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Para el mundo de los no-fanáticos del universo de la
Fuerza –que los hay, y son unos cuantos–, la andanada de asuntos relacionados con el estreno de la última
Star Wars se parece más a un dolor de marketing que a una cita de honor. ¿Cuáles son los piolines que mueve la historia pensada por
George Lucas en 1971, cuando era un ignoto director aficionado, y que finalmente filmó en 1977, contra los pronósticos de todos sus conocidos? En la época del estreno de
Star Wars Episode IV - A New Hope, el cine de ciencia ficción recordaba las mieles del éxito de
2001: A Space Odyssey, de 1968, pero no recibía demasiada atención de los estudios. Pero Lucas no pensaba en un producto tan “científico” como el de
Stanley Kubrick: quería rescatar el espíritu lúdico de los seriales de
Flash Gordon, y volver al escenario de las viejas películas de los ‘50 y ‘60, en un diseño menos camp y una batería de efectos especiales que las hiciera más convincentes. En el guiso final terminó mezclando las epopeyas de guerra, el cine de espadachines, las sagas nórdicas, algo de
Tolkien y un toque de conflicto psicologista (El
“Yo soy tu padre” de
Darth Vader a
Luke Skywalker en
The Empire Strikes Back sigue apareciendo cíclicamente en películas, series, dibujos animados y un largo etcétera), sin olvidar la cuestión base de todo film de aventuras: la eterna lucha del bien contra el mal.
Star Wars se estrenó, con escasísimo ruido y poca promoción, en un puñado de salas de Estados Unidos. Poco después, ya era un hito del cine contemporáneo.
El logro no es nada menor. Salvo
Sir Alec Guinness (
Obi Wan Kenobi) y
Peter Cushing (
Grand Moff Tarkin), los actores eran perfectos desconocidos, la línea argumental no convencía a nadie y los diálogos no resistían mucho análisis. La filmación fue una auténtica pesadilla, con máquinas que producían innumerables problemas (Lucas y su equipo diseñaron una cámara especial para filmar las batallas), una tormenta inesperada que destruyó toda la escenografía en Túnez –donde se filmaban las secuencias del desierto de
Tatooine– y una fase de filmación en Inglaterra con los técnicos locales cuchicheando entre sí sobre la pavada que estaban filmando, y haciendo pausas reglamentadas para tomar el té que retrasaban todo aún más.
Y, sin embargo, el mundo deliró. El asunto era simple y estaba bien adornado: estaban los malos, el Imperio; y los buenos, los Rebeldes. Con la
Princesa Leia (
Carrie Fisher) a la cabeza, los Rebeldes habían conseguido los planos de la
Estrella de la Muerte, una estación espacial con mortífero poder de fuego. Pero Leia caía en poder de un villano de esos que dejan marca,
Lord Darth Vader (
David Prowse, con la profunda voz de
James Earl Jones), y allí tenían que ir al rescate
Luke Skywalker (
Mark Hammill), un granjero que descubría habilidades desconocidas con el sable de luz gracias a la enseñanza de algo llamado la
Fuerza, a cargo del viejo Caballero Jedi Obi Wan Kenobi (Guinness); el pirata espacial
Han Solo (
Harrison Ford) y su peludo acompañante,
Chewbacca the Wookie (
Peter Mayhew). En el medio, una colección de bichos galácticos de toda clase y dos robots que se robaban la película: el cargoso
C3PO (
Anthony Daniels) y el encantador
R2-D2 (
Kenny Baker). Al final el bien triunfaba, Tarkin moría en la explosión de la Estrella de la Muerte y Vader zafaba por poquito.
A medida que fueron pasando los años, Lucas acomodó el discurso de acuerdo a lo que iba sucediendo, y así es que hoy asegura que todo lo que vino después estaba en los planes previos. Pero lo cierto es que esa decisión de empezar por el número cuatro y dar una síntesis explicativa al comienzo era su homenaje a la cultura de los seriales: la recaudación de
A New Hope fue lo que decidió la realización de la trilogía. En 1980,
Irvin Kershner dirigió la que es considerada (al menos hasta ahora) como la mejor del paquete:
El Imperio contraataca. Más oscura y con un Hammill algo estragado por los excesos que el éxito le había permitido cometer, la segunda peli introdujo la paternidad de Vader, al anciano
Maestro Yoda, el pirata redimido
Lando Calrissian y varias líneas a cerrar en la siguiente peli, como el congelamiento de Han Solo en un bloque de carbonita. En 1983,
El regreso del Jedi fue la más naïf del trío, con un cierre de telenovela (Luke y Leia son hermanos, papá Vader se redime y todos contentos), personajes más de merchandising que con valor dramático (como los
Ewoks), pero aún así con escenas de colección, como el duelo entre Luke y Vader y la siniestra presencia del
Emperador (
Ian McDiarmid).
McDiarmid, además de los androides tipo
Laurel & Hardy, es uno de los pocos que reaparece en la nueva trilogía, que Lucas arrancó en 1999 con
La amenaza fantasma y siguió en el 2002 con
El ataque de los clones. Decidido a contar la historia de Vader desde su infancia como
Anakin Skywalker, Lucas dio un primer film algo decepcionante y un segundo que levantó la puntería, sobre todo porque se veían venir todas las amenazas que estallan en la película que se estrena el próximo jueves. De a poco, aprovechando los hilos sueltos de la trilogía original e inventando sobre la marcha para llenar los agujeros, explicar detalles de la historia, hacer guiños al espectador avezado y cerrar todo con un moñito, George Lucas se dio el gusto de completar a lo grande aquella línea inicial de
“Hace mucho tiempo, en una galaxia muy, muy lejana...”. En sólo siete días, millones de personas conseguirán el milagro de no pestañear por un par de horas, para llegar al final y descubrir, con algo de melancolía, que acaban de clausurar una parte de su infancia.
Etiquetas: cine