31.10.08 

Don Juan on the road




La cosa arrancó el fin de semana pasado en La Rioja y me colgué, pero estamos a tiempo para lo que viene: Los Macocos sacan nuevamente a girar por el país a Don Juan de Acá (el primer vivo), que tuve el honor de coescribir y que acaba de cerrar una temporadita inolvidable en el Salón Dorado del Teatro Nacional Cervantes. Este viernes 31 será en Bariloche (Escuela nº 16), el sábado en Corcovado (Centro Cultural de Corcovado, gratis) y el domingo en Esquel (Ex Escuela Normal, gratis). Y el magical mystery tour del tenorio español (que ya pasó por Rosario, Formosa, San Salvador de Jujuy y Resistencia) seguirá así:



  • Miércoles 5/11: Santa Fe. Teatro Municipal 1° de Mayo. Gratis.

  • Viernes 7: Bahía Blanca. Teatro Municipal.

  • Sábado 8: Azul. Teatro Español.

  • Viernes 14: Esperanza (Santa Fe).

  • Sábado 15: Concordia (Entre Ríos).

  • Viernes 21: Santiago del Estero.

  • Sábado 22 y Domingo 23: Salta.

(más datos de la obra, acá)

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29.10.08 

De la furia punk a la furia folk


(Publicado hoy en Página/12)


“Perdí mi guitarra, mi hogar, mi esperanza y mi fortuna/ Perdí a mi abuelo dos vecinos y un amigo/ Le ruego a Dios que venga y hunda al Presidente/ cuando el dique se rompa otra vez.” Si hay algo que une a The Nightwatchman y Rage Against the Machine es la intención de decir cosas más allá de la música: “Midnight in the city of destruction”, una de las grandes canciones del sorprendente segundo disco solista de Tom Morello, se encarga de subrayar el vínculo. Pero allí se terminan las comparaciones: Morello, personalísimo guitarrista al que RATM (y sus sucesores Audioslave) le deben buena parte de su ADN sonoro, decidió en 2007 abrir un sendero completamente nuevo, en ese momento con One man revolution y ahora con The Fabled City (Sony BMG), que se acaba de editar en la Argentina. Uno de esos discos que, aun abrevando en fuentes conocidas, implica un bienvenido soplo de aire fresco.

El mismo Morello admite que ese paso no fue fácil, y que las primeras presentaciones estuvieron dominadas por un inesperado miedo escénico. Es que la obra solista de Morello está directamente conectada con una línea que une a Woody Guthrie, Johnny Cash, Bob Dylan y Bruce Springsteen: una clase de material eminentemente acústico, con una fuerte carga lírica, que supone un protagonismo atípico para un músico acostumbrado a expresarse por vía de sus seis cuerdas. Como sea, Morello asume esta faceta con la personalidad necesaria. Su grave voz parece cortada a medida para el poderoso combo de apertura con “The fabled city” (“He visto la ciudad legendaria, y sus calles están pavimentadas con oro/ pero una cerca de hierro las rodea, y la puerta de hierro está cerrada”) y la potente “Whatever it takes”, que alcanzan como declaración de principios y fijan el clima para un disco que abunda en discurso político, sí, pero sobre todo rezuma convicciones musicales.

Con el esporádico aporte en algunos instrumentos de Brendan O’Brien y la presencia del también militante Serj Tankian (System of a Down) en “Lazarus on down”, Morello les va dando curso así a once canciones rotundas y encantadoras, vibrantes, con nobleza de nylon y madera allí donde suele asociarse su nombre con furia y electricidad. Puede ser luminoso y lúdico en canciones como “The lights are on in Spidertown” o la galopante “St. Isabelle”, que parecerían convocar a un coro de beodos en el bar de la esquina; puede adquirir la gravedad necesaria para momentos melancólicos como la preciosa “Lazarus...” o “Rise to power”, que cierra el álbum con una nota algo amarga; puede ponerse épico, como en “The iron wheel” (“A veces te dicen que te quedes quieto, cuando sabés que es el momento de correr”) o “Gone like rain”. Y en ningún caso Morello suena impostado, como intentando algo diferente para zafar del tono algo monótono que había adquirido el RATM de los últimos tiempos. Así, The fabled city puede entenderse como el audaz paso de un hombre que, cansado de ser guitar hero, se probó el traje de songwriter. Y no le sienta nada mal.

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26.10.08 

Cómo eludir el peso del retorno

(Publicado hoy en Página/12)

Desde que el rock (o “música joven”, “contemporánea”, el mote que se quiera encajar en la burocrática línea de puntos) llegó al punto de tener un corpus artístico tal que podía hablarse ya de una historia, el concepto del retorno empezó a cobrar más y más peso, estimulado por ciclos en los que protagonistas de etapas, tiempos o movimientos aparentemente idos, superados, decidían volver sobre sus pasos. El regreso es un concepto poderoso y hasta heroico, como se puede comprobar en el record de Monumentales (y la extendida gira continental) de cierto trío argentino fundamental para el libro gordo de las pampas. El regreso, claro, puede ser también un arma de doble filo, sobre todo por las expectativas que suele despertar en el público y hasta en los mismos músicos, que a veces advierten demasiado tarde que no están a la altura de lo que ese heroico concepto exige. Entre el ¡Qué bueno que volvió! a ¿Para qué volvió? puede haber una distancia mínima.

El regreso de Los Fabulosos Cadillacs, que el próximo 5 de noviembre abrirán en el Foro Sol del DF mexicano una gira de 50 fechas, tiene cierta naturalidad: en los años posteriores a aquella declaración de Sergio Rotman sobre la “guerra de egos”, el grupo recompuso sus vínculos humanos, al punto de rearmarse para el disco ¡Calamaro querido! y de ese modo ir abonando su propio terreno. El retorno sufrió el duro golpe de la muerte de Gerardo “Toto” Rotblat, y resulta obvio que La luz del ritmo esté dedicado “con profundo amor” al percusionista. La luz..., claro, es el disco que asomará en las disquerías este jueves: complemento de estudio a lo que el público porteño pudo apreciar en el caliente show del 1º de julio en el Planetario. Un test drive para comprobar el estado del motor Cadillac.

¿Y entonces? Quizá la sorpresa más agradable de La luz del ritmo sea su levedad, que no debe confundirse con liviandad: para el grupo resultó más fácil asumir el trabajo de meterse en el estudio que para Soda Stereo, pero eso no lo eximía de riesgo. La historia siempre pesa, y no puede desestimarse la cantidad de páginas acumuladas por los Cadillacs en su rica trayectoria. En la cancha se ven los pingos, sí, pero también en el laboratorio. Y el disco con el que LFC vuelven al ruedo exuda una soltura, un desprejuicio y libertad a la hora de elegir qué hacer, que alcanza para extenderles la derecha ya en la instancia de la primera audición. Los viejos zorros pueden enredarse con sus propias mañas, pero no es éste el caso. Es decir: el grupo se podría haber colgado en disquisiciones sobre qué es lo que el afuera espera de ellos –y ociosidades similares–, sobre (otra vez) el peso del retorno. Pero todo indica que Vicentico, Sr. Flavio, Sergio Rotman, Mario Siperman, Fernando Ricciardi y Daniel Lozano resolvieron el asunto de la manera más natural para un músico, cerrando el portón de la sala de ensayo para mirarse las caras, cruzar sus instrumentos, probar la musculatura musical y dejar que surja el pulso.

Por supuesto que LLDR tiene un riesgo calculado, si se observa que sus trece tracks están repartidos en cinco canciones nuevas, dos covers bien elegidos y resueltos (una rotunda versión castellana del clásico de The Clash “Should I stay or I should go” y un ensayo bailable sobre “Wake up and make love with me”, de Ian Dury) y seis reversiones de clásicos, un poco al estilo del exitosísimo Vasos Vacíos de 1993. Así, “Mal bicho” se despoja de las tensiones rítmicas originales para adoptar un relajamiento funky; “Padre nuestro”, también proveniente de Rey azúcar, propone un cumbiazo en toda la regla, con el aporte de Damas Gratis y Pablo Lescano; el reggae de “Muy, muy temprano” está apenas ralentado con respecto a la versión de Yo te avisé!!; sin aportar deformaciones excesivas sobre sus originales, “El genio del dub”, “Los condenaditos” y “Basta de llamarme así” (que liquidaba Vasos Vacíos con una deliciosa versión acústica) cierran el paquete de títulos conocidos.

Es en las composiciones nuevas donde la banda prueba la efectividad del reencuentro, y donde las tres cabezas principales presentan sus motivos para brillar. Si en “La luz del ritmo” Flavio propone una apertura energética y fiestera, muy Cadillac, es en “Nosotros egoístas” donde –asumiendo además la voz principal– abre el juego, una canción ligera y luminosa a pesar de sus frases melancólicas, inequívocamente dedicadas al amigo fallecido. Inmediatamente después es el turno de “Hoy”, la dulce canción que aportó Vicentico a esta nueva etapa y que calza con naturalidad en el cancionero del grupo, como si el tiempo no hubiera pasado. Por su parte, Sergio Rotman le pone el gancho a uno de los puntos más altos del disco: las guitarras surferas y los caños (cortesía de Dancing Mood) de “El fin del amor” caracterizan a apenas dos minutos diez rotundos, vibrantes, que deberían tener destino de hit. Finalmente, “Flores” –también del bajista Cianciarulo– parece ideal para el coro y la arenga en vivo.

Así, entregados a la luz del ritmo como forma de evitar el peso del retorno, los Cadillacs redondean un trabajo si se quiere seminuevo, pero no por ello menos valioso, en el que supieron catalizar la experiencia adquirida por cada uno en los años de diáspora. Suficiente –y más que eso– para afrontar las ceremonias del 12 y 13 de diciembre en River con la sana expectativa de un regreso sostenido por la vitalidad de una banda a la cual aún le quedaban cosas por decir. No es poco.

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25.10.08 

Madre paga

(Un post extremista, si se quiere hasta irracional)

Esta semana pudimos enterarnos de la honda preocupación del gobierno español, del derrumbe en la bolsa de la Madre Patria ocasionado por la reestatización argentina del sistema de jubilaciones y sus consiguientes protestas. Muchachos de Telefónica, de Iberia, de Repsol, incluso mucho más allá: querido Cristóbal (y tus secuaces, y tus Santa María La Pinta La Niña y el Puerto de Palos): a aguantarse y a joderse. Llegó la hora de devolverles los espejitos y los collares con cuentas de colores. Y una canción para que pongan en el karaoke mientras la bolsa se desinfla:

Ellos vinieron, nos encubrieron
Aquí encontraron dioses que danzan
Y nos dijeron "cerrá los ojos
dame la tierra, tomá la Biblia"

Huelga de amores, huelga de amores
Huelga de amores en el paseo Las Flores

Patriotas importados, nativos sin orejas
La muerte grita tierra! y el canto chacarera
Y nos dijeron "Tiempo es dinero
y en esta tierra sos extranjero"

Huelga de amores, huelga de amores
Huelga de amores en el paseo Las Flores


La historia escrita por vencedores
No pudo hacer callar a los tambores.

(Divididos, 1993)

23.10.08 

Ese tema

El disco me llegó ayer a la redacción, y todavía no lo escuché entero. Es que un rápido repaso de la lista me hizo saltar directamente al track 18: en Migajas de rock maravilla, el quinteto de La Paternal Mil Vueltas decidió homenajear a Patricio Rey con uno de sus inéditos más queridos. Y su versión de "Mi genio amor" hace desear que en el volumen 2 haya más grupos que rescaten cosas como "El regreso de Mao", "Rodando", "El bazar de Wakeman & Fripp", "Roxana porcelana" o (por favor!) "Pura suerte". Gran canción de los Redondos nunca grabada en sus discos oficiales, me proporcionó el placer extra de que mi hijo de apenas dos añitos termine acompañándome arrastrando el "amoooor" que cierra el estribillo.

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19.10.08 

Sábado a la noche en Bogotá 92

Otro sábado a la noche, 24 años atrás (sí, 24): creo recordar que era una jornada calurosa de fines del verano en Aires Dudosos, pero no importa mucho. En un salón algo infecto ubicado en Bogotá 92, el personal que llenaba las mesas mataba la espera para el show de Memphis La Blusera. Los muchachos de Flores tenían una bien ganada fama de tocar a cualquier hora, anunciarse a las 23 y aparecer a las 2.30, para un show con dos entradas que se extendía hasta el borde del amanecer porteño. En los parlantes se escuchaba una grabación de un show de la misma banda y en el mismo local, un mes atrás. Y entre un tema y otro, después de un quilombo de ruido importante, se escuchó a Adrián Otero:

"Che, loco, tranquilícense... no, pará... pará, flaco... mirá que después los destrozos nos los cobran a nosotros, hoy ya nos vamos sin un mango...".


(Y guarda al hilo, que en 1984 La Blusera te pasaba por encima)

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15.10.08 

Techo

Leo en Clarín la crítica de Una hora a Tokyo, el nuevo disco de Airbag: "El trío de Don Torcuato, una de las promesas más fuertes del pop-rock nacional, da muestras de su progreso. Todavía no llegaron a su techo".

Es una joda, ¿no?

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Don Juan de gira


Este fin de semana será el último de Don Juan de Acá en el Teatro Nacional Cervantes, y la obra vuelve a salir de gira: durante noviembre, Los Macocos andarán por Bariloche, Esquel, La Rioja, Santa Fe, Bahía Blanca, Azul, Concordia, Salta y Santiago del Estero. Y en febrero volveremos al Cervantes, esta vez en sala grande.

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12.10.08 

El típico gusto australiano en rock


(Publicado hoy en Página/12)


Es una de esas Verdades Sólidas Como Una Roca del apasionante mundo del rock: hay bandas a las que no se les exige más que ser fieles a sí mismas. No es un rasgo de aburguesamiento del público o los músicos: sucede que son bandas tan efectivas, dueñas de una identidad tan poderosa, que no necesitan más experimentos. Encontraron la fórmula, una fórmula que no aburre nunca. Se puede decir eso de los Ramones, claro: en ellos la variable pasaba por la diferencia de velocidad entre el estudio y el vivo, cuando podían despachar unos 35 temas en 55 minutos. Con AC/DC, la variante es histórica: todos saben que hay un AC/DC con Bon Scott y otro con Brian Johnson. Pavada de mérito para los hermanos Young, que superaron la muerte de su cantante reformulando el sonido de la banda, y abrieron una nueva era con los campanazos de Back in Black, sin vueltas uno de los discos más perfectos del hard rock.

De eso hace ya 28 años, suficiente tiempo para disparar la estéril discusión de que los australianos vienen haciendo el mismo disco una y otra vez. No es una discusión que prenda mucho entre los reales fans, o incluso meros seguidores del quinteto: desde que comenzó a rodar la noticia de que el 20 de octubre AC/DC rompería un silencio de ocho años con Black Ice, lo que puede palparse en foros virtuales y conversaciones reales es un entusiasmo traducible como “¿Qué van a hacer? Un disco de AC/DC. . . ¡por suerte!”. ¿Alguien puede esperar que Angus o Malcolm comiencen a disparar sintes desde sus guitarras, o que el camionero de la boina ladeada haga prender encendedores (o pantallitas de celular) con una power ballad digna de la más rancia banda de hair rock californiano? La conclusión puede leerse como un gigantesco banner de Internet: Queremos un disco de AC/DC. Punto.

Pues bien: Black Ice es, sin dudas, un disco de AC/DC. Un disco que sabe repartir trompadas en los momentos justos: en el arranque con el ya conocido single “Rock’n’roll train”, poco después con el segundo single “War machine”, inmediatamente después con la soberbia “Decibel” (ese midtempo tan, pero tan AC/DC, con Angus punteando a lo loco) y en el cierre con “Black Ice”: ese tipo de canción que sirve para definir al quinteto sin recurrir a mayores palabras, un groove bien pesado, los hermanos de las seis cuerdas sacándose chispas y Johnson tan orillero y potente como antaño.

Esas canciones, las que más fácilmente se fijan en la memoria en una primera audición de Black Ice, vienen a conformar algo así como la columna vertebral del nuevo disco de la banda que arrancará una nueva gira mundial (¿pasará en 2009 por la Argentina?) el próximo 28 en Wilkes-Barre, Pensylvannia, EE.UU. Black Ice es la mejor manera de calentar motores tras la pausa discográfica de ocho años desde Stiff upper lip, y de siete desde la correspondiente gira de presentación. En ese lapso sucedieron varias cosas en la industria, y el grupo ha sabido leerlas: no es casual que maneje el prelanzamiento desde su propio sitio y que haya preferido cerrar trato por el videojuego Rock Band Rock Pack antes que con iTunes, en el que Angus no confía por entenderlo demasiado fragmentado: “Nosotros hacemos discos, no canciones individuales”, argumentó.

Angus tiene razón: más allá de esos puntos esenciales anotados, las quince canciones de Black Ice se suceden para ir construyendo un paisaje conocido... pero siempre encantador. “Big Jack” tiene un tono épico, marchoso, coronado por un estribillo que permite suponer multitudes con el brazo en alto. “Smash’n’grab” propone algo más de swing, más contoneo que sacudida de cabeza: lo que en AC/DC podría entenderse como bailable. El doblete de “Wheels” y “Decibel” prepara el terreno para “Stormy May Day” y “She likes rock’n’roll”, donde asoma ese viejo amor de la banda por el rhythm’n’blues combinado con melodías poderosas como tanques. “Rock’n’roll dream” supone un momento de calma, “Money made” puede entenderse como un AC/DC al mil por ciento...

Y así, haciendo uso y abuso del término “rock” en sus títulos, a caballo de la inconfundible Gibson SG roja y una identidad sólida como una cordillera, los veteranos de Australia cumplen con la expectativa. Pero lo mejor de todo es que termina Black Ice y no queda la sensación de un mero acto mecánico. Como los Ramones, AC/DC tiene aquello que no se desgasta con la repetición.

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8.10.08 

Bolsa

Y entonces parece que se avecina un nuevo segmento apocalíptico de nuestro acostumbrado ciclo argentino de caos-momento tranca-exagerado optimismo consumista. Solo que el asunto se volvió global, podemos hasta sacar pecho y declamar que no solo exportamos soja sino también modelos de quilombo. Los yanquis andan haciendo las de Cavallo (momentito: ¿no viene choreando hace rato Cavallo con las clases magistrales o algo así en Estados Unidos?) y se les nota el cagazo a la distancia. Por acá... bueno, no hace tanto que compraba en el chino de Rosario y Centenera con patacones serie A: en esa época, los puntos ascendentes del riesgo país eran tan escandalosos y cotidianos como los porcentajes de caída de Bolsas de todos lados.

(el término "bolsa" siempre me recuerda dos cosas: una es el pobre Olmedo al pie del edificio con la bolsita rosa en la mano. La otra es una inolvidable trasnoche en la base Marambio de la Antártida Argentina, en la "habitación" de León Gieco, que hablaba por el celular de Francisco Cerdán con Charly García. Gieco le contó de la rara sensación de tocar en una base de milicos que conocían todas sus letras, de las curiosidades de la vida en ese pedazo de hielo, etcétera. Y García hizo una pausa y preguntó: che, y ahí... ¿quién tiene la bolsa?)

Todavía tengo por ahí algunos australes, y un peso argentino -si mal no recuerdo- celestito y con Bernardino Rivadavia como chico de tapa. Me gustaría haber conservado uno de esos billetes de Diez Millones de Pesos: surrealismo puro. Recuerdos de un país que viene hecho bolsa hace un buen rato. Terrícolas queridos, bienvenidos al club.

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Fábula del hombre y su piano

(Publicado hoy en Página/12)

Podría ser una Composición Tema: El Hombre y su Piano. De hecho, así es como comenzó todo, con un pibe llamado Rodolfo aprendiendo a presionar blancas y negras en su Rosario natal. Un cuarto de siglo después de su debut discográfico, el hombre y su piano son el centro de la escena en el Palacio de los Congresos madrileño. Mejor dicho, el hombre, su piano y sus canciones, esa materia inasible con la que un músico puede construir una fortaleza. No sé si es Baires o Madrid, el disco/DVD que Fito Páez acaba de poner en las bateas, oficia entonces como certero retrato de su esencia, lo que queda al eliminar las capas de instrumentación, la carne viva de un adecuado protagonista de la música argentina reciente.

No es que Fito esté estrictamente solo en este registro del concierto ofrecido el 24 de abril de este año en la capital española: aquí y allá aparece una selección de aliados que incluye a los exquisitos Marlango, Ariel Rot, Joaquín Sabina, Pablo Milanés, Pereza, Gala Evora, Coki, Mavi Díaz y el trío de Diego del Morao (guitarra), Dani Noel (bajo) y Sabú (cajón). Pero todos ellos fluyen por la escena para pincelar las páginas de Páez, agregar matices a ese acto despojado del hombre y sus teclas. Esa intensa comunión es, también, una clave del disco.
Así, No sé si es Baires o Madrid posee dos momentos especialmente conmovedores. En uno de ellos, Fito da casi un paso al costado, porque es la exquisita Gala Evora quien pone la carne de gallina con “Un vestido y un amor”, que en su castiza entonación cobra nuevo vuelo y tono. El otro pertenece a uno de los temas del álbum que pareció sepultado por su carácter superventas (para utilizar un término bien español), pero que a la distancia sigue impactando por su nivel de inspiración: en 1992 y hoy también, “Brillante sobre el mic” puede ser entendido como una cumbre-Páez, una de esas canciones que algunos matarían por haber compuesto. Esos momentos altos, a pesar de todo, no llegan a eclipsar la nobleza de ese “Giros” con sobrios punteos a cargo de Rot, la emotividad de “Yo vengo a ofrecer mi corazón” con Milanés o la belleza de “Pétalo de sal” enaltecida por la voz de Leonor Watling, el piano de Alejandro Pelayo y la trompeta de Oscar Ybarra.

No es casual que lo único que desentona en semejante ceremonia esté presente solo en el DVD, y haya sido eliminado de la edición en audio. Es que la ejecución de “Ciudad de pobres corazones” en una aullante guitarra amarilla parece fuera de lugar. No sólo por lo difícil que es transportar esa furia hecha canción a la performance de un solo músico, sino sobre todo porque allí Páez rompe innecesariamente la burbuja, abandona a su mejor amigo. Ese al que, promediando el show, vuelve a definir con eso de “hermano de soledad, aquí hoy estamos los dos/ bajo esta luz de rubí, entre esta gente nueva”. Allí están, y allí siguen. El hombre y su piano.

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7.10.08 

Cómo atravesar el tiempo

(Publicado hoy en Página/12, junto a la cobertura de Roque Casciero)

Este cronista lo señaló en ocasión del lanzamiento de La lengua popular: el más reciente disco del Salmón Abuelo Rodríguez debería considerarse como consagratorio, si no fuera porque hace rato que Andrés Calamaro está consagrado. El año pasado, su presentación en el mismo escenario había sido la confirmación de ese concepto, pero la multitudinaria misa del domingo consiguió elevar su propio listón. Andrés es hoy un artista en estado de gracia, seguro de sí, alejado de las tormentas internas que en el pasado reciente le dificultaban el camino al escenario e incluso al mismo acto de componer. Cuando un músico tiene plena conciencia de estar conectando con el nervio más sensible del público asoma lo mejor de sí. Y puede pasar dos horas surfeando sobre sus canciones, llevándose a miles y miles de personas, con la carne de gallina, a lo alto de esa ola.

No te preocupes, Paloma, se quiebra el cantante en el final, y todo tiene sabor a apoteosis, a genuino testimonio de la performance de un tipo al que ya no se le discute su ingreso al seleccionado de los grandes solistas argentinos. El pibe al que ninguneaban por considerarlo un simple soldadito de los Abuelos es hoy un compositor y performer sólido y entero, de cuya obra da para esperar mucho más. Así se lo entiende en los medios y así lo entiende la gente, que supo disfrutar la habitual fiesta Decadente e incluso el set de Estelares (¡al fin la formidable banda platense en un horario central!), pero que vivió todo ello como aperitivo, se apropió de la fecha 7 del festival para convertirla en una cita particular, una intensa comunión con el nombre que hizo reventar la taquilla. Esas casi 40 mil personas tuvieron su premio: con la pilcha de Dylan y la cara de Paul Stanley, Andrés Calamaro fue y vino entre su propio historial y el de Los Rodríguez, y ya casi no importa que el material de Nadie sale vivo de aquí siga ausente de la lista. Lo que hay es suficiente para atravesar el tiempo sin documentos.

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4.10.08 

Fucking animals

(foto : Jorge Larrosa)


¡¡Qué show del carajo dio Nine Inch Nails en el Club Ciudad!! Honorable revancha por haberme perdido aquella primera visita en el Luna Park, el aquelarre que desataron Trent Reznor y su banda de desquiciados fue más allá de la esperable metralla industrial, y supo tener melodía y hasta arranques disco que pusieron a bailar a la monada. Con esa pantalla-telón tan bien utilizada, el tipo bajó literalmente la cortina de este Pepsi Music: ¿habrá alguien que le mate el punto? Veo por ahí mucha gente entusiasmada con Stone Temple Pilots, pero no creo que puedan llegar a tanto, ni ellos ni el disfrutable circo que espero de Mötley Crüe.


Más allá de NIN, la jornada del jueves me dejó un par de perlas recordables. Richard Coleman le dio curso a una impecable versión de "Para terminar", cuya letra conocíamos 4 ó 5 de los seiscientos que estaban presenciando el show de Los 7 Delfines. Fue poco serio que inmediatamente después tocara Volador G, que son como unos Delfines clase B (o C, o D). Los Natas, como de costumbre, me volaron la cabeza hasta que sentí que la cabeza estaba volando demasiado y tuve que retirarme. A Black Rebel Motorcycle Club le agradecí que eliminaran el acusticazo que se hizo algo excesivo en La Trastienda: un set bien festivalero, eléctrico y sentador. En el escenario Sónico vi a una banda llamada OBS, dos violeros al palo, batería, una bajista alta, pálida y con medias de red y una cantante de voz impecable y potente, pero muy mal asesorada en cuanto a vestuario. En la misma carpita, después vimos con Lucas Ribaudo a los metaleros Pork, que atrasan 25 años pero te pasan por encima: terminó, nos miramos y coincidimos en un "está bien!".


Pero la escena más freak fue durante "Closer", cuando ya estaba claro que NIN no dejaría títere con cabeza: detrás mío había un padre con sus dos hijos, rubiecitos ellos, de unos 10 y 8 años, que cantaban desaforadamente, de pe a pa, cada una de las canciones. Ver a los dos niñitos gritando "I want to fuck you like an animal!" fue ciertamente pintoresco. Por decirlo de alguna manera.

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2.10.08 

Ocho argumentos a favor de Kings of Leon

  • Sí, escuchás Youth and young manhood, Aha shake heartbreak, Because of the times y el flamante Only by the night y parecen hacer siempre el mismo disco. Pero ese mismo disco está bueno.
  • Les dicen "los Strokes del sur" (son de Nashville), pero mientras los neoyorquinos son planos, energía encantadora pero sin mayor matices, estos tienen un espesor interesante.
  • Tienen un clima aural encantador: suenan siempre como en una habitación grande, de techo alto, lo que da una suerte de cámara neblinosa ideal para esas canciones arrastradas.
  • El cantante Caleb Followill tiene ese tono medio plañidero, melancólico, que en otro te resultaría insoportable. Pero el tipo le pone onda.
  • El guitarrista, Matthew Followill, es un muy insprado disípulo de The Edge: triunfa allí donde Jon Buckland, el de Coldplay, queda como un pelotudo.
  • El baterista Nathan Followill va más allá del ritmo y base, toca más bien como instrumento solista, punteando y complementando melodías. Y usa mucho los platos: como bien dice mi amigo Ernesto Puesto, las frecuencias altas de los metales son un componente energético de la música. Con eso consiguen el curioso efecto de energía a baja velocidad.
  • Llevan en su ADN un interesante componente de Led Zeppelin, y sin embargo no suenan a copia.
  • Se hace evidente escuchando sus canciones: fuman porro.

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1.10.08 

Cheech & Chong & Vader




¿Cómo no compartir esta barbaridad?

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Responsable

  • Eduardo Fabregat
  • Buenos Aires, Argentina
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