30.8.08 

Cuando los monarcas cumplen 50

(Publicado hoy en Página/12)

7 de junio, 16 de agosto, 29 de agosto. La coincidencia pasa por un año específico, 1958, y el día de ayer vino a cerrar una suerte de triángulo dorado del pop, si se tiene en cuenta que esos días corresponden a las fechas de nacimiento de Prince, Madonna y Michael Jackson. En rápida sucesión, este año llegaron a los 50 los tres iconos que dio el pop estadounidense en la última porción del siglo pasado: eso da pie a una buena serie de consideraciones, sobre la escasez de sucesores pero –ante todo– sobre la actualidad de sus carreras, que se presenta bien diferente. Y, en última instancia, sobre las características mismas del género.

Es que el de estrella pop no es un trabajo fácil, y de eso sabe bastante Britney Spears, que aspiró al trono de Madonna y terminó desbarrancando. El punk se la hizo más fácil a sus artistas: die young, stay pretty, era cuestión de excederse en el pico de heroína y listo. Pero el pop exige a sus representantes ser siempre bellos, jóvenes, glamorosos, brillantes, lustrosos... y a no olvidarlo, exitosos, que “pop” viene a ser una abreviatura de popular. No ayuda en mucho que The Beatles, icono pop por excelencia, se hayan separado sin un solo paso en falso. Una banda eternizada en la genialidad de Help!, de Revolver, de Sgt. Pepper, Abbey Road o el Album blanco, una banda cuyo disco más desangelado, Let it be, es aún así impecable. Y, para colmo de males, personajes como Prince, Madonna y Jackson suben solos al ring, saborean la mesa del éxito y se comen los garrones de la decadencia en soledad. Su desmesurado talento los obligó a ser solistas, y los congeló en obras cumbre a las que, con el correr del tiempo, se hizo difícil empardar.

Entre los tres vendieron millones y millones de discos y le cambiaron la cara a la música joven, encarnando la última revolución pop al viejo estilo. Hoy la escena está mucho más atomizada, y las posibilidades de exposición se multiplican: puede rendir mejores frutos un buen boca a boca desde MySpace que la alta rotación en MTV de aquellos ’80. Y aquello que la industria vende como artistas pop tiene un indisimulable aire a cosa fabricada en serie, de identidad diluida y con fecha de vencimiento. La escena no parece construirse en base a artistas de personalidad fuerte –salvo en estilos fronterizos al pop, como el hip hop– sino a tendencias, y ya se sabe lo que pasa con las tendencias y los productos que las alimentan. Spice Girls fue “Wannabe” y un intento de regreso que capotó estrepitosamente. Nadie creyó nunca que el grupete de chicas pudiera sostenerse en el tiempo.

Y hablando de sostenerse en el tiempo, la que siempre juega con las mejores cartas es, claro, Madonna Louise Veronica Ciccone, que a fines de los ’70 tuvo la inteligencia de abandonar sus sueños de ballet, se reinventó como Madonna e inició así una carrera envidiable. Quizá en la era de “Like a virgin” tampoco nadie daba dos dólares por la continuidad de esa chica material, pero a la cantante le sobró inventiva para volver a reinventarse una y otra vez y demostrar que su trono no es para cualquiera. Ni siquiera para Shakira, que la lleva muy bien y a quien ayuda la penetración en el creciente público hispanoparlante de Estados Unidos, pero todavía no abandona el status de princesa pop. Y es que la reina sigue reinando, como lo demuestran los 50 mil alemanes frenéticos que anteayer nomás llenaron el Olímpico de Berlín en una nueva fecha del Sticky & Sweet Tour, la gira que pasará por 37 ciudades de Europa y América y en la que Madonna despliega su esperado arsenal de bailarines, cambios de vestuario (3500 piezas de ropa, dicen las gacetillas) e himnos de su cosecha. Hard candy no será precisamente un prodigio de inspiración, pero lo cierto es que la señora, aun con su excesivo celo por tratar de seguir luciendo joven, sabe cómo envolver el paquete: Buenos Aires podrá dar testimonio de ello el 6 de diciembre.

Prince fue siempre un caso diferente. Su momento de mayor exposición fue con el multiplatino Purple rain, y ya nunca volvió a vender tanto. Pero en Prince se conjugaron otras cualidades, sobre todo porque es el único de los tres que toca un instrumento (porque no puede decirse que lo que hace Madonna con la guitarra sea estrictamente tocar), o mejor dicho varios. Aunque sus mayores éxitos fueron pop, su vena Jimi Hendrix lo acerca al rock mucho más que sus coetáneos. Y, además, Prince se cagó olímpicamente en ciertas reglas no escritas del género, como cuando su sello grabador esperaba otro Purple rain y les tiró por la cabeza la compleja trilogía de Around the world in a day, Parade y Sign’O’the times, su real cumbre artística. Lo que cualquier productor del ramo definiría como “suicidio” fue para el menudo príncipe de Minneapolis una liberación: siguió grabando un disco detrás de otro, se peleó con el sello, se liberó de él con el subterfugio de convertirse en el Simbolito Impronunciable, editó discos por internet antes que nadie, recibió el año 2000 con un show descomunal, terminó ganándole a todos en su berretín de hacer lo que se le canten las pelotas. Su disco de 2007, Planet Earth, lo muestra en excelente forma artística, inspirado, tan buen ejecutante y cantante como siempre y sin la más mínima obligación de rendirle cuentas a nadie. Sin crisis de los 50.

Muy diferente, claro, es el caso del tercer lado del triángulo, el extraño personaje que ayer sopló velitas en Bahrein o donde se esté refugiando. Lo que en Prince y Madonna fue depuración, actualización, transformación, en Michael Jackson fue deformación. No debe haber pendiente más cruel que la experimentada por el autodenominado –con bastante razón– Rey del Pop, que conoció el éxito siendo un niño y hoy parece un personaje de la corte de freaks de Tim Burton. Más cerca del mito de Elvis Presley, el artista que, aburrido de todo, se recluye porque sabe que ya no puede estar a la altura, a Jackson lo persiguen el escarnio público, el juicio por abuso de niños, la deformidad facial, el episodio con su hijo casi cayendo del balcón, la ruina del rancho Neverland, las mil excentricidades que se ha empeñado en cometer. Conociendo la generosidad del mundo pop (¿acaso llevar 3500 piezas de ropa en un tour no es una excentricidad?), todo pasaría de largo si Michael mostrara algún signo de vitalidad artística. Pero aquel single a beneficio de los damnificados por el Katrina nunca llegó, lo único que aparecen son box sets y recopilaciones (su sitio oficial propone una votación internacional para definir el contenido de King of Pop, un compilado personalizado para cada país) y no hay canciones nuevas que lo defiendan. Este año, la reedición por el 25º aniversario de Thriller, su disco más perfecto, terminó operando más como acto de crueldad que como homenaje: las fotos, los videos, las canciones, hablan de otro Jackson, un rey que perdió la corona. Del trío dorado del pop, hoy es sin dudas el más desamparado.

En 1981, cuando Prince, Madonna y Michael Jackson se aprestaban a dominar el mundo, MTV hizo su primera transmisión con “Video killed the radio star”, de The Buggles. Pero el video hizo algo más perverso que matar a las estrellas de la radio: obligó a los nuevos monarcas a la imposible tarea de mantenerse a la altura de una imagen congelada.

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29.8.08 

El perdido arte del pensamiento



(Publicado hoy en Página/12)

HOMELAND 10 PUNTOS

Músicos: Laurie Anderson (teclados, laptop, violín y voz), Peter Scherer (teclados, laptop), Skuli Sverrisson (bajo) y Eyvind Kang (viola).
Músico invitado: Lou Reed (guitarra y voz)
Sonido: Claudia Englehart.
Diseño de iluminación: Aaron Copp.
Escenografía: Willie Williams.
Duración: 110 minutos.
Público: 3000.

A la hora de la foto –la imagen que encabeza esta página sirve como prueba–, el clímax de la tercera visita de Laurie Anderson a la Argentina fue ese encuentro con un prócer llamado Lou Reed, primero para “The lost art of conversation” y luego para el intenso crescendo instrumental que fue marcando el final de la velada. Pero, en rigor, el punto más alto de Homeland (si es que puede hablarse de algo así en un espectáculo tan lleno de puntos altos) había sucedido bastante antes, cuando la performer desgranó la larga, filosa reflexión de “Only an expert” (ver aparte), y para el público local volvió a hacerse patente el asombro, la admiración, el disfrute que significa asistir a un espectáculo de la artista neoyorquina, tan lúcida, inteligente y artísticamente potente como siempre. Tan... Laurie.

Quien haya visto la presentación de Strange angels en 1990 en la misma sala, o The end of the moon en el FIBA de 2005 (en el Alvear), sabe qué es lo que vendrá desde ese escenario lleno de velas, con pequeños focos colgantes y una austera puesta lumínica que agregarán sugerencia. Las canciones de Anderson son toda una historia y sus historias son todo un mundo, consiguiendo una clase de hechizo cada vez más atípico en la escena actual: las inflexiones de su voz atrapan al espectador sin remedio, ya sea con los etéreos coros de “Maybe if I fall” o la hermosísima “Bodies in motion” como con la historia que abre el show, “The lark”, deliciosa parábola sobre la memoria del hombre sintetizada en el relato de los pájaros que, al principio de los tiempos, no tenían dónde posarse. Laurie Anderson seduce y emociona aun sin ver la traducción simultánea. Y al leer los subtítulos, todo eso que ya bulle bajo la piel, en la cabeza, en un lugar indefinible del cuerpo por mera transmisión de sensaciones, se potencia con lo que le dice al intelecto.

Lo sabe, lo siente el público, que recién toma un respiro para dejar caer la ovación cuando termina esa formidable pieza de pensamiento sobre los expertos y los problemas. Es un respiro también para Laurie, que –Vocoder mediante– vuelve a sonar con la voz de aquel monólogo “Zeroes and ones” que abría Home of the brave para “Mambo and bling”, otro de esos relatos hechos de ideas agudas, conceptos complejos resueltos con admirable sencillez, como cuando en “Pictures and things” vuelve a sonar la voz de hombre para advertir cómo “las imágenes están reemplazando a las cosas”. O la irónica visión de “Underwear gods”, cuando imagina a esos modelos de carteles gigantes en ropa interior ganando las calles de la ciudad, una ciudad a su escala. O los sardónicos dardos disparados a la Asociación del Rifle, y la tristeza implícita en “Callin’ em up”, cuando habla de ejércitos que enrolan niños y define la “noche americana”. Si la canción entonada junto a su célebre marido habla del “perdido arte de la conversación”, todo en Anderson busca rescatar el perdido arte del pensamiento en el mundo del espectáculo. Ella es compositora, narradora y poeta, pero también una artista que toma una jugadísima posición política, sin caer nunca en lo panfletario o la rabieta por la rabieta misma. Alguien que se resiste a que todo sea simple show business, sea de la música o de la guerra.

En la intensa conexión que la artista consigue con el público, esa atención reverencial y absorta en sus palabras y su voz tiene mucho que ver también el trío que la acompaña en este tour. Una fábrica de sutilezas que va construyendo el armazón de las canciones con pinceladas, delineando el contorno de paisajes sonoros a los que su fuerza hipnótica no les resta energía, ni los convierte en mera referencia o nota al pie. Junto con ellos, con su violín mágico o esas curiosas gafas que convierten a su cráneo en un instrumento de percusión, la menuda autora de perlas como Big science, Strange angels y Bright red completa un perfil envidiable de artista completa, capaz de navegar en paz entre la música y la palabra. Cuando se despidió, al borde del escenario, sola con su violín, un auditorio felizmente entregado hizo todo lo posible por demostrarle cuán lejos lo había llevado el viaje.



Textual
“Solo un experto puede lidiar con el problema. En América nos gustan las soluciones. Nos gustan las soluciones a problemas. Y hay muchas compañías que ofrecen soluciones. Compañías con nombres como La Solución para las Mascotas, La Solución para el Pelo, La Solución para la Deuda, La Solución para el Mundo, La Solución para el Sushi.”

(...)
“Solo un experto puede lidiar con el problema. A veces los expertos buscan armas. Y a veces los expertos buscan armas por todos lados. Y a veces, cuando no encuentran armas, otros expertos dicen: que ustedes no hayan encontrado armas no quiere decir que no haya armas. Y otros expertos que buscan armas encuentran cosas como líquidos de limpieza, y parrillas de heladera y pequeños imanes. Y dicen: estas cosas te pueden parecer objetos comunes, pero en nuestra opinión podrían ser armas. O podrían ser usadas para hacer armas. O podrían ser usadas para transportar armas. O para almacenar armas. Porque solo un experto puede ver que podrían ser armas. Y solo un experto puede lidiar con las armas. Y solo un experto puede lidiar con los problemas.”
(...)
“Solo un experto puede lidiar con el problema. Y si un país puede invadir otro país, y arrasarlo, y arruinarlo, y crear caos y guerra civil y refugiados en ese país, si los expertos dicen que no es un problema y todos coinciden en que los expertos son buenos resolviendo problemas, entonces invadir esos países simplemente no es un problema.

Y si un país tortura gente, y retiene ciudadanos sin causa ni juicio, y dispone tribunales militares, esto tampoco es un problema. A menos que haya un experto que diga que es el principio... de un problema. Porque solo un experto puede lidiar con el problema. Porque ver el problema es la mitad del problema. Y solo un experto puede lidiar con el problema.”

(Fragmentos de “Only an expert”, de Laurie Anderson.)

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28.8.08 

Originalidades

Seguramente lo van a defender como "recurso de marketing", pero suena a repetición de ideas y punto. Tras Calamaro querido! - Cantando al Salmón, ahora acaba de aparecer Gieco querido! - Cantando al León. Bien, muchachos de Sony BMG. No se les vaya a caer una idea. Por las dudas, este blog les ofrece, sin costo alguno, algunas sugerencias para próximos discos de covers.

  • Charly querido! - Cantando al Drogón (Esta es de Luis Paz, integrante de la sección C&E de Página. También podría ser utilizado para Pity querido!)
  • Mosca querido! - Cantando al Chabón
  • Bruni querida! - Cantando al Bombón
  • Flaco querido! - Cantando al Cabrón
  • Juanse querido! - Cantando al Estón
  • Callejero querido! - Cantando al Rompeportón
  • Coleman querido! - Cantando al Bajón
  • Soda querido! - Cantando al Negoción
  • Gorriones queridos! - Cantando a Bochatón
Y así.
De nada.

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27.8.08 

Diálogo en otro planeta

Ir al Faena es de por sí una experiencia rara: la sensación es que al cruzar el río uno no ingresó en el barrio más nuevo de la ciudad, sino en otro planeta. Y si además uno termina cruzando palabras con Laurie Anderson y Lou Reed ya no hay manera de sacarse esa sensación. Bueno, con Lou no hablé (cosa que sí hicieron Roque Casciero, Adriana Franco y Claudio Kleiman: llegué a escuchar que no, no va a traer el show de Berlín acá porque es muy complicado, y que no habrá disco nuevo por un rato porque recién está empezando a escribir), pero sí me acerqué a Laurie con el único objetivo de saludar y agradecerle la excelencia de The end of the moon. Dijo recordar aquella entrevista (aunque uno en esos casos nunca podrá comprobar si es así o si es pura cortesía), le señalé que su historia del perro en aquel espectáculo me había dejado pensando un buen rato, que solía pasarme con todos sus espectáculos, donde disfruto las canciones pero sobre todo me parten el marote las historias que narra. "Espero no defraudarlo mañana", dijo.

Qué me vas a defraudar, Laurie.

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26.8.08 

El DEA y el síndrome de abstinencia

(Publicado hoy en Página/12)

No hay ninguna novedad en esto: al argentino medio le gusta el deporte. Le gusta practicarlo o espectarlo, y es en esta última acepción donde radican varias distorsiones que ya forman parte del, digamos, ser nacional. La más inocente es la tendencia del ciudadano común a ejercer de modo más o menos instantáneo la dirección técnica o el análisis deportivo especializado. La que ha producido curiosos –y a veces dañinos– fenómenos sociales es la contaminación del nacionalismo, cuando se confunde patria con bandera y un tiro en el palo se asemeja a un tiro en la sien. Como sea, esa característica argentina propició el fuerte desarrollo del deportista electrónico, que puede o no realizar alguna práctica real, pero es ante todo un apasionado practicante virtual. El espectador promedio puede apreciar, cómo no, un partido de la Selección o una peleada fecha de fútbol argentino, y también el tenis, la F-1, el básquet y otras variables más o menos obvias. Pero el Deportista Electrónico Argentino (DEA) es capaz de colgarse con la repetición de un partido de la serie B italiana, una semifinal de la Intertoto, un peleado match del básquet universitario estadounidense o una final de ping pong donde dos orientales hacen que ni se vea la pelotita y sin embargo le siguen pegando. Sólo el béisbol sigue siendo una opción de menor interés: será que ni el más aguerrido deportista electrónico argento logra engancharse con una disciplina en la que no se marcan goles.

El lector ya irá adivinando adónde apunta la cuestión: en estas últimas dos semanas, el DEA vivió en la gloria, y su familia ya pregunta cuándo vienen el tío Gonzalo o la tía Vanina a almorzar. Los Juegos Olímpicos fueron el paraíso, maná del cielo, una canilla abierta de zapping que encadena el triple a distancia de Delfino y a Usain Bolt desmintiendo el mito de la lentitud porrera del jamaiquino, un alemán de temer tirando una bola pesadísima a quichicientos metros y una china minúscula doblándose en una barra ante la atenta mirada de los reclutadores del Cirque du Soleil, un tailandés al que se le cae la pesa en el hombro y una judoca argenta enarbolando su medalla de bronce con cara de “y yo que casi no pido la plata prestada para el pasaje”. Saltos ornamentales de tres metros y nado sincronizado, el traje de delfín de los nuevos nadadores y el gesto de “no intenten esto en sus bañeras” de Michael Phelps, el papelón global de los corredores estadounidenses al dejar caer la posta (¡dos veces!), la africana que pega un salto en largo de siete metros veinte y uno que se moja los tamangos ante el primer charco considerable de una Buenos Aires inundada. Y la preciosa garrochista rusa que marca un record, sólo para que al DEA le importe más el logro del discobolista argentino que se comió semejante caramelito nada menos que durante dos años.

El DEA va más allá de la medalla de oro del fútbol y el bronce del básquet. El DEA podría ser objeto de un monumento en la plaza de Canal 7, donde más de un ejecutivo vio las planillas de rating de Argentina-Brasil o el resumen que dicen que el canal estatal ganó la mañana durante dos semanas y, como en el aviso del pibe que corre a avisarle a la mamá que va a Beijing, marcó un record olímpico de salto en alto sin que nadie se diera cuenta. Las malas lenguas afirman que Tristán Bauer inició contactos con el COI para intentar la quimera de unos Juegos cada dos o tres meses: algo de eso necesita ahora el deportista electrónico, afectado por un síndrome de abstinencia que no se resuelve con un Independiente Rivadavia-All Boys. Ahora, a seguir con deportes del acervo nacional como la carrera detrás de la coneja, el ciclismo urbano entre colectivos (toda una disciplina), el salto a la vereda destrozada o el slalom entre baches.

Y a esperar la cita de 2012 en Gran Bretaña: la aparición del gran Jimmy Page en el cierre de Beijing, metiendo caña con el indestructible riff de “Whole Lotta Love”, no hizo más que estimular las ganas de volver a experimentar otro baño catódico, esta vez con los Juegos Olímpicos del rock.

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24.8.08 

Loooooooove....!



Como diría cualquier nota llena de lugares comunes sobre el tema, los Juegos Olímpicos de Beijing dejaron un montón de imágenes para el recuerdo. Pero a las 9.30 de la mañana (o algo así) estaba viendo la ceremonia de clausura, y el double decker se abrió como una flor, Leona Lewis salió canturreando angelicalmente... y de pronto de las entrañas apareció ese viejito de pelo blanco con la Les Paul colgada, cagándose de manera olímpica en todo el milenarismo, el folklore, el protocolo y los instrumentos típicos chinos con el inoxidable riff de "Whole lotta love". Y terminé a los saltos en la cama, queriendo juntar mango sobre mango -como comentamos después con Costanzo- para ir a Gran Bretaña 2012, las Olimpíadas del rock.

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22.8.08 

Abrazo con yapa

Me disculparán los bienintencionados que llevan adelante la campaña, pero el único abrazo que quiere Charly en este momento es uno que sirva para disimular que le están poniendo una bolsita con tres tizas en el bolsillo del saco.

21.8.08 

La parabellum

Uno a veces se deja llevar por esos impulsos. La discoteca está llena de novedades (aunque esas uno las escucha en el iPod, o el reproductor que tenga), pero al cabo en casa se termina escuchando... lo mismo de siempre. Así es como un jueves cualquiera, en la previa a salir al laburo, cae en la compactera Bang! Bang!! Estás liquidado. Lo dicho, no hay mayores razones, los ojos se cruzan con ese lomo y las ganas de escucharlo se disparan sin permiso. Lo demás viene solo: basta que suene la épica intro de Skay en "La parabellum del buen psicópata" para que los recuerdos se atropellen, se lleven por delante la puerta, el living se convierta en el Autopista Center, Satisfaction, Obras: la adrenalina que corría por el cuerpo, el chutazo inevitable, tiempos de misa sin bengalas, aquella parafrase con Rombouts y Andrade ante el vaso de ginebra, el joven lobo quemándose en alcohol.

Nada de eso va a volver, pero qué bueno es haberlo vivido.

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20.8.08 

Diez velas para Amparo Sánchez

(Publicado hoy en Página/12)

“No tengo ni patria ni equipaje / soy de ningún lado como el sol / echo mis raíces en el aire / y cada estrella es mi nación.” La copla es una excelente carta de presentación para la mujer al frente de Amparanoia. Y la caja que la incluye, Seguiré caMinando 1996-2006, sirve también para exceder la fácil clasificación de “la versión femenina de Manu Chao” que ha perseguido a Amparo Sánchez desde El poder de Machín. Cierto es que el ex Mano Negra fue uno de los grandes impulsores de la cantante granadina, pero el mayor encanto del boxset –dos CD y un DVD– que se acaba de editar en la Argentina es que permite apreciar todas las facetas del grupo. Porque, aunque Amparo es la obvia líder del asunto, basta apreciar las canciones y la performance para advertir un trabajo que suma varias voluntades inspiradas.

Seguiré caMinando es, entonces, un festín que no sorprenderá a aquellos que hayan visto a Amparanoia en el Festival BUE o en Niceto hace un par de años. La caja arranca con un disco en vivo, registrado el 16 de noviembre de 2006 en la Sala Apolo de Barcelona, con versiones bien calientes de temas ya conocidos como “La fiesta”, “Buen rollito”, “La vida te da”, la zapatista “Somos viento” y “You know what I mean”: ese mismo show es el que aparece, con alguna variante (la apertura de “Sacaron agua”, que quedó afuera del CD de audio) en el DVD, que permite demorarse en la notable labor de Amparo, la bajista y cantante Carmen Niño, el trompetista José Alberto Varona y los percusionistas Chivo Gutiérrez y Daniel Tejedor. El show es, además, el corolario de una extensa gira que los paseó por Europa y América: la banda toca de memoria, cada tema parece haber arribado a su mejor versión y queda claro que Sánchez ocupa el escenario con una soltura y potencia que transmite energía aun a través de la pantalla.

Para hacer la oferta aún más tentadora, el DVD no se queda en el mero concierto e incluye Antes de hoy, un documental narrado por la misma Amparo que hace un atractivo análisis del recorrido que va de Machín a La vida te da (2005), pasando por Feria furiosa (1999), Somos viento (2002) y Enchilao (2003). El desembarco en Malasaña, las primeras giras y apariciones en TV, la fascinación con México y el zapatismo, la defensa de los derechos de la mujer, el paso por la Argentina (se la ve en el estudio de Mañanas informales y ensayando con Mimi Maura en Niceto), una encendida versión en vivo de “Welcome to Tijuana” con Manu, la formación de cada banda, se encadenan en una completa guía para entender el lugar de la notable música española.

Finalmente, el CD-plus, eso que a veces termina sonando a relleno, reserva otra sorpresa. Es que Remixes y Rarezas al cabo conforma un disco tan atractivo como si fuera original: en manos de varios remezcladores amigos, canciones como “Tiempo pa’ mí”, “Antes de hoy”, la deforme “Little Think”, un precioso cover del reggae “Blood & Fire” con Gambeat y Manu, la hipnótica “Tú a mí me dejas”, ponen la cereza en la torta de una música mestiza, encantadora, felizmente inclasificable.

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15.8.08 

La Fuerza desteñida

(Publicado hoy en Página/12)

La pregunta es inevitable, aun para los fans acérrimos de la saga Star Wars: ¿era necesario? Más allá de los proyectos animados generados para Cartoon Network –el anterior de Genndy Tartakovsky y la serie de 22 episodios que llegará antes de fin de año–, ¿pedía la historia de los Jedi un nuevo largometraje? La justificación de George Lucas tiene cierta lógica, ya que en La venganza de los Sith se asistía a la caída de un Anakin Skywalker ya curtido en la guerra de los clones mencionada en el episodio de 1977, pero poco se veía de esa misma guerra. Así fue como llamó al director Dave Filoni, responsable de Avatar (para Nickelodeon) y enfermo de la saga desde su más tierna edad, para darle forma a una coda que transcurre entre los Episodios II y III, un poco de diversión extra para los millones de seguidores y, claro, una nueva fuente de facturación con los personajes de siempre y sin tener que lidiar con actores de carne y hueso.

¿Funciona? A medias. Lucas y Filoni diseñaron un estilo de imagen que abreva en las posibilidades de la animación CGI, pero también en las viejas marionetas de Gerry Anderson: eso da un resultado raro, pero al cabo atractivo, y sin dudas quien vaya al cine esperando grandes batallas, naves a velocidades que quitan el aliento y alucinantes combates con sables de luz, saldrá recompensado. Esa textura visual es quizá lo que más atrae de The Clone Wars –y hay varios momentos en los que el comuñe Anakin exhibe más gracia y plasticidad que Hayden Christensen–, pero la mayor decepción es que lo que cuenta el film, la historia que viene a llenar ese “bache”, nunca termina de ser suficientemente interesante. Es casi un pecado: con un inagotable universo de posibilidades, Lucas y Filoni se dejaron vencer por la pereza y bosquejaron un guión en el que el centro del conflicto es que Skywalker y su flamante padawan Ahsoka Tano deben devolverle a Jabba The Hutt su hijito secuestrado (lo que propicia más de una intolerable imagen alla Disney), o éste le abrirá las rutas de abastecimiento al Conde Dooku y los separatistas en vez de al ejército de clones de la República.

Para empeorar las cosas, The Clone Wars vuelve a abusar del diálogo excesivamente explicativo y artificioso, y no termina de sacarles el jugo a los personajes. Más allá de Obi Wan Kenobi, a quien también se le “completa el perfil” con sus acciones guerreras, por la pantalla deambulan Mace Windu, Yoda, Palpatine/Sidious, el Conde Dooku, Padme Amidala, C3-PO, R2-D2, Jabba The Hutt, en rangos que van de cierto protagonismo al cameo con fórceps para buscar la empatía. Ahsoka viene a cumplir, de manera evidente y no del todo lograda, el mismo rol de Obi Wan en Episodio I, Anakin en el II y Luke en el IV: la aprendiz que debe refrenar sus impulsos y dar el toque liviano y hasta humorístico, un contraste con la gravedad del maestro. Y ni siquiera la villana Asajj Ventress llega a meter verdadero miedo, casi siempre respaldada por un ejército de droides. Darth Vader o Darth Maul se las arreglaban muy bien solos.

No es que Clone Wars resulte intolerable, ni deba ser considerada un rotundo fracaso. El fan de la saga sabrá reconocerle sus méritos, pero también será su más feroz crítico, porque advertirá ciertas incongruencias en el guión general (¿dónde fueron a parar Ahsoka y Ventress en el Episodio III?, ¿por qué no se menciona aquí al General Grievous?, ¿cómo es que aquí Anakin es considerado un jedi master, si es nombrado como tal en La venganza de los Sith?), y la cantidad de oportunidades desaprovechadas para ampliar realmente el universo Star Wars, agregar información y relevancia a lo ya visto en las películas con actores. Y será el primero en advertir, también, que Lucas se preocupó por insertar una escena muy similar a la de la taberna de Tatooine, pero no tuvo la viveza de incluir ciertos guiños clásicos, necesarios para su público principal. Baste apuntar que en los noventa y pico de minutos no se pronuncia ni una sola vez la ya clásica línea “I have a bad feeling about this...” (“Tengo un mal presentimiento...”); o, peor aún, a nadie se le ocurre despedirse con un “Que la Fuerza te acompañe”. Y ahí es donde los dibujos empiezan a desteñir.

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14.8.08 

Lectura recomendada

A las puertas del juicio por el incendio en Cromañón, el NO armó una producción sobre el tema.

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Dos notitas

Mientras no dejo de escuchar ese precioso disco que grabó Conor Oberst, veo Clarín y me pregunto: ¿No pueden esperar a que Paul Newman se muera para publicar la necro? Y si tenés una nota sin firma que no dice nada sustancioso ni fija ninguna posición, ¿dónde está la polémica?

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9.8.08 

El cinismo hecho escultura

El 22 de mayo pasado, el Suplemento NO de este diario publicó un extenso informe en el que daba cuenta del proceso de malvinización que viven los sobrevivientes del incendio en República Cromañón. “Fueron cinco días con respirador, 18 días con oxígeno en cánula, llegué a pesar 62 kilos”, contó Mariano Cominguez. “Se perdió el yo, perdés a Mariano, no entendés absolutamente nada y los que te rodean tampoco, ¿qué le pasa a este pibe? Hoy estoy mal... tuve una recaída en diciembre. En el laburo me decían: ‘Che, no te entiendo, estás vivo’. Y yo respondía: ‘¿Y vos alguna vez estuviste muerto?’.”

El martes 19 de agosto, en la Sala de Audiencias de la Corte Suprema, el Tribunal Oral Nº 24 dará comienzo al juicio por los hechos del 30 de diciembre de 2004 en el malhadado boliche de Once. En el proceso, que llevará como mínimo seis meses y no se detendrá por la feria judicial veraniega, se intentarán dilucidar las responsabilidades de Omar Chabán y Raúl Villarreal, acusados de estrago doloso seguido de muerte y cohecho activo; los Callejeros Patricio Santos Fontanet, Diego Argañaraz, Juan Alberto Carbone, Maximiliano Djerfy, Christian Torrejón, Elio Delgado, Eduardo Vázquez y Daniel Cardell, por los mismos delitos, figura que se le aplicó también al empresario Rafael Levy, propietario del local; los funcionarios Fabiana Fiszbin, Ana María Fernández y Gustavo Torres, por incumplimiento de los deberes de funcionario público; Juan Carlos López, secretario de Seguridad porteño, por homicidio culposo; el ex comisario Miguel Angel Belay y el ex subcomisario Carlos Díaz, por coautores del cohecho y estrago doloso seguido de muerte.

El juicio por Cromañón concentrará la atención de todos, al punto de que los abogados que intervienen en el juicio al cura Julio Grassi buscaron iniciar las audiencias ese mismo día para atenuar el impacto mediático. Habrá más de 350 testigos, en una causa que ronda las 70 mil fojas: muchas palabras, mucho papel, una enorme cantidad de cuestionamientos de un lado y del otro –y de otro más–, pero al cabo una instancia necesaria para cerrar una parte de la tragedia. Otros aspectos, como queda claro en la frase de Mariano Cominguez, no cerrarán nunca: así lo expresaron varios sobrevivientes en aquella edición del NO, así lo expresan otros como Juan Bazán en el número de este mes de la revista Rolling Stone. Una desesperante realidad que se compone de cuadros de esquizofrenia, afecciones pulmonares, imposibilidad de reinsertarse en el mercado laboral, reducción de subsidios estatales, desatenciones en hospitales destartalados, pesadillas, desconfianza social, ataques de pánico, pastillas, problemas familiares, amigos perdidos, terrores inexplicables. Suicidios. Secuelas.

Frente a esa realidad de los que sobrevivieron, las consecuencias en el medio rockero argentino –un debate que nunca terminó de arrancar, una escena under limitada por las prohibiciones posteriores y la paranoia, etcétera– parecen una estupidez. Frente a esa realidad, las declaraciones de Omar Chabán sobre su cuadro depresivo, o su derecho como persona en libertad a comer en un restó de Palermo, parecen una estrategia frente a una sociedad que ve en el gerenciador de Cromañón un demonio unidimensional. Pero, peor aún, frente a esa realidad de los sobrevivientes malvinizados, el modus operandi de Callejeros alcanza una cota de cinismo que incluso logra superar lo ya visto desde enero de 2005.

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Callejeros acaba de editar un nuevo álbum. A su favor puede decirse que, a diferencia de Señales, esta vez se lanzó al “razonable” precio de 35 pesos (que sigue siendo alto para el promedio de los discos argentinos). Pero ahí se termina toda justificación. Que la música incluida en Disco escultura –se supone que el título es un chiste– no logre superar la mediocridad no resulta sorprendente: basta escuchar la obra completa de Callejeros para no esperar cumbres de la inspiración musical. Lo que produce irritación es el momento elegido, la intención de convertir una obra artística en un alegato previo al juicio en el que, como es usual desde que se produjo la tragedia, Fontanet descarga culpas aquí y allá sin hacerse cargo de sus propios errores. “Se perdió el Sr. Soborno y todos lo están buscando/ allá por los Tribunales hay guiños por todos lados”, sostiene en “Guiños”, el track de apertura. “Tener causa en Argentina es sin duda lo más ruin que te puede pasar/ Será por eso que el rock me alimenta, será por eso que toda esta farsa no lo pudo comprar”, argumenta en “Si querés que sea yo”. “Ignorar nuestra ignorancia fue lo que nos trajo hasta acá”, se justifica en “El ignorante”, así como asegura que Señales sale 60, y yo no cobro una mierda” en “Lo que hay”, donde de paso le dispara a la Bersuit –una de las bandas que se expresó de manera crítica sobre el grupo– llamándolos “bananas en pijamas”. “Así la vida quizá nos pide perdón”, se atreve a cantar en “Canción de cuna para Julieta”.

El librillo de Disco escultura imita un folio judicial, con un sello que reza “Juzgado de Los Invisibles”. Uno de los testimonios recogidos en el expediente pertenece a un periodista que realizó una nota a bordo de uno de los ómnibus fletados para ir a Obras, poco antes de Cromañón, donde un integrante de una barra de seguidores bautizada Los Invisibles le contó cómo arreglaban con Argañaraz el ingreso de bengalas por izquierda dos días antes del show, para eludir los controles. Quizás el expediente incluye también la entrevista realizada en octubre de 2004 por la revista Si se calla el cantor, donde Fontanet señala que prefiere tocar en Cromañón porque allí la organización corre por cuenta del grupo y no hay que tomarse tanto trabajo para armar la fiesta.

Hay evidentes contradicciones entre el historial del grupo pre-Cromañón y el discurso que intentaron imponer después de la tragedia, negando todo aquello que antes sostenían y hacían y que, por ignorancia, descuido, desidia, inconsciencia o como quiera llamarse, contribuyó a que sucediera lo que sucedió. Quizás en esas contradicciones, que el juicio debería poner a la luz, se fundan los entredichos de los integrantes del grupo entre sí y con sus abogados: hoy por hoy no está claro quién representa a quién, y Argañaraz, distanciado del grupo, lleva su estrategia con su propio abogado. En todo este tiempo, los integrantes, sus abogados y el núcleo duro de sus fans enarbolaron una y otra vez el “derecho a trabajar” de Callejeros. Es cierto que, estando en libertad y sin peligro de fuga, la banda no tiene por qué autolimitarse. Pero hasta Chabán, ese demonio unidimensional, dedica en su discurso cierta cuota de respeto y sensibilidad hacia las víctimas, cuota que cuesta encontrar en un producto como Disco escultura, o en la actitud arrogante con la que Fontanet se planta en los escenarios del interior, desde aquel desafortunado y revanchista “chúpenla, por caretas” dedicado a quienes piensan que deberían hacerse cargo.

Se hace difícil predecir un panorama de lo que será el juicio de Cromañón. Hay demasiado dolor, demasiadas pasiones involucradas, demasiadas palabras, demasiada muerte.

Pero unos salen a tocar, y graban un disco en el que cantan que “Los testigos falsos de la injusticia ya la van a pagar”. Otros arrastran la pesada carga de sentirse muertos.

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6.8.08 

Why so serious?



Nunca pensé que llegaría a tal extremo, pero tengo que decirlo: en materia de Jokers, Heath Ledger le pasó el trapo a Jack Nicholson. Como bien señaló Luciano Monteagudo en su crítica para Página/12, el actor desaparece debajo del personaje. Con Nicholson sabíamos que era Nicholson, y formaba parte de la gracia. En esta Dark knight de Christopher Nolan, en cuanto aparece el Joker uno se olvida del secreto en la montaña y la muerte del actor inmediatamente después de concluido el rodaje. El personaje es demasiado inquietante como para que la vida real se entrometa.

Así, este Joker, su extraña manera de pronunciar, ese tic de la lengua que recuerda a una serpiente, sus cicatrices ("Sabés cómo me hice estas cicatrices?"), sus muletillas, su maquillaje siempre corrido, se comen la peli. Una peli que podría terminar un poco antes y con menos retorcimiento, una peli a la que no llevaría a mi hijo de 4 años ni en pedo, pero que me reconcilia con una saga a la que Joel Schumacher le hizo tanto daño (Batman & Robin, mamita querida!) como para considerarla hundida. Y en la que uno ya está medio acostumbrado a que quien se ponga el traje de murciélago terminará medio desvaído -sobre todo si se tiene la cara de nada de Christian Bale-, con lo que no sorprende que luzcan tan bien Gary Oldman como Gordon o el gran Aaron Eckhart como Harvey Dent. ¿Y quién no le propondría casamiento a Maggie Gyllenhaal?

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5.8.08 

La duda

¿Y qué va a hacer Ortega cuando descubra que la religión imperante en Emiratos Arabes prohíbe el alcohol?

(Update del miércoles: finalmente se supo lo que va a hacer. "¿Está prohibido el alcohol? Entonces deciles que sí a los de Independiente Rivadavia")

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2.8.08 

La semana del dibujo animado

(Publicado hoy en Página/12)

La semana que pasó tuvo bastante de dibujito animado. Todo comenzó el domingo 27, cuando los responsables para Latinoamérica de la cadena Fox decidieron darle un gustazo al ex diputado Lorenzo Pepe y levantaron –solo en la emisión argentina– “E. Pluribus Gorgory”, el episodio 10 de la temporada 19ª de Los Simpson. Para el que viva dentro de un frasco, hay que recordar que se trata del episodio en el que Carl y Lenny, aderezados con cerveza en el bar de Moe, dicen que hay que “abolir la democracia para siempre”, que “cuando la dictadura de Juan Perón te desaparecía, desaparecías para siempre”, y que “además, su esposa era Madonna”. Todo ello en el contexto de un capítulo que no deja títere político con cabeza, incluyendo al matrimonio Clinton y George W. Bush Jr. Resultó curioso que Fox justificara el acto de autocensura enfocando en la cuestión de los desaparecidos: mientras Pepe le solicitaba al Comfer que tomara cartas en el asunto por lo que consideraba una ofensa a la memoria del General, ningún organismo de derechos humanos se puso a perder el tiempo en protestar por un dibujo animado célebre por su delirante sentido del humor. Bastante tienen con las ofensas y peligros reales, como ese Laucha que de pronto encontró una puerta abierta y salió corriendo bajo las narices de quienes supuestamente lo vigilaban.

¿Valió la pena privar al público argentino de un episodio francamente hilarante de la serie creada por Matt Groening, que desmonta de manera feroz los métodos del sistema político, capaz de poner como candidato al pequeño y algo tonto Ralph? Más papistas que el Papa, más peronistas que Perón, los muchachos de Fox quedaron en offside con un tema que ni siquiera levantaba polvareda en la Argentina, que no pasó de la anécdota, que a esta altura, digámoslo de una vez, no le importaba a nadie. En todo caso, el punto más alto de esa polémica se vivió en 1995, cuando Madonna, Alan Parker y Antonio Banderas vinieron a la Argentina a plasmar la ridícula relectura de Andrew Lloyd Webber para el cine: mientras los muchachos de la JP (y también los de Tradición, Familia y Propiedad) pintaban las paredes de Buenos Aires con la consigna “Fuera Madonna”, Carlos Saúl I mantuvo una reunión con la cantante y el director en una isla del Tigre, y zanjó la cuestión concediéndoles el uso del balcón de la Rosada. El presidente que le dio a Evita su principal escenario, quizás hay que recordarlo, también se decía peronista.

Y además: ¿vale la pena censurar un episodio de Los Simpson por una barrabasada sobre Perón, cuando el mismísimo canal estatal ofrece, lunes a lunes, una parodia desternillante sobre los ’70? Cuando Peter Capusotto y sus videos ofreció las primeras canciones de Bombita Rodríguez, “el Palito Ortega montonero”, ya desató las primeras carcajadas. Pero en los programas siguientes fue redoblando la apuesta hasta convertir a su bigotudo personaje en el hit de 2008, con momentos sencillamente inolvidables como el trailer de El picnic de los montoneros o, el lunes pasado, la presentación del juego de mesa “El Montonero Mágico”, en el que todas las respuestas conducen al General. Quizá Lorenzo Pepe esté mirando otro canal. Quizá, paradojas de la pequeña pantalla, un monstruo de la comunicación como la cadena Fox debería aprender algo de una golpeadísima emisora del Estado.

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Hablando de Canal 7: esta semana cartoon dejó también un constante ir y venir de infructuosos llamados entre la redacción de este diario y funcionarios del Gobierno involucrados en el área del Sistema Nacional de Medios Públicos, llamados a los que sólo les faltó la musiquita típica del dibujo animado. No vale la pena dejarse llevar por el deporte de pegarle al funcionario saliente: dejando de lado esa manía de Visión 7 (donde Rosario Lufrano era la cara visible, pero no la responsable del contenido) por seguir a la Presidenta hasta la inauguración de un caño cloacal en Ezpeleta, basta revisar la programación artística para concluir que sería una injusticia estigmatizar la gestión Lufrano como un desastre. Sobre todo en un mundo televisivo donde Gerardo Sofovich, por ejemplo, es considerado “el presidente del jurado de ShowMatch” y no el presidente de los negociados más escandalosos en la historia de la emisora estatal. Lufrano les dio pantalla a varias ficciones, programas sobre cine y un buen segmento infantil, consiguió logros deportivos como transmitir la NBA, la Champions League, un partido de AFA y los Juegos Olímpicos, les dio aire al cine, la música y las ciencias, y a un muy buen programa de investigación rockera como Elepé, que metió un gol al ángulo al conseguir que Luis Alberto Spinetta, Edelmiro Molinari, Emilio del Guercio y Rodolfo García desmenuzaran ante cámaras el primer álbum de Almendra.

Tras la renuncia de Lufrano, el nombre de Tristán Bauer cayó de maduro: uno de los chistes habituales, precisamente, era que Lufrano ponía toda la voluntad, pero en la Rosada sólo se hablaba de lo bueno que era el canal Encuentro. Pero, tal como adelantó Horacio Verbitsky el domingo pasado, la oferta fue más allá de la dirección del 7: la partida de Gustavo López parece dejar el campo libre para el desembarco de Bauer en el SNMP. De eso, entonces, se trataron todos los llamados, salpicados de “aún no hay nada confirmado”, “Sí, hubo una oferta, pero hay que pensarlo mucho”, “vamos a tener una reunión” y evasivas enigmáticas por el estilo: no se sabía si al otro lado de la línea estaba Tristán o Jack Bauer. Al cierre de esta edición, todo parecía confirmar la noticia. O no.

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Por último: ésta fue también una semana cartoon por tratarse del particular período que se abre cada invierno, cuando los dulces parvulitos, liberados de las obligaciones escolares, se convierten en máquinas de demandar entretenimiento. Otra vez, los padres se ven arrastrados a esa montaña rusa de transportes llenos de personas en el mismo trance y portando a su correspondiente infante convertido en paquete de abrigos, colas interminables, mercachifles que ponen juguetitos made in China frente a las narices del niño para estimular el comprame comprame, trencitos de la alegría con Power Rangers y Hombres Araña algo desteñidos, lindezas salidas de la tele como 100% Lucha (¿era necesario?), High School Musical: El desafío, Casi ángeles o las “aventuras espaciales” de ese empalagoso dinosaurio púrpura llamado Barney, comida basura y un sinfín de opciones para vaciar la billetera. Este año, para colmo, la billetera quedará más vacía: como los sufridos padres ya han podido comprobar en boletería, son cada vez más los espectáculos que, en nombre de un “seguro de bebé” o eufemismos similares, les cobran entradas a los niños menores de 2 años. Hay incluso un par de propuestas que tasan en 10 pesos el ticket para bebés desde los tres meses. Frente a este nuevo recurso comercial, más de uno se siente como Homero Simpson frente a la avaricia del Señor Burns.

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Responsable

  • Eduardo Fabregat
  • Buenos Aires, Argentina
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