30.5.09 

La aldea de los niños

(Publicada hoy en Página/12)

¿Alguien vio la luz de la aldea
de los niños que escriben en el cielo?
Spinetta, 1981

Los niños, se sabe, son uno de los targets más analizados, deseados, estudiados, desmenuzados por los expertos en marketing. No asombra a nadie: la humanidad puede privarse de muchas cosas, pero no se priva de tener hijos (incluso hubo un diario que enarboló la curiosa idea de que hay “mujeres-fábrica” que tienen muchos hijos para cobrar un subsidio). Y esos hijos tienen necesidades, y maneras ciertamente llamativas, hasta contundentes, de expresarlas. Los pequeños consumidores mueven grandes ruedas de negocios: en Monsters Inc., una de tantas maravillas de Pixar, la idea base era que los monstruos conseguían energía a través de los gritos de terror de los chicos, pero éstos, cosas de la vida moderna, se asustaban cada día menos, provocando una crisis energética del otro lado del armario. Sin embargo, hoy no se necesitan complejas historias de horror para alarmar al párvulo. Basta con el sencillo recurso de echar la vista atrás y hablarle de un mundo con cuatro canales de TV en blanco y negro, sin Playstation ni Wii ni McDonald’s ni conexión a Internet ni cartas de Dragonball ni relojes de Ben 10 ni etcétera, etcétera.

No hace falta entrar en el trillado debate de si era mejor o peor, que las bolitas y el autito con plastilina y cuchara, Viendo a Biondi y Piluso invitando a tomar la leche. No vale la pena. “Mañana es mejor”, dijo el mismo autor de la frase del comienzo, aunque abundan los días en que se disparan dudas al respecto. La cuestión es que ya tenemos naturalizado el complejo universo en el que se mueven los pibes, porque llevarle la contra es exponerse a un diálogo de sordos, y porque lo que sucede tiene tal prepotencia y tal presencia que no ofrece mucho escape y hay que negociar. Se puede repudiar, sí, el carácter idiota de los Power Rangers, pero poco se podrá hacer para evitar el efecto contagio que produce tantos moretones entre niños que descargan algo de su inagotable energía en lanzarse patadas (y por otra parte: en Pucca también se tiran patadas, pero difícil resistirse a su lisérgico encanto). Se puede analizar por enésima vez la tiranía estética de Barbie, pero los ojos de una niña deseando un juguete son cosa difícil de resistir. Y además lo educativo, aunque tranquilice nuestra conciencia, tiene sus deformidades. Programas televisivos como Dora la Exploradora, Go Diego Go!, Pinky Dinky Doo o La casa de Mickey Mouse introducen la variante de la “línea de puntos”, espacios de silencio para que el pequeño espectador responda a las consignas. Y uno ve al botija practicando spanglish con Dora y con Manny a la obra, contestando animadamente las preguntas del Pato Donald (a quien por fin se le entiende algo), y se le ocurre que Ariel Dorfman debe andar medio estupefacto.

Aunque inútil, el juego de las diferencias tiene su gracia. En un post reciente, el blog Solo quince minutos rescató un clip de Telejuegos, el programa que conducía Cecil Charré (y su perro Alfonso): allí se ve a Magdalena y Bernardo Bergeret Jr. –hijos del inventor de Jazzy Mel y The Sacados, hoy funcionario del Incaa– cantando el “Tema de Gomma Gomma”, y también una bizarra “Discoteca de Telejuegos” que oficia como período precámbrico de Bailando Kids. La infraproducción de entonces y la megaproducción de Tinelli se tocan, sin embargo, en la cosificación del chico, su utilización como gancho de rating. El ruido de los imitadores de políticos hizo que no quedaran tan expuestas las aberraciones del concurso de baile (“jueces” hablando de las condiciones para vedette de niñas pintadas y ataviadas como tales, ensalzando lo sexy que les sale el perreo del reggaetón), pero las barbaridades existieron y siguen saliendo al aire cada viernes. El Estado, que debe tomar cartas en asuntos que afectan la integridad de la niñez, no quiso exponerse a que lo acusaran de estar tomando revancha por Gran Cuñado: el Comfer inició una de esas investigaciones que no terminan en nada relevante, y ahí quedó todo. Y así, lo único que condenó al Bailando Kids a una sola emisión semanal fue la caída de rating. Hasta el público que le perdona todo a Marce empezó a darle la espalda a esa burda explotación de los niños disfrazada de “superación artística”. Aunque quizá no sea rechazo sino simple aburrimiento.

Entonces, las cosas cambiaron mucho... pero no han cambiado tanto. Cuando quienes ya pasaron por Tacuarentown se enfrentan a los festejos escolares del 25 de Mayo, les queda la impresión de que el tiempo se detuvo. El revisionismo histórico, el trabajo de desactivar ciertas fantasiosas historias oficiales, no ha hecho mayor mella en el recuerdo oficial de la efeméride, cuya liturgia se presenta intacta. Claro que no es fácil bajarles a los más chicos la complejidad de la Revolución de Mayo, pero resulta curioso cómo la vista del padre de hoy parece ponerse en blanco y negro, volver al patio de la propia escuela: ya no se toma distancia al estilo militar, ni se vigila el largo de los cabellos, pero allí están el negrito candombero, la vendedora de mazamorra, los patriotas queriendo cortar vínculos con España y French & Beruti repartiendo escarapelas celestes y blancas. Todo ello con cierto envaramiento ajeno a los lineamientos más progre que rigen en otras actividades escolares, y con el Himno y el ingreso de la bandera de ceremonias al son de una marchita militar que recuerda las peores pesadillas. Los pibes se divierten igual, pero todo parece apolillado.

Tampoco puede pretenderse todo: el revisionismo tiene sus bemoles y sus desafinaciones. Como las Canciones Patrias.

* * * *

Si el evento del domingo pasado en el Obelisco hubiera sido organizado por el gobierno nacional, no caben dudas de que se habrían visto en algunos medios las omnipresentes aclaraciones de que se hacía “a un mes de las elecciones” y con obvios propósitos demagógicos. Ello no sucedió con el acto proselitista del macrismo, forzando la celebración de un Bicentenario que en realidad es el año próximo, y en la que los afiches del GCBA buscaron apropiarse de los “valores” de la gesta de Mayo. Más allá de consideraciones políticas, la atracción principal eran las versiones dirigidas por Lito Vitale: Kevin Johansen y Pablo Lescano con “Himno a Sarmiento”, Juan Carlos Baglietto y No lo Soporto con “Mi bandera”, Emme y Mike Amigorena con “Himno a San Martín”, Hilda Lizarazu y Diego Frenkel con “Saludo a la bandera”, Alejandro Lerner, Los Tipitos y Andrea Alvarez con “Marcha de San Lorenzo”, y Patricia Sosa y Palo Pandolfo con “Aurora”. We are the world, we are the children.

La obsesión por acercar a los niños una lectura desacartonada de los himnos patrios tiene buenas intenciones, pero a menudo sus resultados no dejan mayor utilidad. Los ortodoxos se negarán a darles cabida, y hasta iniciarán campañas de desprestigio. Fue lo que le sucedió al dueto Johansen-Lescano, pero eso lleva a la segunda consideración, lo que les pasa a los no ortodoxos: ese “Himno a Sarmiento” espeluzna no por vulnerar los altísimos valores de la Patria sino simplemente por horrible, por el pegoteo sin ton ni son entre las variables de uno y otro artista. Al cabo, tras la paciente escucha en la página del Gobierno, tras ver las performances en el Obelisco, queda claro que la única perla en todo el asunto es la de Lizarazu-Frenkel, cuyas voces sensibles le dan una emotividad especial a una letra que apesta a patrioterismo.

Esa, en todo caso, es la cuestión: ¿por qué el rock (o la cumbia villera) debe cargar sobre los hombros la actualización de canciones tan milicas, tan utilizadas para ensalzar las virtudes de la Patria occidental y cristiana, referentes de una ideología con la que nunca comulgó? Cada músico ha encarado la convocatoria de Vitale como un trabajo (al que algunos ácidos comentaristas en Internet señalan como “muy bien pago”), y el ejercicio de la libertad artística habilita a estas decisiones y muchas otras más. Pero las canciones patrias que excitan a Mauricio Macri llevan al recuerdo de Luca ironizando “Yo quiero a mi bandera planchadita, planchadita, planchadita”, al escandalete de cuando Charly tuvo la idea de versionar el Himno (y se dio el gusto de arrancar con ese inolvidable “Huid mortales”, típicamente García), a la desconfianza con la que el rock siempre supo mirar los intentos de apropiación del establishment. Hace un par de semanas, un cable de noticias informó que Luis Alberto Spinetta se había negado a cantar el Himno Nacional Argentino por considerarla “una canción de guerra”: hubo quien leyó en eso la postura necesaria, pero poco después una agente de prensa desmintió todo y aclaró que al Flaco no lo habían convocado para el proyecto. Menos mal.

Gloria y loor: lindo nombre para un compilado.

* * * *

“Para mí el día suena, no pasa”, dijo días atrás a este diario Mariana Cincunegui, que acaba de editar otro disco de pura magia, alasmandalas. “Mucho estímulo genera un salirte de vos. Yo te enseño, vos recibís, pero de golpe estás recibiendo tanto que no sabés dónde quedaste. Y en las escuelas no hay un momento para parar y decir: bueno, ahora vamos para adentro. Matemática, geografía, recreo, patio, lengua, naturales, recreo, patio, más danza, astronomía, todo lo que tengan las escuelas copadas. Todo es de afuera hacia adentro. ¿En qué momento vuelvo a mí con todo eso? Porque la creatividad está adentro, ahí está la pulsión de crear”, señaló la música y pedagoga. Mientras tanto, los niños siguen en el centro de los estudios de marketing, con la sagrada banderita en la solapa, expuestos a las maquinaciones del star system o simplemente dejados de la mano del Estado y de los opositores que se sacan fotos con ellos y prometen el oro y el moro hasta que llegan al Estado y se olvidan. Niños atiborrados de información útil y de la otra, niños languideciendo de hambre de comida y de hambre de cultura. Niños a los que, con nuestras mejores intenciones, a veces olvidamos permitirles que simplemente se dejen ir, se abstraigan de nuestras taras.

Y que escriban en el cielo.

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26.5.09 

El juicio

"Soy solo una mamá que desde el 19 de agosto hasta el presente asiste al Juicio Oral para que de una vez por todas se haga JUSTICIA", me escribió Mirta a propósito de la columna del sábado. En el mail -de tono bien diferente a la defensa cerrada que hacen los fanáticos de Callejeros- me pasó un blog en el que da cuenta de todo lo que fue sucediendo en el juicio, testigos y pruebas de las barrabasadas cometidas por el grupo, los funcionarios del GCBA, Omar Chabán, etcétera: Justicia por los chicos de Cromañón. Se recomienda.

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23.5.09 

Dados cargados

(Publicada hoy en Página/12)

Todos saben que los dados están cargados. Todos tiran con los dedos cruzados.
Leonard Cohen, "Everybody knows"

El juicio por el incendio en República Cromañón se acerca al final. Ojalá pudiera decirse lo mismo del tormento que viven sus sobrevivientes y los familiares de las víctimas, pero eso no se cerrará nunca, ni siquiera cuando el juez Marcelo Alveró y el Tribunal Oral en lo Criminal 24 establezcan las responsabilidades y dicten sentencia. Por lo pronto, quienes sufren un eterno 30 de diciembre de 2004 recibieron el miércoles pasado un nuevo trago de hiel: ese día, por primera vez y sin admitir preguntas, los integrantes de Callejeros dieron testimonio. Es una forma de decir. Lo que hicieron los muchachos fue otra agachada clásica, nuevo capítulo en la estrategia del avestruz, la canción más repetida del grupo aunque no esté incluida en los dos discos que grabaron desde la tragedia –sin contar uno en vivo– ni en los shows que dan regularmente en el interior. Un sonsonete titulado “Yo no fui”.

Callejeros no era organizador, ni empresario, ni policía, ni bombero. Los chicos nunca recibieron un mensaje de mi parte sobre el uso de bengalas, y nuestras familias nunca ingresaron pirotecnia”, dijo Patricio Santos Fontanet. “La cultura bengalera no la creamos nosotros. No la instauramos ni la fomentamos. No estaba a nuestro alcance evitar que el público tirara pirotecnia, pese a que lo pedíamos siempre. Nosotros no podíamos detener esa costumbre”, señaló el escenógrafo Daniel Cardell. “La calificación de estrago doloso parte de un pensamiento morboso, criminal, psicótico, de alguien desquiciado”, argumentó el saxofonista Juan Carbone. “No está en mí ni en mis compañeros ver cuestiones de puertas, seguridad. Hoy sigue siendo así. Nuestra función es netamente artística”, se atajó el baterista Eduardo Vázquez. Vale la pena hacer un rewind a mediados de 2004, cuando poco antes de un show en Obras Sanitarias un tal Eduardo Vázquez le dijo a Juan Di Natale en FM Rock & Pop: “El problema con las bengalas es que a la gente se las saca la seguridad de Obras. Cuando nosotros tocamos tratamos de pasar las bengalas, pero esta vez no manejamos la seguridad y se complica”. En esa misma nota, otra persona que nada tuvo que ver con la tragedia, un tal Patricio Santos Fontanet, contó: “Por suerte este año apareció Cromañón, que es un lugar cómodo. Entran 4000 personas, que es casi un Obras pero es distinto, y además que es un lindo lugar, tiene todo, tiene el espíritu de Cemento y tiene mejores instalaciones, la gente la pasa bien”. Algo de razón tiene Carbone: hay algo psicótico en todo este asunto, aunque en rigor debería hablarse de esquizofrenia.

Desde estas páginas ya se ha señalado la contradicción más de una vez, pero esta nueva exhibición de cinismo, la fragilidad que suele tener la memoria en estas tierras, obliga a repetirlo: el discurso posterior a la tragedia de los integrantes del grupo trata de echar tierra sobre múltiples manifestaciones anteriores que decían lo contrario. Puede advertirse en el reportaje del 30 de octubre de 2004 realizado por los periodistas Juan Ignacio Provéndola y Damián Mercado para la revista Si se calla el cantor, donde Fontanet señaló: “Nosotros no queríamos ir a Obras porque la organización del lugar es distinta a la nuestra”. Pudo advertirse en las entrevistas realizadas por el cronista Ignacio Girón a bordo de los colectivos que iban a Obras, donde un integrante de la barra El Fondo no Fisura le explicó cómo arreglaban personalmente con el manager Diego Argañaraz el ingreso de la pirotecnia dos días antes del show, para evadir los controles. Para el grupo, hoy todo eso parece tan enterrado como para promocionar su show más reciente con el chiste de una jerga de escrito judicial, para adornar su último disco y sus gacetillas de prensa con sellos apócrifos del Juzgado de Los Invisibles. El nombre alude a otra de las barras, pero es también una buena alegoría de cómo Callejeros intenta ser invisible ante la Justicia, mete la cabeza en su propio micromundo y niega su conducta, su responsabilidad. Yo señor, no señor. No responderemos preguntas: sería demasiado incómodo.

En otro lugar del banquillo, Omar Chabán optó por la estrategia opuesta. El grupo de Villa Celina se empecinó en el silencio (salvo aquella aparición en Radio 10, una nota en Clarín y el tristemente célebre “chúpenla, por caretas” del show de retorno) hasta ver qué dados se jugaban, y una vez visto el tapete insistió en presentar los hechos en franca contradicción con las pruebas y testimonios de la causa. El gerenciador de República Cromañón eligió la misma verborragia que solía exhibir trepado a la barra de Cemento. Habló por televisión, por radio, en medios gráficos; declaró en el juicio seis veces, y el miércoles volvió a romper en llanto para decir que “mi vida se acabó, pero he pedido perdón y ojalá haya una reconciliación y un amor infinito”. Como todos los acusados, a lo largo del proceso intentó que el dado cayera en la cara del culpable ajeno, focalizó en el que tiró la candela (gran ausente en este infierno), recordó que la seguridad y el cacheo eran de la banda, apuntó a la confusión de ordenanzas superpuestas y funcionarios aviesos, recordó que poco antes del show él mismo hizo desde el escenario un desesperado llamado a que se dejaran de joder con los fueguitos. Chabán, siempre bastante improvisado en la explotación del Café Einstein, Cemento, Die Schule y Cromañón, trató de diluir su parte de responsabilidad con la detallada explicación de todos los factores, a veces con una verba filosófica que no lo ayudó mucho. Yo señor, no señor.

Mientras en los alrededores de Tribunales se multiplicaban los enigmáticos afiches con su cara, la ex funcionaria del Gobierno de la Ciudad Fabiana Fiszbin sacó hace un par de semanas lo que consideraba un batacazo a su favor: el certificado de bomberos que no estaba vencido como se suponía desde el principio, sino plenamente vigente. Puede parecer un buen argumento para volver a pedir explicaciones a ese cuerpo, pero lo que ningún funcionario dejó debidamente aclarado aún es por qué los “locales bailables clase C” eran examinados con tanta laxitud. Tampoco lo hizo Aníbal Ibarra, ni en el gobierno ni en su destitución ni ahora, demasiado ocupado en reclutar gente que lo haga quedar bien ante las cámaras de TV. En los shows de Callejeros en Obras y Excursionistas los inspectores sí se hicieron presentes, labrando actas por infracciones al Código Contravencional e iniciando las causas 15.822 y 46.050 respectivamente. Pero el “local bailable” era tierra de nadie, aunque su uso como lugar de recitales fuera notoriamente público, aunque los integrantes del grupo que tocaba se ufanaran en la radio de que allí podían hacer pasar pirotecnia porque la organización era de ellos, aunque festejaran que se podían meter 4 mil personas “casi como Obras”. Yo señor, no señor. Todos víctimas, ningún responsable.

En semejante rodar de dados cargados, otro factor de la tragedia parece apenas tangencial, y sin embargo es el emergente de una de esas “culturas” tan argentinas como el bengalazo: la cometa a la cana. Los uniformados procesados por cohecho representan otra de las anomalías comunes en los shows de rock, con los que el cuerpo policial solo parece poder relacionarse en términos de represión –bien lo supo Walter Bulacio– o de aprovechamiento de la oportunidad. Claro que es difícil negociar con una masa de pibes a veces desmadrados, pero los hombres de azul no suelen poner el empeño necesario en traducir el trillado slogan “proteger y servir” a una realidad que no sea la indiferencia o el palazo.

El lunes 1º de junio comenzarán los alegatos de un lado y de otro, últimas vueltas del cubilete. Según lo anunciado, el 19 de agosto se dictarán las sentencias. Ya se verá quién saca cero al as, quién pega un full y si alguien se lleva el milagro de una generala. A demasiadas almas hace tiempo que les tacharon la doble.

Everybody knows.

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22.5.09 

Un estribo

"Somos tan frágiles / tan memorables, ves?"

En breve, el estribillo estará metiéndose en el marote de manera inevitable. A disfrutarlo antes que la heavy rotation lo incendie: atención a Una temporada en el amor, de Estelares.

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20.5.09 

Un monumento a la canción


(Publicado hoy en Página/12)

Para Wilco, las cosas nunca vinieron servidas en bandeja. Nacida de las cenizas de Uncle Tupelo, la banda que encabeza el guitarrista y cantante Jeff Tweedy vivió en quince años de vida toda clase de circunstancias, éxitos, cambios y tropezones que no hicieron más que traducirse en una obra magnífica y sutil, tanto como para a menudo confundir su Illinois natal con Londres o Manchester. Basta decir que en 2000, cuando el grupo ya había llamado poderosamente la atención de la prensa con AM, el doble Being there, Summerteeth y el homenaje a Woody Guthrie Mermaid Avenue, el sello Warner se mostró más que reticente a editar Yankee Foxtrot Hotel, considerándolo “comercialmente poco viable”.

Las tensiones resultantes provocaron la partida del guitarrista Jay Bennett, pero Wilco resolvió la situación saliendo a tocar, mostrando ese material que finalmente vio la luz por el sello Nonesuch: para disgusto de más de un ejecutivo, ese fue el gran salto de Wilco, desde entonces banda indiscutida y casi siempre disfrutable. Es por eso que, tras los excelentes resultados de Sky blue sky en 2007, hay tal expectativa por “el nuevo de Wilco”, tanta como para que, a un mes y medio de la fecha programada para su lanzamiento, ya se haya filtrado en Internet, llevando al grupo a considerar la posibilidad de colgarlo en su sitio gratuitamente. Está claro que para ellos las “reglas del negocio” son un aspecto secundario: lo esencial es la música.

Y vaya si es esencial lo que suena en The Album, la soberbia colección de once canciones presentada con la foto de algo tan extraño como un camello en un balcón, con un bonete en la cabeza. Pero en esas jorobas que dibujan la W se termina toda rareza: el sexteto que completan el guitarrista Nels Cline, los tecladistas Pat Sansone y Mikael Jorgensen, el bajista John Stirratt y el baterista Glenn Kotche acaba de construir, como si nada, un monumento a la canción, con cumbres del tamaño de “You and I”, donde Tweedy se trenza en un dueto delicioso con la canadiense Feist; la preciosa “One wing”, que va de la melancolía al rock de estadio, o “You never know”, que parece salida del libro gordo de George Harrison y a la vez tiene su propia identidad.

El “problema” es que a la hora del recuento se descubre que destacar una canción sobre otra es un acto de injusticia. El amante del rock de noble artesanía sabrá encontrar en cada tema su propia perla, sea la enérgica apertura de “Wilco the song”, la dulce “Country disappeared”, la pegadiza (que no es lo mismo que pegajosa) “I fight” o la marchosa “Bull Black nova”. Simplemente hay que decir que, entre cuerdas, teclas y delicadas armonías vocales, Wilco (que el sábado arranca una gira en España: ya es hora de que alguien los traiga) entrega otro de esos discos que hay que salvar en la inundación. Con camello o sin él.

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19.5.09 

Una letra

Todos saben que los dados están cargados. Todos tiran con los dedos cruzados. Todos saben que la guerra terminó. Todos saben que los buenos perdieron. Todos saben que la pelea estaba arreglada: el pobre sigue pobre, el rico sigue rico. Así es como funciona. Todos saben.

Todos saben que el bote se hunde. Todos saben que el capitán mintió. Todos tienen ese roto sentimiento como si su padre y su perro acabaran de morir.

Todos le hablan a sus bolsillos. Todos quieren una caja de chocolates y una rosa de tallo largo. Todos saben.

Todos saben que me amás, nena. Todos saben que de verdad me amás. Todos saben que me fuiste fiel, excepto por una noche o dos. Todos saben que fuiste discreta, pero había tanta gente que tenías que conocer sin ropas. Y todos saben.

Y todos saben que es ahora o nunca. Todos saben que es vos o yo. Y todos saben que vivirás por siempre cuando te hiciste una línea o dos. Todos saben que el acuerdo está podrido: el viejo negro Joe sigue levantando algodón para tus lazos y moños. Y todos saben.

Todos saben que viene la plaga. Todos saben que se mueve rápido. Todos saben que el hombre y la mujer desnudos son un brillante artefacto del pasado. Todos saben que la escena está muerta, pero habrá un medidor en tu cama que descubrirá lo que todos saben.

Y todos saben que estás en problemas. Todos saben lo que atravesaste, de la cruz sangrante en el calvario a la playa de Malibú. Todos saben que se viene abajo: echale una última mirada a este corazón sagrado antes que explote. Todos saben.

(Leonard Cohen, 1987)

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16.5.09 

No va Sinatra


(Publicada hoy en Página/12)

(Para Nasha, por esas noches
frente a la tele)

La escena se produce durante una reunión de ejecutivos publicitarios: el director creativo presenta el acto magno de la presentación del producto, una superproducción que hará empalidecer a Hollywood, que involucra cientos de extras y recursos técnicos de toda clase, maquinaria, brillos, luces y lujos. El megalanzamiento concluirá en un gran estadio, el Madison Square Garden o quizás el Maracaná de Río de Janeiro, el Monumental de Buenos Aires o el Centenario de Montevideo. Allí estará reunida la alegre multitud, salpicada de estrellas, borracha de flashes: en el momento de máxima expectativa, cuenta el ejecutivo, los reflectores apuntarán al cielo, donde se recortará la figura de un helicóptero del cual descenderá, directo al escenario y entre papelitos y ovaciones, Frank Sinatra. Hay exclamaciones de admiración, felicitaciones, palmadas en la espalda, reverencias a la genialidad, el golpe propagandístico del siglo. Entonces suena el teléfono. El director creativo atiende, escucha unos segundos, balbucea “pero si... y entonces... bueno, bueno”. Cuelga. Mira a los presentes y anuncia:

–No va Sinatra.

De a poco, Ricardo Espalter, Enrique Almada, Raymundo Soto, Andrés Redondo, Eduardo D’Angelo, Julio Frade, Heber Hugo Carámbula, van abandonando la oficina con gesto adusto, los hombros caídos, descorazonados.

Nunca tuvieron un nombre de grupo. Los habían convocado unos productores llamados Los Lobizones, y en cada encarnación televisiva fueron variando el título del programa. Por eso fueron, de una vez y para siempre, Los Uruguayos. A comienzos de los ’60 y con el auspicio de Ancap –esa marca que en la República Oriental define tanto una nafta como una caña, que a veces queman igual–, el grupo apareció en la pantalla chica con Telecataplum, instalando una forma de humor inédita, amiga del juego de palabras, la pantomima y la sátira, capaz de presentar humor musical como el “Concherto para sopa y orquesta” antes de Les Luthiers, mucho antes de Ese amigo de Vinazi. Cruzaron el charco en 1962 para debutar en Canal 13, y pasaron por todas las emisoras argentinas: fueron Jaujarana, Hupumorpo, Comicolor, Archihumor, Hiperhumor. Cambiaban los nombres, pero los personajes se instalaron. Si Alberto Olmedo y Javier Portales construyeron una dupla inolvidable con Borges y Alvarez, El Profesor de Almada y el Toto Paniagua de Espalter dieron vida a uno de los sketches más efectivos en la historia del humor televisivo. Espalter, el millonario sin cultura alguna, piloteaba como podía las equívocas indicaciones sobre modales del Profesor, que salpicaba su verba de términos enrevesados, “No hay caso: el que nace para pito nunca llega a ser corneta”, cerraba Quique, que no solo era un gran comediante, sino también –como Frade– un pianista de excepción.

Ese “humor blanco” fue la usina creativa de la que salieron El hombre del doblaje, la rutina del teléfono público y las Noches Cultas del gran Raymundo Soto (que saludaba con “Queridos teleexpectorantes...”), sucedido tras su muerte por Redondo con las Veladas Paquetas de Creppe Georgette. En los ’80, el Zar Romay apeló al recurso más viejo del mundo para elevar el rating, y así Hiperhumor ya no solo fue “La Disquería”, “La Farmacia” o las rimas truncadas del payador Gabino, sino también el desfile de chicas en paños menores y la aparición de Amalia “Yuyito” González y Noemí Alan prometiendo sacarse la tanguita después de la tanda. El talento de los tipos seguía brillando, D’Angelo sacaba voces imposibles, Espalter provocaba hilaridad con un solo guiño de su cara pícara, pero ya no era exactamente lo mismo. Las vedettes eran una decoración que nada tenía que ver con las integrantes originales del grupo, capocómicas del fuste de Katia Iaros, Henny Trayles y Gabriela Acher.

Acher, linda y talentosa, llegaría a tener su propio programa, aquí y en España. Y no sólo fue solista y parte de Los Uruguayos, también pudo darse el lujo de cruzar líneas con otro grande. Un tipo de frac, peluca, gafas y cigarro que hoy se extraña como nunca.

* * * *

“Ser candidato oficialista en este momento es más difícil que jugar al pato en el living de la casa” (Tato Bores, mayo de 1989.)

Alcanza con tipear “Tato Bores” en Google para encontrarse con un vasto archivo audiovisual que da una adecuada idea de su estatura, inversamente proporcional a su físico. Mauricio Borensztein no sólo fue un gran humorista: fue un tipo de enorme inteligencia, fino, bien rodeado por libretistas que interpretaban cabalmente su personaje, capaz de destilar una ironía para el humor político hoy desaparecida de la tele. Un tipo vigente, como demuestra la frase de acá arriba, la definición de 1988 de que “ser peronista en Capital es un oficio más sufrido que ser almirante en Bolivia” o la reflexión sobre el “ingreso al Primer Mundo” pregonado por Carlos Saúl I: “No tiene sentido cortarse una pierna para venderla y después comprarse un zapato”.

En el primer programa de Tato de América, emitido en 1992 por Canal 13, Los Prepu lo fumigaban para protegerlo de los mosquitos del cólera: ver esa escena hoy conduce nuevamente a la sensación de la Argentina como país cíclico, repetitivo. A fines de 1989 “celebraba” que con ese gobierno “los liberales manejan la economía como siempre, pero más de frente”, hablaba de un tema candente (“Entré a la Rural y me encontré con mi gran amigo Alchourron y me dice: ‘Tato, cómo no voy a estar contento, sacaron las retenciones, el gobierno peronista ya no nos llama más oligarcas y además ahora formamos parte de la revolución productiva’”), patinaba por el estudio y monologaba y hasta en los cuadros musicales con Camila Perissé había letras cargadas de entrelíneas. “Ahora ya no se acuerda más nadie de los saqueos a los supermercados o del desabastecimiento”, dijo en su último monólogo de ese año. “Y ojo que eso es peligroso porque acá parece que todos nos olvidamos rápidamente, y las cosas que se olvidan rápidamente hacen que uno rápidamente vuelva a meter la pata. No sé si me explico.”

Tato se explicaba. Tato resiste cualquier archivo: cuando se lo ve “hablando por teléfono” con Videla en 1980, su “My dear Mr. Président!” sólo puede ser malinterpretado por alguien con aviesas intenciones, que quiera ver colaboracionismo allí donde hay pura sorna. Tato se entusiasma al escuchar que Videla planea dejar el poder, pero cuando dice “ah, no vamos a elegir nosotros, a su sucesor lo van a elegir ustedes... ¡está bien, si a nosotros nos duran tan poquito!”, su mirada a cámara es un compendio de intención, una interpelación al argentino medio, una patada en los huevos además de una cosquilla para la risa.

Hoy en la tevé hay un animador que hace “gran espectáculo” de poner siliconas a patinar sobre hielo –esa maniobra tan Romay–, explotar a unos pibes en un concurso de baile o festejarle a un boxeador la ocurrencia de pegarle a las mujeres. En Gran Cuñado, Marcelo Tinelli hace desfilar a una troupe de imitadores de figurones políticos: sólo la pobreza creativa actual hace que ese mero recurso sea festejado por algunos como “el regreso del humor político a la TV”, que un diario afirme que “el Gobierno hizo todo para evitar que se hiciera Gran Cuñado”, que los one liners de un dibujante al que el 90 por ciento de sus colegas señalan como plagiario recurrente sean considerados la reencarnación del texto de César Bruto, Aldo Cammarota, Santiago Varela, Rudy/Paz y demás libretistas de Tato. El que nace para pito nunca llega a ser corneta.

La gran diferencia es que a Tato Bores le dolía de verdad el país, quería hacerlo reír pero también buscaba mejorar a la raza política, tirarle de las orejas, operar como una humilde voz de la conciencia para el político y el ciudadano común: pedir la neurona atenta. En el mundo tinellista todo eso se traduce en una visión pragmática, utilitarista, pescadora de rating: reírse por reírse nomás, doblado en dos y abrazado al micrófono, apelando a caricaturas metidas en el símil de un reality idiota para hacer unos mangos con el voto telefónico (voto además contaminado por los “vivo” que no son “vivo”), con la vieja y conocida actitud de compartir con la tribuna de comicastros el espíritu de “mirá al goma que votó no positivo, el goma que odia a la puta oligarquía, el que fue presidente y vive perdido, el goma que le arregla el pelo a la presidenta”.

“De la indignación me tiembla la peluca, porque este país alguna vez tiene que ser un país en serio, y ese alguna vez tiene que ser esta vez, y mañana, y mañana, y mañana, y good show”, supo decir Tato. Usar la risa como método de reflexión es una posible herramienta para buscar la seriedad, pero –a revisar YouTube otra vez– esa herramienta comenzó a oxidarse el 11 de enero de 1996, cuando la peluca indignada se quedó sola para siempre. Hoy abundan los brillos, las superproducciones, los papelitos, las luces y lujos, la carcajada fácil, los flashes y las ovaciones. Y de pronto suena el teléfono, y nos despierta a la dura realidad.

No va Sinatra.

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15.5.09 

La ola


Para alguien que siempre puso a Julio Cortázar en el top algo de los mejores artesanos del lenguaje, la aparicion de Papeles Inesperados no pudo ser menos que una fiesta. Y el tipo no me defraudó: 25 años después de su muerte, sigue escribiendo como los dioses, sorprendiendo con historias nuevas de Lucas (y su descacharrante poema Historia del pequeño analfabeto) y apreciaciones sobre los cronopios, y un texto de 1939 sobre la misión delos maestros que estaría bueno distribuir en las escuelas de hoy. Como dijo su editor Carles Alvarez Garriga, quizá Rayuela no envejeció muy bien y Oliveira resulta hoy insoportable, pero leer una mínima frase de Julio, su "Monólogo del peatón" o "De una infancia medrosa", producen en quien sabe paladear un párrafo bien escrito un placer análogo al de un buen guiso de lentejas.

En el medio de todo eso aparece "Un cronopio en México", publicado por El Sol de ese país en junio de 1975. Entre muchas otras cosas, Cortázar habla allí del hotel Camino Real y su "ola enjaulada" que se repite una y otra vez en una piscina en el frente del lugar. A lo largo de tres o cuatro párrafos, el escritor larga una serie de apreciaciones filosóficas, poéticas, cronópicas, sobre esa "ola de veras y cristalina y espumosa" que "se levanta en su prisión circular como una pantera verde y se estrella en sí misma antes de renacer, fénix de agua, microcosmos del mar".

En 1993, Eduardo de la Puente y yo nos alojamos en el Camino Real. Quizá por la mala influencia de estar cubriendo un par de shows de Maná, nos paramos frente a la ola, nos miramos y lo único que nos salió fue decir: "Qué loco, ¿no?".

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14.5.09 

Mosquitos mutantes

(Publicado hoy en la sección Sociedad de Página/12)

Los mosquitos picoteaban a un chancho estancado/
masticando mariposas de los pantanos
León Gieco, 1978

La palabra “mutación” siempre mete miedo. Cualquier científico sabe que no siempre significa algo malo, pero en general cuando el término se menea ante la opinión pública viene acompañado por las más negras presunciones. El virus de influenza A puede mutar y volverse un monstruo aún más grande, que pisa más fuerte. Las nuevas generaciones de piojos se hacen más y más resistentes, de allí la constante renovación de marcas y submarcas. Y los mosquitos aguantan: antes bastaba una buena ola de frío para liquidarlos, ahora se los ve rozagantes, incólumes, como si hubieran inventado el gamulán mosquitero.

Quizá sea así. Quizás haya llegado el momento de sincerar las cosas. Los mosquitos evolucionaron. A diferencia de las hormigas, que alcanzaron la sociedad perfecta pero les falta el ejercicio de la memoria para pasar al siguiente estadio, los dípteros nematóceros se ríen –sí, se ríen, porque hasta aprendieron a reír– de nuestras corridas a la farmacia para dejarnos abusar por el nuevo precio del repelente. Se frotan las patitas con expectación por los litros de sangre que nos van a extraer, se bancan el ataque de celos por el súbito predominio de los chanchos en la agenda de los medios, organizan patotas cada vez más atrevidas, miran los avisos de Raid como quien mira cortos de Carlitos Chaplin, afilan el pico para poder atravesar la ropa de invierno, zumban su descontento por el orden de las cosas, se aprestan a tomar el control y terminar de una vez con el mito de que las cucarachas son las que tienen más aguante.

Los mosquitos están mutando. Estamos condenados.

Leyes que limitan la circulación de humanos en zonas rojas mosquiteras, aparatos tipo Matrix que sirven de combustible a la nueva sociedad, escuadrones de la muerte alados en picada para poner de una vez las cosas en su lugar, reclamar la Tierra para sí y para todos los supuestos irracionales, hartos de testimoniar las barbaridades que los supuestos racionales cometen contra el planeta. De nada sirven los químicos y los aparatos con los que buscamos una falsa seguridad, cuidando de no aplicar repelente justo sobre la vacuna de la gripe por las dudas que le anule el efecto, aplaudiendo el aire con desesperación y saña. La hora de la justicia se acerca. Y no llegará con un gran campanazo o con el martillo del juez, sino con un mínimo batir de alas.

Bienvenidos a la Costa Mosquito.

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12.5.09 

Inseguridad vial


Y sí. Es lo que pasa cuando dejás manejar a un muñeco sin manos.

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9.5.09 

El asesino era el mayordomo


(Publicado hoy en Página/12)

Quien se libra durante años enteros
de morir atropellado por un camión, acaba muriendo atropellado por un triciclo.
Enrique Jardiel Poncela


Todos queremos saber cómo termina.

En agosto de 1929, Enrique Jardiel Poncela terminó su segunda novela: planteada como “una de aventuras”, ¡Espérame en Siberia, vida mía! es –como Amor se escribe sin hache, Pero... ¿hubo alguna vez once mil vírgenes? y La tourneé de Dios– un poderoso artefacto humorístico, demostración del genio que poseía al pequeño-gigante autor madrileño, y que hacía perdonar su flagrante misoginia. Jardiel escribió muchas obras de teatro pero solo cuatro novelas, y es una pena. La última, en la que Dios baja a la Tierra para terminar comprobando la avaricia, estupidez e insensibilidad inherentes al género humano, es la más ácida, la que condensa las más negras opiniones del escritor. Pero vista en perspectiva, Espérame en Siberia es su obra más cruel. El libro cuenta la historia de Mario Esfarcies y Palmera Suaretti (y una pléyade de personajes secundarios inolvidables, como el Marqués del Corcel de Santiago o El Poresosmundos); ella es la “primera vedette” del Teatro de la Revista, cuya belleza eclipsa sus pésimas condiciones artísticas. El, un adinerado señorito dedicado a la nada misma que se entera de que tiene cáncer de estómago y, tras una ridícula serie de intentos de suicidio fracasados, contrata a un integrante de la Unión General de Asesinos sin Trabajo para que lo mande al otro lado: arrepentido a último momento, Mario recorrerá el mundo huyendo de la muerte y tratando de consumar su amor con Palmera. Pero tras páginas y páginas hilarantes, Don Enrique propina un final monstruoso, una nota de extrema amargura que resignifica la frase del principio y deja al lector enojado con el autor.

Jardiel Poncela supo vivir en Buenos Aires, donde protagonizó una serie de tertulias radiales compiladas en La mujer como elemento indispensable para la respiración. El mismo enfermó de cáncer en 1944, y murió en la pobreza en Madrid, donde la crítica le propinaba más cachetazos que caricias, en 1952. Un final oscuro, de esos que –como Siberia– llevan a la paradoja: queremos saber cómo termina, pero también tememos saber cómo termina.

* * * *

El sábado pasado, quien esto escribe descubrió con espanto que inevitables compromisos familiares le impedirían poder sentarse tranquilo a vivir la fiesta de un Real Madrid-Barcelona en el que, por añadidura, se jugaba un título de Liga. Dejarlo grabando en el DVR no alcanzaba: la verdadera tarea fue conseguir llegar al sillón cuatro horas después del encuentro sin conocer el resultado, poder vivirlo “en vivo”. Para ello hubo que hacer uso de recursos casi esquizofrénicos, como evitar el contacto con cualquiera de aspecto futbolero que tuviera una radio, no conectarse a Internet, evitar toda pantalla encendida, espantar con ademanes en el borde de lo psicótico a todo bienintencionado que quisiera comentar algo del trascendental match, empezar a los alaridos cuando, finalmente instalado y con el Pipa Higuaín gritando su gol, en la tele del cuarto contiguo una voz decía “porque el Barcelona...”. Frente al impactante 6-2 final, la belleza del fútbol desplegado por Messi, Henry, Eto’o, Iniesta, Xavi y compañía, el esfuerzo valió la pena. Incluso, al menos hasta que el Real metió el 2-3, el derby iba por los carriles de lo que los comentaristas deportivos definen como “de final abierto”, o con el más pedestre “está para cualquiera”.

Ya sabemos que el desenlace inevitable de todo esto es la propia muerte, y a veces intentar no saber el final de algo es tan ocioso como negar ese destino. En esta sociedad hiperconectada, hiperinformada, siempre ávida de conocerlo todo, y de comunicar al prójimo toda pieza de conocimiento –así sea una nimiedad como el epílogo del episodio de una serie–, evitar saber cómo termina algo es una tarea titánica. El que se quedó de boca abierta cuando en el anteúltimo capítulo 2008 de House MD se reveló que quien estaba al borde de la muerte era nada menos que Amber, preferiría no saber ahora que en un par de capítulos desaparecerá uno de los integrantes del equipo. Pero Internet y los cables de noticias ya se encargaron de difundir cuál de los protagonistas abandonó la actuación para irse a trabajar con Barack Obama (para quienes viven en una feliz ignorancia, ese nombre no se revelará aquí). Ver el episodio de su brutal despedida ya no será lo mismo, ya no tendrá el efecto de un golpe de timón inesperado: no siempre queremos saber cómo termina.

La obsesión con los finales contamina el habla común, salpicada de expresiones como “Dónde iremos a parar”, “Ya vas a ver cómo termina esto”, “Al final era todo verso”, “Ese va a terminar mal” o “Al final son todos/todas iguales”. No puede ser de otra manera. Una vida sin finales es El día de la marmota, el gran Bill Murray despertándose una y otra vez en una Punxsutawney nevada con “I got you babe” en la radio reloj y el mundo repitiéndose hasta en sus más mínimos gestos. Necesitamos que las cosas terminen, que Jim Morrison vaya al encuentro del Coronel Kurtz envuelto en las tinieblas de “This is the end, my only friend, the end”, que Lola la colorada corra y corra una vez más para encontrar otro desenlace posible. Y al segundo siguiente odiamos conocer todos los detalles del último acto de Gollum y Frodo en el Monte del Destino, porque quisiéramos tragarnos otra vez los tres tomos de Tolkien –o las cuatro novelas de Jardiel Poncela– con la misma gozosa sorpresa, como si fuera la primera vez.

Ese, precisamente, era el título en castellano de una ligera comedieta de Hollywood (realzada por la presencia de Adam Sandler) en la que Drew Barrymore, Memento style, arrancaba cada día con la memoria intacta. En oposición al meteorólogo de Murray, su día de la marmota transcurría en un paraíso tropical, y ella era la única que no se daba cuenta. Su padre y su hermano debían fingir cada día su asombro por el final de Sexto sentido, una película bastante descartable: se puede ver mil veces la trilogía original de Star Wars –aunque El regreso del Jedi tenga un final tan ñoño– sin que nos preocupe saber que Darth Vader es el padre de Luke Skywalker, pero una vez que sabemos que Bruce Willis estaba muerto ya no tiene sentido perder el tiempo con M. Night Shyamalan. El nene dice “I see dead people” y no se nos mueve un pelo. Maldición, ya sabemos cómo termina.

* * * *

Entonces, ¿cómo sobrevivir conservando el don de la sorpresa? En la muy disfrutable novela Cineclub, el escritor y crítico de cine canadiense David Gilmour (nada que ver con ese guitarrista que toca en The final cut) permite que su hijo abandone el colegio secundario y procede a educarlo con tres películas a la semana. Y allí repite eso de que “la segunda vez que ves algo es en realidad la primera. Tienes que saber cómo acaba para poder apreciar lo maravillosamente que está realizado desde el principio”. Tiene su punto de razón, pero eso no quita cierta pátina de desencanto, de pérdida de una cuota de ilusión. Hay un cuento de Fontanarrosa en el que un hincha canalla deambula por Rosario haciendo lo imposible para no enterarse de cómo va el superclásico contra la Lepra: quiere arribar al epílogo sin sufrir el trámite. El rumor de una radio, un griterío, el lejano eco de un petardo, el cálculo de los minutos que van pasando, le disparan infinidad de apreciaciones futboleras y de vida que avizoran hasta el lunes, lo que sucederá después del final, las implicancias de la derrota, el empate o la victoria. El partido termina 1 a 1, y el protagonista también: eludir la tensión del partido mismo lo hizo vivir la tensión del no-partido, sufrir en ascuas hasta llegar a los tres pitazos.

Algunos días vivimos así. Tratando de bajar el cono del silencio, evitando conversaciones ajenas donde se habla de tal película, libro, serie, obra teatral; cerrando ventanas de Internet llenas de spoilers, queriendo vivir la incertidumbre de Murray preguntándose cómo y cuándo va a terminar el día de la marmota, enojados con el aguafiestas que desliza, canchero, que el asesino era el mayordomo. Y al mismo tiempo no podemos evitar la obsesión por llegar al final, que la incertidumbre termine, que termine el corte de luz, la semana, el dentista. Queremos saber cómo termina, perseguidos por la posibilidad de salvarnos durante años de que nos atropelle un camión, para acabar atropellados por un triciclo. Deseosos y temerosos de esas dos malditas palabras que lo cambian todo, que lo cierran todo, el Rey Lagarto cantando en la bañera de París.

The end.

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7.5.09 

Click

Cecilia Salas se mueve en un terreno que se parece bastante a un campo de batalla: la fotografía de shows de rock. Desde esa trinchera allá adelante, no solo se banca las condiciones de trabajo a las que a veces se ve sometida, sino también las barbaridades que suelen prodigarle los de las primeras filas. Y consigue grandes resultados, fotos dignas de poster: era hora que la señora exhibiera lo suyo en Flickr. Recomiendo especialmente la sección ¿Qué ves cuando me ves?

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6.5.09 

El goma

Qué bueno que volvió Marcelo Tinelli y su corte de gomazos, las cámaras sorpresa, joditas y la Mona Jiménez destruyendo "Y dale alegría a mi corazón". Ya sé qué NO voy a hacer lunes, martes, jueves y viernes por la noche.

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El libro gordo del príncipe

(Publicado hoy en Página/12)

Es un ejercicio narcisista, un objeto de colección y un disco –con perdón del término– del carajo, todo junto y en un ladrillo de casi tres kilos. Y si el ladrillo se presenta en color púrpura ya no quedan dudas: a Prince siempre le gustaron los grandes gestos. En 2007, el moreno protagonizó una serie de 21 conciertos en el O2 Arena de Londres (allí donde Michael Jackson se prepara para reaparecer montado en un elefante), y a la hora de dejar testimonio no se conformó con el mero CD en vivo, sino que convocó a Randee St. Nicholas para realizar un ensayo fotográfico que abarcó los shows, el lujoso hotel The Rochester, las calles londinenses y las de Praga, donde Prince y su cohorte se pasearon a puro glamour. El resultado fue 21 Nights, el libraco que se acaba de distribuir en Argentina y que incluye el disco Indigo Nights. Y eso sin contar la caja de lujo, forrada en terciopelo, con una película y un iPod personalizado (¡a 1500 libras!). Un lanzamiento, sí, principesco.

El inquieto músico de Minneapolis, claro, ya está en otra cosa: en estos días está apareciendo una caja triple con el guitarrero LotusFlow3r, MPLSound (orientado al pop) y Elixer, este último de la cantante Bria Valente. Pero en 21 Nights, además de las fotografías, textos y poemas, uno de los mayores atractivos está precisamente en lo que suena: es sabido que, a la hora de llevar su música al acto en vivo, el grado de obsesión de Prince se traduce en bandas que suenan como una ajustadísima maquinaria. Y esta encarnación de la New Power Generation no es la excepción, sino una nueva demostración de la regla.

Greg Boyer, Lee Hogans y Mike Phillips en vientos; Morris Hayes y Renato Neto en teclas; Josh Dunham en bajo, CC Dunham en batería, las cantantes Marva King y Shelby J y las coristas y bailarinas Nandy y Maya McLean: con ese personal, Prince entrega en Indigo Nights una caliente performance que balancea bien títulos recientes como la apertura de “3121” y viejas perlas como “Girls and boys”, “Alphabet Street” y “Delirious”. Pero también le abre la puerta a la joven reina soul británica Beverley Knight, que brilla como la voz principal de “Rock steady”, y le saca chispas a la guitarra en una inesperada rendición instrumental de “Whola lotta love” (sí, la de Led Zeppelin) que demuestra otra vez que Prince puede moverse con comodidad en el género que pinte.

“Prince hace que quienes le rodean den el máximo de sí mismos, y dudo que él sea siquiera consciente de ello”, apunta St. Nicholas en el prólogo. Una banda demoledora que dispara generosas dosis de soul, blues, funk de alto voltaje, rock and roll nervioso y refinamiento pop, coronada por esa voz intacta: el formato de 21 Nights lo convierte en una elección de lujo, pero nadie podrá decir que el príncipe púrpura no hizo honor a esas palabras.

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4.5.09 

Hablando del videograph...



El idioma castellano le va a entablar (porque "le va a hacer" tampoco queda muy lindo) una demanda millonaria a TN.

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2.5.09 

El curioso arte del videograph

(Publicado hoy en Página/12)

“Bebota, esta... carne es para vos.” La imagen muestra a un musculoso símil gladiador romano en sunga, armado con un látigo: es uno de esos testimonios hilarantes que pueblan el nuevo sitio de Proyecto Cartele, la formidable idea de Machi Mendieta, Gastón Silberman y Esteban Seimandi que creció hasta convertirse en un YouTube de los carteles urbanos, suburbanos, rurales, del mundo; riquísimo banco que atesora a la vez la involuntaria expresión artística de sus autores y el fotoperiodismo espontáneo de los cazacartele. Faltas de ortografía, inusuales recursos publicitarios sin filtro, curiosas advertencias, dibujos ambiguos o simplemente soeces, pero también obras maestras de la contradicción, como esa otra foto publicada por Página/12 el martes, en la que un paisaje nevado es interrumpido por sendos letreros que, separados por un par de metros, rezan “Pista para trineos” y “Prohibido el uso de trineos”. Cosas que se ven por ahí, se dirá, en un terreno público donde la lógica se vulnera sin mayor conflicto y hasta con gracia.

Pero no es sólo en las calles o en los campos donde el fenómeno se verifica. La fugacidad de lo que aparece en la TV dificulta la posibilidad de un archivo tan ordenado como el de Proyectocartele.com, pero lo cierto es que el curioso arte del videograph merecería su propio sitio recopilatorio. En los primeros días de la epidemia de dengue, la señal Todo Noticias interrumpió su “continuidad” con el reclamo y los sonoros bronces de “Ultima Noticia” (una contradicción en sí misma: lo “último” no necesariamente significa “lo más reciente”, sino sobre todo lo último, lo que cierra una marcha: las noticias seguirán sucediendo). Al pie de la pantalla, la leyenda no hubiera desentonado en el mucho más catastrófico Crónica TV. “Alerta: el dengue que viene”, se leía, mientras en el piso un médico invitado abría su reporte diciendo “Lo primero que hay que decir es que no hay que tener miedo”, como si la frase sobreimpresa no fuera una inyección de esa paranoia que indica salir corriendo y, de ser necesario, pisotear al prójimo para conseguir los últimos espirales y tabletas, repelente de insectos, mosquiteros, palmetas; como si la urgencia por adelantarse a ese dengue que inexorablemente venía no pareciera una apelación a tener miedo, mucho miedo, encerrarse a cal y canto, llamar a los seres queridos para repetirles alerta, alerta que viene el dengue y –como diría el fatalista copo de nieve de Daniel Paz– moriremos, todos moriremos.

Esta semana, el doctor Alberto Cormillot apareció en el estudio de C5N para explicar, con su habitual tono mesurado y didáctico, que no se debía caer en el exceso de interpretar un poco de moco flojo en la nariz como un indiscutible síntoma del mostro que ahora nos acosa. “No podemos considerar el síntoma de un simple resfrío como la prueba de un caso de gripe porcina”, dijo, palabra más o menos. Evidentemente, el videographista del canal de Daniel Hadad estaba en otra sintonía, porque la leyenda contradecía a Cormillot con un rotundo “Ezeiza: cuatro casos”.
El arte del videograph tuvo también sus expresiones durante los días más calientes del conflicto entre el Gobierno y los ruralistas: casi todo párrafo de un funcionario oficial era una “polémica declaración”, aunque tuviera algún viso de racionalidad; toda respuesta de un mosquetero de la mesa de enlace era un “enérgico repudio”, aunque incluyera una supina barbaridad. El mismo arte permite hoy sintetizar una larga y detallada explicación de la ministra Ocaña sobre la gripe porcina con el explosivo “Si viene, será grave”.

Al cabo, no es para ponerse a enjuiciar a los responsables de tanta poesía videographera. Cabe detenerse en una apreciación general que tiene que ver con el espíritu que ganó a los noticieros desde que el rating se convirtió en el único Dios al que rendirle devoción. En la lucha por ganar y retener audiencia, en la masacre por no perder participación en una torta publicitaria que para colmo de males tiende a achicarse más y más, el noticiero no tuvo más remedio que ceñirse a las reglas del show televisivo, repleto de ganchos que impidan el zapping. El argentino medio es desconfiado por naturaleza, y si en un canal dicen que el Apocalipsis aún no llegó, que la gripe es preocupante pero no hay razones para dejarse ganar por el pánico, pensará que ese canal, como tantos en este país, le está mintiendo, que seguro en la competencia están diciendo la verdad de la milanesa. Como un productor de Gran Hermano, los jefes de noticias saben que el secreto del minuto a minuto está en mantener el suspenso. Y si ese maldito doctor insiste con que hay que tomarse las cosas con calma, la gente puede llegar a hacerle caso y e irse al cine (sin barbijo) o, peor aún, mudarse a una pantalla que tenga más emoción, que termina pareciéndose a tener más información. No queda otra que subrayar la tensión por otro lado. Y siempre habrá tiempo de largar un nuevo videograph que diga “Confirmado: los 4 casos de Ezeiza no eran gripe porcina” (nótese la nueva contradicción de confirmar que no se confirmó lo anunciado) y propiciar que el televidente diga qué bárbaro, estos tipos siempre están al pie de la noticia.

Y mientras tanto, el frenesí de la información, el show de la noticia, sigue su rumbo, y los chanchos pisotean a los mosquitos, se llevan todo el rating. La desaparición de un histórico brote de pediculosis parece una noticia menor.

* * * *

Quien esto escribe entrevistó sólo una vez a Los Piojos. Fue en 1996, cuando el grupo de El Palomar estaba lanzando Tercer arco, el disco que supuso su definitiva explosión en el medio argentino, su carta de entrada a la historia grande del rock local. En una tarde primaveral, casi todo el grupo se apersonó en el viejo edificio de Belgrano 673; tras algunas deliberaciones, la entrevista se hizo en uno de los jardines de la avenida 9 de Julio. La decisión significó un magnífico dolor de cabeza a la hora de desgrabar, pero también un ánimo relajado a la hora de la charla, apenas interrumpida por un par de pibes que pasaron y largaron un “Eh, loco, aguante Los Piojos”. La banda aún no había llegado a ese molesto punto en que moverse en público se vuelve un problema.

En aquella entrevista, el cantante Andrés Ciro no sólo se explayó sobre el concepto del flamante disco (“Nos matamos entre nosotros y el arco de los poderosos siempre termina invicto. ¿Y qué pasa si empezamos a patearle al tercer arco?”, se preguntó) sino que también relativizó esa naciente etiqueta de rock barrial que algunos le endilgaban al grupo. “Si te quedás en la esquina nunca vas a crecer”, decían ellos, demostrando una ambición que se hizo difícil encontrar en la parva de grupos que brotó a la luz de lo que hacían ellos, La Renga, Divididos, Los Caballeros de La Quema. En la música y el discurso de Los Piojos difícilmente pueda encontrarse el regodeo o la celebración de lo barrial como único faro. Y sin embargo cierta visión histórica insiste en encajonarlos allí: quizá por esa costumbre de Ciro de leer las banderas con nombres de barrios y ciudades en sus shows, quizá por las características de tracción a sangre de sus canciones, a Los Piojos se les adosó toda bondad y toda maldad de esa caprichosa caracterización de rock barrial.

Los Piojos fueron bastante más que el discursito de la birra en la esquina y los valores del palo. Lo saben quienes estuvieron en el mítico Arpegios (aunque, como los Redondos en La Esquina del Sol, a Los Piojos todo el mundo los vio en Arpegios), lo saben quienes experimentaron el indecible estado de fiesta de las presentaciones de Tercer Arco en Obras, quienes supieron apreciar el dominio de escenario de Ciro y concederles, aun en discos menos inspirados, el beneficio de la pasión genuina. Es cierto que hubo una cierta desintegración lenta en la partida de miembros históricos, y que en los últimos tiempos su enorme popularidad los condenaba a montar sólo ceremonias grandilocuentes. Pero nada de eso justifica el prejuicio de los que sostienen que era una banda sobrevalorada ni alcanza para relativizar un muy buen disco de despedida como Civilización. Como todos, Los Piojos hicieron lo que pudieron para sobrellevar su historia, cargaron con el estigma de tener un público pirotécnico (que incluso puso en riesgo al baterista Daniel Buira con un bengalazo a distancia en el show de Atlanta en 1999), supieron volver a arrancar tras una pausa obligada por la operación en las rodillas del cantante, debieron bancarse el reclamo de quienes los querían idénticos a sus comienzos, viajando en colectivo o tirados en un jardín de la 9 de Julio. Nunca se resignaron a quedarse en la esquina, del barrio y de la creación.

Esta semana, el grupo tiró la noticia que sus fans no querían escuchar, no querían prever. El 14 de mayo en el Club Ciudad dejarán detrás veinte años de carrera y nueve discos, algunos impecables como Ay Ay Ay o ese que llamaba a patear hacia el arco de los poderosos. La carta que dieron a conocer apela a la necesidad de “no fingir espontaneidad donde no la hubiera”. Pero ante todo llama la atención al informar que el grupo “no se separa”.

Otra curiosidad para el libro gordo del rock argentino: Los Piojos anunciaron su desbande con un videograph.

Seguiremos informando.

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Responsable

  • Eduardo Fabregat
  • Buenos Aires, Argentina
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