31.10.07 

Verde césped

A pesar de la clasificación a semifinales de la Copa Sudamericana, anoche los jugadores de River echaban humo por las orejas. Según consigna Olé, el Burrito Ortega incluso dijo "En esta cancha de mierda no se puede jugar, que los dirigentes se pongan las pilas". Tres shows de Soda Stereo y uno de Chayanne fueron demasiado, como denuncia el césped del Monumental, lleno de pozos y marcas.

¿Dirá el sábado Gustavo Cerati "en esta cancha de mierda no se puede tocar, está llena de pelotazos"?

Lo que parece claro es que los futbolistas no están conformes porque le hacen moco el campo de juego. La gente no está conforme porque, más allá de la emoción de la ceremonia multitudinaria, le cobran un dineral, escucha mal y ve a los músicos como muñequitos allá lejos, y termina mirando el show por las pantallas. O sea: los que más disfrutan son... los músicos. Y los dirigentes.

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Viaje al laberinto de las reversiones

Frente a los datos formales de Laberintos entre aristas y dialectos, ¿es apropiado hablar de un nuevo disco de Catupecu Machu? El grupo de Fernando Ruiz Díaz acaba de lanzar un doble CD (casi al precio de uno) que presenta seis temas en estudio y nueve en vivo. De esas quince canciones, solo tres son nuevas: “Viaje del miedo”, “Dialecto” y “Foto en blanco y negro”. Así, la mirada prejuiciosa podría concluir que lo más novedoso del sexto disco de la banda es el lujoso packaging, que busca reforzar la idea de “disco conceptual” simulando un libro antiguo, con una sobria y cuidada gráfica. Pero los prejuicios suelen conducir al error. Y aunque Laberintos... deba ser considerado como un disco de reversiones, eso no le resta valor artístico.

Por razones de dominio público, la situación de la banda no es precisamente cómoda. Sólo el carácter hiperkinético de Ruiz Díaz le permite repartirse con igual pasión entre la necesidad creativa y la difícil recuperación de su hermano Gabriel, quien aparece en las tomas de diferentes conciertos acústicos de 2005 para el segundo volumen, “Registro de la materia en concierto”. Esa pasión se sintetiza y traduce en el desgarrador verso “Te resucito en el sueño / es lo que espero encontrar” de “Viaje del miedo”, apertura de “Tratado de la materia en estudio”. Si la banda salió a la luz con Dale!, salvaje propuesta emparentada con el espíritu de grupos como Primus, y supo reformularse con la atípica puesta en sonido de Cuadros dentro de cuadros, aquí el concepto va más allá del simple acto de desenchufarlo todo: hay en ese “Capítulo I” una densidad de climas, una nobleza de materiales sonoros que desactiva los lugares comunes del mero unplugged. Fernando, el pianista Macabre y el baterista Herrlein consiguen la paz del ojo del huracán, encuentran la esencia de su canción más allá de la electrización habitual del vivo. Lo que no quiere decir que Catupecu sea aquí una banda fogonera, concepto aplicable a la solitaria versión de FRD de “Magia veneno”, pero no a la crimsoniana tensión rítmica de la notable “Dialecto”, la particular épica de “Grandes esperanzas” o la urgencia de “El lugar”, canción de Gabriel incluida en el primer disco que aquí encuentra un pulso completamente diferente, e incluye a Zeta Bosio como invitado.

El segundo disco, si se quiere más previsible, opera como recorrido acústico por títulos efectivos como “El número imperfecto”, “Entero o a pedazos” y “A veces vuelvo”, y deja una versión sólo correcta, pero igualmente bella (imposible destruir semejante tema), de “Seguir viviendo sin tu amor”, de Luis Alberto Spinetta. Así, y de un modo curioso si se mira sólo la lista de temas, Catupecu Machu redondea un trabajo que no carece de ambición, de cierto instinto de recorrer otros caminos, probarse otros trajes. Eso sí: sólo los muy fans insistirán en llamarlo por su completo e intrincado nombre.

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30.10.07 

Puré de música

Es un recurso viejo, conocido... y efectivo: cuando un sello necesita algo de easy money, mover un poco los números con una inversión limitada a la fabricación del disco y algo de marketeo, aparecen las recopilaciones, eso que en Uruguay llaman atinadamente ensaladas. Anticipándose un poco a las compras navideñas, EMI está poniendo en las disquerías una serie llamada PURE, cajas de 3 discos dedicadas a las diferentes décadas, al Reggae, Country, Classical, Easy, Rock & Roll, etc. Hasta allí, todo comprensible: bajo costo, buenas perspectivas de venta en un target de musicalizadores, DJ's de ocasión o consumidores que quieren tener de todo en una sola caja.

Las curiosidades aparecen al repasar las listas de temas de PURE Soft Rock y PURE 80's: habiendo tantos artistas, tantas canciones, ¿no podía evitarse la repetición en ambas ediciones de "Some like it hot" de The Power Station, "Together in electric dreams" de Philip Oakey & Giorgio Moroder, "Road to nowhere" de Talking Heads, "Heaven is a place on Earth" de Belinda Carlisle, "Love is a battlefield" de Pat Benatar, "China in your hand" de T'Pau, "(I just) died in your arms" de Cutting Crew y "The power of love" de Huey Lewis & The News?

(Y además: "And she was" de Talking Heads, "Let's stick together" de Bryan Ferry, "My Sharona" de The Knack y "Today" de Talk Talk en una recopilación llamada Soft Rock?)

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25.10.07 

Monos con martillo

Fue como si largaran una manada de rinocerontes en celo -y furiosos- a galopar por el Luna Park. Es cierto, en vivo Arctic Monkeys tiene menos matices que en sus muy buenos discos, pero la experiencia valió la pena. Sobre todo para aturdirse con los misiles de adrenalina que los tipos pueden disparar como si nada, asombrarse por un estadio lleno hasta las pelotas y salir con una sensación de cansancio físico, inevitable ante semejante lluvia de trompadas sonoras.

(update del viernes: acá, la crónica de Roque Casciero)

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22.10.07 

El valor de una burbuja

(Publicado hoy en Página/12)

Bastó ver el espectáculo de un River a los saltos con “La ciudad de la furia”, enardecido con un viejo grito de guerra incluido en una de las canciones más adrenalínicas, ese que pregunta y desafía “¿Hasta dónde llegaré?”: intentar una relativización de este retorno de Soda Stereo, por vía del remanido “lo hacen por la guita” o su variante más insultante, “vuelven para robar”, es pura necedad. Quien haya estado medianamente atento a la carrera del grupo, además, sabe que nunca hubo una presentación en la que estuvieran robando: cada cual tendrá sus preferencias en cuanto a los giros estilísticos del grupo y cómo se expresaba eso en vivo, pero Soda Stereo siempre se caracterizó por poner lo mejor posible al asador y estar a la altura del evento. Su profesionalismo a ultranza fue incluso interpretado más de una vez como frialdad escénica, pero es ocioso volver a entrar en ese terreno. Al cabo de los primeros tres shows en River, es mejor concentrarse en lo que ofrece este Soda 2007, lo que realmente importa más allá de la parafernalia publicitaria y el carnaval de sponsors. Lo que erizó la carne de las 180 mil personas que sumó de arranque la gira Me verás volver. La música.

En las largas semanas que mediaron entre el anuncio y las 21 horas del viernes 19 de octubre flotaron infinidad de suposiciones, cálculos y pronósticos. En ese panorama, la asociación inevitable fue entre el presente posible y el pasado conocido de septiembre de 1997, cuando un Soda erosionado por las fricciones internas dio las gracias totales en el mismo estadio de Núñez. Pero estos shows vienen a demostrar que Gustavo Cerati, Zeta Bosio y Charly Alberti tomaron la decisión de saltar aún más atrás en el tiempo, a la era pre-Dynamo. No por el repertorio en sí –aunque en eso también hubo decisiones significativas– sino por la actitud artística de retomar los arreglos originales, la épica particular de cada canción. No es que se vio a una buena banda de covers, sino a un Soda Stereo que hacía más de diez años que no existía.

En la noche del sábado, el recuerdo del cronista viajó una y otra vez a dos momentos claves en la historia ochentista del trío: uno pertenecía a 1988, el mismo 3 de diciembre en que un tal Mohamed Seineldín se pintó la cara y el grupo presentó Doble vida en la cancha de rugby de Obras Sanitarias. El otro remitía a dos años después, cuando Soda arrancó el año copándole la parada a Tears for Fears en Vélez –aquel célebre show del diluvio final– y lo cerró metiendo 42 mil personas propias en Liniers con la impecable Gira Animal. Ambas encarnaciones tienen puntos de contacto con esta “burbuja en el tiempo”, que trae al escenario a una banda de música ligera... de lastres: resulta curioso que al trío parezca pesarle tan poco su historia, como para exhumarla sobre tablas con una frescura que parecía perdida en la lenta despedida del ’97. El look ridículamente ochentoso de aquel minishow en Museum o de la tapa de Rolling Stone encuentra un mejor correlato en el rescate de versiones guardadas tiempo atrás en el archivo, como “Tele-Ka”, “Imágenes retro”, “En camino”, “Final caja negra”, “Juegos de seducción”, “Nada personal” o la demoledora “No existes”, verdadera pieza clave de Signos.

Pero más curioso aún resulta que todo eso no redunde en un ejercicio vano de nostalgia. El fervor desatado en el Monumental –el mismo que sin dudas tendrá escala continental– se origina en el disfrute de una banda que, superados los nervios del debut, se reencontró con el vibrante espíritu que los llevó a un sitial capaz de producir cinco (¿seis?) canchas de River llenas. La esencia de una banda pop que cuando quiere puede rockear, como lo demostraron “En el séptimo día”, “Persiana americana”, “Sueles dejarme solo” o ese frenético final de “No existes”. Desde sus inicios, Soda Stereo siempre tuvo plena conciencia de su significación y sus ambiciones, su búsqueda de un código diferente en una escena aún clavada en el hippismo o el rock sinfónico. Tantos años después, habiendo alcanzado el status de clásico y ostentando un record de convocatoria imposible de empardar –ni los Redondos logran cruzar tantos públicos, de edades y extracciones sociales tan diferentes–, Cerati, Zeta y Alberti se las arreglan para evitar la caricatura y hacer de esta acotada reunión mucho más que una iniciativa comercial. Una burbuja en el tiempo, sí. Pero cargada de significado.

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18.10.07 

El titiritero

Estuve echándole un vistazo al catálogo de la Editorial Imaginador. Allí se dice que la editorial "comenzó a ser imaginada en el año 1991", y que "el sueño que la originó –un sueño que hoy prosigue- fue el de la creación y edición de libros que resultaran fieles a lo que sus títulos prometían, que desarrollaran los temas universales de mayor interés para el más amplio espectro de lectores, que pudieran compartir los estantes de una gran biblioteca o ser los primeros ejemplares de una biblioteca inicial."

Las novedades de octubre incluyen Maquillaje correctivo, de Marisa del Dago; Cocine en horno de barro, de Lino C. Medina; Cómo hacer feliz a un hombre, de Florencia Piquer, y Las más eficaces técnicas de estudio, de Gustavo F. Sequeira.

El fundador de la editorial se llama Luis Hernán Rodríguez Felder y se presenta en su currículum como "escritor, periodista, filósofo de orientación cristiana, maestro de escuela y titiritero". Ahora, gracias a Mauricio Macri, podrá agregar: "y Ministro de Cultura de la Ciudad de Buenos Aires".


(update del domingo: un reportaje de Sergio Kiernan en Página/12 que confirma las peores sospechas)

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17.10.07 

Cómo eliminar al molesto intermediario

(Publicado hoy en Página)

Hace quince años –una eternidad para el mundo de la música–, Radiohead era una banda cabeza de serie en el panorama de algo que algún periodista, ejecutivo de sello o musicalizador radial decidió bautizar brit pop. Primero con Pablo Honey y el megahit “Creep”, después con el demoledor The Bends, el de “My iron lung”, “Fake plastic trees” y “High and dry”. El grupo podría haber hecho la plancha, seguir con esas canciones guitarreras y efectivas y dejar que las aguas del éxito lo llevaran plácidamente. Pero, más cerca de la ambición de Pulp que del clacisismo de Oasis, Thom Yorke, Jonny y Colin Greenwood, Phil Selway y Ed O’Brien hicieron trizas el corset de aquella definición fácil con OK Computer, el disco que en 1997 los desmarcó para siempre de sus congéneres. Que “Karma police” y “Paranoid android” hicieran que ese disco fuera aún más exitoso que los anteriores le dio al quinteto aún más confianza para abrazar una filosofía de libertad total, que se tradujo en el combo Kid A / Amnesiac: dos álbumes exigentes, en los que el ropaje de canción pop era disimulado bajo capas y capas ambientales, con armonías y melodías construidas con fragmentos de sonidos, climas, fantasmas tecnológicos que representaban a la perfección la confusión del fin de milenio. Eso, sin embargo, no desvirtuó la esencia del grupo, que en vivo mantuvo su carnadura, su poder de impacto y su encanto: la presentación de Kid A en el Victoria Park londinense mostró, más allá de todo escarceo tecnoso, una banda de rock con todas las de la ley.

La primera década del nuevo siglo no fue especialmente pródiga: el grupo editó un disco en vivo (I might be wrong) y mantuvo el nivel con Hail to the thief (2003), donde hubo lugar para canciones excepcionales como “2+2=5” o “There there” y hasta autoparodias como “We suck young blood”. Mientras la escena de las islas se deslizaba a la poderosa reactualización del legado new wave a través de bandas como Franz Ferdinand, Kaiser Chiefs, The Coral o Arctic Monkeys, Radiohead se guardó. Thom Yorke se probó el traje solista con el oscurísimo The eraser, y el grupo trabajó puertas adentro en su próximo golpe. Golpe que fue un perfecto uno-dos: a comienzos de este mes, Jonny anunció como al pasar en el sitio oficial que “acabamos de terminar nuestro nuevo disco, se llama In Rainbows y se lanzará en diez días”. Nada de grandes campañas, singles de adelanto y la hojarasca previa al lanzamiento de una gran banda. Sin contrato discográfico, Radiohead dio su propia opinión de cómo lidiar con el download ilegal ofreciendo su obra con un precio a voluntad del usuario, además de una versión de lujo con dos CD y dos vinilos.

La decisión es todo un cimbronazo para una industria que, a caballo de las buenas cifras de la venta digital, empezaba a aquietar sus temores por las costumbres de los nuevos tiempos. Es que la movida de los muchachos de Oxford no es sólo una decisión comercial, sino sobre todo filosófica: en ese contacto directo con su público, Radiohead viene a advertir que, en la era de la banda ancha, los ejecutivos de las discográficas pueden convertirse en una especie en riesgo de extinción. Conocedor de las protestas de los consumidores sobre los precios de los discos –sobre todo en contraposición con la ínfima tajada reservada a los músicos–, el quinteto mete el dedo en la llaga y hace el interrogante indicado: “¿Cuánto estás dispuesto a pagar por nuestra música?”. Aprovecha el efectivo goteo de Internet –que en el caso de un grupo como éste se asemeja más a un torrente– para hacer caso omiso de esos “costos de producción” que las compañías menean para justificar la sangría de dinero y pegarle un codazo virtual a la gente, avisarle que ahí está el disco y que ni siquiera tienen que hacer cola en la disquería a medianoche. Y, de rebote, instalan un debate si se quiere moral: si la mayoría de los que bajan discos aluden a la distorsión de precios para justificarlo, el abrupto cambio de esa variable tan sensible propone un panorama absolutamente diferente. O, como puso en palabras Jonny Greenwood: “Es interesante hacer que la gente se detenga aunque sea por unos minutos y piense el valor de la música. Pensamos que era interesante pedirle a la gente que lo compare a cualquier otra cosa que valoren en sus vidas”.

Lo mejor de todo, al cabo, es que el novedoso concepto comercial viene complementado con un sólido basamento artístico. Radiohead no ofrece a la gorra digital cualquier batata, una colección de out takes, tomas alternativas, lados B o versiones en vivo. Fieles a su historia de buscar siempre más, no “hacen la prueba” con material de bajo riesgo. Aún más, In Rainbows podrá volver a enamorar a aquellos que terminaron huyendo espantados por la claustrofóbica, ominosa sensación que podían producir sus canciones recientes. Basta escuchar los primeros minutos: “15 step” engaña con algunos compases de afiebrado drum’n’bass, pero pronto queda claro que en el Radiohead 2007 el bajo, la guitarra, la batería y los teclados llevan un rol más clásico, más identificable. Y Yorke sigue siendo capaz de alumbrar –u oscurecer– todo un mundo con esa extraña forma de cantar, perfecta pincelada final sobre una canción de apertura que va ganando en intensidad a cada paso y contagia al oyente de manera inevitable. Y si quedaba alguna duda, la inmediata aparición de “Body snatchers”, tan urgente, corrosiva y adrenalínica como para ser el perfecto primer single que ningún sello elegiría, confirma que la pausa del grupo contribuyó a fermentar una buena síntesis entre su origen cancionero y los experimentos de científico loco que caracterizaron su segunda etapa.

A esa altura, con solo dos tracks recorridos, Radiohead ya tiene ganada la batalla. Pero, para que no queden dudas, en las diez canciones que integran el disco (la edición deluxe agrega otras ocho) está impreso el ADN de una banda que puede llegar a convertir la angustia en algo tarareable, pero nunca se conformó con ese único rol. Sí, ahí aparece, al fin en una grabación oficial, lo que antes se llamó “Big Ideas (Don’t Get Any)” y ahora, bajo el título “Nude”, se ofrece como desoladora balada adornada con sonidos al revés y voces insidiosas que entran y salen de cuadro. O la arrastrada “All I need” y el cierre de “Videotape”, otra pintura melancólica con Thom y su piano abriendo el fuego. Pero el humor general queda balanceado con pasajes como “Jigsaw falling into place”, pariente lejana de “Paranoid android” que deja otra dosis de adrenalina y un sonido –más allá de los coritos espaciales– bien de grupo tocando en un cuartito. O “Reckoner”, “Weird fishes/Arpeggi”, y los contrapuntos vocales de la brevísima “Faust arp”, canciones en las que lo luminoso y las melodías se imponen sobre el retorcimiento. Ni hablar de la amable “House of cards”, sencillamente construida sobre una guitarrita limpia, la voz de Yorke y el eco de unos coros que atraviesan el paisaje.

Con ello, simplemente dedicados a hacer música, eliminando las presiones de un contexto que más de una vez los empujó al aislamiento (recordar la película Meeting people is easy), Radiohead se da el doble lujo de mostrar una perfecta salud artística y una encomiable actitud de replantear de una buena vez las reglas del negocio. Encontrar nuevos caminos frente a un estado de las cosas que así lo exige, y que pide algo más de creatividad que las policíacas campañas antipiratería. Con sus canciones y con sus actos, el grupo no hace más que recordar una obviedad, que lo que realmente importa es la música, los que la ofrecen y los que la disfrutan. Todo lo demás es cartón pintado y luces brillantes, fastuosos presupuestos de marketing y charla vacía de burócratas que no ven pentagramas sino hojas de balance. Un músico, un oyente y un contacto directo para compartir el universo que puede revelar una canción. ¿Cuánto pagarías por eso?

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13.10.07 

Las etiquetas de Al

(Publicado hoy en Página, dentro de una producción sobre el premio Nobel)

Hay un lugar común que indica que nada embellece más a una persona que la muerte: salvo casos extremos como Galtieri o Pinochet, es habitual leer y escuchar necrológicas que ofrecen un inmaculado perfil del personaje público en cuestión. Pero la era del desastre ecológico viene propiciando otra clase de operativo limpieza, con la conciencia ambiental como eficaz lavandina: de eso sabe bastante Albert Arnold “Al” Gore, que gracias al Nobel sube un poco más en la escalera mecánica que parece llevarlo inexorablemente a la Casa Blanca.

Es evidente que Gore no mastica vidrio: sin hablar nunca de candidaturas, el tipo está mejor posicionado que unos cuantos. Y, aun en un país en el que hay que ponerles un chumbo en la cabeza a los jóvenes para que vayan a votar, cuenta con un ascendiente importante en un segmento que, cuando quiere, sabe apasionarse por causas sociopolíticas. Prueba de ello fue el Live Earth de julio de este año, cuando millones de personas siguieron, frente a los escenarios de siete ciudades o por TV, la actuación de grupos y solistas de primera línea convocados por Gore para la misma causa de concientización exhibida en Una verdad incómoda. Así, para las nuevas generaciones Al es un político buena onda que se preocupa por el medio ambiente y el planeta que les quedará a los niños.

Y así, también, el ex senador por el estado de Tennessee y ex vicepresidente de Bill Clinton consiguió diluir ciertas acciones anteriores que, para el mismo target, distaron de ser buena onda, entrando más bien en la categoría piantavotos: allá por 1985, Al fue el más activo lobbista en el Senado para la causa de su esposa, Tipper Gore, quien a caballo de su lista de las “filthy fifteen” (las quince canciones más escandalosas, de artistas como Madonna, Cyndi Lauper, AC/DC, Prince, Judas Priest y Mötley Crüe) consiguió que los sellos discográficos impusieran el sticker de “Explicit lyrics” para los artistas más irritantes del gusto americano, y comenzara un férreo control de las imágenes y palabras que aparecían en los videoclips. Los stickers y la censura permanecen al día de hoy. Pero quién va a andar mostrándole trapitos sucios al Nobel de la Paz, que es una etiqueta mucho más simpática.

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12.10.07 

El día perfecto

Y hablando de precios de discos, boicots y esas yerbas. Con In Rainbows, Radiohead le acaba de meter un termo en el culo a la industria discográfica: como ya casi todos saben, el grupo está sin contrato discográfico y puso su nuevo disco a disposición del público en internet, con una versión clásica (y deluxe, teniendo en cuenta que incluye CD, 2 vinilos y libro con arte y letras) a 40 libras, y download con pago "a voluntad" y un mínimo impuesto. La movida es más que interesante, y como recurso antipiratería suena más efectiva que "si ofrecés temas en internet te meto una multa de 200 mil dólares y/o te meto preso".

Pero esos son solo los datos. Lo importante es esta situación: viernes previo a fin de semana largo, lluvia y lluvia, blanda, lenta y gris sobre Aires Dudosos. ¿No es el contexto ideal para sentarse en el sillón, calzarse los auriculares y dejarse llevar?

Allá vamos.

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Otro boicot

Un triunfo del pueblo consumidor: tras 48 horas de boicot, el precio del tomate bajó abruptamente, demostrando que a fin de cuentas, si hay un acuerdo generalizado en canalizar la bronca en métodos efectivos, se pueden cambiar algunas cosas. Entonces, ¿qué estamos esperando para lanzar el plan No Compramos Más Discos Hasta Que Dejen De Chorearnos Descaradamente Con El Precio?

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10.10.07 

La audacia de jugar a la reinvención

(Publicado hoy en Página/12)

“Cada disco es una oportunidad para demostrar lo que somos en el momento. Cada uno de nosotros compone de manera individual o se imagina algo por separado y juntos trabajamos en todo esto.”

La frase pertenece al mutante vocalista de Café Tacuba, que por estos días se llama Ixxi Xoo, y que acaba de demostrar en el escenario del Pepsi Music y de La Trastienda que su capacidad de performer va más allá de los eternos cambios de nombres. Tras las cumbres alcanzadas por Cuatro caminos, la pregunta ante la edición de Sino apuntaba precisamente a ese “lo que somos en el momento”: cualquiera que haya prestado atención al cuarteto de Ciudad Satélite está acostumbrado a una cuota de audacia que lo situó siempre en el malón dominante de la música del continente. Y cuando un grupo siempre arriesga, el oyente tiene el secreto temor de que un día, un disco, el impulso se detenga.

Recorrido el viaje que va de “Seguir siendo” a “Gracias”, los temores pueden espantarse sin problemas: Ixxi, Meme del Real, Quique y Joselo Rangel se resisten a dormirse en los laureles, no se desaniman ante las mil posibilidades del viaje que se propusieron allá lejos y hace tiempo. Decidido a romper una vez más con lo esperable, Café Tacuba parió ayer su disco quizá menos mexicano, lo cual de ninguna manera debe tomarse como una falencia o una pérdida de identidad. Es otra de esas decisiones que toman los audaces, del mismo tenor que la elección de un single como “Volver a comenzar”, que con sus siete minutos y medio, su clima delicadamente construido, se caga olímpicamente en las reglas del mercado. Y exhibe la chapa del sendero elegido por el grupo, que abraza apasionadamente un rock progresivo que no tiene nada de anacrónico.

Así, Tacuba no abandona esa facilidad para canciones guitarreras como “Vámonos”, “Abandonado”, “Tengo todo” o las energéticas “De acuerdo” y “Cierto o falso”, o el coqueteo entre lo orgánico y lo tecnoso de “El outsider”. Pero a la vez se interna en un tipo de elaboración no tan habitual, diferente de la expresada en Revés/Yosoy, que deja perlas como “Esta vez”, “Arrullo”, “53100” –que, créase o no, abre con reminiscencias de cierta bandita llamada The Who– o el mismo cierre de “Gracias”, con solo de batería al viejo estilo incluido. “No sabemos si este disco tiene este asunto de volver a comenzar algo. Cada quien propone y las cuatro visiones hacen una sola”, completó Joselo en la presentación realizada en Querétaro, paso introductorio de una gira que los llevará por México, Japón y Estados Unidos. El sino, entonces, será seguir recorriendo caminos sin prejuicios, produciendo el milagro de que cada retrato de “lo que somos en el momento” se sostenga en la convicción que da el deseo, y el valor, de reinventarse cada vez.

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9.10.07 

La era del after tomate

(Publicado hoy en Página/12, dentro de una producción sobre el boicot al tomate)


Bienvenidos a la era del after-tomate: la nevada, los problemas estacionales, las incidencias del mercado, todo eso que se explica en estas páginas conducen a este momento histórico en el que –entre otras cosas– se terminó la ensalada mixta, las rodajas en los ojos para bajar las ojeras, el tomate cherry consumido como golosina y el pancho rebosante de ketchup. A medida que la hortaliza escarlata desaparece del horizonte del consumidor medio, he aquí algunas de las inevitables modificaciones que se producirán en la vida diaria:

  • Los cantautores que hacen de la desafinación un credo pasarán a vivir una época de gloria: ya nadie podrá expresar su desaprobación a tomatazos sin exponerse a la miseria más espantosa.
  • Los locales de fast food deberán revisar su escala de precios. A partir de ahora, los combos vendrán con una cláusula de ajuste, algo así como “por sólo catorce pesos más, ¿querés agregarle a tu pedido un sobrecito de ketchup?”.
  • La expresión “irse para el lado de los tomates” dejará de referir a conceptos confusos u opiniones traídas de los pelos, para convertirse en un símil de “ése tiene la vaca atada”, “vos sí que te salvaste” y giros análogos.
  • Del mismo modo, otra célebre expresión ya no significará que alguien pase vergüenza: “Desde que se casó con J. K. Rowling, Juancito está rojo como un tomate”.
  • En las raves locas de la Costanera, el éxtasis será suplantado por el tomate cherry.
  • Las próximas reediciones del disco After Chabon de Sumo eliminarán la canción “Mañana en el Abasto”, donde la frase “tomates podridos, en la estación del Abasto” le daría al disco un costo prohibitivo.
  • En una movida desesperada, algunos verduleros de barrio intentarán comercializar “cherry tomates”, aprovechando que las cerezas están más baratas. E incluso habrá algunos que, aprovechando que ya bajaron de las alturas, pintarán con témpera roja los zapallitos. Y el pueblo volverá a tener paz, pan, trabajo y ensalada.

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7.10.07 

La revolución con tempo de rock

(Publicado hoy en Página/12, dentro de una producción sobre el Che Guevara)


“Yo tenía tres libros y una foto del Che.
Ahora tengo mil años y muy poco que hacer”

Charly García

En los años fundacionales del rock argentino, mencionar a Ernesto Guevara en una canción era una idea delirante. No porque a los rockers de la época no les cayera igual de simpático que a los de hoy, sino por la obvia coyuntura socio-político-militar. Los peluqueros espontáneos de Onganía, los vigilantes de la juventud de Levingston y Lanusse, terminaron pareciendo carmelitas descalzos al lado de la patota asesina de Videla y sus secuaces. Pero de cualquier manera no era cuestión de andar expresándose tan abiertamente, levantando la cabeza para el garrotazo verde o azul. En la era de la metáfora obligada, los tipos explícitos como Pedro y Pablo circa Conesa tenían que encarar el exilio, y cuando Sui Generis intentó contar sus anécdotas sobre las instituciones perdió la batalla con el Sr. Tijeras.

¿Habrá sido Charly, en ese “Rap del exilio” de 1984, el primero en mencionar directamente al hombre de la boina? Primero, segundo o tercero, no deja de resultar una paradoja atractiva que justamente Charly, acusado por esos años de haberse vendido a “lo comercial” con Clics modernos, le pusiera música de hit al apodo guevarista. Lo cierto es que, a medida que se olvidaba de las mordazas, parte del rock argentino se permitió expresar su identificación con el Che o con sus ideales. Las décadas pasaron y sobre los movimientos guerrilleros en América latina hubo infinidad de lecturas y reversiones, pero la figura del Che permanece como modelo para cientos de rockers –músicos o no– que viven el karma de vivir al sur. Por la valentía de salir a intentar cambiar el mundo, por una oposición al imperialismo que sigue calando hondo aun en pibes sin la más mínima militancia, que ven en Guevara el símbolo de alguien que se opuso al sistema, o simplemente por la potencia del look, Ernesto Guevara es para muchos una bandera indiscutida.

Por eso no es de extrañar que un rápido repaso deje ejemplos estilísticamente tan disímiles como el “Alerta guerrillas” de Todos Tus Muertos, “Ellos son” de Los Violadores, “La argentinidad al palo” de la Bersuit, “La unión verdadera” de Resistencia Suburbana, “Barrio latino” de La Mosca, “América del sur” de Los Gardelitos o “El insatisfecho” de El Bordo. Por eso el Che fue una figura central en el viraje ideológico de Los Fabulosos Cadillacs, que en el filo de los ’90 cambiaron el “quiero morir tocando ska” por la poderosa épica de El león en general y de “Gallo rojo” en particular. Por eso, también, Chizzo, cantante de La Renga, sintetizó el sentimiento de la banda, hace más de diez años en el Suplemento NO, con la rotunda frase “El Che es un chabón grosso”, que podrá parecer excesivamente simple pero sintoniza de lleno con el pensamiento del rock barrial y sus seguidores.

La pasión por el Che fue también objeto de lecturas críticas, como cuando Los Piojos pintaron al militante de ocasión con el verso “Guevara, Guevara, Guevara en mi remera de Dior” (“Esquina Libertad”), o cuando Kevin Johansen se permitió la ironía por cierta moda guevarista con la filosa “McGuevara o Che Donalds”. E incluso dio para un franco rechazo en boca del inclasificable Ricardo Iorio, cuando cantó que “Prefiero a José Larralde que al Che Guevara en “Cumpliendo mi destino”. Pero, aun en un país en el que se devastó a conciencia la educación, que los pibes insistan en el rescate de la figura del Che demuestra que las lecciones de historia pueden tener mil formas. Y música.

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6.10.07 

La oreja de un músico

El amigo Ernesto Puesto, músico, multiinstrumentista e ingeniero de sonido, siguió atentamente los comments alrededor de La lengua popular, de Andrés Calamaro. Tuvo que esperar a que llegara el sueldo para poder comprarse el disco y juzgar por él mismo. Y ayer me llegó un SMS:

"Minibar no es reggaeton es rumba flamenca con bombo en negras manga de ignorantes"

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4.10.07 

Guerra charrúa

¿Será una escalada en la posible guerra desatada por una pastera en el margen del río? Ayer me llegó un disco triple realizado por la Subsecretaría de Industrias Culturales de Actitud Bs. As., un sampler titulado Música Argentina, continuación del reciente Bafim para exhibir en ferias como Womex y Midem. Dividida en "Rock & Pop", "Tango & Tango electrónico" y "Jazz, Folk & World Music", la cajita presenta en este último disco una curiosidad que puede despertar otra presentación oriental en el tribunal de La Haya. El tema 9 es "Por amor al arte", de Jaime Roos.

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2.10.07 

Descubrir la pólvora

Es curioso que Clarín.com y CTI Móvil aseguren que Safety Creative es "el primer registro global y libre de propiedad intelectual en internet". Habría que avisarles que desde diciembre de 2002 existe algo llamado Creative Commons.

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Responsable

  • Eduardo Fabregat
  • Buenos Aires, Argentina
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