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2.5.06 

Macocos!

Hace ya casi cuatro años, cuando colaboraba para Rolling Stone, ofrecí, aceptaron y realicé una nota sobre Los Macocos. El editor Victor Hugo Ghitta me pidió que la reescribiera (lo hice) reforzando las primeras personas y las diferentes situaciones, y entregué el resultado final, que está acá abajo. Ghitta sostuvo que era "impublicable", y no solo no la publicaron sino que tampoco me la pagaron (y me dio fiaca sumarme al pelotón de periodistas que le han hecho juicio, por diferentes atropellos, a RS). Los Macocos la tienen colgada en su sitio (que está muy bueno, véanse los links) desde hace rato. Incluso tienen linkeada la explicación que dio tiempo después la revista para al menos mostrar la producción fotográfica que habían hecho. Los Macocos bajaron de cartel, es cierto. Cinco meses después de esta nota impublicable.


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La primera vez que los vi era 1986, y era otro país. Mejor dicho: otro planeta. A Raúl Ricardo Alfonsín se le empezaba a resquebrajar la primavera y Buenos Aires se preparaba para la Gran Fiesta Dark. El Prozac estaba lejos de inventarse, pero de todos modos el Prozac nunca fue una cosa muy argentina. Y lo que había a nivel urbano era más cocaína que marihuana, más alcohol que otra cosa, mucha fiesta y militancia, tonos menores y pelos parados, efervescencia cultural y menos miedo de salir a la calle que en los tiempos de los anteriores ocupantes de la Rosada.

(En 1986, los Redondos editaron Oktubre, Soda Stereo Signos, Sumo Llegando los monos y Luis Alberto Spinetta, Privé . Batato Barea, La Noy, Urdapilleta, Tortonese, La Organización Negra, las Gambas al Ajillo y el Clú del Claun ocupaban el Parakultural. Maradona conquistaba el mundo en México. 1986, buena cosecha)

Una noche de julio fui a parar a una fiesta en la Escuela Nacional de Arte Dramático. En un momento cualquiera de la velada terminé bajando unas escaleras –creo– y me encontré en una sala que recuerdo chica y cargada de porro, frente a un biombo de mimbre común y corriente.

Detrás del biombo funcionaba un submarino, con sonar y periscopio incorporado, y la gente se partía de risa.

El submarino era Daniel Casablanca, Joaquín Romero y Martín Salazar. O, como decía el volante que repartían por ahí: ¡Macocos!

El papelito explicaba: Los Macocos no hacen teatro, lo deshacen. Los Macocos no ensayan, sólo estrenan. Los Macocos tienen tres carátulas: la tragedia, la comedia y la estupidez.


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Varios años después, en un departamento de Palermo (nada de Palermo Hollywood: Palermo, gracias), Casablanca, Salazar, Marcelo Xicarts, Gabriel Wolf y el director Javier Rama intentan encontrar alguna explicación a los 17 años y los doce espectáculos de su banda de teatro . Una obviedad dice que han sabido sostenerse uno a otro, soportarse, quererse, divertirse y aprender, pero lo más obvio en realidad es que su público les juró algo parecido a la fidelidad... una fidelidad promiscua: en julio y agosto, La fabulosa historia de los inolvidables Marrapodi “a la gorra” generó cinco funciones semanales en un Teatro Lorange siempre repleto. Pero eso es historia reciente, y no termina de explicar quiénes son, ni cuántos Macocos han sido los Macocos.

"Aquel sketch del submarino era un poco el reflejo de lo que pasaba, de esa Argentina que estrenaba democracia”, recuerda Daniel. “Era un momento muy especial, en el que todos los grupos pensaban que iban a existir por un montón de años. Hacías un número y ya le ponías un nombre al grupo y disparabas a algún lado. Estaba todo permitido, y fue muy natural empezar en ese marco. No era necesario un teatro. Te parabas en la esquina, se juntaban veinte personas y te mostrabas.”

Se mostraron. ¡Macocos! les dio rodaje en pubs, pequeñas salas, municipalidades del interior y un lugar que después se convertiría en su base de operaciones, el Centro Cultural Rojas. Pero si la obra debut se presentaba como idioteatro, apelaba al clown, al puro humor y a la ingenuidad, lo que vino después acompañaría y reflejaría los primeros derrumbes argentinos posdemocracia. “Cuando empezamos era tan oscuro lo que habíamos vivido, que te parabas en un lugar más oscuro que lo oscuro, una cosa repunk como La Organización Negra, o en un lugar naif para sacarte eso de encima. Pero la realidad nos fue llevando a un lugar cada vez más denso”, memora Martín. “Esa alegría del 85, 86, había desaparecido en 1988”. 1988 fue entonces el momento de Macocos Chou, de cambios que llevaron a la planta definitiva de integrantes y de la preparación del espectáculo que puso la piedra basal de un público fanatizado, muy similar al de... sí, al de rock.

“Desde el comienzo queríamos recuperar el espíritu del rock and roll en el teatro. No queríamos hacer obras de otros, no queríamos ser concertistas”, dice Martín. Por eso, Macocos, mujeres y rock fue una ácida reflexión sobre el amor perdido y los caprichos de Molly –una títere de tamaño natural, cabellera rubia e instinto de mujer fatal–, pero también la primera encarnadura del grupo como cuarteto de rock. Macoco Dan en teclados, Macoco Matt en guitarra, Macoco Mark en batería y Macoco Gab en bajo comenzaron a enfrentarse a un auditorio que nada tenía que ver con el teatro oficial. Las medianoches del Rojas vieron desfilar a una caterva de jóvenes eufóricos, sacados, participativos, capaces de intervenir en la puesta y “aprenderse las canciones”, entendiéndose por eso no sólo la música sino también cada texto actuado. “No queríamos salir en la cartelera de teatro, queríamos salir en la de rock, poníamos avisos en el ”, apunta Marcelo. “El grupo nos permitía el sueño de la banda de rock a través del teatro... incluso hasta tocar en Cemento”, completa Daniel. “Pero también quisimos autoproducir Mujeres y rock, invertir dinero como si fuera parte de recibirnos de Macocos, pagar nuestra Universidad.”

Ahora es domingo a la tarde y afuera del Teatro Regio llueve como si fuera la última vez. Parece apropiado: la lluvia es una constante en Los Albornoz, la obra representada en el Teatro de la Ribera durante 2001 y reestrenada en el Regio, que retrata a una familia argentina a la cual la palabra “decadencia” le queda chica. Una sensación que, según dice Daniel antes de subirse al último ensayo general, siempre fue conocida. “En los tiempos de Mujeres y rock estaba la hiperinflación y hacíamos presupuestos distintos todos los días. Aunque no estés hablando temáticamente de eso, lo estás viviendo, influye en vos y en el espectador. Lo suficiente como para que 5 o 6 años después estés hablando de la crisis y lo tengas manyado”. A medio vestir como su personaje de Graciela Albornoz, Gabriel recuerda que “las sensaciones del 89 eran, a pesar de todo, de mucho entusiasmo artístico. Era la primera vez que ibamos a tocar rock, estábamos muy calientes con eso. Se armó un microclima artístico que el afuera... el afuera es un bombardeo de información, pero armás tu propia realidad.”

Pero la realidad real no iba a desaparecer fácilmente. Al calor de Mujeres y rock, el grupo empezó a percibir que algo se aproximaba, tenía forma de final y no precisamente feliz. En la nueva década, la primera guerra televisada, las bombas en directo por CNN, dispararon imágenes de un programa de TV dedicado a la muerte, los nuevos jinetes del Apocalipsis (Garcus, Marasmus, Lelus y Frustratus) visitando Argentina y el sueño del Bunker Super Luxe a prueba de realidades exteriores. Una reflexión sobre el fin antes de que alguien hablara del fin de las ideologías, el fin de la historia, el fin de todo lo conocido. Una obra oscura e inquietante, de un humor corrosivo, en la que los cuatro actores, tras emitir ciertas promesas de ocasión (“Mañana a las seis, seis y media de la mañana, salgo a correr”) se ahorcaban sobre el escenario. Es decir: Macocos, adiós y buena suerte .

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Será una noche como la de hoy o un dia como el de pasado mañana, cuando nos despertaremos y todo habrá pasado como una larga pesadilla. Pero con la leve y sutil diferencia de que habrá sido cierto. Habrá unos instantes de angustia, de estupor, de asombro frente a lo desconocido; pero será mejor, porque será lo nuevo. Porque este viejo, podrido y aburrido mundo, reventará de una vez y para siempre. Ni bomba, ni exceso de calcio, ni agujero de ozono, ni sida, ni cólera, ni ninguna de esas tonterías producirá su fin. Se terminará porque sí. Porque en este sitio al fin nos dimos cuenta de que era preferible sacar la viga derrotada que sostenía esta infamia. Esta idea de seguir poniendo plastilina contra esa torre de hormigón, se acabó. Porque tanto han hecho que lo han logrado. Han logrado que paguemos para comer, han logrado meternos el miedo y el peligro por los diarios, han logrado saber quiénes éramos mediante el DNI. Han logrado que hablemos de lo que vimos ayer por TV. Entonces, tanto han hecho y tanto han logrado y tanto han machacado que para seguir cuidando este mezquino cero a cero, así, es mejor perder.

(Monólogo de Gabriel en Adiós y buena suerte )



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Representada durante 1991 y 1992 entre el Rojas y el desaparecido cine teatro Alfil (luego convertido, ay, en un Musimundo Megastore), Adiós y buena suerte sumó 18 mil espectadores, y sirvió para perfeccionar los modos de producción del grupo. En un palco del Regio, Rama, el Macoco que solo sube al escenario para el saludo final, apunta a eso como otra razón de supervivencia. “No se trató solo de generar nuestros propios proyectos. Con el tiempo fuimos entendiendo que teníamos que armar un esquema de producción que sustentara lo artístico. Al principio te cagás en todo, ‘quiero contar esto y de esta manera'. Te une ese entusiasmo, pero si no creás una estructura que te sostenga... Termina el empuje de la idea y chau.”

En su siguiente etapa, el grupo estuvo a punto de decir efectivamente adiós. En los meses posteriores a su obra sobre el fin, “Macocos empezó a controlarnos, a encapricharse: todas las ideas entraban”, según Daniel. Así, el proceso que llevó al estreno en 1994 de Geometría de un viaje fue largo y trabajoso, por la compleja estructura de la obra y por “el cambio de demasiadas variables”. Macocos “guardó en el armario” a la banda de rock, cambió de escenario (La Trastienda), de horario y de precio de entrada. “Además, fue un año muy raro, muy triste”, recuerda Gabriel. “Ya habían pasado los atentados a la Embajada de Israel y la Amia... justo antes del estreno pasó lo de Maradona en el Mundial de Estados Unidos...” En el programa de mano podía leerse: “Ya que toda ilusión condena a la gloria de un instante, dedicamos este espectáculo a Diego Armando Maradona, Amo y Señor de la Ilusión”.


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Cerca de Ingeniero Ledesma, en una población de indios matacos, habitaba un animal muy especial. Se trataba de un ganso, al que los niños bautizaron con el nombre de Pancho. Pancho era el líder de la gansada, pero lo curioso es que Pancho no sabía que era un ganso. Se enfrentaba a los hombres como si fuera un hombre y hablaba con ellos en su incomprensible idioma. Cierta vez, entró un puma que atravesó el alambrado, empujado por el hambre y con la intención de comerse uno o dos gansos. Pancho salió a enfrentarlo con toda la actitud de puma. El puma durante algunos segundos casi se convenció de que Pancho era un animal peligroso, hasta que finalmente lo mató. Toda ilusión condena a la gloria de un instante. Pero nadie podrá superar esos diez segundos maravillosos en los que Pancho convenció al puma de lo imposible. Y junto al puma, el universo entero se olvidó de las leyes que lo sometían.

(Relato final de Geometría de un viaje)


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Al final de la breve temporada, Los Macocos descubrieron dos cosas que dejaban poco para la ilusión: una, que el público los había abandonado. Y dos, que tenían una deuda monumental. Todo eso parece lejano en los camarines del Lorange, donde un asistente entra para informar que en esa función de sábado quedaron más de cien personas afuera. Daniel está en smoking, primer traje de la larga serie utilizada en Marrapodi. Habla sin cargos de conciencia: “En ese momento hicimos lo que cualquier banda de rock en problemas: sacar un greatest hits”. En un pequeño teatro de la calle Corrientes, el Guiso de Macocos fue la mejor manera de pagar las deudas y rearmar la base de gente. Pensado como un espectáculo a la carta , con un menú de sketches y canciones que cambiaba todas las funciones, el Guiso se planeó para un par de meses de aguante, pero terminó extendiéndose más de un año y ganando un premio ACE.

Con un panorama más tranquilizador, Los Macocos encontraron en la Fundación Banco Patricios el mejor escalón para encarar el último tramo de los '90. En Macocrisis, una escena en que remedaban a las comedietas televisivas (“Qué familia mi familia”) no sólo comenzó a retratar el fin de otra primavera, la menemista, sino que además sirvió de base a Los Albornoz. Desde la platea vacía del Regio, sin risas que atenúen el efecto, el personaje de Marcelo parece aún más cruel: Mamma Dora, una vieja despótica que vive por y para la TV, y no duda en entregar a su nieta Noemí a la voracidad sexual de los operarios que vienen a cortar la luz, el agua, el gas. “¿Terrible? Terrible es que se la coja el novio gratis. Así por lo menos tenemos gas”, dice la vieja.

“Lo loco es que estábamos escribiendo que a la familia le cortaban el gas y a nosotros nos estaban cortando el gas... y no podíamos entregarles a Daniel”, dice Martín cuando el devenir de su personaje (que, tras un infarto, queda conectado a un respirador) lo saca momentáneamente del escenario: en las siguientes escenas será Ernesto Vivo, conductor de un reality show para familias sumergidas. Daniel es Noemí y Carlitos Albornoz, el pibe que para pagar ese respirador comienza donando sangre, luego vende un riñón y termina convertido en un cerebro dentro de un frasco. ¿Demasiado cruel? El tiempo terminaría confirmando las peores ironías de la familia Albornoz, aunque entre aquella escena de Macocrisis y la obra completa, el grupo vivió, paradójicamente, buenos momentos. Cuando el ensayo termina, Marcelo tiene que aplicar una buena cantidad de crema para eliminar el pesado maquillaje de Mamma Dora. “Afortunadamente, nuestras crisis grupales no coincidieron con las crisis sociales”, dice. ”Yo estoy convencido de que juntos somos más piolas, y eso nos hace estar un poquito adelantados. No sé si no es un poco nuestra función, si ahora no tenemos que bancar a la gente que está hecha mierda, estar en cartel y ofrecerles algo que los represente, pero que también los divierta y los relaje un poco.”

El grupo, entonces, está en cartel por partida doble. Si Los Albornoz es una pintura de la actualidad más lacerante, La fabulosa historia de los inolvidables Marrapodi es un repaso histórico que delata el amor del grupo por el teatro. Estrenada en julio de 1998 en la sala Cunill Cabanellas del San Martín, la pieza –escrita con el aporte de Jorge Maronna, de Les Luthiers, y un libro de investigación de Adolfo Casablanca, padre de Daniel- presenta a una familia de artistas en el estilo de los Podestá, capaces de atravesar trescientos años de historia con una única obra y el fracaso como combustible. De los juglares chupamedias del virrey al más escatológico teatro de revistas, pasando por el circo criollo y la escuela puteadora de los '70, y con un grand finale de Daniel convertido en starlet de plumas, los Marrapodi cautivaron incluso a aquellos que seguían considerando a Macocos como “ese grupito adolescente de los ‘80”.

Los Marrapodi, también, abrieron las puertas de Ezeiza: con esa obra, el grupo viajó primero a Uruguay, y después al Festival Grec de Barcelona y a una serie de funciones en el Kennedy Center de Washington, con traducción simultánea. “Durante el pedo menemista, en el fondo todos sabíamos que estábamos pataleando en el aire, que en algún momento íbamos a caer y Estados Unidos nos iba a cobrar todas las cuentas. Para tranquilidad de la gente, a los productores yanquis les cobramos una fortuna. Si siempre pensamos las cosas como golpes... ese fue el golpe del siglo”, definen a coro Marcelo y Martín en las entrañas del Lorange, y el elegante smoking le da más fuerza a la frase.

En 17 años, Los Macocos dieron y recibieron unos cuantos golpes. Confiesan haberse peleado y amigado infinidad de veces, haber pasado “por todos los tipos de alianzas y confabulaciones que existen, tres contra dos, cuatro contra uno, cinco contra ninguno, etcétera”, y haber mantenido solo dos mandamientos, que a pesar de haber vulnerado algunas veces siempre los salvaron: “Hay que ser bueno” y “No vale mentir”. Al cabo, prefieren definirse apenas como “cinco tipos que hacen teatro, y hacen reír a la gente”. Y no le tienen miedo a la crisis, esa característica perenne de la Argentina. Cuando el ensayo del Regio solo deja algunos detalles técnicos a resolver antes del reestreno, cabe preguntar si la crisis no los terminó ayudando a consolidar su personalidad.

- Siempre vivimos en crisis. Antes era quizá un terreno privado del actor. ¿Y ahora? Ahora estamos todos así. (Marcelo)
- La crisis nos sirvió de enseñanza, nos hizo estar más armados, entender que hay que anticiparse a la finalización del contrato, mirar adelante a ver cómo seguís. (Gabriel)
- La crisis de diciembre fue algo que veníamos arrastrando de hace tiempo. No se dejó de producir en diciembre, sino antes. Y uno eso lo siente cuando es dueño de sus proyectos. Le pasa lo mismo a los músicos que autogestionan, tienen que remar y al cabo lo único que tienen es la gente. (Daniel)
- El hambre no hace bien. Podés crear en crisis, y los artistas generalmente están en crisis para crear. Pero una sobredosis de crisis nunca es recomendable. (Martín)
- ¿Querés un título? Macocos: Perfectamente preparados para la crisis. (Los cinco)


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Exactamente quince años después de aquella rutina del submarino, volví a tener un encuentro casual con Los Macocos. Las circunstancias eran muy diferentes: el grupo había terminado sus presentaciones en España, habíamos hecho (¡en la playa de Sitges!) una entrevista para Página/12 y nos habíamos despedido hasta el reencuentro en Buenos Aires. Aprovechando unas horas libres, me dediqué a recorrer Barcelona.

En un momento cualquiera de la tarde, terminé subiendo una interminable escalera de caracol, salí a un puente en las alturas y... me tropecé con Martín y Javier. Imposible prever semejante encuentro: allá arriba, en una de las agujas de la Sagrada Familia de Gaudí, hicimos un brindis simbólico por el idioteatro, el periodismo y las casualidades que nos habían cruzado en lugares distintos, en momentos distintos, en planetas distintos. Felizmente condenados a la gloria de un instante.

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  • Eduardo Fabregat
  • Buenos Aires, Argentina
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