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Es la pesadilla para todo aquel marciano al que no le interesa el fútbol, pero también para el fanatizado catódico: ¿cómo seguir el Mundial? Ante la sobreabundancia de opciones y los eventos en cadena, el televidente no sabe a qué equipo de relator-comentarista-opinator acudir para llenar la bolsa de anécdotas bizarras: ¿Bilardo asegurando que al croata “hay que vendarlo bien para que no respire”, los abundantes “buenos momentos” de Class y Don Niembra, el entusiasmo de parrilla con amigos de Fantino, la permanente autoarenga del “volví, volví, ¿vieron que iba a volver?” de Araujo, los cartuchos de Walter Nelson o la lotería de relatores con acento centroamericano de DirecTV? No es fácil. La sobreexposición a semejante carga de radiaciones no puede ser buena para la salud.
DirecTV, al cabo, ofrece un jueguito anexo, ideal para bodrios como el primer tiempo de Corea-Togo o la decepción de Angola-Portugal: la multicámara. El disconformista de siempre enarbola sus protestas por tener que asumir también el rol de director televisivo, pero el paneo de los canales 680 a 686 permite, además de confusiones varias con el control remoto, encontrarle cierta gracia a eso de manejar la transmisión al antojo del consumidor. Se pueden seguir de pe a pa, por ejemplo, las puteadas de Zinedine Zidane a los marcadores centrales de su equipo. O recordar las épocas de hincha más sufrido, optando por una panorámica que recuerda partidos que, desde abajo del Autotrol del Monumental, parecían protagonizados por muñequitos Jack. Sí, el salto visual permanente le resta continuidad al asunto y a veces los relatores dan ganas de presionar “mute”, pero hay una ventaja en Juan Pablo Varsky, que al menos cuando hay un cambio sabe exactamente de qué juega el ingresado, cuáles son sus características y cómo puede influir en el dibujo táctico de su equipo. Parece una pavada, pero basta repasar la montaña de barbaridades registradas en los demás canales para darle la derecha al multicámara del proveedor satelital. Siempre y cuando no llueva, claro: cuando llueve la pantalla se pone negra, casi como si la hubiera vendado Bilardo.
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(Publicado hoy en Página/12)
Es, sin dudas, una generación que carga con problemas de difícil solución: cada cual a su modo y con su propio background, Michael Jackson, Madonna y Prince se las ven en figurillas para seguir adelante después de haber roto varios estándares, eliminado varias barreras, en los primeros ’80. Para quienes hicieron del paso adelante su principal carta de presentación, no fue fácil seguir encaminando su carrera cuando la inspiración ya no fue tan generosa y las músicos (más) jóvenes empezaron a mostrar mayor audacia que sus inspiradores. No son como Bruce Springsteen o –yendo más allá en el tiempo– Bob Dylan, que pueden mostrarse fieles a su historial sin ser acusados de repetitivos o estancados, e incluso son celebrados cuanto más apegados a su propio libro se muestran. Para el trío dorado del pop estadounidense, en cambio, no romper esquemas permanentemente es interpretado como una muestra de decadencia. El caso de Jackson, tan contaminado de cuestiones que nada tienen que ver con la música, merece un libro aparte. Madonna, más allá de su buen estado físico y su capacidad camaleónica, empieza a hacer algo de ruido con la algo desubicada pretensión de pendevejismo de Confessions on a Dancefloor. ¿Y el gnomo de Minneapolis?
Prince es (también) todo un caso. El tipo no la tiene nada sencilla: en los ’80 parió obras capitales como Purple Rain, Around the World in a Day, Parade, Sign’o’the Times, Lovesexy y Grafitti Bridge, discos que cualquier músico daría un ojo por haber grabado. ¿Cómo se hace para seguir adelante después de semejante muestra de audacia, talento, capacidad compositiva e interpretativa? A medida que los ’90 avanzaban, las cualidades de Prince se fueron diluyendo en su propia maraña y el nuevo siglo lo encontró algo perdido frente a personajes que –como Outkast, por dar sólo un ejemplo– exhibían una sintonía mucho más afinada que la suya. No es que su obra se desplomó, pero dejó de ser una apuesta segura, una garantía de renovación y revolución musical. A pesar de ello, el año pasado Musicology fue un espaldarazo optimista para sus viejos seguidores, siempre deseosos de reencontrarse con aquel Prince. La misma sensación con la que hoy, justamente el día en que su majestad púrpura cumple nada menos que 48 años, van a la disquería a encontrarse con 3121.
Hay que decirlo brutalmente y de arranque: 3121 no es mejor que Musicology. Incluso, 3121 tiene algún pasaje irritante, como el uso del Autotune en "Incense and Candles". El efecto modulador de voz estará muy bien para cantantes inseguros o solistas femeninas pop producidas en serie por la industria, pero resulta un insulto en una figura como Prince. Al cabo, sin embargo, no queda más que perdonar semejante desliz, porque más allá de que este disco resulte menos alimenticio que su obra anterior, el moreno siempre encuentra argumentos para convencer al personal. Secundado por viejos compañeros de ruta como el baterista Michael Bland, el bajista Sonny T, la caliente percusionista latina Sheila Escovedo, los vientistas Maceo Parker y Candy Dulfer o la New Power Generation en pleno, el “clacisismo” de Prince asegura momentos de alto voltaje. Dicho de otro modo: el habitante ilustre de Minneapolis ya ha grabado en el pasado canciones como "Fury" o los impecables singles "3121" y –sobre todo– "Black Sweat", pero lo cierto es que su estándar de calidad es muy alto. Contracturas rítmicas, vocalizaciones imposibles, punteos de guitarra que demuestran su cabal conocimiento de un nene llamado Jimi Hendrix, cortes de alta precisión, un dominio envidiable de todos los ingredientes del funk mejor laburado, hacen al libro-Prince y renuevan el crédito.
Es cierto: el paquete incluye también otras revisitas, en este caso la balada ya insoportablemente pegajosa ("Te amo corazón", "Beautiful, Loved and Blessed"), que de "The Most Beautiful Girl in the World" para acá suenan cada vez más prescindibles. Pero no hay caso, eso es parte inseparable de Prince, y la gran ventaja del CD sobre el vinilo es la posibilidad de saltar de track en track sin tener que levantarse a mover la púa. Cerca de los 50, cada vez más lejos de aquellas obras capitales, Prince lucha en cada disco con el dilema de ya no ser el futuro. Pero eso no significa que no se pueda disfrutar su presente.
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