27.11.08 

Por qué no fui a ver a Queen


Un lector que pide no ser publicado ("te pregunto de curioso nomás") señala su extrañeza por no haber visto aquí algún post dedicado a Queen. La razón es simple: no fui a ver a Brian May, Roger Taylor y Paul Rodgers. Y no solo porque los viernes suelo estar encadenado a mi escritorio, sino por el intenso olor a choreo, y porque, como virulento fan de Queen en mi adolescencia, sé que no lo habría soportado. Las crónicas posteriores -la elogiosa de Clarín, la no tan elogiosa que escribió Luis Paz en Página) me dieron razones suficientes para confirmar que hice bien, que no era necesario, que no me perdí nada. Hay cosas que mejor dejarlas donde quedaron. Y si vas a hacer una banda tributo, ponele otro nombre. Dios salve a la Reina, por ejemplo.

El sábado a la mañana, como tantos otros sábados de comienzos de los '80, puse el disco que encabeza este post. Fue mi personal acto de desagravio a Freddie.

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20.11.08 

Puertas 2004, puertas 2008

La novedad tiene en el juicio por el incendio de Cromañón el efecto de una bomba (con perdón de la alegoría. Aunque, con lo que vas a leer a continuación, la alegoría es una mera anécdota): Patricio Poplavsky, abogado querellante que representa a varios familiares de víctimas, presentó ante el Tribunal Oral 24 un escrito acompañado por un video registrado el 31 de octubre pasado, cuando Callejeros actuó en el estadio General Paz Juniors, en Córdoba, ante 4600 personas. En el texto se detalla que durante el show del grupo (el primero desde el inicio del juicio oral y desde que el guitarrista Maximiliano Djerfy se separó de la banda, en todo sentido), varias puertas estaban cerradas con candado: "Al momento de la salida se produjo un efecto embudo, ya que todos los asistentes debieron retirarse del lugar por la única puerta que se encontraba abierta", especifica el escrito, que señala también la presencia de "banderas anudadas en palos" y relata que el personal de seguridad del estadio cordobés obligó al joven que estaba filmando a apagar su celular. "Esta denuncia se formula para tratar de preservar la integridad física de otros jóvenes que, como los nuestros, van a un recital a divertirse sin saber que en cualquier momento y frente a la falta de responsabilidad de empresarios y músicos podría producirse otro Cromañón (...) El video demuestra tanto ante los padres como ante la sociedad cuál sería la conducta de los integrantes de Callejeros durante sus recitales", señala Poplavsky. "Han incurrido nuevamente en irregularidades que podrían generar una nueva tragedia, como la que se llevó la vida de nuestros hijos".

Mi tío Aquiles Fabregat solía mencionar en sus notas esa frase que señala que la inteligencia humana tiene límites, pero la estupidez no. Bien, lo de los autores de Disco Escultura ya rebasa todo límite conocido de estupidez (y se pueden agregar algunos calificativos más, como los que varios deben estar pensando en este mismo momento), se adentra en la dimensión desconocida, es un non plus ultra de la imbecilidad. "Fontanet cantó todos sus tracks con ánimo, arengó al público con insistencia, bailó, aplaudió, bromeó constantemente", señala la crónica de aquel show en Rolling Stone, que también apunta que "un corte de luz parcial dejó sin corriente el escenario, pero no hubo incidentes". ¿No le corrió un frío por la espalda a alguno de los cínicos que estaban en ese escenario a oscuras? ¿Se puede cantar con tanto ánimo, arengar, bailar, aplaudir, bromear, cuando se te murieron 200 personas en un show por culpa de (entre muchas otras cosas) una puerta cerrada, y el lugar donde estás tocando 4 años después tiene sus puertas de salida igualmente cerradas? ¿O quizá fue otra vez Omar Chabán? ¿Cuándo comienza el juicio político a Daniel Oscar Giacomino, intendente de la ciudad?

El que crea que con dejar las bengalas se terminó el asunto está yendo para el lado de los tomates. Callejeros no aprendió un carajo, sigue tocando como en 2004, sin mirar lo que sucede alrededor de su show y confiando en la buena suerte. Y si algo pasaba en Córdoba, por supuesto que la culpa sería del que cerró las puertas. Ante el tribunal, ellos insisten conque su función no era andar mirando las condiciones de seguridad. Ellos, ya sabemos, son unos honestos y pobres músicos engañados por el maldito sistema, que tienen el derecho de ganarse la vida tocando, que perdieron familiares en la tragedia y eso los exime de todo.

Entonces llego a este punto, pienso en los muertos y en los que van a sufrir las consecuencias por siempre, en los pibes que se empecinan en seguir creyéndoles y... se me suelta la cadena. Lo siento, pero tengo que decirlo: púdranse en la cárcel, hijos de mil putas.

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16.11.08 

Confesión de parte



A tal punto no nos damos cuenta, que redactamos el videograph como el orto...

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12.11.08 

El laberinto de la industria

(Publicado hoy en Página/12)

“¿Por qué nadie se hace cargo nunca de estos errores? ¿Cómo puede ser que no puedan corregirlo y enviar el disco con el arte de tapa? ¡No quiero una versión ‘con arte de tapa’ y una ‘sin arte de tapa’!” La queja hacia el sello Universal no es de un usuario insatisfecho sino del mismísimo Robert Smith, que en el sitio oficial thecure.com reproduce un mail en el que recuerda cuánto le rompe las pelotas “el kafkiano mundo en que ustedes se mueven” y protesta por el imperdonable error de las primeras ventas online de 4:13 Dream, que llegaron a los compradores como si fueran simples piratas, las canciones y nada más. Un detalle sobre los modos de la industria que calza justo con el estado de ánimo que el cantante y guitarrista exhibe en el nuevo disco de la veterana banda inglesa. Enojado, angustiado y capaz de cantar crudamente sobre el suicidio en “The Reasons why”, Smith vuelve a ponerse al frente de su única banda posible (“¿Para qué querría ser solista, si con Cure tengo todo lo que necesito?”, le dijo a este cronista años ha), que esta vez presenta varias mutaciones.

En primer lugar, el sonido: con la salida definitiva de Perry Bamonte y Roger O’Donnell y el reingreso del viejo camarada Porl Thompson, La Cura se reinventa esta vez como banda sin teclados. Y fija el tono con la densa apertura de “Underneath the Stars”, que lleva impreso el inconfundible ADN de los hombres de negro. Y plantea su buena paradoja, porque la banda planeaba un disco doble y terminó partiéndolo en dos, y supuestamente 4:13... es el lado alegre. Poco hay de luminosidad en ese arranque, aunque es cierto que el grupo que completan el baterista Jason Cooper y el bajista Simon Gallup levanta el clima inmediatamente con “The Only One” y hasta se permite el aire juguetón de “Freakshow” o la hiperkinesis final de “It’s over”.

¿Le alcanza a Smith tanta furia y angustia para sumar algo al ya rico legado del ahora cuarteto? Sí, y no. No caben dudas de que los seguidores de siempre encontrarán aquí todo lo necesario para regocijarse con una nueva obra para sumar a la generosa colección: esa conocida combinación de acústica y guitarra slide para la lograda “Sirensong”, la progresión épica de “The Real Snow White”, o la urgencia electrificada de “Switch”. Pero es igualmente cierto que hay algo indefinible que no termina de cuajar, la sensación de que el grupo podría haber ajustado más las tuercas del aparato-Cure, que por momentos se aprecia algo desvaído, estacionado en una única manera de hacer las cosas.

Eso no alcanza para desmerecer este primer disco en cuatro años, que no logra mejorar el The Cure de 2004, pero tampoco puede entenderse como signo de decadencia. Con la sapiencia que dan más de treinta años de carrera y la seguridad de una identidad bien afianzada, The Cure consigue que aún sus discos menos convincentes tengan lo necesario para continuar el mito. Aunque la misma industria les termine jugando en contra.

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11.11.08 

La iglesia Princeton - Plainsboro

(Hacé click. Te come el marote)

(Publicado hoy en Página/12, junto a un reportaje a David Shore)

Hay series a las que se sigue con cierta frecuencia. Hay series que despiertan cierto fanatismo, se comentan con otros acólitos y, un buen día, empiezan a desvanecerse, pierden encanto, pasan al abigarrado estante de lo mucho que se ha consumido en materia televisiva. Hay series que se vuelven religión.

Dr. House es religión.

Lo primero que sorprendía en “Pilot”, el tubo de ensayo que terminó dando pie a cinco temporadas (y se dice que ya hay contrato firmado para llegar a siete) era precisamente su protagonista: el inocentón padre de familia de Stuart Little se convertía en uno de los personajes-mala onda más atractivos de la historia televisiva. House y su bastón esgrimido como estoque (el bastón decorado con llamas, “para que parezca que camino más rápido”), House y sus frases de puro veneno, House y su pasión por las soap operas médicas, House y su moto a toda velocidad, House y su adicción al Vicodin y sus métodos sherlockianos y nada ortodoxos, se convirtieron en el centro de un fanatismo que los seguidores de la serie exhiben –exhibimos– con orgullo. Un fanatismo con una faceta algo incómoda, cuando uno descubre que empieza a dominar aspectos de la medicina que preferiría seguir ignorando. “Nunca es lupus”, dice House, y uno ya sabe a qué se refiere. “El paciente siempre miente”, dispara, y no podemos menos que darle la razón. Tomamos partido por las opiniones de Taub o Kutner o Thirteen (¿cómo no tomar partido por semejante belleza, que abre el quinto episodio de esta temporada con una caliente escena de sexo con otra chica?), como antes por las de Cameron, Foreman o Chase... sabiendo, claro, que al cabo quien se saldrá con la suya, aun con el diagnóstico más delirante, será el hombre del bastón.

Los feligreses del doctor, además, esperan esta quinta temporada con especial expectativa. Es que el final de la cuarta fue un punto de inflexión: la muerte de Amber (la “Puta Manipuladora” de su propio reality para seleccionar al nuevo equipo), novia del Dr. Wilson, instaló un abismo en la relación de los dos médicos, la única amistad real de la que House podía hacer gala. Semejante conflicto teñirá los nuevos episodios, tanto que el que se verá este jueves incluye una escena en la que parece haber un punto de no retorno entre ambos. Más allá de las relaciones humanas, de “Trece” y su Corea de Huntington, de la muerte del padre de House, el duelo de Wilson y el flirteo entre el jefe de diagnóstico y la sugerente decana Lisa Cuddy, el centro de House MD sigue siendo el mismo: ver en funcionamiento a una mente brillante y a la vez amoral, manipuladora, jodida, punto de apoyo de una personalidad magnética, capaz de seducir a una audiencia creciente a base de one liners salpicados de terminología médica.

La iglesia Princeton-Plainsboro vuelve a abrir sus puertas. Gloria a Gregory House.

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5.11.08 

Blacks with soul

Es muy impresionante el modo en que una nota de color modifica una percepción planetaria: de pronto y por la contundente razón de una tremenda supremacía en las urnas, Estados Unidos pasó de ser el país más peligroso e infradotado del planeta a un posible escenario para la posrevoluta del siglo XXI. El país que hasta no hace tanto obligaba al nigro a un rincón en el fondo del bus y de dorapa, restoranes vedados y baños "exclusivos"; el país de la túnica blanca y la cruz en llamas eligió un presidente negro. La CNN en español, además, lo planta bien claro en el videograph: "El primer presidente negro de la historia". No afroamericano, esa fórmula políticamente correcta de la que los primeros que empezaron a reírse fueron los negros. Ahora negro is beautiful, negro.

Pasó en el show de REM (ah, el show de REM...), el sábado: Michael Stipe declaró el odio de todo el escenario hacia su gobierno, las pantallas mostraron a un Obama warholizado y la ovación recorrió todo el Club Ciudad de Buenos Aires. Hay que recordar que Buenos Aires es la ciudad donde hasta Bruce Dickinson tuvo que agitar la Union Jack cortito y con culpa en "The trooper", la ciudad donde Axl Rose se tuvo que poner la camiseta de la Selección para atajar el bardo mediático. Se ovacionó al Negro, no al país. El Negro viene a cagarles el boliche a los republicanos, a poner un aro de básquet en el Salón Oval y colgar una foto de Jack Bauer para la buena suerte (tengo mis dudas de que esta medida sea del todo recomendable). El Negro suena a Fontanarrosa, Olmedo y Fontova. Su segundo nombre es Hussein y... ganó. Que un país tan cabeza en una infinidad de cuestiones (y tan genial en otras, sobre todo en lo que refiere a sus artes y su cultura) haya elegido al Negro...

Y el Negro es un superstar, desde la nochecita le empezaron a llover las felicitaciones y las buenas ondas, y hoy fue un desfile de mandatarios y personajes recopados con Obama, incluyendo un George Clooney exultante y el viejo Saramago que no puede con su genio y ya le empezó a marcar la agenda. Estuve chequeando pero todavía no apareció el parrafito o la parrafada de Bono.

Sí, Irak es un quilombo y los mercados financieros una tómbola desvencijada, y hay pobres y muertos de hambre y cuarentaipico de millones de personas sin asistencia médica gratuita. Pero ganó el Negro, el grone, y ahora viene lo mejor. Prince en relaciones internacionales, para que cultive el amor, la paz y el respeto por el otro (pero que le saquen de la cabeza eso de andar predicándole el testimonio de Jehová a los musulmanes). George Clinton en Investigación Espacial, que es lo que ha hecho con buena parte de su discografía (y tiene manejo de equipo: yo lo vi arriba de un escenario con otros 22 músicos. Y eran una maquinita). La Dirección del Deporte para Michael Jordan, los Public Enemy en alguna repartición de atención de problemas de la comunidad, B. B. King como enlace con el Congreso, un monumento a Chuck Berry en Washington y despenalización y Bob Marley para todos. Vamos, Negro, vos podés. Sorprendenos.

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4.11.08 

Vuelvan cuando quieran, muchachos

(Publicado hoy en Página/12)


“Con su permiso, queremos volver a tocar pronto”, dijo Michael Stipe. Para quienes estuvieron en el Campo de Polo en 2001 y pisaron también el Club Ciudad el sábado, la promesa dispara la excitación. Es que la segunda visita de R.E.M. no hizo más que confirmar todo lo experimentado en aquel debut. Lo cual no puede sorprender a nadie, porque no va a ser a esta altura del partido que se vengan a descubrir los kilates de la banda de Athens. Quienes se prepararon para esta cita como quien concentra para la final del mundo sabían lo que estaba en juego: presenciar la labor de un grupo que no sólo acaba de grabar un disco brillante (¿cuántos grupos darían la derecha por sacar un álbum debut como Accelerate?) sino que posee un directo intachable. Memorable. Electrizante. Agregue Usted El Término Que Quiera, y seguirá sin retratar con precisión lo que consiguen en escena Michael Stipe, Mike Mills, Peter Buck y los “invitados” Scott McCaughney y Bill Rieflin (las comillas son necesarias, porque lo que suena da la impresión de ser producto de cinco tipos que tocan juntos desde la secundaria, no sólo los tres históricos).

Es curioso: generalmente, cuando una leyenda del rock baja a estas tierras, el público y la banda coinciden en la necesidad de un setlist que revise la historia, suerte de greatest hits en vivo que colme tanto tiempo de espera. R.E.M. podría haber tocado todo su disco nuevo (al cabo, no son más que 35 gloriosos minutos) y no habría motivo de queja. Pero, claro, casi tres décadas de historia no se condensan ni se desdeñan así nomás. Entonces sonaron las páginas nuevas, pero, ¿cómo dejar de lado la emoción profunda de “Everybody Hurts” o “Man on the Moon”, la luminosidad de “Imitation of Life”, la irrefrenable catarsis de “It’s the End of the World as we Know it” o la increíble resistencia de “Losing my Religion”, que consiguió sobrevivir al fastidio de la ultra heavy rotation? R.E.M. combinó tan bien pasado y presente precisamente porque es una banda de enorme vitalidad, con músicos aplomados y un frontman endiablado, tan buen cantante como para sospechar que los gallos de “Let me in” fueron premeditados. La única diferencia con 2001 fue que esta vez el cielo no prestó sus efectos especiales: se extrañó la llovizna dulce en “Everybody Hurts”, el súbito aguacero ideal para gritar eso de que es el fin del mundo, sí, y se siente bien.

“Con su permiso, queremos volver a tocar pronto”, dijo Stipe. El rugido de la multitud sólo puede entenderse de una manera: cuando quieran, muchachos. Las puertas de Ezeiza siempre estarán abiertas para R.E.M.

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1.11.08 

El gesto de nobleza de Robert Plant

(Publicado hoy en Página/12)


Cuando nadie se lo esperaba (¿o sí?), Robert Plant pateó el tablero: esta semana, John Paul Jones anunció que el cantante se niega a la aventura de salir de gira, y Led Zeppelin anda a la búsqueda de una nueva voz. Lo cual deja al dirigible inglés más rengo que antes, con sólo dos integrantes históricos –el bajista y Jimmy Page, que puso la piel de gallina a todos con su aparición en la clausura de Beijing a caballo de “Whole Lotta Love”– y más de una incógnita en el camino. Con la obligatoria ausencia de John Bonham y ahora la defección de Plant, ¿qué clase de Zeppelin irá a sobrevolar el planeta rockero? ¿Jason Bonham tiene por genética todo lo necesario para cubrir el rol de su salvaje padre? ¿Qué cantante debe buscar el grupo, uno joven y bien temperado para llegar a aquellos agudos de los ’70 (con lo que hablaríamos de un neo Zeppelin) o uno medio hecho pelota que haga pensar que Plant está de verdad ahí?

El domingo pasado, en ocasión del lanzamiento de La luz del ritmo, el “seminuevo” disco de Los Fabulosos Cadillacs, este cronista ensayó algunas reflexiones sobre el peso del regreso en el ideario del rock y su posible doble filo entre el ¡Qué bueno que volvió! y el ¿Para qué volvió?. Puede adivinarse que Plant no sólo se siente artísticamente mejor alimentado por el soberbio material registrado en Raising Sand, junto a Alison Krauss, sino que también tiene claro ese matiz, y es probable que no tenga demasiadas ganas de esforzar al máximo la gola a ver si llega –por enésima vez– a las cumbres de “Stairway to Heaven”. Exponerse frente a un público que espera un imposible replay de lo que fue, exponerse al escarnio de la prensa si la cosa se vuelve excesivamente cuesta arriba: resulta difícil borrar el recuerdo de Plant y Page en el escenario de Ferrocarril Oeste, buscándose un par de banquetas para descansar ya al tercer tema.

Llama la atención el gesto de Plant, que prefiere desoír el canto de sirenas que supone el retorno de una de las bandas fundamentales ya no sólo del género duro sino del rock en general. Tiene algo de nobleza, de aceptación de que (Indio Solari dixit) ciertos fuegos no se encienden frotando dos palitos, de una firmeza que no abunda en un medio tan pragmático como para pretender que medio Queen con Paul Rodgers es algo digno de frenar los relojes. Robert, que supo eternizarse en la pantalla de cine con The Song Remains the Same, que hoy tiene su juventud cruelmente expuesta en lanzamientos como el DVD Mothership, decidió ser clásico hasta el fin y dejar, al menos de su parte, que el dinosaurio descanse, no se contamine con segundas partes.

Es que los nuevos tiempos en la industria musical terminan planteando una linda paradoja con respecto a lo clásico. Frente a la apreciable montaña de material efímero que busca lugar en las orejas del mundo, los clásicos brillan aún más. Y al mismo tiempo están de cierta forma en retirada: como señaló ese pequeño gigante llamado Angus Young en una entrevista publicada por este diario, AC/DC no tiene el más mínimo interés en comercializar su música fragmentándola a través de iTunes. Black Ice figura primero en las listas de ventas de varios países, pero eso sucede por potencia de marca: mientras Angus se ríe del iPod y en su casa pone discos de vinilo, los responsables de su sello discográfico se pegan la cabeza contra la pared en lamentación por el lucro cesante de la opción digital, a la que la banda australiana sólo concedió un “Rock Pack” para el videojuego Rock Band con material de un viejo concierto. Sólo los monstruos de ese tamaño –que serán dinosaurios, pero tienen la efectividad de un velocirraptor– pueden darse ese lujo.

Corren tiempos extraños: según los informes especializados, Metallica y Aerosmith ganan mucho más dinero –entre diez y doce veces– por vender una canción para el videojuego Guitar Hero que por las voluminosas ventas de sus discos. Smashing Pumpkins lanza su nuevo single “G.L.O.W.” también por ese medio, y ni siquiera lo comercializará por los canales habituales. Un single de Fergie (Black Eyed Peas) es el leitmotiv publicitario para un modelo de celular que lo trae “precargado”. Un celular que, al acercarlo a un parlante, exhibe en su pantallita título, autor y disco de lo que esté sonando. Sin irse tan lejos, Babasónicos lanzó Mucho primero en formato de teléfono celular y luego como disco. Para el público más joven, el concepto de álbum está cada vez más diluido, perdido en el bodoque de canciones que suponen 4 gigas de memoria: cada tanto un artista saca un disco, sí, pero la dinámica post-soporte físico (hoy el soporte no es un CD, casete, vinilo o magazine sino el mismo hardware: el Winco es el envase) hace que ese disco se volatilice rápidamente, carne de random songs. Lo que antes era discoteca de pared, hoy entra en un rincón del rígido.

La industria sigue pataleando por la piratería (no es una lucha que pueda darse el lujo de abandonar), pero comprendió hace rato que hay un terreno que está perdido. Por eso fue inteligente a la hora de mejorar los esfuerzos para explorar nuevos territorios: venta online, videojuegos, celulares, contenidos exclusivos para descargar con un código incluido en el CD original, streaming y varias otras posibilidades virtuales. Dado que sigue sin prosperar la discusión de por qué las discográficas detentan la propiedad absoluta de las canciones que compusieron, arreglaron y grabaron otras personas, no tiene mayor sentido debatir sobre las maneras de venderlas. Es como lo que produce ver canales infantiles que instan a los niños a enviar mensajes de texto para descargarse contenidos (“¡Consultá a tus papás antes de llamar!”): se puede intentar la protesta geronte sobre cómo la sociedad hipertecnologiza desde el parvulario, pero frente a la brutalidad de los hechos –un niño sin acceso a la tecnología se aproxima a otra forma de analfabetización– parece más sensato orientar la crítica hacia lo que hacen los humanos detrás de toda esa tecnología. Aceptar que la parafernalia tecno está, y que la industria musical necesita de ella para sostenerse y seguir produciendo, no significa necesariamente aceptar una canción a un dólar o a Steven Tyler y el pelado Corgan convertidos en emoticones.

Allá lejos y hace tiempo, la directora Kathryn Bigelow pintó un enfermizo panorama de fin de siglo en Strange Days. En algunas cosas se quedó corta, en otras le erró, en varias –como en esa desesperación humana palpable a través de la pantalla– dio en la tecla. Uno de los gadgets que la película presentaba era una especie de arañita que se colocaba en la cabeza y permitía “revivir” vivencias previamente grabadas a través de los ojos: Ralph Fiennes metía sus disquitos en la reproductora enganchada al marote y volvía al pasado una y otra vez hasta quedar apresado en el dolor del amor perdido, en la música que bailaban, en el sabor de sus besos, en la emoción irrepetible de aquellos tiempos. Robert Plant declinó la oferta. La música sigue.

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  • Eduardo Fabregat
  • Buenos Aires, Argentina
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