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26.9.07 

Un guitarrista sin etiquetas

(Publicado hoy en Página/12)


Habrá algún otro instrumentista con ganas de discutirlo, pero la figura del guitarrista es un icono central del rock. Como tales, los profesionales de las seis cuerdas fueron adoptando diversos personajes, cada cual al gusto del consumidor de un género específico: el digitador ultraveloz de los géneros duros, el bluesman de slide con cuello de botella, el sónico experimentador de colores sonoros, el folkie de guitarra y armónica, el rocker de Les Paul por las rodillas y un etcétera más o menos largo, más o menos variado. Cualquiera con conocimiento de causa puede encontrar sus ejemplos, pero difícilmente puede encontrar un lugar donde encajar a Mark Knopfler, el hombre que acaba de poner otra buena noticia en las disquerías bajo el título de Kill to Get Crimson.

En el largo y fecundo currículum del guitarrista escocés, bastaron dos cosas para garantizarle un lugar entre las leyendas: el solo de “Sultans of swing” y el megahit “Money for nothing”. Dire Straits fue una de esas bandas que hicieron historia sin hacer alharaca, vehículo mainstream para un violero ajeno a todos los lugares comunes del mainstream. El público argentino pudo apreciarlo en abril de 2001, cuando Knopfler mostró en el escenario del Luna Park la estampa relajadísima de un tipo que ha hecho de su técnica un sello de personalidad. Es que el fingerpicking tiene directa relación con el sonido-Knopfler, pero no se trata solo de eso: además de poseer una calidez especial, lo que el guitarrista exuda siempre es buen gusto, fineza, un uso casi pictórico de su instrumento para crear climas que van más allá de si toca con púa o no. Con tanto estereotipo dando vueltas, Mark es un violero realmente diferente.

Y Knopfler es diferente porque puede componer bellezas como “Heart full of holes” o “True love will never fade”, el tema que abre esta nueva aventura solista tras su experiencia de disco y gira con Emmylou Harris y All the road running. Dos de los músicos que lo acompañaron en el Luna (Guy Fletcher en teclados y Glenn Worf en bajo), junto al baterista Danny Cummings, ofrecen el lienzo ideal para que el protagonista le dé curso a esas canciones de tempo moderado, que pueden tener arranques como “Punish the monkey” pero generalmente se dejan llevar por el polvoriento paisaje sónico de “We can get wild”, el encantador “The scaffolder’s wife”, o la delicada trama que dibujan el acordeón de Ian Lowthian y la guitarra de Mark en pasajes como “Let it all go” y “Secondary waltz”. Aquí y allá, sabiamente dosificados, siempre en el lugar y el punto justo, los dedos de Knopfler dejan caer sonidos inmediatamente reconocibles, ese estiramiento melancólico que dice más que millones de palabras. La marca de alguien que decidió no quedar preso de ningún personaje guitarrero. Un sultán del swing.

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Mark Knopfler es el J.R. Riquelme de los guitarristas, tan genial como tan amargo.

Conste que soy de Boca y admirador de Mark.

Capitán Nemo

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  • Eduardo Fabregat
  • Buenos Aires, Argentina
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