27.9.05 

Un vegetariano en la Sociedad Rural

Para poner en su punto lo mejor que dejó la visita de Moby a la Argentina, los shows del fin de semana en la Rural porteña y la Vieja Usina cordobesa, hay que empezar prescindiendo de la cáscara. No es fácil: las ceremonias del nuevo siglo vienen con un generoso envoltorio, que intenta brillar tanto o más que la música. Entonces, las cámaras parecen mirar más al VIP y sus ocupantes que al escenario, y el sponsoreo de una marca de celulares hace parecer lógico que, cuando el show está por empezar, buena parte de las trece mil personas frente al escenario enarbole las cibernéticas lucecitas de sus aparatos a modo de saludo. Después, habrá varios que estarán más concentrados en enfocar al pelado a través de la camarita-teléfono que en prestar atención a lo que sucede en la vida real. E incluso se escuchará alguna queja de parte de quien esperaba a un tipito inclinado sobre dos bandejas, y no esa ceremonia con demasiada contaminación... rockera.

Apartando todas esas capas, prestando atención a lo que realmente debería interesar, se llega al hueso del asunto. Los últimos dos discos de Moby, 18 y Hotel, no estuvieron especialmente inspirados: en eso mucho tiene que ver que Play, su disco de 1999, es una obra difícil de superar. Pero lo que el calvo propone en vivo hace que las fronteras se diluyan. Y, a medida que avanza la noche, la acumulación de temas realmente buenos le va dando forma a un demoledora exhibición de músculo musical. Afortunadamente, Moby no es de esos que se dejan ganar por un principismo medio tonto que hace que salgan de gira, vayan a un país donde tienen una buena base de fans y les entreguen un set lleno de oscuridades, temas raros, out takes y, perdida por ahí, una de esas canciones que la gente espera escuchar. La demagogia del músico no pasó solo por sus frases de ocasión en castellano (me siento argentino, las chicas de acá están buenísimas, etcétera), sino también por una sabia decisión de dejar que sonaran caballos del comisario como "Find My Baby", "Why Does My Heart Feel So Bad?", "Raining Again", "We’re All Made of Stars", "Porcelain", "Honey" (donde mutó el riff original por el "Whole Lotta Love" de Led Zeppelin) o "Lift Me up".

Y todo eso, además, estuvo muy lejos del laboratorio tecno que se suele imaginar alrededor del multiinstrumentista. Con un potente formato de banda (el guitarrista Guillermo Martínez, la tecladista y corista Lucy Butler, el bajista Daron Murphy, el baterista Scott Frassetto y la cantante Joey Grant), Moby se adueñó del escenario prescindiendo de toda cáscara, mucho más valvular que celular, aun cuando utilizara un colchoncito de samples aquí y allá para reforzar el sonido. Fiel a su militancia, continuó una costumbre exhibida en toda esta gira, al pedir perdón públicamente por provenir de un país gobernado por un idiota peligroso. Pero, sobre todo, el tataranieto de Herman Melville demostró ser de carne y hueso, más cerca de su background punk rocker que de la asepsia de pista dance, más comprometido con arengar y poner el cuerpo que con la ceremonia de figuración entre luces estroboscópicas y con la botellita de agua en la mano. Hubo lugar, incluso, para una versión del "Creep" de Radiohead: “Pero soy un rarito/ ¿qué carajo estoy haciendo acá?/ no pertenezco aquí”, cantó Moby. Es cierto, nada más extraño que un vegetariano militante en el lugar donde suelen desfilar vacas, chanchos y gallinas de paso al matadero. Pero todo eso también es pura cáscara.

(Publicado en Página/12: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/3-548-2005-09-27.html)

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26.9.05 

Nueve meses

El viernes se cumplen nueve meses y parecería ser que, salvo honrosas excepciones, vamos a asistir otra vez al circo de costumbre. La culpa de todo la tiene este y aquel, la culpa de todo la tiene Yoko Ono y de hacerse cargo ni noticias.

Vamos a ver a los responsables políticos gritoneándose de banca a banca, acusándose mutuamente de conductas espurias, y en esa misma actitud se van a estar dando la razón: lo espurio es hacerse el boludo y seguir evitando las respuestas.

Vamos a enterarnos del último reporte en el cambio de carátulas judiciales como figuritas, acumulando fajos y fajos de fojas y fojas que dicen todo y no dicen nada.

Vamos a escuchar a los defensores del aguante en el plan de seguir instalando la noción de que “le podría haber pasado a cualquiera”, como si todos los músicos y sus managers bancaran a una barra brava que te organiza los bondis y mete las bengalas en un lugar cerrado un par de días antes, o en los anvils de la misma banda.

Los vamos a escuchar, también, defenestrando al que piensa distinto porque “opera para Chabán”, o para Ibarra o para tal y cual, negando el mínimo derecho de pensamiento libre.

Vamos a leer a los tipos que se llenaron la boca con “su gente” pero nunca se preocuparon por cuidarla, y cuando se acabó la suerte se pretendieron vírgenes, barrieron todo bajo la alfombra y volvieron a apelar a “su gente” para en el entuerto conservar al menos el apoyo de la tribuna.

Tendremos que soportar a la ultraderecha cavernícola que brota como hongo malo, satisfecha por la clausura generalizada pero decidida a ir a fondo y exterminar al rock, lo que dice y lo que significa.

Quizá escuches un párrafo por ahí y te dé arcadas. Eso pasa bastante en la Argentina.

¿Vamos a sacar algo valioso de Cromañón? Todas esas chicas, todos esos pibes muertos, ¿no deberían producir un cambio muchísimo más profundo y sensato que lo que dejan estos nueve meses? Todo gira sobre sí mismo, y lo que queda es un santuario de pibes rotos y sin rumbo, y un proceso de gallinero en la Legislatura, un juicio que -como tantos otros- parece de risa, unos músicos “de la calle” perdidos entre el dolor genuino y su propia incompetencia, una escena reventada por la canilla libre de clausuras, megafestivales de dos semanas pero ningún local para los cien pibes que siguen a la banda de la esquina, a la que nunca le gustaron las bengalas ni la teoría del aguante.

Esto ya no es rock, es pura suerte.

Y somos tan vivos, pero tan vivos, que nos estamos muriendo.

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22.9.05 

Un huracán para Máikol

Donde hay un huracán, hay una oportunidad: Michael Jackson anunció que va a grabar una canción "a beneficio de las víctimas de Katrina". El toqueteador de chicos dice que ya tiene reclutados a Mariah Carey, Snoop Dogg, Jay Z, James Brown, Lenny Kravitz, Wyclef Jean, Lauryn Hill, Missy Elliott, Kenneth "Babyface" Edmonds, R. Kelly, Mary J. Blige y muchos más, para darle cuerpo a una atrocidad semejante al infame "We are the world". No conforme con tanto cinismo, el blanquete no dudó en titular su canción... "From the bottom of my heart".

¡Katrina, por favor, volvé y llevátelo de una vez!

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21.9.05 

La logia: raquetas locas

Ah, no, el deporte ya no es lo que era. O deberíamos decir: el tenis ya no es lo que era, pero la verdad es que los puestos, como en tantas otras cosas, llegaron tarde al tenis, y no pueden decir mucho sobre cómo era antes. Pero esto se está poniendo tremendo... o interesante, según como se mire. Esta semana, los diarios nos han informado sobre el secuestro de 70 kilos de cocaína oculta en el mango de raquetas de tenis, y ahí es donde los puestos sacudieron la cabeza y al fin se explicaron por qué le dicen el deporte “blanco”.

Todo mal... incluyendo la creatividad de los muchachos de Toxicomanía para bautizar a sus operaciones: no conformes con el éxito de títulos como Operación Café Blanco y Operación Carbón Blanco, este secuestro se llamó... Raquetas Blancas. Es de iomaginar la escenita de los tipos cruzándose en los pasillos de la seccional: “¿Qué hacés, Jorgito?”. “Acá andamos, laburando... estoy con Raquetas blancas, ¿viste?” y guiñándose el ojo. Pero como la logia no se queda en la superficie de las cosas y le gusta andar revisando carpetas, aquí presenta información de primerísima mano sobre lo que veremos por todos lados en los próximos días: las nuevas operaciones... blancas.

Operación Bola de Nieve. La policía detendrá un cargamento con destino a Estados Unidos en el que se descubrirán 1200 bolas de boliche recargadas con cocaína de alta pureza. Un mes después se comprobará que hubo algunas filtraciones: en un campeonato de boliche en Minnesotta, un hombre no sólo hará strike al primer tiro, sino que incluso atravesará la pared y matará a un empleado del parking.

Operación Garrochas blancas. Todo comenzará cuando una garrochista pegue semejante salto que la estrellará contra un helicóptero de ESPN que cubría el evento. La policía descubrirá que en una garrocha pueden caber diez kilos de cocaína, y que hay sacados en Colombia que la toman directamente del tubo.

Operación Tubo Blanco. Y hablando de tubos: por pura casualidad, durante su partido semanal de tenis un policía descubrirá que uno de los tubos de pelotas en la recepción de la cancha está lleno de... bueno, de otra cosa. Y luego los perros descubrirán con qué están pintadas las líneas de la cancha.

Operación Balero Loco. Lo que se suponía que era una nueva demostración de la reactivación industrial y la exportación de productos argentinos terminará en escándalo: se incautará un cargamento con destino a Inglaterra con 250 mil baleros ahuecados y rellenados con pastillas de éxtasis.

Operación Tren Blanco. Infiltrado en el Tren Blanco, un narcotraficante será detenido con un carro lleno de cartones que, como el mapa de Africa en la película En el nombre del padre, están embebidos en ácido lisérgico. Al probar el material con la punta de la lengua, uno de los policías comenzará a gritar que el Tren no es Blanco ni es tren, sino que es el mismísimo Submarino Amarillo.

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20.9.05 

Formatos

Cien años. Cien años parece un montón de tiempo, pero en realidad es nada. Hace treinta siglos ya había gente dando vueltas por el mundo, y ya cocinaban, comían, cagaban, tenían hijos, comerciaban, trabajaban, se enamoraban, se peleaban y se enemistaban y se reventaban unos a otros en guerras convenientemente distribuidas a los largo de los años para balancear la explosión demográfica. Cien años, entonces, es un rato, un cuelgue momentáneo.

Hace treinta siglos también había música. Unos tocaban y otros escuchaban y eso era todo, la apreciación de lo que sonaba dependía de lo que sintiera ese oyente en ese momento. Nadie pensaba en comprarse el último número del papiro especializado El Arpa Ilustrada, nadie se bajaba de partenón.com el último single de Alexis Papatanassiou, el finalista del torneo olímpico Greekstars.

Ahí es donde entra lo de los cien años. Hace cien años, nomás, la única manera de escuchar música seguía siendo... frente a un músico que la ejecutara. Hoy tenés un aparatito que sirve de teléfono pero además suena con una de Coldplay, mientras ejecuta un video vintage de Kiss en los ’70 en la pantalla color y le manda un sms a tu novia con un out take del último de Moby. La música llega por decenas de vías electrónicas, pero al músico lo ves de cuando en cuando. No importa si es mejor o peor. Es... raro.

¿Viste cuánto cambia el sonido según dónde escuches un disco? Hay discos que podés tener muy escuchados en un equipo normal, pero al ponerlos a través de unos parlantes de computadora mediocres resultan una experiencia totalmente distinta. Te cambian los planos, aparecen guitarritas escondidas que nunca habías registrado, voces medio fantasmales, sonidos ocultos tras capas de producción.

Pero, al cabo, la cuestión es siempre la misma. En disco, casete o magazine; a través de un equipo modelo 83 todo quemado, en el reproductor de solo cien gramos y mil canciones, el ascensor, el ringtone polifónico o el xilofón infantil que tu pibe hizo pelota a los golpes: las canciones que se te quedan a vivir en el marote son las que lo resisten todo. Y, estés donde estés, te das cuenta que, hace treinta siglos, cien años o diez minutos, no hay formato que pueda disimular la falta de talento.

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14.9.05 

El patio trasero de Paul McCartney

La leyenda dice que The Rolling Stones y The Beatles solían consensuar las fechas de salida de sus respectivos discos para no “pisarse” en las bateas. Pero desde que el cuarteto de Liverpool se atomizó y en particular desde los ’90, Paul McCartney y los Stones –o, en su defecto, Mick Jagger– parecen empeñados en encontrarse de modo cíclico en las disquerías. En 1993 coincidieron Off the Ground (el disco con el que Macca vino a la Argentina) y Wandering Spirit, de Jagger; en 1997, el Flaming pie del ex Beatle se cruzó con Bridges to Babylon; en 2001, mientras Jagger lanzaba el olvidable Goddess in the Doorway, McCartney demostraba buen nervio con el rockerito Driving Rain. La historia podría sumar un capítulo de 1991, cuando se editó Choba B CCCP –el disco grabado por McCartney en exclusiva para la Unión Soviética–, el Flashpoint de los Stones y Live at the Hollywood Palladium, de Keith Richards, un show grabado en 1988 con los X-Pensive Winos. Y un episodio aún más reciente: mientras resuenan los ecos del notable A Bigger Bang, editado la semana pasada, ayer apareció en todo el mundo Chaos and Creation in the Backyard, lo nuevo del bajista zurdo con cara de ya–no-tan-niño.

Resulta más lógico pensar en cuestiones del azar antes que en una boba competencia, pero la coincidencia aumenta el riesgo de ponerse a comparar. Una pavada: siempre se supo que los Stones y los Beatles son diferentes y parecidos a la vez, y allí está el encanto. Sí hay un par de cuestiones formales para apuntar. Mientras los Stones grabaron su disco más “de banda” en mucho tiempo, prescindiendo de adornos instrumentales para concentrarse en cómo debe sonar el grupo de rock más famoso del planeta, Paul McCartney lanzó su disco más “solista”, donde asume la gran mayoría de los instrumentos (sólo hay un par de invitados) y lleva toda la carga. Apuntadas las diferencias, debe destacarse el parecido: por vías diferentes, ambos discos demuestran un nivel de inspiración a esta altura sorprendente.

Con McCartney, se sabe, es un todo o nada. Quien no lo soporte de antes, difícilmente se enamore del Beatle con su Caos y creación en el patio trasero. Dicho de un modo más brutal, aquellos que sientan náusea ante los conocidos trucos de armonías vocales de Paul volverán a sentir arcadas con el midtempo y las resoluciones del single "Fine line". Pero más allá de cuestiones casi de camiseta, hay que decir que McCartney inició su disco con una inteligente decisión, la de convocar a Nigel Godrich para hacerse cargo de la producción. Godrich, el cerebro detrás de perlas firmadas por Radiohead, Beck, Travis, Air, The Flaming Lips, REM, Pavement y Orbital, parecía una opción “rara” para el clasicismo de Macca, mas la extraña pareja rindió sus frutos.

¿Es Chaos... un disco “de productor”? Claro que no. El ego de Paul es demasiado grande como para permitirlo. Y ese ego anda aquí por las alturas, con el protagonista haciéndose cargo de guitarras, pianos, bajos, percusión, campanas tubulares, armonio, ¡cello! y sigue el catálogo de instrumentos. Las discusiones entre Godrich y McCartney deberían salir en un disco aparte, pero lo cierto es que llegaron a algún acuerdo: lejos de ser un simple empleado, el muchacho detrás de la consola de OK Computer supo hacer su aporte, propiciando un entorno sonoro que da otro sello. En canciones como "How Kind of You", "Too Much Rain" (que hace pensar en otro viejo colega de Paul, un tal George Harrison), la relajada "A Certain Softness", "Riding to Vanity Fair" o "This Never Happened Before" hay un ambiente que les da otro relieve a las canciones... y de McCartney se pueden decir unas cuantas cosas, pero su solvencia como artesano de canciones está fuera de duda.

Punto para ambos, entonces, sobre todo en experimentos riesgosos como "Jenny Wren" o "English Tea". De arranque, el primero podría parecer una revisita a los tiempos de "Blackbird", pero el doudouk del venezolano Pedro Eustache introduce una nota melancólica que cambia el camino. El segundo, en manos de otro productor, podría resultar sencillamente insufrible: uno de esos elegantes ejercicios para la campiña inglesa, pero que en sus escasos dos minutos transmite una luminosidad juguetona antes que ese tono empalagoso del que Macca a veces abusa. De a poco, hasta llegar a "Anyway" y su track oculto con experimentaciones colgadas, McCartney consigue evitar algunos de sus clichés, y sacar el mejor provecho de aquellos que son inseparables de su personalidad. Y, entre el caos y la creación, redondea una gran semana para los viejos carrozas del Swinging London.


(Publicado en Página/12, en http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/7-434-2005-09-14.html)

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13.9.05 

La logia: escenas en el transporte

Quizás a causa de esa expresión perdida que pueden llegar a tener, de esa dispersión típica, se cree que los puestos no tienen mucha conciencia social. En realidad, se sospecha que la gente de la logia no tiene conciencia en absoluto, lo cual es una exageración, una generalización, un prejuicio. Los puestos no viven siempre colgados de la rama y están atentos a las temperaturas sociales, los conflictos, las pequeñas cosas que hacen a la vida urbana. Por eso, en estos días un estupor diferente al habitual recorrió a la logia de arriba abajo, cuando vieron en la tele y leyeron en los diarios que un colectivero le pegó a un ciego. Varias veces.

Increíble, ¿verdad? Pero no es para sorprenderse tanto: la logia de los puestos tiene una sólida opinión con respecto a los operadores del transporte público, y no es una opinión muy halagüeña. También hay que entender a colectiveros, taxistas, empleados del subte, de los trenes, enfrentados durante horas y horas a todas las formas posibles de locura urbana. No es fácil. Por eso, y hasta para advertir que habrá que andar con la neurona atenta, la logia adelanta algunas de las escenas que se verán en los próximos días en el transporte público.


En la estación Lavalle del Subte C, un hombre intentará subir a último momento al vagón y quedará con medio cuerpo atrapado en las puertas. Lejos de ayudarlo, el guarda se reirá de él a mandíbula batiente durante todo el trayecto hasta San Martín, invitando incluso al pasaje a lanzarle bolitas de papel masticado a la cara por apurado y chapucero.

En un colectivo en circulación por el microcentro, una anciana le preguntará al chofer si la deja bien en Recoleta. Y el conductor, estresado por su turno de catorce horas, el tránsito y el continuo parloteo de los vendedores, harto de las ancianitas que tardan ocho minutos en subir y más en bajar y preguntan demasiado, la desbarrancará del estribo con una patada en el pecho, al grito de Esto te deja bien en Recoleta, vieja de mierda... en el Cementerio de la Recoleta”.

En una esquina del barrio de Palermo y en una noche especialmente escasa de laburo, dos taxistas pretenderán pararle a la misma persona que levantó la mano. Y no sólo discutirán, se putearán y se trompearán, sino que además se pondrán a jugar a los autitos chocadores en plena avenida Córdoba.

En un tren de la zona sur de Aires Dudosos, un guarda aprovechará que el cieguito buscavidas del tercer vagón se quedó dormido para escamotearle dieciséis pilas alcalinas truchas, dos linternas, un paquete de ballenitas, un pack de estampitas de San Cayetano y unos caramelos Sugus vencidos en 1993.

Absolutamente desquiciado por el griterío atronador, chirriante y permanente de docenas de niños arengados por irse de excursión a la Reserva Ecológica (y los consecuentes gritos de sus maestras para ponerlos en caja), el chofer de un micro escolar, con una expresión sorprendentemente despreocupada en el rostro, seguirá de largo y hundirá el bondi en el Río de la Plata.

Desencajado y angustiado por su reciente divorcio, el conductor de uno de los típicos mateos del Zoológico no soportará más el sonido de los arrumacos que se propina una pareja y, dando un buen golpe de galope a su caballo, los tirará en medio de una asamblea de los travestis del Rosedal al grito de “estos dos son legisladores que votaron por encarcelar a los travas!!”.

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12.9.05 

¿La puerta o la vida?

Desde hace cuatro años, el 11 de setiembre se convirtió en una de esas fechas. Bien a pedir de los conservadores nortamericanos, ya casi nadie piensa en el 11 de setiembre como la fecha en que Augusto Pinochet derrocó y asesinó a Salvador Allende: ahora es una fecha de orgullo “americano”. Porque los americanos, nos repiten una y otra vez, son ellos. El resto somos como africanos en el continente equivocado.

En estos días, una señora muy inteligente contó en el Teatro Alvear una buena anécdota. Según relató, Laurie Anderson andaba por un pueblito perdido tratando de descubrir cuáles eran las 500 palabras que su perra Lollabelle podía reconocer. En sus paseos, la perra, una terrier, mostraba la actitud de todo perro de pastoreo, vigilando, adelante, atrás y a los costados en busca de posibles peligros. Pero un día la perra descubrió que estaba siendo vigilada a la vez por una bandada de buitres, que analizaba las posibilidades de convertirla en su almuerzo. “Una nueva cara apareció en mi perra”, dijo Laurie. “De pronto descubrió que existían otros 180 grados que debía vigilar, que el peligro también podía venir de arriba. Su manera de caminar cambió radicalmente. Y al ver su cara volteada al cielo vi que era la misma cara de los neoyorquinos después del 11-S”.

Lo cantó otro tipo, en este rinconcito del sur, hace nada menos que veintiocho años: “La paranoia es quizás nuestro peor enemigo”. Containers que caen desde el cielo y hombres araña, y los voceros de la histeria que gritan cuidado con ese tipo que viene por la esquina que te parte la cabeza y te afana, y un aviso de puertas blindadas que ofrece el slogan perfecto para este tiempo de buitres: “Hoy, es la puerta o la vida”.

¿La puerta o la vida? ¿Eso es lo que nos queda?

Queridos vendedores de los cerrojos paranoides de seguridad, dos puntos: si es entre la puerta o la vida, me quedo con la vida.

Puertas, puertas, puertas. Alguna vez alguien debería ponerse a pensar seriamente en el problema de las puertas: las puertas son unos aparatos que obligan al usuario a vivir con la preocupación de algún día perder el llavero y quedarse afuera de todo lo conocido. Las puertas sirven de intermediarias para diálogos jugosos, diálogos crueles, diálogos desesperados, diálogos que no llevan a ninguna parte. Puertas que se abren a ninguna parte.

Una tarde cualquiera te ponés a contar las puertas de tu casa y descubrís con espanto que cargás con nada menos que treintaidós puertas en módicos dos ambientes. Puertas de calle, puertas de armario, puertas de horno, puertas de heladera, de botiquín, de ventana, del baño, del mueble de la compactera, puertas, puertas, puertas.

Alguien, alguna vez, debería plantearse seriamente el problema de las puertas.

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8.9.05 

Una dama en la luna

Un escenario lleno de velas, un sillón, una pequeña pantalla exhibiendo la superficie de la Luna, un tecladito, un violín y unos pedales: nada demasiado impresionante. Pero es que The end of the moon no te vuela la cabeza por despliegue tecnológico, sino por despliegue de pensamiento: aparece la dama vestida de negro, escaso metro sesenta y mirada pícara, y empieza a hablar y a susurrar y terminás entendiendo que tiene esos pelos tan agitados porque la cabeza le bulle de ideas.

Gracias, Laurie.

Momentos tan corrosivos como el ácido, momentos de alta melancolía, momentos de carcajada medio amarga pero también de simple risa: la señora Anderson es una experta en pensamiento lateral, y tira tantos conceptos sorprendentes y novedosos que salís del Alvear y te parece que si vas a Las Cuartetas te vas a colgar imaginando cosas con la grande de muzzarella y andá a arreglar el despelote que tenés en el balero.

Dice cosas como “por ejemplo, los signos de puntuación: en vez de poner un punto final, podríamos poner un relojito que marque el tiempo que nos llevó escribir esa frase”. O cuenta de un concierto en Turquía que vio por TV, y que cuando mostraron al público vio que más de la mitad tenía fusiles Kalashnikov y ametralladoras AK-47, y que no pudo menos que pensar en “la pesadilla de cualquier artista: actuar frente a un público armado hasta los dientes, y observándolo”. O habla de los complejos trajes espaciales diseñados por una empresa para la NASA, con un sistema que multiplica la fuerza del brazo por 40, “y una traba especial por si... bueno, por si llega a fallar el sistema que multiplica la fuerza del brazo por 40”, y cómo el contrato pasó de la NASA al Ejército de Estados Unidos y esos trajes espaciales no irán al espacio sino al desierto, a la guerra en Irak. O relata que en los’60 la NASA quería hacer pruebas nucleares en el lado oscuro de la Luna, y muestra una leve sorpresa: “Digo, se me ocurre, ¿no deberían consultarnos antes de hacer algo así?”.

Sospecho que en la NASA se deben estar arrepintiendo de haber convocado a Laurie como “artista residente”. De hecho, ella misma relató que, mientras preparaba el informe final que le habían pedido, le comunicaron que no sólo era la primera artista residente de la Agencia, sino también la última. Y que allí fue donde decidió cambiar ese informe, y ese informe se convirtió en The end of the moon.

Y vino y lo contó, y terminó contando en español, y hablando de alguien que, en la quietud de la noche, está llorando, y “mi ojo izquierdo llora porque te amo, y mi ojo derecho llora porque no te soporto”.

Laurie, barrilete cósmico, ¿de qué satélite viniste?

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7.9.05 

"Llegué a cansarme de las grandes puestas"

Esto se publicó hoy en Página (http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/2-362-2005-09-07.html)


Fue en 1990, pero la impresión de quienes estuvieron aún perdura. En el Gran Rex, Laurie Anderson presentó Strange angels con una puesta impactante y textos en un castellano aprendido por fonética. Canciones hermosas, textos agudos, poemas delicados, en la voz de una mujer menuda pero llena de energía creativa, dueña de un talento singular para aunar lenguajes y estéticas. Laurie pasó y dejó la impresión de algo irrepetible, incomparable por la simple razón de que es difícil hallar otra artista multimedia que conjugue tanto... y tan bien. Tuvieron que pasar quince años –en este país, una eternidad–, pero la apertura del V Festival Internacional, hoy en el Alvear, tiene el sabor del reencuentro: Laurie Anderson presenta, hasta el domingo, The end of the moon, una especie de “poema largo” (en su idioma original, con subtítulos) con música y proyecciones, en parte producto de su experiencia como “artista residente de la NASA”. Y si tener a Anderson sobre el escenario es gratificante, más aún es entrevistarla: una dama cortés, inteligente, entregada con gusto a la charla aunque hace tres horas que se bajó del avión y la esperan para una prueba técnica.

–Disculpe la ignorancia, pero... ¿qué significa ser una “artista residente de la NASA”?
–No se preocupe, todos eran bastante ignorantes. Cuando me llamaron les pregunté eso, y la respuesta fue “No sé”. Hubo que inventarlo. The end... es como un recorrido por los lugares por los que pasé.
–¿Y con qué se encontró?
–Estuve en lugares donde hacían control de misiones, el telescopio del espacio, nanotecnología... con la NASA es imposible generalizar. Hay gente que trabaja en áreas muy distintas. Y no tenían ninguna curiosidad sobre mí, andaba con mi placa y me presentaban a un astronauta que decía “ah, sí, artista residente” y eso era todo, no preguntaban nada. Son adictos al trabajo, no tienen tiempo para hablar con la artista residente.
–El título The end of the moon tiene una carga de melancolía.
–Tiene que ver con el contraste entre la tecnología y una idea romántica de la Luna. Habla del fin del romanticismo. Ahora que la tecnología y el capitalismo cruzan sus caminos, una de las preguntas es quién es dueño de la Luna. Es un nuevo tipo de colonización, los chinos ya pusieron su bandera, los americanos tratan de plantar la suya en Marte...
–¿Tiene algún sentido que un hombre vaya y clave su bandera?
–No, claro... Pero aquí vino un español y plantó su bandera, y ustedes aún hablan español. Eso dice un par de cosas sobre la colonización, ¿no?
–Y mete un poco de miedo, teniendo en cuenta lo que hicieron los españoles con el continente, sus habitantes y riquezas...
–La colonización es algo bastante odioso. Ellos tenían el barco más rápido: la carrera espacial es lo mismo. Pero el espacio está asociado con la idea de futuro. Agarrás el telescopio y preguntás “¿Cómo llegamos allí?”, no “¿de dónde venimos?”. Lo que comenzó con cierto romanticismo se convirtió en una cuestión comercial. Si ves cómo se siente la gente con respecto al espacio, podrás ver cuáles son sus aspiraciones, su nivel de esperanza y fantasía. Ahora es un trabajo, “lleguemos, extraigamos los minerales, blablá”. Los proyectos más visionarios son los que me entusiasman. Uno es forestar Marte, un proyecto de diez mil años. Es fantástico, porque hay que ir a algún lado, y hacer un buen plan es inspirador.
–Da algo de esperanza frente a lo que queda de este planeta.
–Ahora sabemos más para diseñar algo que pueda funcionar. Si se piensa por qué cayeron las grandes civilizaciones del pasado, es más o menos lo mismo: tirar abajo los árboles, destruir todo... Ahora al menos sabemos lo que estamos haciendo, y es un avance. El otro proyecto que me enamoró combina tecnologías para construir una escalera al espacio.
–¿...?
–¿Conoce la historia de la planta de habichuelas? Bueno, es ese concepto. Están desarrollando una tecnología orgánica que crece. Llegar al espacio consume una enorme cantidad de combustible, entonces la idea es ahorrarlo llevando la nave a una plataforma espacial. Algunas de estas tecnologías son fantásticas, un plástico que se disuelve en el agua... Se puede ver a la tecnología de un modo pesimista u optimista. Yo hice muchos grandes espectáculos multimedia, pero llegué a cansarme de las grandes puestas. La compañía de autos, la compañía de moda, todos utilizan esa presentación en la que apretás un botón y wow, sale una gran cosa. Y yo pienso “Sí, ¿y qué? Otro gran show”. A veces me gusta, y hay gente que lo hace muy bien. The end... es tecnológicamente muy complejo, pero luce muy simple. Desapareció todo, todo está controlado por mi laptop. Software y números. Y un teclado muy pequeño, unos pedales, el violín y es todo. The end... es un poema largo, en el que el violín es mi compañero emocional. Yo cuento la historia y él llora. Al principio la música era más complicada, y me di cuenta de que no todo puede tener la misma fuerza. El lenguaje lidera y la música da la base.
–Pero en sus espectáculos el lenguaje siempre tuvo importancia.
–Yo siempre estoy cambiando los formatos, en estos dos años estuve mucho en Japón e hice una película, música para caminar por unos jardines, esculturas electrónicas... Lo lindo de ser una artista multimedia es que nunca tenés que elegir, podés incorporar pintura, fotografía, estampados con papa, lo que sea. Quizá no seas muy bueno en ninguno, pero mi ambición nunca fue “superarme”. Conque funcione está bien.
–En un espectáculo en solitario, ¿no se corre el riesgo de no terminar nunca, no tener un cambio de ideas que permita cerrarlo?
–No hay nadie con quien al bajar del escenario puedas decir “¿No estuvo bárbaro?”. Extraño la colaboración. Pero en Japón trabajé con demasiada gente, y esto es como un antídoto. Eran producciones de cien personas, demasiadas mentes y opiniones. El resultado a veces es impersonal, y un poquito demasiado brillante, demasiado profesional.
–Estos años son de gran explosión en las tecnologías y el acceso a ellas. ¿No puede ser paralizante tener tanto al alcance de la mano?
–Sí, pero... dicen que es muy diferente pero no es tan diferente. “El sistema once, ¡tenés que tenerlo!”, y no es tan diferente al sistema diez. Todo va más rápido, sí, pero me encanta, porque quiero tener cada vez menos. La última vez que vine, el equipamiento que traje ocupaba todo este salón. Ahora mi equipamiento entra en ese rincón, y espero que el próximo tour entre en mi bolsillo, que me baje todo de internet en el momento. Mi idea es ser un trovador electrónico, poder viajar liviana. La tecnología libera a la gente, no la esclaviza. Y creo que incluso la laptop es una fase pasajera. Cuando diseño instrumentos trato de que sean muy portables. Y me aburren los shows con muchos teclados: es como ver gente planchando.
–Todo es cada vez más pequeño, cada vez más rápido.
–Yo veo a nenas que se familiarizan tan rápido con la tecnología... aún no saben escribir, pero tienen cámaras, y filman y editan y graban un DVD... ¡¡y tienen 5 años!! Para ellos eso es aprender a escribir. Un amigo le enseñaba una canción a su hijo en el teclado, y le mostraba los sonidos, piano, órgano... y el chico le dijo “Papá, este teclado tiene un montón de fuentes”. Eso es una clase de persona diferente, la primera generación realmente digital. La evolución le va a permitir a la gente recuperar su cuerpo, no va a estar atada a un lugar. Es, también, una situación sin escapatoria: tengo en mi teléfono un mail recordándome que tengo que ir a un website para bajar un gran catálogo. Me imaginé que en Buenos Aires podría tomarme un par de horas fuerade contacto... Entonces, siempre en el escritorio, pero ahora llevo el escritorio conmigo. Trato de no ser excesivamente entusiasta con la tecnología, pero es placentero: me permite estar en contacto con el mundo físico, no tengo que ir hasta la biblioteca. Puedo estar en un parque consultando la Wikipedia.
–Muchas personalidades de la cultura tuvieron una postura crítica sobre la situación política en EE. UU.. A pesar de ello, el cuadro no cambió para bien. ¿Por qué la cultura no puede influir de modo decisivo en la política?
–Desde mi punto de vista, la situación política en mi país es desastrosa. Hay una desconexión entre lo que la gente hace y lo que cree que está haciendo. La gente normal tiene buena voluntad, hoy llamás a información en New York y lo primero que hacen es pedirte una colaboración con la gente de New Orleans. Y en el mismo país tenés Halliburton: codicia absoluta, corrupción absoluta. Esta última elección fue un shock. Para mí fue un tifón. Una administración que maneja los medios y que dispara un mensaje de “hay una guerra, no cambiemos nada”. Es una situación brutal. Cuando alguien protesta, llega la presión. Tenemos un presidente con medio cerebro. No es una situación muy diferente a la de Reagan: hacen un presidente terrible, pero serían un gran rey. Medio estúpido pero con buenas intenciones, campechano... Son tipos hasta queribles, pero le dieron mucho poder a gente que es mala, codiciosa. Bush dice que “Nuestros padres fundadores creían en Dios y en el país”. ¿Y sabe qué? ¡Es mentira! Usted está equivocado, ¡lo siento! Para los hombres que firmaron la Constitución de EE. UU., el punto era separar la Iglesia del Estado, no crear un estado clerical que decidía lo que estaba bien o lo que estaba mal. Y se inspiraban en la idea francesa de libertad individual y derecho a la libertad de expresión, algo que hoy fue borrado.
–Hasta el punto de encarcelar a una periodista.
–Si hablás, te cortan. La gente tiene miedo. Hicimos una lectura de la Constitución de EE.UU. con varios artistas. Tres días después, los que participamos fuimos avisados de una inspección de impuestos, revisando cada centavo. ¿El gobierno presionando gente? ¡Oh, no, cómo se le ocurre, no sería democrático! ¡Y por leer la Constitución! Pero sé que no soy la única que piensa que hay algo mal, que se da cuenta de que esta no es una cultura de consumidores felices. Esa desesperación no se expresa libremente, pero no quiere decir que no exista. Las cosas a veces funcionan de un modo más reposado, pero dejan su marca. Hace treinta años, Bob Dylan no era un número uno, pero cantaba cosas que representaban otra opinión. Y eso quedó.
–¡Y seguro que también le revisaban las cuentas!
–¡No tenga duda! (risas)

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5.9.05 

La música y los niños

Es habitual escuchar que un porcentaje demasiado importante de lo que encontramos en las disquerías es algo así como un fast food auditivo, comida predigerida para orejas poco exigentes, y que a la gente la empaquetan como quieren y le venden cualquier batata. ¿Es tan así? Es cierto que es difícil resistir el bombardeo permanente y las eficaces estrategias de marketing de los popes de la industria musical, que suelen mostrar más amor a la caja registradora que a la mesa de mezcla y acostumbran hablar de un artista como un “producto”.

Pero me parece que el tema viene de más atrás. Puestos en teorías conspirativas, da la impresión de que el plan maestro contempla el reblandecimiento auricular del oyente medio desde la más tierna infancia. El expediente secreto podría decir “Criemos oídos dóciles, y tendremos consumidores mansitos”.

¿Demasiado paranoico? Puede ser. Pero que alguien trate de explicarme a Barney y sus amigos. A los Teletubbies. A los atropellos infantojuveniles de la fábrica de Cris Morena, una Osama Bin Laden de la canción capaz de atentar contra el pentagrama a través de armas de destrucción masiva como Chiquititas o Floricienta. Explíquenme, por favor, los espectáculos infantiles con dos guitas, una guitarra desafinada y una colección de rimas asonantes a cuál más zonza. Que alguien dé una pista para entender de quién fue la idea de encenderle un micrófono a Panam y Las Trillizas de Oro. Que el Gobierno de la Ciudad haga algo con las calesitas que producen vómitos, y no por dar demasiadas vueltas sino por la contaminación musical que emanan.

¿Por qué esta maldita tendencia a considerar que no vale la pena cuidar la oreja de un niñito, que total mueve los pañales con cualquier cosa que suene... o, llevando las cosas a un extremo: ¿por qué los chicos sólo pueden consumir canciones infantiles?

Afortunadamente, me relaciono con un montón de gente amante de la música que no ceja en la resistencia, y cultiva a sus hijos con gente que hace bien al espíritu. Recuerdo a mi hija Julieta Luna identificando el momento en que llegaba un solo de guitarra, y haciendo ese solo en el aire. Recuerdo a mi hijo Pablo reconociendo a los Beatles desde bien chiquito, y no hablo de esas inimputables versiones de cajita de música, sino los Beatles de verdad. Disfruto cada día a mi bebé Gael calmándose de inmediato con “Sometimes you can’t make it on your own” de U2, aunque venga del berrinche más estruendoso. Y tengo grabadas las caras de paz de los tres al bailar conmigo cualquier canción del Kamikaze de Luis Alberto Spinetta.

¡Y los tipos nos encajan una y otra vez a ese dinosaurio fucsia, bobo, torpe, con canciones chirriantes y mal dobladas!

Amigos del negocio de la música infantil, por enésima vez: los niños no son idiotas. Aunque, si siguen insistiendo, lo van a conseguir.

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Responsable

  • Eduardo Fabregat
  • Buenos Aires, Argentina
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