29.4.09 

Cuarteles de invierno

Es curioso. Casi en forma simultánea, dos bandas anunciaron sendos retiros. La semana pasada, Oasis informó que dejaba la actividad discográfica por al menos cinco años, aunque no hablan de separación. Ayer, Los Piojos emitieron un comunicado en el que dicen tomarse un tiempo, aunque no hablan de separación. En ambos casos uno tiene la sensación de que podrían haberlo hecho antes y nadie se hubiera extrañado. Y ahí, me parece, se terminan las coincidencias entre los dos.

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28.4.09 

Los miserables

No por predecible deja de ser irritante: ayer por la mañana, en la farmacia de acá a la vuelta los barbijos costaban $2,50. Hoy ya están a $5. Para el fin de semana va a arder el mercado negro.

Argentina potencia.

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25.4.09 

Escenas de la vida en Marte

(Publicada hoy en Página/12)

La noticia apareció esta semana entre los cables internacionales, aunque uno se queda con la sensación de haberla leído antes. Edgar Mitchell, ex astronauta estadounidense que fue miembro de la tripulación de la Apolo XIV en 1971, aseguró que “no estamos solos en el universo”, y que el gobierno de su país hace todo lo posible para ocultar que el supuesto aterrizaje extraterrestre en Roswell en 1947 no es un mito sino la pura verdad. Como es habitual, la NASA salió a desmentir la especie, pero el tema quedará como pasto para los debates de rigor. Es que la vida en otros planetas es uno de los temas favoritos de la especie humana, fuente de inspiración para un interminable abanico de expresiones artísticas. De la comunicación con tonos de Encuentros cercanos del tercer tipo de Steven Spielberg a las canciones de Los extraterrestres se comieron mi Buick de Thomas Dolby, pasando por un par de Everests de libros y películas de sci–fi, revistas con “documentos fotográficos definitivos”, programas radiales al estilo Orson Welles y ensayos seudocientíficos, la teoría lógicamente basada en la vastedad del universo nos ha convencido de que, como aseguraban Mulder y Scully, la verdad está ahí afuera. Inefables enanitos verdes y monstruosos Aliens dientudos que salen del pecho de un infortunado huésped. No estamos solos.

En ese abanico que va sin dificultad de lo ridículo a lo inquietante, hay obras que hacen algo más que regodearse con el mero juego de imaginar. En 1950, cuando contaba con apenas 30 años, Ray Bradbury escribió su obra cumbre. Crónicas marcianas no sólo convertía al planeta rojo en un destino posible y cercano. Servía, sobre todo, como amarga reflexión sobre el espíritu del hombre, que se acercaba a Marte no con la pasión del explorador sino con la soberbia del conquistador. Los primeros relatos cuentan las astutas maniobras de los marcianos para burlar la depredación humana, pero promediando el libro los terrestres al fin se instalan a sus anchas: es solo cuestión de tiempo que la vida marciana se extinga, del mismo modo en que se extingue la vida en una Tierra acosada por las guerras y un mal entendido sentido de progreso. “El picnic de un millón de años” cierra esas crónicas con una combinación de desesperanza y nuevo comienzo, una familia que huye de la Tierra devastada. En un Marte lleno de hermosas ciudades derruidas, el padre de esa familia de Robinsones trata de calmar la ansiedad de sus tres hijos, que quieren al fin ver, conocer a los marcianos; enciende una hoguera que alimenta con documentos oficiales y habla, para ellos pero también para sí, también para el lector.

“Estoy quemando toda una manera de vivir, de la misma forma que otra manera de vivir se quema ahora en la Tierra. Perdonadme si os hablo como un político, pero al fin y al cabo soy un ex gobernador; un gobernador honesto, por eso me odiaron. La vida en la Tierra nunca fue nada bueno. La ciencia se nos adelantó demasiado, con demasiada rapidez, y la gente se extravió en una maraña mecánica, dedicándose como niños a cosas bonitas: artefactos, helicópteros, cohetes; dando importancia a lo que no tenía importancia, preocupándose por las máquinas más que por el modo de dominar las máquinas. Las guerras crecieron y crecieron y por último acabaron con la Tierra. Por eso han callado las radios. Por eso hemos huido...”

Al final del relato, William Thomas le dará el gusto a sus hijos: “Los marcianos estaban allí, en el canal, reflejados en el agua: Timothy y Michael y Robert y papá y mamá. Los marcianos les devolvieron una larga, larga mirada silenciosa desde el agua ondulada...”

Ya basta de buscar ahí afuera, decía el gran Ray. Los marcianos somos nosotros.


* * * *

El 20 de marzo pasado, el periodista Luis Paz realizó en este diario una entrevista con los responsables de la muestra Game on! Allí se consignaba un dato revelador, suficiente para quedarse pensando un buen rato: el Pong, esquemático y monocromo tatarabuelo de los videojuegos, fue lanzado al mercado por Atari en 1972. Entre la aparición de la palabra escrita y los primeros experimentos de –cuándo no– los chinos en el arte de imprimirla pasaron varios siglos. Entre esos experimentos y la imprenta de tipos móviles fabricada por Gutenberg pasaron más de cuatrocientos años. La industria del videojuego solo necesitó 36 años para completar el recorrido entre las míseras barritas y la pelota cuadrada del Pong y los videogames de apariencia real, cuyas posibilidades aún no vislumbran frontera alguna. Todo se construye y se destruye tan rápidamente que no puedo dejar de sonreír, supo cantar un tipo de antena atenta, capaz de resumir el universo en una frase, en 1987. Hace una eternidad.

La semana pasada, en Amsterdam se realizó otra edición de Next Web, respetado encuentro periódico de expertos en tecnología y nuevos medios de comunicación. Uno de los temas centrales que se meneó en la serie de conferencias fue la muerte del blog: según reportó Andrew Keen en el diario The Independent, Hermione Way, fundadora del sitio Newspepper.com, señaló en el encuentro holandés que “El blogging tal como lo conocemos está muerto. Se terminó”. Parece una afirmación temeraria, pero tiene sus fundamentos. El sistema de “publicación simple” y el RSS (Really Simple Syndication) impulsado por Dave Winer en 1997 hoy aparece jaqueado/ hackeado por el boom de las redes sociales. Si hace un par de años se leían por todos lados informes del estilo de “cada segundo se abren en el mundo quichicientos blogs”, hoy todo eso quedó sepultado, historia vieja, por la marcha arrasadora de Facebook, MySpace o Twitter. Las nuevas, pulposas vedettes de Internet miran a WordPress y especialmente Blogger (que cuenta con muchas menos herramientas que WP) como a una bataclana estragada que baila en un escenario polvoriento. Con la condescendencia con la que una consola Wii o una PlayStation 4 podría mirar al Pong. El blog, la revolución del otro día, es ahora la piedra Rosetta.

“La verdadera revolución no estará en el código abierto, sino en las mentes abiertas”, escribió Winer en 1998 en el blog pionero Scripting News. La web del siglo XXI exige precisamente mentes abiertas, dedos ágiles y capacidad de adaptación. Exige algo que se parece a lo sobrehumano. Todo se construye y se destruye tan rápidamente.


* * * *


El día está terminando, la noche es tan silenciosa como los canales de Marte. Ya está. Ya leímos los debates, los intercambios más o menos corteses o las puteadas cibernéticas de los grupos de Facebook “Yo banco a Montoya” o “Muerte a Montoya”, centrados en el tipo que hace un año era un enfermo que inventaba impuestos y perseguía a los ciudadanos para sumar a la caja de los políticos corruptos, y ahora es un luchador de la libertad que se enfrenta a la tiranía reinante. Sin dejar de responder múltiples mensajes de texto, leímos un tweet del empleado de relaciones públicas de Britney Spears que, sin exceder los 140 caracteres, dice “Hoy fue un buen día, vi a mi personal trainer y me fui de shopping. Preciosas botas nuevas imitación de piel de leopardo”. En YouTube encontramos la filmación de celular de los ademanes de Raphael en el Luna y otra con los cavernosos alaridos de Lemmy Kilmister en Argentinos Juniors. Mientras chateábamos por el MSN o el Google Talk o FB, recorrimos rápidamente algunas de las piezas de música, fotos, textos, videos, reflexiones, audios, colgados por los 220 millones de usuarios de MySpace. Con un ojo puesto en el noticiero, una oreja en una radio online y la otra en el reclamo del hijo que quiere compartir un partidito en la consola, pusimos el ojo restante en el cartoon hecho a pedido en el que finalmente el Coyote se almuerza al Correcaminos, otro hit de la web. La mano izquierda apretó el botón de “ignorar” el llamado de un pesado por celular, mientras la mano derecha movía el mouse para acercar esa vista de Google Earth que revela una extraña mancha en el horizonte. Un plato volador, diría el astronauta Mitchell, aunque a nosotros nos parece un bloque de pixeles metido a propósito para generar tráfico. El teléfono sonó otra vez y lo atendimos, pero ahora no podríamos decir qué hablamos porque estábamos riéndonos con la parodia del control de la Playstation 4 lleno de botoncitos que encontramos en un sitio de geeks. Leímos varios blogs –que estarán muertos para Hermione Way pero no para nosotros, no todavía– y comentamos en algunos, nos peleamos completamente al pedo con un comentador anónimo y nos hicimos amigos de un nick simpático. Fundamos el grupo “Cárcel a los especuladores que subieron un 200% el precio del repelente de mosquitos”. Visitamos el maravilloso sitio de comedia Funny or Die, revisamos seis o siete cuentas de mail, nos sentimos algo ridículos haciendo el test de “Qué libro latinoamericano eres” o “Qué canción heavy metal eres”. La tele abrió un nuevo canal de simulaciones de sexo entre animales extintos: lo chequearemos después, si Edenor o Edesur no nos cortan la luz porque en el barrio nadie pone el aire acondicionado a 23 grados. Vivimos el día que termina enganchados a una, dos, veinte, mil máquinas.

Apretamos Inicio, apretamos Apagar. Y allí, reflejado en la pantalla oscura, los ojos enrojecidos y achinados de tanto baño catódico, un extraterrestre nos devuelve una larga, larga mirada silenciosa.

Ya basta de buscar ahí afuera.

Los marcianos somos nosotros.

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23.4.09 

Panquequismo

Es curioso: hace un año, Santiago Montoya era un loco de mierda que inventaba cosas delirantes para perseguir a la gente y hacerla pagar impuestos injustos, pensados para recaudarle plata a los políticos corruptos en el poder. Hoy es un ejemplo de resistencia civil, el opositor número uno a la tiranía gobernante y el mejor candidato posible.

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21.4.09 

Riff Raff



Hay canciones que son como un torrente de adrenalina inundando las venas: la manera de salir disparado, un patadón en el culo, cocaína sonora, la mejor opción para encarar una caminata de quince cuadras tras dejar a tu hijo en el jardín a las 8 de la matina porque no te queda una puta moneda para el bondi. Esta es una de ellas. ¿Tendremos el gusto de desquiciarnos en vivo con el tour de Black Ice?

18.4.09 

Volar en máquinas de coser

(Publicado hoy en Página/12)

La escena aparece en un zapping de trasnoche, e impone detener el recorrido: un tipo parado en el portal de un edificio, con algo cuadrado bajo el brazo, un libro dentro del abrigo y un objeto que abulta en su otro bolsillo. Podría ser cualquier tipo, cualquier película y argumento, cualquier género, si no fuera porque el hombre porta unos grandes anteojos, lo que está bajo su brazo es un ejemplar del disco Double Fantasy, el libro se llama The catcher in the rye y lo que abulta en su bolsillo está a punto de cambiar la historia. Una limusina para junto al portal, bajan dos personas, una se adelanta y entra, la otra viene rezagada. El hombre se despega de las sombras.

–Mister Lennon...

En el momento en que suenan los cuatro disparos, un escalofrío incontrolable recorre el cuerpo de quien mira. La escena no es nueva, no sorprende, es una de las tragedias más espantosas y más conocidas en la historia de la música contemporánea. Se vivió el horror a distancia, se ha leído sobre ella una y otra vez, no es ésta la primera biopic de Mark David Chapman que emite la tele. Quien viajó a Nueva York no pudo evitar la morbosa tentación de pasar por el portal del Dakota Building, allí donde el sueño se terminó de verdad. Y sin embargo, basta volver a ver la fiel recreación de ese momento para hacerse la misma incrédula pregunta del primer momento: ¿Cómo pudo ser? ¿Cómo uno de los artistas más famosos del siglo XX pudo ser abordado tan fácilmente por un esquizo que había decidido que era un farsante, que él era el guardián en el centeno imaginado por Salinger, que debía segar la vida de John Lennon?

Quizá Lennon era demasiado hippie para andar con guardaespaldas, quizá no pudo o no quiso imaginar que la maldad de los Blue Meanies llegara a tanto. Lo cierto es que desde entonces ya nadie pudo acercarse con esa tranquilidad a una estrella. ¿O sí? Esta semana, en uno de esos actos más bien vacuos, la industria del entretenimiento colocó la segunda estrella dedicada a un Beatle en el Paseo de la Fama de Los Angeles. Y la fotografía de Paul McCartney y Olivia y Dhani Harrison soltó otro recuerdo: el 30 de diciembre de 1999, otro Chapman llamado Michael Abram logró eludir las múltiples medidas de seguridad de la mansión de Friar Park y estuvo a punto de mandar al otro mundo a George Harrison de un navajazo. Esa vez, otra vez, la pregunta volvió a insistir: ¿Cómo pudo ser? ¿Y si George y Olivia no lograban reducir a Abram, y la historia hoy indicara que dos de los cuatro tipos que le regalaron tanta belleza a la humanidad terminaron asesinados? ¿Y si Lennon no hubiera vuelto a su casa esa noche? ¿Y si el portero del Dakota hubiera visto a tiempo a ese oscuro personaje ahí parado? ¿Y si...?
Otra pregunta interesante, ese “¿Y si...?”. Arenas movedizas.

* * * *
El libro se llama What mad universe y fue publicado en 1946, cuando John Winston Lennon recién aprendía a leer y escribir. El estadounidense Fredric Brown no era el primero que utilizaba la teoría de los universos paralelos para construir una ficción –H. P. Lovecraft le llevaba unos años de ventaja–, pero en su estilo ágil e irónico había algo que lo distinguía. En ese Universo de locos, el director de una afamada revista de fantasía y sci-fi se dispone a ver el lanzamiento de un cohete experimental, tumbado en una reposera de su jardín. Pero el cohete falla y cae directamente sobre él: en vez de matarlo, lo dispara a una dimensión paralela, el tipo de universo en el que le gustaría vivir a Joe Doppelberg, un fan de la revista en el que el editor justo estaba pensando en el momento del impacto. Keith Winton reaparece en un mundo en el que el viaje interplanetario es (literalmente) cosa de todos los días, por las calles pueden verse naturales de la Luna altos y cubiertos de vello rojo, la Tierra está en guerra sin cuartel con los arturianos y por ello implementó algo llamado Niebla Negra, que cubre las grandes ciudades por las noches y gracias a la cual hay que cuidarse de una mortífera banda de ciegos llamada Los Nocturnos. Por lo demás, todo es parecido a como era su universo: tanto, que allí hay otro Keith Winton que posee su vida, su trabajo, sus costumbres.

Brown (que se inspiraba haciendo largos viajes en autobús sin rumbo cierto) cuenta todo eso con la inocencia científica de la década del ’40, pero también con un encantador sentido del humor. En su novela, el secreto de los viajes por el espacio y el deslizamiento entre universos paralelos se devela a partir del accidente doméstico de un científico de Harvard: tratando de arreglar la máquina de coser de su esposa, George Yarley se queda de pronto pateando en el aire, y –aunque no grita Eureka!– pronto comienza a construir prototipos exitosos. Cada tanto caen máquinas perdidas desde los cielos, pero es un efecto colateral necesario hasta llegar al diseño que permita controlar a dónde y cómo van.

Los humanos viajan a planetas lejanos montados en máquinas de coser. Parece una estrofa perdida de “Lucy in the sky with diamonds”.

* * * *

Libros como Universo de locos, los planteos de Isaac Asimov, los mitos de Cthulhu de Lovecraft y hasta las astutas reformulaciones recientes de Michael Crichton (en Rescate en el tiempo 1999-1357) consiguen disparar las imaginaciones más enfebrecidas, darle un piedra libre al “¿Y si...?”, a la ucronía. Si la ficción siempre sirve de herramienta para suspender la realidad, irse al universo paralelo que propone el autor, tipos como Brown abren aún más el panorama, hacen que al cerrar el libro la cabeza siga volando, suponiendo, dándoles vueltas a las infinitas posibilidades. Qué pasaría si. Cómo sería la vida, cómo es la vida, en ese mundo paralelo en el que seguimos siendo quienes somos pero levemente diferentes, un matiz, una mejoría con respecto a esta realidad. Porque hay que convenir que a nadie le interesa imaginar un universo paralelo en el que las cosas no son mejores que en éste: en el mundo en el que se ve inmerso Winton, Doppelberg no es un adolescente granujiento fanático de la sci-fi sino Dopelle, héroe de la humanidad que descubre la manera para derrotar a los arturianos.

A montarse en la máquina de coser, entonces. Imaginar que Borges no fue ciego y escribió novelas, y tratar de encontrar la relación entre una y otra cosa. Regodearse con la lectura de las crónicas sobre la tarde en que Alfonsín recibió a Julio Cortázar y le agradeció tanta sutileza literaria. Pensar cómo sería La novela de Perón de Tomás Eloy Martínez si el General hubiera muerto en el ’72 en España. Jugar con las fichas de un Spinetta gordo, un Charly sin bigote, un Fito rubio, un Calamaro calvo y un Luca de melena al viento. Visualizar un logo que dice Página/15. Bufar con los amigos en el café porque en Sudáfrica 2010 buscaremos el pentacampeonato otra vez con el pesado de Tinelli como relator de Canal 9, líder de audiencia y ejemplo de producción nacional. Suponer que la noche del 30 de diciembre de 2004 un inspector del Gobierno de la Ciudad clausuró República Cromañón por irregularidades varias (y al día siguiente proliferaron las quejas por abuso de poder, por el tipo que cercenó la libertad de expresión de un grupo de rock, ejem, contestatario) y que hoy Callejeros es solo una banda más. Seguir poniendo vinilos en la bandeja Lenco porque ese invento del compact disc no funcionó, o acordarse de que hay que cargarle la batería al iPodHead 3.0, que baja los singles directamente al marote, donde suenan cada vez que uno piensa el nombre de la canción y la palabra “play”. Vivir plácidamente de los derechos de autor de “Persiana americana” y “De música ligera”, mientras Gustavo Cerati se gana la vida con su laburo en una agencia de publicidad. Ir al Luna Park a ver a los B-52’s y salir sorprendido de la cinturita de avispa de Cindy Wilson. Recordar que la semana que viene Joey Ramone comanda una nueva invasión ramonera en Obras, donde la única gaseosa es la que ofrecen los vendedores. Darle pata al pedal y salir volando con los amigos a la Luna para un picadito lisérgico. Coser y descoser la historia.

* * * *

Es la noche del 8 de diciembre. En Manhattan hace frío, pero no hay nieve. Una limusina se detiene frente al edificio, y dos personas bajan de ella. El hombre se despega de las sombras y dice: “Mister Lennon...”. De pronto el portero del Dakota aparece corriendo, se lanza en picada, tumba a Mark David Chapman en el suelo, los tiros se pierden en el cielo negro. John Lennon sube corriendo las escaleras rumbo a una vejez apacible, un status menos icónico, una vida sin martirio, una reunión de The Beatles. La Singer salva al cantante. Dios es una máquina de coser: un universo de locos.

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16.4.09 

Rock lobsters

Sí, se los ve más viejos. Sí, Cindy ya no es la flaca escopeta de antaño, ni uno tiene la misma energía para encarar la fiesta. Nada de eso importa: lo de The B-52's anoche en el Luna Park fue disfrutable de principio a fin, y Cindy Wilson y Kate Pierson tienen sus maravillosas voces intactas, y Fred Schneider es el maestro de ceremonias irreverente que uno espera, y Keith Strickland parece detenido en el tiempo, y toca solo lo necesario y está bien. Para imaginar el resto, basta echar un vistazo a la lista, que hasta consigue hacer perdonar la ausencia de "Deadbeat club".

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15.4.09 

"Hoy corren buenos tiempos para el arte"

(Publicado hoy en Página/12)

Aparecieron hace treinta años, y desde entonces encarnan el perfecto sinónimo de fiesta: bastó que la energética lisergia de “Rock lobster” ganara las radios college para que The B-52’s iniciara una cadena de canciones capaces de levantar hasta la reunión más deprimente. El camino del grupo de Athens tuvo sus alzas y bajas (ver La ficha) y, aunque se mantenía en activo tocando en escenarios de todo el mundo, parecía resignado simplemente a revisitar su historia discográfica, cerrada con Good Stuff en 1992 y las dos canciones nuevas incluidas en la recopilación Time Capsule – Songs for A New Generation. Y entonces, cuando nadie lo esperaba, llegó Funplex: un disco que, desde la vibrante combinación de filo electrónico y aspereza rockera de “Pump”, demuestra que Fred Schneider, Keith Strickland y esa insuperable pareja de cantantes que hacen Kate Pierson y Cindy Wilson todavía tienen lo necesario para estimular los sentidos, convertir a la música en vehículo dionisíaco. Desatar la milonga. Lejos de caer al pozo de la banda que hace covers de sí misma, con Funplex The B-52’s vuelve al nivel de su disco más logrado, Cosmic Thing. Lo cual no es poco decir.

Las buenas noticias no terminan allí. El grupo ya estuvo en Buenos Aires en 1992, pero aquella visita tuvo un sabor incompleto: aunque Julee Cruise tenía todo lo necesario para asumir sus partes vocales, se lamentaba la ausencia de Cindy, como también que el escenario de la cita fuera la cancha de Vélez y no un lugar donde todo se potenciara aún más. Al fin, esta noche toda deuda será saldada, cuando The B-52’s tome el escenario del Luna Park (con Super Ratones como banda invitada) para la clase de fiesta que sólo puede desatar una banda irrepetible. De ello, entre otras cosas, habla Keith Strickland, guitarrista y director musical del cuarteto, cuando analiza estos nuevos tiempos del grupo: “No quisimos trabajar muy duro en recrear lo que fuimos, sino dejar que todo saliera de manera natural. Y cuando encaramos las cosas así, todo sale mejor”.

–La aparición de Funplex fue una sorpresa. Una sorpresa agradable: ¿cuál es la historia detrás de este regreso discográfico?
–Bueno, es muy sencillo, hemos estado tocando frecuentemente en los últimos diez años, y sentimos que ya necesitábamos nuevo material para el show. Entonces empezamos a escribir canciones, y el paso más natural fue ir al estudio y grabarlas.

–Es curioso, porque el disco suena como un nuevo comienzo, tiene una notable combinación de frescura y experiencia. ¿Cómo fue el proceso de componer y grabar estas canciones?
–Empecé escribiendo la música y... cuando pensé en nuevo material quería algo que sonara más rock and roll, más al límite. Más limpio, sin sobreproducción. Algo que funciona bien en la performance en vivo: esa fue la inspiración a la hora de escribir canciones. Grabé la mayoría de las músicas en mi casa, donde tengo un pequeño estudio. Tenía todo eso en un disco rígido, y con él pude volar a Atlanta y encontrarme con Kate, Fred y Cindy, y empezar a cantar sobre esas canciones y trabajar las melodías. Ese fue todo el proceso, y terminamos grabando en otros dos estudios con Steve Osborne como productor.

–Parece la manera más natural de trabajar: la banda tocando en un cuartito.
–Claro... y la manera en que Fred, Kate y Cindy escriben las letras también es bastante natural, porque hacen algunas proposiciones y van improvisando sobre la marcha, tirando lo que les aparece en la cabeza. Y cuando escuchamos lo que está grabado vamos tomando partes y poniéndolas juntas. Muy a menudo descubrimos que no es necesario mucho trabajo extra, utilizamos cosas que son muy espontáneas, tienen esa frescura. Siempre tratamos de conservar las cosas salidas de zapadas, de la improvisación, y meterlas dentro del arreglo final. De ahí, creo, viene esta frescura en el sonido.

–Y es muy agradable volver a escuchar las voces de Kate y Cindy juntas, con esas increíbles armonías vocales...
–Es cierto. Es muy interesante, porque por separado sus voces son muy diferentes, pero cuando cantan juntas se mezclan muy bien, y es probable que eso suceda precisamente por lo diferentes que son. Se complementan una a la otra muy bien. Siempre las describo como “miel y limón”, una es más áspera y la otra más suave, y cuando ponés esos dos sonidos juntos se complementan bien.

–En Buenos Aires hay una expectativa especial, porque la vez pasada Cindy no estaba en el grupo.
–Sí, es muy excitante. Una de las canciones que mantenemos de los viejos tiempos es “Give Me Back My Man”, que canta Cindy sola, y tiene una cosa tan apasionada... para mí es siempre un momento muy especial cuando tocamos esa canción. Va a estar bueno tocar esas cosas allá. Especialmente porque no han visto a Cindy antes en concierto.

–Y el Luna Park es un mejor lugar que un estadio de fútbol. Esa clase de lugar cerrado es mejor para la música de The B-52’s.
–Sí, totalmente de acuerdo. Me gustan esos lugares, los grandes estadios, pero la verdad es que prefiero los lugares cerrados. Nosotros, obviamente, empezamos en lugares pequeños, con lo que nos resulta confortable. Se produce una atmósfera distinta, hay más atención en un lugar pequeño.

–¿Recuerda el lugar más extraño en el que haya hecho un show?
(Piensa.) Tengo que pensar un poco en eso... No sé, no puedo pensar en un lugar... hubo uno que fue particularmente raro (se ríe)... cuando empezamos, antes incluso de tener un disco, sólo teníamos el single de “Rock lobster”, teníamos una van y todo el equipo ahí adentro; viajábamos por Estados Unidos en esa camioneta y tocábamos en clubs realmente pequeños. Y hubo uno que era como esos diners, esos cafés, y el escenario era más o menos del tamaño de una mesa. Con lo que sí, ese fue un lugar bastante extraño para tocar, todos apretujados en un espacio mínimo. Pero bueno, así eran los comienzos, tocamos en un montón de sitios curiosos y pequeños.

–¿Y cómo se sienten hoy sobre el escenario, después de tantos años? ¿Qué clase de cosas ven sobre todo en el público más joven?
–Hay un montón de pibes que vienen, gente que quizá ni había nacido cuando empezamos. El verano pasado estuvimos en Europa, donde hacía muchos años que no tocábamos, creo que desde la misma época en que fuimos a Buenos Aires. Vimos pibes jóvenes, de 18, 19 años, y estaban realmente metidos en la música, y lo que más sorprendió es el conocimiento que tenían de las viejas canciones. Al mismo tiempo, me gustan muchas bandas nuevas, jóvenes, en las que veo algo del estilo y el espíritu que teníamos nosotros y otras bandas que empezaban al mismo tiempo que nosotros, a fines de los ’70 y comienzos de los ’80 en la escena de Nueva York. Eso que llamaban la new wave. Algunas bandas tienen ese sonido pero actualizado, y es refrescante, y me gusta que todo eso haya regresado.

–Estas bandas cuentan con una ventaja: estos tiempos ofrecen un montón de posibilidades para conectar directamente con el público, Internet, MySpace... parece más fácil, no se depende exclusivamente del contrato con el gran sello discográfico.
–Cierto. Eso es realmente estimulante. La industria discográfica ha cambiado: los sellos siguen siendo importantes, pero no tanto como en otros tiempos. Sitios como YouTube, particularmente, son muy excitantes, porque te ofrecen la posibilidad de hacer tu propio video y subirlo. Hoy podés hacer más fácilmente tu propia grabación, tu demo, y subirla a Internet y hacer que la gente se entere. Corren tiempos buenos para el arte: la gente de todo el mundo puede tener acceso a lo que hace alguien en otro lugar del planeta. Podés estar en Mississippi y escuchar lo que hace un tipo en Argentina, y eso me parece muy valioso, favorecer el intercambio de ideas artísticas, de diferentes culturas, diferentes maneras de ver el mundo. Es una gran cosa.

–Es más democrático: desde cualquier lugar del mundo se puede tener libre acceso a una cultura.
–¡Excepto en China! (se ríe) China no es muy amiga de Internet, lo cual es una cagada, porque estoy seguro de que en China hay cosas buenas por ver y escuchar, y ver lo que están haciendo los pibes de allá sería buenísimo.

–Quizá sea una cuestión de tiempo... y hablando del tiempo, es de suponer que se hace difícil armar el setlist para un show de B-52’s: a través de todos estos años construyeron una obra llena de buenas canciones.
–Bueno, obviamente hay algunas canciones que sabemos que tenemos que hacer, como “Love Shack”, “Roam”, “Rock Lobster”, “Private Idaho”, “Planet Claire”, “Give Me Back My Man”. Esas siempre están. Y estamos haciendo 6 o 7 canciones de Funplex, y otras canciones que no hemos tocado en algún tiempo. Entonces, tratamos de encontrar un balance entre lo nuevo y lo viejo. Y creo que las nuevas canciones encajan bien con las viejas, no se siente como... a veces, cuando una banda graba un nuevo disco y sale a tocar, se hace difícil tocar esas canciones porque todos quieren escuchar las viejas. Pero los fans se han mostrado muy abiertos con respecto a este disco, y para nosotros es muy satisfactorio hacer tantas canciones nuevas en vivo y que la gente las reciba tan bien. Es bárbaro poder trasladarles esta experiencia a los fans.

–B-52’s parece sacar este disco en el momento justo. Uno lee por todos lados los titulares catástrofe que hablan de crisis financiera, caída del crédito, caos económico, depresión... y el grupo propone la banda de sonido ideal para contrarrestar tanta angustia. Un antídoto.
(Se ríe.) Bueno, gracias..., lo que pasa es que esa fue siempre nuestra manera de acercarnos a la música. Ciertamente creo que hay lugar para toda clase de expresiones, hay gente que escribe canciones sumamente personales, muy diferentes a lo que hacemos nosotros, y está muy bien. Creo que nuestro estilo deriva de una forma de trabajar que es muy colectiva, trabajamos mucho juntos y nuestras canciones tienen un sentimiento de celebración. Fred, Kate y Cindy van escribiendo cosas, letras, melodías, y se intercambian el material, y por eso se construye un estilo diferente. Además, para nosotros es muy natural trabajar de ese modo y conseguir ese resultado: empezamos tocando en fiestas... y es lo que intentamos hacer con este álbum, que saliera de un modo natural, no tratar de forzarnos a encajar en un esquema de ser “contemporáneos” o algo así. No quisimos trabajar muy duro en recrear lo que fuimos, sino dejar que todo saliera de manera natural. Y cuando encaramos las cosas así, cuando no prestamos atención a cómo se supone que deben ser, todo sale mejor. Ser nosotros y expresar lo que queremos, es tan simple como eso. Y es lo que podemos hacer.

–Quizá Steve Osborne tuvo que ver en eso, pero lo cierto es que aún sin forzarse el disco suena muy moderno: son los B-52’s, sí, pero no son exactamente los B-52’s de los ’80.
–Bueno, estuve escuchando un montón de música bailable, de clubs, y me gusta mucho. Y también me gusta el rock and roll, con lo que quise combinar ambos mundos dentro de nuestro propio estilo. Al mismo tiempo, no fue una intención de “sonar como”, sino que está en sintonía con lo que escucho, y no se trata de algo que nunca haya hecho antes, es natural. Steve Osborne ha trabajado con New Order, y London Suede, bandas que me gustan mucho, y él le agregó mucho al disco, a la dirección que queríamos tomar, esa combinación de rock and roll y electrónica.

–¿Cuáles son los planes de aquí en más? ¿O B-52’s se maneja mejor sin plan?
–Realmente no lo sé... estuvimos girando un montón, y vamos a seguir tocando hasta noviembre en Australia. Seguimos escribiendo, a mí me gusta componer todo el tiempo, cuando tengo un rato libre, y voy recolectando ideas que necesitan ser terminadas, cuando tenga más tiempo o cuando tomemos la decisión de hacer otro disco. Probablemente empecemos a concentrarnos en algún nuevo material después de la gira. Y un poco de descanso...


La Ficha

Formado en 1976 en la misma ciudad que REM (Athens, Georgia), The B-52’s supo ganarse al público universitario desde la base y de allí dominar el mundo. Sin ninguna experiencia musical, el cantante Fred Schneider, el guitarrista Ricky Wilson, el baterista Keith Strickland y las cantantes Kate Pierson y Cindy Wilson se lanzaron a la aventura con actuaciones en los míticos Max's Kansas City y CBGB y el poderoso single “Rock lobster” como emblema. Tomando su nombre del término con el que se denominaba a los peinados en alto de sus cantantes, el grupo inició así un camino lleno de éxitos, pero no exento de bajones. The B-52’s (1979), Wild planet (1980) y Party Mix! (1981) cimentaron su fama, mientras que Mesopotamia (1982, producido por David Byrne) fue un paso demasiado oscuro para la esencia de la banda. Tras Whammy! (1983), la muerte de Ricky en 1985 a causa del sida fue un golpe que influyó en Bouncing off the satellites (1986) y la decisión de abandonar la actividad por un tiempo. El regreso, con Strickland cambiando parches por la guitarra y la dirección musical, fue con gloria: Cosmic thing (1989) es, sin dudas, su disco más exitoso, con canciones ya clásicas como “Love shack”, “Roam” y “Deadbeat club”. Sin embargo, un año después Cindy dejó la banda: Good stuff (1992) fue grabado por el trío restante con sesionistas, mientras que la labor en vivo fue cubierta por Julee Cruise. En 1994, bajo el nombre BC-52’s, grabaron “Meet the Flintstones”, particular revisita a la canción original de Los Picapiedras para el film homónimo. Tras dieciséis años de silencio discográfico, Funplex no sólo trajo de vuelta al cuarteto clásico, sino que también los muestra en plena forma.

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11.4.09 

El reloj, ese enemigo de la cultura

(Publicado hoy en Página/12)

El reloj es enemigo de la cultura. Es cierto, se ha señalado un amplio arco de obstáculos que van de la imposibilidad económica o social al garrote embrutecedor milico (“el palito de abollar ideologías”, Mafalda dixit), pero al cabo la principal barrera entre el ser humano y su voluntad de alcanzar cultura está medida en minutos. No por nada la cuestión es recurrente en obras literarias, cinematográficas, musicales, teatrales: El tiempo está de mi lado, cantan los Rolling Stones, mientras Pink Floyd retruca que el sol es el mismo pero vos sos más viejo, corto de aliento y más cercano a la muerte. We’re running out of time, es el latiguillo de ese Jack Bauer cada temporada más desteñido, más aburrido, lleno de clichés, poseído por sus pequeños gestos. Incapaz de ganar cultura con tan poco tiempo entre balazo y balazo, entre la apretada sádica a un prisionero y la desactivación de una bomba atómica. ¿Quién puede sentarse a leer un libro en semejantes circunstancias? ¿Hay función de teatro a las 4 de la matina, cuando Jack termine de liquidar terroristas malos y se pueda poner una venda en la herida y una corbata decente?

Leer, ver ese programa o esa peli que nos recomendaron; sentarse a escuchar con toda atención el encantador From the corner to the block de Galactic, el hipnótico Radio retaliation de Thievery Corporation o el nuevo delirio de la Easy Stars All Stars, el tributo a Sgt. Pepper de la Lonely Hearts Dub Band; llevar al pibe al cine a ver Monstruos vs. Aliens en este 3-D de siglo XXI que hace que aunque una película esté muy lejos de una Toy Story o un Wallace & Gromit, la experiencia sea inolvidable. Aquellos anteojitos de cartón ahora dan risa, son de otro... tiempo. Pero nos falta tiempo para todo. Aprovechamos veinte minutos de subte para hundir la cara en el libro mientras el iPod nos pone al tanto del disco de tal, miramos la tele en el andén para que no se nos escape algún quilombo que esté pasando, vemos los carteles de cursos extracurriculares de la UBA y nos lamentamos por enésima vez de que estaría bueno avanzar con el inglés, o animarse al italiano, o sorprender a la familia largando una perorata en ídish en el próximo Pesaj. Da lo mismo: es el acto de cultura que también nos gustaría llevar a cabo si no fuera porque tenemos tan poco tiempo, tan poco tiempo.

El tiempo se divide en minutos. La vida debería dividirse en compases.

El tiempo, los años que pasan, es también uno de los protagonistas de El poder del perro, de Don Winslow: uno de esos libros que provocan que uno le robe minutos a todo para poder seguir pasando páginas. “Abandonen toda esperanza (de soltar este libro) quienes entren aquí”, escribe Rodrigo Fresán en un prólogo que se deshace en halagos a los que no queda otra que darles la razón, toda la razón. Es un ladrillo de más de 700 páginas que asusta a cualquiera preocupado por el tiempo para leer, pero una vez que se empezó sólo queda el placer de que son un montón de páginas para disfrutar. Ya se verá cómo.

No es sólo que Winslow escribe como los dioses, con un estilo seco y rotundo que quita el aliento. De 1975 a 2004, el escritor estadounidense desgrana la historia de Art Keller, agente de la DEA a quien en primera instancia podría encajársele el término “incorruptible” pero en realidad es inadecuado, porque es un hombre que debe moverse en ámbitos donde abundan los grises. Y el rojo sangre. Keller es un tipo de principios tan sólidos como los de un Philip Marlowe, pero con un laburo enormemente más peligroso, más taimado. Mitad mexicano mitad gringo, Art, Arthur, Arturo camina entre el fuego del narcotráfico continental, el trampolín mexicano que introduce en el próspero mercado estadounidense la cocaína, la maría y el crack originados en Colombia. En esa senda en llamas, Keller se cruza con los Barrera mexicanos y los Cimino y Calabrese neoyorquinos, asesinos de la mafia y asesinos de la CIA (y a veces ambas cosas a la vez), el cambio de drogas por armas en el asunto de los Contras con Reagan, la pulseada de la Iglesia mexicana y el Vaticano con el gobierno durante el terremoto de 1985. Crack, guita a raudales, torturas bestiales y plomo por toneladas: como señala James Ellroy en la tapa, El poder del perro es “una hermosa visión en miniatura del infierno”. Un libro que exige ganarle tiempo al tiempo.

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La tiranía de los minutos, la depresión frente a la enorme biblioteca que nunca llegaremos a leer, limita además la capacidad de volver atrás, releer los cuentos de Cortázar, volver a escuchar el segundo de Talking Heads, mirar un episodio de la primera temporada de Dr. House (que en su quinto año demuestra que mejora más y más con el... tiempo) quedan necesariamente relegados por lo que aún no leímos, vimos, escuchamos. Recordamos el placer que nos dio conocer a Ignatius J. Reilly, pero en este momento Art Keller nos tiene agarrados del cogote.

En ese contexto, ¿cómo recibir la noticia de que el 9 de septiembre saldrá a la venta la discografía completa de The Beatles, ahora sí recontrarremasterizada y con el arte original pero también ampliado como para babearse? Los Beatles son el alimento base, consumido con placer a lo largo de las décadas, eso a lo que siempre se vuelve. La movida de EMI es tan noble como oportunista: es cierto, hay mucho por corregir en las grabaciones de The Beatles, aunque ellos se las arreglaron muy bien para obrar milagros con aparatos vetustos. Pero es inevitable advertir el contexto de crisis financiera general, y las pequeñas crisis que la industria musical ya tenía que afrontar antes de que el Muro de Wall Street se viniera abajo. Seguramente la restauración sonora tuvo su precio en libras, pero volver a poner en el mercado el catálogo más sólido de la historia (los discos de los Beatles nunca tienen precio de oferta) a un costo menor del que llevaría producirlo, volver a apelar al fiel corazón del amante Beatle, es una jugada ciertamente rentable. Y dinero no es lo que anda sobrando en estas épocas.

Entonces, tic tac tic tac, el tiempo vuelve atrás y nos sitúa en el exacto lugar en que estábamos la primera vez que escuchamos Revolver. Tic tac, la aguja parece detenida una vez más (porque eso es lo que pasa cuando leemos un gran libro, vemos una gran película, nos topamos con el disco inolvidable: todo se detiene, la juventud eterna es posible) pero es un engaño porque la aguja sigue corriendo, sign’o’the times mess with your mind, hurry before it’s 2 late, y un fan de The Beatles no puede desperdiciar esta oportunidad de quebrarse el marote con las canciones de siempre pero en límpido sonido, pero también esto y aquello está esperando la atención. Demasiado.

El tema también se menea en los blogs y foros de internet donde se cruzan los melómanos: allí, la vieja guardia no termina de entender esa noria interminable en la que caen los usuarios más jóvenes, que bajan y bajan álbumes en forma compulsiva, le prestan media escuchada y pasan al siguiente. La desesperación por el tiempo que no alcanza parece más palpable en esa costumbre, esa cosa más de coleccionista de files que de apasionado: hay que hacer download de todo eso porque está ahí, al alcance de la banda ancha, aun con la plena conciencia de que la cantidad de tiempo bajado ocuparía sin pausas los próximos, digamos, seis o siete meses. La industria musical debería poner una atención más fina en ese fenómeno: la gente se baja un montón de material ilegalmente, es verdad, pero no ha dejado de comprar discos. Y probablemente seleccione sus compras culturales, que no son precisamente moneditas, apelando a ese método. Las ruedas –los engranajes– siguen girando, en los últimos cinco o seis años las cifras de ventas de música vivieron en ascenso.

En El poder del perro, Art Keller también reflexiona sobre el tiempo. Está a punto de ponerle las manos encima al Tío Barrera, capo del trampolín mexicano, en una operación que exigió un complejo y delicado entramado político entre México y Estados Unidos, y entre las mismas fuerzas de seguridad de cada país, y en la que “todo depende del factor tiempo”. “Es un golpe de Estado del Estado, piensa Art, planeado al segundo, y si este momento pasa, será imposible mantener el secreto un día más. La policía de Jalisco salvará a Barrera, el gobernador aducirá ignorancia y todo se acabará.”

Por suerte, nada se acaba allí: aún falta una mitad del libro. Aún queda tiempo para detener el tiempo. Aún podemos creer que toda la vida por delante nos permitirá seguir alimentando el intelecto, el alma.

Tic tac.

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9.4.09 

Una canción para los chicos

(Publicado ayer en Página/12)

“El 66 por ciento de todos los muertos en la guerra son niños”: con esa frase, la organización War Child se asegura una atención inmediata. Y el librillo de Heroes - The ultimate covers album se encarga de ampliar la información, entrar en detalles que consigan atraer a más gente. “Enojate. Involucrate”, cierra el manifiesto que relata el modo en que las guerras de este planeta terminan afectando sobre todo a aquellos que no las iniciaron. War Child es una organización con base en Gran Bretaña que opera en esas zonas dejadas de Dios, reintegrando a niños soldados a sus familias, reconstruyendo escuelas destruidas y presionando a los políticos para que pongan más atención en el tema. Según informa el disco, la ONG es la única de su tipo que aún opera en el sur de Irak, vigila las prisiones de Afganistán y trata de paliar la situación en la República Democrática del Congo, donde hasta ahora se contabilizan 2,7 millones de niños muertos.

La temática del asunto hace parecer a la música un asunto por demás frívolo. Pero, como tantas otras veces en el pasado, aquí las canciones sirven de herramienta, buscando el doble efecto de que las regalías por los discos vendidos ayuden a la causa, y el ruido artístico ponga el tema bajo la mirada de los medios. Así, el productor Ben Knowles tiró una idea de esas que garantizan el ruido: convocar a leyendas de la música para que seleccionaran una canción propia y el artista a versionarla. Los primeros en dar un sí entusiasta fueron nada menos que Paul McCartney y David Bowie. El resto vino solo, y al cabo War Child Heroes se convirtió en un disco no solo bienintencionado, sino además de notable potencia artística.

Es que los artistas de cabecera hicieron elecciones si se quiere raras: el Beatle eligió a la cantante galesa Duffy, quien le dio un clima totalmente diferente al original en “Live and let die”. Y el Duque puso la mira en los TV on the Radio, que proponen un clima de tecno melancólico en, justamente, “Heroes”. Pero el corazón del disco, sin dudas, es un cover que presenta a uno de sus autores: en “Straight to hell”, Mick Jones se une a Lily Allen para recordar un título de Clash que habla, precisamente, del infierno que significó Vietnam para los más chicos. Así se va cimentando un recorrido a priori efectivo –el mundo nunca se cansa de escuchar ciertas canciones–, que ofrece no pocas sorpresas.

Valen como ejemplos esa apertura de Beck a todo gas con “Leopard-skin pill-box hat”, clásico de Dylan con la aspereza justa; la irreverente lectura (no podía ser de otra manera) de Scissor Sisters para el “Do the strand” de Roxy Music; la fiel y oscura versión de “Running to stand still” de U2, a cargo de Elbow; el rescate de “Superstition” realizado por Estelle en el mismo estudio –¡con el mismo piano!– donde la grabó Stevie Wonder; la caliente “Atlantic City” (Bruce Springsteen) por The Hold Steady, la incendiaria “Sheena is a punk rocker” de Ramones (¿Quién habrá elegido el tema?) por Yeah Yeah Yeahs, el cierre a todo trapo con Franz Ferdinand en vivo y “Call me” de Blondie: semejante seleccionado consigue que un tema tan atroz encuentre algún tipo de consuelo en el arte.

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7.4.09 

Diatriba de la moneda perdida


Estoy harto de que falten monedas. Estoy cansado de juntar chirolitas por la casa para poder tomar el colectivo. Estoy harto, repodrido de estar lidiando con dos chicos y sus correspondientes mochilas, un bolso y la vianda y que el tachero pretenda que busque en los bolsillos a ver si tengo 28 centavos porque si no me redondea en 50 o peor. Tengo las bolas infladas de comprar cosas inútiles porque el kiosquero no tiene monedas. Estoy inflado, irritado, enfebrecido de jugar con la idea de meter los caramelitos que me encajan por todos lados en la boletera del bondi que me lleva a la oficina donde voy a pagar el alumbrado barrido y limpieza con dos bolsas de Sugus. Tengo los huevos llenos de leer que en tal o cual lado te venden el paquete de diez pesos en metal a doce pesos en papel. Me compraría una Uzi para cagar a tiros a los cajeros de banco que ponen cara de palo y dicen solo puedo darte tres pesos. Tengo la paciencia tan dinamitada como imagino en mis mejores sueños a la sede central de la Casa de la Moneda o donde mierda hagan las monedas que no están haciendo mientras una banda de hijos de puta las amarroca para hacer argentinadas. Estoy harto, super ultra mega híper harto, tanto que las pelotas me pesan como si en cada una llevara todas las putas monedas que faltan en la reputísima República Argentina.
He dicho.

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6.4.09 

Bola de ruido

Junto al amigo Lucas Ribaudo, nos pasamos el show de KISS esperando que en alguna de sus excursiones hasta la punta de la pasarela, al quedar frente a lo que salía del PA, Paul Stanley se diera cuenta, volviera al centro del escenario y dijera: "¡Despidan al sonidista, está sonando como el orto!". Pero no, no sucedió.

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4.4.09 

Las caras pintadas y las operaciones de maquillaje

(Publicado hoy en Página/12)


I wanna rock and roll all nite/
and party every day.
(Simmons/Stanley, 1975)

A comienzos de los ’80, Argentina era un lugar raro para el consumidor de música. En la misma disquería podían convivir impecables ediciones importadas, efecto del plan económico de Martínez de Hoz, y al mismo precio (o más) discos nacionales hechos de vinilo que flameaba, títulos de canciones traducidos al borde del ridículo y escasa información. Ese contexto, la dificultad para recabar data precisa más allá de las gloriosas Expreso Imaginario y Pelo (que hacían lo que podían, y era mucho, desde este culo del mundo), hacía brotar como familia de hongos esos maravillosos rumores que decían que Freddie Mercury se había cortado un testículo para subir su voz una octava, que Ozzy Osbourne mordía murciélagos o que KISS... Ah, KISS: qué sería del imaginario rockero sin ellos. En las charlas de colegio se meneaban cuestiones capitales como el apisonamiento de pollitos en escena, la lengua de vaca de Gene Simmons, la supuesta sigla Kings In Satanic Service o la leyenda urbana lanzada por los bienpensantes para alejar a la juventud argentina de esa lacra maquillada: que la edición estadounidense de Double Platinum “traía droga”, para esclavizar a los fans.

Hoy, una eternidad después, Paul Stanley y Gene Simmons (los otros dos son apenas unos empleados de pintura prestada) son como amigos de la casa: vinieron a cara lavada, vinieron con las jetas embadurnadas, vinieron en 3-D –ese inolvidable show con miles de personas en River viendo rock con anteojitos de cartón—, y mañana cerrarán en River el Quilmes Rock para un público que hace tiempo se acostumbró a reírse del legendario pollicidio, y los sigue llevando en el corazón. Todo esto sonaba a imposible en 1981, cuando en el kiosco se podían comprar las figuritas de KISS o las de Queen (país futbolero, uno “era de” KISS o de Queen: pocos se atrevían a “ser de” ambos), y verlos en movimiento en el inimputable telefilm –aquí estrenado en cines– KISS contra los fantasmas producía una gozosa mezcla de asombro y satisfacción.

Esa clase de artistas que asustaban a la abuelita eran el código secreto de una generación descolocada, demasiado joven para haber participado de la caliente primera porción de los ’70 pero que aún así sospechaba que la cultura oficial nada tenía que ver con sus instintos. Hablar de KISS era escaparle a ABBA, a Raffaella Carra, a Richard Clayderman, a los programas juveniles de TV, a lo que surgía de los parlantes de una radio que apestaba. Mientras en el intercambio de figuritas se desdeñaba la ultrarrepetida de John Deacon, alguien podía comentar que el hermano mayor lo había llevado al show de Seru Giran y que las canciones de Peperina sonaban mejor que las de Bicicleta. Y eso que en ese disco Charly García cantaba sobre “Un río de cabezas aplastadas bajo el mismo pie”, contaba que “los inocentes son los culpables, dice su señoría/ el rey de espadas” y, en “Mientras miro las nuevas olas”, se burlaba de la “nueva ola” del Club del Clan. De esa clase de cosas que defendía la cultura oficial de un país milico.

En el Club del Clan había surgido alguien que se autodenominaba “El Rey”. Un chango tucumano que cantaba, a bordo de un buque, “Me gusta el mar, tengo alma de navegante/ mi bandera va adelante y mi corazón detrás/ Me gusta el mar, soy guardián de mi frontera, donde empieza mi bandera se terminan las demás”. Para la generación descolocada, aterrada por el sorteo de la colimba, esos versos alcanzaban para odiarlo. Y si eso no bastaba, estaba su papel de “Principal Alberto Nadal” en Brigada en acción (donde decía “la policía argentina es una de las mejores preparadas del mundo”) o la letra que hablaba de tirar alguien al río en la parte más profunda, o la intolerable memez de ¡Qué linda es mi familia! (última película de ese símbolo de la sanidad argentina que era Luis Sandrini), Locos por la música o La sonrisa de mamá. “Si ellos son la patria, yo soy extranjero”, había cantado Charly en Sui Generis, y uno se apropiaba de la frase.

Casi tres décadas después, frente a la Basílica de Luján, Charly García se baja de una combi apoyándose en el hombro de Palito Ortega. Y el integrante de la generación descolocada siente que alguien le anduvo revolviendo todos los papeles.

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La reaparición de Charly sobre un escenario fue el campanazo de largada para una semana empalagosa. Mientras los espacios virtuales ardían con debates sobre el estado de García, el discurso generalizado buscó expresar la alegría y el entusiasmo porque “Charly está bien”. Nada casualmente, el fan promedio se plegó a esa visión, mientras observadores más imparciales advertían que el Charly de Luján no estaba “bien”. Gordo/hinchado, sí. Sin brotes violentos, sí. Tranquilo. Muy tranquilo. Químicamente tranquilo. Es obvio que su salud ha mejorado, que come y duerme con cierta normalidad, que su riesgo de muerte es menor que hace unos meses: imposible no alegrarse por eso. Pero es evidente que el músico (por si hace falta aclararlo: uno de nuestros músicos capitales, imprescindible para contar la historia del rock argentino) es tan poco dueño de sus actos hoy como cuando otra clase de drogas recorría su cuerpo.

El espectáculo televisado de Luján fue tan morboso como el de Mendoza, Charly tirado en el piso con un enfermero sobre su espalda. En Luján se exhibieron las miserias de un hombre aún en proceso de recuperación, y sobre eso se construyó un discurso de que ahora está bien, se encamina a ser un elemento útil a la sociedad y no ese loco de mierda que era antes. Que el lugar elegido estuviera a diez minutos de la quinta de Ortega fue desdeñado en pro de una justificación cristiana: Charly quería “agradecerle a Dios su recuperación”. La incomodidad que produce el modo en que aquella cultura oficial sana, limpia y católica se apropia del hombre que le escupió sus mejores ironías a la cara supera la alegría por saber que sigue en pie.

“En las terapias de recuperación es habitual hacer esto, pero en privado”, comentó en una charla informal José María Arcucci, guitarrista y cantante del grupo Laguneros y musicoterapeuta de larga labor con pacientes de toda clase. “Si el paciente es músico toca puertas adentro de la institución, para familiares y los mismos enfermeros y médicos. Es un paso importante y es útil, pero debería formar parte del mundo interno de la recuperación.” Puede deducirse que Charly necesitaba un empujoncito de su gente, que fue un berretín concedido por quienes lo vigilan, pero también ha quedado claro más de una vez que el público le hace bien, pero también mal. Y lo público le viene jugando muy en contra: el acto de una estrella demoliendo hoteles y su propia humanidad debería ser tan privado como el difícil camino de la desintoxicación. Lo de Mendoza fue público, lo de Luján también. Sería preferible reencontrarse con Charly entero de verdad, en un show que nos volara la cabeza.

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Las imágenes de Charly, afortunadamente, duraron poco: la muerte de Raúl Ricardo Alfonsín produjo la gran ola informativa de la semana, y una nueva clase de consenso excesivo y extenuante. La necesidad de mantener emotiva la pantalla para evitar la fuga hacia otro canal llevó a una cobertura en la que Alfonsín fue elevado a la categoría de semidiós. Fueron pocos los analistas y opinadores que escaparon al esquema de una celebración exaltada de sus indiscutibles logros y una minimización de sus tremendas metidas de gamba. Cámaras en el Congreso, cámaras en la calle, cámaras aéreas, movileros que buscaban la lágrima de la doña con el “señora, señora, ¿qué recuerdos tiene de Alfonsín?”. Hasta el capo de la misma Sociedad Rural que lo rechiflaba cuando quería hablar copó las cámaras para enaltecer la figura del padre de la democracia.

En ese contexto, dos canales dieron la nota: a las 21 del martes, cuando ya todos estaban en cadena, Canal 9 siguió adelante con su desfile de enlatados. La estrategia le viene alcanzando para sobrevivir, con lo que no valía la pena ponerse en grandes esfuerzos cuando la gente iba a preferir a los demás. E incluso podía quedar como alternativa pasable para el que en 1983 votó a Luder y sigue creyendo que era el mejor. Crónica TV, los inimputables de siempre, siguió adelante con la transmisión del sorteo de la quiniela (que es un espacio pago, y produce picos de rating): sólo al terminar de cantar la última letra anunció que era oficial, que había muerto Alfonsín. Poco después, mientras la competencia mandaba al aire los especiales que se empezaron a editar en cuanto se supo que lo del ex presidente era grave, el canal de la placa roja mandó un homenaje a... Alfredo Barbieri. Ninguno de los dos casos sorprende: nadie espera demasiado de un canal de telenovelas, y Crónica, firme junto al pueblo, es demasiado peronista como para empezar a babearse de admiración por Alfonsín.

Otra curiosidad del destino: en 1989, cuando el gobierno de Alfonsín se caía a pedazos y las plazas se llenaban como ahora pero para putearlo, Charly García sostenía su preferencia por Angeloz y se negaba a pronunciar el apellido del candidato del PJ, al que llamaba Nemen Never. Ahora está más cerca de Carlos que de la UCR.

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A comienzos de los ’80, Argentina era un lugar raro. Hoy, una eternidad después, lo sigue siendo. Y mañana toca KISS.

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Responsable

  • Eduardo Fabregat
  • Buenos Aires, Argentina
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