31.12.08 

Obviedad

A todos, que tengamos un 2009 por lo menos decente.

Salud.

27.12.08 

Ultimos días

Le recuerdo al público usuario que en cuatro días termina la Encuesta.

22.12.08 

Imborrable

En el número de diciembre de La Mano viene un interesante reportaje al Indio Solari. Interesante porque no viene en combo con otros seis o siete reportajes al Indio en diferentes medios, por el contenido y por la sentida columna de Andrés Calamaro expresando su admiración y alegría por la participación en el show de La Plata. Hasta ahí, todo bien. Pero la producción cierra con una "nota" de una chica llamada Candelaria Schamun, cuyo principal mérito es haber ido a "casi todos" los shows de Solari en 2008. Y allí, pasando por alto verbos mal conjugados, una sintaxis discutible, aseveraciones de barra brava ("Los Redonditos se separaron, pero el Indio se llevó lo mejor de todo: la gente") y anécdotas de valor periodístico nulo, leo:

  • "Como siempre los trapos decoraban el lugar y las bengalas encendidas en Juguetes perdidos regalaban una imagen imborrable".

  • "A Tandil no puede (supongo que quiso escribir "pude") ir. La angustia fue grande. Esa misma noche llamé a mi hermano que sí había ido. Me dijo que hubo mucha niebla y que el estadio era una cagada: 'Cuando prendían las bengalas, no veía el escenario: igual el recital estuvo increíble. Como siempre'".

Parece que ya estamos ante una generación a la que la palabra Cromañón no le dice nada.

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18.12.08 

La obra de dos almas gemelas


(Publicado hoy en Página/12)

Todo lo que sucede sucederá hoy
Y nada ha cambiado,
pero nada es lo mismo
Y todo mañana puede ser ayer
Y todo lo que sucede sucederá hoy.

Son algo más que viejos conocidos. En 1978, More songs about buildings and food, el segundo disco de Talking Heads, marcó el inicio de la fructífera relación entre el escocés David Byrne y el inglés Brian Eno: uno de esos vínculos que puede entenderse como una hermandad artística, almas gemelas capaces de producir indiscutibles hitos en la música contemporánea. Si los shows del CBGB y el álbum debut 77 habían llamado la atención sobre la banda que completaban Tina Weymouth, Chris Frantz y Jerry Harrison, la trilogía producida por Eno (More..., Fear of music y Remain in light) consolidó a los Cabezas Parlantes como uno de los grandes nombres de la escena estadounidense. Pero para los hermanos británicos no fue suficiente. En 1981, My life in the bush of ghosts se convirtió en la ineludible referencia de la música electrónica por venir: el abordaje casi científico de Eno y la voracidad de Byrne por músicas de los confines del mundo dieron por resultado un disco que suena moderno aún hoy. Un cuarto de siglo después, el dúo volvió a cruzarse para la reedición –remasterizada y con bonus tracks– de aquel disco seminal. Y allí mismo quedó plantada una nueva semilla, cuando Eno le comentó a Byrne que tenía varias estructuras que no lograba convertir en canción y a las cuales les faltaba el aporte lírico y una voz que lo expresara. Así nació uno de los mejores discos de este 2008 que ya termina: Everything that happens will happen today.

“Al empezar nos repartimos claramente los roles: yo haría la música y David las letras, la línea melódica y la voz. Y nos dimos cuenta de que estábamos haciendo algo así como gospel electrónico, música en la que el canto es fundamental, pero cuyos paisajes sonoros son atípicos para esa clase de canciones centradas en lo vocal”, explica Eno, que confiesa haber descubierto la vibración del godspell precisamente a través de TH: “Mientras grabábamos More songs... en Nassau, escuché una canción del Reverendo Maceo Woods y el Christian Tabernacle Choir en una lejana radio sudamericana. Pasar tiempo con TH y ver sus intereses musicales me abrió los oídos a géneros y estilos que desconocía, incluyendo el gospel. Con lo que este disco, de algún modo, viene a cerrar un círculo”.

El relato de su colega, obviamente, coincide en varios puntos. “Cuando Brian me pasó los tracks instrumentales vi que no eran ambient, como podía esperarse, y sentí que de esas semillas evocativas surgían estructuras de canción. Empecé a trabajar en una que Brian llamaba ‘And suddenly’, y cuando quedó terminada los dos quedamos extasiados: la semilla gospel-folk-electrónica había germinado. Las bases de algunos de los tracks seguían la línea del folk tradicional, el country o el gospel, antes que esos estilos se sofisticaran en lo armónico. Las estructuras de acordes de Brian no eran las que yo hubiera elegido, con lo que fui empujado en una nueva dirección, enfrentado a lo desconocido... lo cual, por supuesto, era buenísimo. El desafío era más emocional que técnico: escribir simples canciones, de corazón, sin caer en el cliché. El resultado, en varios casos, es esperanzador, positivo, aun cuando algunas letras describan autos explotando, guerras y oscuros escenarios similares.”

Entonces, apenas suena la combinación de percusión electrónica y guitarras acústicas de “Home”, apertura de Everything that happens..., resulta imposible no darles la derecha a sus responsables. Un poco a la manera del exquisito Wrong way up realizado junto a John Cale, Eno pone su capacidad para el ambiente sonoro al servicio de la sugerente voz de Byrne, que a cada disco canta un poco mejor. La combinación puede dar momentos tan dulces como “My big nurse”, “One fine day” (aquel que se llamaba “And suddenly”) o el track que titula el disco; arranques oscuros e intensos como “I feel my stuff” y “Wanted for life”, y canciones luminosas, de esas que dan ganas de salir a la terraza a cantar a los gritos, como “Life is long” o “Strange overtones”. “Estas canciones tienen elementos de nuestro trabajo previo –lo cual no es sorprendente–, pero al mismo tiempo emergió algo nuevo”, dice Byrne. Es cierto: sólo en “Poor boy”, inmediatamente antes del melancólico cierre de “The ligthouse”, puede advertirse ese cruce de samples, esa construcción abstracta, cierta deformidad de ceros y unos que caracterizaban a My life in the bush of ghosts. Lo demás es, efectivamente, algo nuevo.

Lo que resulta especialmente llamativo, además, es la cohesión del disco, que fue grabado de a pedazos en la casa de cada uno y mezclado en Nueva York, y que cuenta con el aporte de invitados célebres como Phil Manzanera y Steve Jones, el aporte multiterreno del coproductor Leo Abrahams (que toca bajo, batería, guitarra y firma “Strange overtones” junto al dúo). Está claro que todos estos años, la cantidad de horas compartidas en estudios, hacen que Byrne y Eno jueguen de memoria y hagan que su opus dos brille como pocas cosas este año. Lo hace, también, desde el margen de la industria, ya que por el momento Everything that happens... se ofrece exclusivamente a través del sitio www.davidbyrne.com: allí puede escucharse como streaming gratuito (y se ofrece la posibilidad de embedarlo en el propio sitio), hay un download libre de “Strange...” y se puede adquirir en formato digital o pidiéndolo por correo con el packaging completo, realizado por Sagmeister Inc. y con cierta semejanza con esas casitas virtuales de The Sims.

A pesar de toda esa virtualidad, las once canciones (y los bonus tracks que se ofrecen en el sitio) tienen la solidez de una roca. “A final de cuentas, hicimos juntos algo que ninguno podría haber realizado por separado”, concluye con simpleza Byrne. El mismo que canta que “todo mañana puede ser ayer”, y al cabo propone junto a su viejo socio musicalizar por todo lo alto el presente: que todo lo que sucede, suceda hoy.



Las canciones salen de gira

Tras sus tiempos locos con Roxy Music, Brian Eno se muestra bastante refractario a la idea de tocar en vivo. Es por eso que David Byrne lleva toda la responsabilidad de presentar en concierto las canciones de Everything that happens will happen today. Bajo el título de Songs of David Byrne and Brian Eno, el escocés arrancó este año una gira que ya lo llevó por varias ciudades de Estados Unidos y que el 19 de enero de 2009 comenzará su segunda parte en Hong Kong. Desde entonces y hasta bien entrado abril, el ex Talking Heads se paseará por Singapur, Japón, Australia, Nueva Zelanda, Canadá, nuevamente Estados Unidos y varios países de Europa. En este tour, Byrne actúa junto a una banda integrada por el tecladista Mark Degli Antoni, el notable percusionista brasileño Mauro Refosco (quien también colabora en el disco), el bajista Paul Frazier y el baterista Graham Hawthorne, en una puesta que también incluye a dos bailarinas y un bailarín. El programa todavía no da señales sobre posibles shows en Sudamérica, pero teniendo en cuenta que Byrne visita la Argentina regularmente desde 1989 (cuando presentó Rei Momo), es de esperar que estas canciones también suenen aquí.

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17.12.08 

¿En vivo?

Un asunto que quedó pendiente de los shows en Cadillac: ¿Qué sentido tiene que el Bebe Contepomi repita una y otra vez "estamos en vivo desde River", si cualquiera puede darse cuenta que si La Viola arrancó a las 23 no puede ser en vivo, y cuando es evidentísimo que lo que están mostrando -resumido- es el show del viernes? Sí, hay toda una "explicación" de parte de la gente de los canales sobre la sutil diferencia entre "en vivo" y "en vivo y en directo"... pero no deja de ser una payasada.

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16.12.08 

Aniversario

769 posteos, 202.851 visitas, una bocha de palabras: el pasado 8 de diciembre, Pan y Circo cumplió 4 años.

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14.12.08 

El silencio convertido en carnaval

(Publicado hoy en Página/12)

LOS FABULOSOS CADILLACS
9 PUNTOS

Músicos: Vicentico (voz, armónica), Flavio Cianciarulo (bajo, voz), Sergio Rotman (saxos, guitarra, voz), Mario Siperman (teclados), Fernando Ricciardi (batería), Daniel Lozano (trompeta).
Músicos invitados: Hugo Lobo (trompeta), Gustavo Martelli (percusión), Matías Brunel (guitarra), Pablo Lescano (teclados), Mimi Maura (voz), Luciano Jr. y Martín “La Mosca” Lorenzo (percusión).
Sonido: Walter Chacón.
Luces: Sandro Pujía.
Duración: 160 minutos.
Público: 65 mil personas.
Estadio de River Plate, viernes 12 (repitió anoche).

“Like a virgin...” se contoneó Vicentico, para después ponerse a saltar la soga como Madonna apenas unos días antes en el mismo estadio. Nada podría ser más diferente: allí donde la rubia puso un espectáculo impactante y nada de emoción, Los Fabulosos Cadillacs hicieron gala de un clasicismo tan natural como demoledor, y ciertamente apasionado. Nada de gran parafernalia: un escenario sin “lengua” ni “pasarela”, dos pantallas bien definidas en blanco y negro, una iluminación sobria para los músicos y con algo de protagonismo para la gente (con el correr de la noche se apreciaría lo atinado del detalle: el mar de brazos en alto con “Matador”, por ejemplo, erizaba la piel) y nada más. ¿Nada más? Mucho más. Treinta canciones más, en un Fabuloso maratón que quizá pecó de excesivo en la primera parte, pero que a la altura de “Demasiada presión” encarriló las cosas para que el único término abarcador posible fuera fiesta. Y no una fiestita de egresados o un ridículo carnaval carioca: Fiesta, con mayúscula.

Cualquiera sabe que los Cadillacs poseen un arsenal de canciones para que un encuentro de este calibre se desmadre. Lo que faltaba comprobar con los propios ojos y oídos es que los años no han pasado en vano y la banda suena mejor que nunca. Cuando “Manuel Santillán, el león” abrió el fuego, lo que sacudió el Monumental no sólo fue un sonido potente y preciso (en toda la velada sólo hubo que lamentar la voz algo empastada de Vicentico), sino el vendaval de un grupo con hambre de gloria a pesar de tanto kilometraje. Y no se trata sólo de avasallar, que eso puede conseguirlo cualquiera con algo de oficio: cuando hubo que apelar a la delicadeza, allí estuvieron la cadencia jamaiquina de “Muy, muy temprano”, el calor caribeño de “Calaveras y diablitos”, el disco funk gustoso de “Wake up and make love to me”, el balance entre la paz y la furia exhibido en “El aguijón” o “Mal bicho”, donde el cantante logró apaciguar y hacer callar a todo un estadio (“Oremos”, dijo de rodillas) antes de la explosión final con toda la gente arengando al grito de “Digo no! Digo no!”. Ni hablar de la enorme belleza de “Siguiendo la luna”, en una versión tan pero tan conmovedora, que la verdadera luna sobre Núñez pareció aún más llena.

Es por eso que el show en River resultó histórico: no sólo por el inédito marco para el grupo, sino sobre todo por la excelente forma artística que éste exhibe, y que va más allá de los ensayos para el Satánico Pop Tour. Los Cadillacs suenan como si en todo este tiempo hubieran seguido trabajando juntos, refinando su identidad y personalidad de escenario, arribando a una notable síntesis de las varias actitudes sonoras que adoptaron en su larga carrera. Pueden convertir al gallinero en un templo de la cumbia con Pablo Lescano pidiendo agitar las manitos (y equivocándose en la primera entrada) en “Padre nuestro”, y luego internarse en las oscuridades de “Los condenaditos”. Pueden conjurar la alegría adolescente de “Mi novia se cayó en un pozo ciego” y homenajear en un rápido pasaje final a los Clash (con el clásico de clásicos “Guns of Brixton”) y los vitriólicos Dead Kennedys con “Let’s lynch the landlord”. Y pueden, cómo no, desatar el festejo más genuino e incondicional con “Demasiada presión”, la poderosa combinación de “Gitana” y “Carnaval toda la vida” y, claro, esa canción que todo el mundo reclama, cuyo coro reemplaza al célebre cantito de Woodstock y, hasta que no suena, no puede darse por terminado el show: “Yo no me sentaría a tu mesa”.

Frente a semejante estado de las cosas, frente a lo que consiguió y lo que demostró el grupo en estos conciertos en River, es difícil imaginar lo que puede deparar el futuro. El año próximo habrá una segunda parte de la gira y otro disco: el material de La luz del ritmo, con canciones tan valiosas como “Nosotros egoístas”, “El fin del amor” y “Hoy”, distancia a este regreso de la “burbuja en el tiempo” con la que Soda Stereo fijó los límites de su propio retorno. Es imposible mirar de reojo, despreciar la genuina alegría con la que más de 60 mil personas volvieron a corear eso de los Cadillacs tocando para vos, se dejaron llevar por la calenturienta combinación de Vicentico y Mimi Maura en una renovada “Vasos vacíos”, sintieron que la adrenalina crecía y crecía en esa declaración de principios que sostiene que si no hay galope, se nos para el corazón. Todo en este regreso de los Cadillacs se resume en esa arenga lanzada hace nada menos que 16 años, pero que no ha envejecido ni un día. Los Cadillacs modelo 2008 convirtieron su propio silencio en carnaval. Y ahora, ¿cómo se hace para volver a callarse?

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11.12.08 

Ninguna bala parará este tren

(Publicado en el suplemento 25 años: La cultura de la democracia, de Página/12)

El recuerdo del cronista se fija una y otra vez en un momento, un lugar, un clima determinados: es enero de 1984, y en un escenario que mira a las barrancas de Belgrano está Spinetta Jade. Luis Alberto Spinetta canta la flamante “Resumen porteño”, que cuenta que Ricky está listo, listo del bocho, y encima le tocó Marina (937), y dice que, en el río, usualmente solo flotan cuerpos a esta hora. El Flaco canta “Maribel se durmió”, su poema cantado a una desaparecida, y un estremecimiento recorre a la multitud. Una multitud módica para lo que será la convocatoria del rock argentino en los años por venir: una pequeña masa de gente que pestañea extrañada, se reconoce de las citas clandestinas cuando el afuera era la cárcel, jóvenes y veteranos que están entrenando los músculos en un deporte inusual: ganar la calle.

El rock argentino jugó un rol central en la recuperación de la vida democrática, y fue su enorme potencia artística lo que le permitió conseguirlo a pesar de sus propias debilidades, sus contradicciones, su forzado aprendizaje. Durante los años de plomo, el rock local tuvo a su favor el hecho de que los milicos nunca lo consideraron un enemigo de peso: lo vigilaron de cerca, sí, y lo presionaron con censuras y obligaron al exilio a más de un creador de su época primigenia. Pero la rama “cultural” de la cría de asesinos fue mucho más efectiva alimentando músicas idiotas, taponando con ellas el acceso a la difusión de una legión de creadores que debió conformarse con la maceración artesanal de un fermento diferente. Los cerebros de bota no supieron leer que las 60 mil personas que se materializaron en la Rural para ver a Seru Giran le estaban cantando “Alicia en el país” justamente a ellos, cobardes reinas de corazones aplastando un río de cabezas. El río no se detenía: ninguna bala parará este tren, sacaba pecho un pequeño gigante con apellido de anciano y espíritu eternamente joven.

Para cuando volvió a ganar la calle, el rock ya cargaba con los efectos de su primer gran conflicto ideológico: el malhadado Festival de la Solidaridad Latinoamericana dividió las aguas entre quienes confiaron en estar tendiendo una mano a los soldaditos mandados al muere por un borracho, y quienes interpretaron el gesto como un acto de colaboracionismo inútil. La prohibición del Comfer de emitir “cantables en inglés” por radio fue un espaldarazo que nadie quiso vivir con culpa: era hora que los canales se abrieran para un movimiento artístico que los merecía largamente. Pero aquel debate, que resurgiría esporádicamente con el correr de los años, fue reemplazado por otro de corte estético. Los dos primeros años de Alfonsín, la primavera democrática, fueron la explosión de otra forma de abordar el rock y otro mensaje, que volvió a establecer diferencias tajantes entre quienes se permitían un brote hedonista, de liberación, de festejo de la recuperación de los sentidos, y quienes no podían separar al género de una necesaria carga de mensaje ideológico, hasta político.

Argentina, país ciclotímico como pocos, hizo que en solo dos años, cuando se comprobó que no era tan fácil comer, curar y educar, que no era tan fácil limpiar tanta mugre subterránea, que habría que recorrer un largo camino hasta castigar tanto crimen, la negritud y el pesimismo ganaran el horizonte: el rock de 1986 estaba a años luz de la alegría imperante en aquella primavera. Para entonces, la diversificación estilística del rock argentino (y hablar de rock argentino es necesario: lo de rock nacional apesta a etiqueta milica, a nazional, a patrioterismo) era una certificación más de la exactitud de aquella frase del Abuelo. El rock ya no era un ghetto, era más que nunca la voz de un par de generaciones.

Si los militares lo consideraron un enemigo de poca monta, para la clase política de la flamante democracia el rock tuvo el efecto opuesto: todos lo querían de aliado, todos quisieron que llevara agua a su molino. Es por eso que en todos estos años hubo acercamientos y rechazos, utilizaciones con permiso (como en tantos eventos y campañas en los que los músicos vieron, antes que una adhesión real, otra forma de mostrarse ante el público) e intentos de apropiación. Con el correr del tiempo, el único movimiento al que la gente de la guitarra eléctrica quiso sumarse sin reservas fue el de los derechos humanos, una forma distinta de hacer política y fortalecer una democracia que hoy, aun con todas sus imperfecciones, se da por sentada.

Por lo demás, la diferencia entre aquellas cálidas noches de Barrancas de Belgrano y la actualidad suma varios abismos, en todos los órdenes. El rock argentino se profesionalizó a un nivel entonces impensado, conquistó Latinoamérica, multiplicó su fuerza interna, sedujo a los sellos discográficos y, cuando éstos demostraron que no estaban dispuestos a ceder más que una pequeña parte de la torta, motivó el desarrollo de una escena independiente que trató de hacer uso de sus propias herramientas; a menudo el debate estilístico mutó en bandería cuasi futbolística (el folklórico Almendra vs. Manal, o plásticos vs. comprometidos, llegó a niveles irracionales con la oposición Soda-Redondos), mientras los medios convertían al género en moneda corriente. Una y otra vez chocó con sus propias torpezas, y el ejemplo más funesto tuvo lugar en República Cromañón. Pero aquella potencia creativa siguió siendo su motor, que a veces reguló mal, a veces pareció detenido y otras pasado de revoluciones. Y sin embargo, en épocas oscuras y optimistas, rodeado de gente con buenas intenciones, chupasangres u oportunistas, siguió –sigue– dando pruebas de aquello que fue himno: No se desesperen, locos. Ninguna bala parará este tren.

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10.12.08 

Buscar calor en esa imagen de video

(Publicado hoy en Página/12)

“Comunicación sin emoción...” La frase que Gustavo Cerati comenzó a cantar a mediados de los ’80 parece tallada a medida de lo que pudo experimentarse en cuatro funciones de Madonna en River. Habrá quien no pueda coincidir con la afirmación: ¿acaso esa masa que bailaba y saltaba desenfrenada el lunes por la noche, cuando la cantante estadounidense cerraba su serie en el Monumental, no estaba expresando una emoción palpable? ¿Es que el éxtasis visual que desata el Sticky & Sweet Tour puede denominarse de otra forma? A la hora de la crónica fría, sin embargo, hay que tratar de separar los tantos, analizar tanto desmadre tratando de ir al hueso.

Ir al hueso, además, es una figura que se toca con la sensación que deja Madonna, que hace un uso ciertamente quirúrgico del oficio de entretener. Con precisión de fría cirujana, la cantante y bailarina oprime determinadas teclas de efecto high tech que no pueden sino producir asombro, sorpresa, efecto de gran espectáculo difícil de empardar. El S&ST es, sin dudas, el espectáculo musical más impactante que haya pasado por estas tierras. Pero al cabo cuesta relacionarse con la artista en sí, más allá de la fascinación por su entrenamiento físico, que llega hasta cierta impresión no del todo agradable por el aspecto de esos músculos sobretrabajados. Madonna es RoboPop: apunta y dispara, comanda a un ejército de performers impecables, ejerce el rol de dominatrix implacable en una cumbre del show business reservada para muy pocos. Pero detrás de tanto brillo, detrás de la jefatura de un show demoledor, asoman cuestiones que el fan no querrá ver, aunque estén tan expuestas en el escenario como el auto de lujo o el precioso juego de lluvia en la pantalla circular, con ella cantando sobre el piano.

Cantar, precisamente, es aquello a lo que Madonna parece prestar cada vez menos atención. No se trata de armar un debate, a esta altura viejo, sobre la utilización de pistas de apoyo, y la imprescindible presencia de dos coristas adiestradas para replicar el tono vocal que la jefa tenía antaño, antes que tanta gym le engrosara la gola. Madonna canta sólo lo necesario, y cuando se pone ese traje ro-cker que le chinga por todos lados –en “Borderline”– desafina hasta la exasperación. Siempre se supo que ella es más performer que cantante, pero en la noche del lunes, en las pocas ocasiones en las que quedó al mando en solitario del micrófono, los vúmetros se desplomaron.

Curiosamente, el momento en que Madonna cantó realmente bien, el momento en el que el estadio quedó ganado por una auténtica emoción, conformó a la vez una potente paradoja. Ya había pasado ese inexplicable momento gypsy –la No Smoking Orchestra de Kusturica pasada por un lavarropas– cuando la rubia, los músicos y la bailarina rumanos quedaron allá adelante, ella con la acústica colgada, en una burbuja de raro recogimiento para semejante contexto. Y entonces, “You Must Love me” y “Don’t Cry for me Argentina” provocaron una estruendosa ovación, bandera argentina en las pantallas y alguna enseña patria agitándose entre el público: la sensibilidad del momento tapó la curiosidad de que tanto celeste y blanco se pusiera en juego para recordar una película llena de inexactitudes históricas, que pinta a Eva Perón poco menos que como una prostituta aprovechadora. Está claro que son lindas canciones, que Madonna las canta con sentimiento y a la gente se le eriza genuinamente la piel. Pero es imposible no advertir la contradicción de que el punto emotivo más alto se haya relacionado con una obra artística de dudosa honestidad.

El honor de Madonna, qué duda cabe, está bien a salvo. Nadie podrá decir que la señora no devuelve cada peso de la entrada (y eran unos cuantos). Nadie podrá cuestionar la espectacularidad de la puesta, la perfección de coreografías y bailarines, la estudiada progresión del show para llenar los sentidos con una experiencia que quedará en el recuerdo de 260 mil personas, incluyendo a aquellos que –como este cronista– se fueron de River con la sensación de haber presenciado una fantasía, un banquete pantagruélico que sin embargo los dejó con hambre. Para evitar suspicacias, hay que decir que sí: lo visto en la segunda visita de Madonna a la Argentina estuvo buenísimo. Pero también que el afán de buscar calor en esa imagen de video no dejó nada. Nada personal.

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4.12.08 

Clicks

Solo por joder, sin intención de hacer una resumen abarcador de todo o algo que deje conclusiones relevantes, abrí un subsitio con una encuesta 2008. Se pueden votar varias opciones en cada rubro, y es probable que vaya agregando alguna categoría que se me ocurra...

Para votar, acá, o en la columna de Links.

(Update: agregué tres rubros)

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3.12.08 

Dura de roer

(Publicado hoy en Página/12)


La pregunta es pertinente y aplicable a sus dos congéneres célebres, monarcas del pop que este año también llegaron a la cincuentena: así como a lo largo de la historia musical reciente se ha enarbolado una y otra vez el interrogante de Quién es Michael Jackson o Quién es Prince, el Quién es Madonna es tan recurrente como su presencia en el medio. No puede ser de otra manera: mientras Jackson se oculta de acreedores nuevos y antiguos y ya no da señales de vida artística, mientras Prince se conforma con el status de genio musical que ya nunca venderá lo que Purple rain, Madonna puede sacar pecho. No es ironía, ni chiste de dudoso gusto. El Sticky & Sweet Tour que llega hoy a las 21.15 al estadio de River Plate lleva contabilizados 207,5 millones de dólares, con más de medio millón de tickets vendidos sólo en Canadá y Estados Unidos. Para cuando todo termine, el domingo 21 en San Pablo, la gira de presentación de Hard Candy habrá ingresado 282 millones verdes, convirtiéndose en la más exitosa de un artista solista en la historia del rock business. Nada mal para alguien a quien, 25 años atrás, le auguraron quince minutos de fama y luego el olvido.


Primera respuesta posible, entonces: Madonna es una artista plenamente vigente, tanto –o más– que en su anterior visita, sobre todo perteneciendo a un género que gusta de triturar a sus representantes (como bien puede atestiguarlo Britney Spears). Ocurre que Madonna interpretó mejor que nadie que, para no ser fagocitada por la próxima estrella pop, el mejor camino era parecer esa próxima estrella, reinventarse, ser otra cada vez que fuera necesario para revalidar su reinado. De algún modo, entendió también la lección que dejaron (cuándo no) The Beatles, que fueron del atildado look de comienzos de los ’60 al aspecto de “estoy más allá de todo” circa Let it be, pasando por todas las posibilidades estéticas y complejizando su música y su mensaje en el camino. La Madonna de “Holiday” no es la de “Papa don’t preach”, la de “Justify my love” no es la de “Vogue” y ésa a su vez no es la de “Music”, y así.


Curiosamente, las dos visitas de Madonna estrictamente musicales (ya se hablará de Evita) tienen que ver con discos-meseta: el Girlie Show de 1993 venía precedido por Erotica, que a pesar de grandes momentos como “Deeper and deeper”, “Rain” o su muy buena versión de “Fever” apenas pudo surfear la ola que había producido el lanzamiento del libro Sex, y fue fácilmente sepultado por Bedtime stories y Ray of light. Y Hard candy, el disco lanzado en abril de este año, aparece aplastado por el peso de la rutina, tanto en las canciones como en las fotos que, más que erotizar, producen un efecto algo satírico, de señora de 50 que quiere demostrar que la lencería hot aún le calza bien. Un típico disco de cierre de contrato con Warner, antes de embarcarse en un nuevo y millonario acuerdo con la productora Live Nation.


Nada de eso, sin embargo, tiene mayor relevancia a la hora de los bifes: Madonna no plantea sus shows como presentaciones en vivo del álbum más reciente sino como espectáculos integrales, el vehículo ideal para realizar el sueño de performer y bailarina que la llevó de Michigan a Nueva York en 1978. No es mero capricho que las gacetillas del Sticky & Sweet hagan tanto hincapié en los bailarines, los músicos rumanos, el abultado guardarropa, el maquillaje, el vestuario de Givenchy y la joyería de Swarovski, los cinco días de montaje de escenario y luces, las cinco carpas de catering y los carritos de golf para moverse por el estadio. En cualquier lugar del mundo, Madonna no significa “Cantante”, significa Gran Espectáculo. ¿Importa el nombre del guitarrista? ¿Importa que siga perpetrando en vivo ese intolerable hit llamado “La isla bonita”? ¿Importa, acaso, la persistente duda de cuántas veces recurrió a las pistas de apoyo en aquel Girlie Show, cuando pegaba saltos de metro y medio y ejecutaba contorsiones que no producían ninguna inflexión en su voz, vulnerando toda ley física? Claro que no: cuatro canchas de River se llenan con algo parecido a una religión, y los fieles que pagaron precios que van de 95 a 630 pesos (sin contar ese currito con patente llamado service charge, y sin empezar a hablar de los delirios de la reventa en Internet) ya están al borde del ataque de nervios mientras esperan su mejor fiesta de fin de año. Les importa un cuerno que la crítica bostece y destroce a Hard candy. Y hacen bien.


Caramelo duro


Y entonces, who’s that girl? Madonna Louise Veronica Ciccone, a quien algunas biografías y cables insisten en señalar como “ítalo-norteamericana” pero es más yanqui que la hamburguesa, ha sabido salir a los zapatazos, con envidiable presencia de ánimo, de escandaletes que habrían hundido a una Gwen Stefani o a una Shakira, por nombrar sólo dos que intentan subirse a sus tacos. Los tabloides británicos se están haciendo un festín con el meneado divorcio de Guy Ritchie (en The Sun no pueden creer su buena suerte: en rápida sucesión, un McCartney y una Madonna), pero la artista ya se curtió en esa clase de trances públicos con Sean Penn (que incluyó un confuso episodio de golpes y ataduras en la mansión del matrimonio) y Warren Beatty, y hasta supo hacerle el aguante a David Letterman, en una discusión en un Late Show de 1994 abundante en palabrotas de las que erizan al norteamericano medio. Nada de eso puede incinerarla: mientras los periódicos amarillos deslizaban notas sobre su depresión y posibles problemas físicos derivados, ella ya preparaba la cena de Acción de Gracias con el papá de su hija Lourdes. A rey muerto rey puesto, que Madonna nunca cuajó con el rol de la pobrecita sufriente y tiene los ovarios donde hay que tenerlos.

Es la misma clase de resistencia que puede verificarse en otro de los terrenos en que la artista levantó ronchas considerables: quienes creyeron que la súbita y ferviente adhesión a la Cábala podía significar un desmedro de su figura, y su significación en el show business, parecen olvidar que ésta es la misma mujer que cantaba “Like a virgin” en la flamante pantalla de MTV (su gran aliada a la hora del dominio planetario en los ’80) con un enorme crucifijo al cuello. La misma que no tuvo mejor idea que besar a un santo negro entre cruces en llamas en “Like a prayer”, y bancó sin rechistar la condena pública del Vaticano y la consiguiente caída de un millonario contrato con Pepsi. ¿Podía afectarla la furia del cardenal Antonio Quarracino en 1993? ¿Acaso iba a incomodarla estar agitando las aguas de otra religión argentina, el peronismo, al venir a filmar dos años después la insultante versión de Alan Parker del mito de Eva? Al cabo, mientras la JP pintaba Buenos Aires con la consigna “Fuera Madonna”, el presidente que se decía peronista no sólo le cedió el balcón de la Rosada, sino que se asomó al balcón de su escote una y otra vez en aquella reunión en el Tigre luego retratada en una ácida memoria de la rubia en Vanity Fair. “Siento que sobreviví a una guerra”, le dijo poco después al periodista Javier Andrade en el programa televisivo Semana Rock. Pero la verdad es que Madonna es una especialista en dar batallas y es poco sensato desdeñar su capacidad para ganarlas.

En la escena pop, nadie sobrevive un cuarto de siglo si no tiene talento y capacidad para calcular los pasos, de baile y de los otros. En la persistencia, el espíritu de reformulación y de realimentar la inquietud artística, en el misterio de que no se sepa nunca quién es realmente Madonna radica parte de su vigencia. La otra parte, claro, es la música, que allí es donde arrancó todo, en hits aparentemente tan bobos como “Everybody”, “Lucky star” o “Holiday”, pero que prepararon la explosión para Like a virgin. No era la primera chica pop que aparecía en el horizonte, pero supo combinar las dosis justas de inocencia y perversión, sexo y candor, cuidadoso look y ángel espontáneo a la vez, estribillos imposibles de despegar de la conciencia colectiva. Por la época en que el rock propiamente dicho encarnaba en los adustos rostros y oscuros ropajes de Bono y The Edge, Madonna y Jackson pusieron la piedra de base de un movimiento con todo aquello que lo pop-ular exige a sus cultores y su feligresía. Pero no quiso quedarse ahí. Se aburrió ella antes que nadie, se sacó el traje de piba simpática para probar otras facetas y seducir a públicos cada vez más amplios, la adolescente ansiosa de liberación y el gay fascinado por su estética, su elegancia y sus coreografías, adultos algo mayores para el brillo y la lentejuela que ocultaron su culpa escudándose en la soberbia “Live to tell”, americanos, europeos, asiáticos, extraterrestres. Gente de plata y lúmpenes desastrados.

Es por eso que la pregunta queda siempre sin responder o sólo entrega respuestas parciales. Difícilmente Madonna consiga entrada al panteón de las grandes cantantes, pero algunas de las que sí ocupan esa galería no pueden exhibir los diplomas de gran artista que ella posee. Accedió a ellos al reconocer antes que nadie sus propias limitaciones, explotar al máximo sus virtudes y apoyarse en productores, compositores, coreógrafos, bailarines para ofrecer un paquete impecable, de reconocimiento unánime: el fervor que ponen su enemigos demuestra que la chica sabe –sigue sabiendo– lo que hace. Se forjó las identidades que quiso y ello permitió que cada cual vea en ella lo que desee: esta noche, cuando “Candy shop” abra una impactante serie de cuatro Monumentales, miles y miles de personas tendrán su propia y particular respuesta.

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