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(Publicado hoy en Página/12)
Sobre la escena planea una clase de magia que sólo la música puede producir. En el segundo piso de un antiguo edificio porteño, Hernán Núñez cuenta cuatro y once guitarristas se embarcan en una impactante versión de “Vrooom”, uno de los títulos que King Crimson presentó en aquella inolvidable reunión de 1994 en Buenos Aires. Núñez, Fernando Kabusacki, Mariana Scaravilli, Ignacio Furones, Claudio Lafalce, Ignacio Gracián, Martin Schwutke, Jorge Sevilla, Carolina Tonnelier, Leonardo Requejo y Luciano Pietrafesa se embarcan en una de esas complejas y atrapantes piezas instrumentales que llevan la marca de Robert Fripp en el orillo. Promediando la canción, Núñez detiene todo, y una parte del ensamble revisa la línea principal del tema: la revisión deja conformes a todos, y la performance arranca de nuevo, con precisión de relojería. En esa habitación luminosa y cálida, el sonido de las once guitarras tiene una contundencia que desmiente cualquier preconcepto sobre el instrumento acústico: cuando la League of Crafty Guitarists se embarca en la coda final, todo lo externo parece haber desaparecido, no queda nada más que esa inexplicable conexión que la música produce con los sentidos del oyente.
El regalo de compartir una parte del ensayo con la Liga es un final de nota más que satisfactorio: sobre todo porque hay una íntima relación entre lo que el cronista ve y escucha y todo lo hablado minutos antes con Núñez, director del ensamble de guitarras que actuará en el Teatro Ateneo a comienzos del mes próximo (ver aparte). “Para un músico, la performance en vivo es fundamental”, dice Núñez, nacido en Argentina pero radicado en Alemania, integrante de Los Gauchos Alemanes y Santos Luminosos y factótum de aquella reencarnación de Crimson en las pampas. “No sólo porque el músico se está expresando, no sólo por lo que le pasa al músico: el espectáculo es también lo que le pasa al público. En un concierto de la Liga hay todo un marco que conocemos, un material que sabemos que vamos a tocar, pero también... si alguien pregunta qué va a pasar, la respuesta es no lo sé. Depende de lo que pasa entre nosotros, incluso lo que surge cuando tocamos con Robert, y lo que pasa con el público. Hay mucho espacio para la improvisación, y hasta el silencio tiene su significado.”
El origen de la Liga tiene que ver con el hambre de experiencias de Robert Fripp. En 1985, el líder de King Crimson inició las actividades del Guitar Craft, seminarios de guitarra que se llevan a cabo en todo el mundo y que van más allá del concepto de “clase magistral” o “clínica”: el GC abre la puerta a otro tipo de afinación –la New Standard Tuning, que amplía el rango de la guitarra hacia arriba y abajo, convirtiéndola así en un instrumento aún más versátil, capaz de abordar tonalidades de otros instrumentos– y a una serie de ejercicios que incluyen las “circulaciones”, en las que cada guitarrista “entrega” una nota al siguiente y entre todos van formando un entramado, una creación colectiva que diluye las concepciones habituales sobre el ego del músico. La aparición de un ensamble mutante, que puede sumar o restar miembros y ganar nuevos matices en cada formación, fue consecuencia natural de esos seminarios: desde su fundación en 1986 y hasta 1991, la League tocó regularmente en todo el mundo, una tarea reflejada en los discos The League of Crafty Guitarists Live, Live 2 at Quebec, Show of Hands e Intergalactic Boogie Express. En 1991 la Liga se llamó a silencio, pero los Guitar Craft siguieron ofreciéndose regularmente. En abril de 1995, un seminario en un antiguo convento de la localidad bonaerense de Gándara inauguró los capítulos argentinos, que se siguen realizando hasta el día de hoy.
–Lo último que se supo de usted en Argentina fue en 1999, tenía que ver con los Gauchos Alemanes... y ahora vuelve como director de la LCG para Europa y Sudamérica. ¿Qué pasó en el medio?
–De algún modo, dejé aparte mi “carrera” de músico..., me fui a Alemania y me puse a estudiar, me dediqué a aprender sobre producción de sonido, me metí mucho en eso porque necesitaba aprender. Yo ya trabajaba con Robert, ayudándolo con los cursos, y en 2002 empezamos a tocar nuevamente con los músicos del Guitar Craft, probando diferentes formaciones y repertorio. Entre 2003 y 2005 estuvimos de gira, y un día vino Robert a vernos y nos dijo: “¿Puedo tocar con ustedes?”.
–Y lo dejaron, supongo.
–Le dijimos: “No sé, vamos a ver” (risas).
–Desde entonces, la Liga estuvo girando intensamente, acaban de terminar un tour en España y Portugal..., pero siempre encuentran un tiempo para hacer algo aquí. Evidentemente, en el “universo Fripp” hay un lugar particular para la Argentina.
–Sí, acá hicimos muchas cosas, el String Quintet, lo de King Crimson, los Soundscapes de Robert solo..., teníamos muchas ganas de traer a la Liga. Robert tiene una fascinación muy grande con Buenos Aires, le gusta mucho esta ciudad y lo que pasa acá. Incluso les dice como consejo a los músicos “andate a vivir a Buenos Aires”...
–Algunos músicos que sufren las dificultades de trabajar acá tendrían algunas cosas para decir de eso.
–Sí, bueno, pero el show business es igual en todas partes. Y acá es cierto que sucede algo diferente, la gente es especial, tiene avidez por ver cosas y prestar atención. Yo creo que es una apertura que tiene el argentino a que algo lo transforme. Pasaba con los que iban a ver a Pescado Rabioso en los ’70 y salían sintiendo que algo de eso que habían visto y escuchado los había transformado. Eso de que el público argentino es diferente no es un mito, es la pura verdad. Sí, también podés encontrar un público caliente en Inglaterra, pero en los países latinos es distinto, España, Italia..., pero Argentina es como ese público latino al extremo.
“La música desea tanto ser escuchada que llama a algunos a darle voz y a algunos a darle oídos”: ése es uno de los aforismos de Guitar Craft, que instruye no sólo sobre cuestiones estrictamente musicales y de ejecución del instrumento sino también sobre el rol del músico, la necesidad de entrenar su percepción y su receptividad para, según dice Núñez, “esperar el momento”. Pero ante todo lo que guía a la LGC es un valor que hoy parece sepultado por la omnipresencia de las reglas del mercado musical, potenciadas por la era de la tecnología y la hiperconectividad: el término “crafty” parece hoy aún más singular que hace veinte años. “Crafty es nada, se traduce como artesanal pero es sólo un término, un personaje”, dice Núñez. “En realidad refiere al acercamiento que un músico debe tener con respecto a la música, de honestidad, de respeto por uno y por el otro, de amor a la música. Yo creo que el músico tiene una responsabilidad. No es que va a cambiar el mundo, no es una cosa grandilocuente, pero sí tiene una responsabilidad con respecto a la música y lo que quiere decir.”
Desde que puso en operaciones Discipline Global Mobile, Robert Fripp se encargó de poner especial atención en el músico, no sólo en sus responsabilidades y la necesaria filosofía de amor y respeto por lo que hace sino también en lo que refiere a sus derechos. A contrapelo de las leyes del negocio, cualquier edición de Possible Records viene con el epígrafe “El copyright de estas canciones pertenece a sus autores”: mientras los popes de la industria encabezan sus campañas antipiratería con el sonsonete de “estamos defendiendo los derechos de los músicos”, el líder de King Crimson es el único productor que cumple a rajatabla ese precepto.
–Hoy por hoy, el esquema de trabajo diseñado por Fripp hace años, las “pequeñas unidades móviles” desperdigadas por el mundo, parece aún más viable. La tecnología de esta era eliminó varias de las barreras que le impedían al músico poder mostrar lo suyo...
–Se terminó esa tiranía del estudio de grabación, y la necesidad de tener que firmar sí o sí cualquier cosa con quien te edita el material. Si queremos, nosotros podemos grabar lo que estamos ensayando acá y subirlo inmediatamente a la red, y ofrecérselo a la gente. Hoy las bandas nuevas puede llegar al público más directamente, mostrar lo que hacen en su propio sitio, y eso es buenísimo.
–Pero al mismo tiempo la gran batalla sigue pendiente: los grandes sellos siguen imponiendo sus reglas.
–Lo del copyright es algo imperdonable, es lo único en lo que yo soy realmente inflexible: los derechos son del músico, no debería ser de otra manera. Lo que le pasa al pibe que está empezando es entendible: las compañías le ofrecen adelantos, y que su música va a estar en los medios, y que van a estar en la tele, y entonces firman lo que le ponen delante, y de pronto sus canciones ya no son de ellos. Y por ahí firmás con un tipo con el que dijiste: “Bueno, este tipo parece diferente, creo que puedo trabajar con él”, y a los dos años se muere y quedaste en manos de otra persona que no sabés quién es, y tu música ya no es tuya. No lo digo en general, lo digo con conocimiento, por experiencia propia. Entonces, el mensaje que nosotros tratamos de dar es que ante todo hay que ser honesto con uno mismo y honesto con lo que hace, y que las cosas se pueden hacer de una forma diferente. Eso no quiere decir ni mejor ni peor: solo diferente. Quizá los tiempos sean otros, pero la satisfacción que te deja al final también va a ser diferente.
Puede decirse que es “el Fripp que faltaba”: tras los shows del Robert Fripp String Quintet en el Coliseo, el regreso de King Crimson en el Broadway y los Soundscapes en el Goethe, los shows porteños de Fripp & The League of Crafty Guitarists permitirán apreciar en vivo otra de las facetas del músico inglés. La cita es para los días 6, 7, 8 y 9 de junio en el Teatro ND/Ateneo (Paraguay 918), pero también habrá presentaciones en Rosario (el 30 de mayo, en el Teatro de la Comedia) y Mendoza (1º y 2 de junio, Teatro Independencia). Antes de los conciertos, Fripp romperá una regla de oro y se prestará a una conferencia de prensa que incluirá un showcase. Allí podrá escucharse parte del material que la Liga está tocando en su gira y que abarca varios temas de Los Gauchos Alemanes –algo que a Núñez le produce especial orgullo, “porque al cabo los Gauchos surgieron del Guitar Craft y vuelven al Guitar Craft”–, Béla Bartók, dos temas de King Crimson (“Thrak” y “Vrooom”) y un par de covers de The Beatles “de su etapa más psicodélica”. Las entradas están a la venta a través del sistema Ticketek (5237-7200) y en la boletería del teatro.
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Allá lejos y hace tiempo, parecieron sintetizar a la perfección ese espíritu melancólico que suele caracterizar a las bandas surgidas de las islas británicas: “Por qué siempre me llueve encima?”, se preguntaba Travis, y era una exageración, pero una de esas exageraciones que terminan conectando con el sentimiento de millones de personas. Las unidades vendidas por The man who (1999) también se contarían por millones, así como The invisible band (2001) certificaría la pertenencia del cuarteto escocés afincado en Londres a la canción pop en el mejor sentido, el sentido que le dieron The Beatles. En la industria –que se rige más por los números que por el mérito artístico– la estrella de Travis se apagó con 12 memories, su oscuro disco de 2003, íntimamente ligado con el descontento general por los dislates de Tony Blair en Irak. Además, los medios ya tenían un nuevo nombre para adorar, el de Coldplay, que no casualmente seguía las líneas de las mejores canciones de Travis.
Pero el guitarrista y cantante Fran Healy, el guitarrista Andy Dunlop, el baterista Neil Primrose y el bajista Doug Payne están más allá de las directivas y definiciones del mercado. “Closer”, el single que preludió la salida del flamante The boy with no name, es una canción de amor, pero su primera línea, “Ya tuve suficiente de este desfile”, podría ser aplicada a su propio historial en el mundillo de la música. Habituado al jueguito de meter y sacar fichas descartables en el mapa de la música inglesa, en su quinto disco Travis parece haber superado las tensiones a las que suele quedar sometida una banda en la cresta de la ola. Y este nuevo paquete de canciones, que podría engañar a un oído poco enterado como “una copia de Coldplay, a su vez una copia de Radiohead”, no hace más que rescatar su propia esencia, algo tan difícil de conseguir como una canción pop británica con identidad y sonido propio.
Travis tiene un pulso particular, una manera de encarar las canciones, entrelazar las melodías y armonizar el todo que lo aleja del típico librito. Es por eso que los dos tracks que abren el disco, “3 times and you lose” y la galopante “Selfish Jean” producen un plus de entusiasmo, una sensación de que se está ante algo muy british, pero no por eso predecible. Si viejos sucesos como “Side” o “Sing” entraban de inmediato, aquí canciones como “Battleships”, “One night”, “Out in space” o la melancólica “Colder” (“Y el cielo está cayendo, y hay un ángel en el suelo, se está poniendo frío”) exigirán algo más al oyente que la inmediata satisfacción de un estribillo memorizable. Y para ello, en todo caso, están pasajes como “Eyes wide open”, “Under the moonlight”, “Big chair” o “My eyes”, canciones típicamente-Travis, bien guiadas por ese sonido guitarrero (que en “Sailing away”, el track oculto al final de “New Amsterdam”, lleva a recordar de inmediato a un tal George Harrison) que hizo que hasta los eternos malaonda de Oasis les dieran la mano y los invitaran a su gira. Suficiente como para saltar por sobre los lugares comunes de “Travis ya pasó” y, citando una de sus propias canciones, solazarse con el “welcome in, welcome in: you’re welcome”. Un disco de Travis siempre será bienvenido.
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