27.7.06 

Apuntes sobre el fin del mundo

Tsunamis y terremotos, una ola de calor en Europa y Estados Unidos, bombas y misiles cruzando el aire y sobre Aires Dudosos... piedras de hielo del tamaño de pelotas de golf, Dios y los arcángeles jugando al barrabrava y a ver quién le acierta a más autos. Como a tanta otra gente, se me rompieron tres vidrios en casa, y hoy la vidriería parecía Jumbo el día de los descuentos, y recién tomaban pedidos a partir del lunes. En la calle se ven autos con viruela por todas partes, los talleres rebalsan de coches sin parabrisas o sin luneta trasera, y en las compañías de seguros se agarran la cabeza y maldicen a Dios, sus arcángeles y el fin del mundo.

Se ha dicho en este blog en otras ocasiones, y no parece ninguna novedad, ninguna verdad revelada: el fin del mundo está a la vuelta de la esquina. A la irracionalidad del ejército israelí, los fanáticos de Hezbollah, la pasión conquistadora de Mr. Bush y los desafíos de Corea del Norte de "Ojo que yo la tengo más larga que los talibanes" se van sumando fuerzas realmente imposibles de controlar. Harta de tanto delirio humano, de tanto desprecio por todo, la Tierra está decidida a sacudirse los bichitos, manda olas gigantes, calores de horno, mazazos de hielo, diluvios, desplazamientos, aludes, erupciones, nevadas sin fin, huracanes.

Un tornado va arrasar a tu ciudad, a nuestro jardín primitivo.

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22.7.06 

El sacerdocio de ser padre

Esto se publicó hoy en Página, en el marco del informe sobre espectáculos para las vacaciones de invierno.


En nuestra más tierna infancia, las vacaciones de invierno eran el paraíso, la ilusión del dolce far niente justo en mitad del año, la piedra libre para arrastrar a nuestros padres a un maratón de salidas y diversiones. Pero ahora, tamaña diferencia, los padres somos nosotros, y nosotros somos quienes debemos encontrar la manera de atravesar estos catorce días en los que las blancas palomitas se convierten en buitres insaciables demandando actividades para el ocio. He aquí un pequeño resumen de lo que el PPP (Padre Porteño Promedio) vivirá en estas dos semanas:

* El PPP irá a la Feria del Libro Infantil, chocará con una masa sólida de otros padres e hijos a la rastra y terminará persiguiendo a un retoño de dos años lanzado en velocidad entre los stands.

* Entusiasmado por la buena reputación de Los Títeres de Don Floresto, el PPP descubrirá –demasiado tarde– que en la confusión terminó pagando entrada por Los Títeres de Don Ernesto. Y que a Don Ernesto no se le cae una idea ni prestada, y los títeres parecen medias que refunfuñan.

* El PPP verá Cars, Vecinos invasores y al encantador Johnny Depp de Piratas del Caribe, cómo no, pero también habrá que sucumbir a Garfield 2, Superman, El Ratón Pérez, Patoruzito 2 y, en el último escalón del averno, Bañeros 3. Y por supuesto, en todos los multicines les cobrarán entrada a los mayores de 2 años, sin derecho a queja.

* Harto del sonsonete de “¡¡Vamos a Macdónal que tienen el muñequito del Rayo McQueen!!”, el PPP hará una excepción a su resistencia a los locales de comida basura y le dará el gusto al infante, para después tener que resolver un berrinche sin fin porque del Rayo McQueen no hay más y sólo queda el del Fitito Gino Renni.

* El día en que el PPP saque entrada para el único espectáculo que su hijo/a no quiere perderse por nada del mundo, sobre Buenos Aires caerá un diluvio de órdago, con dos grados de temperatura, viento y granizo.

* En la puerta de cada sala habrá mercachifles vendiendo merchandising paralelo y juguetitos made in China que dejarán de andar en hora, hora y media. Con suerte.

* De paseo por un shopping cualquiera, los hijos del PPP querrán abrazarse una y otra vez con un muñeco mugriento lejanamente parecido a Barney.

* Los PPP de niñas soñadoras descubrirán que había algo peor que Floricienta: la remake de Chiquititas.

* Finalmente, el PPP descubrirá que el transporte público reservaba otro círculo infernal, cuando entre con su hijo en brazos a un vagón de subte o colectivo atestado y nadie le dé el asiento. No por mala educación, sino porque todos los asientos estarán ocupados por otros PPP con sus hijos en brazos.

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20.7.06 

La bruja goza de buena salud

(Esto se publicó ayer en Página)


Allá lejos y hace tiempo, la experiencia de escuchar a Black Sabbath incluía un juego óptico, curiosa forma de psicodelia de bajo costo: el grupo grababa por el sello Vertigo, cuyo logo imitaba ese laberinto sinfín en el que se perdían Tony y Douglas en “El túnel del tiempo”, y que se reproducía en la etiqueta de una de las caras del disco. La extraña imagen de un adolescente colgándose con “Behind the wall of sleep” y girando la cabeza a 33 revoluciones y un tercio con la vista clavada en la etiqueta central de un vinilo: eso es, sin dudas, una de las cosas que ya ninguna reedición, aun valiosa y cuidada, podrá rescatar. Y, pensándolo bien, no está mal que así sea.

A pesar de su imposibilidad de rescatar al pasado y su contexto, las reediciones existen y a veces vienen a darle una alegría retroactiva al consumidor de música. Sobre todo cuando se trata de Black Sabbath, grupo que en la Argentina fue editado de manera caótica y con agujeros: a comienzos de los ’80 había ediciones nacionales de Sabotage, Sabbath bloody Sabbath, la recopilación We sold our soul for rock’n’roll y hasta el espantoso Technical ecstasy, pero para tener los primeros tres discos de la Bruja de Birmingham había que encomendarse a Martínez de Hoz y su compre importado. Por eso da gusto ver alineados a (1970), Black SabbathParanoid y Master of reality (1971), preciosamente reeditados por el sello Icarus con letras, información, liner notes y fotos del grupo en esa etapa fundacional. Ponerlos en la compactera invita a subir el volumen y escucharlos en serie puede traer un problema con el consorcio, pero no deja de sorprender cómo, 36 años más tarde, Sabbath sigue alcanzando cimas que nadie más pudo visitar, y pone a payasitos como Marylin Manson en su justo lugar.

De la Trinidad Heavy que completaban Led Zeppelin y Deep Purple, Black Sabbath fue siempre la opción más oscura y menos comercial, salvo que se quisiera vender el escándalo barato de Ozzy Osbourne mordiendo murciélagos. Black Sabbath no generaba el consenso de un “Stairway to heaven” o un “Smoke on the water”: Osbourne, el guitarrista Tony Iommi, el bajista Terence “Geezer” Butler (¡que tenía un bajo transparente, al que se le veían las tripas de circuitos!) y el baterista Bill Ward se movían con otra pesadez, podían cometer el “pecado” musical de hacer la misma melodía en la guitarra, el bajo y la voz (como en “N. I. B.” o “Iron man”), pero en el tema siguiente entregarse a una maraña armónica extrañísima, cortesía de Iommi, que sabía cómo construir oscuridades del tono de “Warning” o “Hand of doom”, ideales para los alaridos y susurros maléficos de Ozzy. La reedición, además, permite apreciar una rara curiosidad: el primer disco había sido bien recibido y “Paranoid”, escrito en unos minutos y como relleno, se convirtió en el hit que impulsó ventas millonarias del segundo. Después del éxito, Sabbath podría haber dormido un rato en los laureles (si es que eso era posible, teniendo en cuenta la alarmante cantidad de cocaína que consumían), pero Master of reality opera como cierre perfecto para ese arranque bestial de tres discos inolvidables en un año y medio. “After forever”, “Children of the grave”, ese final tan Sabbath con “Into the void”, terminan de poner una piedra angular en el género duro, que en los años siguientes adoptaría mil nombres, caras, formatos y subgéneros. Pero ya no encontraría otra bruja con semejantes cualidades para meter miedo y encantar a la vez.

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12.7.06 

Perfil

La acumulación de necrológicas de espectáculos en los últimos días me tuvo un poco aislado de otras novedades... como las que me enteré en Envolviendo huevos. Muy lindo lo de Lanata/Sanata, el tipo que se llena la boca diciendo que desde que se fue él Página es una mierda, y después va a lamerle el culo a Fontevecchia.

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El señor de los palillos

(Publicado hoy en Página/12)


Los grandes titulares suelen quedar reservados a las estrellas de fuste, aquellos que ponen la trucha y la firma en las grandes obras del rock argentino. Pero el tipo que se fue ayer es, también, y a su modo, un pedazo grande del rock local. Estuvo allí donde comenzó, marcando el pulso de Los Gatos, la banda que se subió a una balsa y demostró a toda una sociedad que el movimiento argentino iba a ser algo más que unos loquitos de pelo largo siguiendo la moda Beatle. Estuvo en una de las bandas más elaboradas de la escena, una Máquina de Hacer Pájaros que quedó sepultada por el antes y el después de Charly García, pero aun al día de hoy conserva valores musicales innegables. Estuvo, también, en ese “después” de García: como en la Máquina, Oscar Moro fue el motor incansable de Seru Giran, sostén virulento para las sutilezas de su compañero de base Pedro Aznar, parte del mito aunque no cantara, no compusiera, cumpliera con el rol algo ingrato del baterista allá atrás. Con Nebbia, con Color Humano, la Pesada de Billy Bond o Riff, con su único intento solista junto a Beto Satragni, Moro atravesó más de cuarenta años de rock argentino con la misma naturalidad del tipo de barrio, formación de batero clásico y simpleza de músico tracción a sangre, capaz de arrasar con el rock más sanguíneo junto a Pappo o meterse sin problemas en los laberintos que más de una vez propuso García.

No es fácil acostumbrarse a esta demostración de maldita madurez que hace que el rock de las pampas siga perdiendo figuras que enriquecieron su historia. En la misma mañana en la que uno digería con disgusto la despedida de Syd Barrett, la inmediata noticia del adiós de Moro fue un baldazo más cercano: para el argento medio, Syd nunca se despegó de la leyenda, era la foto borrosa de un tipo desgreñado sacando la basura en Cambridge. Pero Moro era un Gato, era el carnicero en la tapa de La Grasa de las Capitales y la tremenda batería que abría el disco, el tipo de musculosa que sudaba la gota gorda en cada show de Seru Giran, el que ganaba las encuestas anuales en Pelo de modo indiscutido, el socio del silencio que, fiel a la leyenda de los bateristas, sólo se expresaba a través de sus palillos. Un tipo que encarnaba a la perfección eso que en los ’70 y ’80 se definía orgullosamente como polenta, inspiración para integrantes de una nueva generación que, en medio del estallido de popularidad del rock argentino, vio No llores por mí, Argentina en Obras –otro símbolo de una era que se va: Obras era Obras, no un estadio sponsorizado al que se le cambia el nombre por la fuerza del dinero– y se puso a golpear parches soñando con su propio momento bajo las luces. No, no es fácil acostumbrarse a que el rock argentino ya no sume sólo canciones sino también necrológicas frecuentes, un día Pappo y un año después Moro. Queda el olor de los jazmines viejos, y la mustia sensación de que el tiempo se echó a perder.

No se banca más.

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Con la cantina y con la cantora

Quizá por todos los recuerdos rockeros que movió la muerte de Moro, colgué en el arcón una nota que solo menciona tangencialmente a Seru Giran, pero que retrata un momento del rock argentino (¡y qué momento!) en que el tipo estaba en plena actividad.

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11.7.06 

Quilombo en el Olimpo Rock

Ah, no, me rindo.
Si en una mañana, en el espacio de hora y media, los cables estallan conque se murió Barrett y al rato conque murió Oscar Moro, baterista de Los Gatos, La Máquina de Hacer Pájaros, Seru Giran, la cosa se pone espesa.

Rockeros del mundo: a manotearse el izquierdo. Urgente.

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Adiós, diamante loco

Y al fin, después de años de reclusión y leyenda, Syd Barrett se escapó por la última ventana. No fue el primero ni el último en ser expulsado de una banda -ese síndrome Pete Best-, pero seguramente debe ser el único caso en que el expulsado era el alma de esa banda... con la rareza de que esa misma banda se hizo aún más grande (demasiado grande, en rigor) después de su tarjeta roja. Dejó nada menos que "Arnold Layne" y "See Emily play", pero sobre todo dejó la base de un Pink Floyd que no toleró más su delirio full time, pero supo aprovechar hasta la última gota su audacia artística. Hay que disculpar a Roger Waters y David Gilmour: le metieron una patada en el orto, sí, pero después le grabaron uno de los himnos más conmovedores de la historia del rock.

Remember when you were young
you shone like the sun.
Shine on you crazy diamond.

Now there's a look in your eyes
like black holes in the sky.
Shine on you crazy diamond...

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Sabbath bloody sabbath

Hoy la gente del sello Icarus me encendió la sonrisa: relanzaron Black Sabbath, Paranoid y Master of reality, remasterizados, en bonito digipack con data, fotos y letras. Con auriculares y después de haber escuchado unas cuantas cosas desde aquellos catorce años, Sabbath resiste la prueba del tiempo. Siguen siendo una banda del carajo, top five de la historia del rock.

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10.7.06 

Materazzi, Buffon, Zidane y C-3PO

(Publicado hoy en el Líbero)

Ya está, terminó, se acabó la Copa y dos patrias respiran y festejan aliviadas, la Italia con escandalete de partidos arreglados y la patria de los vendedores de electrodomésticos que prometieron un plasma, devedé o radio a pilas extra si Argentina ganaba el Mundial. Final abrupto para la plasmatitis que permite ver en cámara ultralenta el infinitesimal roce de Materazzi, mancha venenosa y oportuna zambullida al penal a los cinco minutos, mientras Macaya dice no-hay-duda-es-penal, el orgullo argentino vía Elizondo está a salvo. A veces la tele exacerba más que el grito airado en la mismísima tribuna (y entre paréntesis: cuando logró convencer a toda la FIFA de que era el árbitro ideal para apertura y cierre, Elizondo viejo nomás lo vio aterrizar a Malouda y dio penal, en un guiño cómplice a tantos argentinos que lo hemos puteado viernes, sábado y domingo).

Como último vistazo a todo lo que contuvo este Alemania 2006 donde la albiceleste estuvo tan cerca y tan lejos, esperar la ceremonia de medallas y copa fue una buena oportunidad para zappear por las sensaciones de los diversos enviados televisivos. Niembra y Class machacaban más allá de lo lógico con que Italia era un equipo de mierda –no en esas palabras, claro– que no merecía estar ahí con los papelitos y la copa (que, por otro lado, estaba más lustrada que C-3PO en el Episodio III). En América, Fantino y compañía se ahogaban en el mar de lágrimas por lo lindo que hubiera sido ver a Sorin levantando la Copa, o a C-3PO, ya no importaba. En DirecTV, Varsky repasaba a conciencia todas las razones por las que el fútbol es hoy un negocio de números y de similar especulación en cancha. Macaya y Bilardo ahí andaban, a Bilardo el acortamiento del programa de Fox con el Bambi y el leoncito lo dejó mal y ya no profiere tantas de esas frases para el recuerdo. La cámara que no tuvo nadie fue la del vestuario francés, donde Zizou masticaba bronca: fue un final espantoso para el tipo que diez minutos antes de la roja, incluso menos, había estado a punto de tocar la gloria. La pelota que sacó Buffon fue el quiebre del destino, y un rato despúes Zinedine alucinó que era un toro de San Fermín y Materazzi estaba todo vestido de rojo. La plasmatitis global, con todos sus televisores y pantallas gigantes en la cancha, lo terminó mandando en cana. ¿Aguantará el aparato ese que compraste hasta Sudáfrica 2010?

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9.7.06 

Cabezazo final


Zinedine Zidane, segunos después de sufrir la alucinación de que era un toro de San Fermín y Materazzi estaba todo vestido de rojo. Elizondo se salvó de pedo.

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Los socios del silencio

Esto se publicó hoy en Página, en el marco de una muy buena nota de Cristian Vitale sobre la situación de los músicos que intentan tocar en Buenos Aires.



El retorno de Callejeros, el jueves en El Teatro de Flores, tuvo varios condimentos conocidos de Cromañón. Según las versiones, Christian Nicolini, manager de Jóvenes Pordioseros, habría consultado previamente a Fernando Beneveña, administrador del local, quien se habría negado a la presencia del Pato Fontanet y sus compañeros en escena: ésa sería la causa de la intempestiva reacción del empresario cuando vio al grupo tocando, lo que lo llevó a cortar el sonido y luego emprenderla a golpes –al parecer, con ayuda de algunos patovas– contra el manager de JP. Varios de los asistentes al show reconocieron que entre el público hubo reacciones divididas, entre la emoción y el aplauso y un rechazo con silbidos y abucheos. El asunto, esa reaparición casi clandestina, el regreso a escondidas, terminó con un escandalete, otro más en la saga iniciada con las muertes del 30 de diciembre de 2004.

Sólo quedan las versiones: lo curioso –o no tanto– fue lo que sucedió al día siguiente, cuando todas las requisitorias periodísticas chocaron con un muro de silencio. Los integrantes de Jóvenes Pordioseros no querían hablar. Nicolini no quería hablar. Beneveña no quería hablar. En la productora MTS, responsable de El Teatro, no querían hablar. Callejeros, es sabido, sólo aparece en momentos y lugares estratégicos para recitar el discurso de su abogado e insistir con la teoría del carmelita descalzo engañado por Omar Chabán, funcionarios e inspectores. Apenas si apareció, en un cable de Télam, un plomo que quería dejar bien claro que al grupo no lo habían abucheado, como si eso fuera asunto de Estado. Sólo los familiares de las víctimas salieron a expresarse, algunos a favor y otros en contra del regreso y su forma. En una situación que es espejo de las actitudes surgidas en estos dieciocho meses, todos los que podrían echar luz sobre el confuso episodio optan por el silencio, el juego de la escondida. Mientras tanto, la realidad con la que chocan una y otra vez miles de músicos under confirma lo que se presagió en este diario poco después del incendio en Cromañón: aquella vez, la pregunta que imperaba era ¿Y ahora qué pasa, eh? (ver) En julio de 2006, lo que pasa es un trabajo de desgaste sobre una escena con cuarenta años de vitalidad, a la que se condena a la exacta contracara de la música sonando y diciendo cosas. Lo que pasa es el silencio.

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5.7.06 

El infinito universo de los setenta

"Lo que yo siento es que nunca veremos los ’70 otra vez”, escribe Marc Moulin en el librillo de Placebo years 1971-1974, la perlita que acaba de aparecer en las disquerías y que abre una puerta, precisamente, a esos años setenta en los que “nunca nada era demasiado experimental” y mucho estaba por hacerse. Marc Moulin es un tecladista que se dio el gusto de experimentar con el único Moog que existía en Bélgica a comienzos de esa década, pero también una especie de contraseña para DJ con inquietudes, y material de uso frecuente entre amantes del sampling, como los Beastie Boys. El trío de Brooklyn y sus instrumentales colgados circa Check your head aparece en la memoria cuando empiezan a sonar cosas como “Humpty dumpty”, “Showbizz suite”, “Polk” y “Balek”, pero el universo que propone Moulin va mucho más allá de eso. Las canciones compiladas de los discos Ball of eyes (1971), 1973 y Placebo (1974) son un extraño viaje donde el jazz, el rock, el rhythm and blues se funden y confunden en una serie de paisajes sonoros audaces, arriesgados, originales... setentosos en el mejor sentido del término. En la licuadora entran sintetizadores, vientos, guitarras y percusiones, y el resultado está lejos de ser una masa informe. “En esa época estábamos a kilómetros de los formatos del marketing y los medios”, señala Moulin. Basta escuchar Placebo years para comprobar, con gran placer, que lo sigue estando.

(Publicado hoy en Página/12)

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Responsable

  • Eduardo Fabregat
  • Buenos Aires, Argentina
Prontuario
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