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(Publicado hoy en Página/12)
Habrá algún otro instrumentista con ganas de discutirlo, pero la figura del guitarrista es un icono central del rock. Como tales, los profesionales de las seis cuerdas fueron adoptando diversos personajes, cada cual al gusto del consumidor de un género específico: el digitador ultraveloz de los géneros duros, el bluesman de slide con cuello de botella, el sónico experimentador de colores sonoros, el folkie de guitarra y armónica, el rocker de Les Paul por las rodillas y un etcétera más o menos largo, más o menos variado. Cualquiera con conocimiento de causa puede encontrar sus ejemplos, pero difícilmente puede encontrar un lugar donde encajar a Mark Knopfler, el hombre que acaba de poner otra buena noticia en las disquerías bajo el título de Kill to Get Crimson.
En el largo y fecundo currículum del guitarrista escocés, bastaron dos cosas para garantizarle un lugar entre las leyendas: el solo de “Sultans of swing” y el megahit “Money for nothing”. Dire Straits fue una de esas bandas que hicieron historia sin hacer alharaca, vehículo mainstream para un violero ajeno a todos los lugares comunes del mainstream. El público argentino pudo apreciarlo en abril de 2001, cuando Knopfler mostró en el escenario del Luna Park la estampa relajadísima de un tipo que ha hecho de su técnica un sello de personalidad. Es que el fingerpicking tiene directa relación con el sonido-Knopfler, pero no se trata solo de eso: además de poseer una calidez especial, lo que el guitarrista exuda siempre es buen gusto, fineza, un uso casi pictórico de su instrumento para crear climas que van más allá de si toca con púa o no. Con tanto estereotipo dando vueltas, Mark es un violero realmente diferente.
Y Knopfler es diferente porque puede componer bellezas como “Heart full of holes” o “True love will never fade”, el tema que abre esta nueva aventura solista tras su experiencia de disco y gira con Emmylou Harris y All the road running. Dos de los músicos que lo acompañaron en el Luna (Guy Fletcher en teclados y Glenn Worf en bajo), junto al baterista Danny Cummings, ofrecen el lienzo ideal para que el protagonista le dé curso a esas canciones de tempo moderado, que pueden tener arranques como “Punish the monkey” pero generalmente se dejan llevar por el polvoriento paisaje sónico de “We can get wild”, el encantador “The scaffolder’s wife”, o la delicada trama que dibujan el acordeón de Ian Lowthian y la guitarra de Mark en pasajes como “Let it all go” y “Secondary waltz”. Aquí y allá, sabiamente dosificados, siempre en el lugar y el punto justo, los dedos de Knopfler dejan caer sonidos inmediatamente reconocibles, ese estiramiento melancólico que dice más que millones de palabras. La marca de alguien que decidió no quedar preso de ningún personaje guitarrero. Un sultán del swing.

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“...we’re running out of time”.
La cavernosa, agotada voz del gran Kiefer Sutherland opera como una marca de identificación. Eso y el sonido del teléfono en CTU –un hit de la era ringtone–, y el tiránico reloj que marca las horas de la serie: como Gary Cooper en A la hora señalada, que también transcurría en tiempo real, Jack Bauer (James Bond, Jason Bourne, Jack Bauer... ¿es que los mejores héroes de acción siempre deben llevar las iniciales JB?) vive sitiado por el tiempo, y transmite esa angustia al espectador, haciendo imposible la visión nocturna de 24 a personas impresionables. Dice la leyenda que, al filmar la primera temporada, los productores decidieron cerrar el capítulo 12 con un alivio y un moño dramático, el rescate de Teri y Kim Bauer, un recurso por si la serie fracasaba y había que cancelarla antes de tiempo. Aunque es de suponer que los responsables sabían positivamente que 24 no podía fracasar.
24 es lo que es no sólo por su recurso narrativo base, los minutos como un goteo constante, el tiempo que se escurre mientras los giros narrativos cambian de villano cada tres o cuatro capítulos y Bauer y su gente corren sobre el filo de la navaja. La serie es una feroz lectura política –¿habrá un presidente menos parecido a George Bush Jr. que David Palmer?–, un buen resumen de los tiempos paranoicos post 11-S y hasta una gambeta al librito sagrado de los héroes televisivos. Lo dice Drazen ya en la temporada 1, cuando Kim defiende a su padre porque “es un buen hombre”, y el terrorista se ríe: “¿Bueno? No, querida, tu papá no es una buena persona”. El matiz que más impresiona de Jack no es su resistencia a la tortura, su velocidad de resolución, su dureza en situaciones límites o el cold turkey que arrastra en toda la tercera temporada: como dijo Drazen, que en paz descanse, Jack Bauer no es tan buena persona. Se sabe cuando amenaza a alguien con meterle una toalla por la garganta y sacarle el estómago por la boca, o cuando, presa de las circunstancias, gatilla sin dudar a la cabeza de su compañero Chase Edmunds. Pero es que para detener a los psicópatas hace falta algo más que un buen agente: hace falta otro psicópata. Uno más peligroso. Uno al que, una y otra vez, se le está terminando el tiempo.
Aquel adelanto de “5 minutos más (minibar)”, con una base que recuerda al “Sr. Matanza” de Mano Negra, apenas fue una pista. Una pista además engañosa, porque el auténtico clásico instantáneo del disco, que infecta al oyente a la primera escucha, corre por vías más habituales en el estilo compositivo del Salmón: bastará que en estos días empiece a sonar en las radios “Carnaval de Brasil” para confirmarlo. Rotunda, melódica y armónicamente redonda –y no se está hablando de Patricio Rey–, retoma la temática de “Mi rock perdido”, el arte de escribir canciones, y resuelve con un estribillo tan contagioso que es inevitable la sensación de estar ante una de las mejores canciones que AC haya escrito. La autorreferencia, además, sirve para pintar este momento de Andrés, que parece encerrar una declaración de principios sobre este disco al decir que “no son mujeres ausentes, no son canciones urgentes, no son cuchillos en los dientes”, el concepto-guía de obras de hemorragia compositiva como Honestidad brutal o El salmón.
En el pensamiento general de La lengua... por otra parte, entra a tallar la presencia de otra cabeza, que de ninguna manera se limita al terreno de la producción. El hecho de que vuelvan a tocar juntos dos Abuelos de la Nada tiene incidencia capital en el resultado: Cachorro López no solo vigila todo detrás de las perillas, sino que se calza el bajo y colabora en la escritura. Y entonces se entiende la soltura y placer del protagonista, que siempre consideró a los Abuelos una escuela inolvidable de la música y de la vida. No se trata de similitudes estilísticas: el goce que solía liberar la banda encabezada por Miguel Abuelo se hace plenamente presente en títulos como el vibrante rhythm’n’blues “Sexy y barrigón” o el tropicalismo de “Comedor piquetero” y “La espuma de las orillas”, envase de otra declaración adecuada a estos tiempos: “Vengo liviano, como la espuma de las orillas/ a contramano de la resaca de carnaval/ mi sentimiento va a durar, el fuego no me va a quemar/ ya no tengo espinas clavadas en el corazón”.
Y ahí está otra de las claves: en los pasillos del rock argentino suele ser tema recurrente lo que sucede cuando los artistas se enamoran y empiezan a ser bientratados por la vida. Ambas características se cumplen en el presente de Calamaro, padre y esposo feliz, artista reconocido por sus pares, la prensa y el público. Pero ni siquiera las canciones más explícitas se acercan a la frontera de lo baboso al pedo: “Cada una de tus cosas”, con el aporte de Leo Sujatovich en cuerdas, la preciosa “De orgullo y de miedo” o “Soy tuyo”, más cercana al erotismo que a la postal prefabricada, son canciones de amor que no producen vergüenza ajena, emotivas sin sensiblería. Andrés, que las canta sin impostación ni afectaciones, les da intensidad, espesor, credibilidad. Y para demostrar que no es obligatorio que una canción de amor deba ser una balada, allí aparece otro ejercicio autobiográfico: “Parte de mí no cambió y a la vez/ Ya no soy el viejo Andrés que no dormía jamás/ Qué subidón, qué momento ideal/ encontré la mitad del amor”, dice más tarde, junto a un coro multitudinario que es pura adrenalina, invita a acompañar a los gritos y, sí, trae a la memoria otro de los legados de Andrés, el de su aventura española.
Es que el gen Rodríguez también dice presente, y no podía ser de otra manera. No solo en “La mitad del amor” o “Los chicos”, nostálgico pero furioso rock de apertura que alguna vez se llamó “El loro”. Otro de los clásicos instantáneos de La lengua... podría tranquilamente presentar a Ariel Rot como invitado: “Mi gin tonic” no desentonaría como segundo single y tendría el mismo poderoso efecto, otro estribillo que se hace amigo del oyente y lo invita al juego de ser el cantante.
Así, con sus canciones y sus aliados –Cachorro, Juanchi Baleiron, Tito Losavio, Gringui Herrera, Guillermo Vadalá, Dany Avila, Sebastián Schon y más–, Andrés ejercita una lengua inevitablemente popular, que conduce naturalmente al cierre abuelesco de “Mi Cobain (superjoint)”, con referencias como “Argentina, te dieron anfeta de propina” y “Los leones parecen olvidarse que nunca fueron vegetarianos”. La buena vida no hizo vegetariano a Calamaro, que en La lengua popular muestra sus mejores garras de songwriter. Malas nuevas para quienes no lo soportan. Excelentes noticias para los que disfrutan la paradoja de que, a diferencia de la vida, todo se resuelva en tres minutos. Y cantando. Que viva la lengua, la lengua popular.
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“¡¡Sí!! ¡¡Pomelo es rock and roll!!” Resulta curioso que el mejor programa de rock de la TV venga de la mano de tres personajes que –es obvio– tienen cultura rockera, pero no provienen ni de la producción musical ni del periodismo. Quizá sea esa su gran virtud: sin obviedades, sin deberle respeto o consideración a nadie, Diego Capusotto, Pedro Saborido y el coleccionista Marcelo Iconomidis construyen una cita ineludible para el conocedor del género. No sólo por las perlas que desentierran (¡Joy Division y Gong en TV abierta!), sino por el concienzudo manejo del código para reírse a mandíbula batiente del rock, pero no por ello convertirse en meros payasos, o en instrumentos para denigrarlo. Cuando Pomelo grita “¡Rocanrol, nene!”; cuando Luis Almirante Brown lleva a la práctica su Artaud para millones con estrofas spinetteanas y estribillos de cumbia villera; cuando los informes de “Rock y política” producen una mezcla de hilaridad y asombro por la perfección de lo editado; cuando Roberto Quenedi dispara otra serie de canciones en un inglés de mierda, el rock no queda reducido a un objeto risible, sino que incluso se revalida. Se pueden hacer y decir las cosas que se hacen y dicen en Peter Capusotto precisamente porque hay respeto por la materia prima: como bien dice la dupla, satirizan lo que aman.
Con tantas décadas encima, el rock, aquí y en el mundo, se hiperprofesionalizó, se convirtió en mercancía, se dejó llevar por los números y los lugares comunes. En los peores casos, se creyó demasiado importante, se volvió solemne. En ese contexto, Peter Capusotto hace un aporte para nada menor, devolviéndole un bien cada vez más escaso, en la música y en los medios que la reflejan: el sentido del humor. Sí. Pomelo es rock and roll.
