que a bajarle el sonido al rock, ponerle mute, acorralarlo un poco más. La histeria post-Cromañón llevó a clausuras generalizadas que redujeron sensiblemente los medianos y pequeños lugares de trabajo de los músicos. Ahora van también por los grandes.
Mauricio Macri, tan amante de las patéticas imitaciones de Freddie Mercury en sus fiestas, tan preocupado en el foro nacional por la libertad de expresión, no tiene ningún empacho en atropellar en su feudo la libertad, el derecho, el volumen de expresión de los artistas de rock. El género siempre fue molesto para la sociedad más occidental y cristiana: esta preocupación por el volumen es una efectiva manera de recortarle las alas, reducir su poder de convocatoria (¿quién no pensaría dos veces pagar una entrada sabiendo que va a encontrar un sonido insatisfactorio?), obligar al susurro su capacidad de gritar inconveniencias. Esta administración posó de cool poniéndole el brazalete Say No More al Obelisco, pero sus acciones están mucho más cerca del anillo milico de “El silencio es salud”. Quizá necesita ese silencio para poder escuchar mejor las pinchaduras de teléfonos.
El domingo por la noche, en la carpa de prensa del Club Ciudad, Roberto Costa apuntaba su frustración por encontrarse en la posición de que el público se sintiera estafado, y echaba justificados rayos y centellas contra los funcionarios y su arbitrario poder de clausura. El productor debería andarse con más tiento: podría pasar por allí algún inspector quisquilloso que interprete eso como uso indebido de pirotecnia y le cierre el boliche.
Los fachos de siempre quieren imponer el silencio. Es hora de pegar un par de gritos.
Casi todos los libros, versiones y relatos le adjudican la paternidad –aunque reconocen otros nombres en danza– al tano Guglielmo Marconi, que a fines del siglo XIX saltó el Canal de la Mancha con una transmisión inalámbrica. Los estudiosos de la historia local celebran al doctor Enrique Telémaco Susini y el grupo de locos que, hace una punta de años, se subió a una azotea de Charcas y Cerrito para echar a andar un equipo mínimo que logró transmitir la ópera Parsifal.
De esa clase de cosas está hecha la épica de la radio.
Suele decirse que el gran poder de la radio se funda en el ejercicio de la imaginación que supone, su capacidad para construir mundos entre alguien frente al fierrito y alguien que, lejos de allí, consigue palpar el universo. Ahí no hay grandilocuencia que valga: el desarrollo tecnológico agregó infinidad de matices y facilidades a esa labor, pero la radio sigue afirmando sus pies en ese intercambio tan sencillo, tan complejo. La radio es gratis de verdad: hasta para tener apenas los cinco canales de aire hay que hacer una inversión importante. Internet depende de tener una computadora, un proveedor y un servidor que no se encapriche. Los diarios y revistas tienen un costo de producción que impone un precio de tapa. El cine y el teatro –salvo eventos de entrada libre– exigen un lógico pago de entrada. Para dejarse llevar por la radio alcanza con un aparato que puede tener años y años de antigüedad y aun así sigue cumpliendo sus fines.
La generación que creció con Videla, la que nació sin poder, descubrió que la radio podía ser una aliada de peso con las rarezas de El tren fantasma y sobre todo a comienzos de los ’80, cuando Lalo Mir y Elizabeth Vernaci cambiaron las 9 PM. Allí no sólo podían escucharse un lenguaje, un código y un ritmo inesperados, desconocidos. También sonaba el demo de una banda llamada Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, y una noche podía estar invitado un español loco llamado Mariscal Romero que hablaba de pie frente al micro y sin dejar de moverse, y uno podía acceder al estudio de la avenida Santa Fe y conocer a un alemán de paso por la Argentina que tenía un casete de los Dead Kennedys y lo copiaba con gusto: un download de carne y hueso. Lalo se iría después al otro lado del mundo, a Bangkok, a seguir reinventando con el partidito entre estrellas del rock, la División Entel y el reverendo, a descubrir luego a un pelado increíble que tenía todo un mundo viviendo adentro, poblaba un solo micro de raras criaturas.
Se podían conocer también los estudios de El Mundo, en horarios imposibles para poder presentarse a tiempo al trabajo en la mañana siguiente, sin poder resistirse al influjo de un flaco alto y melancólico llamado Dolina, y el coequipier de pelo blanco que también era materia de leyenda y el locutor que se convertiría en impecable ladero, capaces de montar el escenario en el que brillaba el Sordo Gancé, improvisar el Himno de los Artesanos (“Somos todos artesanos, ZPQ, ZPQ/ Hacemos cacerolas con las manos, ZPQ...”), jugar a los dados a nombre de los oyentes o enhebrar el inolvidable culebrón de Los Ingallini, los Ingalls en clave de neorrealismo italiano. En el más allá, Marconi se rascaría la cabeza, incrédulo.
El Mundial de 1986 tiene pegadas imágenes precisas, pero también un recuerdo que es pura radio, que no se desvanece, que resurge cada tanto con la misma potencia, con el uruguayo que patentó eso del barrilete cósmico: en estos tiempos de pornografía futbolística, de tener acceso a lo que pasa en todos los campos de juegos, uno extraña el acto de escuchar los partidos por radio, donde los relatores a veces mejoran el bodrio que se está jugando. Víctor Hugo le puso poesía a una jugada sublime, pero uno también recuerda partidos horribles en los que se rió a gusto con lo que el oriental largaba por el micro para pasar el mal trago.
Como cualquier otro medio, la radio puede ser también objeto de manipulación: los milicos que se adueñaron de este país durante siete años quisieron sojuzgar también los oídos de la gente con sus listas negras, y cuando se lanzaron a la delirante aventura de Malvinas prohibieron los “cantables” en inglés. La taba se les dio vuelta cuando el rock argentino, hasta entonces condenado al ghetto de los silenciados, se volvió un fenómeno incontrolable gracias a la radio. La misma radio que puede ser hoy incubadora de la crispación, el soundtrack favorito de taxistas enardecidos por enanitos fascistas que arengan desencajados, que hacen magia negra. Afortunadamente contamos con el as de capusottos, capaz de convertir tanto veneno en pura comicidad, en antídoto, en recordatorio de que lo negativo no está en el medio sino en algunos de quienes lo ocupan. En los años ’50, el escándalo de la payola, los tipos que se llevaban sobres por pasar ciertas canciones, conmovió a la radio estadounidense. Pero la radio sobrevivió a los chupasangres. La antena no se mancha.
Y hablando de eso: los músicos saben mejor que nadie que la radio puede ser su arma más poderosa, allí donde lo suyo habla por sí, sin mediaciones, y un oyente puede convertirse en diez, en mil, en un millón. Una escena de That Thing You Do! retrata poderosamente esa convicción, cuando los pibes de The Wonders escuchan por primera vez su canción saliendo del parlante y no saben qué hacer con la salvaje electricidad que eso les produce, que les recorre el cuerpo. La primera ola del rock inglés y estadounidense hubiera muerto en la orilla de no haber sido por esa radio que la multiplicó hasta el tsunami. Mafalda no sólo sostenía diálogos existenciales con su Spica: a través de ella también conoció a The Beatles. Sí, la tiranía del single, la pereza de algunos musicalizadores o el tremendo peso específico de la pauta publicitaria hacen que a veces uno se pregunte para qué cuernos escucha las FM si pasan siempre lo mismo, a toda hora. Pero el virus de la radio es sabio, y supo multiplicarse en las radios alternativas, y hoy encuentra un inmenso campo de posibilidades en las estaciones que invaden la red, que proponen nuevas formas de expresión.
La radio inspiró nombres de grupos, miles de canciones y discos completos, tristezas como el Radio KAOS de Roger Waters o deformidades como el Radioactivity de Kraftwerk, los hertz convertidos en música. La radio le permitió a un pibe llamado Pergolini empezar en un estudio de juguete, llegar a comerse la mañana y construirse su propio boliche hi tech.
El martes pasado, los premios ETER se pusieron los largos, en una fiesta de entrega que contó con transmisión en directo por Televisión Pública, Radio Nacional y el sitio eter.com.ar. La lógica de los premios, se dijo alguna vez en estas mismas páginas, es siempre curiosa y no del todo confiable. Pero al menos en el caso de los Eter ese “ponerse los largos” no significó caer en vicios comunes al rito de los galardones. No es que en el ambiente de la radio no haya odios, puñaladas arteras o envidias como en la tele. Pero el clima en La Trastienda fue notoriamente otro. No porque la radio sea un medio más “chiquito” –considerar eso es un insulto–, sino porque su propia artesanía impide que los hacedores de amplitudes y frecuencias moduladas se monten a las grandes carrozas del carnaval mediático: para quien conoce la ceremonia íntima del estudio, el micrófono y el operador, embutirse en un smoking y dedicar su premio a la paz mundial suena a incongruencia.
* * * *
Video killed the radio star, argumentó una canción de Buggles que inauguró las transmisiones de MTV a mediados de los ’80. Paparruchadas. Hoy, entre realities y eventos fashion, MTV se acuerda cada tanto de emitir algunos videoclips. La radio y sus estrellas gozan de excelente salud.
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Karma police, arrest this man, he talks in maths.
(Radiohead, 1997)
Todo comenzó durante la representación número 46 de El señor de los anillos de Saturnia, la obra que el grupo Los ZaparrastroSOS presentaba en el Teatro Bajos de Saturnia. Intempestivamente, durante un silencio en el hilarante monólogo de Juanete Saldívar, alguien en la platea gritó “¡Toblerone facho!”. La cosa no hubiera pasado a mayores de no haber sido porque la sala entera estalló en una cerrada ovación, y hasta Saldívar, saliéndose un instante de su rutina, hizo una leve inclinación que festejó la ocurrencia. La función continuó y terminó sin mayores incidentes, pero Carlos Saúl Aristigoza se quedó mascando bronca. Aristigoza odiaba el teatro satírico y a Los ZaparrastroSOS en particular, pero quien era en esos días depositaria de sus intereses románticos amaba esa clase de expresiones artísticas. Eso no impidió que, al día siguiente, Carlos Saúl pidiera una reunión urgente con su superior inmediato.
El superior inmediato de Aristigoza era Jefe de Asesores del Asesor Principal del Edecán Principal de la Jefatura de Estado Mayor del Secretario Privado de Luis Delgado Castillos, Jefe Supremo de la Policía Urbana de Nueva Saturnia. La longitud de semejante cadena de mandos sólo podía sugerir una interminable burocracia, pero el tenor de lo que Aristigoza tenía para contar hizo que el relato llegara rápidamente al despacho de Delgado Castillos. Delgado (a quien sólo algunos atrevidos se referían como “el Flaquito”) se reunió de inmediato con el ingeniero Toblerone.
Al día siguiente, en concurrida conferencia de prensa, el Jefe de Gobierno se mostró adusto y dolido por lo que era, según se explayó, “una peligrosa desestabilización de la paz social, una búsqueda de demolición de las instituciones a través de una insidiosa acción que se pretende cultural”, y anunció la creación de una nueva División en la ya poblada estructura de la Policía Urbana. Según indicó Toblerone, La BOLuDAC (Brigada Operativa de Lucha contra Deformaciones y Anomalías Culturales) velaría de allí en más por el normal desarrollo de las actividades artísticas, en busca de evitar “el uso de la cultura como elemento subversivo de la ley y el orden”.
Al principio nadie pareció tomar demasiado en serio la iniciativa. Sólo los jefazos del Comando Barredor de Neanderthales Indeseables (CoBaNI) se comunicaron con Toblerone pare expresarle su desagrado, bajo el argumento de que ellos bien podían cubrir las necesidades de persuasión cultural con algunas horas extra, pero el jefe de Gobierno les explicó que ésta sería una tarea más sutil, menos necesitada del garrote y en horarios más tempraneros que los que acostumbraba gastar el CoBaNI. Claro que las primeras acciones de la BOLuDAC desmintieron de plano el argumento: poco después de que una nube de Gamexane interrumpiera la función sabatina de Los ZaparrastroSOS, Juanete Saldívar apareció al pie de la escalera del edificio donde vivía, con una pierna y ambos brazos fracturados. Lívido, el actor señaló que había tropezado con un jabón que alguien había olvidado en el rellano, para luego indicar que no haría más declaraciones, y que tenía planes de abandonar la actuación para atender un parripollo en la vecina República Argentina.
Un legislador de la oposición quiso presentar un pedido de informes, pero no consiguió quórum.
Ante un llamado de atención de Delgado Castillos, la Brigada optó por métodos menos explosivos. Es que el incendio de la Cooperativa Artistas Sin Mordazas llegó incluso a un recuadrito en el diario de mayor circulación de República Saturnina, donde se hablaba de un “siniestro quizás dudoso”: por eso, la BOLuDAC entrenó a un grupo de Sérpicos que, con barba y cabello crecidos, oliendo a pachuli y utilizando términos propios del fumador de marihuana, se encubrían en las funciones teatrales, en cineclubes y mesas debate sobre el estado de la cultura en la ciudad, para marcar a personajes peligrosos que, misteriosamente, iban anunciando sus intenciones de pasar del arte y consagrarse al diseño de indumentaria, las clases de origami, el yoga místico o la recolección de estampillas.
A pesar de ello, algunos creadores no se amilanaban. En la ciudad comenzaron a brotar espectáculos que denunciaban el accionar de la Brigada y los grupos de rock mostraron una nueva vena poética que ridiculizaba a los muchachos de Delgado Castillos. La respuesta no se hizo esperar: una ordenanza del recientemente creado Ministerio de Contralor de Lugares Públicos y No Tanto dio amplia potestad a inspectores que, con el argumento de medio decibel por encima de lo razonable, uso de la cultura como elemento subversivo o mal aspecto de los intérpretes, podía clausurar el lugar sin derecho a pataleo. Aduciendo que el Gobierno de Nueva Saturnia andaba escaso de fondos, el Ingeniero Toblerone conformó ese equipo de inspectores con agentes de la BOLuDAC. “Jugada maestra, jefe”, dijo Aristigoza, el primero que se había anotado en la Brigada.
El legislador de la oposición volvió a reclamar que se interpelara a Delgado Castillos, sin éxito. Al día siguiente rodó accidentalmente por las escaleras de su casa.
En los días siguientes, la BOLuDAC provocó una avalancha de brindis en la Casa de Gobierno de Nueva Saturnia. Los agentes intimidaban con su sola presencia al público, que se abstenía de aplaudir pasajes de obras o canciones que criticaran a Toblerone, Delgado Castillos o la Policía Urbana; ante la falta de respuesta, y ante la aparición de sugestivos stencils en forma de escalera en las puertas de las salas, los artistas comenzaron a dejar esos pasajes o canciones fuera del repertorio. En los kioscos de revistas y librerías desaparecían misteriosamente las publicaciones de tono crítico. A veces surgían disputas entre la policía cultural y el CoBaNI para ver quién les pegaba primero a los artistas callejeros, pero hasta esa disputa servía para ejercer un doble efecto de disuasión sobre los subversivos de la cultura: Toblerone dio una conferencia de prensa en la que se ufanó del modo en que “esos elementos antes disolventes ahora se reinsertan en la sociedad productiva”.
Entonces estalló el escándalo de las escuchas. Según determinaron los cruzamientos tecnológicos, Julio Bond, mano derecha de Delgado Castillos, había procedido a pinchar los teléfonos de escritores, guionistas radiales y televisivos, músicos, actores y dramaturgos, para anticipar sus movimientos y “liquidar el problema desde la raíz”, según señalaba en un memo interno que también se dio a conocer. El plan de Bond era aún más ambicioso, ya que tenía listo un nuevo equipo de Sérpicos que, encubiertos en productoras, grupos musicales y compañías teatrales, se encargarían de generar una “nueva cultura”, más limpia, más sana, más tobleronista.
Toblerone no perdió tiempo: “Aquí hay una opereta de infiltración”, dijo ante una multitud de periodistas. “No conozco a ese señor, nunca trabajó en la Policía Urbana ni en ninguna dependencia de mi gobierno, nunca di autorización a intervenciones telefónicas, esto es obra de oscuros personajes que quieren afectar el normal funcionamiento de la Policía Urbana y ensuciar el buen nombre del señor Delgado Castillos, un hombre de intachable conducta y reputación”.
En medio de tanta agitación, un periodista se atrevió a preguntar cómo se explicaba la fotografía que mostraba a Julio Bond en un café cercano al Centro Cultural de los Monjes Recoletos, en amena charla con Delgado Castillos “y un tal Aristigoza”. “Conozco a los de su clase, de los que quieren trepar demasiado rápido”, retrucó Toblerone. “Tenga cuidado, no vaya a tropezar.”
Y, tras anunciar un incremento del 30 por ciento en el presupuesto de la BOLuDAC, dio por terminado el encuentro.
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(Publicada hoy en Página/12)La banda se llama De Bueyes, y su flamante disco debut se titula Más que una yunta. Se los reconocerá mejor si se dice que son “la Bersuit menos Gustavo Cordera y Juan Subirá”, pero obviamente ellos están tratando de abrir su camino sin tener que mencionar a viejos compañeros. Lo llamativo es el sticker que adorna el disco editado por Sony Music, y que reza “ADVERTENCIA: Algunas canciones pueden contener expresiones de lenguaje explícito”. El gesto de mojigatería resulta llamativo. A mediados de los ’80, Tipper Gore tuvo que esforzarse en el lobby político de Estados Unidos, conseguir audiencias en el Senado, apelar a los contactos e influencias de su marido Al Gore (reciente visitante de la Argentina, ganador de un Oscar y un Nobel, impulsor años después de aquel lobby de un gran festival de rock de conciencia ecológica), para conseguir que en Estados Unidos se implementara el malhadado sticker “Parental Advisory: Explicit Lyrics”. Aquí no hubo ningún debate, y si lo hubo no tomó estado público. No hubo declaraciones de políticos preocupados por las mentes jóvenes, ni un Frank Zappa o un Dee Snyder que saliera a defender su derecho a componer lo que se le cante sin que un poder superior lo califique. Como en el Primer Mundo, ya tenemos venta digital, MusicPass y tipper stickers que advierten a la población sobre el peligro de ciertos productos musicales.
La apreciación viene a cuento de una semana en la que, de manera inevitable, la sanción de la nueva y necesaria ley de Servicios de Comunicación Audiovisual quedó eclipsada por el tema que desvela a millones en este futbolero país: la trabajosa marcha de la Selección Argentina al Mundial de Sudáfrica. Las épicas noches del Monumental y el Centenario produjeron el resultado deseado, pero también levantaron tsunamis mediáticos. En eso, claro, tuvo mucho que ver el DT, que no tuvo mejor idea que festejar la clasificación en Pato Fontanet style, mandando –repetidamente– a mamarla a quienes lo criticaron por la inocultable abulia del equipo. En vista de lo sucedido, quizás alguien debería considerar la posibilidad de colgar en la sala de conferencias de los estadios un cartel con la frase “ADVERTENCIA: algunas declaraciones pueden contener lenguaje explícito”, poner en conocimiento del estimado público que puede suceder que un entrenador sugiera que los periodistas andan con un miembro viril insertado en el recto.
Asombrarse por los brotes barrabrava del Diego es inocente o hipócrita: el Diez nunca fue un tipo medido, en su verba inflamada pueden encontrarse genialidades referidas a la rapidez de ciertas tortugas o la malicia de quienes le sustraen la leche al gato, pero también brutalidades impresentables, o actos como el de disparar un rifle de aire comprimido contra una delegación de prensa. En todo caso, lo que sorprende es la falta de grandeza de un tipo que fue tan grande: en vez de adoptar una postura de triunfalismo moderadamente sobrador, Maradona, nada menos que el responsable del equipo que vestirá de celeste y blanco en Sudáfrica, alguna vez embajador de oficio, se puso el traje de cavernícola para la cadena nacional del pospartido.
Bien lo dijo la Bruja Verón, que acostumbra medir las palabras aun cuando se lo nota recaliente: no hay nada que festejar, apenas un desahogo. Pero en República Maradonia el desahogo no sabe de sutilezas.
No es culpa exclusiva del Diego. Su actitud y sus palabras sin sticker tras el encuentro con Uruguay contradicen la noble apreciación de que “la pelota no se mancha” (¿no se embadurna la redonda hablando de chupar pijas tras un match futbolístico?), pero forman parte del desnaturalizado juego de exposición mediática del once contra once. Los contratos millonarios, los escándalos administrativos, las botineras, la instalación de personajes del fútbol en programas de chimentos, la necesidad periodística de alimentar a un numeroso público ávido de informaciones –o suposiciones– deportivas, las despreciables operetas que a veces montan periodistas de alta exposición (y sería injusto incluir a Toti Pasman en ese grupo) preparan el escenario para que el DT de los DTs elija hablar como un actor porno o un hooligan convencido de tener la poronga más grande del planeta.
El fútbol vive de salvajada en salvajada. Es una utopía pretender que sea Diego Armando Maradona, justo él, quien venga a poner una nota de sensatez.
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Apenas unos minutos después del partido, en las pantallas de TV hubo un producto que tomó la delantera, hizo sonar la campana de largada de un aquelarre conocido: el aviso de un vino blanco que busca disputarle un lugar a la cerveza como bebida joven dio las instrucciones para participar por un viaje a Sudáfrica. Fue una muestra gratis del suspiro de alivio que, mientras Bolatti mandaba la bocha al fondo de la red uruguaya, sonó en las oficinas de infinidad de empresas que tienen en la Copa del Mundo una fuente nada desdeñable de negocios.
Es una suerte de contrapeso de la lógica alegría por disputar el torneo más importante del balompié, la expectación por ese fixture en el bolsillo y la consecuente programación de modos y situaciones para seguir los partidos. A medida que se acerca la fecha, la tele, la radio, los diarios, viven un potente reverdecer de la pauta publicitaria. Todo producto, hasta una crema antihemorroidal (para seguir en tema, lo que les recomendaría Maradona a los periodistas), es pasible de ser vehículo de la promo por un viaje a Sudáfrica. Empiezan a aflorar las publicidades genéricas, algunas realmente ingeniosas y que da gusto ver –hasta que, a la repetición número mil, ya no dan ningún gusto–, otras de medio pelo y otras sencillamente inaguantables, por mala factura o incoherencia, por traídas de los pelos o por la falsedad ideológica de un patrioterismo rancio. Y eso sin contar la paciencia que exigen propuestas como “Juntá quichicientas tapitas de Diego Cola, llená el álbum, canjealo por un pin y mandá un SMS de 1,50 más IVA para participar por el sorteo de una popular para Suiza-Honduras”.
Y es sólo la cáscara del asunto. Corea-Japón, tan lejos, tan de trasnoche, tan caro con el país hundido en un abismo de crisis, fue un respiro a la batería de programas, emisiones especiales, micros informativos, entrevistas, filmaciones de una práctica borrosa detrás de un muro electrificado, jugadores con gorrita sponsorizada y análisis, análisis y más análisis, periodistas, jugadores que no entraron en los 22 pero “conocen el grupo”, técnicos en actividad, ex jugadores y ex técnicos devenidos periodistas, estrellas de la sexta división, lo que sea, lo que haya y lo que se consiga, y de ser posible un Sanfilippo que garantice dos o tres bombas por programa. El Canal del Mundial. La Señal del Mundial. Los Sponsors del Mundial. La Radio del Mundial. El Sitio Web, el Blog, el Tweet, el Facebook del Mundial. Comprá en el Supermercado del Mundial, podés ganarte las canilleras de Verón.
Y claro, el altar a la tecnología, la presentación con bombos y platillos del UltraMegaTelebeam Slow Motion capaz de informarnos que el nueve no sólo estaba cuatro centímetros en offside sino que además olvidó lavarse los dientes antes de saltar a la cancha. Y el sonsonete de relatores y comentaristas que repiten “el equipo A no encuentra la pelota, está mal parado en el campo, sus delanteros no bajan a buscarla, los volantes no vuelven”, y de pronto el equipo A mete un gol y se los escucha largar “como veníamos diciendo, el equipo A estaba mejorando su posición en la cancha”...
Todo ello aderezado con una clase de éxtasis y sufrimiento que sólo el fútbol puede deparar.
Se viene la Copa del Mundo: a disfrutarla. Se viene la Copa del Mundo: a sufrirla. O, como diría el elegante pensador argentino Diego Armando Maradona: a mamarla.
En el final, Argentina durmió el asunto desenchufando todos los equipos, esperó los bises poniendo unplugged a los uruguayos y en especial al Loco Abreu, que entró para tratar de pescar alguna pero no pudo superar su crisis de identidad: el hombre ha integrado tantos y tantos grupos que ya no sabe quiénes son sus compañeros ni qué música hay que tocar. Al cabo, el representante de la banda, ese gordito que ha sabido ocupar el escenario como nadie, se llevó las últimas fotos. Y, como suele sucederles a los músicos, no pudo evitar que al lado apareciera el plomo de ocasión, eso que en el medio rockero se conoce como monitor, a abrazarse para la foto.
(Publicada hoy en Página/12)Etiquetas: argentina
Los artistas se van, eso no tiene remedio. Pero el arte se queda a vivir para siempre.
(Publicada hoy en Página/12)No debe haber muchos ejemplos de obras que obligan a leer subtítulos, aun a quienes supuestamente dominan el idioma. Y eso amerita detenerse en las particularidades de las líneas al pie de pantalla.
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Tienen razón los muchachos de The Wire: el subtítulo es una anomalía, un mal necesario, una distracción. Por más que el cerebro sepa reconocer una palabra completa apenas se identifican las primeras letras, ver y leer una película implica un esfuerzo doble. El amante del cine hace ese esfuerzo con gusto, pero hay públicos a los que les cuesta adaptarse a la idea. Los ejemplos más claros son el estadounidense, donde sólo supertanques como Amélie vencen la inercia y la vagancia del espectador promedio, y el español, que acostumbra ver las películas dobladas aunque produzcan deformidades como Bruce Willis con acento andaluz. No hay director en la historia que haya podido resolver esa intromisión en la obra, ese elemento ajeno que conspira contra el efecto cabal de lo que ha filmado. Y aun los más cuidadosos quedan expuestos a la tiranía del traductor.
(Fuera de la sala de cine, los traductores de la industria discográfica argentina hicieron estragos inolvidables, como subtitular “Helter Skelter” como “A troche y moche” o “Please, Please me” como “Por favor, por favor yo”.)
En el caso de las traducciones desmañadas, la interferencia de las leyendas al pie pesa el triple: quienes dominan el inglés, o el francés, o el italiano, pueden perder definitivamente el hilo de la concentración para refunfuñar, una y otra vez a lo largo del metraje, “eh, no dijo eso”. Lo cual lleva a preguntarse si en estas tierras no habrá una gran confusión con respecto al Dogma danés, el cine iraní, los rusos que parecen avanzar a cámara lenta o las avanzadas del Sol Naciente, de lenguajes tan imposibles de dilucidar. ¿Y si no entendimos un pomo por obra y (des)gracia del subtitulado? ¿No será ése el origen del célebre malentendido que atribuye a Humphrey Bogart un “Tócala de nuevo, Sam” que nunca pronunció en Casablanca?
En eso, como en tantas otras cosas, los niños son más felices. Para ellos es el alegre disfrute de films en los que pueden zambullirse sin ataduras, un universo perfecto en el que los personajes de Walt Disney hablan su lengua (salvo el Pato Donald, que siempre habló en algo que no se sabe bien qué es). Y no queda más remedio que someterse a esas reglas: cuando un padre, seducido por las estrellas encargadas de darles voz a personajes animados, lleva al crío a la “versión subtitulada”, estará descendiendo al quinto infierno de las voces que en la oscuridad repiten los subtítulos para niños aún no entrenados en el arte de ver y leer.
A veces uno preferiría seguir viendo películas mudas.
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Y sin embargo, no es posible dejarse llevar por el delirio de pedir un mundo sin subtítulos. Mal que nos pese, el esperanto fue un fracaso y el mundo viene subtitulado. Como The Wire para los ingleses, la leyenda al pie aparece incluso cuando supuestamente no la necesitamos, con todas las distorsiones que eso provoca. Ya se ha hablado aquí del curioso arte del videograph (el zócalo, en la jerga de TV), pero en los últimos días ese arte expandió sus fronteras en el universo paralelo que generan la señal TN, América o el diario Clarín cuando se habla de la ley de Servicios de Comunicación Audiovisual, subtitulada con el mismo rigor que aquellas canciones de The Beatles. El jueves, la pantalla de Crónica TV tuvo casi todo el día una caja de texto con la frase “Mercedes Sosa está muy grave”; el subtítulo era comprensible, pero hubiera sido más criterioso quitarlo cuando se emitían informaciones desde el Mercado de Hacienda.
En sus últimas dos presentaciones en la Argentina, Laurie Anderson debió recurrir al subtítulo en vivo. En el caso de la artista estadounidense, el recurso es ineludible: en 1990, en ocasión de su primera visita, cuando presentó Strange Angels, Laurie se tomó el enorme trabajo de aprenderse la fonética castellana para los textos entre canciones, pero la profundidad y los matices idiomáticos de presentaciones como The End of the Moon exigieron al espectador el esfuerzo de escuchar y leer. Sólo las puestas de óperas clásicas pueden darse el lujo de confiar en el conocimiento que el público ya tiene del libreto.
Llevado al absurdo, el subtítulo es una omnipresencia cotidiana. Las calles tienen subtítulos. Los ascensores los tienen. Los colectivos, los comercios, los menúes de restaurante (“finas lonjas de lomo de ternera sazonado, sobre delicado mezclum de hojas verdes...”), las fotos de diarios y revistas –eso llamado “epígrafe”– los tienen. Los programas de humor a veces apelan al recurso, como aquel fabuloso sketch de Peter Capusotto y sus videos en el que el tío Keith Richards contaba chistes verdes. Algunas personas, algunos discursos, algunas instalaciones plásticas, algunas discusiones de pareja, deberían venir con subtítulos. Uno de los nombres más llamativos del rock reciente, El Mató a un Policía Motorizado, nació de una velada en la que, entre vahos de alcohol, los músicos encontraron en un subtítulo el apelativo ideal para su banda. Una de las frases más célebres del séptimo arte es, en rigor, un subtítulo: Basado en una historia real.
Entonces uno termina pensando en el programa que mañana, con la conducción de Juan Sasturain, arranca su nueva temporada por Telefe. Y mientras espera en la cola, se da cuenta de que al final uno no sólo va al cine, sino que va a ver para leer.

Etiquetas: tele
(Publicada hoy en Página/12)Hace algunos años, el rumor habría sido desestimado de inmediato. Ante la frase “Spinetta va a tocar en Vélez con compañeros de toda la vida, va a hacer temas de toda su carrera”, hasta el más ilusionado de los fans habría enarcado las cejas con incredulidad. Es que hubo una etapa en la que el Flaco se ciñó estrictamente a su actualidad. No es que estuviera “peleado” con su historia o estuviera preso de su frase “mañana es mejor”: su presente artístico siempre tuvo la potencia necesaria para alimentar el setlist. Esa decisión robusteció el deporte de los pedidores de temas, a quienes Spinetta supo dedicarles frases memorables o simples miradas que lo decían todo. El año pasado, incluso Diego Capusotto registró el fenómeno para darle vida a ese personaje que arrancaba con “Flaco, tocá ‘Muchacha’” y terminaba gritándole a un tipo en un bar “¡Medialunas de grasa, pedí medialunas de grasa!”. En esos tiempos, las escasas veces que sonaba una vieja canción se atesoraban en la memoria como un raro evento.
Una parte de la ecuación no ha cambiado: Luis Alberto sigue teniendo un presente fecundo, compone canciones tan vitales como las que integran Un mañana. Pero, cuando a comienzos de este mes comenzó a rebotar la versión de que “se viene un regreso de Invisible”, ya no hubo tanta incredulidad. Esta semana la bola fue un poco más allá, y aunque Spinetta aún no ha dicho esta guitarra es mía, el chequeo de tres fuentes diferentes permite afirmar que sí, es cierto: el Flaco tocará en Vélez el 4 de diciembre, en una noche que, por obra y gracia de cuestiones relacionadas con el calendario, propiciará reencuentros varios y un repaso histórico que, faltando casi tres meses, ya eriza la piel del spinettófilo. Para decirlo de modo algo más coloquial: se nos cae la baba de solo pensarlo.
Hace cuarenta años, Spinetta, Rodolfo García, Edelmiro Molinari y Emilio del Guercio le dieron forma a un disco fundamental en la historia del rock argentino, clásico de clásicos, una obra que aún hoy suena fresca, sin mella, impactante por la belleza de sus canciones y las firmes convicciones de cuatro músicos tan jóvenes como maduros a la hora de expresar sus urgencias creativas. Siempre identificado como el primero de Almendra, el del tipo de la lágrima y la sopapa en la cabeza, fue un faro y el puntapié inicial de una carrera comprometida en primerísimo lugar con el compromiso artístico. De allí en más, Spinetta se dedicó a explorar múltiples maneras de hacer música, encabezando proyectos como Pescado Rabioso, Invisible, Jade, Los Socios del Desierto o los diferentes envases instrumentales adoptados bajo su nombre propio. Este cronista debe confesar que la obra de Luis, con la que se cruzó a edad bien temprana, es una de las razones por las que terminó dedicado al periodismo musical. Con el tiempo, poder compartir con los lectores análisis y sensaciones surgidas de recitales y discos supuso una satisfacción especial, que se funda en un hecho central: en treinta años de seguirlo arriba del escenario o por la vía grabada, Spinetta nunca defraudó. Ningún calificativo celebratorio resultó exagerado. Cada encuentro renovó un vínculo especial; mientras el costado-fan disfrutaba de manera subjetiva, el periodístico celebraba que aun desde la obligatoria objetividad el Flaco seguía siendo un artista a destacar. En este caso, la esquizofrenia conducía a una misma conclusión.
Que esta vez no hubiera incredulidad frente a ese radiopasillo no es casual. Nadie piensa que es descabellada la recurrente mención de históricos como Machi Rufino, Pomo, Rodolfo García o hasta David Lebon. Y al cabo, que Spinetta se permita y regale a su público una noche revisionista no es en absoluto una contradicción ni un cambio de opinión. En rigor, es natural. No sólo por la redondez del aniversario de Almendra o los sesenta años del músico (si vamos al caso, la carrera de Spinetta ofrece una multitud de mojones para ponerles velita de cumpleaños), sino porque los shows de los últimos años denunciaron otra actitud con respecto a su archivo. Uno podría autoplagiarse y refritar frases, pero será mejor la honestidad: el 23 de noviembre de 2002, quien esto escribe publicó aquí la crónica del concierto que, bajo el subtítulo Electroacustik, Spinetta había dado dos días antes en el Teatro Coliseo. El siguiente extracto da una idea de que la apertura de los libros de la buena memoria no es cosa exclusiva de este aniversario.
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¿Qué es lo que hace tan vital a Spinetta, un hombre que ha recorrido más de tres décadas de historia musical argentina entregando obras mayores en una infinidad de estilos y variantes? Ante todo, su delicada y apasionada entrega al arte de la música y la lírica. Luis Alberto ha tocado solo, con dúos, power tríos y tríos de fusión, agrupaciones que experimentaron con lo jazzero, latidos acústicos y electroshocks violentos. El respeto hacia sí mismo, sus músicos y su público –un público que, por añadidura, a veces se vuelve irritante en sus expresiones de devoción– es seguramente lo que lo mantiene íntegro. Pero aun así resulta asombroso que desempolve un diamante de Almendra como “Para ir” y su voz luzca intacta, y siga erizando la piel. Spinetta está entero cuando canta eso y cuando canta “Su amor allí”, un estreno con el que abrió esta serie Electroacustik, y eso lo define: el pasado y el futuro se dan la mano, y todo brilla bajo la media sonrisa de ese artista que nunca quiso saber nada con el bronce, pero se empeña en seguir escribiendo páginas que lo ameritan.
El espectáculo con el que el Flaco está cerrando este año tormentoso tuvo un debut para la historia. Fue en septiembre y nada menos que en el Teatro Colón, una tarde-noche mágica en la que comenzaron a descubrirse las sutilezas de la nueva formación instrumental. Apoyándose en la artillería de teclas de Claudio Cardone y el Mono Fontana, con Javier Malosetti dibujando casi en las sombras, en esta etapa Spinetta saca a la luz canciones de lugares y momentos diferentes. En el final de la noche del jueves, antes de un estreno sin título, mostró su enojo porque se hablara de “retrospectiva”, pero al cabo es una cuestión menor. Es que lo exhibido en el Coliseo es un pack tan valioso como atemporal, una cadena que une 1969 con 2002 de manera armoniosa. Los eslabones, además, tienen una fortaleza que no se funda en su relevancia histórica, sino en el valor de su interpretación actual. ¿Qué importa en qué disco aparece “Leves instrucciones”, si la versión que suena ahora sigue siendo emotiva, desgarradora y bella?
Así, la lista de este show produjo un arrobamiento que consiguió el milagro: hasta bien entrada la noche, los habituales pedidores de cada ceremonia spinetteana se quedaron en sus trece, abiertas las orejas y cerrada la boca. Una tras otra, “A Starosta, el idiota”, “Tonta luz”, “Al ver verás”, “La pelicana y el androide”, “Cielo invertido”, fueron creando un clima de recogimiento, preámbulo de ovaciones sin afectación. Sin manierismos, Spinetta dejó fluir la evidente comunicación con sus músicos, intérpretes de una idea que permite que una canción pueda ser lo que afuera es imposible, un mundo perfecto.
Respecto de aquella velada paqueta del Colón, hubo dos ingresos, ambos inspirados y ambos respondiendo a un espíritu que busca las canciones antes que el greatest hits tribunero. Uno fue “Alcanfor”, rara pieza oculta hacia el final de Téster de violencia, que encajó a la perfección entre la orquestada relectura de “Maribel se durmió” y “Vera”. El otro, “Asilo en tu corazón” (del La La La registrado junto a Fito Páez), se ubicó después de la urgencia rítmica de “Ludmila”, como respondiendo a un deseo oculto de la gente que nadie hubiera podido expresar de antemano. Revisando lo que Spinetta volvió a cantar en ese momento en que la comunión llegó a un punto culminante, no parece casual. “...Y me veo partir, soy un barco que se hace a la mar, y en todo retorno, un cambio nacerá...”, susurró. Podría decirse que es como una declaración de principios, pero es sabido que Almendra, Pescado Rabioso, Invisible, Jade, todo Luis y su obra, no “declaran” principios. El simplemente toca y canta, ahí está todo, y el que quiera que escuche.
Alguna vez acusó: “Vos nunca me oíste en tiempo, siempre tuviste un poco de miedo”. Hoy el tiempo sencillamente no importa. Bajo las tenues luces del Coliseo, ese lugar que es también parte de su historia, Luis Alberto Spinetta sigue entregando canciones necesarias, sin edad, sin excusas ni discursos. Habrá que seguir y seguir, entonces, pidiendo un asilo en su corazón artístico.
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Suficiente para hacerse una idea de lo que puede significar la noche del Fortín de Liniers. Suficiente para abrir el baúl, sacar el atesorado vinilo original de Almendra y hacer del reloj un trasto inútil. Suficiente para disparar el ansia de espectadores de todas las edades, que disfrutan la convicción de seguir teniendo en plenitud a una figura central del rock argento, capaz de conmovernos con la mera idea de un concierto de la buena memoria, que puede convertir a Vélez en un jardín de puro presente.
Allí estaremos, Luis Alberto.
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(Publicada hoy en Página/12)“Amores perpetuos”, Virus, 1987.
Por obra y gracia de oscuras desinteligencias tecnológicas, los tres televisores de la sala de redacción de este diario no consiguen ponerse de acuerdo. Los aparatos se emperran en emitir de manera desfasada, dándole un demorado eco a las locuciones o convirtiendo las transmisiones deportivas –el peor ejemplo– en un tormento en el que en una punta de la redacción se gritan goles que del otro lado aún no sucedieron (o, para atender a un tema candente, puntos de Juan Martín Del Potro). El delay, eso que alguna vez era tema interesante sólo para ingenieros de sonido, se vuelve así tema de discusión general.
Cosa rara... pero no tanto. Cuando el fútbol fue rescatado de República Monopolio, Víctor Hugo Morales incluyó entre sus satisfacciones el fin del delay implementado por los dueños del balompié para impedir la sana costumbre de seguir la televisación con el relato radial. Pero en otros casos la anomalía es imposible de resolver: en edificios donde los vecinos poseen diferentes sistemas (cable o satelital), también es habitual enterarse de la resolución de una jugada que en la TV propia aún está sucediendo, o viceversa. Y el fenómeno se vuelve insoportable cuando dos vecinos pertenecen a equipos enfrentados. En rigor, sólo el que está en la cancha está exento: para cuando los argentinos vieron al número cinco del mundo derrumbándose victorioso en el cemento del Artur Ashe, en el mundo real Del Potro ya estaba saludando a Roger Federer.
La cosa no termina en el delay catódico. Vivimos delayados, es una omnipresencia en la vida cotidiana, donde abundan los trenes, colectivos, subtes (y aviones de Aerolíneas Argentinas) con delay, y los trámites y las respuestas y las resoluciones y los encuentros y llamados se demoran. La respuesta exacta, el retruécano memorable en aquella discusión, llega al cerebro veinte minutos después, cuando la oportunidad se ha evaporado. El ser humano promedio suele reaccionar con delay en los primeros minutos tras el despertar, el cuerpo está fuera de la cama, pero la cabeza aún está en la almohada. En eso todos somos iguales, o casi.
Para nosotros la pelota está en el aire, pero el destino ya dio su veredicto.
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A fines de los años ’50, aplicar delay en la música era todo un trámite. Los tipos como Stockhausen se enfrentaban al engorroso sistema de los grabadores de cinta abierta, aparatos como el Echoplex a los que había que cambiarles periódicamente la cinta magnética. A pesar de esos problemas tan analógicos, músicos como John Martyn, David Gilmour y Robert Fripp hicieron escuela. El primero, fallecido en enero de este año, abrió los ’70 metiéndole eco a su guitarra de un modo que inevitablemente llamó la atención. El segundo le dio una impronta definitiva al sonido de Pink Floyd. El tercero pudo dominar los caprichos de las máquinas Revox y patentó las Frippertronics que tanto pueden expandir el universo de King Crimson como agotar en sus shows de solo guitarra, delays de delays, fantasmas de la nota tocada hace cinco minutos.
En temas como “Now I’m here”, Brian May hizo todo un arte de tocar consigo mismo, puntear y responderse. Hubo quien se animó al chiste fácil de llamarlo Brian Delay, pero esa misma técnica propició que Queen sorprendiera al mundo con las sobregrabaciones y ecos de “Bohemian Rhapsody”.
Como todo en la música, la era del microchip permitió envasar la trabajosa sincronización de máquinas en un simple pedal, y el uso extendido hizo que el truco de músicos se volviera de dominio público, volvió comprensible el chiste de Ricardo Mollo cantando sobre “la gorda y su cadera con delay”, permitió que los soundscapes que hacen Jorge Drexler o Martín Buscaglia en vivo no parezcan cosa de chamanes o simple efectismo sino un ensayo creativo sobre el uso de ciertos chiches. Ocurre que el delay es un poco la madre de todos los efectos: lo que nació como simple búsqueda de eco terminó pariendo también al flanger, al chorus, al reverb. Y Mollo siguió cantando: “Madera no va por línea, usa la pampa de reverb”.
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El delay influye en la cultura. Lo saben bien los norteamericanos, que desde el episodio de la teta de Janet Jackson en el SuperBowl 2004, o los incómodos discursos de gente como el matrimonio Susan Sarandon-Tim Robbins en galas de la alta sociedad cinematográfica, se acostumbraron a que la realidad llegue a sus televisores un par de minutos más tarde. Al igual que en el fútbol doméstico, abrir un margen tecnológicamente artificial sirve para manipular al espectador. Otra vez, algunas herramientas se vuelven peligrosas en las manos equivocadas: para los conservas del Norte, el delay es un arma de censura.
Curiosamente, en la Argentina hay quien habla de censura para evitar que al fin se reemplace la Ley de Radiodifusión de la dictadura, para prolongar el retraso de una nueva legislación. A 26 años de la recuperación democrática, todavía sufrimos un Videlay.
No es para sorprenderse tanto. En las eras milicas de esta tierra, la combinación de control cultural y culomundismo económico hicieron que libros y películas llegaran tarde (o nunca). Como esas estrellas que se apagaron hace siglos, pero para nosotros todavía brillan, algunas obras arribaron aquí cuando su impacto en el resto del mundo ya se había diluido, o había sido superado por nuevas expresiones. En ese sentido, resulta ejemplificador observar la marcha de la industria discográfica durante los años de plomo, en los que el desarrollo de la historia musical parecía conducido por el general Alais. En los ’70 y ’80, los melómanos vivieron una saga paralela. En una era sin Internet y casi sin revistas importadas, dependiendo de lo que pudieran averiguar los periodistas de Pelo o Expreso Imaginario, sólo quien estaba en condiciones de viajar a Londres o a Nueva York a comprarse los últimos discos podía alardear de saber la posta. Para los demás, condenados a paupérrimas ediciones argentinas de títulos traducidos y nula información, el delay construyó curiosos remixes.
Durante un buen tiempo llegamos siempre tarde, donde nunca pasaba nada.
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Aquí es viernes, son las cuatro de la tarde y llueve. Esta nota, lector, también tiene delay.
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