Un ejemplo a seguir
¿No será hora de tomar aquí también el toro por las astas?
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¿Cuál es el Gordo Porcel que queda más fijado en la memoria? ¿El que morcilleaba sin freno con Jorge Luz, el sidekick de Alberto Olmedo –el Flaco– en películas tan poco serias (en más de un sentido) como A los cirujanos se les va la mano, Te rompo el rating o Expertos en pinchazos o el amargo pastor protestante que se entreveía desde una Buenos Aires cada vez más lejana de Miami? ¿El Porcel que copaba las salas cinematográficas durante la última dictadura militar –junto a Los Parchís o Raffaella Carrá– o el que aún hoy cosecha buen rating en alguna repetición dominguera? ¿El que podía tirar en la pantalla grande líneas de diálogo tan absurdas como “¿A punto de morir? ¡Estuve a punto de no nacer!”, refinar su personaje de gordo excesivo y bonachón en una ciudad que ya no existe en el Operación Ja Ja de los hermanos Sofovich, contribuir a la estética de capocómico-y-gato-mal-maquillado en la pantalla chica con Las gatitas y ratones de Porcel, o el sombrío Saso que imaginó Brian de Palma, nada menos, para que se cruzara con Al Pacino en Carlito’s Way? ¿O el que cantaba tangos y le enchufaba una brocha de afeitar en la trompa a Rolo Puente?
De manera adecuada para alguien que hizo de su anatomía una herramienta de trabajo, con Jorge Porcel es difícil encontrar un balance. Nacido el 7 de septiembre de 1936 como Jorge Raúl Porcel de Peralta, el cómico que murió ayer a las 19 en el Mercy Hospital de Miami atravesó casi treinta años del espectáculo popular argentino y se las arregló para sintonizar con algo de la esencia del porteño. No le faltaron risas y aplausos en esa Operación Ja Ja donde empezó a brillar con Olmedo, ni en los cines que festejaban las andanzas del Gordo y el Flaco rioplatenses, siempre fingiendo algo que no eran –doctores, colimbas, actores, contrabandistas de whisky y cigarrillos, lo que fuera, lo que hubiera que modificar con respecto al guión anterior– y persiguiendo a lomazos argentos en baby doll. El Gordo con el smoking rosa en el teatro de revistas junto a una torre emplumada, el Gordo que les hacía avances a Su Giménez y Moria Casán en su esplendor como dúo fatal de la fantasía masculina de la época, el mismo que se cruzó con otro icono, la Coca Sarli, en Desnuda en la arena. Ahí Porcel, justo Porcel, hacía de diplomático.
El último Porcel, el que apareció en los cables de último momento al filo del cierre de esta edición, era ya un hombre seriamente enfermo, a años luz de esa imagen congelada en los ciclos del canal Volver. Radicado en Estados Unidos desde hacía quince años, Porcel se acomodó primero a un nuevo status de dueño de restaurante en Miami Beach, lugar de reunión de argentinos enfermos de fútbol en épocas en que la globalización aún no permitía ver instantáneamente cualquier partido del mundo. Allí se podía ver un River-Boca o un Racing-Platense (porque Porcel, casi no podía ser de otra manera, era de Racing), pero en rigor el Gordo empezaba a estar más preocupado por la próxima reunión religiosa que por el autógrafo que le pudiera pedir algún nostálgico de Los reyes del sablazo. En 1999 dio un sermón en la cancha de Huracán en el que repitió que sólo Dios lo mantenía vivo: en silla de ruedas y con graves problemas de columna, de infecciones y diabetes, fue seguido por las cámaras de los programas de chimentos para señalar “el drama de Jorge Porcel”, en lo que al cabo fue su última visita a la Argentina.
De todas esas posibilidades se compone el hombre voluminoso que ocupará ediciones de hoy y mañana, que desde una óptica puede considerarse genuino exponente de un humor típicamente porteño, y desde otra se convierte en un obeso absurdo, repetidor de fórmulas de trazo grueso. Como sea, Jorge Porcel, más de cincuenta películas exitosas, un paquete de programas televisivos que rompían el rating, compañero del Negro Olmedo, fue figura en una era del espectáculo que hoy –aunque se vea el verde de las batas de los cirujanos a los que se les va la mano– parece siempre en blanco y negro, y en la que su voz y su figura, esa figura, son parte inseparable del contexto histórico.
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(publicado hoy en Página/12)
“El único caso en el planeta que puede reivindicar las palabras 'world music' es Bob Marley. Es un pasaporte en cualquier parte del mundo: en Africa, Argelia, donde sea, en cualquier barrio de América latina donde te pueden acuchillar, una chapita de Marley te puede salvar la vida.”
(Manu Chao, 1997)
Hacer la cuenta da un poco de bronca. El hombre nació el 6 de febrero de 1945 en Nine Miles, St. Ann’s, Jamaica, y murió el 11 de mayo de 1981 en Miami, Estados Unidos, hace hoy un cuarto de siglo. Era demasiado joven, pero aun así ya llevaba tres cambios de nombre: apenas unos meses antes de morir se había convertido al Rastafarismo Cristiano en la Iglesia Ortodoxa Etíope, en Kingston, con su correspondiente bautismo. Es decir que el que llegó al mundo como Robert Nesta Marley se fue como Berhane Selassie.
Y en el medio, claro, estuvo Bob.
¿Qué es lo que convirtió a ese muchacho, nacido y criado en un entorno tan desafortunado, en el pasaporte universal al que refirió Manu Chao? La música, claro. Bob es uno de los grandes responsables de que la gente ame la música. Bob es un amigo: ponerlo en el equipo supone un efecto feelgood inmediato, y es un efecto que va mucho más allá del consumo de marihuana. El reggae según Bob hace bien al alma y punto. Reconforta el espíritu de éste y aquél, de la nena de jardín y de la abuela que se mata con Valeria Lynch, pero no puede evitar que con "One Love" o "Natural Mystic" se le mueva la patita. Bob tiene esas cosas.
Pero ni siquiera la música, ese legado de una decena de discos para el sello Island, álbumes de la era jamaiquina y una montaña así de recopilaciones, termina de explicar por qué Bob es Bob. Marley está lejos de ser el único artista de reggae, ni tampoco fue el primero, pero catalizó como nadie la esencia de un lenguaje musical universal. Para ello, también en su vida artística no fue uno solo, sino varios Marley. Hubo un Bob precámbrico que se crió en Trenchtown, la villa de Kingston siempre amenazada por los disturbios políticos, las razzias, los enfrentamientos de ghetto y, sobre todo, la miseria. Pero su cumbia villera no habló de chicas a las que se les ve la tanga o con aliento a leche, sino que apuntó a cambiar el entorno, construir una civilización basada en la fe, el amor, la comprensión, la unión... y la ganja.
Junto a sus compinches Neville O’Riley “Bunny” Livingston y Peter McIntosh (el mismo Peter Tosh que luego grabaría el himno marihuanero "Legalize it"), Bob tuvo una primera etapa consagrada al ska enérgico que predominaba en la isla, y a las influencias estadounidenses que llegaban por las radios que transmitían desde New Orleans. Así grabó un himno como "Simmer Down", y así le dio forma a un primer capítulo de su obra junto al productor Clement “Sir Coxsone” Dodd, que exprimió las posibilidades de esos Wailing Wailers (luego The Wailers) primigenios. Pero el ska agotaba rápidamente sus recursos, y en la vida del joven Marley se operaron cambios que influyeron en su arte. Su acercamiento a la filosofía expresada por Marcus Garvey –el retorno a Africa de la raza negra explotada– y profundizada por Ras Tafari Makonnen (a) Haile Selassie, emperador de Etiopía, llevó su lírica a nuevos caminos. De lo demás se encargó el legendario productor Lee “Scratch” Perry, que terminó entregando a los Wailers a dos integrantes centrales de sus Upsetters: Carlton y Aston “Family Man” Barrett. Con la mejor dupla bajo/batería que dio Jamaica y un par de indicaciones de Perry (que Marley dejara de sobreexigir su garganta en tonos altos innecesarios, que la banda tocara como si estuviera sobre papel engomado), el segundo Bob se alimentó del rock steady y puso la piedra fundamental de lo que todo el mundo reconoce hoy como reggae.
De a poco, modelando su manera de entender la música y el mensaje que debía contener, los Wailers comenzaron a asomar la cabeza fuera de Jamaica: el contacto con el cantante afroamericano Johnny Nash trajo una gira por Europa que se trabó en Londres, y allí fue donde Bob se cruzó con Chris Blackwell, propietario del sello Island que se encargaría no sólo de la difusión planetaria del reggae, sino también de hacer grabar al grupo por primera vez en estudios profesionales, adelantarle 4 mil libras... y convertirlo en Bob Marley & The Wailers. De Catch a Fire (1973) en adelante, el tercer Bob fue el que se convirtió en estampita, el motor de clásicos indestructibles como "No Woman no Cry", "Is this Love", "Get up, Stand up", "I Shot the Sheriff", "Lively up yourself", "Redemption Song", "Stir it up", "Three Little Birds", "Exodus"... De manera increíble, el cáncer originado en algo tan nimio como una lesión del fútbol en el dedo gordo truncó una de las carreras artísticas más ricas de la historia. Pero desde la miserable y orgullosa Trenchtown, Bob influyó a ingleses célebres como Joe Strummer (The Clash) y a pibes de acá a la vuelta, en los ’70 y la semana pasada. Para estudiosos, espíritus aventureros o simples curiosos de la moda y la remerita, Bob es simplemente indiscutible.
A Robert Nesta Marley, Berhane Selassie, simplemente Bob, le hicieron el funeral con todos los honores en Kingston y lo llevaron a su pueblo natal, pero no lo enterraron. En una iglesia etíope que es considerada tierra sagrada, el mausoleo se sitúa dos metros por encima del suelo. ¿Excesivo? Puede ser. Pero allí está el cuerpo del profeta, y los que van están a los pies del mausoleo y a los pies de Bob. No era necesario: hace rato que el mundo se dejó caer por esa música magnética, que conquista los oídos, la mente y el cuerpo en cuestión de segundos. El reggae nunca suena inoportuno, y es siempre una buena oportunidad para alimentar el alma. En Africa, Argelia, donde sea, en cualquier barrio de América latina donde te pueden acuchillar, Bob te puede salvar la vida. En el living de casa también.
Marley vive.
¿Cómo llevar un invento, una banda virtual compuesta por cartoons que se dieron el lujo de vender millones de discos, a la experiencia en vivo? Ese fue uno de los primeros interrogantes que surgió a partir del éxito de Gorillaz, el disco de 2001 donde Damon Albarn, Dan “The Automator” Nakamura y el artista plástico Jamie Hewlett le dieron imagen y vida musical a 2-D, Russell, Murdoc y Noodle: cuatro cartoons que, lejos de estar dibujados, reventaron todo a caballo de los hits "Clint Eastwood" y "19-2000". Cuatro años después, Demon days significó la partida de The Automator y el ingreso del productor Danger Mouse, responsable de ese capítulo imperdible del mash up llamado Grey Album. El nuevo disco, aún mejor que el anterior, demostró que Gorillaz era algo más que una idea trasnochada. Pero, más allá de una aparición televisiva junto a Madonna y alguna performance puntual, el interrogante del principio seguía en pie. En las bateas argentinas, al fin, está la respuesta: el DVD Demon Days Live testifica la presentación del grupo en el Opera House de Manchester y con un batallón de músicos e invitados muy lejos de la virtualidad.
Registrado en noviembre de 2005, el show sirve entonces para demostrar cómo se muestra en vivo a los personajes de Hewlett/Albarn. Con la banda entre las sombras (aunque es imposible no reconocer el perfil del líder de Blur, sentado al piano) y una serie de pantallas oficiando de medium entre el cuarteto dibujado y el público, el show recrea el mismo orden de temas que el segundo disco, con el agregado de los bises "Hong Kong" y "Latin Simone". Y lo hace por todo lo alto: al grupo base de “Mike Smith” (es decir Albarn, en teclados y voz), Simon Tong, Simon Jones (guitarras), Cass Browne (batería), Morgan Nicholls (bajo), Karl Vanden Bossche (percusión) y Darren Galea (bandejas) se suma una bruta sección de cuerdas y un coro de cuatro voces. Como si fuera poco, deben sumarse las apariciones de personajes como Neneh Cherry (en "Kids with Guns"), De la Soul ("Feel good Inc."), el prócer Ike Turner ("Every Planet we Reach is Dead"), Martina Topley Bird ("All alone"), Shaun Ryder ("Dare"), un Ibrahim Ferrer también virtual ("Latin Simone"), el Manchester Gospel Choir y el coro de niños de dos escuelas de Manchester, que revisten a "Dirty Harry" de una impensada épica en vivo.
Viendo semejante experimento, aun en la tranquilidad del hogar, terminan resaltando dos curiosidades: por un lado, cómo semejante andamiaje de músicos y posibilidades, tan en la frontera del posible caos, se conjuga de un modo formidable. El show termina ganando una cohesión casi inesperada, y el tan cuestionado vivo de Gorillaz posee una naturalidad que convierte a aquel interrogante en una anécdota. Por otro lado, Demon Days Live reaviva cierto debate alrededor de la figura de Albarn: si en Blur la partida de Graham Coxon dejó el timón plenamente en manos del cantante, en Gorillaz sucedió algo similar con Nakamura. Esto no sólo habla de lo difícil que debe ser Albarn puertas adentro: también permite considerar a Gorillaz cada vez más como un proyecto solista de Damon. Y sin embargo, el muchacho brit pop de los ojos azules consigue dos resultados igualmente sorprendentes. Por un lado, Gorillaz sigue sonando como un asunto donde la colaboración de varios músicos es clave. Y por otro, hoy por hoy tiene mucha más sustancia, originalidad y capacidad de impacto que el mismísimo Blur. Y todo por cuatro dibujitos.
La primera vez que los vi era 1986, y era otro país. Mejor dicho: otro planeta. A Raúl Ricardo Alfonsín se le empezaba a resquebrajar la primavera y Buenos Aires se preparaba para la Gran Fiesta Dark. El Prozac estaba lejos de inventarse, pero de todos modos el Prozac nunca fue una cosa muy argentina. Y lo que había a nivel urbano era más cocaína que marihuana, más alcohol que otra cosa, mucha fiesta y militancia, tonos menores y pelos parados, efervescencia cultural y menos miedo de salir a la calle que en los tiempos de los anteriores ocupantes de la Rosada.
(En 1986, los Redondos editaron Oktubre, Soda Stereo Signos, Sumo Llegando los monos y Luis Alberto Spinetta, Privé . Batato Barea, La Noy, Urdapilleta, Tortonese, La Organización Negra, las Gambas al Ajillo y el Clú del Claun ocupaban el Parakultural. Maradona conquistaba el mundo en México. 1986, buena cosecha)
Una noche de julio fui a parar a una fiesta en la Escuela Nacional de Arte Dramático. En un momento cualquiera de la velada terminé bajando unas escaleras –creo– y me encontré en una sala que recuerdo chica y cargada de porro, frente a un biombo de mimbre común y corriente.
Detrás del biombo funcionaba un submarino, con sonar y periscopio incorporado, y la gente se partía de risa.
El submarino era Daniel Casablanca, Joaquín Romero y Martín Salazar. O, como decía el volante que repartían por ahí: ¡Macocos!
El papelito explicaba: Los Macocos no hacen teatro, lo deshacen. Los Macocos no ensayan, sólo estrenan. Los Macocos tienen tres carátulas: la tragedia, la comedia y la estupidez.
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Varios años después, en un departamento de Palermo (nada de Palermo Hollywood: Palermo, gracias), Casablanca, Salazar, Marcelo Xicarts, Gabriel Wolf y el director Javier Rama intentan encontrar alguna explicación a los 17 años y los doce espectáculos de su banda de teatro . Una obviedad dice que han sabido sostenerse uno a otro, soportarse, quererse, divertirse y aprender, pero lo más obvio en realidad es que su público les juró algo parecido a la fidelidad... una fidelidad promiscua: en julio y agosto, La fabulosa historia de los inolvidables Marrapodi “a la gorra” generó cinco funciones semanales en un Teatro Lorange siempre repleto. Pero eso es historia reciente, y no termina de explicar quiénes son, ni cuántos Macocos han sido los Macocos.
"Aquel sketch del submarino era un poco el reflejo de lo que pasaba, de esa Argentina que estrenaba democracia”, recuerda Daniel. “Era un momento muy especial, en el que todos los grupos pensaban que iban a existir por un montón de años. Hacías un número y ya le ponías un nombre al grupo y disparabas a algún lado. Estaba todo permitido, y fue muy natural empezar en ese marco. No era necesario un teatro. Te parabas en la esquina, se juntaban veinte personas y te mostrabas.”
Se mostraron. ¡Macocos! les dio rodaje en pubs, pequeñas salas, municipalidades del interior y un lugar que después se convertiría en su base de operaciones, el Centro Cultural Rojas. Pero si la obra debut se presentaba como idioteatro, apelaba al clown, al puro humor y a la ingenuidad, lo que vino después acompañaría y reflejaría los primeros derrumbes argentinos posdemocracia. “Cuando empezamos era tan oscuro lo que habíamos vivido, que te parabas en un lugar más oscuro que lo oscuro, una cosa repunk como La Organización Negra, o en un lugar naif para sacarte eso de encima. Pero la realidad nos fue llevando a un lugar cada vez más denso”, memora Martín. “Esa alegría del 85, 86, había desaparecido en 1988”. 1988 fue entonces el momento de Macocos Chou, de cambios que llevaron a la planta definitiva de integrantes y de la preparación del espectáculo que puso la piedra basal de un público fanatizado, muy similar al de... sí, al de rock.
“Desde el comienzo queríamos recuperar el espíritu del rock and roll en el teatro. No queríamos hacer obras de otros, no queríamos ser concertistas”, dice Martín. Por eso, Macocos, mujeres y rock fue una ácida reflexión sobre el amor perdido y los caprichos de Molly –una títere de tamaño natural, cabellera rubia e instinto de mujer fatal–, pero también la primera encarnadura del grupo como cuarteto de rock. Macoco Dan en teclados, Macoco Matt en guitarra, Macoco Mark en batería y Macoco Gab en bajo comenzaron a enfrentarse a un auditorio que nada tenía que ver con el teatro oficial. Las medianoches del Rojas vieron desfilar a una caterva de jóvenes eufóricos, sacados, participativos, capaces de intervenir en la puesta y “aprenderse las canciones”, entendiéndose por eso no sólo la música sino también cada texto actuado. “No queríamos salir en la cartelera de teatro, queríamos salir en la de rock, poníamos avisos en el Sí ”, apunta Marcelo. “El grupo nos permitía el sueño de la banda de rock a través del teatro... incluso hasta tocar en Cemento”, completa Daniel. “Pero también quisimos autoproducir Mujeres y rock, invertir dinero como si fuera parte de recibirnos de Macocos, pagar nuestra Universidad.”
Ahora es domingo a la tarde y afuera del Teatro Regio llueve como si fuera la última vez. Parece apropiado: la lluvia es una constante en Los Albornoz, la obra representada en el Teatro de la Ribera durante 2001 y reestrenada en el Regio, que retrata a una familia argentina a la cual la palabra “decadencia” le queda chica. Una sensación que, según dice Daniel antes de subirse al último ensayo general, siempre fue conocida. “En los tiempos de Mujeres y rock estaba la hiperinflación y hacíamos presupuestos distintos todos los días. Aunque no estés hablando temáticamente de eso, lo estás viviendo, influye en vos y en el espectador. Lo suficiente como para que 5 o 6 años después estés hablando de la crisis y lo tengas manyado”. A medio vestir como su personaje de Graciela Albornoz, Gabriel recuerda que “las sensaciones del 89 eran, a pesar de todo, de mucho entusiasmo artístico. Era la primera vez que ibamos a tocar rock, estábamos muy calientes con eso. Se armó un microclima artístico que el afuera... el afuera es un bombardeo de información, pero armás tu propia realidad.”
Pero la realidad real no iba a desaparecer fácilmente. Al calor de Mujeres y rock, el grupo empezó a percibir que algo se aproximaba, tenía forma de final y no precisamente feliz. En la nueva década, la primera guerra televisada, las bombas en directo por CNN, dispararon imágenes de un programa de TV dedicado a la muerte, los nuevos jinetes del Apocalipsis (Garcus, Marasmus, Lelus y Frustratus) visitando Argentina y el sueño del Bunker Super Luxe a prueba de realidades exteriores. Una reflexión sobre el fin antes de que alguien hablara del fin de las ideologías, el fin de la historia, el fin de todo lo conocido. Una obra oscura e inquietante, de un humor corrosivo, en la que los cuatro actores, tras emitir ciertas promesas de ocasión (“Mañana a las seis, seis y media de la mañana, salgo a correr”) se ahorcaban sobre el escenario. Es decir: Macocos, adiós y buena suerte .
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Será una noche como la de hoy o un dia como el de pasado mañana, cuando nos despertaremos y todo habrá pasado como una larga pesadilla. Pero con la leve y sutil diferencia de que habrá sido cierto. Habrá unos instantes de angustia, de estupor, de asombro frente a lo desconocido; pero será mejor, porque será lo nuevo. Porque este viejo, podrido y aburrido mundo, reventará de una vez y para siempre. Ni bomba, ni exceso de calcio, ni agujero de ozono, ni sida, ni cólera, ni ninguna de esas tonterías producirá su fin. Se terminará porque sí. Porque en este sitio al fin nos dimos cuenta de que era preferible sacar la viga derrotada que sostenía esta infamia. Esta idea de seguir poniendo plastilina contra esa torre de hormigón, se acabó. Porque tanto han hecho que lo han logrado. Han logrado que paguemos para comer, han logrado meternos el miedo y el peligro por los diarios, han logrado saber quiénes éramos mediante el DNI. Han logrado que hablemos de lo que vimos ayer por TV. Entonces, tanto han hecho y tanto han logrado y tanto han machacado que para seguir cuidando este mezquino cero a cero, así, es mejor perder.
(Monólogo de Gabriel en Adiós y buena suerte )
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Representada durante 1991 y 1992 entre el Rojas y el desaparecido cine teatro Alfil (luego convertido, ay, en un Musimundo Megastore), Adiós y buena suerte sumó 18 mil espectadores, y sirvió para perfeccionar los modos de producción del grupo. En un palco del Regio, Rama, el Macoco que solo sube al escenario para el saludo final, apunta a eso como otra razón de supervivencia. “No se trató solo de generar nuestros propios proyectos. Con el tiempo fuimos entendiendo que teníamos que armar un esquema de producción que sustentara lo artístico. Al principio te cagás en todo, ‘quiero contar esto y de esta manera'. Te une ese entusiasmo, pero si no creás una estructura que te sostenga... Termina el empuje de la idea y chau.”
En su siguiente etapa, el grupo estuvo a punto de decir efectivamente adiós. En los meses posteriores a su obra sobre el fin, “Macocos empezó a controlarnos, a encapricharse: todas las ideas entraban”, según Daniel. Así, el proceso que llevó al estreno en 1994 de Geometría de un viaje fue largo y trabajoso, por la compleja estructura de la obra y por “el cambio de demasiadas variables”. Macocos “guardó en el armario” a la banda de rock, cambió de escenario (La Trastienda), de horario y de precio de entrada. “Además, fue un año muy raro, muy triste”, recuerda Gabriel. “Ya habían pasado los atentados a la Embajada de Israel y la Amia... justo antes del estreno pasó lo de Maradona en el Mundial de Estados Unidos...” En el programa de mano podía leerse: “Ya que toda ilusión condena a la gloria de un instante, dedicamos este espectáculo a Diego Armando Maradona, Amo y Señor de la Ilusión”.
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