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4.7.08 

Judíos en Alaska

El mapa mundial tras la Segunda Guerra es radicalmente diferente al que conocemos: quizá tenga que ver la bomba atómica que cayó sobre Berlín en 1946, o que en agosto de 1948 los judíos fueron violentamente expulsados de Jerusalén. Así fue como Estados Unidos les abrió la puerta a Sitka, la colonia judía en Alaska, donde han vivido durante sesenta años. Pero el Asentamiento es temporal y está a punto de terminar, se asoma otra Diáspora y la Radicación es una quimera a la que se dice que solo accederán, con suerte, el 10% de los habitantes. El presidente J. F. Kennedy -y la primera dama, Marilyn Monroe Kennedy- no parecen muy dispuestos a modificar ese panorama. En ese contexto, el detective Meyer Landsman -y su compañero Berko Shemets, judío pero con ancestros indios- deben investigar el asesinato de un yid que se hacía llamar Emanuel Lasker, pero que podría ser alguien más, alguien muy importante. Alguien relacionado con una secta de sombreros negros que no son solo los más piadosos y ortodoxos de todo Sitka, sino también una organización mafiosa que reíte de la Cosa Nostra y las Tríadas, liderada por el gigantesco rabino Heskel Shpilman.

Sí, claro. El sindicato de policía yiddish, de Michael Chabon (premio Pulitzer por Las asombrosas aventuras de Kavalier y Clay) es la lectura recomendada del mes.

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En cuanto a historia alternativa (o ucronías, nombre técnico) reuerdo haber leído hace unos años Fatherland, de Robert Harris, en la que Alemania ganaba la Segunda Guerra. La novela estaba ambientada en un Berlín de 1964 hecho a la medida del arquitecto Speer, con un Hitler viejo que espera recibir al presidente de la otra superpotencia, Kennedy. Solo que es el viejo Kennedy, Joe, antisemita como él solo. La Unión Europea existe pero es un grupo de satélites de Alemania, Churchill se exilió en Canadá, nadie sabe nada del Holocausto (no hay pruebas... al comienzo del libro), la guerra de Alemania con Rusia comunista todavía sigue en los Urales, Japón se rindió a EE.UU., el rey de Inglaterra es Eduardo (el pronazi que renunció al casarse con una plebeya norteamericana) y los diarios alemanes se quejan de que en Hamburgo hay cuatro chicos ingleses que tocan música degenerada...
La novela está bien, pero en este subgénero uno siempre se entusiasma más con los cambios de la historia. Con un escritor como Chabon creo que debe ser otra cosa.
Tema para otro día: las ucronías en el rock. Cómo hubiera sido la carrera de Lennon en los '80, que habria pasado si Brian Wilson lograba sacar Smile como él quería, cómo habria sido la vida de Cobain si se curaba de sus dolores crónicos de estómago, cómo habría sido el disco conjunto de Charly y Spinetta...

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