29.2.08 

Audiobiografía III

Anoche, en esa clase de silencio que sólo se produce cuando los pequeños salvajes de la casa al fin duermen como angelitos, me dejé llevar por los impulsos residuales de haber reorganizado por completo la discoteca argentina. Así volví al primero de La Máquina de Hacer Pájaros, y la intro de "Bubulina" me volvió a hacer acordar de "Wish you were here", y volví a hacer las cuentas sobre el año del de Pink Floyd (1975) y el del debut de La Máquina (1976), pero también me acordé que "Bubulina" ya era un tema de Sui Generis, aunque la versión era diferente y entonces volvemos a Pink Floyd y así. No importa. Lo que importa es que La Máquina me llega a gustar más que Seru Giran, quizá porque fue más concentrado, solo dos discos bestiales y a la lona. Y algo inconsciente en mi cerebro piensa lo mismo: en ciertas noches pesimistas, negrísimas de 1986, supe caminar mucho por Aires Dudosos con uno de esos walkman de plástico blanco infrasonoros, vuelta y vuelta con un casete que tenía el primero y Películas. Y anoche sonaba "Rock" y me quedé extrañado por el hecho de que, promediando el tema y en uno de esos cortes esquizo, la cinta no terminara y tuviera que dar vuelta el casete.

Los sesos se me pueden olvidar del nombre de la persona que conocí ayer, pero reservan una perfecta copia de aquello que está archivado en la memoria musicalizada.

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27.2.08 

Goldfrapp melanco



(Publicado hoy en Página/12)

Se acabó la brillantina, los tacos altos y los pasos de baile glam: con Seventh Tree, Goldfrapp vuelve a los paisajes nevados de Felt Mountain, aquel disco editado en 2000 en el que combinaba melancolía, belleza y buen gusto para un debut inolvidable. Tras aquella obra delicadísima, Alison Goldfrapp y su partner Will Gregory dieron un brusco giro de timón en Black cherry (2003) y especialmente en el rutilante Supernature (2005), cuyo “Oooh la la” servía de soundtrack ideal para una bola de espejos en giro frenético. Y ahora... la resaca: a pesar del luminoso single “A & E” y de la inconfundible alegría pop de “Caravan girl”, el cuarto disco de la cantante inglesa propone un viaje reposado y climático, desde los paisajes sonoros de guitarra acústica y sintes en “Clowns” y los pajaritos de “Little birds” al precioso cierre de “Monster love”, que mezcla en sabias dosis la melancolía y el optimismo. Allá lejos y hace tiempo, Alison fue una de las participantes de la aventura que significó el Maxinquaye (1995) de Tricky. Hoy brilla con luz propia y, mejor aún, hace avizorar un futuro con más triunfos artísticos.

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25.2.08 

La máquina del tiempo II

(Buenos Aires, agosto de 1980. De nuestra agencia) "Esto puede ser el fin de la industria discográfica tal como la conocemos": con esas palabras, un comunicado de la Cámara Argentina de Productores e Industriales de Fonogramas y Afines (CAPIF) dio cuenta del tema que preocupa a las compañías discográficas, y que no dudó en bautizar como "piratería". El principal foco de conflicto es la proliferación y generalización del uso del cassette virgen, al que grandes compañías como RCA, EMI Odeón y Polygram señalan como principal responsable de la disminución de ventas que se registra este año. Los expertos de Capif afirmaron que el Parque Rivadavia es uno de los centros donde se produce un "activo intercambio ilegal de canciones", ya sea en el formato de venta de discos y cassettes originales -lo cual, según recordaron, está prohibido- o a través de cassettes "piratas", es decir cintas vírgenes en las que se graba un disco original para ser vendido a un costo menor, "provocando una competencia con la que no podemos lidiar, desleal para todas las familias que dependen de nuestra actividad". El comunicado indica que algunos "piratas" estarían trabajando incluso a un nivel semi industrial, ya que se detectaron cassettes con tapa fotocopiada del original, e incluso cintas con discos que fueron lanzados en el exterior pero aún esperando su edición argentina.

"Es hora de imponer un costo adicional a la cinta virgen", afirmó José Musicianskin, Presidente Vitalicio de Capif. "El fácil acceso que los consumidores de música tienen a este tipo de avances tecnológicos, que ponen al alcance de la mano la grabación y reproducción ilegal de fonogramas que fueron adquiridos por las compañías y por lo tanto están protegidos legalmente, significa una seria amenaza para todo el negocio de producción y difusión de música." En una reunión mantenida con el Ministro de Economía José Alfredo Martínez de Hoz, los representantes de las compañías discográficas pidieron incluso que se reglamente el ingreso actualmente irrestricto de los nuevos radiograbadores de fabricación oriental, que permiten registrar en cassettes canciones directamente desde la radio, y luego pueden ser vendidos en el Parque Rivadavia o pequeños locales ocultos en los barrios de Constitución, Flores y Villa Devoto, entre otros. Del mismo modo, Musicianskin hizo otro llamado de atención sobre una costumbre habitual en el espacio verde de Caballito: el canje de discos y cassettes. "El público debe recordar que esa práctica está prohibida, y Capif analiza la inclusión de una leyenda que, junto a la frase 'Disco es cultura', recuerde al comprador sus reponsabilidades y la prohibición de vender, canjear, reproducir o prestar el material adquirido. Todos deben entender que la piratería es una práctica ilegal, que atenta contra miles de personas que dependen de esta industria y contra los músicos que realizan su arte en Argentina y el mundo. Estamos vigilando atentamente la sobreproducción de cintas vírgenes, principal fuente de esta sangría de recursos. Un cassette más, un músico menos", cerró.

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21.2.08 

Medidas extremas

Habrá quien piense que ando obsesionado con el tema, pero... si después de Cromañón se implementó una política restrictiva que cerró todos los locales donde actuaban bandas, ¿el incendio del no habilitado Ciudad Cotillón no debería llevar a la prohibición total del carnaval carioca?

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Dos palabras

Nuevo blog.

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18.2.08 

Guillotina para el Rey Momo

Nunca comulgué con el espíritu carnavalesco. Lo último que recuerdo divertido de un Carnaval sucedió cuando tenía diez años, una guerra de agua en el barrio de mi infancia. Detesto el espíritu de alegría permanente de los brasileños: no hay alegría sin su contraparte, y el carnaval carioca es pura alegría desenfrenada, sin pausa y sin medida. Y la adaptación argenta del carnaval carioca es el momento más patético de cualquier fiesta.

Siempre estaré del lado de Bauhaus, Joy Division y Love and Rockets antes que de la supuesta expresión de la alegría encarnada en la murga. Toda mi familia es uruguaya, pero me cago en los tamboriles de la carnestolenda montevideana.

O sea: ya vengo mal predispuesto. Pero que uno de los decadentes corsos de Buenos Aires 08 esté justo en la puerta de mi casa, que un tablado esté situado justo frente a la habitación de mis hijos y que en ese tablado una gorda se pase cinco horas vociferando un catalógo de estupideces y lugares comunes mientras intenta que 35 vecinos que no tienen nada mejor que hacer golpeen una mano contra otra, desencadena mi odio más visceral. Y pasan las murgas, y suenan combos de muchachos entetrabrikizados tratando de mantener el ritmo y cantantes que jamás aciertan una nota, y los versos no tienen ninguna gracia ni ingenio, y apelan una y otra vez a lo genuino de la expresión popular para esconder su absoluta ignorancia musical y su incapacidad de escribir una letra medianamente original. Y la gorda dale que dale, a ver esas palmas gente linda, vamos que esto es una fiesta, y somos pocos pero el sentimiento está, y por ahí en el medio del cacareo y del aullido hasta se ponen graciosos y dicen vamos que esta noche no duerme nadie y no nos importa nada porque esto es una fiesta y viva el carnaval, y tu hijo tiene 38 de fiebre y llora a los gritos.

El Rey Momo está necesitando un buen 1789. Yo le garpo los viáticos a Guillotin.

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14.2.08 

Duda de Gmail

¿Puede haber una frase más boba que "Enhorabuena, no tienes spam"?

13.2.08 

Nuevas canciones de Kravitzeppelin

(Publicado hoy en Página/12)


Es un antiguo dilema: frente al nuevo disco de un artista con una identidad bien definida –no camaleones como, por ejemplo, David Bowie o Prince–, ¿es sensato recriminarle que se mantenga en el mismo lugar artístico? ¿Un músico tiene que innovar siempre o debe ser respetado su apego a las formas que lo apasionan? El debate se complica un poco más si se habla de Lenny Kravitz, acusado más de una vez de apegarse demasiado a formas, o directamente canciones, de otros autores. It is time for a love revolution, el octavo disco del neoyorquino, no aliviará en nada la discusión. Sobre todo si se tiene en cuenta que podría estar firmado por Lenny Kravitzeppelin.

Hay que decir que el morocho arrancaba con una buena base: nada podía ser peor que el anterior Baptism, el punto más bajo de su carrera, por la endeblez de las canciones y por su conversión a icono de nenas adoradoras de lo fashion. Pero lo mejor de It is time... es que no necesita la comparación para convencer: sí, la furia eléctrica de “Love revolution” recuerda a muchas otras aperturas en discos de Kravitz, pero esa crudeza de sonido, esa intención de rockear sin mayor maquillaje, produce otra expectativa, más cerca de aquel inigualable combo de Let love rule y Mama said (¡hace casi veinte años!) que de la sobreproducción de 5 o Baptism. A cargo de todos los instrumentos –aunque Lenny debería contratar un baterista para los discos, porque lo suyo es pura voluntad pero a veces llega tarde en el rulo–, Kravitz da rienda suelta a su costado rockero más salvaje. Y esta vez acierta.

Entonces, el disco debe comenzar a desmenuzarse por la influencia mayor: en canciones como “Love love love”, “I love the rain”, “I want to go home” y la demoledora “Bring it on”, que hace uso de todos los clichés y sin embargo funciona (¡y cómo!), Lenny abraza sin reservas la causa de Led Zeppelin, como si quisiera empujar un poco más las posibilidades de reunión. Pero también, como en la añeja “Mr. cab driver”, el cantante y guitarrista demuestra su sapiencia en materia Stone, como cuando replica los coqueteos disco, las guitarritas y hasta el solo de saxo típicos de Jagger/Richards en “Dancin’ til dawn”, o deja caer un rockito leve, pero entrador como “Back to Vietnam”. Y se permite un poco de funk alla James Brown en “Will you marry me”. Y, claro, apela a esas baladas que seducen a la platea femenina, guitarras + violines y voces susurradas, como en “Good morning”, el midtempo de “I’ll be waiting”, “A new door” –donde cambia viola por piano– o “A long and sad goodbye”, situada cerca de la peligrosa frontera de la power ballad al peor estilo hair metal.

Entonces, ¿hay que caerle de vuelta con todo a Lenny? No vale la pena. Sí, suena a Zeppelin, y a los Stones, y a una buena cantidad de lugares comunes del rock sanguíneo. Pero lo hace en su medida y armoniosamente, con conocimiento de causa y criterio, y eso es lo que hace de It is time for a love revolution un disco disfrutable. Si cabe alguna duda, entonces sí alcanza con volver a poner Baptism, y salir corriendo.

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11.2.08 

Duda de diamante

¿Qué hacés si tu hijo de quince meses consigue abrir un cajón pesadísimo y te hace percha el librillo de Alma de diamante de Spinetta Jade? Teniendo en cuenta las ediciones de mierda que nos han vendido las discográficas al reeditar los clásicos de rock argentino en CD, ¿vale la pena ofuscarse con el infante?

El vinilo modelo 1980 está todo lo intacto que le permite el tiempo, protegido por el baúl y esperando una ceremonia de vez en cuando.

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10.2.08 

El canon digital

Muy buena nota de Facundo García en el Página de hoy, sobre el canon que se quiere aplicar a toda forma de almacenaje y reproducción digital "para compensar pérdidas ocasionadas por la piratería", y las cartas documento de Capif y Apdif.

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7.2.08 

Un barco lleno de lauchas



Gracias a Los Inconseguibles pude reencontrarme con un disco que hacía tiempo no escuchaba, que solo conservo en un casete todo limado que anda por alguna caja arrumbada: aunque en la tapa solo decía Sueter, todos lo conocíamos como La reserva moral de occidente. Hay bastante prejuicio alrededor de Sueter, porque es mucho más conocida su etapa de "Casémonos vía Mexico", que no solo perdió vigencia desde que se instauró el divorcio vincular sino que siempre fue una canción fea y punto. Pero el primero de Sueter... el primero de Sueter está a la altura del primero de Los Abuelos de la nada o el primero de Virus: discos que representan un momento muy especial del rock argentino, la transición entre el hippismo militante y un espíritu más hedonista y divertido. Seguro, las canciones de Miguel Zavaleta no alcanzan la poesía de Miguel Abuelo ni son tan ingeniosas en el juego de palabras como Federico Moura: quizá por eso no fueron tan masivas (quizá por eso los bardearon tanto cuando telonearon a Charly García en la presentación de Yendo de la cama al living en Ferro) , y la historia medio que las ningunea.

Y sin embargo, vuelvo a escuchar ese debut de 1982, la inspirada viola de Jorge Minissale, los sintes de Juan del Barrio, tan de época, y redescubro un discazo. "Yo sin vos no era más que un barco vacío, con un montón de lauchas corriendo sin sentido", canta Zavaleta, y la máquina del tiempo se activa. Vuelvo a sostener eso de "quiero vivir en una isla llena de minas... nunca volver a este mundo de porteros, que te rompen la nariz solo porque un dia se sienten lo menos de lo menos". Me impresiona la intensidad de "Atrapados en el hielo" y "Hasta mañana por la mañana", me vuelve a seducir la redondez pop de "De mi corazón a tu corazón" ("y a la noche solo en mi cama, el frío invade toda, toda mi alma") y el reggae "Nos va bien", me dejo llevar por el delirio de "El fugitivo" ("Es imposible salir a la calle con vos: ya no servís ni para ver la televisión"). Y me sigue desagradando profundamente una única canción, "Su única diferencia", la de "hoy voy a sacar a pasear a mi hermanito tonto..."

Los siguientes discos de esa primera etapa de Sueter (Lluvia de gallinas, 20 caras bonitas, Misión Ciudadano I) ya fueron otra cosa, Zavaleta anuncia un nuevo disco este año en el cual no pongo demasiada expectativa, pero ese debut envejeció de manera magnífica. Me enteré tarde y mal de la muerte de su bajista Gustavo Donés, pero estas líneas bien pueden servir de mínimo homenaje. Sigo creyendo que sería mejor vivir en un mundo sin porteros.

5.2.08 

Socio del Desierto, huracán de escenario

(Publicado hoy en Página/12)


Verlo en escena llevaba siempre a la misma conclusión, esa frase admirada en medio de un show acompañada por un codazo al vecino: “¡Cómo toca el Tuerto!”. Daniel Wirzt era uno de esos bateristas propulsados a energía nuclear, capaz de darles y darles a los parches sin descanso, sin límite, sin reservar energías. Uno de esos instrumentistas que estuvo en el lugar preciso en varios títulos clave del rock argentino, nunca en el primer lugar del cartel, pero siempre allí donde se edifican las buenas bandas, en la base. Fue, sin dudas, uno de los grandes bateristas del medio local: Daniel Wirzt, “el Tuerto”, murió el viernes pasado en su San Nicolás natal, al perder la batalla contra un cáncer cerebral. Tenía sólo 49 años y un historial impresionante. No se trata de un término caprichoso: baste decir que Wirzt fue el responsable de la batería en Del ’63, Giros y el monumental Ciudad de pobres corazones de Fito Páez, y en el La La La de Fito y Luis Alberto Spinetta. El mismo Spinetta lo convocó para armar ese sauna de lava eléctrico que fueron los Socios del Desierto, esa isla de grupo que ideó el Flaco en el medio de su carrera solista de los últimos años.

Los reportes que llegan de los diarios del interior coinciden en señalar que Wirzt mostró inclinación por el ritmo desde su más tierna infancia, cuando se la pasaba golpeando cosas y armó una batería con latas de dulce de batata: el cuerpo para los tambores, una tapa para improvisar los platillos. En el barrio de Don Bosco todavía recuerdan las performances del Tuerto adolescente, imitando a The Beatles junto a sus amigos en el Teatro Municipal. Pero el mandato familiar debe haber señalado algo así como “de algo tenés que trabajar”, porque el Tuerto terminó obteniendo el título de técnico electromecánico en la ENET Nº 1 y comenzó a estudiar Ingeniería. Los estudios quedaron definitivamente a un lado cuando, en Rosario y junto a Juan Carlos Baglietto, el bajista Sergio Sainz, el tecladista Juan Chianelli, el percusionista y flautista Piraña Fegúndez y el guitarrista Beto Corradini, integró el grupo Irreal: no llegó a grabar aquel Tiempos difíciles (1982) de Baglietto que marcó el ingreso de la segunda trova rosarina a Buenos Aires, pero sí fue parte de la banda que acompañó a Fito Páez cuando éste despegó a su aventura solista.

Así, Wirzt fue testigo directo y partícipe necesario de la brillante trilogía inicial del tecladista y cantante, que sorprendió con Del ’63, confirmó sus virtudes con Giros y pateó violentamente el tablero con Ciudad de pobres corazones: en ese disco de pura adrenalina, el Tuerto pudo dar rienda suelta a su salvaje forma de tocar; pero además esos fueron los tiempos en los que Fito y Spinetta hicieron su único y glorioso disco conjunto, una relación que llevaría a la convocatoria posterior del Flaco para que Wirzt se convirtiera en Socio del Desierto. Los shows del Opera en 1997 confirmaron que el Flaco estaba dispuesto a poner los amplificadores al rojo, y que había enrolado al baterista ideal. Junto al bajista Marcelo Torres, el Tuerto conformó una base monolítica, pero no exenta de swing –“Cheques” es un buen ejemplo–, que demostraba que no era un simple aporreador de parches.

Atrás quedaron pasos en falso como La Sonora de Bruno Alberto, grupo que quiso montarse a la ola “divertida” de fines de los ’80 con Perez Troika (1987), el del infame “Tirá la goma”. En esa misma época puso sus manos al servicio de su hermano Manuel Wirzt para la grabación de En funcionamiento (1987) y Mala información (1989); Amor privatizado (1992), el segundo intento de La Sonora, pasó sin pena ni gloria. “Daniel era una persona muy al mango, muy activa, que estaba todo el tiempo creando personajes, vivía en una fantasía y en una creatividad constante”, dijo Torres ayer a la agencia Télam. “Como músico era extraordinario, un baterista potente como pocos a nivel mundial. Su manera de expresarse era tocar fuertísimo: entendía la música de una manera simple, pero contundente.” Quizá por eso seguía dando clases, viajando de San Nicolás al Gran Buenos Aires, pasando su propio método –incluso tenía su propia marca de palos, los Wirzt Sticks– a esos pibes que, en un patio cualquiera, imaginan que una lata de dulce puede ser un instrumento, y que un instrumento puede cambiar la realidad, aunque sea por un instante. Ese instante en el que uno le pega al codazo al de al lado y suelta, maravillado, otra vez: “¡La puta, pero cómo toca el Tuerto!”.

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2.2.08 

Esa difícil tarea de provocar risas

(Publicado hoy en Página/12)


En la producción audiovisual argentina, la comedia es un género que ha tenido más puntos bajos que altos. Basta ver en la cartelera cinematográfica un producto como Brigada Explosiva - Misión pirata para comprender que el humor más grueso y banal no es una exclusividad de los ’70 de Olmedo y Porcel, sino que es la opción A para más de un productor que busca la risa –el billete– fácil. En la ficción televisiva de los últimos tiempos, la comedia ha sido objeto de un debate alrededor de las posibilidades de adaptación del formato sitcom al medio local, la efectividad de un modo de narración tan estadounidense entre los códigos habituales de la pantalla, el tono justo a buscar.

La reflexión viene a cuento de algo que puede considerarse como un brote de esquizofrenia en una emisora de TV. Telefé abrió la temporada 2008 con el estreno de tres ficciones netamente volcadas a la comedia: una de ellas, Bella y Bestia, ya fue comentada en esta sección. Ninguna de las otras dos busca encajar cien por cien en el modelo sitcom, pero sus características son bien diferentes. Una, Aquí no hay quien viva (martes y jueves a las 22), adapta la serie española creada en 2003 por Alberto y Laura Caballero para Antena 3, trasladándola al porteñísimo barrio de Villa Crespo y apelando a un elenco numeroso. La otra, Una de dos (lunes a viernes, ahora a las 23), cuenta con libro original a cargo de Diego Alarcón y se apoya exclusivamente en tres actores. Pero la principal diferencia está en el resultado: allí donde una funciona como un aceitado mecanismo y cumple largamente su función de divertir, la otra hace agua estrepitosamente y no consigue más que alguna sonrisa condescendiente.

¿Qué es lo que falla en Una de dos? No se puede dudar de las cualidades de Florencia Peña, uno de los pilares del éxito de La niñera y Casados con hijos; más allá de tener menos roce con el género, Fabián Vena y Luis Luque son también actores de oficio y talento. Uno de los problemas es que la química no termina de materializarse, pero el mayor déficit de la tira pasa por la elección de la clave de humor, hecha de lugares comunes, salidas poco felices y recursos tan trillados como la mirada a cámara o la “charla consigo mismo” del personaje. La decisión de hacer uso –y abuso– de las risas en off no hace más que reforzar la decepción, cuando un remate muy poco ocurrente queda subrayado por unas risitas que hacen preguntar al televidente si habrá alguna cuestión oculta de la cual no lo han informado. Con ello, la serie pierde la oportunidad de utilizar el filón de una historia en la que la mujer toma decisiones de real peso, y se queda en lo anecdótico, desaprovechando una situación inicial y un elenco que podría haber dado para mucho más.

El elenco, precisamente, es una de las claves de Aquí no hay quien viva. El hecho de que fuera su debut en un programa televisivo hizo que Daniel Hendler robara los títulos previos, pero en rigor el actor uruguayo es sólo una de las piezas de un mecanismo en el que el protagonismo se reparte y todos tienen oportunidad de brillar. Brilla Roberto Carnaghi en otra máscara de chanta para su galería; brilla la gran Norma Pons, componiendo a una bruja de consorcio tan perversa como para empujar al gay Alan (Héctor Díaz) por la escalera; brillan Eduardo Blanco y Débora Warren, el presidente de consorcio que le hurta el cuerpo a cualquier responsabilidad y su “primera dama” inescrupulosa; brilla Jorge Suárez, metido siempre en cosas inconfesables; brilla especialmente Paula Morales, una Olga de cuerpo escultural y cerebro de mosquito; brilla el mismo Hendler, que de a poco encontró el tono y las salidas justas para despegarse del slacker tantas veces visto. Caricaturizando sin deformar, los protagonistas de Aquí... consiguen dibujar estereotipos sin afectar el sentido cómico, sin pasarse de la raya: hasta el tono a veces forzado de la pareja gay de Alan y Gaby (Gerardo Chendo) se diluye cuando uno de ellos dice “sueno marica acá en casa, sabés que afuera me cuido”.

Pero lo que termina de definir a Aquí no hay quien viva como una comedia rotunda y efectiva está en la letra: remates precisos, guiones bien cocinados, un tempo exacto en la rotación de escenas y la sabia decisión de dejar que sea el público real quien se ría y no un efecto sonoro hacen de la serie un producto bien acabado, en el que no hay vestigios de la adaptación y nada parece traído de los pelos. Sin griterío costumbrista, confiando en su libro y en la calidad del equipo que lo lleva a la práctica antes que en el gancho de un buen culo al aire o un doble sentido con guiño a cámara, la historia de ese consorcio en el que conviven buenas voluntades y rasgos rayanos en lo inhumano –las tres arpías viciosas que lidera Pons llegan a meter miedo– cumple largamente su cometido. No alcanza con llamarse “comedia”. También hay que hacer reír.

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Responsable

  • Eduardo Fabregat
  • Buenos Aires, Argentina
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