30.6.09 

Un ¿chiste?

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GriPRO A

Si se llega a confirmar esto, Néstor recupera la sonrisa.

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29.6.09 

Este lunes

Sí, claro, y ahora el colorado efedrínico de la fortuna inexplicada y la señora bian de la silla de ruedas y el bigote de la papa en la boca van a resolver mágicamente todos nuestros problemas, se acabó la inseguridad, doña, se acabó la dictadura de los K, flaco (como cantaban anoche unos pendejos que no tienen ni la más puta idea de lo que es vivir de verdad bajo una dictadura), se acabó el desempleo y la corrupción y la pobreza y ahora vamos a trabajar vamos a trabajar vamos a trabajar. Es por lo menos curioso escuchar ese discurso en boca de dos tipos que en su labor legislativa se distinguieron por no presentar un puto proyecto, por ausentarse el 70% de las sesiones, por no hacer absolutamente nada por mejorar la vida de la gente. Pero ah, ahora sí señora, ahora sí don, van a trabajar por todos nosotros y sobre todo por el pobre productor rural, al que le van a erigir un monumento por servirle en bandeja esta oportunidad. A él y a los responsables de comunicación de este Gobierno, que tendrá buenas intenciones pero una torpeza y una incapacidad para convencer y para argumentar sus decisiones que mete miedo, que hace que lentamente todo vuelva a la derecha y a los vicios que ya sabemos cómo terminan.

Méndez será un fantoche terminado, pero el menemismo vuelve.

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26.6.09 

La fiambrería

El miércoles pasado fueron Fernando Peña, Alejandro Doria y Oscar Ferreiro (aunque el pobre Ferreiro quedó relegado porque nos enteramos después del cierre). Ayer, Michael Jackson, Andrés Cascioli y Farrah Fawcett: cuando las muertes se acumulan, cuando caen tres en un día, la redacción se acerca aún más al concepto de manicomio. Tanto, que tuve que interrumpir mi semanita libre y dar una mano a la distancia. Aquí abajo, entonces, van mis aportes a la auténtica carnicería de ayer.

 

Encuentro en casa Rosada

(Publicado acá, junto a este perfil de Roque Casciero y esta opinión de Fernando D'Addario)

Sucedió el 7 de octubre de 1993: la Casa Rosada ha dado testimonio de infinidad de curiosidades, rarezas y francas deformidades, pero esa tarde fue escenario de una de las más llamativas. Michael Jackson estaba en la Argentina, en el marco de una gira –el Dangerous Tour– que no se había cancelado de milagro. Es que ese mismo año se había conocido la denuncia de los padres de Jordan Chandler, quienes sostenían que el cantante había abusado sexualmente del niño de 9 años en una visita al rancho Neverland. El proceso duró años, y esa y otras denuncias serían desestimadas tras un acuerdo extrajudicial, pero en esos días en que se anunciaba el desembarco de Jackson en el estadio de River el tema literalmente ardía. Como hoy mismo, el nombre del autoproclamado Rey del Pop aparecía en titulares de todo el mundo, gracias a nuevas declaraciones de niños o a las postergaciones que sufrieron varios shows de ese recorrido mundial.

Pero Jackson llegó, provocando el consabido revuelo en una Argentina que ya era plaza fértil para espectáculos musicales de todo estilo, pero recién empezaba a sumar a los pesos pesado en su cartelera. El día anterior al inicio de su serie de tres shows, la Casa de Gobierno anunció a la prensa que Michael se entrevistaría con el presidente Carlos Menem, y cursó invitaciones para asistir a ese encuentro de dos potencias. Esa tarde, sin embargo, los periodistas fueron confinados al Patio de las Palmeras, desde donde pudieron ver a la comitiva del astro pop a través de una puerta acristalada. Por allí pasó el cantante, con un traje adornado con charreteras, gafas oscuras, sombrero y una comitiva de niños y guardaespaldas; la entrevista con Menem y su hija Zulemita duró escasos cuatro minutos, intercambiaron regalos, el grupo volvió a pasar frente a los cristales y allí terminó todo. Más de un periodista presente recordó el rumor de que Jackson disponía de un pelotón de dobles para despistar a los paparazzi, lo que abría algunas dudas sobre la veracidad de la visita a la Rosada. La foto oficial no ofrecía dudas al respecto.

Por esa extraña tarde en la Rosada, para este cronista resultó tan violento el contraste frente a lo visto en River. Jackson sí tenía dos identidades, lo que quedó patente cuando, el 8, 10 y 12 de octubre tomó el escenario del Monumental. En la vida civil Jackson parecía un extraterrestre frágil y hasta desagradable, pero en escena se transformaba en aquello que le dio la fama que convierte a esta noticia en el centro de todas las miradas. En materia técnica, aquel Dangerous Tour era lo mejor que podía conseguirse a comienzos de los ’90, con dos pantallas gigantes de cristal líquido que dejaron a todos de boca abierta y un sonido cercano a la perfección. Pero en el centro del asunto estaba ese frágil muchacho que viró del negro al blanco a la vista de todos, rompió varios records y hasta hizo que Domingo Di Núbila posara de experto en música pop. A la hora de los bifes, Jackson era un artista con todas las letras. Aquellos conciertos en River Plate exigieron el respeto hasta de quienes consideran al pop una mera musiquita plástica: bailarín eximio, experto en el manejo de multitudes, veterano de tantos años en el show business, en su salsa el tipo era sólido y confiado como una roca, estaba a años luz de ese extraño flaquito atisbado en la casona de Plaza de Mayo.

Sus últimos años fueron de decadencia, de profundización de la imagen más deforme, Peter Pan enfrentado al exilio del País de Nunca Jamás. El capricho del chiste fácil hace pensar que, en rigor, desde ese 1993 para acá Jackson vino barranca abajo, cada vez peor, cada disco menos relevante, endeudado, perseguido, ninguneado, como si le hubiera caído una maldición, una mufa insalvable. Quizá le hubiera convenido mandar un doble.

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La verdad del mito

(Publicado acá, junto a este perfil, esta opinión de Juan Sasturain y esta de José Pablo Feinmann)

En casa era una religión, y no sólo por el hecho de que allí estuviera Aquiles Fabregat (“¿Fabregat? ¿Qué sos de Aquiles?”): cada mes, Humor era un huracán de aire fresco en el pantano de la dictadura, ese “Menotti de Hoz dijo que el Mundial se hace cueste lo que cueste”, la Vida interior de Tabaré, el glorioso Nada se Pierde con Los Insufribles, la Ruta de los Corsarios, el Romancero del Eustaquio de Fabre; las Páginas de Gloria, el Picadillo Circo donde Braccamonte y Paredero deschavaban los cortes de Miguel Paulino Tato, los cabezales irónicos y Quemá esas cartas; era Peiró, Ceo, Tomás Sanz y Pelota, Grondona White, Oski, Limura, Fontanarrosa, Patricia Breccia, Fati, Cilencio, Izquierdo Brown, Marín... y todos los que vinieron después, que fueron muchos y casi siempre de muy buenos para arriba. Habrá quien crea que el tiempo transcurrido hace que Humor Registrado sea más leyenda que realidad, pero basta tomar un viejo ejemplar para comprobar que no, que era buena en serio, que Andrés Cascioli supo juntar todas esas cabezas y dejarlas jugar, y ponerle su firma a tapas inolvidables.

El Tano Cascioli también me abrió la puerta de mi primer laburo, en la vieja y querida SexHumor, pero no es eso lo que motiva estas líneas de despedida, sino lo anterior, el agradecimiento por una revista que hizo historia de verdad, que le pudo hacer el aguante a los milicos, atravesó como pudo la meseta del alfonsinismo (¿cómo atacar, aunque sea desde el humor, a un flamante gobierno democrático?) y terminó asfixiada por Carlos Saúl I, que nunca toleró bromas que no fueran las de su amigo el gordo bolú. Sí, aquellos que se quedaron sin trabajo cuando cerró Ediciones de la Urraca tienen algunas otras cosas para decir de él. Pero nada podrá borrar esa época en la que se esperaba al pie del kiosco la llegada de un paquete de aire fresco. Ese humor, efectivamente, quedó registrado.

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25.6.09 

Adiós, preciosa


Fue una de las primeras minas que me hizo calentar, y no precisamente en el sentido de "enojar". Protagonizaba una serie que hoy quizá da un poco de vergüencita, pero estaba mas buena que el flan con dulce de leche, y encima después se casó con el Hombre Nuclear: inalcanzable. Pero al menos Farrah Fawcett supo estar largo tiempo en la pared de mi pieza de preadolescente. Hoy, después de unos últimos tiempos bastante fuleros, se nos fue. Y con ella, parte de mis años mozos.

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Pronóstico reservado

Entre tanto agorero electoralista, creo que empiezo a tener claro qué es lo que va a pasar después del 28: la fiebre porcina nos va a matar a todos.

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21.6.09 

Volar con Pixar


Créase o no, lo hicieron de nuevo. Salí de ver WALL-E con la sensación de que Pixar había tocado el techo, que iba a ser muy difícil que superaran esa carga de poesía, de maestría para combinar la animación más impactante y una profundidad narrativa que no se encuentra así nomás en otros productos dirigidos al público infantil. Y de algún modo, hacen que lo difícil parezca, precisamente, juego de niños. No importa si tenés un hijo para llevar o si te conseguís un sobrinito: cualquier adulto puede verla sin esa excusa. No importa si la ves con anteojitos o en formato normal: en la película dirigida por Pete Docter la técnica es un detalle más, eso a lo que los creadores de Toy Story, Bichos, Monsters Inc., Buscando a Nemo, Los increíbles, nos tienen felizmente acostumbrados. No importa si en inglés o en castellano, de tarde o de noche: lo que importa es que no dejes de regalarte esa inolvidable maravilla que es Up.

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20.6.09 

El arte, esa máquina del tiempo

(Publicada hoy en Página/12)

“Imaginate a la isla como una gran bandeja giradiscos. Cuando Benjamin Linus movió la isla, el disco empezó a saltar una y otra vez.” La ¿explicación? del físico Daniel Faraday es una de las claves de la delirante quinta temporada de Lost, en la que los sobrevivientes del vuelo Oceanic 815 que quedaron en la isla se la pasan saltando de época en época, de los ’50 a los ’70 y más allá, encontrando a diferentes personajes secundarios con diferentes edades... e incluso a ellos mismos en el comienzo de su naufragio. Es ficción, claro. Ciencia ficción, para más datos. Pero al cabo no suena tan desquiciado darle la derecha al científico loco de Oxford: al antojo del público usuario, la vida también puede ser una turntable que salta y descoloca, que lleva de visita a diferentes paisajes temporales. Y dentro de ellos, a todo un paisaje personal. Emotional rescue.

El ejercicio de la memoria suele tener la forma del capricho. Uno puede no recordar el nombre de la persona que le presentaron la semana pasada, pero retiene a la perfección el número de teléfono de la casa de su infancia. Más aún: se recuerda el sonido de su timbre, el aspecto del aparato, la resistencia del disco y el peso del auricular, dónde estaba colocado en la casa (nota para el público más flamante: allá lejos y hace tiempo, el teléfono era algo tan poco móvil como el horno o la heladera, el celular era el temido camioncito que se llevaba melenudos en la puerta de los recitales) y hasta el color del tapete que tenía debajo (segunda nota: el monstruo de baquelita siempre tenía un tapete abajo, un adorno para realzar su importancia). La memoria me resulta complicada, no me acuerdo ni de las cosas que leí, decía, cantaba Spinetta, pero esta vez hay que contradecir al Flaco. Uno sí se acuerda de las cosas que leyó. Y las canciones que escuchó. Y las películas que vio. Y las emisiones de radio que oyó. Y los programas de televisión que disfrutó o padeció. Y todo eso junto, todo mezclado, aderezado con la inseparable biografía, construye un recuerdo tan vivo como esta mañana: el arte como máquina del tiempo.

Sólo ese pegamento mágico consigue el flashazo hacia atrás, el H. G. Wells de Rod Taylor dándole murras a esos Morlocks que parecían músicos beat pero musculosos y peor entrazados. Nos costará un día y medio recordar de dónde tenemos a ese tipo que nos saludó en el bar, pero basta escuchar el arpegio de piano de “Children’s crusade” de Sting para conjurar esa noche que vimos Bring on the night en el Atlas Lavalle, y en la mochila llevábamos Oficio de tinieblas 5 de Camilo José Cela, y a la salida fuimos a La Martona de Corrientes con el mejor amigo a envidiarle al ex Police la impresora de pentagramas y charlar como en mónadas del viejo Cela sobre el corazón destrozado por la chica conocida en el Estrella de Maldonado. Buenas noches Sr. Wells, buenas noches Sr. Abrams, la verdad es que no andaban tan para el lado de los tomates.

Las películas que tratan de viajes en el tiempo suelen pasarse de rosca, rizar el rizo a extremos incomprensibles. Los devaneos de la versión George Pal de The time machine (1960) quedaban pálidos ante la propuesta de Terminator (ni hablar de sus continuaciones) o los castigos retroactivos de Minority Report o el inolvidable, por momentos excesivo, vaivén de Marty McFly y el Doc Emmett Brown en Back to the future. Sin embargo, la cabeza se permite suspender la incredulidad, entrar en el juego y comprar y comprender las paradojas, no solo por uso del intelecto sino también por la fuerza de la costumbre. De pronto suena en la radio “Money” de Pink Floyd o “Black dog” de Led Zeppelin o “Street fighting man” de The Rolling Stones y las paredes se difuminan, el presente se diluye y estamos otra vez en el living de la casa de un compañero de primaria, escuchando ráfagas de sonidos raros que provienen de la habitación del hermano mayor y sus amigos, que apenas nos dirigen la palabra y usan unas raras remeras de batik y pasan con unos discos bajo el brazo que dicen Yes y tienen unos dibujos rarísimos.

La última edición de La Mano ofrece un informe sobre la locura en el rock, y cuando se lee el título de la canción “Am I going insane?” de Black Sabbath ya no es 2009, es 1982, la Guerra de Malvinas aún está sucediendo y las risitas desquiciadas de Ozzy Osbourne y sus acólitos, bichos raros en la era de ABBA y Village People, refuerzan la sensación de irrealidad, de transporte en el tiempo. Volvemos a estar ahí, entre los muros de una pieza que ya no existe pero vuelve a existir hasta en sus más mínimos detalles.

Estamos adentro pero también observamos desde afuera, porque es imposible terminar de desactivar la conciencia. Viajeros del tiempo pero responsables, sabemos que aunque pudiéramos no nos atreveríamos a tocar nada, a cambiar el curso de las cosas: está demasiado presente el consejo del Doc, no hay que alterar el espacio-tiempo, y también está claro que aquí no hay ningún DeLorean a 88 millas por hora, que el salto del giradiscos no deja de ser un intenso y creíble ejercicio de la imaginación.

¿Cómo olvidarse de esas cosas? La combinación de factores pasados no hace más que enriquecer el presente. El secreto de las radios de clásicos, del mezcladito infernal de La Mega, del canal Volver o TCM Classics radica en ese valor agregado por el consumidor, su propia biografía, para vulnerar la línea del tiempo. La gran incógnita para la sexta temporada de Lost es si los viajeros, una vez estabilizada la púa de la bandeja, lograrán modificar el devenir de los sucesos, reescribir la propia historia reciente.

Pero uno no quiere reescribir. Uno quiere re-leer, re-escuchar, re-vivir, aun con los modos artificiales de la memoria. Es común que en el relato hacia afuera las anécdotas se enriquezcan, se embellezcan con detalles que no son ni mentira ni verdad. Son solo eso, detalles. Pero en el viaje particular y privado las cosas se presentan como son, como fueron. Y hay escenarios que son inexplicables, difíciles de transmitir: cualquiera puede hacerse una idea del contexto de un Moris en Obras o unos Redondos en Obras porque Obras sigue allí, algo maquillado y con otro nombre pero más o menos igual. Lo que no hay es un atlas que señale las características del Tizona de Flores donde tocaba Punto Rojo. No hay manera de describir lo que sucede cuando suena “The breaks” de Kurtis Blow o “Ladies night” de Kool & the Gang o uno de los Grandes Lentos del rock argentino y el viajero se va al tiempo de los bailes en Bet Am, Náutico Hacoaj, Hebraica o Bet El: los atentados a la Embajada y a la AMIA clausuraron para siempre esa línea temporal.

El viaje está ahí, al alcance de la mano y de la cabeza. El viaje puede hacerse (gracias, Dr. Faraday) incluso con una misma bandeja: quien creció escuchando vinilos aún hoy debe refrenar el impulso de levantarse a dar vuelta el disco cuando termina “Yo no me caí del cielo”, “Problem child” o “Seaside rendezvous” o “Ticket to ride” o “Viernes 3 AM” (la lista podría ser interminable). Y si uno se levantara a dar vuelta el disco no sería muy diferente de los losties viendo, oliendo, experimentando, palpando los tiempos idos, dándole rosca a la palanca de la maquinita de Mr. Wells.

El siglo pasado, a la misma hora.

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18.6.09 

Más alto que el avión

(Publicada hoy en Página/12, dentro de la producción por la muerte de Fernando Peña)

Entre tanto asombro por lo que conseguía con el espacio radial (¿cómo una persona podía ser tres, cuatro, cinco, y dialogar entre sí y no perder el hilo?), tanto experimento, tanta aparición televisiva, tanto tatuaje en la cabeza, tanto brulote-carne fácil de chismorreos de la tarde catódica, la imagen más potente que le queda a este cronista pasa por una obra pequeña, oscura, hablada íntegramente en inglés, presentada hace ocho años en La Trastienda. My name is Albert... with an A, decía Peña sobre el escenario, con los dedos apenas enlazados en un gesto tímido, síntesis del killer niño que representaba. My name is Albert, repetía Peña, Peña vestido con pijama, y en su mirada se sintetizaba toda la ternura y toda la ferocidad que podía disparar el mismo performer.

En esa pieza coescrita con Ronnie Arias se pudo advertir a un Peña circunscripto a un único personaje, pero eso estuvo lejos de limitarlo. Quizá lo hizo brillar más. Encerrado en una pieza destartalada, con su padre encadenado bajo la cama, trozos de sus víctimas, el dúo cómico de los fetos Bubbles & Beans y la cabeza de su madre, Peña conseguía –como en El niño muerto, otra obra en la que, como en tantas otras cosas, coqueteaba con la Parca– el agridulce milagro de divertir e inquietar, relajar y patear en los huevos, provocar la risa franca y la mueca incómoda. De manera inevitable, el repaso de su persona deberá detenerse en sus posiciones políticas y sociales, en sus raptos de fascismo, en barbaridades que se atrevió a decir. Pero lo que queda de Peña es el artista, esa cosa irrepetible que conseguía al pisar las tablas, al conjurar sus criaturas frente al fierro, al animarse a volar más alto que cuando su ámbito era un avión. Cuando semejante talento se pierde, no hay nada que festejar.

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17.6.09 

De la calle a todo el planeta


(Publicada hoy en Página/12)

En el principio fue un tipo cantando en la calle de Santa Monica, California: cuenta Mark Johnson que en 2005 escuchó a Roger Ridley cantando “Stand by me” y que desde entonces nunca fue el mismo. “Esa canción transformó a un pequeño de grupo de individuos en un movimiento global por la paz y el entendimiento”, dice el productor de Playing for change, la organización que acaba de editar un disco y DVD que es otro formidable ejemplo de los milagros que puede realizar la música. Durante cuatro años, Johnson, el argentino Enzo Buono y un pequeño equipo de camarógrafos e ingenieros de sonido recorrió el mundo registrando a artistas callejeros que terminaron conformando un mosaico sonoro sorprendente, la manera de “trascender de la oscuridad hacia la luz, con la música como una arma para el futuro”.

¿Demasiado hippie? Playing for change desactiva el cinismo más pétreo. Johnson y Buono fueron del Primer Mundo de Francia, Italia, Estados Unidos y los Países Bajos a barriadas de Sudáfrica, el Congo, Zimbabwe, Nepal e India, capturando pequeñas piezas, aportes rítmicos, voces aisladas y coros completos que construyen deliciosas versiones del clásico de Leiber/ Stoller/ King, títulos inoxidables de Bob Marley –ese lenguaje universal– como “War / No more trouble” y “One love”, el “Biko” de Peter Gabriel, “Love rescue me” (U2/Bob Dylan) o “Talkin’ bout a revolution” de Tracy Chapman. A diferencia de esos esfuerzos estelares a la USA For Africa, aquí no sólo vibra la pasión traducida en notas sino el encanto de lo inesperado, la deliciosa construcción comunitaria de personajes que nunca se vieron las caras, pero tendieron puentes invisibles de miles y miles de kilómetros.

Por supuesto que la iniciativa no se quedó en el mero ejercicio antropológico. Tal como puede apreciarse en el sitio playingforchange.com, la organización lleva adelante proyectos como la construcción de escuelas de música y viviendas para las comunidades de donde proceden los artistas callejeros involucrados; el film Peace through music (del que se incluye un trailer en el DVD) busca diseminar el mensaje y provocar una ola viral, y los videos también incluidos en este lanzamiento ayudan a cimentar esa sensación de que sólo el arte puede conseguir semejante vínculo entre culturas tan diversas, tan diferentes como el cellista ruso, el guitarrista israelí, el djembista del Congo, el charanguista argentino y el flautista indio. Esas imágenes refuerzan la sorpresa, el asombro por la naturalidad con la que todo se funde dibujando un mapa mucho más preciso y atractivo que el de la mera geografía.

Como suele suceder en esta clase de proyectos, por allí anda Bono sumando su voz a “War”. Pero, quedó dicho antes, aquí no hay estrellas redimiendo su culpa por tanto dinero en el banco, y al cabo el cantante de U2 termina siendo otra pieza más del andamiaje. Que, además de los covers y de ese grand finale con el “A change is gonna come” de Sam Cooke en vivo en New Orleans, deja una encantadora pieza original, “Don’t worry” del francés Pierre Minetti, que sirve como declaración de principios y de esperanza. Don’t worry: aun tocando por monedas se puede aspirar a cambiar el mundo.

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13.6.09 

El parto del elefante

(Publicada hoy en Página/12)

¿Qué es más importante, grabar o tocar? Días atrás, en una charla informal, el guitarrista y cantante Mariano Fernández comentaba que Aire, tercer disco de Me Darás Mil Hijos, había sido “un parto... un parto de elefante, tres años de trabajo que casi nos volvieron locos”. Afortunadamente, semejante esfuerzo valió la pena, se tradujo en un notable resultado artístico, una de las razones que convierte a MDMH en una de las bandas a seguir de la escena independiente. Otra de las razones es lo que produce en vivo: esas dos facetas de un mismo proyecto dieron pie en aquella charla a algunas apreciaciones que merecen un debate ciertamente más extenso. Para una banda que varía entre 9 y 12 integrantes (según se presenten con sección de vientos o no), llevar adelante su historia a veces puede parecer un eterno parto de paquidermo. Pero no queda más remedio que encararlo y pujar: lo otro es la inmovilidad, que nunca fue sinónimo de arte.

Algunas décadas atrás solía fantasearse con la ultramodernidad que supondría la llegada del año 2000. La cifra tan redonda daba pie a los raptos de imaginación más variados, y a medida que la fecha se acercaba supieron dispararse también las presunciones catastróficas, que podían pasar por la interpretación religiosa del fin del mundo, la afiebrada lectura de los textos de Nostradamus o la paranoia del Y2K, aquel temor de que la humanidad quedara reseteada por un apagón tecnológico que nunca llegó. Es curioso que todo eso parezca historia tan antigua justo ahora, el momento en que realmente la modernidad mezcla todas las barajas, deja patas arriba las reglas del juego, obliga a pensar todo de nuevo. Ya nada es como era, y es una realidad tan potente que resulta ocioso preguntarse cuándo fue que cambió todo. No hay autos voladores, ni viajes interplanetarios: lo más llamativo, lo que produce el paisaje más extraño, está en lo cotidiano.

En la poderosa leyenda de The Beatles hay una historia recurrente, que dio pie a infinidad de chistes sobre el olfato de la industria: es aquella que rescata la anécdota del sello Decca rechazando a la banda porque “los grupos de guitarra son cosa del pasado”. Descorazonados por la falta de interés, John, Paul, George y Ringo terminarían cayendo en las manos y orejas de George Martin, y el resto fue historia grande. El trasfondo de esa anécdota es la significación, la trascendencia que tenía el disco por entonces. Los Beatles ya eran una banda bien curtida en el escenario, las horas y horas de show en Hamburgo habían cristalizado su sonido y su entendimiento. Pero el disco, el primer disco sobre todo, era un trofeo a alcanzar, la certificación de existencia más allá de lo efímero de la ejecución en vivo. La cosa es aún más curiosa si se tiene en cuenta que la música (y el músico) trascendió los siglos sin que hubieran formas de retenerla y reproducirla en un soporte determinado. Una vez nacido el disco, y a partir de los ’40 y ’50 del siglo XX, su reinado pareció opacar todo lo demás: nadie podía hablar seriamente de una carrera si no tenía discos grabados que la jalonaran. Incluso los muchachos de Liverpool, hartos de escuchar alaridos en vez de la música que estaban tocando, renunciaron a mostrarse en vivo y se dedicaron al estudio, convirtiéndolo en una herramienta creativa más.

Es así como la historia de la música contemporánea encontró hitos con los que ir encadenando épocas, logros, bajones, estilos y cambios de marea en obras encerradas primero en pasta, después en vinilo negro y cinta magnética, luego en policarbonato plateado, y después... y después comienza la nebulosa, los interrogantes, los mazos con trampa. La invención del MP3 y el advenimiento de la era digital fueron el punto de partida para este paisaje, tan lleno de nuevos matices que obliga a la reflexión permanente sobre los pasos a seguir. Cualquier análisis serio deja claro que el compact disc es un formato en retirada, que los músicos pueden seguir pensando su obra en álbumes, pero el público los fragmentará, que esa obra puede ser comercializada en pen drives, teléfonos, conexión de banda ancha y tarjetas con pin para descargar.

El modo en que el público se relaciona con los artistas aún no está tan subvertido: uno aún espera El nuevo de Fito, El nuevo de Andrés, de Spinetta o el Indio o Cerati. Pero para quienes no cuentan con ese renombre y esa expectativa las cosas no son tan tajantes, ni son tan claras. Y al mismo tiempo, el ocaso del disco y la explosión tecnológica significan también la lenta degradación de la dictadura de los sellos. Hace ya una década larga, Manu Chao señaló en una entrevista con quien esto escribe que los músicos consentían demasiado el capricho de las grandes grabadoras, que su intención era grabar discos más breves, de 5 o 6 canciones, cada menos tiempo. El nunca cumplió esa promesa, pero era un razonamiento interesante. Hoy, The Beatles no tendrían por qué esperar el pulgar arriba de Decca o de EMI para llegar al trofeo redondo, podrían registrar sus canciones en su propia computadora, subirlas a su propio sitio y confiar en el efecto viral de la red. Es cierto que el sistema de compresión MP3 atenta contra la calidad del sonido, pero ya hay suficientes variantes –como el FLAC– como para que digitalizar no signifique recortar.

¿Por qué, entonces, atarse a formas que ya son parte del pasado? Recurriendo a alegorías animales, en el parto del elefante la industria se sigue quedando con la parte del león. Ahora como antes, los músicos son plenamente conscientes de que la subsistencia no está en los discos, ni siquiera en el plus del aparato de difusión que prometen las grandes discográficas, que a veces se queda en mera promesa. A Divididos se le reclama que hace diez años que no edita nuevo material, pero la banda nunca dejó de tocar: quizá su error sea que el temor al pirateo la llevó a no renovar el repertorio, no estrenar canciones en esa vida de escenario, pero lo suyo está lejos de ser inactividad. Aunque ahora finalmente estén trabajando en el estudio, parecen haber tomado la decisión de recordar que lo trascendente es lo aparentemente efímero, que nadie puede convertir a Mollo y Arnedo en un archivo downloadable o recortarles las frecuencias. Que nada reemplazará nunca ese vínculo directo. Que entre ellos y el borderó hay muchos menos intermediarios ansiosos por morder su parte.

De este brumoso terreno es donde salen las puntas para continuar el debate: ¿hasta qué punto es imprescindible concebir, gestar, parir al paquidermo, cuando el músico dispone de formas más ágiles, veloces y certeras para desarrollar su arte? ¿Cuánta energía hay que poner en la imposible tarea de modificar las leyes del negocio discográfico, y cuánta en reclamar que haya más escenarios para el acto efímero que trasciende las épocas? ¿Por qué invertir hasta los riñones en una producción que muchos bajarán sin pagar, incluso antes de que el disco tenga existencia efectiva? ¿Por qué no mantener un flujo periódico, menos traumático, menos elefantiásico, de canciones que sostengan una práctica del contacto real, la verdad de la milanesa de un músico frente a su auditorio?

El siglo del disco está llegando a su fin, y el músico se reencuentra con la verdadera trascendencia. No es necesario parir con dolor. Y una guitarra no tiene por qué pesar siete toneladas.

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12.6.09 

Final con bastón


Nunca imaginé que iba a escribir esto, pero... el episodio final de la quinta temporada de House MD me resultó flojito. El caso, aunque parecía una variante de aquel en que un editor perdía el filtro y empezaba a decir todas las barbaridades que le pasaban por la cabeza, tenía su gracia: un tipo que, a causa de una intervención cerebral, no podía dominar su mano izquierda. Pero el descenso de Gregory House al desquicio mental causado por el Vicodin se veía venir, la tormenta emocional entre Cameron y Chase no pareció digna de un final de temporada, Thirteen y Taub no tuvieron el más mínimo peso... como siempre, lo mejor estuvo en los diálogos de House y Wilson, algo de los cruces con Cuddy, y la angustia de ese final con el hombre del bastón ingresando a un psiquiátrico estuvo bien lograda. Pero este final no le llegó a los talones a ese brutal epílogo de la cuarta temporada ("House's head, Wilson's heart"), una obra maestra de cómo construir tensión y pegar creíbles golpes de timón narrativos. Obviamente, nada de esto va a afectar el fanatismo y las ganas de ver qué sucederá en la sexta temporada del Princeton-Plainsboro. Pero, queridos doctores, esta vez quedaron se equivocaron con las dosis.

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10.6.09 

Entregar la vida a la canción

(Publicada hoy en Página/12)

“Le di mi vida a las canciones, y no me arrepiento”, canta Manuel Moretti en “Melancolía”. Es una de esas frases que se adoptan de inmediato, pequeña gran filosofía hecha melodía: es la segunda canción de Una temporada en el amor, apenas han transcurrido seis minutos desde el comienzo del nuevo álbum de Estelares y ya alcanza para saber que se está ante un gran disco. Puede parecer una exageración, otro ejemplo de la fascinación que la prensa tiene con la banda de Junín/La Plata/Buenos Aires desde los tiempos de Extraño lugar y sobre todo a partir del magnífico doblete de Ardimos y Sistema Nervioso Central. En el medio suele menearse el “verbo” hypear, mucho más ajustado que el castellano inflar, pero la calidad de canciones como “El último beso”, “Moneda corriente”, “De la Hoya”, “Ella dijo” o “Luxemburgués” exime de cualquier inflador artificial: Estelares creció solo. Aunque el Sindicato del Cinismo enarque las cejas, a la hora de diseñar un mapa del rock argentino en el final de la primera década del siglo XXI no se puede prescindir de ellos.

El cantante y guitarrista Moretti, el violero y coequiper compositivo Víctor Bertamoni, el bajista Pablo Silvera y el baterista Carlos Sánchez transitan un camino difícil pero lleno de atajos fáciles, el de la canción rock. Hay toda una tradición al respecto en la escena local, pero también infinidad de lectores del librito Canción rock para dummies. El cuarteto, sin embargo, se desmarca, quema ese libro en su propio fuego, se aleja de la cosa calamaresca y el versito flojo del “rock and roll de verdad”, y construye su identidad a partir de sabias combinaciones armónicas y melódicas –donde mayores y menores no son equipos de fútbol rivales, y pueden fundirse dibujando extraños paisajes–, un sólido sonido guitarrero y una destacada capacidad para producir emoción sin cursilería. Vaya como ejemplo “Mil abejas”: Moretti no es el primero ni será el último en tomar la guitarra para cantarle al milagro de una hija, pero la sencillez de la frase “Debe ser que no hay mayor verdad que tu amor” no produce empalago, sino un genuino nudo en la garganta. Esos versos de amor para Juana se combinan con la demoledora, intensa “Un viaje a Irlanda” para poner una doble cereza en la torta, cerrar el paquete por todo lo alto: “Veinte años no es nada si hubiesen sido decentes”, tira el cantante, desactivando como al pasar décadas de mito sobre el paso del tiempo.

Claro que antes de eso el grupo fue construyendo pacientemente su edificio de canciones, con eje en ese “sexto B” que aparece con recurrencia similar a la que Moretti exhibe al preguntarse sobre su condición de amante fiel, farsante, impostor o truhán: dudas existenciales que le dan la firmeza musical para dejar caer perlas brillantes como “Autobuses”, uno de los muchos corazones del disco. Allí, el grupo suma a un invitado de lujo como Fito Páez, que deja a un lado todo exceso particular para integrarse al grupo, apropiarse de una estrofa pero también prestarse a un inolvidable dueto de voces con Manuel. Es otro estribillo que se queda a vivir en el marote, en un disco que abunda en ellos: no puede decirse otra cosa de “Las trémulas canciones”, donde Ariel Rot colabora para una tanada romántica que no se traduce en grasada, o la urgencia de “Las luces del sueño”, la dulce desesperación de “Máscaras” o el rapto-Virus de “No hay más”, escrita por Silvera.

Para los amantes del rockito “hacia arriba”, Una temporada en el amor ofrece el single inevitable, que engancha de inmediato y –lamentablemente– caerá presa del hartazgo de la heavy rotation: aun así, por un tiempo será difícil sustraerse a la potencia de ese “Somos tan frágiles/ tan memorables, ves?” en "Cristal". Potente, también, es la épica de “Los ’90” (como “Tanta gente”, personal retrato de la era de Carlos Saúl I), las guitarras alla Adrian Belew de “4 Chicos” o la pintura de un gélido país de “Superacción”.

Y así, con el aporte de Juanchi Baleiron –el productor que supo cristalizar de una vez y para siempre el núcleo sonoro de la banda–, las guitarras de Sebastián Escofet y las teclas de Eduardo Minervino, Estelares le pone la firma a un opus 5 que los encuentra en plena madurez, tan convencidos de lo suyo como para evitar los atajos facilongos, para entregarle su vida a las canciones y no arrepentirse. Y, de paso, convencer a quien tenga la oreja atenta de que vale la pena subirse al mismo autobús: que sea una larga temporada.

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6.6.09 

Premios, ceros y unos


(Publicado hoy en Página/12)

“Tú no has ganado nada.”
José Luis Chilavert


La iniciativa se planteó en Facebook hace un par de meses, y el 21 de mayo se realizó la presentación oficial: en Kika, Jeal Producciones convocó a los Premios Luca Prodan a la Música Independiente, que ya reciben postulantes para nada menos que 49 rubros repartidos entre artistas nacionales e internacionales, en géneros que van del tango al reggaetón. No es la primera vez que el nombre de Luca se utiliza para repartir premios, pero el proyecto llama igualmente la atención: utilizar al pelado, que se cagaba de manera olímpica en esa clase de estampitas, y promocionar el evento en una discoteca palermohollywoodense –que también podría haber sido Una noche en New York City–, tiene tanto sentido como instaurar los Premios Sid Vicious al Deporte o los Premios Ozzy Osbourne a la Música Folk.

Pero después de todo, ¿por qué habría que extrañarse? Desde que el mundo es mundo y la industria es industria, los premios poseen una lógica propia, una sintonía diferente de las cosas. Para complicar aún más el asunto, el del premio es un concepto mutante: es el terreno de juegos más divertido para la sardónica sonrisa de Jack Nicholson en Los Angeles, pero también el magro conformismo del hincha que ya vio perder a su equipo y obtiene el premio consuelo de que en el último partido del día el eterno rival caiga por goleada. Es el premio a la paz con nombre de inventor de dinamita, y el triunfo del hijo de uno en el concurso de manchas del jardín de infantes. Es la Copa del Mundo, el boleto capicúa y la rifa de los estudiantes rumbo a Bariloche, es aplauso, medalla y beso: con todas sus camaleónicas posibilidades, a todos les gusta recibir un premio.

Allí van, entonces, en el mismo oro y en el mismo barro, el esforzado volante de contención que recibe un premio a la perseverancia clavándola en el ángulo en el minuto 90, el político perseguido galardonado por su lucha por los derechos civiles, el escritor coleccionista de títulos literarios engualichado por tanta envidia ajena, el ganador del Gordo de Navidad y el que calzó el 314 a la cabeza, Melba Mondragón de Domínguez (el lector que la recuerde podría hacerse acreedor de un... premio), el guitarrista del año en la Encuesta Pelo 1980, el fabricante de yerba premium con su distinción a la excelencia y el noble potrillo que se llevó al tranco y de orejitas paradas el Gran Premio Carlos Pellegrini.

(He ahí un lindo brote de megalomanía: no conforme con la aparatosidad de un premio en sí, hubo quien buscó el non plus ultra de inventar el Gran Premio)

“No soy matemática, pero quisiera hablar de dos simples números que últimamente me vienen preocupando: el cero y el uno”, dice Laurie Anderson –mutada en presentador de voz masculina– en la apertura de Home of the brave, de 1984. “Echemos un vistazo al cero. Nadie quiere ser un cero. Ser un cero es ser una nada, un nadie, un ‘ha sido’. Por otra parte, casi todos quieren ser un número uno: ser un número uno es ser un ganador, al tope de todo, lo máximo. Lo cual explica un poco la obsesión nacional por este número en particular. Ahora, en mi opinión, el problema con estos dos números es que están demasiado... cerca. Dejan muy poco espacio para todos los demás.”

Punto para Mrs. Anderson: ¿qué pasa con el runner up, el segundo, o el tercero o el quinto, el billete sin premio? ¿Qué pasa con los que no tienen nada en la estantería, aunque hayan hecho cosas dignas de premio? Quizás es por eso que, en cierto punto de su larga historia, la Academia de Hollywood tuvo un brote de corrección política y dejó de decir “And the winner is...” para apelar al más elegante “And the Oscar goes to...” Vamos, ánimo, llegado a este punto todos somos ganadores, aunque solo el que levanta la estatuilla pueda después triplicar sus honorarios por película. Nadie puede tomarse demasiado en serio los American Music Awards, tan proclives a premiar según la tabla de recaudaciones y de venta de discos: la lógica de ese premio particular sí es de winners, el no obtener premio es aún más humillante, la certificación de ser un cero. Otros premios hacen hincapié en una orientación “más artística”, pero siempre quedará la duda de qué es lo que se premia, las ganas de ver a una estrella de rock subir al estrado y declarar “este premio me pone muy feliz, pero no por las razones que ustedes creen”, y que llegue a casa y use el gramófono dorado como adorno en la pecera tropical.

Los premios atraen, aburren, divierten, provocan discusiones inútiles, exceden la capacidad de asombro. Con el correr del tiempo apenas recordaremos si aquel programa que nos gustaba tanto ganó el Martín Fierro o quedó afuera del festejo por emitirse en el canal rival del que transmitió la ceremonia ese año. La ceremonia, precisamente, es lo que más sorprende de los Carlos Gardel, que premian –entre otros– a un género nacido sin ninguna ceremonia. “Y el Gardel de Oro es para... ¡Moris, por haber inventado el rock barrial con ‘El Mendigo del Dock Sud’!” La ceremonia que tanto gusta a las discográficas, entregarle el Disco de Oro o el Disco de Platino a un artista entre flashes y bocaditos, huele a cartón pintado: el sello le informa a Capif que vendió quichicientos mil discos de Enemigos íntimos de Joaquín Sabina y Fito Páez, y Capif emite el disco triple de platino y abundan las sonrisas y los brindis y las felicitaciones. Lo que todos prefieren dejar bajo la alfombra es que el sello vendió todos esos discos... a Musimundo, que en todas sus sucursales hace hermosas torres de CDs que esperan compradores que no llegan. Los discos de oro son un premio... a la creatividad de los ejecutivos.

Volviendo a los premios Luca Prodan: la elección del nombre también es curiosa por tratarse de unos galardones “a la música independiente”. Quizás haya que recordar que Sumo fue muchas cosas –casi todas buenas– pero no fue una banda independiente. Sí en sus inicios (para ponerse en preciosista, toda banda que comienza es independiente: no hay un empresario que pague la sala de ensayo y los instrumentos, los músicos consiguen eso con el sudor de su frente), sí cuando recorrió el circuito de pubs y editó con su propio dinero el notable Corpiños en la madrugada. Después apareció Walter Fresco y los hizo firmar para CBS, hoy Sony Music, hasta hace poco Sony BMG: fue en una compañía multinacional donde Sumo y Luca hicieron su carrera. Pero en eso no hay juicio peyorativo. Un resabio de ese modo “capanga de plantación de algodón” con el que los sellos tratan a menudo a los músicos llevó a la tajante conclusión de que todo lo que hace la discográfica grande es una perrada. Por extensión, la independencia se convierte en un valor positivo en sí: si es Bayer es bueno, el mero hecho de no bajarse los lienzos ante una multinacional parece alcanzar para darle lustre a una banda, aunque sus integrantes no tengan idea de cómo se construye un acorde con séptima disminuida.

La independencia como valor intrínseco es, si se quiere, efecto de dos experiencias exitosas en el campo, ambas nacidas en los ‘70: una de ellas contó con el aporte del recientemente fallecido Nono Belvis, que fue parte de la seminal iniciativa Músicos Independientes Argentinos. La otra nació como experiencia multidisciplinaria y terminó forjando un fenómeno de masas finalmente aplastado por su propio peso. Autogestionarios y enormemente celosos del cuidado de su obra, Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota fueron el modelo deseado por infinidad de agrupaciones que los siguieron e intentaron el mismo milagro, llevarse la legítima tarasca por cada show y cada disco vendido, no permitir el bastardeo de compilados hechos por el billete fácil, no acatar otras órdenes que las del propio instinto artístico. Cuando la cosa funciona, el premio mayor es que el triunfo es de uno y de nadie más, y los fracasos enseñan más que el tirarle una pelota resentida al entorno. El uno y el cero viven en la misma casa.

* * * *

Se dijo al principio, y es momento de repetirlo: no es la primera vez que se utiliza el nombre de Luca Prodan para una repartija de premios. Hubo un tipo que hizo lo mismo, que en su momento y en graciosas ceremonias en su boliche supo premiar a la revista web El Acople por su aporte al medio, galardonar a La 25 y Callejeros por su creciente popularidad. Era en Cemento y el tipo era Omar Chabán, hoy más cerca de Devoto que de la gloria de un premio.

And the Luca goes to...

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5.6.09 

Pájaros excelentes

Porque sí, como excelente manera de arrancar el fin de semana. Cuando vi esto por primera vez le quise proponer matrimonio a Laurie. Ella terminó prefiriendo a Lou Reed.

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2.6.09 

La realidad y la ficción

(Publicada hoy en Página/12)

El adicto a la información minuto a minuto lo advirtió de inmediato: en las primeras informaciones sobre el vuelo 447 de Air France abundan los puntos oscuros. Primero se habló de un rayo, aunque poco después los expertos en aeronáutica señalaron que “los aviones están preparados para resistirlo”. Las teorías, entonces, se ampliaron a un fallo estructural, una turbulencia excesiva, una bomba terrorista, algo tan inesperado como para impedir que los pilotos lanzaran un mayday. El adicto a las ficciones, el adicto a las teorías conspirativas, unió los puntos de manera inevitable. Y la imaginación se disparó, y se identificó con el Oceanic 815.

Ya se sabe que los fanáticos de Lost son legión: por eso no es de extrañar que en las conversaciones casuales de ayer, en el trabajo, en el medio de transporte, por teléfono, por SMS, en el hogar, la cuestión haya aparecido una y otra vez. En una macabra sintonía con la tragedia de Air France, el vuelo que llevaba a Jack, Kate, Sayid, Locke, Sawyer, Charlie, Hugo y demás también está rodeado de incógnitas, explicaciones a medias, misterios, rayos, turbulencias y pulsos magnéticos; en la tercera temporada, incluso, los habitantes de la isla perdida llegaron a enterarse de que para el resto del mundo su avión no había caído allí, sino en medio del océano. Es esa clase de alegorías que producen escalofríos, que ponen a la vida diaria en cámara lenta: como en el avión de Sydney imaginado por J. J. Abrams, los pasajeros de Air France provienen de lugares tan disímiles como Brasil, Francia, Alemania, Chile, España, Inglaterra, Marruecos y Argentina. Para disparar las seseras más febriles, el currículum de Pablo Dreyfus indica que es experto en tráfico de armas y narcotráfico. El horror de lo sucedido viene contaminado por la densa sensación de una realidad que parece imitar a la ficción: será por eso que en el día de ayer se hizo imposible despegar los ojos de las pantallas.

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  • Eduardo Fabregat
  • Buenos Aires, Argentina
Prontuario
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