30.9.07 

Cuero piel y metal, carmín y charol



Me da un poco de impresión. Por un lado, me parece que están un poco grandes para el look, aunque sea solo para una producción fotográfica. Y por otro, no puedo dejar de pensar en Village People.

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27.9.07 

El show

El Suplemento NO de hoy ofrece una nota por demás interesante sobre la escena post Cromañón. Pero en esa doble página aparece un párrafo que llama poderosamente la atención. El periodista Juan Manuel Strassburger pregunta: "Si lo que definía al aguante está cambiando, ¿cómo sería el aguante hoy?". Y Pachi, bajista del grupo Barrios Bajos, responde:

"Y... como que se pinchó un poco. Las bandas que surgen ahora no sé si viven lo que era antes. Cuando ellos crezcan ya va a ser otra cosa. Yo me acuerdo de que antes ibas a ver las bengalas, las banderas, todo. Ahora te tenés que calentar más por la escenografía, por hacer un buen show."

Qué cagada. Ahora hay que hacer un buen show.

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26.9.07 

Coimas

Según un cable de DyN, "en el marco de la causa por la tragedia de Cromañón, donde murieron 194 jóvenes, los músicos de la banda Callejeros fueron procesados como 'partícipes secundarios' del delito de 'cohecho activo'. La decisión fue adoptada por el juez de instrucción Alberto Baños, a cargo transitoriamente de la causa, quien se basó en unos resúmenes de gastos hechos por el manager de la banda, Diego Argañaraz, en los que se detallan pagos a la 'cana'".

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Burbuja

¿Por qué Clarín y CTI siguen insistiendo con esta clase de notas, cuando ya todo el mundo sabe que Second Life fue un fracaso tan estrepitoso como las puntocom?

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Un guitarrista sin etiquetas

(Publicado hoy en Página/12)


Habrá algún otro instrumentista con ganas de discutirlo, pero la figura del guitarrista es un icono central del rock. Como tales, los profesionales de las seis cuerdas fueron adoptando diversos personajes, cada cual al gusto del consumidor de un género específico: el digitador ultraveloz de los géneros duros, el bluesman de slide con cuello de botella, el sónico experimentador de colores sonoros, el folkie de guitarra y armónica, el rocker de Les Paul por las rodillas y un etcétera más o menos largo, más o menos variado. Cualquiera con conocimiento de causa puede encontrar sus ejemplos, pero difícilmente puede encontrar un lugar donde encajar a Mark Knopfler, el hombre que acaba de poner otra buena noticia en las disquerías bajo el título de Kill to Get Crimson.

En el largo y fecundo currículum del guitarrista escocés, bastaron dos cosas para garantizarle un lugar entre las leyendas: el solo de “Sultans of swing” y el megahit “Money for nothing”. Dire Straits fue una de esas bandas que hicieron historia sin hacer alharaca, vehículo mainstream para un violero ajeno a todos los lugares comunes del mainstream. El público argentino pudo apreciarlo en abril de 2001, cuando Knopfler mostró en el escenario del Luna Park la estampa relajadísima de un tipo que ha hecho de su técnica un sello de personalidad. Es que el fingerpicking tiene directa relación con el sonido-Knopfler, pero no se trata solo de eso: además de poseer una calidez especial, lo que el guitarrista exuda siempre es buen gusto, fineza, un uso casi pictórico de su instrumento para crear climas que van más allá de si toca con púa o no. Con tanto estereotipo dando vueltas, Mark es un violero realmente diferente.

Y Knopfler es diferente porque puede componer bellezas como “Heart full of holes” o “True love will never fade”, el tema que abre esta nueva aventura solista tras su experiencia de disco y gira con Emmylou Harris y All the road running. Dos de los músicos que lo acompañaron en el Luna (Guy Fletcher en teclados y Glenn Worf en bajo), junto al baterista Danny Cummings, ofrecen el lienzo ideal para que el protagonista le dé curso a esas canciones de tempo moderado, que pueden tener arranques como “Punish the monkey” pero generalmente se dejan llevar por el polvoriento paisaje sónico de “We can get wild”, el encantador “The scaffolder’s wife”, o la delicada trama que dibujan el acordeón de Ian Lowthian y la guitarra de Mark en pasajes como “Let it all go” y “Secondary waltz”. Aquí y allá, sabiamente dosificados, siempre en el lugar y el punto justo, los dedos de Knopfler dejan caer sonidos inmediatamente reconocibles, ese estiramiento melancólico que dice más que millones de palabras. La marca de alguien que decidió no quedar preso de ningún personaje guitarrero. Un sultán del swing.

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25.9.07 

Expectativa

Ma qué Café Tacuba ni Molotov. Estoy ardiendo por ir al Pepsi Music a ver a The Australian Pink Floyd. Por ahí, incluso, le va mejor que a los tacubos, que llevaron -en un cálculo generoso- siete mil personas...

Es muy curioso todo: dos bandas extranjeras de covers (la otra es The Wailers) "protagonizan" sendas fechas del festival que, según nos quieren hacer creer, según machacan una y otra vez, sintetiza y representa la vitalidad rockera local. Y eso que hablamos de infinitas posibilidades...

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22.9.07 

Mr. buen gusto


Habrá alguno por ahí que dirá que en los últimos años hace el mismo disco una y otra vez, y hasta que se anime a bardearlo por los hits de Dire Straits, pero no habrá manera de que me convenza. Un nuevo disco de Mark Knopfler es siempre una buena noticia, una excelente manera de ambientar la soleada mañana de sábado, y un agradecido recuerdo de aquel show del Luna Park en abril de 2001.

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20.9.07 

Puntapié inicial

Y un 20 de setiembre, diez años después de la despedida, volvieron. Con el making of de "En la ciudad de la furia" en el mismo Museum como introducción, se corrió la cortina y Gustavo Cerati, Zeta Bosio y Charly Alberti, con esas camperas de cuero brilloso tan 80's y corbatita al estilo, con "Sobredosis de TV" y la misma canción del clip, empezaron el recorrido 2007 de Soda Stereo. Después hubo una conferencia de prensa de la que se leerá todo en los diarios de mañana, pero que tuvo un comienzo ciertamente significativo, un fallido que provocó sonrisas y codazos: cuando la primera pregunta apuntó al por qué de la reunión, Cerati arrancó: "Hubo una suma... de cosas que se combinaron...", etcétera.

Un update del día después: hacía mucho tiempo que no veía semejante aquelarre periodístico. Estábamos todos los periodistas de todos los medios, y una verdadera liga transversal de prenseros, y los monitores, y los ejecutivos del sello y de Personal mirando todo desde el tercer piso y contando platita con su cerebro, bloggers varios, representantes latinoamericanos, músicos y un largo etcétera. En cuanto a la performance musical, lo de Soda estuvo muy bien. Fue una buena decisión que tocaran sólo ellos tres, sin los músicos invitados, un sonido filoso y preciso, bien de trío. Que reprodujeran la escenografía de su primer Astros y tocaran esas canciones acentuó la sensación de túnel del tiempo, quebrada por la conferencia de prensa: creo que anoche dejaron hablar a Alberti más que en toda la carrera del grupo.

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19.9.07 

El tic tac de un psicópata

(Publicado hoy en Página/12, dentro de la producción El hombre bomba)

“...we’re running out of time”.

La cavernosa, agotada voz del gran Kiefer Sutherland opera como una marca de identificación. Eso y el sonido del teléfono en CTU –un hit de la era ringtone–, y el tiránico reloj que marca las horas de la serie: como Gary Cooper en A la hora señalada, que también transcurría en tiempo real, Jack Bauer (James Bond, Jason Bourne, Jack Bauer... ¿es que los mejores héroes de acción siempre deben llevar las iniciales JB?) vive sitiado por el tiempo, y transmite esa angustia al espectador, haciendo imposible la visión nocturna de 24 a personas impresionables. Dice la leyenda que, al filmar la primera temporada, los productores decidieron cerrar el capítulo 12 con un alivio y un moño dramático, el rescate de Teri y Kim Bauer, un recurso por si la serie fracasaba y había que cancelarla antes de tiempo. Aunque es de suponer que los responsables sabían positivamente que 24 no podía fracasar.

24 es lo que es no sólo por su recurso narrativo base, los minutos como un goteo constante, el tiempo que se escurre mientras los giros narrativos cambian de villano cada tres o cuatro capítulos y Bauer y su gente corren sobre el filo de la navaja. La serie es una feroz lectura política –¿habrá un presidente menos parecido a George Bush Jr. que David Palmer?–, un buen resumen de los tiempos paranoicos post 11-S y hasta una gambeta al librito sagrado de los héroes televisivos. Lo dice Drazen ya en la temporada 1, cuando Kim defiende a su padre porque “es un buen hombre”, y el terrorista se ríe: “¿Bueno? No, querida, tu papá no es una buena persona”. El matiz que más impresiona de Jack no es su resistencia a la tortura, su velocidad de resolución, su dureza en situaciones límites o el cold turkey que arrastra en toda la tercera temporada: como dijo Drazen, que en paz descanse, Jack Bauer no es tan buena persona. Se sabe cuando amenaza a alguien con meterle una toalla por la garganta y sacarle el estómago por la boca, o cuando, presa de las circunstancias, gatilla sin dudar a la cabeza de su compañero Chase Edmunds. Pero es que para detener a los psicópatas hace falta algo más que un buen agente: hace falta otro psicópata. Uno más peligroso. Uno al que, una y otra vez, se le está terminando el tiempo.

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Sin cuchillo entre los dientes

(Publicado hoy en Página/12)


Malas noticias para aquellos a quienes les resulta desagradable la voz, las canciones o lo que suponen que representa Andrés Calamaro: tendrán que lidiar con críticas como ésta, con el consenso del medio... y con las canciones mismas, porque La lengua popular es un explosivo paquete que contiene doce potenciales hits, algunos destinados a ganarse un lugar en el seleccionado de canciones marcadas a fuego en la historia. No hay exageración. Si no fuera porque Calamaro lleva varios años “consagrado”, lo primero que debería decirse es que éste es un disco consagratorio, obra cumbre del poeta fértil, el artesano de canciones. “No me gustan las canciones porque mienten, porque todo se resuelve en tres minutos”, cantó hace ya catorce años, y en La lengua popular todas las canciones se resuelven en ese lapso, dándole un aire de disco de rock argentino clásico, cuarenta minutos de duración, seis canciones “de cada lado” encadenadas en perfecta sucesión, cada una preparando el terreno al siguiente golpe. Cada una proponiendo un universo atractivo en sí, y colaborando a un mosaico encantador.

Aquel adelanto de “5 minutos más (minibar)”, con una base que recuerda al “Sr. Matanza” de Mano Negra, apenas fue una pista. Una pista además engañosa, porque el auténtico clásico instantáneo del disco, que infecta al oyente a la primera escucha, corre por vías más habituales en el estilo compositivo del Salmón: bastará que en estos días empiece a sonar en las radios “Carnaval de Brasil” para confirmarlo. Rotunda, melódica y armónicamente redonda –y no se está hablando de Patricio Rey–, retoma la temática de “Mi rock perdido”, el arte de escribir canciones, y resuelve con un estribillo tan contagioso que es inevitable la sensación de estar ante una de las mejores canciones que AC haya escrito. La autorreferencia, además, sirve para pintar este momento de Andrés, que parece encerrar una declaración de principios sobre este disco al decir que “no son mujeres ausentes, no son canciones urgentes, no son cuchillos en los dientes”, el concepto-guía de obras de hemorragia compositiva como Honestidad brutal o El salmón.

En el pensamiento general de La lengua... por otra parte, entra a tallar la presencia de otra cabeza, que de ninguna manera se limita al terreno de la producción. El hecho de que vuelvan a tocar juntos dos Abuelos de la Nada tiene incidencia capital en el resultado: Cachorro López no solo vigila todo detrás de las perillas, sino que se calza el bajo y colabora en la escritura. Y entonces se entiende la soltura y placer del protagonista, que siempre consideró a los Abuelos una escuela inolvidable de la música y de la vida. No se trata de similitudes estilísticas: el goce que solía liberar la banda encabezada por Miguel Abuelo se hace plenamente presente en títulos como el vibrante rhythm’n’blues “Sexy y barrigón” o el tropicalismo de “Comedor piquetero” y “La espuma de las orillas”, envase de otra declaración adecuada a estos tiempos: “Vengo liviano, como la espuma de las orillas/ a contramano de la resaca de carnaval/ mi sentimiento va a durar, el fuego no me va a quemar/ ya no tengo espinas clavadas en el corazón”.

Y ahí está otra de las claves: en los pasillos del rock argentino suele ser tema recurrente lo que sucede cuando los artistas se enamoran y empiezan a ser bientratados por la vida. Ambas características se cumplen en el presente de Calamaro, padre y esposo feliz, artista reconocido por sus pares, la prensa y el público. Pero ni siquiera las canciones más explícitas se acercan a la frontera de lo baboso al pedo: “Cada una de tus cosas”, con el aporte de Leo Sujatovich en cuerdas, la preciosa “De orgullo y de miedo” o “Soy tuyo”, más cercana al erotismo que a la postal prefabricada, son canciones de amor que no producen vergüenza ajena, emotivas sin sensiblería. Andrés, que las canta sin impostación ni afectaciones, les da intensidad, espesor, credibilidad. Y para demostrar que no es obligatorio que una canción de amor deba ser una balada, allí aparece otro ejercicio autobiográfico: “Parte de mí no cambió y a la vez/ Ya no soy el viejo Andrés que no dormía jamás/ Qué subidón, qué momento ideal/ encontré la mitad del amor”, dice más tarde, junto a un coro multitudinario que es pura adrenalina, invita a acompañar a los gritos y, sí, trae a la memoria otro de los legados de Andrés, el de su aventura española.

Es que el gen Rodríguez también dice presente, y no podía ser de otra manera. No solo en “La mitad del amor” o “Los chicos”, nostálgico pero furioso rock de apertura que alguna vez se llamó “El loro”. Otro de los clásicos instantáneos de La lengua... podría tranquilamente presentar a Ariel Rot como invitado: “Mi gin tonic” no desentonaría como segundo single y tendría el mismo poderoso efecto, otro estribillo que se hace amigo del oyente y lo invita al juego de ser el cantante.

Así, con sus canciones y sus aliados –Cachorro, Juanchi Baleiron, Tito Losavio, Gringui Herrera, Guillermo Vadalá, Dany Avila, Sebastián Schon y más–, Andrés ejercita una lengua inevitablemente popular, que conduce naturalmente al cierre abuelesco de “Mi Cobain (superjoint)”, con referencias como “Argentina, te dieron anfeta de propina” y “Los leones parecen olvidarse que nunca fueron vegetarianos”. La buena vida no hizo vegetariano a Calamaro, que en La lengua popular muestra sus mejores garras de songwriter. Malas nuevas para quienes no lo soportan. Excelentes noticias para los que disfrutan la paradoja de que, a diferencia de la vida, todo se resuelva en tres minutos. Y cantando. Que viva la lengua, la lengua popular.

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14.9.07 

Poeta fértil ataca de nuevo

No te dejes engañar por las rimas fáciles y el aire leve de "5 minutos más (minibar)". La lengua popular, el nuevo disco de Andrés Calamaro, es, sin vueltas, un discazo. Y "Carnaval de Brasil", un clásico instantáneo.

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13.9.07 

Tribunales

Ayer se hizo la audiencia entre la Unión de Músicos Independientes y el Gobierno de la Ciudad, por el pedido de inconstitucionalidad de las medidas post Cromañón. Cristian Vitale lo cuenta en el Página de hoy.

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11.9.07 

Recuperar el sentido del humor

(Publicado hoy en Página/12, dentro de la producción La banda de Sgt. Peter)

“¡¡Sí!! ¡¡Pomelo es rock and roll!!” Resulta curioso que el mejor programa de rock de la TV venga de la mano de tres personajes que –es obvio– tienen cultura rockera, pero no provienen ni de la producción musical ni del periodismo. Quizá sea esa su gran virtud: sin obviedades, sin deberle respeto o consideración a nadie, Diego Capusotto, Pedro Saborido y el coleccionista Marcelo Iconomidis construyen una cita ineludible para el conocedor del género. No sólo por las perlas que desentierran (¡Joy Division y Gong en TV abierta!), sino por el concienzudo manejo del código para reírse a mandíbula batiente del rock, pero no por ello convertirse en meros payasos, o en instrumentos para denigrarlo. Cuando Pomelo grita “¡Rocanrol, nene!”; cuando Luis Almirante Brown lleva a la práctica su Artaud para millones con estrofas spinetteanas y estribillos de cumbia villera; cuando los informes de “Rock y política” producen una mezcla de hilaridad y asombro por la perfección de lo editado; cuando Roberto Quenedi dispara otra serie de canciones en un inglés de mierda, el rock no queda reducido a un objeto risible, sino que incluso se revalida. Se pueden hacer y decir las cosas que se hacen y dicen en Peter Capusotto precisamente porque hay respeto por la materia prima: como bien dice la dupla, satirizan lo que aman.

Con tantas décadas encima, el rock, aquí y en el mundo, se hiperprofesionalizó, se convirtió en mercancía, se dejó llevar por los números y los lugares comunes. En los peores casos, se creyó demasiado importante, se volvió solemne. En ese contexto, Peter Capusotto hace un aporte para nada menor, devolviéndole un bien cada vez más escaso, en la música y en los medios que la reflejan: el sentido del humor. Sí. Pomelo es rock and roll.

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6.9.07 

Reparación histórica

Allá por 1993, los directivos de EMI se encontraron con un problema: en el proceso de reeditar en CD los discos de rock argentino, descubrieron que La La La, de Luis Alberto Spinetta y Fito Páez, tenía una duración que excedía el límite de un CD. Los muchachos hicieron cuentas, y llegaron a la conclusión de que no era rentable lanzar un CD doble. Y cortaron por lo sano... literalmente: aunque parezca increíble, los tipos eliminaron el último tema del disco, que -para completar el chiste- se llama "Hay otra canción". La burrada histórica fue reparada recién ayer, cuando relanzaron La La La en su versión completa, ahora sí con dos discos.

Se tomaron su tiempo. Y no puedo dejar de preguntarme si le enviarán algún cheque a Spinetta y Páez por seguir lucrando con su amor.

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4.9.07 

Los tiempos

Después de aquel post sobre el demoradísimo nuevo disco de Divididos, me quedé pensando en esta epidemia del virus Chinese Democracy en el medio argentino. Sé que ya tengo 40 y los tiempos han cambiado, pero no puedo dejar de recordar cómo eran las cosas no hace tanto tiempo. Nos sorprendía, por ejemplo, que García o Spinetta dejaran pasar un año sin editar un disco: para Charly era una sucesión natural, simplemente su oficio, lanzar Yendo de la cama al living (1982), Clics modernos (1983), Piano bar y Terapia intensiva (1984), Tango (1985), Parte de la religión (1987), Lo que vendrá (1988), Cómo conseguir chicas (1989), Filosofía barata y zapatos de goma (1990), Tango 4 (1991) y así. O los Redondos: Gulp en 1985, Oktubre en 1986, Un baión para el ojo idiota en 1988, Bang! Bang!! Estás liquidado en 1989, La mosca y la sopa en 1991. Son solo dos ejemplos, uno de los solistas y una de las bandas más grandes del país, pero basta revisar las fechas de edición de los discos de quienes protagonizaron las décadas del '80 y '90 para comprobar que ese era el ritmo promedio. El instinto creativo era más poderoso que el miedo a no vender discos por la piratería. Nadie podía sentir que contribuía al impulso del rock argentino con sólo salir a tocar: las obras grabadas importaban.

Estamos hablando, además, de una época en la que grabar era diez veces más costoso que ahora. Tenías que reservar horas y horas de grabación en estudios que te esquilmaban, tenías que pagar una cinta carísima, el proceso de mezcla todavía tenía un costado artesanal (dos músicos, el ingeniero, el productor y un plomo que pasaba por ahí apretando teclas en la consola en una coreografía imposible) que sumaba horas y costos, los sellos te salían conque "faltaba vinilo" y demoraban la salida. Hoy una buena PC y un ProTools abren la puerta a métodos mucho más sencillos, accesibles, inmediatos, pero los grupos se toman cuatro, cinco años para mostrar algo nuevo. Sí, hay algunas bandas que sacan sus discos a cada rato, pero los escuchás y no podés evitar la sensación de que hubiera estado bueno que se tomaran un poco más de tiempo para meditar mejor lo que estaban grabando.

No es ésta la primera crisis que vive el rock local, pero no deja de ser preocupante. Los grupos graban con el freno de mano puesto, los lugares chicos no existen y Popart, una empresa ahora en manos de capitales brasileños/mexicanos de la cual Roberto Costa solo conserva el 20%, tiene todas las sartenes por el mango y reduce la escena al circuito oficializado del megafestival. Ya no podemos ir a La Luna a ver a Peligrosos Gorriones o Los Brujos. La moneda de cambio dejó de ser una canción bien acuñada, preciado bien en vías de extinción. Ganados por el síndrome U2, que después del doblete Achtung Baby / Zooropa se dejó llevar por el aburguesamiento y empezó a considerar la tarea de grabar un disco como un complejo proceso al que solo se accede cada cuatro años, los músicos argentinos ya consideran natural que las cosas sean así, se escudan en la sordera de las radios, el abuso de los sellos, las extrañas características del post Cromañón, la vida y el canto.

Allá lejos y hace tiempo, el kamikaze cantó: "Si no canto lo que siento me voy a morir por dentro". Quizá sea momento de abandonar la visión burocrática de las cosas, permitirse la audacia, no convertirse en empleados que cada equis años marcan tarjeta en el estudio. Dejar que las canciones vuelvan a estallar.

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  • Eduardo Fabregat
  • Buenos Aires, Argentina
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