30.11.05 

Recomendación

En tiempos en los que hay que pensar muy bien antes de hacer la inversión, una apuesta segura: acaba de aparecer acá Sounds eclectico, una recopileta armada por Nic Harcourt, conductor del programa Morning become eclectic en la emisora KCRW de Los Angeles. El tal Harcourt es un gringo con inquietudes que descubrió las bondades del rock latino, y empezó a invitar gente a que tocara en el estudio: así surgió este compilado, una pequeña perla que incluye a Jorge Drexler, solo con su guitarra y una hermosa versión de "El pianista del gueto de Varsovia"; Café Tacuba y "La muerte chiquita"; una alegre revisita de "Clandestino" con Manu Chao y Madjid Fahem; un poco de deliro con Kinky y "Sol (batucada)", los eternos Los Lobos y "Carabina .30-.30", un "Insensible" deforme y en francés con Juana Molina /Kabusacki / Alejandro Franov... el arte lo hizo Beck, pero lo que más importa es lo que suena. En esta Navidad te van a querer vender un montón de cosas: esta es una de las que vale la pena.

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29.11.05 

Una sigla

Un comment que dejó ernesto puesto:

"CAPIF = Cámara Argentina Para el Incremento de la Fealdad"

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Discusiones

El post sobre Duran Duran provocó un comment muy enojado de un lector, señalándome un error –había puesto “John Taylor” en vez de “Andy Taylor”- y furioso porque criticaba el show del grupo y por eso no iba a verlo, al que cometí el error de contestar casi con el mismo enojo. La cosa subió de decibeles y decidí borrar toda la cadena de comments, sobre todo porque no me interesa que este espacio sea un intercambio de insultos al pedo. Pero sí me interesa dejar en claro algo que a veces no parece estarlo: este blog no pretende ser un lugar estrictamente periodístico, ni dar ejemplos de supuesta excelencia, sino un campo de juego en el que, si quiero emitir una opinión que se sale de ese marco y se me antoja, lo haga. Que alguien venga a acusarme de si soy más o menos periodista, mejor o peor periodista, por las cosas que escribo acá, es un sinsentido. Que esa persona tenga o no autoridad moral o profesional para hacerlo, también es otro tema.

También, pongámoslo así: a quien lea este blog y no le guste lo que dice… hay millones de otros blogs para perder el tiempo.

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Duran Duran: teléfono...

Anoche me puse a mirar un rato el Live 8, y el asunto me dejó una revelación. Por un lado, me divertí bastante con el papelón de este muchacho Pete Doherty, de Babyshambles, que estuvo como invitado de Elton John en "Children of the revolution" (de Marc Bolan) y salió todo glam, maquillado y con gorrita de policía, pero se puso tan nervioso porque la gorra que se le caía que hizo cualquiera, titubeó un par de veces con la letra, entró mal en un compás y se fue recibiendo un saludo sobrador de Elton (que está cada día más señora gorda, pero tiene horas y horas de escenario), del estilo "nene, todavía te falta tomar mucha sopa para estas cosas".

Pero la revelación tuvo lugar en el escenario de Roma: allí aparece Duran Duran tocando "Wild boys" para un público no demasiado entusiasmado... y con razón: después de ver al guitarrista Andy Taylor con ese aspecto de recién salgo de la clínica de rehabilitación y necesitaba el laburo, y sobre todo a Simon LeBon gordito y paposo y echando gallos con cara de aburrido, difícilmente me den ganas de acercarme al Personal Fest.

Hay gente que no sabe retirarse a tiempo.

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27.11.05 

Esta noche en Pampa Salvaje

La tribuna lo pedía a gritos, y la verdad es que teníamos muchas ganas de hacerlo: por fin por fin, la División de Investigaciones Históricas presenta el Resumen Lerú de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota.

Omar Chabán volvió a la cárcel, apareció una bolsa de pescado podrido, se acerca el primer aniversario de República Cromañón. Y todavía nos quedan unas cuantas cosas por discutir.

Pampa Salvaje pregunta, y el Cocinero responde: un vistazo a la cocina de un disco inolvidable de Virus.

Ya tenemos suficiente de Harry Potter: en una semana en que te dan El cáliz de fuego hasta en el monitor de vigilancia, la logia de los puestos presenta las aventuras de harry puesto, un héroe de nuestros días.

Joseph Blatter no quiere que se cante más el himno, y está bien. El Menú de Canciones Para Toda Ocasión sugiere los himnos para cinco selecciones que estarán en Alemania 2006.

Black Sabbath ingresa al Rock and Roll Hall of fame, y Ozzy y Iommi no se ponen de acuerdo; la payasada del nombre que le quieren imponer a Obras; los problemas de Gary Glitter, la excelente performance del sitio de venta digital Itunes...

Y el Pronóstico de la Semana, el Noticiero Salvaje, el Reporte de Lanzamientos Discográficos y, como quien dice, un viva la pepa de proporciones.

A las 21, por Spika 103.1.

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24.11.05 

Maldito sponsorship

Transmito una gacetilla:

"PopArt, programador artístico del estadio, anuncia que desde ahora el nombre del mítico lugar es Estadio Pepsi Music.
Esta etapa que se inicia, será acompañada por la remodelación del estadio que se llevará a cabo el próximo año, razón por la cual no se programarán shows durante los meses de enero y febrero.
La iniciativa fortalece el siempre vigente compromiso de Pepsi con la música, brindando un lugar donde el público podrá vivir la música junto a reconocidos artistas nacionales e internacionales.
En el Estadio Pepsi Music se realizarán los recitales de mayor relevancia y trascendencia en el mundo de la música."

¡¡Ma déjense de joder!! ¡Obras, se llama! ¡¡OBRAS!!

¿Alguien llama al campeonato local de fútbol "Torneo Gillete Prestobarba Excel Ultra Trac 25"?

Como decían los rosarinos Mortadela Rancia: Esto es poco serio.

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22.11.05 

El alma no tiene IP

El tema de Capif y sus simpáticas demandas provocó que el domingo tuviéramos un Pampa Salvaje ciertamente incendiario. Hubo mensajes enojados para tirar al techo, y Goy Ogalde, desde un micro que lo traía de vuelta de un show en Mendoza, desparramó mierda para los sellos y dejó caer, a modo de consejo, que los archivos encriptados en RAR no permiten rastrear la dirección IP. "En internet siempre va a haber un montón de gente más inteligente que los de Capif", señaló el músico (y se me ocurre que en otros lados también).

La cuestión es que también salió a relucir el hecho de que gran parte de los temas bajados son de esos artistas que la industria nos coloca a repetición, gente previsible en el mejor de los casos, cuando no un simple ejercicio de basura sonora. Sigo sosteniendo la teoría de que hay gente para la que no vale la pena pagar 31 pesos por lo nuevo de ese artistejo al que la industria le pone todas las fichas mientras centenares de músicos se golpean la cabeza contra las puertas cerradas. En estos tiempos cuesta muchísimo enamorarse de un disco, del modo en que uno se enamoraba antes: todo se ha vuelto tan industrial, tan en serie, que los discos van y vienen, pasan y se van a acumular polvo en el estante, salvo honrosas y contadas excepciones. Difícilmente nos quedemos horas observando el arte del disco, escuchando las canciones, disfrutándolas, analizándolas, dejándose llevar. La gente que viene a intentar aleccionarnos sobre lo que es legal y lo que no, lo que debe hacerse para "defender los derechos de los músicos" y el daño que se le hace a la música en internet es la misma que conduce el negocio con anteojeras, apostando únicamente a lo seguro, explotando artistas, cuidando su gran quinta monopólica, colaborando en el esquema de que prendas la radio y solo suene lo que a ellos se les canta. Y lo que suena está lejos de conmoverte, de conmoverte de verdad.

Te pueden hablan horas de los artistas en función de lo que reditúan y llenar el aire de cifras, pero son incapaces de colgarse más de cinco minutos hablando de una canción, un estribillo, un disco memorable, de música, cuando nosotros podemos pasarnos tres horas hablando (¡otra vez!) de Dark side of the moon.

Adelante. Pueden demandar a medio mundo. Pero el alma no tiene dirección en internet.

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18.11.05 

Cuándo empezó 1984

Las últimas noticias me llevaron a recordar esta nota. Fue publicada el 2 de marzo de 2003, y parece un buen anticipo de lo que estamos viviendo...


Bienvenidos a 1984

Un día cualquiera, un joven recibe la visita de dos personas con corbata que exhiben credenciales del FBI: unos meses después, es sentenciado a dos años de probation y trabajos comunitarios por subir a Internet archivos MP3, copias de software y películas. En una universidad estadounidense, en tanto, un programa monitorea las conexiones de los internautas, identificando qué archivos están manejando y su contenido, sea musical, de imágenes o texto: ante la más mínima sospecha de encontrarse frente a un intercambio extraño, el programa individualiza y bloquea la dirección IP del usuario, que queda identificado para un posible proceso penal. Un diputado del Partido Republicano, el mismo partido que llevó al poder a un presidente mesiánico convencido de que es policía y juez del planeta, advierte: “Si en el campus de una universidad hay un asalto o un asesinato, debe acudirse a la Justicia. El intercambio de archivos es un delito, y debe tratarse del mismo modo”.

¿Un relato apocalíptico del cyberpunk William Gibson? ¿Una fantasía orwelliana acorde con los tiempos? Nada de eso. Realidad pura y dura: Jeffrey Levy, de 22 años, fue sentenciado el 20 de agosto de 1999, convirtiéndose en el primer procesado bajo una ley llamada No Electronic Theft (NET), responsabilidad de un tal Bill Clinton. La Universidad de Wyoming es hoy una prueba piloto de lo que puede aplicarse en todos los campus de Estados Unidos, como ensayo de escalas aún mayores: todos los estudiantes y profesores conectados a Internet están bajo monitoreo permanente. El diputado que honra al vigilar y castigar de Foucalt se llama William Jenkins, fue electo en 1997 por Tennessee, tiene una plantación de tabaco y sus hobbies son “la caza y la pesca”. 1984 llegó en 2003: Gran Hermano te vigila.

Cualquiera que esté más o menos al tanto de los movimientos en el medio musical de los últimos años sabe que la guerra contra Irak no es la única que impulsa Estados Unidos. Desde el nacimiento del MP3 hay una guerra declarada, de instancias y consecuencias imprevisibles, de posiciones irremediablemente incompatibles, entre una industria que comenzó a ver cómo se derrumbaba una larga y paciente ingeniería comercial, un mundo pirata que decidió hacer su propio negocio y un público que fluctúa entre las disquisiciones legales y el hecho de que nunca la música pareció tan liberada de las reglas de mercado. Las primeras etapas se quemaron a la vieja usanza, en los tribunales, con juicios iniciados contra sitios de intercambio como Napster, mp3.com, Scour y Audiogalaxy. Las interdicciones y sanciones surtieron efecto, pero por cada victoria brotaron como hongos en la red nuevos sitios de idéntica performance. Frente a ese panorama, entes como la RIAA (Recording Industry Association of America, es decir la industria discográfica), MPAA (Motion Picture Association of America, su par del mundo del cine) y BSA (Business Software Alliance, una asociación en la que juegan monstruos como Microsoft, Apple y Adobe Systems) empezaron a presionar al Congreso estadounidense en busca de una legislación más rígida, una letra que pueda interpretar el revolucionario cambio sufrido por las comunicaciones en el fin de siglo.

El debate sobre hasta qué punto los representantes de la industria están intentando defender los derechos de autor y hasta qué punto se trata de una defensa de sus propios ingresos siempre está abierto, pero lo que empieza a llamar la atención es otra cosa: el método. Ya no cabe la inocencia de pensar que los relatos de los años ‘60 y ‘70 son un ejercicio fantástico, ni hablar de creer que Internet es el epítome de libertad que supuso su lanzamiento y popularización. La ley que Clinton firmó en 1997 apunta directamente a los sistemas peer-to-peer inmortalizados por Napster: allí se fija una pena de un año de prisión para quien suba a un sitio de “archivos compartidos” una cantidad de files que supere los 1000 dólares y de hasta cinco años si la cantidad de archivos totaliza más de 2500 dólares, con multas de hasta 250 mil. Hasta el año pasado, la ley contaba una sola víctima –el pobre Jeffrey Levy–, pero en julio de 2002 un grupo de congresistas hizo llegar un duro comunicado al secretario de Justicia John Ashcroft, instándolo a comenzar “urgentemente” a procesar a todo el que suba o baje archivos en la red.

Basta pensarlo dos segundos para llegar a la conclusión: ese concepto incluye a la gran mayoría de la gente que circula online. Uno de los principales impulsores de la vigilancia en Internet, el senador –demócrata: en este partido, River y Boca se ubican en la misma tribuna– Joseph Biden, titular del subcomité sobre Crimen y Drogas, dijo a quien quisiera escuchar: “La innovación y creatividad americana debe ser protegida, tanto como deben protegerse nuestras propiedades, nuestros hogares y nuestras calles. Las leyes no están siguiendo el ritmo tecnológico, y eso hace que sea difícil combatir este crimen. Necesitamos que otros países trabajen en conjunto con nosotros si queremos frenar la reproducción ilegal y venta de productos americanos”. Cualquier semejanza con las diatribas del presidente Bush Jr. sobre la libertad americana y la actitud que debe mostrar el resto del mundo frente a los Saddam Hussein informáticos no es pura coincidencia. En 1984, Big Brother no sólo está atento a los más mínimos movimientos de los ciudadanos desde sus omnipresentes pantallas. También va dando cuenta de una guerra interminable, en la que ya nadie sabe quién es el enemigo.

De todos modos, llegado el caso el Congreso estadounidense puede tener un aspecto y funcionamiento similar al bolsa-de-gatos argentino. Además, el tema en discusión ofrece cada día nuevos aspectos y complicaciones, que llevan a enredar indefinidamente las discusiones. Vale un ejemplo: para frenar el copiado a mansalva de CD’s, la empresa Sony desarrolló un sistema anticopia llamado Key 2 Audio, una especie de “track bobo” que impediría su uso en quemadoras de CD. Lo estrenó con un disco de Celine Dion, A new day has come, y el título fue profético: el “nuevo día” no trajo un CD que le quitara dolores de cabeza a la industria, sino más bien una jaqueca bestial. El CD se negaba a funcionar en PC’s, inutilizaba las iMacs (no es una figura: los usuarios debieron llevar a arreglar su computadora sólo por tratar de reproducir el CD) y no funcionaba bien en algunos equipos de audio. Para rematar la historia, pronto un usuario despierto descubrió que el software que había costado miles y miles de dólares en desarrollo se podía anular... con un fibrón negro. Bastó “pintar” el muy visible “track bobo” –ubicado junto al borde externo del disco– para que Celine pudiera ser inmediatamente transformada en MP3. En sitios como www.boycott-riaa.com hubo algún chiste del estilo “compren ya fibrones negros, que pronto serán prohibidos”.

Algunas personas no deberían reírse tan rápido: el senador demócrata Fritz Hollings, a cargo del Comité de Comercio, presentó un proyecto de ley antipiratería que contemplaba “proceso criminal y juicios privados contra toda persona que utilice un Magic Marker negro para desactivar los sistemas de protección de copia incluidos en CD’s recientes”. El proyecto no prosperó. Por ahora.

Las noticias más preocupantes sobre la regulación de Internet no llegan, sin embargo, desde el Congreso. La Universidad de Wyoming bien puede ser el huevo de la serpiente, la incubadora del Gran Hermano. No es casual. Desde el comienzo del auge del MP3, los especialistas señalaron al medio universitario –el mismo que impuso un formato radial, el college, que llegó a poner de rodillas a las emisoras comerciales– como el medio ambiente ideal para el desarrollo de sitios de intercambio. La red de la universidad cuenta hoy con un policía exclusivo, creado por la compañía californiana Audible Magic (un nombre muy naïf para sus verdaderos propósitos), que posee la capacidad de “ver” –y poner ante los ojos del operador del sistema– todo lo que circula por sus líneas, desde una canción o una película hasta un mail amistoso. Utilizando el argumento de “regular el ancho de banda”, el programa limita el caño por el que circulan los datos, bloqueando de hecho todo lo que supere cierto tamaño, esté vulnerando el copyright o no.

Enterada del nuevo chiche, una asociación llamada EPIC (Electronic Privacy Information Center) inundó de llamados a la Universidad, el Congreso y los representantes de la industria. “El monitoreo del contenido de las comunicaciones es incompatible con la misión de las instituciones educativas, que es estimular el pensamiento crítico y la exploración. Este nivel de monitoreo no sólo es impracticable: es incompatible con la libertad intelectual”, argumentó el comunicado. Afortunadamente para quienes desean una Internet menos orwelliana, lo de “impracticable” no es una metáfora. El sistema de Audible Magic propone una especie de librería de “huellas digitales” que permitiría reconocer cualquier archivo de audio y obrar en consecuencia. Pero para eso hace falta armar la librería, lo que supone identificar con una huella todo material protegido por derechos de autor. Y eso, suponiendo que no aparezca otro usuario despierto con un fibrón negro digital.

Quizás alguien piense que todo esto sucede allá en el Norte, que tratándose del Congreso y las leyes de Estados Unidos sólo tendrá influencia allí, que no pasará de algunas fantasías paranoicas. Es un pensamiento tranquilizador, es cierto. Tan cierto como que sobre esa clase de pensamientos tranquilizadores se construyó el costado más salvaje de la globalización, tan inocente como creer que no habrá mayores consecuencias por aquí abajo cuando empiecen a llover bombas sobre Irak. Cuidado, Gran Hermano te vigila. Y no es el que conduce Solita Silveyra.

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17.11.05 

The police

¿Será cierto que, como me comentó un músico (de quien, por razones que se verán a continuación, prefiero reservarme el nombre), Capif está monitoreando muy atentamente todo lo que opinan los músicos con respecto a su botoneada judicial? ¿Será cierto que, frente a declaraciones que no les gusten, consideran iniciar acciones por "apología del delito"?

Guarda. La red se está llenando de chalecos naranja.

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16.11.05 

Juicios.mp3

(Publicado hoy en Página/12, http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/3-1041-2005-11-16.html)


En la guerra mundial emprendida por las compañías discográficas contra la piratería, la industria argentina tuvo ayer su propio día D: Gabriel Salcedo, director ejecutivo de la Cámara Argentina de Productores e Industriales de Fonogramas (Capif), anunció la puesta en marcha de veinte demandas judiciales contra usuarios argentinos de sistemas peer-to-peer como Kazaa, FastTrack, Bearshare, E-Donkey, BitTorrent y Soulseek. Así, la política de accionar legalmente contra quienes ofrecen canciones sobre las que no poseen derechos de autor, iniciada el año pasado en Estados Unidos (y que ya contabiliza 2100 demandas en el mundo), encontró aquí la primera cabeza de playa de toda Latinoamérica. Las demandas serán contra usuarios que ofrecen 5 mil canciones o más, pero, según afirmó Salcedo a este diario, “nuestra primera misión es ir contra los que mayor cantidad de música ponen a disposición, los que más daño causan, pero vamos a ir contra muchos más”.

En rigor, estas presentaciones no son aún contra las personas, aunque persiguen ese fin: lo que demanda la Cámara que agrupa a las cuatro grandesWarner, EMI, Sony BMG y Universal– y un puñado de sellos independientes, es que la Justicia civil determine quiénes son los propietarios de las direcciones IP de internet donde se detectaron carpetas llenas de archivos musicales. A partir de allí, según Salcedo, Capif solicitará una indemnización por daños y perjuicios, cuyo monto determinarán los jueces de acuerdo a cada caso. El anuncio llega en un momento en que la industria musical está redoblando sus esfuerzos para tratar de revertir una situación que escapó a su control, y que en los últimos cinco años produjo una brusca caída en las ventas. De hecho, ayer se realizaron conferencias similares a la del C. C. Recoleta en otros catorce países: Austria, Dinamarca, Finlandia, Francia, Alemania, Irlanda, Italia, Japón, Holanda, Inglaterra, Suiza, Suecia, Hong Kong y Singapur.

La iniciativa, además, viene acompañada por una reformulación intensiva del negocio. Desde los ya lejanos tiempos de Shawn Fanning y el pionero Napster (hoy reconvertido en sitio legal), la industria estuvo siempre un paso atrás de lo que sucedía en internet, y le llevó tiempo diseñar un nuevo formato del negocio. Pero la venta de música en estado virtual está explotando: para dar un par de ejemplos, en el primer semestre de este año se contabilizaron 800 millones de dólares, mientras que la puesta en marcha del Video IPod significó la venta de un millón de videoclips en solo 20 días. Para terminar de formular el mercado del nuevo siglo, los dueños del negocio necesitan limpiar la red, sea de piratas a escala industrial o de pibes para quienes el download es una forma de acceder a música que no pueden conseguir o no pueden pagar, o una módica forma de rebeldía frente a un mercado que concentra la mayoría de la música en cuatro corporaciones, tiene el 85 por ciento de la comercialización repartido en dos firmas (Musimundo y el Grupo Ilhsa), y por ende puede fijar un precio abusivo de 30,90 pesos por CD. Precio del cual los músicos perciben, en el mejor de los casos, 2 pesos.

Un informe presentado ayer por Capif y realizado por la consultora Cuore Consumer Research buscó ajustar el retrato del downloader promedio. El reporte, en base a 700 encuestas realizadas en los principales centros urbanos del país, determinó que el perfil predominante de los usuarios de tecnología P2P es de jóvenes de buen nivel socioeconómico: solo el 6 por ciento de quienes confiesan bajar canciones de Internet pertenece a sectores de bajos recursos. “La excusa de no tener plata es más del que compra discos piratas en la calle”, señala Salcedo. “El perfil de bajadores que predomina es de jóvenes de 20 a 25 años que tienen banda ancha hogareña, de clase media y media alta. No estamos demandando a pobres tipos, sino a aquellos que claramente pueden comprar discos y no lo hacen porque no les da la gana, porque se los pueden bajar.”

–¿Por qué la estrategia judicial comienza en Argentina, y no en mercados mucho más grandes como México o Brasil?
–Con honestidad brutal, porque quisimos y decidimos hacerlo. En Argentina, el crecimiento de la banda ancha es enorme y la cantidad de música que circula también. En México quizá no hay tanta banda ancha y en Brasil quizá la pobreza es mucho mayor. El mercado de internet local es muy importante, y cinco compañías grandes (Claxson, DBN, EPSA, Infobae y Musimundo) decidieron poner en marcha portales de venta. Lo que hacemos no es casualidad, tiene que ver con el desarrollo del mercado, las posibilidades que ofrece. La misión de esta campaña es masajear el mercado. En Estados Unidos, Europa, Canadá, Australia, la mitad de la gente baja musica legal de internet: el objetivo es abrir posibilidades a artistas argentinos para que sus canciones sean compradas a través de internet.

–Pero el mercado argentino no es el Primer Mundo...
–Cada mercado tiene su particularidad, pero en Argentina se venden discos, y se venden muchos discos de artistas argentinos. Acá hay una industria y hay artistas, y nuestra visión es que, para que siga habiendo industria, tiene que seguir habiendo artistas que puedan desarrollar su carrera aquí. Al final del día, los artistas venden su música fundamentalmente en Argentina, no tanto en el exterior. Queremos fortificar el mercado argentino.
–Las primeras versiones hablan de un precio standard de un dólar por canción. No parece muy sensato para convencer a la gente de que deje de bajarse temas.
–Una canción quizá cueste menos que un café, y un disco completo va a costar menos que lo que cuesta en la disquería.

Así las cosas en la madre de todas las batallas en la industria musical: el mismo reporte de CCR indica que, mientras en 2004 se bajaban 9 canciones por semana y por hogar, este año la cifra llegó a 22, lo que da un total de 412 millones de canciones, equivalentes a 31 millones de discos. Demasiado para un mercado que, en lo que va del año, lleva vendidas doce millones y medio de unidades. Suficiente para que los capitanes de la industria empiecen a golpear las puertas del juzgado.



La opinión de los músicos

(en el sitio de Página hay más opiniones, pero reproduzco la de Goy Ogalde, de Karamelo Santo... que es la que más me gusta)

“Mi opinión es que Capif representa el poder de los sellos discográficos y forma parte de una industria que ha sido egoísta con la gente que hace arte. Personas que vendieron muchísimos discos terminaron en bancarrota gracias a las prácticas de esas empresas, que te defienden mucho mientras tu tema está en los rankings y después te dejan en banda. Personalmente relaciono lo que está pasando con la idea de que a las empresas se les está acabando el negocio y no están a la altura de los tiempos modernos. No pueden entender que el hecho de que la gente se pase música no es una cuestión delictiva sino una tradición del país. En consecuencia, antes de hacerle un proceso a alguien hay que parar la pelota y ver qué propone esta época. Lo único que estas acusaciones van a generar es que se creen programas paralelos para que todo continúe. De manera que hay que relajarse y entender que la industria por medio de un soporte material está muerta. Gracias a Internet, se viene un proceso de democratización de los medios y esta gente, que durante años hizo fortunas, está dando manotazos de ahogado. Espero que algún día las compañías se den cuenta de que están defendiendo una causa perdida”.

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14.11.05 

Memorias

Mi primer recital de rock fue a los 12 años. Era 1980, y el padre de un amigo nos llevó a ver a Moris a Obras Sanitarias. A Moris lo conocíamos sobre todo por “De nada sirve”, que era fácil de tocar en la guitarra y te daba ganas de cantar a los gritos “de nada sirve escaparse de uno mismo”, y también decía “volvemos a la cama, que es un gran lugar para dormir o para fifar, cuando lo consiguen, en este mundo es difícil está reglamentado” y sonaba a cosa prohibida, a que al fin teníamos algo serio para esconder.

El padre de Diego nos contó que Moris vivía en España, que se había tenido que ir de Argentina por rockero y por las cosas que cantaba, que no le gustaba cantar en vivo “El oso” y especialmente “De nada sirve”, porque había sido más bien una zapada y no la consideraba una canción hecha y derecha como para tocar en vivo. Pero que Moris tenía otras buenas canciones, y que esta visita nos daba una gran oportunidad para debutar en un recital de rock.

Con los ojos seguramente como platos y las orejas igualmente abiertas, presencié desde la platea cómo un amplio sector de la popular se paraba y estallaba al grito de “Y dale Pappo, dale dale Pappo!!”, y “Pappo presidente, Vitico canciller”. No entendí muy bien por qué cantaban eso si no tocaba Pappo, pero les envidié la piel curtida de rock, esa pertenencia a un universo diez veces más atractivo que el mío. Algunos ensayaron también un “Se va a acabar la dictadura militar”, pero había demasiada precaución en el aire como para que se generalizara el cantito. Eso no lo pensé en ese momento, eso lo analizo ahora.

En mi memoria, el recital de Moris estuvo buenísimo. El mero hecho de ver a un tipo tocando la guitarra eléctrica sobre el escenario me produjo una impresión inolvidable, pero además tenía presencia, una parada firme y un vozarrón con arrastre gallego que obligaba a prestar atención. Y tocó “De nada sirve”: más lenta y con la letra medio cambiada, pero respetando la cama para fifar y repitiendo que “están podridos y aburridos de este mundo que está podrido”.

Un par de semanas después leí en una revista que el recital había estado más o menos, que Moris no había puesto todo de sí y blablablá, y pensé lo mismo que, años después, deben haber pensado más de cuatro después de leer una nota mía criticando a sus músicos predilectos.

La cuestión es que me agarré la peste.

Y entonces recuerdo shows de Spinetta en Pinar de Rocha a las tres de la mañana y a cinco metros de altura en una cancha de básquet en Vélez, y la cola gigante para entrar a la Rural el día de Seru Giran gratis y Memphis en un bar de mala muerte donde para matizar la espera pasaban una grabación del sábado anterior y se escuchaba a Memphis tocando y el griterío y el ruido de mesas rotas en una trifulca generalizada, y la noche que pasé por La Esquina del Sol y tocaban los Redondos pero no entré y jamás se me ocurriría decir que yo los vi cuándo éramos veinte, y Miguel Mateos -¡Miguel Mateos!- en Shams de Belgrano y a Punto Rojo en Tizona de Flores con Walter Giardino de guitarrista y un batero que doblaba el martillo del pedal de bombo a los golpes y al fin los Redondos, pero en el Fénix de Flores y cuando ya eran muchos más que veinte, y guitarras, bajos, baterías, teclados y cantantes arengando.

25 años después, se me está llenando el disco rígido.

Necesito una memoria en MP3.

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9.11.05 

Los discos mueren, la industria factura

(Publicado hoy en Página/12, http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/7-969-2005-11-09.html)


La novedad llena de entusiasmo a las discográficas argentinas, que en medio de un reverdecer de las ventas llevan adelante la que esperan sea la última gran andanada contra la piratería. Antes de fin de año, la distribuidora DBN y la discográfica y fabricante EPSA lanzarán los primeros sitios locales de venta virtual de música, siguiendo una tendencia que impera en el resto del mundo y que se complementa con una serie de amenazas legales para que los usuarios dejen de bajar en la red canciones protegidas por copyright. La iniciativa tendrá sus contras, como que, debido a que usan la plataforma Windows Media, las canciones bajadas no se podrán usar en el Ipod. Pero, además, el precio deberá respetar los estándares internacionales, a un dólar más IVA. Resulta coincidente con una política de precios que acaba de llevar el full price –el precio de nuevos lanzamientos de artistas de primera línea– a $30,90 (eso es lo que cuesta Extraordinary machine de Fiona Apple), pero cuesta imaginar que miles de personas abandonen la cultura del download gratuito para pagar alrededor de $3,50 por una canción.

Corren tiempos extraños. En los últimos días, la Cámara de Productores e Industriales de Fonogramas (Capif) viene replicando las acciones realizadas en el resto del mundo: primero fue una demanda contra Speedy, la proveedora de Internet de Telefónica, por realizar una campaña publicitaria que apuntaba a la facilidad para descargar música. Después, los usuarios del sistema peer-to-peer Kazaa comenzaron a recibir mensajes instantáneos recordándoles que ofrecer archivos sobre los que no poseen derechos es ilegal y puede generar acciones judiciales. En la calle, la policía confisca el material de quienes ofrecen copias truchas. Acciones que buscan desmantelar el próspero mercado pirata, que desde hace años viene erosionando el mercado.

La apuntada política de precios (debe recordarse que, en Argentina, el 85 por ciento del mercado se reparte entre Yenny, El Ateneo y Dromo, del grupo Ilhsa, y Musimundo) suele llevar a que la piratería sea cubierta con una pátina de romanticismo, una visión de que conseguir un disco sin pasar por caja es una revancha contra una industria avara: las compañías hacen firmar contratos por los cuales un músico se lleva entre el 4 y el 14 por ciento del precio de venta al negocio minorista (sólo los muy grandes pueden negociar algo mejor), que a su vez remarca entre un 70 por ciento y un 100 por ciento antes de poner el disco en las bateas. Es decir: de un disco que el consumidor final paga 28 pesos, el músico promedio se lleva... entre 70 centavos y 1 peso. Pero tampoco es sensato dejarse llevar por el “romanticismo”: la industria le deja al músico las migas del negocio, pero los piratas no le dejan nada y se apropian de sus canciones sin siquiera un mínimo porcentaje a cambio.

Dicho todo esto, cabe introducir otro par de cuestiones. Lo que las compañías no parecen terminar de comprender –o sí, pero prefieren hacerse las distraídas para no resquebrajar el discurso– es que el pirata es sólo uno de los agentes contra los que compiten. La industria musical compite consigo misma: la caída en la venta de discos no tiene que ver exclusivamente con los archivos ilegales o los piratas industriales, sino también con una diversificación del negocio y una explosión tecnológica que ofrece al consumidor un sinnúmero de opciones. Vale repasar algunas noticias de los últimos días para tener la dimensión de hasta qué punto la industria llora una y otra vez por la leche derramada, pero prefiere el perfil bajo con respecto a las nuevas técnicas de ordeñe: esta semana, el P2P Grokster detuvo un juicio pagando cerca de 40 millones de dólares y cesando sus actividades, mientras IMesh anunciaba su paso al lado legal, valuando sus canciones en el standard de 99 centavos de dólar. Apple, la compañía que puso en marcha ITunes (con más de dos millones de tracks), vendió un millón de videoclips para su Video Ipod en sólo veinte días.Tomando nota de que la música del juego Super Mario Bros se mantiene en los primeros puestos del ranking Billboard de ringtones (¡un ranking de ringtones!), el gigante de los videojuegos Electronic Arts anunció que venderá en la red canciones de juegos como The Sims, FIFA Soccer 2005, NBA Live o Need for Speed. En Argentina, la compañía Toing cerró un acuerdo exclusivo para vender ringtones y backtones de Babasónicos, la banda que lidera el ranking de venta de discos de octubre. El catálogo de John Lennon (exprimido una y otra vez en recopilaciones de todo color en CD) saldrá por primera vez a la venta en ITunes; el primer semestre de 2005 arrojó ventas digitales por casi 800 millones de dólares, las ventas de DVD musicales trepan y trepan...

Queda claro que la culpa de todo no la tienen los piratas, y que si los discos se venden menos es porque la gente está comprando otras cosas que les ofrece la industria musical. Así como el CD reemplazó al vinilo, las nuevas formas del negocio se van fagocitando a las viejas. Y por último: ¿no será hora de aceptar que si los discos dejan de venderse quizá sea porque la industria se volvió cada vez más y más conservadora, editando artistas sin vuelo, productos a repetición, música predecible, fórmulas probadas, productos televisivos o simple y mera basura? Quizá lo que suena vale tan poco la pena que la gente prefiere gastar poco en una copia pirata o bajárselo gratis. Quizá sea hora de saltearse un poco el discurso oficial y ponerse a debatir en serio, sin histerias y poniendo todas las cartas en la mesa.

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8.11.05 

Un cover

Hablando de actitudes cortesanas: Los Piojos, la Bersuit y los Ratones Paranoicos, en el Luna, con un ballet de chicas ligeras de ropas, cantando con toda su pasión el tema que el bailantero Rodrigo le escribió al Diego.

¿Para cuándo el disco homenaje a Aldo y los Pasteles Verdes?

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7.11.05 

Bufones en la corte

Hace una punta de años, el músico era un tipo que laburaba para la corte. Por supuesto que no era la única manera en que la música se manifestaba, pero era la, digamos, oficial. El noble en cuestión pagaba por un cierto número de composiciones, y el músico iba y escribía y componía y se lucía en los salones de la alta sociedad. Todo iba muy bien hasta que aparecieron tipos como Beethoven o Mozart que se empecinaban en “expresarse” a través de la música en vez de seguir las reglas habituales de la música, casi matemáticas. Y el noble y los invitados a la fiesta empezaron a no entender, y entonces apareció un supuesto experto en la apreciación musical que les explicaba todo: un crítico de música.

Como ves, ya estábamos todos.

A mí me gustaba cuando el Indio Solari usaba el término “cortesano”. Digo, el campeonato del cinismo tan común en el medio nos lleva a que hay que descreer de todo, relativizar todo, tener siempre a mano un comentario sarcástico. Pero los Redondos hicieron un par de cosas por la historia del rock argentino, y las hicieron por afuera de la corte. Sus aciertos y sus errores fueron exclusivamente suyos, y no vas a ver en la disquería la enésima recopilación con “Lo mejor de los Redondos” hecha con dos guitas y un arte espantoso.

Pero la corte es más multitudinaria que nunca y sigue encargando un cierto número de composiciones, aunque con el tiempo se ha puesto un poquitín demasiado avara. Otra vez: no es la única manera en que la música se manifiesta, pero es, definitivamente, la oficial.

La industria discográfica le paga al músico entre un 4% y un 14%, -20 por ciento máximo para artistas que te revientan los charts-, del precio de venta al comercio minorista, que a su vez recarga entre un 70 y un 100 por ciento antes de ponerlo en la batea. Generalmente le negocia las regalías por duplicación mecánica o las regalías por disco vendido, y se queda con el control de los derechos sobre las canciones. Por el disco que vos pagás 28 pesos, el músico promedio se lleva entre 70 centavos y 1 peso.

Desde que el mp3, internet y la banda ancha metieron la cola, la venta de discos cayó en picada. Y aunque hay un rasgo romántico en eso de “cagar a la industria”, lo cierto es que los piratas superan en maldad a los supuestos avaros de la historia: sí, las compañías les tiran las migas de negocio a los músicos, pero los piratas no tiran ni eso. Entonces, menos romanticismo, que a los músicos los cagan de los dos lados.

Todo eso es cierto, pero hay algo que la industria no quiere reconocer, no se da cuenta o lo sabe y se hace la distraída para no resquebrajar el discurso: la piratería es solo uno de los factores de la caía de ventas. La competencia no es solo con el disco trucho, la competencia es con todo lo demás que la era moderna te ofrece para consumir, consumir, consumir.

Te venden máquinas reproductoras de devedés a precio vil, te ofrecen toda clase de contenidos por internet, te venden el aparatito para reproducir un millón de canciones y diseñan sitios con canciones en formato virtual pero legales, oficiales, te programan juegos que parecen películas de alto presupuesto, te ofrecen un menú completito de ringtones y backtones que empieza a dar sus buenos morlacos y ya tiene ranking en la Billboard, tenés dos teles en cada casa, radio común y por internet, mensajes instantáneos, teléfonos que preparan martinis... ¿y quieren que la gente tenga tiempo para ponerse a escuchar una pila de CD’s que se compró en el UltraStore?

La industria compite con sí misma, y tampoco quiere aceptar que si los discos dejan de venderse quizá sea porque se la pasan editando artistas sin vuelo, productos a repetición, música predecible, fórmulas probadas, productos televisivos o simple y mera basura. Quizá lo que suena vale tan poco la pena que la gente prefiere gastar poco y comprar una copia pirata o bajárselo gratis.

La corte se llenó de bufones.

Y eso de que millones de moscas no pueden equivocarse es una vieja y burda mentira. Piénsenlo, muchachos detrás del escritorio: llega un punto en que uno se cansa del olor a mierda.

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4.11.05 

Havannets

No hay ninguna justificación posible para el vandalismo al pedo (que le dará letra a los radiodiezistas durante toda la semana), pero puede llegar a comprenderse la furia contra empresas telefónicas, representantes del imperialismo yanqui como McDonald's y esas cosas. Pero la jornada de Mar del Plata mostró también a los muchachos decididos a cumplir hasta el fin las consignas de todo viaje a la costa, cuando hicieron una parada en Havanna y se llevaron todas las cajas que pudieron cargar.

Paz, pan, trabajo... ¡¡y alfajores para todos!!

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2.11.05 

Purple surgery

La era dorada del pop se resquebraja a pasos agigantados: no bastaba con los abusos a menores de Máikol (ah, no, cierto que el jurado descubrió que era inocente), no basta con Madonna peléandose con los rabinos por la utilización del nombre Isaac (el mismo de un rabí al parecer sagrado) "en una canción con fines de lucro". No, es peor, más ridículo: Prince se tiene que operar de la cadera. Parece que a la deidad púrpura de Minneapolis le está costando caro su complejo de baja estatura, ya que el uso continuo de zapatos de tacón alto, para caminar y para bailar a lo loco en el escenario, le jodió la cadera, ahora le duele todo y se tiene que arreglar.

¿Lo veremos con las ropas de Mamá Cora en una entrega de Grammys, con bastón y afirmando con voz gangosa "lo que pasa es que me di un golpe en la cadera..."?

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  • Eduardo Fabregat
  • Buenos Aires, Argentina
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