25.2.09 

El horror

Ayer a la mañana se cayó Google (y Gmail) durante un par de horas y cundió el pánico. No me quiero imaginar las caras en las oficinas de producción de radios y TV, en las redacciones que laburan temprano, en todo lugar donde se acostumbra preguntarle a Google hasta la hora. ¿Y si la crisis mundial termina teniendo un efecto inesperado, la caída de internet? Los que entramos en Tacuarentown todavía recordamos cómo era vivir y laburar sin la red, pero ¿cómo sobrellevaría el resto del mundo esa crisis?

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El regreso de los terroristas

(Publicado hoy en Página/12)

Ellos no inventaron el cruce entre la electrónica y la guitarra –antes debería atenderse a EMF y Jesus Jones–, pero fueron los que llevaron el casorio hasta el final, erigiéndose en terroristas del sonido que imprimieron su marca y vendieron millones de discos. A mediados de los ’90, cualquiera hubiera dicho que el reinado de The Prodigy duraría para siempre: si sus dos primeros discos habían cruzado la línea entre la pista de baile y el escenario de rock, The Fat of The Land derribó cualquier muralla que quedara en pie. Y sin embargo, de allí en adelante fue todo cuesta abajo, hasta llegar a la decepción de Always Outnumbered, Never Outgunned (2004), el desangelado disco en el que Liam Howlett se quedó solo. Claro que la vida siempre da revancha: Keith Flint y Maxim, los otros pilares del asunto, regresaron al redil. Y el lugar común de “Prodigy está de vuelta” es inevitable.

Invaders Must Die, el flamante disco del trío de Essex, viene a proveer la banda de sonido ideal para estos tiempos de crispación política, crisis económica y sálvese quien pueda social. Baste decir que el librillo incluye un graffiti con la frase “Protect yourself” y que el grupo fundó su propio sello, que lleva el nombre de una de las –virulentas– canciones del álbum: “Take me to the hospital”. Pero, sobre todo, la banda parece tener la musculatura a punto para volver a darle curso a esa contractura sonora, tan deudora de la furia distorsionada como del beat quebrado del drum’n’bass, que supo hacerla grande.

No parece casual que la Federación de Fútbol inglesa haya elegido el primer corte, “Omen”, como arenga para abrir los partidos: como suele suceder con el mejor Prodigy, sus canciones pueden interpretarse como un shot de adrenalina directo al cerebro. Desde el título, pasajes como “Thunder”, “Warrior’s Dance” o “World’s on Fire” consiguen que obras de laboratorio –ritmos pacientemente construidos, sonidos de teclado que retuercen a Kraftwerk, samples, guitarras virtuales, voces de alucinación– tengan un calor, un poderío orgánico que desmiente la cuna de unos y ceros. E incluso dejan lugar para la aparición de quien supo aporrear los parches de una banda que muy poco tuvo que ver con lo tecno: en la arrolladora “Run with The Wolves”, Dave Grohl dibuja encima de las baterías electrónicas para un momento que certifica otra vez aquello del terrorismo sonoro. El ex Nirvana reaparece al final con “Stand up”, si se quiere el track más melódico, casi tarareable, de Invaders Must Die.

Con lo que el primer disco de la banda en cinco años, cuya tapa muestra el culo de un zeppelin en la Primera Guerra, sólo puede ser considerado como una buena noticia. Así lo han entendido en Inglaterra, donde acaba de debutar en el primer lugar de los charts. Será un año de triunfos: The Prodigy arrancó el 16 de enero en Nueva Zelanda una gira que lo llevará por todo Europa, Miami y Nueva York hasta el 9 de agosto, cuando liquiden la faena en Alemania. Vaya a saberse qué será del mundo entonces. Pero el soundtrack habrá sido disfrutable.

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21.2.09 

Vivir y tocar con las botas puestas



(Publicado hoy en Página/12)


“Enfrentate a las estrellas de rock/ Tené cuidado con los petisos con grandes ideas”
(“Stand up comedy”, U2, 2009)

Poco después de los conciertos del Vertigo Tour en el estadio de River, este cronista pudo preguntarle a Daniel Grinbank –en el transcurso del programa televisivo Tiene la palabra– si la segunda presentación de U2 en la Argentina había gozado del beneficio de un dios aparte. “El día del debut Bono amaneció sin voz, y The Edge recibió pésimas noticias sobre la salud de sus hijas”, dijo. “Pero los tipos, de verdad, son increíbles. Tienen un profesionalismo a prueba de todo. Cuando todo indicaba que iba a tener que suspender el primer show, salieron y dejaron todo sobre el escenario. Trabajé con infinidad de grupos, pero pocas veces vi una entrega tan total como la de ellos”, contó, palabra más, palabra menos, el productor. Allí debe radicar el real secreto del cuarteto irlandés que empezó a trajinar las tablas hace ya 33 años: la amistad interna tendrá mucho que ver, sí, pero la voluntad de hierro de sus integrantes por consagrarse al proyecto es lo que estimula la creatividad, el asumir riesgos, la fortaleza para que, cuando la maquinaria U2 se pone en marcha, el combustible no se agote nunca.

Pasaron tres años desde aquella explosión roja al ritmo de “Vertigo” en el Monumental. La máquina está de nuevo en marcha.

El martes 3 de marzo aparecerá en todo el mundo No line on the horizon, el décimo segundo disco de la banda a la cual cada tanto se le diagnostica el agotamiento o la desaparición pero resurge de manera cíclica, lanzando álbumes que consiguen el raro milagro de exhibir todas sus marcas de identidad sin sonar a mera repetición de fórmulas. “It’s good to be back”, tiró Bono el miércoles pasado en la entrega de los Brit Awards, al terminar una incendiaria versión de “Get on your boots”, primer single del disco que se presenta con una minimalista fotografía en blanco y negro de Hiroshi Sugimoto. Y a medida que las once canciones se van desovillando, no cabe más que coincidir con el petiso de las grandes ideas: hay que volver a trillar el camino de qué bueno, U2 está de vuelta.

“La actitud de Danny Lanois es ‘va a ser un gran álbum o alguien va a morir’. Eso lo cubre casi todo. No estamos aquí por el dinero, man. Ninguno de nosotros. No se trata de un salario, se trata de hacer un fucking gran disco de U2”. La frase del cantante, recogida por Sean O’Hagan para The Observer Music Monthly, apunta una pista similar a la de Grinbank para comprender la intensidad del sucesor de How to dismantle an atomic bomb. El periodista irlandés –no confundir con el Sean O’Hagan músico de Microdisney, Stereolab y High Llamas– tuvo el privilegio de seguir durante 18 meses el proceso de grabación de No line..., desde las primeras sesiones en Fez (Marruecos) en junio de 2007 hasta las últimas tomas (una lucha interminable de Bono con un verso de “Stand up comedy”) en los Olympic Studios de Londres en diciembre de 2008, pasando por Nueva York, el sur de Francia y, claro, Dublín. Quizá ese arranque en Marruecos, zapando y armando canciones en un patio a cielo abierto (pueden verse algunas imágenes en YouTube) tenga que ver con el clima general del disco. Pero no caben dudas de que la larga asociación de la banda con Brian Eno y Daniel Lanois sigue siendo fructífera: con el ex Roxy Music como director musical y a cargo de los teclados, y con Lanois aportando coros y ese lap steel etéreo que suele caracterizar sus discos solistas, el U2 ampliado consigue una colección de canciones llena de matices, sutilezas y texturas, tan sólida como para disipar cualquier duda sobre la actualidad del grupo.

Es que el panorama para los irlandeses podrá ser atípico para lo esperable en una banda con tantos años de carretera, pero en los últimos tiempos no ha estado exenta de tensiones. La principal tiene que ver con las giras mundiales de Bono como activista social, exigiendo el perdón de la deuda y urgente ayuda humanitaria para Africa mientras chocaba las manos con gente como Nelson Mandela, Bill Clinton, Angela Merkel y Bill Gates, pero también con personajes algo más irritantes como Nicolas Sarkozy, Tony Blair y el mismísimo George W. Bush Jr. En todas las entrevistas relacionadas con el tema, Bono ha dicho una y otra vez que su principal preocupación son los resultados de ese activismo, y que hasta el presidente de la nación más bombardera del mundo terminó enviando 50 billones de dólares al continente negro. “El problema es que se me hace difícil callarme”, reconoce Bono, mientras The Edge, Larry Mullen Jr. y Adam Clayton –quienes, lógicamente temerosos del efecto que eso podría tener, le rogaron encarecidamente que no se encontrara con Bush– miran torcido. “Pero cuando estoy trabajando con U2 me tienen al 100%. Si no, no estaríamos aquí, no tendríamos un disco como éste”, le dijo a O’Hagan.

El disco éste
El típico runrún previo en la web, fomentado por una declaración de Bono sobre un disco “bien rockero”, viene pivoteando sobre una supuesta influencia zeppeliniana. La impresión se refuerza con el enérgico riff de “Get on your boots” –otro single inoxidable en la cadena de singles con los que la banda prepara el terreno para la edición de sus discos–, y no caben dudas de que las guitarras de “Stand up comedy”, otro de los puntos altos de No line on the horizon, bien podrían estar bajo los dedos de Jimmy Page. Pero, como suele suceder con el cuarteto, con esas dos canciones apenas se rasca la superficie, se comprueba el pulso sanguíneo que toda banda sindicada dentro del rock debe mostrar. Son, como en su momento “The fly”, “Beautiful day” o “Vertigo”, puertas de entrada a un universo mucho más amplio.

Parece claro que si U2 se toma tres o cuatro años para lanzar nuevo material (“hacer este álbum fue difícil, pero todos lo fueron”, señala el cantante) no es solo por las obsesiones combinadas de The Edge por el sonido y Bono por la lírica, sino sobre todo porque en la lista final solo pueden estar las mejores, las más pulidas. Hasta ahora, solo el combo Achtung Baby / Zooropa encerró en un lapso breve el producto de una serie de sesiones: tal como amenazó en How to dismantle..., ahora la banda promete que antes de fin de año verá la luz otro paquete de canciones. Que cumplan o no será una anécdota. Por lo pronto, en el flamante disco hay con qué entretenerse: a contramano de lo que recomendaría cualquier marketinero, no abre con “Get on your boots” sino con el mucho más sugerente “No line on the horizon”, donde The Edge lleva el pulso con una de esas guitarras podridas no exentas de melodía, y Bono exige su garganta hasta caer en un puente épico, de ésos que eriza la piel sólo por la inmediata certificación de que se está ante U2. Una de esas canciones que nadie más podría firmar, en la que hay espacio tanto para las sugerentes capas sonoras de Eno como para la urgente base de Clayton/Mullen, una de las mejores parejas de zagueros centrales del rock.

Y tras ese arranque tan “Zoo station”, llega el momento de ofrecer la vertiente más clásica del grupo, los arpegios con delay de Edge, la voz limpia de Bono y ese midtempo tan conocido que le dan forma a “Magnificent”. En ese terreno puede ubicarse también a “Unknown caller”, donde se cuelan los pajaritos del patio de Marruecos para la historia de un drogota en la que Bono y Edge comparten el protagonismo, pero donde toda la banda desembocará en un coro a pleno. Y ciertamente a “I’ll go crazy if I don’t go crazy tonight”, donde las cuerdas acústicas y eléctricas dibujan un mapa en el que la banda sabe moverse muy bien.

El otro territorio donde U2 sabe expresar emoción sin sensiblería es el de la canción serena, melancólica, patentada por “With or without you” y “One”, y que aquí reconoce tres sucesoras más que dignas. A la cabeza está la tristeza de “White as snow”, en la que Bono se pone en la piel de un soldado en agonía; pero también el oscuro cierre de “Cedars of Lebanon” y sobre todo la bellísima “Moment of surrender”, donde el cantante se desgarra sobre una base ralentada, como en cámara lenta. Brian Eno cuenta que, a diferencia del modo de trabajo habitual en el grupo, esa canción “tomó forma en un tiempo increíblemente corto: más allá de alguna edición y el agregado del cello, ‘Moment of surrender’ aparece en el disco tal y como la tocamos la primera vez”. El músico y productor, que ha vivido unas cuantas cosas en su vida musical, define la grabación de ese tema como “la experiencia de estudio más asombrosa que haya tenido”: basta sumergirse en sus hipnóticos, dulces, melancólicos siete minutos y medio para entender por qué.

Con las botas puestas
“El trabajo que hicimos en Fez fue la parte más disfrutable y liberadora de todo el disco. Fue lo que siempre imaginé que debería ser estar en U2: tocar música por el puro placer de hacerlo, sin una meta real a la vista. Por momentos fue caótico, pero fue un caos creativo. Con todo lo que significa hoy estar en U2, a veces eso se pierde de vista”, le dijo Larry Mullen a Sean O’Hagan. La descripción de Grinbank, la actitud de Lanois, la frase del baterista, ayudan a reflexionar sobre algo que No line on the horizon deja flotando en el aire. Algo que va más allá de cada canción, más allá de otra soberbia labor de Edge, otra performance convincente de Bono (que puede sobreactuar en público, pero en estudios parece encontrar siempre el tono justo), otro electrizante desempeño de Mullen/Clayton. No deja de llamar la atención cómo un grupo en activo desde 1976 (¡desde antes de la revolución punk!) sigue editando discos en los que su honestidad está fuera de toda duda. Aun con el movimiento elefantiásico que impone el álbum y la megagira mundial cada cuatro años, aun con las burlas fáciles al “show de Bono”, sólo desde la necedad puede negarse que U2 posee el fuego sagrado que distingue a los grandes de verdad. Nadie puede grabar “un disco como éste” si no tiene pasión. Pasión... y talento.

“Una de las razones de la longevidad del grupo es que no están en la música por razones enteramente egoístas”, dice Eno. “No quiero hacerlos aparecer como evangelistas, como los vieron algunos en los medios musicales en los ’80. Pero pienso que ellos realmente creen servir a un propósito mayor que simplemente llenar sus cuentas bancarias.” Es una buena explicación. Ahora vendrá el circo usual, una “residencia” de cinco noches en el show de David Letterman en la semana del 2 al 6 de marzo, la edición vía celular y en cinco formatos discográficos distintos (CD, vinilo doble, digipack, digipack con libro, poster y película de Anton Corbijn y box set con todo lo anterior, otro poster y un libro en tapas duras), el anuncio de la gira, el escenario diseñado para estadios, quizá otra visita a la Argentina si la crisis lo permite, el largo etcétera de la vida en la ruta. Pero lo que brillará por encima de toda la hojarasca está en las canciones, eso que Bono define como “Let me in the sound, meet me in the sound”. U2 dice que no hay ninguna línea en el horizonte. Pero lo que no se ve es ningún nubarrón que empañe su potencia creativa. A ponerse las botas: U2 cabalga de nuevo.

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18.2.09 

Exceso de solidaridad

El evento se llamaba El rock unido por Tartagal, pero las ganas de acercar algo de ayuda y ver de paso a León Gieco, Kapanga, El Bordo, D-Mente, Carajo, Los Violadores (¿Los Violadores? ¿en serio?) y Kyosco hicieron que la cosa se fuera al carajo. Leo un cable de Télam que habla de suspensión judicial, intervención de los azules, "enfrentamientos" y corridas. Hablo con el periodista Facundo García, que estuvo ahí, y me cuenta su incredulidad ante la estupidez de un par de padres que, arrastrando a hijos chicos que lloraban de miedo, pugnaban por entrar igual a El Teatro.

Teniendo en cuenta la trascendencia del desastre en Tartagal, ¿no se les ocurrió buscar un lugar un poco más grande?

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16.2.09 

Dos declaraciones

La crisis internacional, los amagues de nuevo quilombo de los muchachos del campo, Tartagal, el trío del terror Macri-Solá-De Narváez, el Ogro Fabbiani... esas cosas ocupan de manera lógica los titulares, algo que los muchachos bengaleros deben estar agradeciendo. Es que el juicio por Cromañón sigue, y el viernes pasado sumó un par de testimonios que confirman aquello que enfurece tanto a los que pintan paredes con la consigna "Basta de culpar a Callejeros". Uno pertenece a Yoli Mangiaroni, cuya hija, novia de Cristian Argañaraz, murió en el boliche de Once. La mujer señaló que el manager del grupo desestimaba todos los comentarios que se le hacían sobre el despliegue de bengalas: "No pasa nada, está todo controlado. Dejalos que son chicos y a ellos les gusta", dijo la mujer que decía su yerno, y confirmó que Callejeros tenía su propio equipo de gente dedicado a la seguridad, al que se identificaba con las remeras que ellos mismos hacían confeccionar en Locuras. "Yo a veces acompañaba a mi hija a los recitales porque tenía miedo que le pasara algo . Mi yerno no le hacía caso a nadie", dijo la mujer.

El otro testimonio es aún más importante, porque pertenece a alguien que conoce al dedillo el funcionamiento interno de la banda: Aldana Aprea era la jefa de prensa de Callejeros, y el viernes refrendó con su testimonio todo aquello que el grupo intenta negar desde que sucedió la tragedia. Entre otras cosas, Aprea relató que tres integrantes de La Familia Piojosa le entregaron un bolso con pirotecnia a Argañaraz un día antes del recital en Excursionistas, y que el manager hizo guardar ese bolso bajo el escenario, dándole a un plomo la orden de que se lo entregara a esas mismas tres personas en el show; que ella coordinaba la lista de invitados que armaban los músicos, y que el cacheo con esas personas era poco exhaustivo o directamente no se hacía; que la banda de algún modo se enorgullecía de ello e incentivaba el uso de fueguitos en su público; que tras el primer show en Cromañón ella le comentó al manager que la cantidad de pirotecnia le había parecido excesiva y Argañaraz simplemente respondió "Bueno, Callejeros es así".

Ya aparecerá el que diga "debe estar resentida porque le pagaban poco y por eso los quiere hundir"...

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12.2.09 

Las leyes de Murphy

Una de las tantas satisfacciones que me dio esta profesión tuvo lugar en noviembre de 1996, en un bar del Sheraton: allí me senté a charlar durante algo más de media hora con Daniel Ash. Love & Rockets iba a tocar en el Festival Alternativo de Ferro, y la charla no solo pasó por la guitarra quemada de Sweet FA y el modo de componer a partir de lo que iba tirando el baterista Kevin Haskins, sino también -y de manera obvia- por Bauhaus. "Peter Murphy está viviendo en Turquía o algo así, por el momento la veo difícil", dijo el tipo de la voz distorsionada.

En ese Festival tuve que bancarme ver a Love & Rockets a la luz del día, mientras el prima donna de Marilyn Manson estiraba la espera hasta que se ocultara el sol. Hot trip to heaven con luz diurna no es lo mismo.

Nos perdimos la reunión de Bauhaus pero tenemos Go away white. Y anoche, una docenita de años después, se completó el álbum de figuritas oscuras con el inglés turco de la gola cavernosa.

Me permito ir contra la corriente: sí, el arranque de los bises con esa perla negra que es "All we ever wanted was everything" y de sobrepique "She's in parties" me eyectó del asiento. Pero todavía no puedo creer haber apreciado en vivo la intensidad de canciones del Murphy solo como "Deep ocean, vast sea", "Time has got nothing to do with it", "Gliding like a whale", "Subway" o "I'll fall with your knife", que solita garpó por todo el show.

(Las tres últimas son de Cascade, un disco que los periodistas del hemisferio norte defenestraron. Los periodistas del hemisferio norte se pueden ir a cagar en una maceta)

Con pelada arribita de la nuca y todo, el comuñe que supo meter miedo en el arranque de The Hunger impuso sobre todo respeto, con manejo del escenario y la garganta intacta, y ciertas costumbres que los fabricantes de pies de micrófono deberían saber agradecer. Le dio la mano a las primeras filas y tuvo un gesto de decadecia imperial al dejar caer un anillo para la monada. "Any questions?", tiró, y le dio el mic a una piba de fila dos. Terminó un tema con la cara hundida en un spot que debía estar más caliente que una tarde en Ankara.

El tiempo no tiene nada que ver con eso, cantó.

Es cierto. Doce años borrados de un plumazo.

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9.2.09 

Papel

Cuando uno camina rumbo al kiosco de diarios un domingo de mañana suelen aparecer esa clase de reflexiones. En más de una charla con colegas amigos, analizando la cuestión de la caída de ventas de los medios analógicos y el crecimiento de lo digital, arribamos a la lógica conclusión de que siempre será necesario un boludo que escriba: en algún momento de la explosión de internet existió el temor de que la desaparición del papel significara la desaparición del empleo, pero a esta altura del partido queda claro que el universo de ceros y unos también reserva un lugar a los que laburan con letras y palabras.

OK. Pero no hay nada que reemplace ese placer de abrir el diario del domingo (sea cual sea, el que satisfaga mejor a quien ejecuta ese acto), combinando en el aire los perfumes del papel entintado, el café o el mate recién hecho y las medialunas calientes.

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4.2.09 

Un mensaje en una cajita

(Publicado hoy en Página/12)


Allá lejos y hace tiempo, el videohome The Police Around The World incluía lo que para el grupo era una rareza más. Y si para Sting, Andy Summers y Stewart Copeland las imágenes en Buenos Aires completaban el rosario de lugares exóticos en la gira de Zenyatta Mondatta, para quienes estuvieron en Obras o New York City fue como atestiguar la llegada de un ovni. El tiempo pasó, la banda se separó, cada cual siguió en lo suyo... hasta la gira de reunión: más de un cuarto de siglo después de aquella excentricidad, Buenos Aires se convirtió en el escenario principal para Certifiable, el DVD que registra la excelente forma del grupo en sus shows del 1º y 2 de diciembre de 2007 en River.

Las dudas que podía despertar el regreso de una banda que terminó a las trompadas quedaron rápidamente diluidas: bastó que el trío ganara la escena con “Message in A Bottle” para que pareciera que el tiempo no había transcurrido (y mirando a Sting costaba creer que así fuera). A lo largo de dos horas, The Police supo repasar una lista que revisitaba los hitos de su carrera con mucho más que dignidad: canciones como “Roxanne”, “Message in A Bottle”, “Walking on The Moon”, “Synchronicity II”, “So Lonely” o “King of Pain” encontraron nueva vida, por la solvencia del grupo y por eso que Stewart Copeland definió en una entrevista de Página/12 como el “bagaje emocional” que da un plus de enorme potencia.

Es por eso que la experiencia de Certifiable se vuelve tan disfrutable, y no sólo por el patrioterismo de “eeeh, The Police hizo una gira mundial pero sacó el DVD de Buenos Aires”. Porque uno de los extras de la cajita (que incluye el disco de audio) permite entrever otra de las razones por las que se eligió este lugar del planeta, ese momento de la gira. Better Than Therapy, el documental de Jordan Copeland que registra el proceso de retorno, arranca con los primeros y dolorosos ensayos en Vancouver, cuando el trío confiesa que “pensamos que iba a ser más fácil”. A medida que el tour avanza, exhibe cómo la dinámica interna se fue afianzando más y más, hasta llegar a ese pico de rendimiento del Monumental. El documental no ahorra momentos de honestidad brutal (“Tengo que reprimir mi mentalidad de líder..., estoy en un grupo en el que no puedo despedir a nadie, así que es mejor que negocie. Debo hablar y ser diplomático, para variar”, dice Sting), y se convierte en un imperdible testimonio de cómo The Police fue desentumeciendo sus músculos, ganando confianza y altura.

Las semanas de ensayo en Toscana, el show de retorno y la hilarante conferencia de prensa en el mítico Whisky a go go, los rituales privados, la zapada de “Message...” con Kanye West y John Mayer en los camarines del Live Earth, las discusiones y el aire de joda permanente con su propia leyenda de cascarrabias: todo en Better Than Therapy sirve para complementar el plato principal, ese concierto que echó por tierra cualquier presunción de sucio lucro. Ahora que la fiebre pasó, Certifiable sirve como el mejor legado de una banda central en la historia del rock. Un mensaje en una cajita.

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Responsable

  • Eduardo Fabregat
  • Buenos Aires, Argentina
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