31.3.09 

El hombre del preámbulo

En 1983 aún me faltaban dos años para votar, pero estuve en el cierre de campaña de la UCR en la 9 de julio: en mi familia eran más radicales que peronistas, y los muchachos del PJ de entonces -Herminio Iglesias, el Loro Miguel, el mismo Italo Luder- metían miedo. Síntoma de época, ganas de recuperar la calle, los dos cierres llevaron una cantidad de gente que ya nunca más volvió a movilizarse en semejante número por un partido político. Raúl Alfonsín cerraba todos sus actos (sus Alfonsinazos, gran título) con una jugada de marketing político brillante, recitar el préambulo de la Constitución argentina -ese librito tan pisoteado por los milicos- y trenzar las manos en un gesto que buscaba competirle la iconografia a los dedos peronistas en V: en esa 9 de julio que aún hoy impresiona, la gente se ilusionaba con el "que vamos a ser gobierno de la mano de Alfonsín" y todavía ni soñaba con la mano que iba a dar Herminio al quemar el cajón con los colores radicales. Difícil olvidar la efervescencia de ese octubre. Difícil olvidar, también, la bronca al irse de esa Plaza de Mayo del "Felices Pascuas, la casa está en orden". Con la gloria y con las agachadas, el Juicio a las Juntas y las concesiones a los carapintadas, el aire de libertad en la calle y la hiperinflación galopante de 1989, la muerte de Alfonso cierra un cacho grande de historia argentina. Y de historia personal también.

Etiquetas:

30.3.09 

¿Qué necesidad?

A la tarde ya había un par de cables melosos festejando que se lo vio "bien". Hubo gente arengadísima, festejando como si fuera la presentación de Parte de la religión en el Gran Rex. Bebe Contepomi dijo que lo veía lento, y es imposible no pensar que para la medida del Bebe todo se mueve lento. Hubo frases de ocasión, recordando lo mal que se lo vio en Mendoza y cómo está ahora.

Me van a disculpar, pero me cuesta compartir el entusiasmo. Un jugador con las dos piernas desgarradas no puede salir a jugar ni un partido de reserva. Vi a un Charly perdido, apoyándose en un artistucho que proveyó canciones idiotas y películas fascistas, defensoras de la familia occidental y cristiana, para la dictadura. Un Charly tan desafinado como en los últimos tiempos pero sin la onda, que apenas podía pararse, que se le perdía la mirada, que en un momento aplaudió completamente fuera de tempo, que se le cayó el micrófono (se le cayó, no lo tiró), que equivocó la salida al terminar como De la Rúa en el estudio de Tinelli, tratando de cantar "No me dejan salir" o "Demoliendo hoteles", como si esas letras no plantearan un cruel juego con esta realidad empastillada. Los que se llenaban la boca con la falsa preocupación de "cuánto se droga Charly" hoy celebran que "Charly está mejor", sin detenerse a considerar que está igual de drogado, pero con otra cosa. Chaleco químico, se le suele decir.

Hubiera preferido que todavía no saliera a mostrarse, a exhibir su estado tembloroso a todo el país, a dar pie a que el UM de Clarín asegure que "toca en Luján porque quiere agradecerle a Dios la mejoría que experimenta", a esta evangelización idiota con Palega Ortito de padrino.

Y ayer éramos unos cuantos los que sospechábamos que en seis meses, cuando esté bien de verdad, va a ver el video de esto y va a querer romper todo.

Etiquetas:

28.3.09 

Radiohead, Gieco y la maldición del SMS

(Publicado hoy en Página/12)

Es un martes cualquiera, y son las 7.48. Todo en la casa está en calma. ¿Todo? No, no todo. En el silencio de las primeras horas, el ringtone que anuncia un mensaje de texto (la banda de sonido del cartoon El Inspector) suena como un trueno. Sólo algo muy urgente puede hacer que alguien mande un SMS a esas horas. El usuario entreabre el ojo izquierdo y mira la pantallita: TeleRompe te da mas beneficios. Desde ahora y para siempre, con cada recarga de tarjeta que hagas desde $30, te damos el mismo importe en minutos para hablar y SMS”.

Es miércoles, son las 8.03 de la mañana. Otra vez la paz del hogar se altera con el maldito ringtone: parece mentira el poder que tiene el parlantito de los teléfonos modernos, piensa el usuario entre puteadas, mientras lee: TeleRompe te da mas beneficios. Desde ahora y para siempre, con cada recarga de tarjeta que hagas desde $30, te damos el mismo importe en minutos para hablar y SMS”. Al día siguiente, alguien en la central se queda dormido: ya son las 8.45 cuando se reproduce la pesadilla del SMS fantasma. El usuario lee TeleRompe esta con vos: solo el 30/3 las recargas virtuales desde $15 se duplican. Las de $15 te dan $15 en SMS...”. Sus sensaciones se dividen entre sentirse un boludo por no apagar el teléfono a la noche o sentirse un boludo por ser una pelotita más en el gran pinball del negocio de telefonía celular.


* * *

Así como en el medio circulan varios chistes de músicos, también los hay de periodistas de rock: uno de los más crueles señala que la manera más fácil de reconocerlos en un concierto es dirigir la vista hacia atrás, donde se encontrará una fila de tipos de entrecejo fruncido, brazos cruzados y pies inmóviles. Es una exageración, claro, tan brutal como decir que “el baterista es el mejor amigo del hombre”. Pero es cierto que la piel de un cronista de rock se vuelve inevitablemente más dura con el correr de los recitales, los discos, las entrevistas, el ajetreo cotidiano en lo que comenzó como un fanatismo desde la popu. Pero hay ocasiones en las que la armadura cínica se viene abajo. Ocasiones como Radiohead en el Club Ciudad.

El miércoles pasado, en las redacciones, en charlas telefónicas, en espacios virtuales, no había nota discordante. Lo del quinteto de Oxford había sido demasiado bueno, y nada tenían que ver las ganas acumuladas por tanta espera. Desde que la apertura con “15 steps” y “Airbag” unió las puntas de su disco más reciente y su disco más elogiado, Thom Yorke, Jonny y Colin Greenwood, Ed O’Brien y Phil Selway dieron cátedra, un inolvidable banquete para 40 mil personas, un show de esos que hacen que hasta el más curtido periodista se rinda. Lo señaló Roque Casciero en su crítica para este diario: demasiados grandes momentos. La reencarnación de Joy Division en “Bodysnatchers”. La carne de gallina en “Karma police”, una de las perlas mejor cultivadas del rock inglés. Los estallidos de “There there”. El terremoto inenarrable de “The national anthem”. La delicada tristeza de “No surprises” y “Videotape”, con ganas de balearse en un rincón. El regalito de “Creep”. La explosión tecno de “Idioteque” y ese mantra de “take the money and run, take the money and run...” El arranque psicodélico de “Planet telex”, el fantasma de Pink Floyd asomándose en “House of cards”.

Y ese momento que brilla entre todos los demás, cuando “Paranoid android” hace temblar los arcos de rugby y de pronto todo se acalla, se cierra la burbuja y hay un coro general que canta “Rain down, rain down, come on, rain down on me...” y el planeta entero parece detenerse y... vibra el celular en el bolsillo. ¿Quién puede tomarse el trabajo de apretar botoncitos en este momento? ¿Acaso un colega o un amigo que necesita comentarlo a la distancia, escribir algo así como “bludo, q pdz d shw tamos viendo!!!”? No. Nada de eso.
“Ahora tienes nuevas opciones para cargar saldo en tu linea. Envia gratis un SMS al XXXX y recibiras informacion para realizar cargas desde tu TeleRompe.

* * *

Apenas unas cuadras más allá puede escucharse el rumor de “How to disappear completely”, la canción de Kid A que Ed O’Brien acaba de dedicar a “aquellos que perdieron sus seres queridos, a los encarcelados y torturados por la dictadura militar”. Pero la tormenta lejana de Radiohead queda sofocada por la potente versión de “Pensar en nada” que León Gieco lleva adelante con Arbolito. En el ECuNHi se están cerrando las Cuatro Jornadas de Pasión y Lucha convocadas por las Madres. No hay allí nada de la parafernalia de luz y sonido que impera en el Club Ciudad, pero sí el mismo propósito de transformar la vida a través del arte. Mientras reclaman mano dura los figurones que se callaron la boca cuando este país vivía con la inseguridad de que un Falcon verde pateara la puerta, Gieco vuelve a pedir vida, a apostar a la sensibilidad social, a recordar que todo está guardado en la memoria. Cerca de Gieco, Demián Frontera baila en su silla de ruedas: a Cristian Vitale, que está cubriendo el evento para Página/12, el momento se le antoja mágico, hasta que su celular lo reclama. ¿Un editor ansioso por saber cuándo mandará la nota? ¿El fotógrafo que necesita saber si ya debe transmitir su trabajo al diario? No.

“¿Queres ver tu proxima factura antes de que llegue a tu domicilio? Ingresa en www.telerompe.com.ar

* * *

Esa misma noche, Gieco vuelve a cantar que “paso a través de la gente como el fantasma de Canterville”. Es uno de sus temas más conocidos, aunque fue escrito por Charly García: una de tantas razones para el abrazo emocionado con que León y Charly se trenzan en una sala de cine, dos días después, tras la proyección de Mundo Alas. En la misma sala hay varios personajes de la cultura y el espectáculo, aún conmovidos por el potente retrato cinematográfico de esa clase de aventuras en las que sólo un tipo generoso como Gieco puede embarcarse, porque sí, por amor, por descubrir en otro las cosas que se pueden aprender, aunque se haya vivido mucho. Pero ese abrazo es especial, porque son dos figuras centrales del rock made in Argentina que se quieren bien, que se conocen desde que esto era un gran campo de concentración. Charly está reapareciendo de a poco, por ahora solo en el lugar del espectador: en la obra de Gasalla, en el show de Peter Gabriel y el de Radiohead, en el estreno de la peli de Gieco, Sebastián Schindel y Federico Molnar. Se lo ve más gordo, tranquilo, lento, algo perdido, siempre acompañado.

A uno de esos acompañantes, Gieco sólo le deja un saludo breve y sin mayores inflexiones. Alguna vez le dedicó “Cantorcito de contramano”, y León no es un tipo que se baje de sus convicciones. Un testigo de la escena está recordando aquello de “me gusta el mar, tengo alma de marinero” y “donde empieza mi bandera se terminan las demás”, justo cuando le suena la alarma de SMS.

* * *

–Buenos días, señor. ¿En qué puedo ayudarlo?
–Espero que en mucho: quiero que dejen de mandarme correo basura por el celular.
–Creo que no lo entiendo, señor.
–Es fácil de entender: si yo recibo una y otra vez en mi casilla de mail promociones que no solicité, se llama spam, o correo basura. Los SMS que me mandan ustedes son exactamente eso, y quiero que dejen de enviarlos. Que los bloqueen, o algo.
–Señor, esos mensajes no pueden ser bloqueados. Lo único que puedo ofrecerle es bloquear su teléfono en el horario que usted me indique.
–No, yo no quiero que me bloqueen el teléfono. Quiero que dejen de mandarme los mensajes de TeleRompe.
–Pero, señor, si no le enviamos los mensajes, ¿cómo se va a enterar de nuestras ofertas?

* * *

La semana, una semana de emociones fuertes, se termina. El cronista está buscando el punto final, el concepto, la esquiva frase elegante para cerrar su columna. El maldito aparato suena otra vez. “Ahora podes descargarte el ringtone de Operacion Gran Hermano. Envia gratis un SMS al...” Cierra el archivo de texto, y se pone a pensar planes para ponerle un buen caño a TeleRompe.

Se buscan cómplices.

Etiquetas: , , ,

27.3.09 

Un grupo a la luz de las canciones


(Publicado ayer en Página/12, como parte de esta producción)

“Yo no puedo ver el sol. Puedo sentirlo, pero no abrir la ventana y verlo. Entonces pongo música: la música es mi luz.” La frase de Carina Spina es un posible resumen para la experiencia de Mundo Alas, el proyecto artístico. Y es el tono de la joven no vidente, sin falso dramatismo, sin impostación, el que sirve a su vez para resumir algo de Mundo Alas, la película. Es que hasta quien tiene plena confianza en las intenciones de León Gieco no podía evitar cierto temor con respecto a este proyecto, en el que cabían los riesgos de cruzar la línea, llegar a la sensiblería o al exceso de corrección política: ¿cómo retratar esta aventura con un grupo de artistas con capacidades diferentes, cómo sintetizar esa salvación por el arte que sugiere la frase de Carina?

Los noventa minutos de Mundo Alas demuelen todo prejuicio. Apelando a las entrevistas y a un relajado retrato de la génesis del proyecto y su paseo por las rutas argentinas, la road movie que proponen Gieco, Sebastián Schindel y Fernando Molnar consigue meterse en la aventura con sensibilidad, buen gusto y alegría: los mismos pibes se permiten un humor negro que llega a la apoteosis cuando Pancho Chévez, el músico sin piernas ni manos, aparece... jugando al fútbol. El intercambio con Gieco, desde la pregunta de “¿Vos saldrías de gira?” a los consejos de composición, los diálogos que exceden el objetivo del tour y en los que León expresa la misma curiosidad del espectador (hay una charla con Demián Frontera especialmente jugosa), ayudan a dibujar el relato que faltaba en Mundo Alas. Quien los vio en el Luna Park en el cumpleaños de Página/12 supo descubrir a los artistas detrás de los “discapacitados”, pero el gran logro de Mundo Alas es revelar a las personas, al punto de generar una corriente de simpatía franca, sin el preconcepto de que “hay que sensibilizarse porque son diferentes” entre la butaca y la pantalla.

Una de las impresiones más fuertes de la película, eso que uno mira, tiene que ver precisamente con la mirada: en cada charla, en pequeñas escenas robadas a la cotidianidad o registradas por la videasta Rosita Boquete, la mirada de los chicos revela una intensidad contagiosa. Imposible no apreciar la electricidad de Eduardo Spasaro al clavarle la vista en un requiebro a su compañera de baile Nidia Scalzo, difícil no emocionarse en ese tramo final en el que ambos hablan de su romance: cuando Maxi Lemos recuerda el primer encuentro con Gieco y levanta sus ojos inocentes, cuando Alejandro Davio se ilumina al escuchar la letra que Gieco escribió para su tema de los delfines, cuando Panchito guiña pícaro a cámara, cuando se descubre luz aun en los ojos ciegos de Carina, se va construyendo una historia en la que no hay manipulación posible.

Y una historia en la que, además, hay lugar para momentos mágicos. Uno de ellos pasa por León cantando “La memoria” en el Luna, con Demián y Sandra González Neri flotando en escena. Pero también hay pasajes de intimidad del grupo en los que hasta la cámara parece borrarse, como cuando se relajan en plena ruta, la boda final, el fogón nocturno con “Cinco siglos igual” o –especialmente– ese círculo en un barco en el que cada cual deja su propia impresión y tiende un puente inquebrantable con sus compañeros. Mundo Alas es a la vez un film que ejemplifica el poder de la música, un poderosísimo alegato a favor de la integración humana, un diario de viaje, un asombro permanente por encontrar tanta vida en personas a las que la vida les puso tantos escollos. Una demostración de que puede no verse el sol, pero nada puede robar la tibieza y la luz de una canción.

Etiquetas: , ,

26.3.09 

En el punto exacto de la madurez

(Publicado ayer en Página/12)


Hay demasiados condimentos, demasiadas intervenciones del destino, como para considerar a un disco nuevo de Paralamas como uno más. Todavía hay quien recuerda un mítico show de 1986 en Obras Sanitarias junto a Sumo; desde entonces, Herbert Vianna, Joao Barone y Bi Ribeiro comenzaron a ser considerados como los brasileños más argentinos, sintonizando con un público rockero al que le costaba fanatizarse por Caetano Veloso o Milton Do Nascimento, pero se rindió sin reservas a la calenturienta mezcla de ska, reggae, rock y ritmos brasileños que el trío encarnó desde los lejanos tiempos de Cinema mudo y “Vovó Ondina e gente fina” o “Vital e sua moto”. Fueron el soporte ideal para el “Rap de las hormigas” de Charly y se enredaron en una relación fraterna con Fito Páez; se acostumbraron a llenar la sala que ocuparan en cada visita, metieron un hit tras otro (“Inundados”, “Dos margaritas”, “Una brasilera”, y siguen las firmas) en las radios argentinas; cada show de Paralamas era garantía de fiesta.

Después, lo sabe casi todo el mundo, llegó la tragedia. El 4 de febrero de 2001, Herbert Vianna sufrió un accidente aéreo que le costó la vida a su mujer: el guitarrista y cantante pudo emerger de la oscuridad gracias a algo que solo puede ser calificado de milagro. Vianna quedó confinado a una silla de ruedas, pero la combinación de la fuerza de voluntad y el poder curativo de la música le permitieron seguir adelante. Hoje, su disco de 2006, fue de algún modo una catarsis, un paso más en la recuperación, con letras teñidas de tristeza pero el pulso vital de la banda intacto. En cambio Brasil afora, el disco que acaba de aparecer en la Argentina, parece encontrar la distancia exacta, el tono perfecto para una banda con treinta años de actividad. Grabado en Río de Janeiro y Candeal (Salvador), la principal sensación que dejan los concisos 33 minutos, once canciones del disco, es de una relajada convicción en el sonido propio, en la identidad del grupo, cimentada por una indiscutible inspiración a la hora de componer.

Es que el arranque de Brasil afora no puede sino despertar el entusiasmo: los caños de “Meu sonho”, el juego de acústicas y eléctricas para el delicioso reggae “Sem mais adeus” (donde aparece Carlinhos Brown), la urgencia rítmica y bailable de “A lhe esperar”, producen una impresión que ya no se diluirá: Herbert suena expresivo y convincente, y no hay novedad en el preciso entramado que saben tejer sus colegas en la base, parte esencial de ese sonido que identifica a los paragolpes del éxito. En un disco brasileñísimo desde la portada, con Liminha a cargo de la producción y el cuarto Paralamas Joao Fera en las teclas, el grupo va dejando caer canciones redondas, tan encantadoras como “Mormaço” (donde Zé Ramalho habla de ese “país tan continente”), o sabrosas como la soulera “Taubaté ou santos”. Y no solo descansa en su cantera: Brasil afora incluye una versión de “El amor después del amor” que le da nueva vida, otro color, a un tema escuchado mil veces. A diferencia de “Trac Trac”, donde Vianna no se alejaba demasiado de la estructura original, aquí el grupo reinterpreta a Fito apelando a sonidos hindúes que agregan espesor.

Y cuando llega la hora de rockear, Paralamas vuelve a demostrar su dominio en ese terreno. Sirve como ejemplo la épica “Aposte em mim”, pero sobre todo la andanada final que ofrecen, apenas separados por la climática “Tempero zen”, los dos tracks más incendiarios del disco: “Brasil afora” es una tormenta eléctrica en la que Herbert pudre su guitarra al máximo y Barone le pega a los parches como si fuera la última vez. Y “Tao bela” cierra el recorrido con otro sonido sucio y energético, poniendo el punto final a otro álbum –¡otro más!– recomendable, que activa las ganas de un nuevo reencuentro con los brasileños más porteños. Estos tipos que le pusieron el pecho al destino y consiguen ese otro milagro de transmitir pasión desde la frialdad de un disco de plástico.

Etiquetas: ,

25.3.09 

Todo en su lugar

Uno ha visto unas cuantas cosas sobre el escenario. Pero lo de Radiohead anoche fue sencillamente inolvidable: una banda del carajo, capaz de rockear y pasarte por encima, de embarcarse en una tormenta electrónica alucinada, de desgranar canciones de pura tristeza que no necesariamente significan un bajón. Y quedan las versiones de "Paranoid android", la tremenda "Karma police", "The national anthem", esa patada en la cabeza que fue "Idioteque", la dedicatoria a los desaparecidos antes de "How to disappear completely", la belleza de "Nude" y "Videotape", la furia de "Planet telex", una acelerada "Everything in its right place" y el regalito final de "Creep". Gracias, muchachos. Efectivamente, después de haberlos visto las cosas están en su justo lugar. Vuelvan cuando quieran. De ser posible, pronto.

Etiquetas:

24.3.09 

Radiohead, esa figurita que faltaba

(Publicado hoy en Página/12)

Es una de esas oportunidades que, desde que la escena argentina cobró relevancia para las giras internacionales de rock, se volvió cada vez más rara. El domingo, el público argentino pudo darse el gusto de ver a Peter Gabriel por tercera vez. Los Rolling Stones han venido tres veces, U2 vino dos y seguramente habrá una tercera. El Quilmes Rock que comienza hoy propicia la quinta visita de Iron Maiden, la cuarta de Kiss y la tercera de Kraftwerk, pero por sobre todo será el marco de un debut que se hizo esperar: Radiohead en la Argentina.

El bichito picó fuerte ya cuando el grupo de Thom Yorke, Colin y Jonny Greenwood, Ed O’Brien y Phil Selway irrumpió en MTV con los guitarrazos de “Creep”; se potenció con el soberbio opus dos de The Bends, y ni hablar de cuando OK Computer convirtió a Radiohead en la banda británica de los ’90. Mientras Buenos Aires recibía una visita tras otra, mientras se llenaba el álbum de figuritas, aquellos que querían comprobar cómo sonaba en vivo “Karma police” o “No surprises” se seguían quedando con las ganas. Para colmo, el megaéxito llevó a la banda por caminos tortuosos: la convicción de no querer repetir fórmulas se tradujo en el doblete de Kid A y Amnesiac, discos de experimentación profunda que desvistieron al grupo de todo ropaje conocido y que alguno hasta consideró piantavotos.

El tiempo pasaba, y el fan argentino empezaba a pensar que se quedaría con las ganas, que el disco solista de Yorke era el preludio de la separación, que ya no existiría la oportunidad. In Rainbows, el soberbio álbum “a la gorra digital” con el que Radiohead volvió a la actividad, abrió finalmente la puerta: al fin, una de las bandas fundamentales de la escena británica desembarca en la Argentina, en un Club Ciudad que promete dar el marco necesario para la ceremonia. Que el quinteto no haya abandonado ese camino de experimentación –su último disco combina sabiamente la estructura de canción con la investigación sonora– no debe alarmar a nadie. Tal como pudo comprobar este cronista en la presentación de Kid A en Londres, lo que llega desde el escenario no es un largo devaneo electrónico o suites minimalistas a las que cuesta encontrarles la melodía. Más allá de la carnadura que haya elegido en cada disco, Radiohead sigue siendo una banda de rock hecha y derecha, capaz de arrasar con “Paranoid Android” y de emocionar con “Fake Plastic Trees”, alucinar con “Idioteque” y recordar el gen Pink Floyd impreso en su personalidad con “Exit Music (for a film)”. Tuvieron que pasar dos décadas desde que el grupo empezó a rodar para poder pegar esa figurita en el álbum argentino: será por eso que la revancha se antoja tan dulce.

Etiquetas: ,

21.3.09 

Policarbonato

Del post anterior fui llegando a éste: a fin de cuentas, entre las grandes mentiras de los '90 también estuvo la superación del CD. En esa época, todos los melómanos corrimos a replicar nuestra discoteca vinílica en su símil compact disc, la nueva octava maravilla que prometía poder escuchar cosas nunca escuchadas antes, que el sonido límpido y blablablá. Pero hoy revisamos esas primeras ediciones y son una mierda, con el verso del disquito ultramoderno se cagaron en el arte de los discos, ya de por sí jodido por el achicamiento del envase. Y además, con el correr del tiempo y su correspondiente avance de la tecnología, al final resultó que esos primeros CD's no sonaban taaaan bien, y ahí vamos con el remasterizado y el re-remasterizado y el re-remasterizado con DVD y con DVD remasterizado y por qué no, en breve, con Blu Ray. Remasterizado.

Los japoneses, siempre tan vivos, desarrollaron recientemente el SHM-CD: Super High Material Compact Disc, un disco fabricado en un policarbonato especial, “con mayor transparencia", lo que ofrece “mayor precisión en la lectura del láser”. Y ahí vamos con la colección de remasterizados en SHM-CD. Es admirable cómo el país al que le encajaron dos bombazos atómicos se las sigue arreglando para fabricarle (y venderle) espejitos al mundo occidental. En este caso, literalmente.

Etiquetas: , ,

20.3.09 

Reina en harapos


A veces uno tiene esos impulsos. Entre tanta música nueva que vive en el iPod por razones laborales, cada tanto se vuelve a ciertos clásicos: porque sí, porque dan ganas de escucharlos, porque al cabo el tiempo en la calle se aprovecha escuchando música. Alimentándose. Y entonces agarré Queen II, y mientras bajaba al aparatejo le puse atención al "arte" del CD, una de las primeras ediciones de cuando la industria argentina se pasó del vinilo al CD sin mayores escalas.

Da vergüenza. Escuchar este disco es recordar horas de adolescencia disfrutando el álbum desplegable, lustroso, con el sobre interno y sus letras y el Lado Blanco (el de "Father to son" y "The loser in the end") y el Lado Negro (el de "Ogre battle" y "The march of the Black Queen"), lo único bueno que nos dio el plan Martínez de Hoz, discos importados más baratos que los nacionales, que eran una poronga.

Esa primera edición en CD, gentileza de EMI, es otra poronga. Peor: escupe, vomita, se garca encima de aquel vinilo made in USA. Te deja la impresión de una Reina Negra degradada, en harapos, mugrienta y llena de piojos.

Etiquetas: , , ,

18.3.09 

Dinosaurios

Gran idea, Susana. Que COrran, LIMpien y BArran para los milicos, así se dejan de joder.

¿No habrá algún dinosaurio vivo que la aplaste y la calle?

Etiquetas:

17.3.09 

Argumentos



A veces los muchachos del marketing tienen una manera curiosa de encarar la venta, e incluso creen que se pueden aplicar a la literatura los mismos recursos que utilizan para, digamos, la última de M. Night Shyamalan. Claro, el pobre Stieg Larsson ya no está entre nosotros para defenderse, pero sospecho que no le gustaría mucho esta manera de vender el segundo volumen de su trilogía Millennium. Pero como todo parece indicar que la nueva fórmula es apuntar al público masoquista, que adora comprarse un libro para comerse una buena noche de insomnio y luego empezar a sufrir apneas, aquí va un aporte desinteresado:
"Del autor que te produjo náuseas, una nueva novela que te hará abrazar al inodoro".
"Del autor que te aflojó el vientre, un libro que te provocará hemorroides"
"Del autor que te hizo mear de risa, una nueva novela que te provocará insuficiencia renal"
"Del autor que te hizo doler los huevos, un libro que te pateará el cráneo"
"Del autor que te dejó un ataque de nervios, un libro que te provocará delirios paranoides"
"Del autor que te hizo sentir un imbécil, una novela que te causará una embolia cerebral".
Y así.

Etiquetas:

14.3.09 

Pólvora de estrellas

(Publicado hoy en Página/12)

Esta semana, en el sitio web Los Trabajos Prácticos, Pablo Valle fue tan breve como agudo, en una bonita tipografía dibujada que señala: “No recuerdo que Susana haya pedido pena de muerte para Carlitos Monzón”. Es un gran resumen para el tema que dio vueltas y vueltas en la pantalla catódica durante toda la semana, del cual sólo se salvaron –y habría que chequearlo– los chefs del Gourmet.com, Dora la Exploradora y las suricatas de Animal Planet. Además, la seguridad de las suricatas no parece muy en peligro.

Aunque nunca se sabe. Si uno se atiene al panorama que dibujan las declaraciones de la perfumada colonia artística (“¡¡Salimos a la calle y nos asesinan!!”), bien podría suceder que un pibe chorro pasado de paco entrara a Temaikèn, le pidiera las llantas al suricato vigía y lo recagara a tiros, para luego salir por la puerta trasera de la comisaría. A la farándula, esto es fácil de comprobar en varias décadas de existencia, no le gustan las medias tintas. Le place dar espectáculo. Salir del set, del escenario, del decorado berreta o hiperproducido, para acercarse al común y mostrar que son de carne y hueso. Y de pasiones y sentimientos. “Se sacan” como Pepe el verdulero y Carlos el tachero, uno en contra del piquetero del campo y otro en contra del piquetero del conurbano. Las estrellas también se indignan, vea. Un día Susana, al toque Sandro, después Marce y al rato el Facha Martel y de sobrepique Jacobo Winograd, ex estrella de la troupe de Mauro Viale. La calidad del debate está asegurada.

(Duele que en ese lote aparezca el Flaco, que le da semejante valor a la vida en sus canciones, en su poética, en su discurso, y de golpe y porrazo hable de un balazo en la cabeza.)

El repentino interés de las estrellas en una parte tan complicada del tejido social no deja de ser legítimo. Son personas, al cabo. Ciudadanos. Nada debe coartarles el derecho a expresar su opinión, pero también sería bueno que midieran el hecho de que no están hablando en el bar de la esquina sino en los oídos de millones (y que Chizito analizando el flagelo de la inseguridad es demasiado). “¿Por qué yo tengo que vivir con custodia?”, se pregunta la estrella con picos de 40 puntos de rating que elogia la tolerancia cero de Nueva York “con el alcalde Bloomberg” (en realidad fue Giuliani, pero el lapsus es comprensible), como si las estrellas televisivas neoyorquinas pudieran pasearse por Harlem exhibiendo su reloj de oro. Un famoso en realidad está inseguro en cualquier lugar del mundo, pero, ¿cómo perderse esta oportunidad de protestar por la parte menos agradable del estrellato, y de paso hacer sentir al común que son iguales, que la fama es puro cuento, que sienten y piensan lo mismo?

(Y no está mal recordarlo de nuevo: “lo mismo” se resume en la frase primigenia, “Quien mata debe morir”, de la pensadora argentina María Susana Giménez.)

Y entonces, esta semana las estrellas –y no tanto– hablaron y hablaron, salieron de sus cómodas existencias en paraísos custodiados para indignarse porque nos asesinan, señores, ¡¡nos asesinan!!, y el gobierno no hace nada, y la Justicia no hace nada, y todos saben dónde se vende la droga, y hay que ponerse en el lugar del que le matan un ser querido –el decorador o el personal trainer, por ejemplo– y, bueno, hay que decirlo, no estoy a favor de la pena de muerte, pero hay que matarlos a todos, para que no vuelvan a salir por la puerta de atrás.

Uno a veces se asombra de la estupidez que puede campear en ciertos programas de TV, pero hasta eso palidece al lado de lo que pueden decir sus responsables cuando intentan poner un pie en la vida real.

* * * * *

Del otro lado del mundo, otras estrellas salieron a dar su opinión sobre otra clase de delito. En la Featured Artists Coalition militan personajes de la talla de Annie Lennox, Peter Gabriel, Mick Jones (The Clash), Dave Rowntree (Blur), Ed O’Brien (Radiohead), Robbie Williams, Fran Healy (Travis), Nick Mason (Pink Floyd) y Billy Bragg: ésas son algunas de las firmas estampadas en un comunicado en el que le solicitan al gobierno británico que no avance en la idea de tipificar como delito la descarga ilegal de canciones. “La industria discográfica británica aún transita el camino de criminalizar a la gente por bajarse música”, señaló Bragg, viejo militante de causas sociales. “Si seguimos ese camino, estaremos siendo parte de un intento proteccionista. Es como tratar de meter de nuevo la pasta dentífrica en el tubo. Nosotros estamos del lado del público, del consumidor”, dijo.

La iniciativa de los músicos ingleses apunta a un hecho específico, la persecuta policial con respecto al download, pero tiene claro que hay un horizonte más amplio. “Los artistas deberían ser los poseedores de los derechos sobre su música, y decidir cuándo algo es gratuito y cuándo algo debe pagarse”, dijo Bragg. Es que la FAC puede enfrentarse al poder industrial, pero tampoco come vidrio: entre sus reclamos está el de que YouTube y MySpace paguen por la utilización de sus obras. La movida de la organización que nuclea a 140 músicos intenta abrir ese debate que la industria tiene siempre clausurado: por qué las canciones que escribió y grabó una persona son propiedad de otras personas que rara vez agarran una guitarra o pisan un estudio de grabación. Mientras la discusión se concentra en cuántos juicios hay que iniciar para que la gente se asuste lo suficiente, queda poco margen para hablar de por qué –como bien señaló el productor y músico Steve Albini en su informe The problem with music– el abogado que trabajó en las cuestiones legales de un contrato discográfico gana más que el guitarrista del grupo contratado.

En los últimos tiempos, el monstruo que preocupa a la industria se fue convirtiendo en un valioso aliado de los músicos. Los riesgos de la experiencia independiente están atenuados por las posibilidades de difusión que ofrece la web, el contacto directo entre el músico y su potencial público que permite evadir la noria de los sellos, antes inevitable. Un músico que no depende exclusivamente del contrato con la major para darse a conocer retiene la propiedad de sus canciones, un derecho que ya nadie debería discutir. Y puede considerar cobrarle al público un precio menos abusivo que el que se registra en disquerías y sitios de descarga legal. Pero algunos prefieren seguir intentando meter la pasta de dientes dentro del tubo. Una actitud casi tan necia como salir a pedir la muerte en vivo y en directo.

Etiquetas: , , ,

10.3.09 

Rediseño


A la hora de pensar la portada de No line on the horizon, U2 se decidió por el trabajo de Hiroshi Sugimoto, fotógrafo japonés radicado en New York que se hizo célebre con sus Dioramas y Retratos: según le dijo Bono al periodista irlandés Sean O'Hagan, la imagen titulada "Boden Sea" sirve como adecuada representación de un disco que, entre otros y variados argumentos que desgrana el cantante, "tiene que ver con la visión lateral".

Pero con los sellos discográficos no hay caso: ellos siempre tienen una apreciación diferente de las cosas. Y así es como la edición local del nuevo disco de U2, a cargo de Universal, cuenta con el desinteresado aporte de los diseñadores regionales, a los que la foto del ponja no les pareció tan contundente y decidieron enmarcarla con un caminito de hormigas que la circunda con la frase "Edición exclusiva para Argentina, Chile y Uruguay" repetida hasta la extenuación.

Eso sí: después se llenan la boca conque no hay download que se compare a un disco completo, con su arte de tapa original.

Etiquetas: ,

7.3.09 

Del frío de Obras al calor popular

(Publicado hoy en Página/12, como parte de la cobertura de los shows de Manu Chao)

Fue el 17 de julio de 1992, en un estadio que todavía se llamaba Obras Sanitarias, y al que aún hoy a la vieja guardia le cuesta mencionar con nombre de gaseosa. Hacía un frío glacial, tan inolvidable como para mencionarlo aquí: esa clase de frío que en el interior de Obras se traducía en pies congelados. Aunque la leyenda posterior hace pensar en un estadio lleno, esa noche había 1500 personas que habían desafiado el sablazo del viento en Libertador para comprobar por sus propios sentidos si lo que se hablaba de La Mano era cierto. En la edición del Suplemento NO del 2 de julio, Mariana Winocur había avisado desde Córdoba que perderse el show en La Vieja Usina era algo parecido a un pecado. El 16, una entrevista de Martín Pérez a Manu Chao en el mismo suplemento dejaba declaraciones coherentes con su discurso de hoy, tocaba el tema del monitor destrozado en La TV Ataca y repetía que había que verlos en vivo.

Había que verlos en vivo: esa Mano en su esplendor, respaldada por la potente trilogía de Patchanka, Puta’s fever y King of Bongo, armó tal fiesta en Obras que al rato nadie se acordaba del frío. Tras la demoledora performance, ese vendaval multiestilístico sin pausas, Manu y sus secuaces gritaron otra vez “¡¡A la cabeza!!” y se zambulleron en un mar de público asombrado y feliz. Pavada de debut para el pequeño y atómico cantante y guitarrista, que inició así una historia de amor con el público local que hoy se traduce en Mendoza al taco, Cosquín Rock al taco, un Club Ciudad al taco, dos Luna Park al taco, la necesidad de miles de ir a ese ritual en el que el goce está garantizado.

Manu Chao ha venido varias veces a la Argentina y nunca quiso alumbrarse con el halo de estrella. Se lo vio en Capital y el interior, conduciendo programas en La Tribu, acercándose al Borda y La Colifata, trabando contacto con militantes libertarios o con amigos de la vida nomás, gente con la cual se lleva bien por afinidades artísticas, humanas, de humor, con la que consume noches de guitarra en mano en la peña. Alguna vez un rocker argentino quiso devaluarlo hablando de sus tarjetas de crédito, abrevando en el prejuicio del público que exige a sus artistas voto de pobreza o algo así. Antes que en el banco, Manu Chao es millonario en la cuenta bancaria de sus canciones, en su fiereza de escenario, en la entrega con la que busca que estrofas y estribillos den cuenta de su alma. En el olfato y la sensibilidad para conectar con gente de todas las edades y extracciones.

Aquella visita con el Cargo 92, desfilando junto a Royal de Lux por una Buenos Aires “que nos hizo pensar que habíamos vuelto a Europa” y luego recalentando Obras, es hoy un mito, y el germen de este romance. “Nos gusta mantener relaciones sanas con la gente”, le dijo entonces Manu a Pérez. En todos estos años, algo debe haber hecho bien este trovador eléctrico para que la gente que busca una relación con él se cuente por miles y miles.

Etiquetas: ,

4.3.09 

Sympathy for the devil


Sí, su señoría. Pero no se preocupe, son solo algunos... cientos de miles.
(Como diría Peter: el juez Melazo... ¡¡está hablando de fassssso!!")

Etiquetas:

 

Una pesadilla vestida de blanco

(Publicado hoy en Página/12, junto a una nota sobre Gordon Ramsay de Emanuel Respighi)

“¿A esto llamás tu ‘especial del día’? Lo siento, hoy no puedo darme el lujo de morir intoxicado.” En esa clase de frases, expresada en un inglés correctísimo y elegante, radica la atracción de Gordon Ramsay, que consigue la rareza de atraer público masculino al target de programas de cocina. Para un fanático de House MD, la asociación es evidente, salta a la vista: Ramsay es el Dr. Gregory House del mundo de los chefs. En Kitchen Nightmares, la serie que puede verse por la señal ManagemenTV, el escocés criado en la ciudad natal de Shakespeare lleva a cabo un tour en el que la pesadilla no son sólo las cocinas que debe visitar y diagnosticar, sino sobre todo lo que experimentan sus... víctimas. Es que el chef no tiene filtro y su idea de la perfección culinaria llega a tal nivel de obsesión que considera todo defecto como un pecado. Y entonces, pobre del jefe de cocina que debe enfrentarse a su ojo clínico, que no perdonará ningún desliz. Pobres de los hombres de delantal sometidos a esa verba incendiaria, capaz de demolerles la autoestima aunque sea con la mejor intención de que el restaurante en cuestión se salve del desastre.

Como House, Ramsay no tiene piedad de sus subalternos. Pero hay una diferencia nada menor: el médico de bastón es un personaje ficcional, Gordon es de carne y hueso. Y veneno.

Basta verlo en su otra creación, Hell’s kitchen, que en Estados Unidos ya presentó su quinta temporada y aquí arranca ahora la tercera. Cualquier cuestionamiento al género del reality show se diluye frente a la adrenalina que produce su certamen de chefs, tan perverso como cualquier otro pero aplicado a un arte en el que un condimento de más o de menos es la diferencia entre un plato exquisito y una bazofia intragable. Y además, el carácter de Ramsay –que sabe hacer un mimo cuando es necesario, pero adora repartir trompadas, o palazos de amasar– llega a estimular la morbosidad de preguntarse hasta dónde resistirán los aspirantes, quién será el primero en rubricar el sartenazo justiciero que haga callar al rubio. En la cocina del infierno, nunca mejor escogido un título, el chef somete a los aprendices a una rutina salvaje, exigente, extenuante. Es cierto, los que quieran abrirse paso en el altamente competitivo terreno de la cocina profesional deberán acostumbrarse a semejante presión, pero no deja de asombrar el modo en que Ramsay gritonea, vitupera y minimiza el trabajo de las chicas y muchachos que, allá al final del programa, ven brillar la esperanza –la zanahoria – del boliche propio. Entre todas esas lecciones, los participantes aprenderán que el formato del reality exige conductas a veces aberrantes, pero que esas conductas al cabo parecen un juego de niños comparadas con lo que se debe tener para sobrevivir en una cocina.

Y además: en Kitchen Nightmares y en Hell’s kitchen, Gordon Ramsay corre el velo de ese lugar que muchas veces es una incógnita, la duda que a veces nos asalta en el mismo acto de comer afuera. Algunas de las cocinas que se ven en Pesadillas... hacen que uno se lo piense dos veces antes de sentarse a una mesa. Como siempre, será mejor concentrarse en el sabor de lo que nos ponen delante y evitar la interferencia de preguntarse cómo es el lugar de donde salió. Para eso está Ramsay, una especie de justiciero culinario cuyo sadismo está alimentado por el pensamiento superior de que toda cocina debe ser lo más cercano a la perfección. Quien no lo vea así pagará las consecuencias de su furia.

Etiquetas: ,

3.3.09 

Tizona

El boliche quedaba en Pedernera 58 -es decir, Artigas del otro lado de Rivadavia- y se llamaba Tizona: un local que hoy recuerdo similar al Vía Cerino de Floresta, aunque seguramente más chico. Los grupos tocaban de espaldas a la calle, quizá para que el despelote que salía de los parlantes se disparara lo mejor posible hacia el interior. Por el "escenario" de Tizona pasaba de todo, pero había cierta predilección por el heavy metal... o quizá era que nosotros solíamos caer ahí cuando la oferta era ésa. Enquistado en el corazón de Flores, el bar operaba como una burbuja que nos aislaba del exterior: cuando todo arrancaba, en apenas dos minutos las escasas ventanas quedaban empañadas, y el que pasaba apenas podía adivinar, en base al rumor y al vaho, que algún aquelarre se desarrollaba adentro. El afuera desaparecía.

Me acuerdo de Tránsito Pesado, pero sobre todo de Punto Rojo: un trío demoledor, con un baterista -el Turco- que te pasaba por encima, y a quien mi amigo Mauro una noche le prestó su pedal de bombo: al final del show, le fue devuelto un fierro todo doblado que terminó operando como souvenir. Punto Rojo no solo contaba con un arsenal de temas pesadísimos y un guitarrista excepcional, lo más cercano a nuestros guitar heroes que podíamos apreciar en vivo y en directo, llamado Walter Giardino: su público parecía salido de la cantina de Star Wars, y en esos shows trabé contacto con personajes que al día de hoy, aunque nunca los volví a ver y con tanta agua corrida bajo el puente, me siguen pareciendo extrañísimos.

Etiquetas:

Responsable

  • Eduardo Fabregat
  • Buenos Aires, Argentina
Prontuario
Powered by Blogger
Creative Commons License
Este blog está bajo una licencia Creative Commons Argentina.