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19.12.04 

Vinilo

Suele decirse por ahí que el vinilo tiene más onda, que el ruido a fritura y el encanto de la púa y esas cosas que llevan a infinidad de músicos a agotar el chiste del ruidito a pasta cuando ejecutás el CD. La simulación no es lo mismo que lo real, y en esto juegan cuestiones generacionales que llevan a que uno no pueda evitar el olor a viejo choto: hay cosas que no se pueden reproducir ni emular, cuestiones sensitivas muy difíciles de trasladar a quienes crecieron consumiendo música en modo digital.
Por ejemplo: aunque ya hace años que mis vinilos juntan polvo en un baúl (esperando que mi fetichismo me impulse a la improductiva incorporación de una bandeja tocadiscos, qué lindo término, los vinilos se tocan y los cedés se ejecutan), no puedo evitar que, al terminar una canción de algún disco anterior a la revoluta digital, que mi memoria registra como el "fin del Lado A", tenga el impulso de levantarme hacia la compactera para darlo vuelta. Durante años, los músicos contemplaron la estrategia de escoger cuidadosamente las canciones de apertura y cierre de cada lado: hoy el juego es descubrirlas en el viaje continuo de un CD. Los espíritus lúdicos pueden incluso complicar el chiste apelando al random, pero lo cierto es que decirle a un pibe de 15 años "Este tema es ideal para cerrar el lado A" podría ser traducido como "Ayudame a llegar al baño que tengo que limpiar la dentadura postiza".
Y otro chiste habitual en las grabaciones de nuevo siglo: en más de un caso, la "fritura" artificial aparece combinada con el efecto-rayado. Un sampler podrá simular perfectamente esa repetición cíclica, pero algo le falta para que a los viejos carrozas nos convenza de que es lo mismo que aquel salto inesperado al comienzo, familiar después, inevitable con el tiempo: Hoy escucho Dead on time (Queen, 1978) en el CD Jazz, y cuando pasa la intro sin ningún salto, sin el ruido que producía la extraña mancha gris producida por el uso de mi Wincofón adolescente, no puedo dejar de pensar que algo anda mal con la compactera. Mi vieja tenía un disco de Matt Monro (!) con una versión de Una leona de dos mundos en castellano en la que el tipo decía "más nunca dudan... ca dudan... ca dudan... ca dudan..." que me aterraba mucho más que los supuestos mensajes satánicos que escondía el primero de Black Sabbath. Y aunque mi cedeteca incluye la rareza de un disco con un tema rayado (Jughead, del Diamonds and pearls de Prince), está lejos de ser lo mismo: el rayado digital es aburridísimo, altisonante y frío.
Por último: en los últimos meses, los discos que más me gustan tienen -no es casual- una duración similar a la del vinilo, que no excede los 48 minutos, como mucho 50. ¿Quién dijo que si un cedé puede almacenar 80 minutos de sonidos hay que, obligatoriamente, llenarlo?

Etiquetas:

¿Pero como? ¿Dead on time no tenía ese ruido? Ernesto Puesto

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