31.8.07 

JB

James Bond, Jack Bauer, Jason Bourne... parece que, para ser un héroe de acción hecho y derecho, el mejor comienzo es poseer las iniciales JB, y lo demás viene solo. Entre 007, 24 y la serie de películas de Bourne, queda claro que los productores ven algún tipo de mensaje subliminal en esas letras que engancha irremediablemente al espectador. Por eso, de onda y sin cargo (aunque no me vendría mal un porcentaje de las ganancias que puedan resultar), aquí se ofrecen algunas nuevas opciones para alimentar las pantallas.

  • Juan Baglietto. La "C" del medio -entre otras cosas- medio que lo inhabilita para el rol. Pero, a la hora de torturar a sus enemigos para extraerles información, este JB cuenta con un arma poderosísima: su guitarra y "Era en Abril".
  • John Bonham. Su nacionalidad inglesa contribuye. Pero, además, ¿qué villano podría aguantarse cuatro minutos y medio con el Bonzo castigándolo a puro palillazo? ¿Y si, además, se le suma otro JB, su hijo Jason Bonham?
  • James Brown. La serie de películas I feel good, I feel good reloaded y I feel good - The Final Funk combinan lo mejor del género de acción con un toque de onda afro. Siempre con esa capa símil superhéroe, su especialidad sería marear a sus adversarios a puro baile, y luego drogarlos para el interrogatorio. Todo, sin dejar de conquistar minas en el camino.
  • Jackie Brown. Posible versión femenina del anterior, esta ya tuvo su propia peli, con Tarantino a puro soul y funk. Y no le iba tan mal.
  • Jeff Beck. Los villanos y terroristas del mundo temblarán ante la posibilidad de ser acribillados por las notas a repetición que el tipo puede disparar en cuestión de segundos. Y siempre está la posibilidad extrema de que los atraviese con el mango de la guitarra.
  • Juan (del) Barrio. Un héroe de la acción... psicológica: bastará con encerrar al responsable de un atentado terrorista junto a JB y su arsenal de teclados equipados con todos los sonidos de sintetizador de los años '80, y querrá confesar todo en solo diez minutos.
  • El Indio Solari. ¿El Indio Solari? Sí señor. ¿O acaso "Un héroe del whisky más" no nos lleva directamente a Justerini & Brooks, alias J&B?

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29.8.07 

La mala fama y las buenas canciones

(Publicado hoy en Página/12)

“Fama, mala fama/ la que me va persiguiendo/ Fama, mala fama, la que me va maldiciendo”, canta el hombre, con un fondo de guitarritas y trompetas aboleradas. Son frases apropiadas para poner bajo la luz a La Radiolina, el nuevo disco de Manu Chao: tras convertirse en uno de los grandes promotores de la licuadora de sonidos y estilos con esa cosa inolvidable llamada Mano Negra, el francoespañol pareció aburrirse de tanta polirritmia y mestizaje y estableció en su carrera solista un modo de expresión al que es difícil no vincular con la palabra “repetición”. Encabalgadas en la tendencia del músico a enamorarse de ciertos leit motiv, aquí y allá empezaron a surgir acusaciones de que Manu hace siempre la misma canción. A tres años de Siberie m’etait contèee –el disco editado sólo en Francia junto a un libro de ilustraciones de Wozniak–, a seis de Próxima estación: Esperanza, el pequeño animal de escenario que terminó zambullido en la platea de Obras en aquel lejano 1991 vuelve al ruedo con la difícil misión de modificar esa visión general.

Basta atender a las primeras reacciones de quienes escucharon las canciones para darse cuenta de que no va a ser fácil. Es un debate imposible de resolver, debate inútil: sí, es cierto, las marcas de identidad de Manu están presentes, pero es igualmente cierto que La Radiolina intenta otro pulso, se deja ganar por una nueva energía... e incorpora otros leit motiv, como la guitarra adrenalínica que caracteriza a “Rainin’ in Paradize” (el tema que regaló por Internet) o el rápido punteo que abre “13 días”, que se materializan, de manera evidente o subrepticia, en otros pasajes del disco. Resultaría fácil desdeñar a Chao por la impresión inicial, pero sería una injusticia: rascando debajo de la superficie, las 21 canciones que se editarán el lunes 3 de septiembre abren otra puerta de entrada al universo de un artista personalísimo, cuyas ideas musicales están hoy respaldadas por la costumbre de tanta escucha, pero en el extraño tránsito de los años ‘90 fueron de una audacia innegable.

Con la colaboración de tipos habituados a la deformidad como Mario Caldato (responsable del monumental Check your head de Beastie Boys) y Andrew Scheps (Red Hot Chili Peppers, Mars Volta), Manu produjo un paquete de canciones que dejan caer arranques de furia como “Rainin’...”, “The bleedin’ clown”, “El hoyo”, “Mama cuchara” o “Panik panik” (quizá lo más cercano a La Mano), una diatriba dirigida a un tal George Bush (“Politik kills”), brotes del flamenco como “Me llaman calle” (incluida en Princesas, film de Fernando León de Aranoa), perlas melancólicas como “Mundorevés” y “A cosa”. Y por allí, una nueva declaración de amor a uno de los ídolos declarados del músico: en “La vida tómbola”, con palmitas y guitarras flamencas de fondo, Manu asegura que “si yo fuera Maradona, viviría como él/ (...) pa’ gritarles a la FIFA que ellos son el gran ladrón”. Y así, sin preocuparse demasiado por el qué dirán, Manuel Chao liquida la faena con la sencillita “Amalucada vida”, deja un track interactivo de recuerdo (“Tévélina”) y se va con su guitarra y su mala fama a cuestas. Quizá haya quien prefiera al viejo Manu y espere de él más rupturas que continuidades. Pero La Radiolina está lejos de ser un simple clon de viejas glorias.

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28.8.07 

Astros y estrellas

La noticia es repetida, aunque varían los detalles: "El último eclipse de Luna del año"; "Venus y Marte se alinean por última vez en 350 años"; "Podrá apreciarse a simple vista una lluvia de meteoritos que sucede una vez cada 2786 años"; "El cometa Mandanga pasa a 8 mil kilómetros de la Tierra por última vez en 7 mil años"; "La última oportunidad en el siglo de ver a Saturno y Júpiter simulando una fellatio"...

El marketeo de los temas astronómicos me hace acordar al de ciertos eventos rockeros: "Una burbuja en el tiempo", "Un festival, infinitas posibilidades", "Vuelve el rock", "Ultimo show de La Biblia en la década" y así.

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26.8.07 

Agua

Llueve mucho más que aquella noche, pero la asociación fue inevitable: bastó que el random de la PC eligiera -con muy buen criterio- "It's the end of the world as we know it" para transportarme al Campo de Polo en enero de 2001, una noche mágica bajo la lluvia: en un historial de muchos y grandes shows, REM sigue rankeando bien alto.

(algo más al respecto, acá)

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23.8.07 

Tocar o grabar

A principios de este año, Killing Castro, manager de Divididos, me dijo: "En un par de meses vamos a poder juntarnos a escuchar algo, los chicos ahora están grabando". 2007 está entrando en su última etapa, y seguimos sin noticias. Empiezo a temer que Mollo, Arnedo y el baterista de turno hayan recorrido un camino inverso al de The Beatles: abandonaron el estudio para dedicarse a los shows en vivo.

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21.8.07 

Canciones de invierno

Empezar la semana (lo siento, para mí la semana empezó hoy. Y ni siquiera, porque estoy de vacaciones) con una buena noticia. Apareció Roots & Echoes, el nuevo disco de The Coral. Tapa bien retro, canciones que siempre incluyen una pincelada de psicodelia sixtie (esa guitarrita...): el mejor soundtrack para una caminata al solcito invernal.

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17.8.07 

Runnin' with the devil

1981: ese fue el año en que empecé a correr con el diablo. La puerta de entrada fue ese disco y esa tapa dividida en cuatro fotos de cuatro impresentables que metían un ruido encantador. Más de uno los comparó con Led Zeppelin: puede ser cierto que hubiera más de una influencia, pero es que el rock más sanguíneo siempre se alimentó en alguna medida del blues americano, y las asociaciones se vuelven inevitables. Pero Eddie Van Halen, Alex Van Halen, David Lee Roth y Michael Anthony me volaron la cabeza, y ya nunca pude recuperarla. Bastó infectarse con "Runnin' with the devil", pegarse un shot de adrenalina con "You really got me" sin siquiera conocer la versión original de los Kinks (y a Mauro, Diego y yo, acólitos de la iglesia heavy, nos hubiera parecido muy blandita), terminar a los saltos con "Jamie's cryin'" o la tormenta que desataba "Ice cream man", y, claro, escuchar una y otra vez "Eruption" y preguntarse de qué planeta había bajado Eddie, Eddie y su guitarra encintada, el violero más increíble que hubiéramos escuchado, y eso que ya conocíamos a Jimmy Page, y a Tony Iommi y a Ritchie Blackmore.

Van Halen, grabado en 1978 con un aporte de Gene Simmons, fue una revelación. Desde entonces, por los tímpanos me pasó una considerable cantidad de música, pero aún así hoy puedo escucharlo y disfrutarlo: tiene pegada su audiobiografía y eso influye, pero sigue sonando fresco, vital, puro músculo rockero. El vinilo, el mismo de aquellas sesiones furiosas con una regla T oficiando de guitarra, terminó siendo una herencia del amigo que murió antes de tiempo, un objeto musical en el que hay depositado más cariño que en toda mi discoteca de CD's. Y cada tanto prefiero olvidar que tengo la versión digital, con tanto menos encanto, y reproduzco el rito de sacarlo cuidadosamente del sobre, ponerlo en la bandeja y prepararme para el apocalipsis. Seguir corriendo con el diablo.

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15.8.07 

Second death

Hoy publicamos algo en Página al respecto: como aquella burbuja de las puntocom a comienzos de esta década, el fenómeno Second Life empieza a languidecer. No es para sorprenderse: ¿cuántas veces uno arranca entusiasmadísimo con un juego, para olvidarlo un par de meses después? Lo simpático, en todo caso, es cómo algunas multinacionales que entraron como caballos en el supuesto negocio empiezan a hacer cuentas y arrepentirse...

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14.8.07 

El arte de escribir

Una recomendación, algo de alimento espiritual: acaba de aparecer Ser escritor, compendio de textos breves de Abelardo Castillo en los que analiza placeres y tormentos del arte de escribir, los caminos de la literatura argentina, viejas anécdotas, lecturas críticas. Todo, con el nivel que puede mostrar un grande como el autor de Las otras puertas, ejemplo obligado para quien quiera saber de qué va eso llamado cuento.

Y allí leo, por ejemplo y al azar: "Se ha dicho de Quiroga, como se ha dicho de Roberto Arlt, que escribía con incorrección y descuido. Si la importancia de un escritor se midiera por la corrección o aun por el esplendor de su escritura, Quevedo sería mayor que Cervantes y Homero habría sido borrado por Píndaro. Uno termina preguntándose si un cierto grado de barbarie no será una de las condiciones del arte perdurable".

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11.8.07 

Por la plata baila el Lito

Atentos al estofado que destapó Herbie.

¿Resiste Nun a esto, sumado a los papelones por el Teatro Cervantes?

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10.8.07 

El bolsillo pelado

Por todo el dinero quemado durante una campaña que terminó en derrota, cancelaron el contrato de 30 personas (algunas de ellas con siete o más años de antigüedad) en la Dirección de Bibliotecas de la Ciudad. Las bibliotecas porteñas quedaron libradas a su suerte.

Por todo el dinero quemado durante una campaña que terminó en derrota, dejaron de pagar y cancelaron contratos en el área de Prensa y Difusión del Gobierno de la Ciudad. Los que quedan están de paro, y ni siquiera se actualiza la página porque el área informática se plegó a la medida.

Por todo el dinero quemado durante una campaña que terminó en derrota, se levantó un clásico de los domingos en el Centro Cultural San Martín: el ciclo del Momusi, que desde hace siete años ofrecía excelentes artistas de música infantil con entrada libre, y este año ni siquiera estuvo en las vacaciones de invierno.

Como un dominó, van a seguir apareciendo situaciones como éstas.

¿Te acordás del pelado sonriente que hasta no hace tanto aparecía por todos lados?

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8.8.07 

Maldad TV

Vía Papipo, me fui a enterar de esto... que, obviamente, no me extraña.

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Es una teta, no hay duda

(Publicado hoy en Página/12, junto a una crónica de Mario Yannoulas sobre el show en Av. Corrientes)

Puede parafrasearse a un mítico disco de Vox Dei: es una teta, no hay duda. Pero no un saludable par de pechos naturales, como el que adorna la letra de “Manjar”, track de apertura del nuevo disco de Los Piojos, sucesor del ya lejano Máquina de sangre de 2003. La teta que asomó ayer en las disquerías, lanzamiento sostenido por el grupo en una sorpresiva y refrescante performance urbana, es un sucedáneo de silicona que sirve de metáfora a lo que Andrés Ciro Martínez y sus compañeros denuncian hoy como Civilización, la artificialidad y la destrucción caprichosa, la certeza de que “Dios perdona, el Hombre a veces, la Naturaleza NUNCA”. El packaging, de paso, sirve para hacerle un ole a la piratería: podrá emepetrearse el contenido de un disco pero no su presentación, en este caso afín al concepto que recorre algunas canciones.

Claro que un disco de Los Piojos exige atención por algo más que un diseño de goma y gel que desespera a los amantes de lo geométrico y la discoteca perfecta. En una escena plagada de jóvenes bandas que toman como modelo al rock tracción a sangre –signifique lo que signifique eso– pero terminan demostrando que no dan la talla, lo que hagan el cantante, guitarrista y armoniquista Martínez, el bajista Micky Rodríguez, los guitarristas Piti Fernández y Tavo Kupinski y el baterista Sebastián Cardero tiene un plus de interés. Por las mismas razones que se comprueban apenas se echa a rodar el séptimo disco de estudio del grupo de Palomar: en Los Piojos hay mucho más que una apelación a la cáscara del rock and roll. Ya se notaba en el épico single “Pacífico”, pero es sabido que el primer corte es apenas la punta de un iceberg a descubrir.

Civilización, entonces, viene a representar un notorio punto de madurez en un grupo que tiene varios Pellegrini corridos. Eso puede ser explícito en la inmediatamente ganchera “Pollo viejo”, buen cruce de la cultura rock y el tango, en lo lírico (“Te acordás cómo reías de los viejos del gotán... Tus groupies ya fueron madres”), pero sobre todo en la mixtura sonora. Pero también es conceptual en la soltura con que el grupo se deja infectar por un sonido tecno en pasajes como “Manjar” o la enérgica “Un buen día”, inspirado track a cargo de Micky Rodríguez que engaña como simple rockito pero amplía el horizonte hasta confundir sangre y máquina en un feliz resultado. Y si se trata de demostrar el dominio de aquello que la tribuna exige, ahí están “Hoy es hoy” o “Cruces y flores”, brotes de alta tensión sabiamente moldeados por una banda que nació mamando de la teta Stone, pero nunca quiso quedarse en eso.

Cancioneros cuando es necesario –hay remansos melancólicos como la preciosa “Difícil”, la rioplatense “Basta de penas”, “Bicho de ciudad” o la desesperanzada “Salitral”, que dice “Cuando las puertas no se abren jamás, cuando el atajo siempre puede más, vamos bebiendo de un salitral”–, fiesteros como en “Civilización”, donde la afirmación de que “la tierra se está quitando de encima al peor enemigo” viene envasada en un reggae alegre y luminoso, Los Piojos se acercan a sus dos décadas de existencia sonando a banda y no a producto o, quizá peor, a bandita. La satisfacción instantánea que produjeron en el azorado público de la calle Corrientes es, también, todo un dato.

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7.8.07 

El hombre del bastón




Es la opinión de un fanático antes que de un periodista: lo siento por ER, Scrubs y tantas otras, pero House es la mejor serie médica de la historia. El Dr. Gregory House es un tipo alto, generalmente con barba de un par de días, tullido, adicto a los painkillers y con la peor onda que pueda imaginarse, alérgico al trato personal con los pacientes ("Yo trato casos, no personas") y capaz de atormentar a su equipo sin anestesia. Y todo se le perdona por la sencilla razón de una inteligencia brillante, y una capacidad para ver más allá, tirar una idea en la que nadie cree y terminar saliéndose con la suya. Jefe del equipo de diagnóstico de un hospital universitario en New Jersey, el tipo lidia con casos complicados, generalmente con dos o tres respuestas posibles, que llevan a diferentes líneas de tratamiento antes de la resolución del episodio. La serie está tan bien contada (a pesar de que hay momentos en los que la terminología médica abruma un poco) y House tira unos one liners tan buenos, que se vuelve, también, una adicción. Y como para completar el encanto, el tema central es nada menos que "Teardrop", de Massive Attack.

Después de verla desorganizadamente en las trasnoches de sábado en Canal 13 (ahora, a pesar de que medía bastante bien, la reemplazaron por Lost) y en el Universal Channel, corté por lo sano y me conseguí la primera temporada en DVD, y cada episodio es un placer recomendable. Y lo más loco de todo: el hombre del bastón, rey de la mala onda, es Hugh Laurie, el mismo que hace de papá americanísimo y bastante bobito en Stuart Little. Cuando mis hijos la ven, no puedo evitar el pensamiento de que finalmente el equipo de médicos terminó pudriéndose de tantas ironías, durmió a House y le hizo una lobotomía.

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3.8.07 

Sacrilegio




A vos, el que destrozó el monumento a Osvaldo Pugliese en la esquina de Drago y Corrientes: que las maldiciones de todos los mufas del mundo caigan sobre tu cabeza.

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1.8.07 

Hip hop infeccioso con acento español

“Acá hay un negro que va a partirte el microphone en diez/ acá hay un negro que va a jugar contigo al ajedrez/ acá hay un negro pa’ que le digas que su raza es qué/ acá hay un negro que va a enseñar a follar a tu mujer.” Está claro que Mahoma, el invitado de La Mala Rodríguez en “Miedo”, sabe cómo meter el dedo en la llaga de la xenofobia española. No es una simple provocación, las ganas de meter ruido. En la mejor tradición del rap combativo, María Rodríguez, la mala, no hace más que utilizar el potente vehículo de su música para hablar del aquí y ahora, de esa crispación de la Madre Patria por querer a todos los moros fuera, tan similar al tachero porteño clavado en Radio 10 que gruñe sin pausa sobre piqueteros y boliguayos. Mejor aún: eso no la convierte solo en una chica enojada. Aunque le pese al apodo, La Mala es encantadora.

Malamarismo, el disco que acaba de editarse en Argentina, es el tercero en una carrera iniciada con Lujo ibérico (2000) y Alevosía (2003), y quizá el mejor pasaporte al show que la andaluza dará en Buenos Aires en septiembre. Felizmente más cerca de otra María, “la Canillas” (cantante de Ojos de Brujo) que de artistas bastante más estereotipadas como Bebe, La Mala escapa aquí a los límites usuales del hip hop, encontrando otra musicalidad, una ampliación de horizontes, en la participación de artistas como Raimundo Amador (que pone su voz en el marchoso “Te convierto” y su virtuosa guitarra en “Déjame entrá”) y Julieta Venegas, que completa un notable dúo en la souleada “Tiempo pa pensá”. Sí, por allí aparece Tego Calderón, astro de esa cosa llamada reggaetón, para prestar su voz a “Enfermo”. Pero lo mejor de La Mala es quizá esa capacidad para saltar sobre lo que se presupone que hace una artista relacionada con las rimas y los ritmos entrecortados.

Y entonces, la española oscurece el clima con las inquietantes “Toca toca”, “Caída libre” o “Memoria del futuro”, donde el tempo se arrastra a otra velocidad y la chica demuestra los matices de su garganta. Se ríe de los lugares comunes masculinos en “Menos tú” (“todo el mundo es una mierda menos tú, ¿quién te crees que eres?”), y emprende su propia cruzada personal contra los designios políticos de la guerra en “La loca”, afirmando que “dos cosas flotan en el agua, la mierda y los barcos”, y recordando que “igualdad de condiciones, igualdad los cojones”. Expresiva, pasional, con el fuego que suele alentar a esa clase de artistas que pone el discurso en primer lugar, La Mala Rodríguez va contagiando sin apuro pero sin pausa las orejas y sentidos del oyente, llegando a la infección total con “Nanai”, el single de difusión que dice “Mírame a los ojos si me quieres matar, nanaí, yo no te voy a dejar”. Y, claro, con ese moro de nombre aterrador para la conciencia cristiana que viene a reírse sardónicamente del facho con acento castizo y el facho de acento porteño, el negro que promete enseñar a follar a su mujer. Y, de paso, hacerla bailar.

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Responsable

  • Eduardo Fabregat
  • Buenos Aires, Argentina
Prontuario
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