29.6.08 

Vida y muerte de Harold Crick

Acabo de ver por segunda vez Stranger than fiction, de Marc Forster, la peli en la que Harold Crick (Will Ferrell) empieza a escuchar una voz que relata su vida, y empieza a entender que es un aburrido personaje de novela, y que está a punto de morir. Y creáse o no, volví a llorar en la escena de la muerte, y volví a disfrutar los diálogos con el Profesor Hilbert (nada menos que Dustin Hoffman), volví a enamorarme de Ana Pascal, la repostera que hace Maggie Gyllenhaal (será que tengo mi propia repostera en casa), y a perdonarle todo al personaje de la gran Emma Thompson. Hace poco, revisando una vieja edición de Página descubrí que Luciano Monteagudo -un crítico al cual respeto, y mucho- le puso apenas 6 puntos, tirándole mala onda por un recurso remanido desde Pirandello y, más cerca en el tiempo, Quieres ser John Malkovich? En estas ocasiones me siento como se debe sentir más de un consumidor de música frente a algunas cosas que escribimos los periodistas de rock: que el periodista está algo encallecido y no puede dejarse llevar, disfrutar una peli con alma, que te toca ciertas terminales nerviosas y emotivas, y te hace sentir vivo.

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28.6.08 

Una noche en Pinar de Rocha

Aunque el sol te abrigue

no quiere decir que no tengas más frío

y si la luna se cubre

no quiere decir

que no tengas su luz.

(“No quiere decir”, L. A. S.)


En el invierno de 1981, Spinetta Jade estaba presentando el flamante Los niños que escriben en el cielo. No era tarea fácil: en esa Argentina que hoy suena antediluviana, gobernada por un general bigotudo y ojeroso, los artistas del rock argentino presentaban oficialmente sus discos con recitales en algún teatro –el Coliseo, el Opera– o una gran cita en Obras, y fuera de ese circuito “oficial” había que arreglarse con lo que había, que no era tanto. No había una “escena” consolidada. No se editaban discos y más discos por mes. No había una radio que emitiera “puro rock nacional”, y el celular no era un aparato de comunicación sino uno de represión, que esperaba a la salida de los conciertos para cargar melenudos. Uno de esos sábados, Spinetta Jade tocó en Pinar de Rocha, en Ramos Mejía: era una elección rara –los ámbitos del rock y de la discoteca estaban en veredas opuestas– pero demostrativa de ese estado de las cosas en el que un lugar para tocar no se despreciaba así nomás. Y la policía no mostraba el mismo celo con los boliches.

Esa noche, la horda rockera copó el lugar, lo transformó: cuando se supo que el grupo tocaría bien pasada la medianoche –luego del baile–, se sentó en la pista y en las pasarelas laterales (algunos, incluso, aprovecharon para echar una siestita), negándoles a los habitués del lugar toda posibilidad de bailar. Jade salió, tocó –la memoria es caprichosa, pero probablemente haya arrancado con “El hombre dirigente”, quizá “Contra todos los males de este mundo (el antídoto)” haya sido el primer bis, seguramente “La herida de París” detuvo el tiempo a fuerza de belleza–, se fue en medio de una ovación y el cantito de “Y dale, Flaco, dale dale Flaco”. A nadie se le ocurrió recriminarle a Spinetta que tocara en terreno enemigo: allí donde estaba Luis no había enemigo, sólo un universo artístico incorruptible, que no se contaminaba con nada.

A fines de los ’90, Spinetta fue acribillado a flashazos por un fotógrafo que había hecho una paciente guardia para “pescarlo” con Carolina Peleritti. El Flaco llevaba colgado un cartel que decía algo así como “No consuma basura, lea libros”. Salió con ese mensaje en la tapa de Gente, o alguna otra revista por el estilo. A nadie se le ocurrió recriminarle a Spinetta que esa relación amorosa y esa tapa de revista significara haberse “vendido” a algo, corromperse en algo, frivolizarse.

Esta semana, el programa televisivo Elepé consiguió que los cuatro Almendra recordaran y analizaran el disco que, de manera unánime, se considera el más influyente de la historia del rock argentino. Al mismo tiempo, Luis Alberto Spinetta volvió a las disquerías con Un mañana. En un extremo y otro de la historia, y en las estaciones intermedias que se quieran elegir, se encuentra siempre lo mismo: un tipo que no reconoce otra brújula que su fuego creativo, un músico y poeta que jamás estará influido, distorsionado, contaminado por el contexto. Un disco de Spinetta es siempre un lujo, y no sólo porque en la escena argentina abunden las obras mediocres: es un lujo por la rara belleza que exudan canciones como “Hiedra al sol” –Luis a solas con su acústica–, “Despierta en la brisa” y “Hombre de luz”, emotivo rescate de una letra de Spinetta padre; por la potencia que emana de “Tu vuelo al fin” o “Preso ventanilla”, por ese perfecto viaje entre la apertura de “La mendiga” y el cierre de “Para soñar”. Es un lujo por sus músicos, por la delicada artesanía de arreglos que construye cada clima, por su densidad y calidez de grabación analógica en tiempos de excesiva adoración por lo digital. Curioso rulo de la historia: entre 1984 y 1986, Spinetta cruzó varias fronteras con la grabación de Madre en años luz y Privé, metal, unos y ceros. Después pegó la vuelta, y La Diosa Salvaje, el estudio donde les da forma a sus obras, es un santuario de madera y cinta.

Hay un lugar común bastante bobo que se emperra en repetir que Luis ya grabó sus piezas fundamentales, y que toda su obra de los últimos años es “aburrida”. Es cierto que algunas de sus canciones exigen mucho del oyente, pero hay también una pereza para zambullirse en el universo Spinetta que demuestra hasta qué punto la cosificación de la música, el adocenamiento impuesto por la industria, la falta de estímulo, hacen su trabajo. Spinetta también era aburrido para los que puteaban en Pinar de Rocha porque les habían copado la pista. Spinetta es aburrido para los que prefieren un MP3 player bien cargadito de estribillos fáciles y melodías de ocasión.

Aunque él nunca haya comulgado con afirmaciones de esta clase, más propias del excesivo fanatismo de algunos fans, hay que decirlo otra vez: el Flaco es un artista necesario, valioso, de ésos cuyos discos la gente prefiere no piratear. Desde aquel tipo con la sopapa en la cabeza han pasado nada menos que 39 años. Luis Alberto Spinetta los atravesó, los vivió, los tradujo en canciones y sigue entero, conserva esa voz de terciopelo y el instinto de no conformarse nunca, consigue que quienes estuvimos en aquel Pinar de Rocha, en tantas otras citas, sigamos esperando el próximo show, abriendo el nuevo disco con entusiasmo expectante. Contra todos los males de este mundo. Desatormentándonos.

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25.6.08 

Dale gracias

Definitivamente, mi primer tema favorito de Un mañana es "Tu vuelo al fin", aunque "Mi elemento", "Preso ventanilla" y "Hiedra al sol" -Luis solito con su acústica- ranquean alto.

Definitivamente, si no lo tuviéramos a Spinetta seríamos más pobres.

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24.6.08 

Cuando House perdió un caso

(Publicado hoy en Página/12)

Nadie imaginaba semejante final. Es cierto, Dr. House nunca fue complaciente, y a veces Hugh Laurie lleva el cinismo de su personaje a niveles que dificultan la empatía. De hecho, la cuarta temporada de la serie que en Argentina emite Universal Channel los jueves a las 21 aflojó un poco el costado más pesado del jefe de Diagnóstico del hospital escuela Princeton-Plainsboro: esa adicción al Vicodin que en la tercera temporada lo llevó al borde de la cárcel, y que obligó a que la Dra. Cuddy cometiera perjurio para salvarlo. Pero “House’s head / Wilson’s heart”, el doblete de episodios que bajó el telón la semana pasada, fue un desafío hasta para el fan más acérrimo, que se quedó mirando los títulos con la inequívoca sensación de está todo mal, y empezando a contar los largos días que faltan para la quinta temporada.

Es que este final tuvo una carga mucho más pesada que el del año anterior, cuando de buenas a primeras House se quedó sin equipo, y así fue como arrancó la nueva temporada embarcado en una especie de reality para seleccionar los médicos que lo acompañarían. En un doble episodio que no ahorró alucinaciones y secuencias oníricas –como las escenas en el bar, con Fred Durst, cantante de Limp Bizkit, haciendo de ácido camarero–, el clima general se fue volviendo más y más oscuro. Con el correr de los minutos se fue reconstruyendo el hilo: el médico del bastón, ebrio en un boliche, llama al Dr. Wilson para que lo lleve a su casa, pero encuentra a Amber, su novia, que alguna vez formó parte de ese reality y a la que House bautizó “cutthroat bitch”. Esta se ofrece a recogerlo, termina tomando una copa con él y ambos suben a un ómnibus que, poco más allá, choca con un camión de basura y vuelca. Amber sufre un daño permanente en los riñones, y pronto va quedando claro que no saldrá con vida. A contramano de la infalibilidad que siempre parece tener House, esta vez el personaje llevó las de perder: disminuido por una fractura en el cráneo, ensayando métodos de alto riesgo para inducir las alucinaciones que le permitieran reconstruir el choque, el médico terminó el episodio saliendo de un coma bajo la mirada evidentemente acusatoria de Wilson, destrozado por la muerte de su novia.

En Estados Unidos, House MD viene creciendo a un ritmo sostenido: las últimas mediciones le dieron entre 18 y 19 millones de espectadores por episodio, todo un logro para un terreno con tanta competencia como el de la “serie médica”. El secreto está en la inspiración de su creador David Shore –que se propuso presentar a un Sherlock Holmes de la medicina– y sobre todo en Laurie, el actor inglés que encontró la máscara exacta, ácido e irónico pero con eventuales rasgos de humanidad, que nunca llegan a la sensiblería que a veces impregna a las ficciones en hospitales. House, Cameron, Chase, Foreman, Cuddy y Wilson, y en esta temporada Kutner, Taub y “Thirteen” le dieron forma a una serie de médicos que escapa al molde, que logró un matiz diferente en un tema tan trillado. Como es de rigor, Shore se limitó a confirmar que la quinta temporada comenzará el 2 de septiembre en Estados Unidos (aquí se espera para noviembre), y no suelta prenda sobre lo que sucederá: sólo dijo que “habrá más atención a los personajes que a las enfermedades”. Mientras tanto, Universal está repitiendo todas las temporadas, de lunes a viernes a las 20: excelente oportunidad para los que aún no están familiarizados con frases como “El paciente siempre miente” o “No es lupus”. Para los demás, una forma de resolver el síndrome de abstinencia.

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23.6.08 

Final

Tremendo. "House's head" y "Wilson's heart", el doblete de episodios con los que cerró la cuarta temporada de House, fueron demasiado. Y hay que esperar hasta noviembre...

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21.6.08 

Costos

Recomiendo fervientemente leer la columna de José María Pasquini Durán. Y me adelanto al comentador que seguramente aparecerá hablando de "Página/K, Pasquini es oficialista" y "argumentos" por el estilo: leé con atención y no digas pelotudeces.

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El campo llega a la pantalla grande

(Publicado hoy en Página/12)


El lockout agropecuario y sus consecuencias parecen producir la rara sensación de que aquí no sucede nada más: un fenómeno que agradecen varios personajes que, mientras el centimetraje en los diarios y el segundaje en la tele son copados por el asunto, aprovechan para hacer la plancha lejos del ojo público. Las cosas, claro, siguen pasando. Pero uno empieza analizando cualquier otro tema y termina hablando del campo. Le ocurrió, por ejemplo, a Omar Viviani, que a la hora de condenar los carriles exclusivos en el acto de los taxistas en Plaza de Mayo dejó que la verba del conflicto rural lo ganara, al decir que Macri quiere beneficiar a “los grandes pools del transporte”. Y así, en el bar se dice que la Selección implementa excesivas retenciones al buen fútbol, los niños plantean que hay que hacer una mejor redistribución de los juguetes, el analista televisivo no puede dejar de apuntar la renta extraordinaria de rating que consiguió Canal 13 desde que lo tiene a Tinelli.

Ahí es cuando un porteño cualquiera, harto de tanta figurita y frase repetida, decide abstraerse de todo e ir al cine a ver –digamos– la última de Indiana Jones, o Hulk, cualquier cosa que lo aleje de la realidad. Y llega al Village Recoleta, y se encuentra con un paisaje algo desolador: locales cerrados, el patio de comidas en proceso de desmantelamiento, empleados de caras largas, el panorama de un lugar que se prepara para el cierre. A apenas nueve años de su inauguración, ¿cierra el Village Recoleta?

La versión extraoficial más poderosa afirma que, una vez terminadas las vacaciones de invierno –momento del año en que la facturación se dispara a sus mejores niveles–, el complejo cerrará 6 de sus 16 salas, las que se encuentran en los niveles superiores, que serán consagrados a locales comerciales. La más tremendista dice que se cerrarán todas las salas, y que allí habrá un nuevo shopping. Sebastián Valenzuela, gerente general de Village Cines de Argentina, lo desmiente categóricamente: “En Recoleta seguirá habiendo cines”, dice, aunque deja entrever un matiz al decir que “Por el momento no vamos a cerrar ninguna sala, y lo que sucede con el sector gastronómico es que se vencieron los contratos y no los estamos renovando porque vamos a reformular el sector, con nuevos locales. Todavía estamos armando el proyecto pero, repito, en los próximos dos meses no habrá ningún cierre, y en el futuro seguirá habiendo cines en el Village Recoleta”.

¿Las multisalas dejaron de ser negocio? El año pasado, la compañía argentina Southern Screens Entertainment II y la estadounidense Blue Ridge Investements, propietarias del 78% y 22% respectivamente de Village Cines Argentina, vendieron la mole de Vicente López 2050 a la firma CarVal Investors en 40 millones de dólares, manteniendo el gerenciamiento del edificio y la operación de las salas de cine, y pagando desde entonces un alquiler por el inmueble. No es que los cines dieran pérdida: en 2006 y 2007 se registró una baja en la venta de entradas, sí, pero la facturación, producto de la suba de precios, creció. La razón de la venta fue el rojo de 42 millones por una emisión de Obligaciones Negociables que Village debía afrontar. De hecho, la operación no afectó la situación de sus otros complejos en Caballito, Avellaneda, Pilar, Mendoza, Neuquén y Rosario.

Pero si, al chequear las cifras de fin de año, se constatara que continúa la tendencia a la baja de la venta de entradas, no habría que extrañarse. El público típico de multisalas no es el cinéfilo clásico que aún cree en ciertos ritos: no le molesta el olor y el ruido del pochoclo, está acostumbrado a comer una porción de muzza mientras mira de reojo el último producto bobo de Hollywood, no le parece imperdonable que la gente hable o mande SMS como si estuviera en el living de casa. Ese mismo irrespeto por lo que el viejo cinéfilo consideraba casi un santuario, ese pragmatismo, lo lleva a menudo a preferir la opción de quedarse en casa frente a las pantallotas de TV, con home theater y el dvd con el último estreno que le vendió un piratón pasándole la lista por mail –o que él mismo bajó de Internet–, con la comodidad de poder poner pausa si es necesario y comentar la peli a los gritos en familia o con los amigos. Si la gente va menos al cine es porque las costumbres de consumo han cambiado. Y además, a 20 pesos la entrada, la película a ver en sala se elige con un ojo cada vez más clínico.

Así las cosas, habrá que esperar al fin de las vacaciones de invierno, con sus tanques y tanquecitos dirigidos al público infantil/juvenil, para ver qué final tiene esta película y que sucederá con el imponente edificio situado en una de las zonas más caras de la ciudad. Solo queda un último detalle, el nombre de la empresa madre de CarVal Investors, la verdadera propietaria del Village Recoleta: Cargill, gigante de la comercialización cerealera en todo el mundo que, como explicaron varias veces los periodistas económicos de este diario, es uno de los protagonistas “ocultos” del lockout, amo y señor de buena parte del negocio al que la Mesa de Enlace jamás menciona.

No hay caso. Uno empieza hablando de las salas de cine, y al final siempre se termina metiendo el campo.

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19.6.08 

Buenos Aires, jueves al mediodía





"Señor Mauricio, ¿usted pidió un radiotaxi?"

16.6.08 

Cambio de canal

En medio de tanto despelote, griterío y caceroleo, un poco de música: cuando ver la tele o pulsar la calle te pone en un estado de ánimo medio envenenado, hay que recurrir al antídoto contra todos los males de este mundo, Spinetta dixit. Y Luis Alberto Spinetta es una de las razones para ponerse contento, porque al fin Un mañana está a la vuelta de la esquina, y la foto en el sitio (modificado en estos días para esperar la salida del disco) está buenísima, Spinetta 100%, y ya sabemos que nos vamos a encontrar a un tipo honesto, dedicado a hacer sus canciones con una convicción, un nivel de ejecución y vuelo lírico que bien le vendrían a unos cuantos. Ya está bien de ese lugar común de "los últimos discos del Flaco son todos lo mismo y te dan ganas de irte a dormir". El Flaco nunca hace un disco berreta, nunca hace un disco que no sea ambicioso en el buen sentido: el Flaco es lo que se ve en la foto, él y su viola roja, veterano pero elegante, comprometido con eso que le calienta las entrañas desde que era un pendejo y que le sigue calentando, tanto como para aislarse de todo el pelotudeo externo -lo que nos incluye a nosotros, los periodistas- para poder concentrarse en eso, llevar la vida en eso. ¿Sale un disco de Spinetta? Pues a hacerle lugar en la discoteca: en esta época de formatos inasibles y soportes high tech, con algunos artistas sigo queriendo el disco en la mano, y sigo extrañando la sensación de abrir y contemplar un vinilo. Aun hoy, cada tanto saco Kamikaze del baúl para quemarme de vuelta los ojos con esa combinación de azul, rosa y violeta en la tapa y el naranja intenso del sobre interno. Ya no lo pongo, porque me temo que la bandeja que tengo puede llegar a hacerle una trapisonda a un vinilo transitado miles de veces y sin embargo impecable.

Y mientras espero el nuevo del Flaco:
  • Tenía razón Herbie con ese disquete de The Last Shadow Puppets, que junta al Arctic Monkeys Alex Turner y el Rascals Miles Kane para un viajecito bastante más psicodélico que lo conocido de ellos, más porro que speed, que me fue limando el marote en el trayecto Catedral - Congreso. Aunque en el rubro de músicas peligrosas, nada como Tremor, banda que te da con unos malambos electrónicos por la cabeza en Viajante: no te olvidás más.
  • Después de haber disfrutado mucho el clip de "Porks and beans" con las estrellas YouTube, me alegró comprobar que Weezer mantiene el músculo de siempre en Red Album... aunque uno de mis temas favoritos de la banda sigue siendo "El Scorcho", deformidad incluida en el oscurito Pinkerton que más de una vez me di el gusto de programar en Radiocaníbal y Pampa Salvaje.
  • La reedición de Frank, de Amy Winehouse, ahora con un segundo CD de rarezas, podrá ser una obvia manera de aprovechar la ola de Back to black, pero también la oportunidad de redescubrir que ya era grossa en 2004. El lunes apareció un cable contando que se desmayó en la puerta de su casa y por precaución la internaron: Amy, querida, por lo menos aguantá hasta un tercer disco. Porque si llegás a espichar, van a ser los muchachos del sello los que se aseguren de que haya un grandes éxitos y el disco y dvd en vivo. Y otra caja de rarezas. Y un EP con los demos guardados.
  • Y hablando de minas con alma, fue una sorpresa más que agradable Céu, disco debut de una brasilera que nada tiene que ver con el molde clásico con Maria Bethania, sino que tripea de lo lindo.
  • Quedan por chequear (entre otros) Seeing sounds de N.E.R.D., y Here we stand, a ver si The Fratellis puede ir más allá de esos chistes tan efectivos de Costello Music. Y ahora, con el permiso de los presentes, me marcho a escuchar Knowle West Boy, el nuevo de Tricky. Que, por lo que amenaza "Baligaga", el track de apertura, promete ser cosa seria.

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14.6.08 

La semana de la violación de Charly

(Publicado hoy en Página/12)

La anécdota es bastante conocida: hace ya algún tiempo, Charly García y Rodrigo Bueno se cruzaron en un estudio televisivo. El tono distendido de la charla, el intercambio amable entre dos músicos de palos tan diferentes, fue seguramente lo que llevó a que el cantante cuartetero se entusiasmara y tirara, ya en plena confianza, un “Charly, vos y yo tendríamos que hacer un disco juntos”. Charly no perdió ni la sonrisa ni el tono afable, pero en su rostro se dibujó esa mirada mefistofélica que, mal dirigida, puede helar la sangre. Y contestó: “No, Rodrigo... hay límites”.

Resulta curioso que García, justo García, demarcara un límite, aunque fuera estrictamente musical. Charly, se sabe, empuja los límites una y otra vez, en público y en privado. En lo artístico, probando la resistencia de su público con shows que comienzan tres horas más tarde y que pueden terminar a los veinte minutos en medio del caos. En lo humano, probando la resistencia de su físico con clavados a una pileta desde un noveno piso, o acciones menos espectaculares pero igualmente riesgosas. De cualquier modo, el concepto de límite resulta inseparable de lo vivido esta semana: en el momento en que los responsables de TN, América, C5N y Canal 13 decidieron poner al aire las imágenes de la habitación de García se vulneró todo límite, no sólo de la intimidad de un tipo en problemas –sea un García famoso o un García anónimo– sino, sobre todo, del buen gusto. Regodearse en esa exhibición, poner a Catalina Dlugi o Eduardo Feinmann a comentarla, es sencillamente miserable. Charly García se mete solo en problemas, nada más cierto. Pero esta semana la televisión aprovechó que estaba tirado en el piso y lo violó. Repetidamente.

Los medios gráficos tampoco quisieron respetar cierto límite. La diferencia fue bien visible desde el martes: en este diario se decidió no publicar las fotos de Charly atado boca abajo en una camilla, la patética instantánea adentro de una ambulancia: en la prensa escrita también hay una frontera entre la información y el morbo. Y Página/12 no es Crónica, ni quiso serlo. Toda vez que Charly García se mete en problemas, los medios –sobre todo la tele– se llenan de gente que “lo quiere bien”, personajes que abrevan en el discurso fácil de “es un genio / hizo mucho por el rock argentino / últimamente anda mal / hay que cuidarlo / te queremos, Charly”. Esas palabras de ocasión acompañadas por la imagen de Charly insultando con voz gangosa desde el piso mientras los enfermeros le atan las manos dan un resultado neto de puro cinismo. No se “quiere bien” lo que se está sumergiendo en el oprobio sin el más mínimo escrúpulo.

Frente a la caretada imperante en canales y radios, con musicalizaciones ad hoc para reforzar el efecto, resulta más rico el debate que por estos días se da en los blogs, donde los internautas exponen sus posiciones sin la pátina de lo políticamente correcto. Allí convive el que defiende a García por su indiscutible historia y el que señala que tendrá mucha historia, pero hoy es un viejo decadente; el que sostiene que todo en él es actitud rock y el que responde que la actitud rock no puede ser excusa para hacer cualquier estupidez y para eso está Pomelo; el pibe de 18 fanatizado por sus performances actuales y el de cuarentaitantos que las compara con sus recitales de los ’80 y no puede entender que alguien se fanatice por este García. Pero la gran mayoría, aun aquellos en posiciones completamente enfrentadas con respecto a qué significa Charly García hoy, termina coincidiendo en que la cruda exposición de su miseria más íntima, allí donde un hijo de puta –no le cabe otro término– encendió su celular para hacerse unos buenos mangos vendiendo material caliente, hace recordar aquella frase del mismo Charly a un cuartetero cuya muerte despertó otro considerable aquelarre mediático: hay límites. Límites que no deberían cruzarse.

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11.6.08 

Buitres

Ayer, por razones que no vienen al caso, estaba en Montevideo. Prendí la tele. Pasé por TN. Y allí se enorgullecían de mostrar "el momento preciso en que los médicos atienden a Charly García".

No se puede ser tan, pero tan, pero tan hijo de puta.

Tribunal de ética. Ya.

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7.6.08 

Las deudas pendientes y las vereditas de Fitz Roy

(Publicado hoy en Página/12)

“Que el Teatro Colón no esté funcionando es un indicio de que las cosas no funcionan. Pido a las personas, responsables e irresponsables de esta triste realidad, que se den cuenta de lo que este teatro representa. Los laureles que supimos conseguir no son eternos. Hay que reconquistarlos todos los días”, dijo esta semana Daniel Barenboim, celebrando el centenario del Colón en un estadio de boxeo. El martes, en Caiga Quien Caiga, Gonzalo Rodríguez se metió en el Colón utilizando un estuche de contrabajo como caballo de Troya. Lo que se vio fue espeluznante: grietas en las paredes, valiosísimos libros tirados en un pasillo húmedo. “Un desastre”, dijo después Mauricio Macri como si no le tocara, como si el estado de las cosas hoy fuera también responsabilidad de la gestión anterior: firme en esa actitud tan argenta de descargarlo todo en los predecesores y prometer éxitos resonantes en el futuro inmediato. O no tan inmediato, a juzgar por el panorama en varias escuelas porteñas para el invierno.

El jueves volvió a postergarse el anuncio sobre la licitación para definir qué consultora convocará a cuáles empresas para realizar las nuevas refacciones. Si suena enrevesado y burocrático, es porque así es. Con el Master Plan archivado por irrealizable –no porque no pudiera hacerse, sino porque todos los funcionarios simularon que la suma de dinero necesaria para un trabajo tan preciso iba a aparecer mágicamente–, la perspectiva actual del Colón recuerda a aquellos años en los que la Biblioteca Nacional era un proyecto eterno: la culpa es de la gestión anterior, algún día se retomarán las obras, algún día abrirá. Mientras tanto, a nadie se le ocurre que hay que tomar ciertas precauciones. Por lo menos, no tirar los libros en cualquier lado.

También el jueves, los músicos y empleados del Colón expresaron su preocupación en un comunicado. La experiencia más a mano indica que deberán armarse de una paciencia similar a la que ponen en juego los teatristas independientes, sitiados por vacíos legales y problemas de interpretación de la restrictiva legislación puesta en marcha tras Cromañón. Su constante trajinar por despachos oficiales, sus quejas públicas, su periódico reclamo de que se contemple la importancia de una actividad históricamente fértil, necesitada de una visión diferente a la instalada tras el incendio del boliche de Once, no encuentran el eco que merecen.

A los funcionarios les encanta lustrar la chapa de ciudad culta que tiene Buenos Aires, esa bullente y multifacética actividad que la hace tan atractiva al turismo. Pero poco hacen a la hora de favorecerles las cosas a los verdaderos impulsores de esa identidad, como los teatristas o la Asociación de Coreógrafos Contemporáneos Independientes Cocoa-Datei, que lleva adelante un impactante festival de danza contemporánea con la fuerza de sus propios pulmones: “Los ministros de turno no están al tanto de la problemática de la danza, y siempre hay que repetir lo que necesitamos. Si hubiera una dirección a cargo del área se facilitaría todo”, dijo a este diario Gabriela Romero, presidenta de Cocoa. Ni hablar de la música en vivo, prohibida de hecho tras Cromañón y luego regulada con “permisos especiales” que se pudieron frenar sólo gracias a la tenacidad de la Unión de Músicos Independientes, que finalmente consiguió una declaración de inconstitucionalidad.

Mientras los músicos no tienen dónde tocar, los teatristas no se concentran en sus puestas sino en discutir una y otra vez con inspectores que no saben qué norma aplicar a una sala para setenta espectadores, y el Colón se cae literalmente a pedazos, la ciudad sigue mostrando afiches tan sentenciosos como los de la era Telerman. Ahora en otro color, ahora con la leyenda “Estamos haciendo Buenos Aires”. La frase tiene asidero, aunque cabe preguntarse qué Buenos Aires está haciendo la gestión Macri: en la calle Fitz Roy, a la altura de Palermo Hollywood, el gobierno de la ciudad al fin puso manos a la obra en el tema que de verdad requería resolución urgente, ampliando las veredas para que los boliches tengan más espacio para poner sus mesas. Un verdadero master plan.

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3.6.08 

La importancia de reciclar

El otro día comentábamos con Herbie que, a fin de cuentas, hay que sacarse el sombrero ante Sony BMG, que siempre encuentra nuevas maneras de seguir exprimiendo el mismo catálogo. Ya sea en forma de Grandes éxitos, de Obras cumbres o ediciones económicas de discos originales en digipack, los ex CBS cada tanto le dan curso a un nuevo producto exento de gastos de producción más allá del disco y la caja. Ahora es la colección Sí o sí (Las canciones que sí o sí tenés que tener), y vale hacer algunas acotaciones sobre dos de sus primeros seis volúmenes. A saber:

  • Luis Alberto Spinetta. Con Liner notes de Fito Páez, las 18 canciones arrancan por "La búsqueda de la estrella" (de aquel loco disco solista de 1971, Spinettalandia y sus amigos), mete dos tercios de Artaud, pasa por Banda Spinetta (con "Canción para los días de la vida" y "Toda la vida tiene música hoy") y salta a la etapa Socios del Desierto. Para representar algo de lo que el Flaco grabó en EMI, le pidieron a ese sello "Seguir viviendo sin tu amor". Spinetta debe estar feliz: otra recopilación más en la que no tuvo ningún poder de decisión y de la que verá un par de mangos.
  • Divididos. En la nota que incluye la lámina interna, Mario Pergolini trata de explicar por qué "compilar música nunca fue fácil", las dificultades de seleccionar las canciones cuando una banda tiene varios discos, etc. Entonces escribe sobre las tres canciones incluidas de 40 dibujos ahí en el piso (que, hay que reconocerlo, son elecciones audaces: en lugar de "hits" como "La mosca porteña" o "Che, qué esperás", aparecen "Los sueños y las guerras", "Los hombres huecos" y "De qué diario sos"). Y sigue: "Luego llegarán seis temas pegados de Gol de mujer, sexto disco de la banda...". Y sí, quedaba feo decir "Después vienen tres discos fundamentales como Acariciando lo áspero, La era de la boludez y Otro le travaladna, pero ahí había que discutir con EMI y Polygram y repartir la torta, así que hagamos de cuenta que no existen". Podríamos también apuntar que Gol de mujer es el quinto disco de estudio del grupo, pero en realidad lo llamativo es que, entre los temas que sí o sí hay que tener de Divididos, no cuentan "El 38", "Qué tal", "Aladelta", "Ortega y Gasés", "Rasputín", "Paisano de Hurlingham", "Tomando mate en La Paz", "15-5", "Agua en Buenos Aires" y los que el amable lector y oyente quiera sumar de su cosecha. Vamos, que no son taaan importantes.
De los volúmenes dedicados a Sumo, Ratones Paranoicos, Virus y Sui Generis ya se me fueron las ganas de escribir. Creo que grabaron en toda su carrera por Sony, así que al menos no deben tener tantos baches.

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Responsable

  • Eduardo Fabregat
  • Buenos Aires, Argentina
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