31.8.06 

Noticiero VIII

* En medio de los escándalos que involucran a barrabravas, un grupo de hinchas de San Lorenzo habría pedido la desafiliación de Marcelo Tinelli, por llevar a los jugadores de Boca a su programa tras el 7-1 en el Nuevo Gasómetro. El ala dura de los cuervos, en tanto, redoblaría la apuesta: "Si a Tinelli lo desafiliamos, a Saja lo tenemos que mandar al paredón".

* Para Juan Carlos Blumberg, la "contramarcha" planeada en el Obelisco como respuesta a su manifestación en Plaza de Mayo "es una provocación". Que el ingeniero se la pase pidiendo pena de muerte y largas penas carcelarias para menores de edad, en cambio, es un gesto de nobleza y democracia.

* En un encuentro solidario en Córdoba, Susana Giménez se refirió al caso Grassi: "Ay, no sé cómo pueden compararme con el padre Grassi, él está siendo investigado por abuso sexual y yo no". La diva no estaría enterada de la reforma en el Código Penal que contempla la figura de "abuso televisivo".

* El arzobispo de Buenos Aires, cardenal Jorge Bergoglio, dio una misa en conmemoración de San Ramón Nonato, patrono de las embarazadas, y llamó a "optar por la vida". Del apoyo espiritual de la Iglesia a los represores que entre 1976 y 1983 optaron repetidamente por la muerte, nada.

* Detuvieron a una mujer que, con una inmobiliaria trucha, realizaba estafas con alquileres en Palermo. Ahora los investigadores pondrían en la mira a las inmobiliarias legales.

* Luis Alberto Spinetta cargó duramente contra Roberto Pettinato por el número especial de La Mano, al que calificó de "boicot disfrazado de homenaje". Y eso que aún no escuchó las canciones de su disco tributo.

* Omar Chabán anunció que tiene los nombres de quienes tiraron la candela en Cromañón, pero luego lo desmintió. "En realidad quise decir que tengo el nombre del asesino de Kennedy, el paradero del cuerpo de Hoffa, las filmaciones de los sobornos en el Senado y el escondite de Osama Bin Laden", habría dicho a la jueza de la causa.



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29.8.06 

Señales de vida

Trabajo, trabajo y más trabajo: sé que en estos días tengo al blog medio abandonado, e incluso hubo un mail preguntando si estaba pensando en bajar la persiana. No es la idea. Pan y Circo no se cierra ni se vende... sobre todo porque nadie tiene el más mínimo interés en comprarlo.

20.8.06 

El ojo blindado

Había una vez unos tipos muy pero muy limados llamados The Residents. No solo eso. Desde los '70, los Residents, cuatro tipos con cabeza de ojo gigante y galera, vienen poniendo una de las notas más enfermas en la música contemporánea. Y la Cryptic Corporation sigue activa, como puede apreciarse en este sitio imperdible de You Tube.

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19.8.06 

Un tiro pa'l otro lado

Más de una vez, en los comments de este blog aparecen alusiones al excesivo kirchnerismo del diario en el que trabajo. Por eso me parece apropiado remarcar esta columna de opinión de Maximiliano Montenegro en la edición de hoy.

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Sobre fascistas y enemigos

(Publicado hoy en Página)

Hace algunos años, un famoso músico argentino, rocker de primera línea, dejó caer un concepto que quedó fuera de la entrevista publicada por este diario. “En el rock argentino, Charly García es la izquierda”, arrancó. “Y Spinetta es la derecha. Un facho.” El tamaño del brulote explica por qué el concepto quedó fuera de la entrevista publicada, pero si se lo rescata es porque abre algún campo de análisis sobre el rock argentino. Sobre el rock argentino se ha escrito y hecho mucho, sobre todo en épocas de cumpleaños de cuarenta: recuerdos, rescates, libros, recopilaciones, una radio bien asentada sobre una montaña de excelente material, discos de versiones, discos homenaje, notas aniversario de eras, momentos, discos, shows. Todo periodista sabe más o menos cómo sacarle el jugo a la agenda.

Pero esa frase del músico equis, que tiene la brutalidad de una frase cualquiera tirada en un momento dado para después seguir viaje, rebotó en la memoria de quien esto escribe cuando el término “fascista” apareció esta semana en boca del mismo Spinetta, en un encuentro con periodistas mendocinos y refiriéndose a Roberto Pettinato (y a un periodista no identificado). Es curioso que a Spinetta lo enoje tanto que La Mano le dedique una edición entera a su figura, su música y su poesía, con por lo menos una docena de periodistas escribiendo maravillas de él. Tendrá sus razones. Pero al mismo tiempo, la reacción refuerza una idea que fue tomando aún más envión en los últimos años, a medida que los muchachos crecen: los músicos argentinos no resisten mucho el disenso de un periodista. Incluso y como puede apreciarse, les disgusta el consenso, lo cual vuelve aún más complicada la relación entre el artista y la prensa.

Una conocida escena de Casi famosos retrata el encuentro entre el periodista novato William Miller y los integrantes del grupo Stillwater. “Llegó el enemigo”, dicen los músicos. Es un buen chiste, un chiste viejo: la película de Cameron Crowe retrata el mundo del rock estadounidense en los ’70. El problema es que en la escena argentina el cliché caló hondo, como si aquí la prensa de rock escribiera en el tono de Pop Magazine, The Sun o si se quiere más cerca, Crónica o el Ambito Financiero de “Axl Rose quemó una bandera argentina”. El miércoles, el periodista Fernando D’Addario recordó una nota de la New Musical Express, o la Melody Maker, en la que se comentaba el disco Talk, de los próceres ingleses Yes, con sólo dos palabras: “Shut up”. Eso es vitriolo. Y no se vio a Jon Anderson armando un escándalo por eso y pidiendo la cabeza del responsable. Jon Anderson debe saber bien que la opinión de un periodista influye de un modo bastante moderado en el comportamiento del público y en la relación entre la gente y el artista.

En los últimos años, muchos músicos argentinos consideraron que todo artículo periodístico que bajara un poco de lo celebratorio era otro gesto del enemigo. El comentario habitual es que los periodistas no saben nada de música, lo cual, además de generalizar en exceso, desdeña el esfuerzo de muchos profesionales por entrenar la oreja y el conocimiento, y no contempla que se puede ser músico sin ejecutar un instrumento ni leer un pentagrama. La música no es sólo lo que se toca, sino lo que se percibe. Y en la Argentina hay un periodismo de rock que intenta hablar con justicia y sabiduría de lo que sucede, lo que hacen los artistas y, sobre todo, su música.

Sin embargo, cuando la prensa cuestiona algún acto de las grandes figuras, un disco flojo, una performance pobre, una inercia creativa, los músicos lo señalan como un acto de sordera, una crítica abyecta fundada en intereses editoriales o comerciales, un resquemor personal, una incapacidad de comprender el mensaje o pura ignorancia. Quizá tenga que ver con el modo en que nació y creció el rock local, con músicos y periodistas en una misma balsa y luchando contra el sistema: a medida que la prensa se fue profesionalizando, separó los tantos y se permitió observar la obra artística con mayor objetividad. Y cuando eso derivó en una crítica desfavorable, más de un músico lo percibió como una afrenta personal. Los músicos deberían permitirse creer que a un periodista de rock le interesa sobre todo que el movimiento argentino siga gozando de buena salud: no ejerce el oficio para mofarse de tipos a los que, de entrada, considera respetables por su sensibilidad para crear música. No lo hace para ir de vivo frente a los amigos, ni por querer ser más estrella que las estrellas: el periodista de rock se dedica a eso porque primero de todo estuvo el amor por la música, tan pasional como el que anima a los músicos. Ellos eligieron la guitarra y la melodía, el periodista eligió el teclado y las palabras.

De acuerdo con la humilde apreciación de este periodista, los conocimientos que tiene sobre el fascismo y su percepción de las obras y palabras de ambos, ni Luis Alberto Spinetta ni Roberto Pettinato merecen el mote de fascista. Y el enemigo, definitivamente, siempre estuvo en otra parte.

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17.8.06 

Pan, circo y gorriones

Es un efecto dominó.
Es inevitable.
Es (sigue siendo) una banda del carajo.


Cachetazo paliza al piso me caigo por infeliz
tres monedas le quito al ciego completo por fin los mil.
Mal criado y desorbitado que grita es un jabalí
acaricio su hermosa perra en el bar que lo conocí.

Viejo sucio trampero el rengo que espera verme pasar
fuertes golpes en la cabeza recibo al salir del bar
Ojos sucios calor de vino sospechoso al caminar
que tortura trampas que esquivo,
honda congoja y pesar.

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14.8.06 

La armonía

La distancia termina en el barranco
y el espacio se envuelve de maletas.

La armonía siempre acampa en el desierto y es mi amiga
la alegría.

(Peligrosos Gorriones, 1993)

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10.8.06 

Kiss your ass goodbye

Repaso rápidamente la sección Internacionales: Bush, Israel, Líbano, Irak, Franja de Gaza y los palestinos, Hamas, Hezbolah, Al Qaeda, la Liga Arabe (ese es un lindo nombre, la Liga Arabe, suena a la contraparte de tantos heroicos equipos de superhéroes estadounidenses), bombas por todos lados, un millón de mexicanos acampando en las calles para que se recuenten los votos y ahora atentados otra vez con aviones, quilombo en Heathrow y otra vez bombas por todas partes.

Estamos sentados en un polvorín de este tamaño.

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El grunge a diario

(Publicado hoy en el Suplemento NO)


No leas mi diario en mi ausencia. OK, ahora me voy a trabajar. Esta mañana, cuando te levantes, por favor leé mi diario. Registrá mis cosas, y tratá de entenderme.

El mismo párrafo inicial de los Diarios de Kurt Cobain, esa contradicción entre el carácter público/privado de los escritos del líder de Nirvana, confirma que es imposible llegar a una conclusión sobre qué pensaría el rubio ante la publicación mundial de sus cuadernos. Al fin editado en castellano por Mondadori, el libro que Courtney Love vendió por 4 millones de dólares podría ser un mero intento por revolver la carroña, esa apropiación del arte por un sistema que el músico denuncia una y otra vez en los textos. Pero los Diarios son más que eso, son algo mejor: sin preámbulo, epílogo, interpretación psicológica ni análisis externo, los intensos garrapateos de Kurt en hojas comunes y corrientes sirven como la mejor biografía posible del muchacho que atravesó y le puso fiebre a los ‘90. Un relato de vida 1988-1994 sin intermediarios, escrito al calor de lo que sucedía en cada momento.

Los diarios sirven, además, para atestiguar la construcción del discurso de Nirvana, el modo en que las observaciones privadas del músico sobre su entorno, sus congéneres, el estado de la cultura en Estados Unidos, la música, la prensa, comenzaron a volcarse en su obra y en sus manifestaciones públicas a medida que la fama pateaba su puerta. Y, más allá de arrestos aislados, explosiones de cólera o párrafos manuscritos donde se advierte el temblor del yonqui desesperado, no hay allí una caricatura o una colección de conceptos deshilachados. A medida que avanzan las páginas seleccionadas por Clara Drechsler y Harald Hellman (y traducidas por Angeles Leiva), queda claro que Cobain estaba muy lejos de ser un loquito que la había pegado con un par de hits.

Aun atormentado por su indescifrable enfermedad estomacal, asediado por las drogas o la falta de ellas, el pensamiento de Cobain exhibe un nivel de análisis nada despreciable, una conciencia de sus posibilidades artísticas y el entorno cultural, un abanico de temas que supera largamente los lugares comunes del rock star. Sí, Kurt se queja de la fama, el estado de la música, las compañías discográficas, los grandes medios y los críticos de rock, pero no se queda en el grito caprichoso o la puteada destemplada: a través de listas de discos o canciones favoritas, ideas para videos, cartas nunca enviadas a amigos y padres, la misiva de despido a un baterista, textos descartados para el arte de los discos, confesiones sobre sus males de salud y sus adicciones o ensayos sobre cuestiones que podían ir de los valores de The Melvins al aborto o el sexismo en los campus universitarios, los Diarios permiten echar un vistazo a la intimidad de un rocker pensante y lúcido. Y un vistazo que no viene acompañado por la sensación de estar espiando miserias ajenas.

Ese “tratá de entenderme”, en última instancia, comprueba la necesidad de muchos artistas de ligar con su público más allá del consumo de una obra. Los Diarios ayudan a entender al zurdo de Seattle, pero sobre todo construyen una rara paradoja: son un producto que, sí, venderá tantos ejemplares como un disco de Nirvana. Un producto que podría fomentar el mito de Kurt Cobain, la parábola del músico under que pelea por lo suyo, consigue llegar a un lugar de exposición y termina atosigado por las circunstancias, con la escopeta en la boca. Pero no: a cambio, los cuadernos conforman un retrato del otro Cobain, el tipo que, antes que estampita y poster, fue un creador sensible. Quizá demasiado.

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9.8.06 

Pink Floyd en el living de casa

(Publicado hoy en Página/12)


En 1995, cuando apareció el CD Pulse, las disquerías se llenaron de cajitas negras con un led rojo que titilaba. Pink Floyd tenía esas cosas, pero lo esencial era el contenido: la gira de The division bell propició no sólo un concierto impactante desde lo visual –porque PF tenía esas cosas–, sino también una performance en vivo de Dark side of the moon. El VHS de aquel show en Earls Court fue todo un hit, y hace años que los fans esperan con los dedos cruzados la edición en DVD. Pues bien, es hora de descorchar.

Había razones para tanta demora con Pulse, la cajita con dos discos que acaba de aparecer aquí: fieles a su obsesión por el sonido, el guitarrista y cantante David Gilmour y el productor James Guthrie se tomaron su tiempo para ofrecer la mejor versión. Y así, el show es un protagonista ideal para una sala con luces bajas. Allí está todo el concierto, y todo el lado oscuro, y una montaña de extras con documentales, tomas desde el público, sonido mejorado, proyecciones de la pantalla, fotos, la introducción al Hall of Fame con Billy Corgan y “Wish you were here”, mapas y diseños del escenario. Y puede disfrutarse hasta el fin tanto avance tecnológico: si en los ’80 Gilmour era poco más que un pelilargo en un poster borroso, Pulse delata al gordito que ya era en 1994, pero también permite disfrutar primerísimos planos de sus dedos, que duplican el disfrute viendo cómo hace todo lo que hace. Imprescindible.

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3.8.06 

Yo vivía en el bosque muy contento

La noticia es tan redonda, tan perfecta, tan divertida, que solo la existencia de fotos bien detalladas evita que uno concluya que es inventada. Lápiz y papel: en un ataque de furia -o de juego-, un perro policía de raza Doberman destruyó un centenar de osos de peluche que se exhibían en una muestra de juguetes en Wells, al sur de Inglaterra. No eran unos peluches cualquiera: la exhibición se llevaba a cabo en el museo de las Cuevas de Wookey Hole, y presentaba juguetes antiguos valuados en casi un millón de dólares.

Hasta ahí vamos bien, ya es una buena historia. Pero hay más: uno de los peluches era nena, se llamaba Mabel y había sido fabricado por la casa alemana Steiff en 1909. Mabel era propiedad de Benjamin Slade, un coleccionista ricachón que la prestó para la muestra y que la había adquirido por 75.000 dólares en una subasta en Memphis, Estados Unidos. El lugar no es casual: Mabel perteneció a un tal Elvis Aaron Presley.

Según el guardia de seguridad Greg West, le llevó sus buenos diez minutos de trabajo alcanzar a su perro y ponerlo en caja. En ese tiempo destruyó juguetes por 115.000 dólares. Al osito de peluche alemán de Elvis le arrancó la cabeza.

Ah: el perro se llama Barney.

Si tuviéramos noticias así todos los días, el periodismo sería un oficio hilarante.

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Son los tiempos

Desde la muerte de Oscar Moro, por una asociación no tan libre, cada tanto en el canturreo habitual se me aparecen canciones de La Máquina o de Seru Giran. Y especialmente una, que termina teniendo un peso diferente.

Si en la música que escuchas ya no hay vida
si la letra ya no tiene inspiración
Si aunque aumentes el volumen ya no hay fuerza
son los tiempos que están huecos de emoción.

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2.8.06 

Una guitarra en la ruta

Ya sé: ando medio vago, posteando con menos regularidad que antes... pero tengo mis razones. Mientras tanto, aquí va algo que salió hoy en Página.


El tipo forma parte de la primera línea de esa amplia categoría definida en Estados Unidos como american rock, pero aun así consigue que sus canciones tengan sentido acá en el Sur. Junto a los Heartbreakers, Tom Petty dejó obras como Into the Great Wide Open (1991) o Echo (1999), mientras se dedicaba a jugar en las grandes ligas con sus compañeros célebres (Dylan, Orbison, Harrison) en los Traveling Wilburys. Pero también le dio forma a una obra solista distintiva, como probaron Full Moon Fever (1989) o Wildflowers (1994). Para continuar la línea, en la Argentina acaba de editarse su opus tres, que desde el título delata uno de los usos habituales de ese “rock americano”: desde la perfecta apertura de “Saving Grace”, Highway Companion parece efectivamente una compañía ideal para la carretera, tres minutos y medio para perderse en el horizonte percutiendo en el volante.

Claro que el nuevo disco del rubio guitarrista tiene sus trampas. Esa voz nasal que a veces recuerda al mismísimo Dylan puede entusiasmar con el groove preciso de “Flirting with Time”, “Down South” o “Big Weekend”, pero también ensimismarse en los paisajes de “Square One”, el bello final de “The Golden Rose” o la melancólica “This Old Town”, y dejarse llevar por el mid tempo de “Turn this Car around”. De vuelta con su amigo Jeff “yo arreglaba las cuerdas en ELO” Lynne a cargo de la producción, con Highway Companion Petty deja un puñado de canciones honestas y rotundas, que aún en el living de casa dibujan a su alrededor un insólito paisaje de rutas polvorientas.

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Responsable

  • Eduardo Fabregat
  • Buenos Aires, Argentina
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