29.7.09 

¿Show despedida?


El 19 de agosto se dicta la sentencia.

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Flashback

Me recuerdo en el living de la casa de Bogotá al 2300 segundo piso, desencajándonos con Queen Live Killers y reglas T como guitarra. Y pegado recuerdo un ensayo de Viuda Negra en el refugio de Caracas al 300 también segundo piso, una Faim Les Paul, una Fratti rojo brillantina usada como bajo, un set de almohadones y banquetas y dos interminables versiones de "Cocaine" de Eric Clapton y "Lola" de The Kinks.

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25.7.09 

El fuego de las lágrimas


(Publicada hoy en Página/12)

Traté de reírme, cubrirlo con mentiras.
Traté de reírme, escondiendo las lágrimas en mis ojos.
Porque los chicos no lloran.

(The Cure, 1980)

Estos días de obligatorio encierro griposo permiten comprobar una vez más una vieja teoría: no hay momento de la vida en que se derramen más lágrimas que la infancia. Para decirlo de manera elegante, los niños tienen la lágrima fácil, son los forjadores de esa tipificación que habla del moco tendido. Llorar con o sin razones es uno de tantos deportes predilectos de los locos bajitos, que terminan provocando la intervención de ese tío desubicado que les larga por primera vez la estupidez de que los hombres no lloran. Y un corno los hombres no lloran. La cuestión es que en los primeros años se llora tanto, pero tanto, que después parecería que hay que dosificar las lágrimas, o que las reservas se han ido agotando. El cinismo gana. Todo con sus matices, hay quien tiene la lágrima fácil y quien no larga prenda ni ante el nacimiento de un hijo, y hay mujeres de ojos secos y hombres que nunca compraron la teoría del tío desubicado, ese lugar común del macho hecho y derecho, tanguero de ley, que no derrama ni media lágrima aunque la percanta le haya clavado el puñal, que solo se permite el desliz si se llega a ir la vieja.

Curiosamente, el arte logra aquello que a veces no produce la vida. No por nada se habla tanto de la capacidad de emocionar que tienen ciertas obras. En general, se menciona ese poder como un valor, y es por eso que hay tantos que hacen trampa, que buscan atajos viles, que se lanzan a la cacería de la lágrima del espectador como si ése fuera el único objetivo. De hecho, lo es. Andrea del Boca construyó toda una carrera emitiendo litros y litros de H20 desde su temprano debut en Nuestra galleguita; a tal punto terminó mezclando persona y personaje que, cuando fue la vida y no la ficción la que la golpeó, no pudo hacer catarsis de otra manera que no fuera mostrando los ojos vidriosos en una entrevista televisiva. Más de una amante de lo telenovelesco pensó que estaba frente a un nuevo culebrón de Abel Santa Cruz o el gran Migré.

Claro, la telenovela es el género lacrimógeno por excelencia, allí donde campea la caricatura. La pantalla chica juega mucho con esos códigos, tanto como para que los canales de noticias apelen a violines empalagosos cuando la historia que presentan es “de hondo interés humano”. Pero no hay por qué cargarle los pecados al mundo catódico, porque el principal laboratorio de pruebas de los creadores de ficciones es la sala oscura del cine, allí donde más de uno entra en el juego que propone el contexto y deja reposar la vergüenza de que lo vean llorando. La silver screen es el huevo de la serpiente manipuladora, esa gente tras las cámaras dispuesta a todo con tal de que no le bajen el proyecto, ofreciendo dos monedas por el impacto bajo el cinturón emocional del que garpa la entrada. Basta pasarse por el canal Volver para enganchar ajados ejemplos de la cinematografía argenta, un paseo a gravedad cero por el planeta Sandrini, la galaxia Lamarque y la occidentalidad cristiana de Palega Ortito & Evangelina. Sandro, que hoy tiene de verdad en vilo a sus nenas, supo filmar parábolas del mal destino que sufren los playboys de convertible y vida disipada. Hondo contenido humano. En los ’60 y ’70, los acomodadores de los cines de Lavalle llevaban linterna y lampazo.

Pero más allá de ese universo paralelo que propone cierto cine argentino, es en el mismo corazón de Hollywood donde reina el Señor de los Psicópatas, el gran Walt Disney y su regodeo con la muerte de los seres más queridos. Con Bambi y Dumbo, el dibujante de bigote anchoa supo hacer literalmente moco a toda una generación. Con El rey León se encargó de la siguiente. Y hasta se las arregló para contaminar a Pixar, que tanto celebraba la vida con Toy Story, Bichos o Monsters Inc. y se avino a iniciar Buscando a Nemo con una muerte espantosa. Si a Charly García una frase oída al pasar le terminó inspirando todo La hija de la lágrima, Walt es el padre, sin necesidad de ningún análisis de ADN.

Más acá en el tiempo, la sala oscura fue escenario de maravillas y bajezas. Bridge to Terabithia, por ejemplo: la peli de Gabor Csupo (autor de algunos cartoons ciertamente imaginativos) parece una gran opción para el público infantojuvenil. Hasta es atractiva desde lo ideológico: Jess (Josh Hutcherson) y Leslie (Anna Sophia Robb) son los típicos inadaptados de la escuela, ninguneados por todos, que dan rienda suelta a su creatividad y fantasía en el imaginario mundo de Terabithia, al otro lado del río. La mitad de la película es ideal para una suerte de educación infantil... hasta que muere uno de los personajes principales y todo termina con una carga de angustia que deja a los niños hechos un trapo.

Del otro lado, los artesanos: todo el que quiere bien a la saga de J. R. R. Tolkien supo llorar al final de El retorno del rey, en esa triste despedida en los Puertos Grises. No solo por un momento culminante tan bien logrado, sino porque significa el fin de un viaje gozoso de nueve horas, la magnífica puesta fílmica que uno esperaba desde hacía tanto, desde que se internó por vez primera en las páginas del profesor inglés. De pasados y presentes está hecha también El gran pez, película que los amantes del Tim Burton más negro corren al fondo del estante: dedicado más que nunca a narrar, el gran Tim salta en el tiempo de los Bloom, encadena historias maravillantes hasta llegar a un final que es una implosión de sentimiento, una devastación sanadora que lo dejaba a uno hundido diez minutos más en el asiento, disfrutando la tormenta, para finalmente salir con el ánimo limpio.

Entonces, ¿la provocación del llanto es privativa del cine? Claro que no. Hay quien no puede resistir la emoción ante la delicada escultura que consigue una luz trasluciendo el mármol. Encontrar en el Louvre, de pronto y sin aviso, el cuadro de Théodore Géricault La balsa de la Medusa, lleva de inmediato a Una historia del mundo en diez capítulos y medio y con ello a la indescriptible emoción que allí provocaba Julian Barnes. Indescriptible no por enorme, sino en el sentido más literal. El cine posee mil herramientas para ponernos en carne viva, pero cuando es un libro el que lo consigue hay más admiración: una página escrita –aun en medio de tanta interferencia exterior– nos traslada a un mundo, y ese mundo nos posee por completo y es capaz de desgajarnos emociones genuinas. ¿Cómo describirle a otro, quizás a alguien convencido de que los hombres no lloran, el nudo que puede producir el desenlace de una historia envasado en un párrafo perfecto? ¿Cómo explicar la delicada construcción de un final conmovedoramente trágico en Aquarium, de Marcelo Figueras? ¿Cómo no emocionarse con la luminosa Muerte de un superhéroe de Anthony McCarten, el pibe enfermo terminal de cáncer que encuentra la paz a través del comic y el guión de cine?

Los objetos de llanto varían tanto como las personalidades de quienes pisan esta tierra. Uno se dejará llevar por la letanía de “No alarms, and no surprises”, y con ello se transportará –otra vez, esa capacidad de la música para que una canción nunca sea solo una canción– a las lágrimas vertidas en el concierto de Radiohead en Victoria Park 2000. Otro puede llegar a llorar con “Eruption” de Eddie Van Halen, una contractura de Frank Zappa o un solo sinfónico lleno de florituras, “Bed of roses” de Bon Jovi o la obviedad de “Imagine”: no importa, cada cual a lo suyo y a lo que le mueva el pelo, le conmueva el tímpano. En todos los casos la emoción puede ser auténtica. Aunque el que la haya buscado –músico, escritor, pintor, actor, director escrupuloso o no– no haya tenido buenas intenciones, el destinatario difícilmente esté tratando de fingir el llanto. Algo sucede para que una emoción falsa (vamos, son solo actores, no les está pasando eso de verdad) produzca una emoción verdadera.

La angustia produce lágrimas, la belleza también. El dolor más profundo y el placer más intenso, la desazón por lo perdido y la risa deshaciendo todo. Vivimos con eso, y algunos consiguen traducirlo, y negarse la facilidad que alguna vez tuvimos para expresar lo que se lleva dentro es como ponerse una armadura de plomo.

Cry baby, canta Janis Joplin. Y es un consejo sano, es un consejo honesto, un consejo que no cuesta nada, que podemos seguir.

Y en ese momento en que Will Bloom lleva a su padre en brazos a su espacio natural, y lo sumerge en el lago y Ed vuelve a ser el Gran Pez, soltar amarras con él, abandonarse y abandonarlo todo, permitirnos que nos ruede por las mejillas un fuego reparador. Un fuego que encienda el alma.

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22.7.09 

Hewlett y Albarn, dibujados

(Publicada hoy en Página/12)

“Es una película nada convencional que se estrena de una forma poco convencional, porque cuando los ingredientes son así de buenos, ¿quién necesita convencionalismos?”. La frase de Miles Leonard, presidente de Parlophone Records, acierta en varios frentes: estrenar un film en Internet (el pasado 20 de abril, a través de Babelgum) es efectivamente poco convencional. Pero sobre todo tiene razón en cuanto a eso de la calidad de los ingredientes, porque la película en cuestión se titula Bananaz y es el producto de seis años de trabajo del director Ceri Levy retratando génesis, desarrollo y apoteosis de Gorillaz, la banda de cartoons ideada por Jamie Hewlett y Damon Albarn que se convirtió en sensación planetaria. Una película que trascendió el culto rocker (llegó a la sección “Panorama” de la Berlinale, los festivales SXSW y Edinburgo), que elude el documental clásico y se convierte, al cabo, en una experiencia tan disfrutable como Gorillaz y Demon days. Quizá más.

Bananaz, el DVD que se acaba de lanzar en la Argentina, es en principio la historia de dos amigos. Uno es artista gráfico, el otro resulta ser una estrella planetaria que se hizo célebre al frente de Blur. Pero el seguimiento que las cámaras de Levy hacen del dúo no tiene nada de la pleitesía que se suele rendir a los famosos en algunos productos del género: es una visión curiosa, inquieta, que retrata momentos imprevista y genuinamente hilarantes del dúo, desde el momento que decidieron “hacer algo más creativo” con esas charlas delirantes de borrachos en el pub. Así nacieron Murdoc, 2D, Noodle y Russel, el cuarteto que, gracias a la inspiración musical de Albarn, sedujo a millones con títulos tan poderosos como “19-2000”, “Clint Eastwood”, “Feelgood Inc.” y “Dirty Harry”. La pluma de Hewlett hizo el resto, dándoles vida a esos personajes que saltaron del diseño a la performance en vivo, con una gran pantalla ocultando a músicos entregados a un show salvaje.

Así, el film de Levy –cuya cajita se complementa con sesenta imperdibles minutos de extras– funciona en todos los planos. El estrictamente musical es el más conocido, esa incendiaria mixtura de pop, hip hop, gospel, sonidos asiáticos y rock furioso que caracterizaron al grupo: la película permite zambullirse en los mínimos estudios donde se cruzaron personajes tan diversos como De la Soul, D12, Neneh Cherry, Ibrahim Ferrer (en un disfrutable cruce en lenguas diferentes con Damon), los productores Dan the Automator y Danger Mouse y el actor Dennis Hopper. Pero hay también momentos de franca carcajada, como el doblaje de un segmento de Gorillaz para la web, las respuestas de Hewlett y Albarn en entrevistas por todo el mundo o los fallidos intentos del cantante de capturar un cigarrillo al vuelo.

“El Great rock’n’roll Swindle de nuestra generación”, definió el periodista Jason Solomon. Y es cierto, hay algo de espíritu punk en el modo elegido para contar la historia. Por ciertas imágenes granulosas y por la típica acidez británica que impera en los 90 minutos (sobre todo cuando se hacen referencias a la escena estadounidense), pero también por la ausencia de filtro que lleva a que en un momento se vea a una supuesta figurita elegante del britpop como Albarn cagando en su hotel, o ese momento en camarines, instantes antes de salir a escena, en la que esa misma figurita curtida en la performance no tolera más los nervios y termina vomitando. Incluso quedan retratadas las dudas del dúo en el comienzo, cuando no saben cómo encarar en las entrevistas la dualidad entre personas y personajes. Hoy que Gorillaz parece ser pasado, el chiste sigue funcionando: en bananazfilm.com se puede escuchar el contestador de Hewlett, donde un enfurecido Murdoc Niccals refunfuña “Odio tu película, debería desaparecer de la faz de la Tierra”. Sería una gran pérdida.


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18.7.09 

Diez historias y un cacho de plástico

(Publicado hoy en Página/12)

No es novedad: los periodistas tenemos afición por la efeméride, el aniversario redondo, la equis cantidad de años que se cumplen de esto y aquello. Es un motivo aceptable para repasar cuestiones que hicieron historia, pero también para hablar de otras cosas. Otras historias. Basta pararse en 2009 (o 2008, o 2010: siempre se cumple algo de algo) para trasladarse en el tiempo, mover el reloj treinta, veinticinco, veinte años atrás, hacer recuentos caprichosos, azarosos... pero no tanto. Hablar de lo que fue sirve para explicarse el presente, y en el terreno de la música el recurso fácil del cumpleaños también permite empezar por cualquier lado. Por las obras, por los músicos, por las canciones.

O por las tapas.

* * *

In the court of the Crimson King, 1969. La portada metía miedo. Y en cuanto empezaba a sonar “21st Century Schizoid Man”, la fascinación era completa. Fue la única tapa que realizó Barry Godber, ilustrador y programador de computadoras que murió cinco años después, con sólo 24 años. El hombre esquizoide que gritaba en la tapa se complementaba con uno más amistoso, sonriente planetoide de mano extendida en el interior desplegable, combinación perfecta para ingresar al universo freak que proponía el disco debut de King Crimson. Robert Fripp aún conserva la pintura original, protagonista de innumerables charlas sobre rock progresivo.


Almendra, 1969. Luis Alberto Spinetta se esmeró en la tapa de su debut discográfico, e imaginó los iconos del ojo (“Temas que canta el hombre de la tapa desmayado en el vacío”), la lágrima (“Temas que están en el brillo de la lágrima de mil años que llora el hombre de la tapa”) y la sopapa (“Temas que le cantan los hombres a esa lágrima del hombre de la tapa, atados a sus destinos”). El ejecutivo de RCA que recibió la obra prefirió la sopapa y quiso hacerse el vivo, sostener su propósito de poner una foto del cuarteto en la tapa aduciendo que el original se había perdido. Spinetta dijo “No importa, te lo dibujo de nuevo”: hoy nadie se niega a reconocerle el status de clásico.


Abbey Road, 1969. Sin dudas, una de las tapas más famosas de la historia del rock, que cumple ahora 40 años. Ningún alma rockera que haya pasado por Londres se privó de cruzar esa calle donde se originaron mil leyendas, sobre todo esa que señalaba que Paul McCartney había muerto: los delirantes de siempre afirmaban que la placa “28 IF” del Volkswagen señalaba la edad que hubiera cumplido el bajista de no haber fallecido; que Harrison era el sepulturero, Lennon el oficiante de traje blanco y Ringo el empresario de pompas fúnebres. Macca iba descalzo, al uso de los ritos mortuorios hindúes. Todo eso desaparecía ante lo realmente importante, uno de los discos más perfectos de The Beatles, su auténtico canto del cisne: apareció antes que Let it be, pero en realidad fue lo último que grabaron.


Invisible, 1974. La anécdota más célebre sobre el trío Spinetta/Pomo/Machi (luego ampliado a cuarteto con Tommy Gubitsch) tiene que ver con aquel imaginativo funcionario que en un afiche vio una vagina donde había un Durazno sangrando. Pero en el debut, Spinetta optó por rendir homenaje a uno de sus ilustradores favoritos, poniendo en la tapa Charco, dibujo de 1952 en el que Maurits Cornelis Escher funde el cielo y la tierra en una composición que tiene un curioso aire pampeano. El holandés fue célebre por realizar ilustraciones donde la realidad se deforma, la gravedad se vulnera, las cosas se comportan de modo antinatural, impredecible, en algún caso siniestro: algo similar a lo que se respiraba en la Argentina de ese año.


Pequeñas anécdotas sobre las instituciones, 1974. Hoy radicado en España, Juan Gatti le imprimió al primer rock argentino un sello especial. Poco después de aquella inolvidable tapa deforme de Artaud, el diseñador e ilustrador se lució con los seis dibujos blanco y negro del censuradísimo disco de Sui Generis. Aquella vez, canciones como “Botas locas” o “Juan Represión” perdieron, pero el arte de Gatti perduró. Aun hoy, las ilustraciones del “Sr. Tijeras” y “El show de los muertos” siguen inquietando.


Tales from topographic oceans, 1974. En la era progresiva, el trabajo de Roger Dean se analizaba tanto como las cuatro larguísimas canciones del disco. Dean colaboró activamente en el concepto, aportando algunas “rocas famosas” de la geografía británica, mientras que Jon Anderson introdujo la imagen de fondo del templo de Chichen Itzá y Alan White sugirió las líneas de Nazca. Hubo quien se sumergió en las obras de Dean y ya nunca volvió: en los últimos años el artista se consagró a la arquitectura, desarrollando el concepto Home for Life de casas bellas, respetuosas del medio ambiente y baratas de construir. Más de un fan de Yes querría vivir en una.


La grasa de las capitales, 1979. Charly estaba enojado con las críticas a los primeros shows de Seru Giran en el Luna y Obras, y con una nota de revista titulada “Charly García, ¿ídolo o qué?”. El grupo quería denunciar a la gente revista, gente careta, y así imaginó esa tapa que satirizaba a Gente, con una contratapa que salpicaba las fotos de capitales mundiales con restos de manzanas, huevos, fasos y naranjas. Al abrir el disco desplegable no aparecían modelitos sino las letras de temas inolvidables como “Viernes 3 AM” y “Noche de perros”, adornadas con dibujos de Rodolfo Bozzolo. Por esas vueltas de la vida, con el tiempo Charly terminaría en la portada de la auténtica Gente, tanto entre los “personajes del año” como por sus escandaletes.


The Wall, 1979. La censura milica se encargó de que semejante obra de Pink Floyd llegara lo más tarde posible. Pero ya nadie podría olvidar ese austero diseño ladrillado, y los inquietantes dibujos de Gerald Scarfe (en el disco y en la peli), ilustrador británico cuyas caricaturas de políticos y representantes de la realeza atrajeron la atención de Roger Waters. Casi veinte años después, Scarfe aceptaría un trabajo bastante menos problemático, al colaborar en el diseño de personajes de Hércules para Disney. De todos modos, ¿cómo olvidar esos martillos marchando, esas flores combatiendo, esa madre sobreprotectora con brazos de muro?


¡Bang! ¡Bang!! Estás liquidado, 1989. Rocambole ya era célebre por darle forma al arte de tapa que, a caballo de Oktubre y “Ji ji ji”, se multiplicaría en miles y miles de remeras. En el cuarto disco de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota adoptó otro ángulo, la recreación de Fusilamientos del 3 de mayo (1814) de Francisco de Goya, observada por un enigmático personaje de boina y con una licencia fundamental: los fusiles que apuntan a los integrantes de la resistencia española no son enarbolados por invasores franceses, sino por enfermeras. Aunque los Redondos ya tocaban habitualmente “Fusilados por la Cruz Roja”, la canción recién se editaría en La mosca y la sopa, de 1991.


Technique, 1989. El quinto disco de New Order fue el primero en llegar al número uno en Inglaterra. La tapa no podía ser de otro que Peter Saville, diseñador oficial de Factory Records, el sello que le cambió la cara al pop británico a comienzos de los ’80. Célebre por entregar su trabajo mucho después de la fecha límite, Saville –que ya había impactado con la minimalista tapa de Unknown pleasures, de Joy Division– se decidió por una ilustración tan curiosa como contundente, una escultura de un querubín en colores saturados, especie de profecía sobre el status clásico que alcanzaría aquello que entonces era pura modernidad. Saville siguió trabajando en el rubro, y llegó a tener una exhibición propia en el Museo del Diseño de Londres.

* * *

El colega y amigo Mariano Blejman estuvo hace poco en Nueva York, cubriendo un encuentro de la Latin Alternative Music Conference. Allí le dieron una recopilación de veinte canciones envasada en el objeto que excita hasta el éxtasis a los ejecutivos de la industria musical, que ven en los adelantos tecnológicos la salida a las múltiples dificultades económicas de su negocio: una download card, tarjeta de 8,5 X 5 centímetros al estilo Monedero o Playland. De un lado se ve un gallito que corresponde al logo del sello Nacional Records. Del otro, un párrafo de instrucciones con el código para acceder a iTunes y bajarse las canciones.

Algunos podrían estar hablando horas del arte gráfico de un disco. Otros se arreglan con un cacho de plástico.

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16.7.09 

El león


Aún para un hincha de otro equipo (y en mi caso, de uno que suele gallinear en circunstancias como la de anoche), ¿cómo no sentir alegría y orgullo por lo de Estudiantes de La Plata en el Mineirao? Solo los hinchas de Gimnasia se resistirán a compartir este punto de vista, pero lo cierto es que el Pincha, que viene jugando la Copa allá lejos desde el repechaje (hace tanto, que el técnico era Astrada), que no tiene un plantel millonario o numeroso para alternar con el Clausura, se dio el lujo y el gusto de seguir adelante, limpiar del camino a uno de los mejores equipos de esta Copa (Nacional de Montevideo), empató jugando mal en su cancha, fue de punto a Belo Horizonte y allí, donde solo pudieron salir campeones Boca y Vélez (los dos, nada casualmente, con Bianchi), jugó mejor que los brasileños, se bancó que le hicieran un gol en el arranque del segundo tiempo -preludio de catástrofe para cualquier otro equipo-, fue al frente, lo empató, fue de nuevo al frente, lo dio vuelta y ni siquiera entonces se colgó del travesaño ni bartoleó la pelota.

Tiene toda la irracionalidad que suele teñir las cosas relacionadas con el fútbol y las rivalidades, pero la gloria del capitán Verón, el goleador Boselli, la Gata Fernández, Andújar y compañía tiene un plus especialmente disfrutable para cualquier tribunero de las pampas: pocas cosas tan lindas como un estadio repleto de brasileños en silencio.

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14.7.09 

Maldito futuro

El amigo y colega Mariano Blejman estuvo de viaje laboral en New York. Ayer, al regresar a la redacción, no solo volvió con el clásico Toblerone para la muchachada, sino que también me extendió una tarjetita estilo Monedero o Playland: "Tomá, el disco del LAMC", me dijo. A esa tarjetita con código para hacer un download en iTunes agregó el dato de que se volvió loco para encontrar en Manhattan disquerías en las que meterse a investigar, revolver, buscar gemas, charlar con el chabón detrás del mostrador. Otra raza en extinción.

Repito lo que ya he dicho un par de veces: sonará a discurso de viejo calandraca, pero no me gusta el rumbo que toman las cosas. Y la tarjetita será muy moderna y muy práctica, pero no me puedo resignar a descartar para siempre el rito de relacionarse con un disco.

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11.7.09 

Cinco letras y un funeral

(Publicado hoy en Página/12)

La broma viene circulando con intensidad desde hace días, casi desde que se conoció la noticia: la muerte de Michael Jackson pegó tanto que miles y miles de personas lo homenajean luciendo su clásico barbijo. Sí, claro, casi todos los chistes son crueles, pero la chanza viene al caso porque une dos temas que acaparan la atención de los últimos días, virus noticioso, charla cotidiana y pasto abundante para el último momento. Cinco letras y un funeral, el término gripe repetido hasta el hartazgo y las faraónicas exequias del Rey del Pop.

Hace poco, en el programa televisivo 6 en el 7 a las 8, se recordó que a comienzos del siglo pasado la gripe española mató a 70 millones de personas, y el mundo siguió andando. Pero es necesario recordar que entonces no existía la televisión ni Internet, potentes herramientas que convierten a la paranoia en la disciplina olímpica más extendida de estos días.

Corren tiempos de alta temperatura. A la abundante crispación pre y post electoral se agregó la fiebre que sube el mercurio de los que cayeron bajo el N1H1, y la que calienta el marote de empresarios teatrales, distribuidores cinematográficos, actores, técnicos, empleados de salas, comerciantes de shopping, dueños de peloteros y salones de festejo de cumpleaños, que no pueden creer tanta mala suerte, que las cinco letras malditas imperen en el peor momento posible. Demasiados artistas dedicados al género infantil saben que de este par de meses depende buena parte de la subsistencia anual. Demasiados padres, que creían que la noria de pasear a los niños en receso se traducía en unas vacaciones de infierno, descubren que había un círculo aún más abajo, el de tener a los diablillos obligatoriamente aislados en casa.

Los chupetes electrónicos arden. Cartoon Network empieza a tener la consistencia de las pesadillas.

(Pero también) Este aislamiento es una excelente oportunidad para ejercer otras formas de cultura, para acceder al milagro de volver a ver, volver a leer, volver a escuchar, reforzarle a los hijos la sensación de que un libro abierto es una puerta al universo, darle rienda suelta a uno de esos juegos de expresión artística que siempre quedan sepultados por las urgencias de la vida sin virus. La gripe puede subir la fiebre, pero también los niveles de creatividad.

* * *

No se lo llevó la gripe, sino la eclosión de vaya a saberse cuántos factores médicos conocidos y desconocidos. La muerte de Michael Jackson pareció el inevitable colofón a un historial de rarezas y deformidades, y desde su último suspiro abundan las teorías, que van del cálculo de la infinidad de porquerías que llevaba en el cuerpo a la versión del asesinato, que volvía a incendiar los cables de ayer. Del asunto se hablará durante meses, y es pura lógica tratándose de quien se trataba. Pero si la muerte suele obrar milagros sobre las figuras públicas, en el caso de quien podía ser llamado alternativamente Rey del Pop o Wacko Jacko termina siendo su cirugía estética más efectiva.

El funeral celebrado el martes en Los Angeles –el término es adecuado en todas sus acepciones: por momentos todo pareció una celebración, empezando por el áureo ataúd digno de un Tutankamón– fue el acabóse de la limpieza de imagen. En las opiniones vertidas en todo el mundo, nada más cierto que las referencias a sus cualidades de gran cantante, bailarín y coreógrafo extraordinario, artista consumado, reinventor de la escena pop. Jackson fue todo eso, claro que sí. Donde las cosas empiezan a hacer ruido, a salirse de caja, es en las definiciones que se extienden a su supuesta excelencia en el ejercicio de la paternidad, la inenarrable belleza del ser humano, la magnificencia de su persona hecha de pura bondad. Todo el mundo decidió barrer bajo la suntuosa alfombra la enfermiza relación de Michael Jackson con los niños, y hasta se indignó cuando alguien osó opinar que una persona inocente, que no tiene nada que ocultar, no paga 20 millones de dólares para que se retire una demanda por abuso sexual. “Vuestro padre no tenía nada de raro”, alentó el reverendo Al Sharpton a los hijos de Jackson. Es una afirmación por lo menos discutible.

En un blog de Internet, allí donde reinan los chistes sin corset de corrección política, pudo leerse: “Grassi condenado, Jackson muerto. Felices los niños”.

* * *

También cabe detenerse en otro de los argumentos esgrimidos en esta calenturienta, griposa ola de loas. “Michael, te vamos a extrañar”, se repite una y otra vez, y la frase suena más hueca que nunca. Sobre todo por el tiempo verbal: a Jackson, el Michael Jackson deslumbrante de Thriller, Bad, incluso al del Dangerous Tour, ya se lo extrañaba hace rato. En el campo estrictamente artístico, Michael llevaba muerto unos cuantos años. La afirmación, segura chispa de indignación del fan acérrimo, se sustenta en obvios datos de la realidad. Dangerous, su disco de 1991, supo brillar a pesar de la repetición de fórmulas, pero quedó avasallado por una ola tan potente como la que él había sabido generar en 1982: el grunge sintonizó con los más jóvenes de un modo que Jackson ya no podía recrear. Cuatro años después, el artista hizo otro de sus actos grandilocuentes, la erección de una gigantesca estatua de sí mismo que sirvió para un comercial de Pepsi y la tapa de un álbum titulado con la misma aparatosidad. HIStory: Past, present and future, Book 1 contenía un disco de hits y un segundo disco de material nuevo, que quedó sepultado por el peso del primero. En 1997, Blood on the dancefloor, HIStory in the mix presentó canciones remixadas y cinco temas nuevos, que no levantaron el más mínimo oleaje. Jackson ya era una marca de tiempos idos, y una mínima luz de esperanza de que su talento pudiera hacerlo resurgir.

No fue así. Su último disco de estudio, Invincible (2001), es apenas mediocre, fue un fracaso de ventas (al menos para sus estándares) y encima conjugó una apreciable ironía: en ese momento Jackson empezaba a ser muchas cosas, y ninguna podía asociarse a la invencibilidad. El juicio por abuso de menores lo terminaría declarando inocente, pero la exposición pública de sus miserias terminó de quebrantarlo. Prometió un single a beneficio de las víctimas del 11 de septiembre, pero esa canción nunca llegó. Se exilió en Bahrein, estafó a un jeque que puso plata para producir un disco que nunca grabó, se enfrentó al remate de objetos de memorabilia y su rancho-parque de diversiones-zoológico Neverland para hacer frente a las deudas causadas por un modo de vida excesivo. Cada aparición lo mostraba más raro que antes, más pálido, con agujeros en la nariz, con sus hijos enmascarados, en silla de ruedas. El anuncio de sus shows de regreso en el O2 Arena de Londres propició sus últimos actos resonantes, con un record de venta de entradas y el rumor de que entraría al escenario montado en un elefante. El título de ese show, This is it, sonaba a última apuesta, a no va más, suerte y verdad: la serie de 50 conciertos debía ser el tablón que salvara las finanzas. Muchos lo leyeron como su despedida del escenario. Al final tuvieron razón.

* * *

No se lo llevó la gripe, sino una enfermedad con auténtico poder de devastación. Ironías del destino, Allen Klein murió sin saber que aún era el dueño de canciones medianamente conocidas como “Brown sugar”, “Jumpin’ Jack Flash” o “(I can’t get no) Satisfaction”. Murió, en rigor, sin saber ni recordar ya casi nada, no sólo su rol en la música contemporánea: el sábado pasado en Nueva York, el Mal de Alzheimer le dio el último empujón a un personaje del show business a quien más de uno hubiera querido tirar de un acantilado. Empezando por sus ex empleadores, gente de renombre como John Lennon y Mick Jagger, que fueron seducidos por el modo brutal en el que interpelaba a los capitostes de la industria, pero terminaron descubriendo que al cabo el tiburón de New Jersey sólo rendía cuentas a sí mismo. De algún modo, Klein (cinco letras, como la gripe) encarnó aquello que aún hoy sigue estando mal en la industria de la música, el poder de los intermediarios, la apropiación de la obra de los músicos por parte de quienes no saben –ni les interesa– siquiera rasguear una guitarra.

De su funeral no se supo nada.

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9.7.09 

Moreno 970

Si las paredes hablaran, podríamos estar un buen rato escuchando detalles de cómo se grabaron discos que son un cacho de historia grande del rock argentino. Facundo García no entrevistó a las paredes, pero sí a Tim Croatto, fundador de los estudios TNT, a Rodolfo García, Litto Nebbia, Moris y Willy Quiroga, que usaron sus instalaciones cuando el lugar era el último grito en tecnología valvular, a los últimos que grabaron allí y a Julio Costa, el último mohicano, solitario cuidador de Moreno 970 que tendrá que cumplir la ingrata tarea de cerrar las puertas para siempre.

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8.7.09 

Pregunta boba

Y ahora que Jorge Coscia es Secretario de Cultura, ¿los festejos del Bicentenario abrirán con Luca vive, ese engendro con Daniel Ritto?

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2.7.09 

Pandemia

Ya está, no hay nada que hacerle, la Gripe A está entre nosotros, y llevará un tiempito erradicarla: es de esperar que, vía prevención y medicamentos, finalmente los humanos podrán zafar del asunto. El tema al que nadie está prestando atención es lo demás: pronto quedará claro que esta cepa de la gripe no es joda, a tal punto que comenzará a mostrar sus efectos más allá del género humano. Por ejemplo:

  • iPods y afines. El ingreso del virus a los aparatitos que nos alimentan musicalmente producirá curiosas deformaciones: los ritmos de batería sonarán ralentados por el cansancio corporal, los cantantes sonarán gangosos por el moco acumulado, los vientos perderán potencia por los pulmones inflamados y, cada dos canciones, sonará "Fever" en diversas versiones.
  • Teléfonos. Sean celulares o de línea, dos de cada tres llamados recibirán por respuesta la célebre frase "El destino que intenta alcanzar se encuentra congestionado".
  • Antivirus informáticos. Demostrando una vez más su notable olfato para los negocios, Bill Gates anunciará que todos los usuarios de Windows deberán descargar una actualización específica para la influenza A.
  • Muñecas inflables, consoladores. Los hombres y mujeres poseedores de chiches sexuales se llevarán una sorpresa mayúscula cuando, al intentar pasar un buen rato para olvidar tanta paranoia, reciban como respuesta: "Hoy no, me duele la cabeza. Y me parece que tengo fiebre".
  • Consolas de juegos. Los padres que intenten entretener a sus hijos con el chupete electrónico sufrirán una amarga decepción cuando se preparen para un partidito de tenis o fútbol y una leyenda indique: "Evento suspendido para evitar aglomeraciones".
  • Librerías. En los anaqueles de Yenny, LSF, El Ateneo y afines se verificará un curioso fenómeno, cuando los ejemplares de títulos como Fiebre en las gradas de Nick Hornby, Diario de la guerra del cerdo de Adolfo Bioy Casares y Fiebre negra de Miguel Rosenzvit alcancen los 41 grados centígrados. En las librerías que también venden películas podrá verse cómo Babe, el chanchito valiente empieza a destilar mucosidades espesas. Probablemente se vean algunas escenas de pánico no muy moderado.

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1.7.09 

360


Uno se consuela pensando en los Airbus que se caen, en las pestes que andan dando vueltas, en el euro a más de 5 mangos. Pero después entra al sitio oficial, y ve el escenario, y lee esta lista de temas:

Breathe
No Line on the Horizon
Get On Your Boots
Magnificent
Beautiful DaY
I Still Haven't Found What I'm Looking For
Angel of Harlem
In A Little While
Unknown Caller
Unforgettable Fire
City of Blinding LIghts
Vertigo
I'll Go Crazy If I Don't Go Crazy Tonight
Sunday Bloody Sunday
Pride (In The Name of Love)
MLK
Walk On
Where The Streets Have No Name
One
-------
Ultraviolet
With Or Without You
Moment of Surrender


Y sí, dan ganas de balearse en un rincón.


(Update para desesperados: una fuente 100% confiable me confirmó que vienen en 2010)

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Responsable

  • Eduardo Fabregat
  • Buenos Aires, Argentina
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