31.8.09 

A misa

¿Hace falta recomendarlo? ¿Quién no lo tiene agendado, quién no espera este lunes a las 23 en Canal 7 como la mejor misa? Para alegría del pueblo, vuelve Peter Capusotto y sus videos. Y para precalentar motores, he aquí la entrevista de Emanuel Respighi que publicamos en Página/12 el viernes pasado.

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29.8.09 

Nueva Saturnia

Foto: Daniel Jayo

(Publicada hoy en Página/12)

Los folletos turísticos lo dejaban bien claro: uno no podía morir sin conocer Nueva Saturnia. La ciudad era célebre en el Cono Sur por ser una extraña combinación de Nueva York, Chicago, París, Nueva Orleans, Londres, y también Nueva Delhi, San Pablo, el Bronx de los ’70 y Kabul. Como cualquier gran ciudad, Nueva Saturnia tenía sus bellezas y sus esperpentos, sus glorias y sus miserias. Pero tenía un enorme capital cultural, principal atracción para turistas del resto del país y de todo el mundo también. Esencia de una ciudadanía de todos los colores, en la que se podían encontrar por igual personas que disfrutaban de la lectura de Jacques Derrida o del afiebrado baile de cumbia alternativa, amantes de la música, la plástica, el teatro, el varieté, el stand up, los libros, el cine, la intervención poética. Gente que necesitaba alimento cultural y gente dispuesta a ofrecerlo.

Los gobiernos iban y venían, se alternaban los signos políticos, pero todos coincidían en que ese capital cultural debía ser conservado, alimentado, estimulado. Con mejores y peores ideas, con políticas más o menos activas, la cultura de Nueva Saturnia de cualquier modo florecía.

Un día llegó el Gran Administrador. Procedente del mundo de los negocios, el ingeniero Toblerone (nadie sabía si era ingeniero diplomado, pero así se lo llamaba desde siempre) ganó las elecciones con la fuerza del sorprendente slogan “Saturnia va a ser grossa”. Sorprendente no por la terminología –los saturnianos eran gente muy moderna, abierta, receptiva al neologismo–, sino porque existía una sensación general de que Nueva Saturnia ya era grossa, no necesitaba especiales esfuerzos en pos de un mayor grossismo. La suposición era que en las campañas se dicen muchas cosas, no todas tienen estricta raigambre con la realidad y al cabo sólo se trataba de una simple frase que apelaba al orgullo citadino.

El primer signo de alarma debió encenderse el día en que el nuevo gobernante llamó a una conferencia de prensa en la que dijo, sin pelos en la lengua: “En Nueva Saturnia se gasta demasiado”. Primero echó a todos los empleados que venían de la administración anterior, fueran ñoquis probados o intachables trabajadores. Después recortó presupuestos destinados a la salud, la educación, la asistencia social y el desarrollo de deportes. Obsesionado por la imagen pública, creó el CoBaNI (Comando Barredor de Neanderthales Impresentables), un escuadrón nocturno dedicado a limpiar las calles de gente fea e incómoda. Volcó ingentes esfuerzos a la obra pública, a poner veredas nuevas en los barrios más chic, pintar paredes y monumentos, poner rampas, puentes y túneles donde se necesitaban y donde no también, lanzar topadoras sobre las villas y tapar los restos con grandes tapiales donde lucía el característico cartelón naranja con la leyenda de siempre, Saturnia va a ser grossa.

Las protestas al respecto fueron resueltas aplicando el flamante Decreto de Ordenación de Calles y Respeto por el Prójimo, que sancionaba fuertemente toda protesta no autorizada. Pero llamaron la atención de los legisladores, que llevaron a cabo un ardiente debate de dos días que terminó en la nada (el primer día) y a las piñas (el segundo).

Un día, el ingeniero descubrió que la ciudad tenía una cadena de centros culturales que eran muy apreciados por los vecinos, pero significaban un gasto inexplicable. “¿Para qué mantener a estos vagos que dan cursos y talleres de dudosa aplicación, que ofrecen espectáculos gratis, si la gente puede cultivarse de mejor manera en lugares como las Academias Mastrolorenzi?”, apostrofó a su ministro de Cultura y Esparcimiento, quien recordó que el ingeniero Mastrolorenzi había sido compañero de facultad de Toblerone y con ello se convenció de la inutilidad de discutir el punto. Los centros culturales fueron cerrados. Algunos predios fueron cedidos a nuevas asociaciones privadas de variopintos propósitos. Otros sirvieron a la expansión de locales de McDonald’s, y también de comida japonesa, tailandesa y neocelandesa. Los lugares más reputados, como el Centro Cultural de los Monjes Recoletos, fueron subalquilados para fastuosas exhibiciones extranjeras que cobraban jugosas entradas, o para ocasiones especiales. La hija menor del ingeniero Mastrolorenzi se casó allí.

Otro día, el jefe de Gobierno decidió dejar de pagarles a los actores, dramaturgos, directores y técnicos que daban vida al Círculo Teatral, conglomerado de ocho salas financiadas por el Estado, donde se ofrecían maravillosas puestas teatrales, accesibles al público, reconocidas en todo el mundo como una de las razones por las que había que visitar Nueva Saturnia. Los actores emocionaban al público primero con el texto y después relatando que llevaban cuatro meses sin ver un dólar, pero la decisión fue irrevocable: se terminó pagando lo adeudado, aunque llegó la orden de no contratar, financiar ni impulsar nuevas obras. Se gasta demasiado, insistió el ingeniero Toblerone, aunque sus asesores trataban de hacerle entender que la medida no era popular, que, a la corta o a la larga, a la gente le iba a caer mal. El ingeniero cerró la discusión mostrándoles la proyección de ingresos que dejaría la reconversión del Gran Teatro Lírico Saturniano en un estacionamiento de quince pisos. “Mi deber es atender el ingente problema de la falta de espacio para los vehículos que llegan cada día a nuestra gran ciudad”, dijo, y no atendió más razones.

El problema sumió en la preocupación a los legisladores, que convocaron a una sesión especial para debatir. Algunos se fueron temprano para llegar a las audiciones en vivo de un popular animador televisivo, que presentaba Zapateando por un sueño desde el Teatro Municipal Padres de la Patria.

Para multiplicar la productividad del gobierno, el ingeniero Toblerone decidió después cubrir los huecos de la gente cesante del teatro con empleados ya incluidos en la plantilla. Esto en principio disparó toda una serie de anomalías teatrales que no dejaron de tener su interés, como un Hamlet ambientado en el edificio del Ministerio de Obras Públicas, Catastro y Mobiliario Ciudadano, un ciclo de clásicos de la commedia dell’arte en clave de stand up y una puesta de circo en la que los técnicos del canal de televisión y la radio de Nueva Saturnia (ambos clausurados) se estrellaban contra el piso entre carcajadas del público.

Los actores sin trabajo empezaron a juntar el mango haciendo espectáculos callejeros, que podían ir del simple malabarismo a la representación de Sueño de una noche de verano en la zona bancaria. Esto fue bien recibido por la población –e incluso por el ingeniero Toblerone, que en una rueda de prensa dedicó diez minutos a ensalzar el modo en que un capitalismo sano sabe reintegrar a los elementos ociosos—, pero la cantidad de artistas desempleados terminó llevando a un caos público. Entre los que terminaron exterminándose entre sí por disputar los lugares más concurridos y la aparición en escena del CoBaNI, las calles pronto estuvieron limpias de nuevo. Hasta que empezó el paro de basureros, que eran en realidad elementos antes improductivos de la Subsecretaría de Coordinación de Equipos de Control de Bienes Raíces. Y tampoco se distinguían por su eficiencia en el básquet con camión recolector.

El problema sumió en la preocupación a los legisladores, que convocaron a una sesión especial para debatir, finalmente levantada por el advenimiento de un fin de semana largo.

Para los turistas, Nueva Saturnia seguía pareciendo encantadora. El nuevo orden impuesto por el Gran Administrador posibilitaba un mejor manejo de la agenda de las agencias de viaje, que estudiaban el cronograma de los MegaFestivales Saturnianos oficiales y así podían comercializar de manera más efectiva los paquetes turísticos.

Pero en las puertas de tanguerías que habían cerrado tras la eliminación del Plan de Fomento a Clubes de Cultura (Nueva Saturnia, como sus pares del Río de la Plata, era una ciudad con enorme cultura tanguera), viejos bandoneonistas languidecían silbando añosas melodías, sus instrumentos empeñados para meter algo en la olla. Los grupos de rock y música popular tocaban en su casa: debido a una tragedia sucedida en un boliche rockero, las nuevas reglamentaciones habían eliminado de hecho todo lugar de música en vivo. Los niños se sentaban frente a los centros culturales clausurados (o donde ahora se ofrecían muestras de artesanía senegalesa) con la mirada triste, e improvisaban un teatro de títeres ranfañoso con tres medias y un tubito de papel higiénico. La actividad cultural languidecía, los artistas huían. Pronto empezaron a escasear números que alimentaran los MegaFestivales.

La obra pública continuaba. La extensión de la red de subterráneos había quedado en la nada, pero ya lucían los pilares de la Gran Autopista Saturniana, que cumplía la doble función de facilitar el tránsito y evitar nuevos asentamientos de gente fea. La gente fea seguía siendo expulsada más allá de los límites de la ciudad, hacia el distrito conocido como Gran Saturnia. Cundían los carteles naranja. El flamante mobiliario urbano resplandecía bajo las nuevas luces de magnesio provistas por Construcciones Mastrolorenzi.

Así llegó el día, más bien la noche, en que los resplandores lo cegaron todo, y Nueva Saturnia se convirtió en pura luz. Una luz de tal calibre, de tal magnitud, de tal kilovataje, que impedía ver que abajo, al cabo, ya no quedaba nada por ver.

Preocupados, enceguecidos, los legisladores convocaron a una reunión urgente.

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27.8.09 

Estado de situación

El Suplemento NO de esta semana presenta un extenso informe en el que hablan los managers de diferentes bandas, y se cuenta cómo es el sistema de corrupción alrededor de los boliches que sigue funcionando hoy. Gran trabajo de Cristian Vitale y Luis Paz, imperdible.

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25.8.09 

Chiste de tapa

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22.8.09 

Papelitos y ratas

(Publicada hoy en Página/12)

Las ratas que estafan y zafan son muchas.
Y son las que bendicen sus miserias al final.
("Morir", Ca$hejeros, 2003)

Qué insulto a más de cuatro décadas de rock argentino, qué zapateo irrespetuoso sobre las tumbas de Luca, de Miguel, de Federico, de Pappo Napolitano. Cuánta desidia, cuánta soberbia, cuánta traición. Olvidemos por un rato –si es posible– las instancias judiciales, el desfile de testigos, el dolor cayendo gota a gota durante casi cinco años transcurridos, durante un año de proceso. Vayamos al otro hueso, vayamos a la cuestión que atormenta a los que saben cuánto costó salir adelante en nuestro Vietnam, hecho de saliva y sangre. Quienes aman el rock argentino hecho con pasión, con talento, con dignidad y honestidad, contra viento y marea, con las mejores intenciones, esta semana se han tragado uno de los batracios más intolerables de la historia que arrancaron Moris, Nebbia, Almendra, Manal y otros que no medían bengalas ni banderas, sino acordes y armonías vocales, poéticas sensibles y fuegos creativos.

(Para el desprevenido que aún no se haya percatado, una advertencia: esta columna es hija de la indignación. Si usted anda buscando moderaciones, si cree que los músicos de Ca$hejeros son realmente inocentes, vaya dando vuelta la página. Este periodista, que desde el día de la tragedia viene publicando argumentaciones basadas en su conocimiento y el de sus fuentes, que ha tratado de razonar en público y poner todas las cartas sobre la mesa, anda con los cables pelados, le saltó la térmica. La cara de piedra de Fontanet ya es una afrenta que no puede tolerar.)

Lo dictaminó el Tribunal Oral 24: la obediencia debida llegó al rock. Diego Argañaraz se convirtió en Jorge Rafael Videla, y Patricio Fontanet, Eduardo Vázquez, Maximiliano Djerfy, Juan Carbone, Cristian Torrejón y Elio Delgado pasaron a ser los simples miliquitos que sólo cumplían órdenes, no sabían nada, no escuchaban nada, no decían nada, sólo se subían a tocar, son tan víctimas como los padres devastados por la muerte que recibieron en la cabeza una celebratoria lluvia de papelitos –cortesía de Los Invisibles, El Fondo No Fisura, La Familia Piojosa–, y el dedo medio de la señora Susana cagándose en ellos y en su dolor, gozando la revancha.

Dan asco.

La estrategia dio excelentes resultados: el Pato criollo y sus compañeros se dieron cuenta rápidamente de que había que abrirse del manager, largarlo duro, hacerse los boludos y mirar para el costado mientras engrampaban al amigo por las decisiones que tomaron todos, por las irresponsabilidades que cometieron todos, por la contribución colectiva a casi doscientas muertes. El que avisa no es traidor, podrá decirse: el día en que se separaron las representaciones, cuando los músicos contrataron a su abogado y dejaron que Argañaraz se arreglara con el suyo, la suerte del manager quedó sellada. Lo dejaron solo. Está claro que a nadie le gusta ir en cana, pero la actitud dice unas cuantas cosas sobre la catadura moral de los reyes del aguante. El aguante se termina donde empieza el cagazo. Se viene a descubrir que el código de la calle incluye la cobardía.

El fallo no hizo más que confirmar todo lo que Página/12 viene denunciando desde el 2 de enero de 2005. Nada de lo que se escribió aquí es mentira. Pero los papeles hacen que sólo uno de los integrantes del grupo pague los platos rotos.

Afuera los pibes festejaban. En los foros donde campea el sentimiento de Copa Intercontinental ganada sobre la hora, se justifican diciendo que si hubiera sido al revés las imágenes de festejo habrían sido de los familiares de víctimas. La excusa, tan endeble como la de “eeeh, loco, bengalas prendían todos”, se desmorona con una simple observación del momento de la lectura del fallo: cuando el juez Alveró anunció las condenas a Chabán, Díaz y Argañaraz, los familiares no festejaban. Lloraban. Es lo poco que Cromañón les ha dejado. Los fans pueden ir a Olavarría a disfrutar a Fontanet haciéndose el vivo arriba del escenario. Los padres sólo pueden ir a ver tumbas.

¿Para esto atravesamos cuarentaipico años de luchas, de prejuicios, de persecuciones, de paciente construcción de un movimiento que fuera recordado por su arte? ¿Todo termina en que Chabán es un hijo de puta, y el cana es un coimero y el manager un inescrupuloso y los funcionarios unos corruptos? Mientras Ca$hejeros vende a $47,50 su disco en vivo en Obras 2004 (el de las cien bengalas en una sola noche), mientras recauda 15 mil espectadores en la misma Olavarría donde el intendente Eseverri padre se dio el lujo de prohibir a los Redondos, los músicos que tratan de ganarse la vida en Buenos Aires tienen que lidiar con la misma corrupción de siempre, con bolicheros que, amparándose en ser de los pocos que tienen habilitación, imponen condiciones a las que el término “abusivas” les queda tibio.

¿Esto es lo que nos queda, señor juez? ¿El sardónico triunfo de este sindicato de crápulas?

Ya basta de tibiezas: aun antes del 30 de diciembre de 2004, Ca$hejeros era una banda horrible. Sus discos de tapas impresentables eran una mala copia de un mal MP3 de un menjunje requemado de los Redondos, La Renga y Los Piojos. Su cantante ya era un gordito desafinado que fantaseaba infructuosamente con tener la verba, la pluma y la performance del Indio Solari. Sus guitarristas soñaban con algún día meter una nota, una sola nota, con la sensibilidad y justeza de Skay Beilinson o la garra de Chizzo. Si la prensa intentaba conseguir una nota con ellos era por la curiosidad de que semejante engendro arrastrara un Obras lleno, para tratar de entender cómo era que el público rockero de pronto se estaba conformando con tan poco. Ellos empezaban a disfrutar su status de Susana Giménez del rock, creyendo que negarse a dar notas o sacarse fotos bastaba para apoderarse de la mística de tipos que hicieron cien canciones mil veces mejores. Vendedores de humo, llamaban la atención por su poder pirotécnico antes que por su música.

Eran una banda horrible entonces, lo siguen siendo ahora. Y para completar el menú agregaron a sus cualidades el cinismo de escribir gacetillas en jerga judicial, la agachada de entregar a su manager para salvar el culo, la mariconada de tratar de borrar con el codo todo lo que dijeron e hicieron antes que se les quemara el rancho, literalmente.

La enorme riqueza del rock argentino exige una condena moral. No les hicimos el aguante, el aguante de verdad, a artistas valiosísimos, para que un grupete de mediocres escupa alegremente hacia el cielo, al ojo de creadores mucho más talentosos, y se salga con la suya. En las conversaciones que este cronista tuvo con músicos, managers, productores, no hubo uno solo que estuviera de acuerdo con el fallo. ¿Hay que quedarse con esa bronca contenida? ¿Hay que resignarse, cuando no hubo resignación frente a las razzias, frente al bastardeo del arte de la música, frente a la manipulación, frente a los intentos de prostitución de un género genuino, nacido del riesgo y el desafío artístico y no del oportunismo berreta, de la demagogia musical que engancha rápidamente una multitud?

Pappo los mandaría a laburar.

Miguel les recordaría que ante todo está la vida.

Luca los cagaría bien a trompadas.

Nosotros estamos acá. Conteniendo la náusea ante esta asociación de aficionados, monos con navaja que provocaron un daño irreparable. Preguntándonos una vez más por qué una parte del público, históricamente exigente con los estándares del rock hecho en Argentina, se conforma con una oferta artística tan paupérrima, la celebra, le perdona todo. De las tribunas se puede regresar, tan sólo hace falta ser de masa gris, cantó Spinetta. Es hora de abandonar la tribuna futbolizada, los papelitos, la cosa descerebrada que perdona y festeja la estupidez. Coincidir, sí, en que hay ratas que estafan y zafan. Pero que no sólo están afuera: bien pueden estar royendo por dentro cuatro décadas de arte genuino, hasta dejarlo en la miseria.

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20.8.09 

Acostumbrados al dolor

(Publicada hoy en Página/12)

Las escenas posteriores a la lectura del fallo eran inevitables: la nerviosa espera de la hora señalada, con dos grupos bien diferenciados levantando cada uno sus banderas, no podía terminar de otra manera. El festejo de los fans de Callejeros contrastó con la angustia de los familiares de las víctimas, que vieron en la condena a Omar Chabán un real acto de justicia y supusieron que los 18 años de sentencia para Diego Argañaraz, manager del grupo, conducirían naturalmente a condenas también para sus compañeros. No fue así. El Tribunal Oral 24, que supo llevar el proceso con firmeza y deslindar responsabilidades con criterio, tomó sin embargo la polémica decisión de considerar que en Callejeros las decisiones las tomaba el manager y nadie más. Así ha quedado demostrado en los papeles, en la prueba jurídica: como representante del grupo, Argañaraz era quien ponía el gancho en los acuerdos. Pero el manager no actuaba solo. Como lo sabe cualquiera que tenga un mínimo conocimiento del funcionamiento de una banda, las decisiones se tomaban bajo consenso, y sobre todo con la aprobación de Patricio Santos Fontanet, el gran “ganador” de la tarde de ayer.

Los fans, y los videographs de los canales de noticias, deberían moderar sus sentimientos: los músicos fueron absueltos, pero no Callejeros como entidad. Si el Tribunal hubiera considerado que la banda no tuvo ninguna responsabilidad, Argañaraz estaría hoy descorchando con ellos en Villa Celina. Pero se lo encontró culpable y se lo condenó a 18 años de prisión, porque las pruebas indican que el grupo que representaba fue co-responsable del incendio. Son sutilezas, claro: a Fontanet y a sus secuaces les importará bien poco, el único que queda adentro es el manager y ellos pueden seguir tocando, grabando, cometiendo la gracia de firmar sus gacetillas como “Juzgado de Los Invisibles”, mandándola a chupar por caretas a quienes no se conforman con las papeletas que dejan “el beneficio de la duda”, a quienes aún hoy, con el fallo en la mano, les sigue importando la responsabilidad moral.

Las cajas de instrumentos en las que se escondía pirotecnia no eran de Argañaraz.

La estúpida frase de ocasión “¿Se van a portar bien?” no fue pronunciada por Argañaraz.

El que mostraba orgullo por el poder pirotécnico del grupo en los reportajes no era Argañaraz.

El que se reunía con los barrabravas de El Fondo No Fisura, La Familia Piojosa y Los Invisibles para organizar el contrabando de fueguitos era Argañaraz, pero para ello contó con la necesaria complicidad y aprobación de los integrantes de la banda.

Dicho de otro modo: no existe en el rock argentino un manager que sea jefe de los músicos. Generalmente es al revés, primero surge la banda y después aparece el manager, y éste no deja de ser un empleado.

Es un día gris, amargo, para quienes esperaban que Cromañón dejara una enseñanza, un real ejemplo. Lo dejó, sí, en el caso del gerenciador del local, el policía que organizaba las coimas, el representante del grupo y los funcionarios a los que se les aplicó la pena máxima contemplada. Pero escudándose en este fallo, los músicos que acumularon tantas irresponsabilidades, que acompañaron y estimularon la inconsciencia de su público, que le indicaron a Argañaraz lo que debía hacer y cómo, podrán seguir jugando el rol de carmelitas descalzas manipulados por Chabán y su inescrupuloso manager, víctimas de la corrupción, santos inocentes que nunca hicieron nada que pusiera en riesgo a quienes les dan de comer.

Habrá quien crea que con esto –o con lo que suceda con las apelaciones– se cierra el asunto, pero está claro que no es así. Cromañón no terminó en diciembre de 2004, ni terminó ayer. Cromañón sigue sucediendo, cada día. Habrá quien crea que con esto se establece un escalafón de vencedores y vencidos, pero será mejor dejarle eso al fútbol. Ayer, en la sala de audiencias, en Plaza Lavalle o donde fuera, lo único que siguió triunfando es el dolor.

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18.8.09 

Macri, lo micro y lo macro

(Publicada hoy en Página/12)

“Fue un allanamiento sin orden previa, tiraron la puerta abajo y tuvimos que sacar todo lo que teníamos.” En una nota de Carlos Rodríguez publicada por Página/12 el domingo, Cristina Zitarrosa –apellido ilustre de la cultura rioplatense, hermana de Alfredo– contó el modo en que los muchachos de Javier Ibáñez, director general de Administración de Bienes del gobierno porteño, desalojaron por la fuerza a la Asociación Civil Encuentro Uruguayo-Argentino, conocida como Casa Zitarrosa. En cierto modo no sorprende: el Flaco de voz grave solía cantarles a los peones y Macri juega en la liga del patrón. No sorprende, tampoco, porque es el modus operandi del capo de una ciudad donde su mueven como peces (gordos) en el agua los patoteros de la UCEP. Hace un par de semanas, el Centro Cultural Plaza Defensa se desayunó con la noticia de que será “reemplazado” por otro designado por el gobierno. Según advierte la misma nota de Rodríguez, esta semana habrá novedades similares a las de la Casa Zitarrosa para varios emprendimientos del mismo tipo. En la madrugada, como los matones que revientan a los desamparados en lugares públicos, Ibáñez y sus amiguitos saldrán a patear puertas.

A Macri le gusta lo macro, pero desprecia lo micro. En estos días se celebra uno de esos acontecimientos que tanto gustan al gobierno de la ciudad, de ahora y de siempre. Y está bien que así sea: la fuerte impronta cultural de Buenos Aires merece grandes festivales, encuentros y ciclos. No importa si es por auténtica convicción o mero deseo de figuración política, es bueno y meritorio que esa actividad se mantenga. El problema es que Macri, con la misma tozudez con la que pone a ex empleados de tabacaleras al frente de hospitales, recorta una vez más el presupuesto para murgas de Carnaval y lindezas semejantes, le quiere dar destino de topadora a todo lo que no pueda colgarle su cartelito amarillo. Es el mismo cinismo que le permite denostar en público la movida con la televisación del fútbol, hablando de la necesidad de atender la pobreza y la educación, y a la vez telefonear en privado a Grondona para felicitarlo y enviar a las patotas a patear pobres entre gallos y medianoche.

Menos macro y más micro, Macri. Porque, como cantó el señor Zitarrosa allá lejos y hace tiempo, una sombra y otra sombra hacen tormenta, y el vendaval no tiene riendas.

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15.8.09 

Ver fútbol

(Publicada hoy en Página/12)

Así es este amor (no televisión)
Indio Solari, 1993.

Fue, claro, una semana empelotada, a los pelotazos, despelotada, llena de rebotes, corners, arrugues de barrera, tiros desde el punto penal. La GrondonAFA, el Gobierno, TSC, TyC y el Grupo Clarín, los presidentes de varios clubes que suspiraron por aliviar las arcas reventadas de tanto dislate, los medios gráficos, radiales, televisivos e internéticos, hasta las redes sociales y los blogs le dieron forma al partidazo que se jugó a lo largo de estos días. Estaba para cualquiera pero la suerte quedó echada, hubo varios que cantaron victoria pero al cabo el que ganó-ganó fue el dueño de esa cancha con forma de edificio en la calle Viamonte. No estuvo Javier Castrilli, pero echaron a un par de jugadores.

El fenómeno quizá sorprendería a un esquimal, pero la resonancia del asunto en la Argentina tiene toda la lógica. Hay un enorme número de gente que ama el fútbol, y eso no admite explicación ni entiende de las relativizaciones que esgrimen los ajenos a la pelota que ponen cara de superioridad asqueada ante la pasión de los otros. Es, y punto. Sí, 22 señores corriendo atrás de una pelota, Sr. Borges. Es cierto. Es encantador. Es bello.

La apreciación viene a cuento de qué es lo que está en la base de este negocio millonario (¿cuántas veces se leyeron, pronunciaron, sobreimprimieron esas palabras, en los últimos días?). Por qué el fútbol en una pantallita –esa aberración de acuerdo con los cánones más añejos del deporte– es un asunto de Estado, una puja entre funcionarios, políticos (incluyendo a un par de sátrapas que se pasan el día reventando pobres, pero se acordaron de la pobreza para fustigar al Gobierno), propietarios de multimedios, productoras y dirigentes de club. Porque nos gusta ver fútbol. Porque nos gusta ver fútbol por TV. ¿Por qué nos gusta ver fútbol por TV?

* * *

En El garante, la notable miniserie dirigida en 1997 por Sebastián Borensztein y protagonizada por Lito Cruz y Leonardo Sbaraglia, hay una escena que resume una fantasía típica del amante del fútbol: en medio de su lucha con José Sagasti, el servidor del demonio que viene a ejecutar la garantía, el psicólogo Martín Mondragón aparece de pronto en una Buenos Aires desierta, y se mete en un bar. Allí encuentra la explicación a las calles vacías, y se da cuenta de que el suyo no es un desplazamiento espacial sino temporal: un grupo de parroquianos enfervorizados está siguiendo el Argentina-Inglaterra que se disputa en el Mundial de México. “Ahora el Diego va a hacer un gol con la mano”, dice ante la mirada extrañada y algo furiosa de los televidentes, que se vuelve total sorpresa cuando el Diez efectivamente se eleva, y eleva el puño y la manda a la red, y no hay protesta inglesa que valga. “Y no saben el golazo que va a hacer dentro de un rato”, descerraja Martín mientras sale del bar.

A sabiendas de lo difícil que es acertar los 13 puntos del alicaído Prode, pocas cosas son tan disfrutables como ponerla en el ángulo con un miserable pronóstico frente a la tele. Hace poco, este cronista se animó a tirar una de esas predicciones en la redacción, mientras comenzaba el segundo tiempo de la semifinal de la Champions League entre Barcelona y Chelsea. Con la mínima diferencia a su favor, el equipo inglés estaba siendo tan amarrete que se imponía tirar una expresión de deseos, un “Barcelona mete el empate en el minuto 47, y se van a querer matar”. Son incontables las veces en que esa clase de afirmaciones caen en saco roto. Pero a los 47 exactos Iniesta la clavó de media distancia y pareció que José Sagasti sonreía en la tribuna.

De esa clase de cosas está hecha la pasión por ver fútbol.

* * *

Clavar los ojos en la verde pantalla es un fenómeno si se quiere nuevo. Hay clubes argentinos que sobrepasaron los cien años de vida, pero –tras experiencias más o menos aisladas– recién a comienzos de los ’80 se inauguró el rito dominguero con ese resumen apropiadamente titulado Todos los goles. Pero eran tiempos de canchas más llenas y violencia menos extendida, y el pequeño cuadrado catódico era un pésimo sucedáneo de la experiencia real, el vacío en el estómago al emerger de las escaleras, pisar la tribuna, alzar la vista y comerse la cancha con los ojos. Los hijos de uno viven el fenómeno al revés, lo natural es el sillón y el control remoto y el replay, y hasta las repeticiones por YouTube. Pero no está mal: el día que uno vence los temores de la madre y consigue llevar al niño al templo, sabe que ese vértigo, esa enormidad que la caja de colores nunca podrá traducir, será un archivo que nunca se le borrará, que fijará para siempre el hechizo de una pelota corriendo. Tendrá que estar atento los 90 minutos porque si aparta la vista y alguien la mete no habrá forma de rebobinar; la ausencia de control de volumen provocará que el pequeño fanático vuelva a casa repitiendo barbaridades como “sos amigo de la yuta, vos sos un hijo de puta”: incomodidades menores frente a la complicidad de compartir la convicción de que, si hay partido en la tele, puede ser mejor opción que el Cartoon Network. Y hay marcadores de punta capaces de lanzar una patada voladora mejor que la de los Power Rangers.

El pibe vive su propia naturalización del acto televisivo-futbolístico. “Poné de vuelta el Barcelona-Real que grabaste”, dice, y no hay manera de narrarle el tormento de la vieja pila de VHS sin clasificar comparado con la sencillez de apretar un botón en el DVR. Pero los viejos carrozas hemos vivido nuestro propio desarrollo, el pasaje de la cancha a la tele y de vuelta a la cancha, que no siempre se traduce en cosas agradables. Los vicios con los que crecimos, los vicios que también naturalizamos: las complejas y a veces absurdas parrafadas de Macaya Márquez, tan llenas de adverbios (los estudiosos de la estadística afirman que el comentarista pronunció la palabra naturalmente por millonésima vez en el River 2-Boca 0 de 1999, pero hay quien sostiene que llegó a esa marca antes), los exabruptos de Marcelo Araujo que ahora volverán con todo, las operetas de la dupla Fernando Niembro-Mariano Class, el enojo inútil con comentaristas y relatores lanzados a la barrabasada, la inexplicable radio por TV (“¿Pa, cuándo muestran el partido?”) y esa pasión de los productores para volver a encajarnos el mismo Telebeam de siempre pero con nuevos gráficos y la afirmación de que ahora sí, es el non plus ultra, la versión definitiva que no dejará ninguna duda sobre lo sucedido en el campo de juego, el fútbol convertido en ciencia.

Uno no quiere tanto. Prefiere seguir puteando al juez de línea que enterarse de que al cabo tenía razón, que el nueve estaba adelantado cuatro centímetros y medio. En eso la tele es medio porno, y el porno termina aburriendo.

También, por obra y gracia del monopolio del fútbol, nos terminamos acostumbrando a los goles secuestrados hasta el domingo a las 24, que convierten los resúmenes deportivos previos en otro canto al absurdo: como una larga sesión de sexo verbalizado (que no es lo mismo que sexo oral) sin contacto y sin orgasmo, que eso es la pelota tocando la red.

* * *

Los muchachos de la logia de los puestos dicen que el verde atrae al verde, y que la experiencia del fútbol televisado tiene su necesario correlato en el consumo de porro. Claro que los muchachos de la logia de los puestos buscan cualquier excusa para el consumo de porro, pero la teoría tiene su basamento. El fútbol televisado tiene algo hipnótico, de allí los miles y miles de personas capaces de pagar lo que TSC, TyC, el GC, la distribuidora de cable, etcétera, les exijan por sumarse a la ceremonia. Puede uno estar parado en un sitio cualquiera y atisbar por el rabillo del ojo una pantalla verde a diez metros, y un tipo que parece festejar, y querremos saber quién juega, dónde, y cuánto va, y quién hizo los goles. Y verlos. Y comentar con el enfermito de al lado qué golazo, qué cañete, qué hijo de puta, el arquero se olvidó las manos y delicias parecidas, sin que nos importe que se trate de un partido de la Segunda División griega. Donde, además, seguro juega un argentino.

Siempre se puede volver a ver el mismo gol. Como el psicólogo de El garante, vimos cuatro millones de veces el electrizante slalom del Diego en el Azteca. Y si lo vuelven a mostrar lo volvemos a ver: por eso tanto programa de archivo, que probablemente se multiplique para suplir lo que faltará por el tablero pateado por GrondonAFA. El fútbol por televisión, esa feliz aberración, es la única excusa que necesitamos.

No es televisión. Es amor.

Dale que empieza.

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Nochecita

Qué final de jornada en una semana cuesta arriba: un viernes a la noche en el que cae la renuncia de la abogada de Maximiliano Djerfy y el cruce de lanzazos entre Skay y el Indio. Cruce que uno preferiría no presenciar, aunque parecía medio inevitable que un día se terminara tanta diplomacia. Mejor olvidarse, clavarse un Gulp y hacer de cuenta que todo aún está por suceder. Y hacer como se pueda para tragar esas imágenes tremendas, desgarradoras, manos buscando una salida, del interior de República Cromañón: la apertura del boliche de Once a los medios justo antes de la sentencia parece estar preparando el terreno a algunas condenas ejemplificatorias.

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12.8.09 

Cero catering

Un juez autorizó la utilización de las imágenes y canciones de los ensayos de Michael Jackson para el show This is it, que ahora será una película a estrenarse mundialmente. Al final, para AEG va a ser más negocio Jackson muerto que vivo.

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10.8.09 

Noticiero XI

  • El Papa y el Cardenal Bergoglio llamaron a “terminar con el escándalo de la pobreza en la Argentina”. De terminar con el escándalo de los curas pedófilos en el mundo o compartir algo de la escandalosa riqueza de la Iglesia Católica, ni palabra.
  • River Plate volvió de su gira canadiense sin novedades con respecto a la contratación de futbolistas. “Acá los únicos refuerzos que llegan son para las vallas del hall”, habría dicho un integrante de la Comisión Directiva.
  • La Exposición Rural abrió y cerró con fuertes críticas al gobierno. Ante la repercusión de sus dichos, Hugo Biolcati estaría considerando hacer la expo una vez al mes.
  • Tras su exitosa campaña “Charly, vuelve el más grande”, Darío Lopérfido recibe un llamado de su ex jefe, quien le pide que le haga una a él para reposicionarlo. Darío propone “Fernando, vuelve el más tonto”. La cosa no prospera.
  • El grupo Clarín acusó a Julio Grondona y Néstor Kirchner de estar conspirando para llevarse la televisación del fútbol a Canal 7. En la emisora estatal advierten: “Ojo que nosotros estamos para transmitir, como mucho, partidos de metegol”.
  • La Legislatura prepara una ley que le dará más poder a los vecinos para controlar a los administradores de consorcios. Las cláusulas más duras contemplarían el empalamiento por inflar presupuestos, el motín contra encargados despóticos y la expulsión sumaria de vecinos indeseables como el rockerito del 5º B o la loca del tercero.
  • Diego Maradona sigue meditando sobre el equipo para enfrentar a Brasil por las Eliminatorias. Mientras tanto, ya inició las charlas para pedir asilo político en Cuba en caso de catástrofe.

8.8.09 

Puntos y rayas


(Publicada hoy en Página/12)

No es la misma canción de dos por tres.
Las cosas ya no son como las ves.

Charly García, 1982

Durante sus años en la universidad, Samuel Finley Breese Morse pareció destinado a decepcionar a sus padres: lejos de interesarse en las materias esperables para abrirse paso en la sociedad de comienzos del siglo XIX, el muchacho sólo mostraba interés en las artes. De hecho, en 1811, Samuel viajó a Inglaterra para perfeccionarse en la escultura y el dibujo, y hacia 1825 ya era un pintor y retratista celebrado en Nueva York. Fue sólo después de otro viaje a Europa que el hombre comenzó a obsesionarse con la electricidad y el reciente invento del electroimán, lo que le disparó la loca idea de un aparato que pudiera transmitir mensajes a distancia. El diseñó el artilugio y le dio forma al lenguaje de transmisión, él se encargó de convencer al Congreso estadounidense de que invirtiera 30 mil dólares en un tendido de 60 kilómetros de cable: el 24 de agosto de 1844, Samuel al fin hizo henchir de orgullo a sus padres al realizar la primera transmisión telegráfica, entre Washington y Baltimore. “¿Qué nos ha traído Dios?”, preguntaba el mensaje, en una serie de puntos y rayas inmortalizado como Código Morse. Un telegrama desde el cielo.

Morse no fue el primero en inventar un código, pero le dio forma a uno inalterable y perdurable. Sólo un Indiana Jones puede descifrar los jeroglíficos de los faraones, sólo después de varios años de estudio pueden manejarse los ideogramas orientales, pero el código Morse sólo necesita algunas simples reglas mnemotécnicas para ser descifrado. El telégrafo, además, debe ser uno de los poquísimos inventos de hace dos siglos que, con apenas algunas mejoras tecnológicas (la primera de ellas, la transmisión inalámbrica), se mantiene plenamente vigente: cuando la estática y la interferencia inutilizan toda forma de comunicación, los beeps del código Morse se escuchan claramente, imponiéndose por encima de todas las demás frecuencias. Tan sencillo como punto, raya, punto.

Es curioso cómo, mientras algunos códigos se mantienen inalterables, otros han mutado, a veces incluso hasta extremos irreconciliables. El rock argentino tiene toda una jurisprudencia al respecto. El día que comenzó a cantar cosas como “Apremios ilegales, abusos criminales / tu condición humana violada a placer”, Miguel Cantilo se fijó el camino del exilio. Algo parecido les sucedió a León Gieco, a Moris, a muchos otros de la primera camada que se inclinaban por la letra explícita. Por eso el rock posterior tuvo que encontrar las ventanas para poder colar sus tomas de posiciones. Hizo uso intensivo del código y eso lo hizo aún más fuerte: pocas cosas generan tanta lealtad como lo que se corre de boca en boca, en secreto, a espaldas del enemigo. Horadándole la existencia a fuerza de metáforas e ironías: el Estado represor gana cuando ya nadie se anima a decir nada, ni siquiera solapado. El rock (“Música dura, la suicidada por la sociedad”, escribió Spinetta, usuario natural del código poético) cultivó códigos artísticos, líricos, estéticos, pero también de actitud y expresión: cuando un Obras completo esperando a Moris se lanzaba al “Y dale Pappo, dale dale Pappo”, ahí había un código que escupía en la cara de la señora de ruleros.

La señora de ruleros se escandalizaba con los pelilargos. Los celulares policiales esperaban a la salida de los conciertos para convertirse en vagones de pelilargos. “Es mejor tener el pelo libre que la libertad con fijador”, cantaba el mismo Cantilo. Los tipos de Ray Ban espejados tiraban Gamexane en las funciones de Hair y apretaban al cine Ritz de Belgrano para que la cortaran con las trasnoches de Woodstock. Pero hoy el terror de Doña Rosa no es la pelambre de Boff o de Lebon, las hirsutas huestes metálicas de V8 o los hippones que seguían a Seru apestando a pachuli (ese código olfativo), sino el grupo de pibes rapaditos, con gorra y campera deportiva, que charlan a la salida del colegio en Rivadavia y Fray Cayetano. Las cosas ya no son como las ves, son otros códigos. La señora es casi la misma.

(En un reportaje concedido esta semana al diario Clarín, Charly García cierra la charla escrita viéndose en el futuro “casado y con hijos”. La noticia le cae simpática a la señora, siempre más cerca del Código Civil que del código de “Total interferencia”.)

El código es una parte importante de la relación entre los artistas y su público. El período más siniestro de la historia argentina reciente quedó atrás, pero el rock mantuvo ese código entre pocos (entre pocos que en realidad son legión) porque es uno de sus elementos esenciales. El Indio Solari es una suerte de Samuel Morse: sus letras codificadas disparan toda suerte de interpretaciones, pero también dejan un gran puñado de frases rotundas, comprensibles de inmediato, capaces de atravesar generaciones y llegarles a pibes que nunca vieron a los Redondos en vivo. Si la línea “Casémonos vía México o Paraguay” hoy conforma un código apolillado, cuando el Indio pregunta “¿Y cuánto vale dormir tan custodiado de expertos cínicos y botones dorados?” no hay fecha de vencimiento. Punto, punto, raya.

* * *

Entre el chiste, el mero recurso sonoro y la fascinación por el sistema, muchos músicos han traducido un homenaje al código Morse en sus grabaciones. Un rápido repaso trae a la memoria el comienzo de “Planet Claire” de The B-52’s, un galimatías de siglas en Morse que desató presunciones de todo tipo sobre estaciones aeronáuticas y emisoras de radio. Kraftwerk, fantasmas en la máquina, lo convirtieron en herramienta de sonido en Radioactivity. Roger Waters no sólo salpicó de beeps su Radio KAOS sino que además los llevó a la gráfica, consignando los títulos de las canciones en el código de Samuel. Morse se hace presente también en “Lucifer” de Alan Parsons Project, tan utilizado –junto a “Hyper Gamma Spaces”– en viejas emisiones deportivas de la TV argentina, y en “YYZ” de Rush; Thomas Dolby lo replica vía sintes en The Golden Age of Wireless, y hasta los más recientes Dream Theater disfrazan con puntos y rayas el soez “Comete mi culo y mis bolas” en “In the Name of God”.

Pero el código como concepto es algo universal. El mundo del fútbol menciona con asiduidad a los códigos, disfrazando de comportamiento honorable lo que en realidad se parece más a la omertà de Vito Corleone. Dentro de la cancha, esperando un corner, el delantero y el marcador central pueden llegar a decirse cosas que mancillan a la madre, la hermana y la esposa de desagradable manera y terminar a las trompadas, pero una vez traspuesta la línea de cal y ante la obvia pregunta de “¿Qué pasó?”, pondrán un gesto asqueado y espantarán al movilero con “De esas cosas no se habla, son los códigos del fútbol”. Los códigos del fútbol pueden permitir serrucharle el piso a un DT, pero sus usuarios insistirán en que tener códigos es un corpus ético y no un mensaje mafioso. El código de chorros del que habla Jorge Larrosa en sus Postales tumberas suena más honesto que Tarufetti, el ocho de Sportivo Juniors, poniendo cara de palo después de haberle partido el tabique a un rival.

Tenemos códigos, vivimos bajo el código, pasamos la vida descifrando códigos más o menos complejos. En 1937, Alec Reeves patentó algo llamado Pulse Code Modulation, una señal continua de código binario que primero sería de gran utilidad a los aliados durante la Segunda Guerra, luego abriría la puerta al uso de teléfonos por tonos y, en última instancia, serviría para que Richard W. Hamming, I.S. Reed y G. Solomon le dieran forma al sistema Reed-Solomon bajo el que se codifica y lee algo llamado compact disc. Hoy no se concibe el comercio sin el código de barras, que fue inventado en 1952, pero recién fue un éxito en 1980. Hay códigos patentados y códigos implícitos, códigos por venir: un código impreso en la yema de los dedos de la mano que une al ser humano con el control remoto, que convierte el zapping a oscuras en atletismo cotidiano. Quizá dentro de dos o tres generaciones esa habilidad venga impresa en el ADN, pegada al código único de la huella digital: “Caramba, doctor, los humanos ya casi no sienten ningún afecto por el prójimo, pero el gen del zapping es más fuerte que nunca”.

Hasta el fin de los tiempos, alguien estará emitiendo sus puntos y rayas y alguien estará intentando desentrañarlos.

* * *

Samuel Morse murió en Nueva York el 2 de abril de 1872, víctima de una pulmonía. Dedicó buena parte de la fortuna que le dejó el telégrafo a su primer amor, subvencionando instituciones educativas y artísticas y ofreciendo apoyo a artistas que no tenían dónde caerse muertos. El tipo tenía códigos.

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7.8.09 

Vinilos

El colega Cristian Vitale informa acá de la Feria Internacional de Coleccionismo Discográfico. No sé cuánto de verdadero amor y cuánto de marketing haya en el encuentro, pero está como para darse una vuelta.

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6.8.09 

Cuidado, abuelo!

Algunas estrellas de rock ya no son lo que eran.

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3.8.09 

Convocatoria

Callejeros anunció que ante la demanda de entradas, el show del 15 de agosto en el Club Estudiantes de Olavarría se hará al aire libre. Los tickets ya están a la venta, a 60 pesitos. Vamos, muchachos, hay gorro bandera vincha. El 19 por ahí también hay traje a rayas.

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1.8.09 

Sonar

(Publicada hoy en Página/12)

Sonamos, pese a todo.
Les Luthiers, 1971.

Entre tantas cosas que suenan por ahí, se dice que el primero que tuvo la idea de un aparatito que permitiera dibujar un “mapa” instantáneo utilizando el sonido fue un tal Leonardo Da Vinci, que en 1490 metía el extremo de un tubo en el agua y aplicaba la oreja al otro extremo para detectar el movimiento de los barcos. Suena raro, pero tiene asidero. El italiano es bastante célebre por menudencias como La Gioconda y La última cena, pero también fue un científico loco de esos con los que Zemeckis hace toda una saga de Volver al futuro. Así, la idea del loquito de Leonardo, tan Emmett Brown, tan Gandalf el Gris, metiendo un tubo en el Arno, resulta simpática: si se le ocurrían cosas como aparatos para volar y aparatos para navegar bajo el agua, ¿cómo no iba a darse cuenta hasta qué punto estamos rodeados de sonido, y cómo seguir al sonido puede ser tan natural como abrir los ojos y ver el mundo que nos rodea, probar una bebida con la punta de la lengua, palpar una piel?

Vemos, hablamos, escuchamos, saboreamos, tocamos. Y sonamos.

* * *

Hay un viejo chiste de Quino en el que un militar alemán pasa revista a la banda de música: se enorgullece con el bombo y su “BOUM-BOUM”, la tuba y su “POROM-POROM” y el legüero y su “RATAPLUM-RATAPLUM”. Cuando llega al pobre miliquito que sostiene un triángulo, se limita a bajarlo de un bife. No va a descubrirse aquí y ahora la genialidad de Quino, sólo celebrar una vez más su capacidad de síntesis y las múltiples lecturas que puede disparar con sus obras mudas. Es cierto, los milicos no entienden de sutilezas, tan cierto como que son lo suficientemente machacones como para habernos legado un Himno en el que juramos con gloria morir por la patria. Eso suena seguido: en la Argentina, a cada cual lo seduce su estribillo, pero cuando hay que ponerse las pilas y dejar de darse banquetazos en la cabeza un rato, aunque sea para la galería, nos ponemos de pie y cantamos el Himno y juramos con gloria morir. Seán etérnos los lauré, suena y resuena y todos sonamos en celeste y blanco, y a más de uno le suena tan fuerte que se le pianta el lagrimón.

¿Qué es lo que nos hace sonar? Los que llevan años y años de subterráneo de Buenos Aires saben reconocer el fantasma del sonido del tren que está saliendo de la estación anterior. Aun con el fondo del analgésico de “Sí, Miguel” saliendo de las teles, aun con el indescifrable farfullar de los altavoces, los metales de los molinetes y el retintín desprovisto de graves que sale de los auriculares del vecino, que a juzgar por el volumen de su iPod está a punto de inaugurar su propia autopista de ocho carriles oreja derecha-oreja izquierda. Así suena el Apocalipsis, la Tormenta Perfecta, el Katrina, adentro de un huevo Kinder. Todo el que haya trabajado alguna vez con archivos de audio sabrá reconocer la fecha aproximada de grabación de un tema determinado con sólo ver su gráfico en el editor: hace cierto tiempo que los picos y profundidades del sonido conforman simplemente una oruga rectangular que ocupa todo el ancho del campo. Dale rosca que hay que competir con el tema siguiente, parecen decir los productores de la gran industria, eliminando de un plumazo la ecuación artística, los matices, los quiebres del sonido, los valles y los montes tan de artesanía analógica. El archivo comprimido resultante es como un enanito con una bomba de diez megatones ahí cerca del tímpano.

(De todos modos, tampoco hay que echarles la culpa de todo a las necesidades de la industria: a veces lo que parece una oruga es el cerebro del compositor.)

Tronará el escarmiento, dice alguien cuando quiere sonar convincente, determinado, incorruptible.

Algunos años después del Caño de Da Vinci (lo dicho: no sabemos si efectivamente don Leonardo anduvo haciendo esas cosas, pero sigámosle dando la derecha: ya estamos sonados), el hundimiento del Titanic provocó que algunos pensaran que quizás era necesario algún sistema de detección de icebergs medianamente eficaz. Pero fueron los militares –con sus bombos y sus tubas– los que perfeccionaron el sonar para los tiempos de guerra. El sistema en esencia es sencillo (un aparato emite un sonido, otro recibe el rebote, una serie de cálculos matemáticos le da forma al mapa), ni los delfines ni los murciélagos podían presentar una demanda por robo de patente y había que ubicar urgentemente a esos malditos submarinos alemanes. Aun hoy, en tiempos de tecnologías que hacen caer la mandíbula, el sonar se sigue utilizando. Es simple, es barato, es confiable. Tiene un solo problema, sobre el cual vienen alertando diversas organizaciones ecológicas: utilizado a alta potencia, enloquece a las ballenas, les hace perder el sentido de orientación, sufrir descompresiones por ascensión brusca, encallar y morir. Pero vamos, que los balleneros japoneses son peores. Y los militares tienen que hacer sonar sus tambores y sus tubas también en las profundidades del mar.

El sonido puede ser tan volátil como un Hammond con parlante Leslie o tan continuo como las chicharras de un enero a las tres de la tarde. Nos suena un violín y tiene sabor a tarde gris melanco, el loco de enfrente pela un theremin y se nos antoja que en cualquier momento aparecerá un marcianito de Tim Burton gritando “¡Venimos en son de paz!”, mientras achicharra gente a diestra y siniestra con su sonorísima pistola láser. Los sonidos hacen todo un paisaje, y el sonar somos nosotros: hablando de láseres, uno se encuentra sonriendo como un pelotudo cuando el pequeño padawan en casa escucha el zumbido del sable de luz y ya reconoce si es el de Luke Skywalker o el de Darth Vader.

Y mientras atravesamos las calles de Aires Dudosos, registrando videoclips efímeros con lo que suena en los auriculares, todo lo demás también suena. Suena la maldita alarma del auto a las tres de la mañana y nadie la apaga y es un soundtrack de pesadilla, contrapunteado con el perro de la terraza de enfrente que ladra y ladra persiguiendo el sonido de los motores en la avenida, los fantasmas de sonidos que atraviesan el aire sobre su cabeza. Dice el amigo, músico e ingeniero de sonido Diego Sánchez Rivera que los metales son una fuente inagotable de energía. Adrenalina chorreando del parlante: de ahí tanto baterista de heavy metal pegando duro con el hi hat abierto, electrizando a todo un Obras repleto, que cruzando Avenida del Libertador y subiendo por los balcones de los edificios de lujo, cobra el aspecto sonoro de un elefante practicando malambo a unas diez cuadras. El runrún de un infiernito ahí nomás.

¿Qué nos hace sonar, qué nos hace resonar? ¿El berreo de bebé con gases en la casa de al lado, el subwoofer cubriendo con graves el aburrimiento del último de Black Eyed Peas, el estallido lejano de una tribuna completa bramando gol, las inolvidables entradas de David Gilmour en “Shine on you Crazy Diamond”, el mionca que frena con el semáforo en rojo a diez centímetros de nuestra jeta, el silbato del juez, el silbato del poli, el silbato de la murga practicando en la plazoleta de la esquina?

La cara, el nombre, la voz de ese tipo nos suena de algún lado. Cuando el río suena, algo trae. El delicado sonido del trueno, los sonidos del silencio, dinero contante y sonante, asonadas militares, escuchar caer las lágrimas. Celebramos a la banda que suena bien y se lo contamos a alguien y hasta le decimos tenés que ver cómo suena, otra vez el concepto del sonar, del caño de Da Vinci. Cuando todo está perdido sonamos, sonamos pese a todo: en Lutherapia el formidable quinteto de smoking hace resonar carcajadas en un teatro repleto gracias al texto, pero también recuerda que lo primero que les interesó fue sonar, y pone sobre el escenario un órgano de pelotas de goma tan afinado como el Yerbomatófono d’amore, la Violata o el Calefone Da Cazza (“Abrí más la caliente”). Les Luthiers conjuga el verbo sonar en dos o tres tiempos desconocidos para el resto de los mortales.

En estos días, el Comité Federal de Radiodifusión desclasificó viejos documentos que detallan las listas negras, las canciones de difusión prohibida, lo que no podía, no debía sonar en la Argentina. Los primeros seis facsímiles, disponibles en www.comfer.gov.ar/web, hacen un recorrido que no arranca en 1976 sino en 1969 (lo que demuestra que no sólo Videla y sus secuaces gustaban de poner mordazas), y cierra en octubre de 1981: están, claro, León Gieco, Pink Floyd, Queen, Charly García, Aquelarre, Alfredo Zitarrosa, Luis Alberto Spinetta, Armando Tejada Gómez, Víctor Jara, María Elena Walsh, Moris, Horacio Guarany, Eladia Blázquez, Juan Falú, Eric Clapton, The Doors, Daniel Viglietti y John Lennon. Pero también Donna Summer, Katunga, Nicola Di Bari, José Luis Perales y Cacho Castaña, hoy tan amigo de la mano dura. Una palabra sospechosa alcanzaba, una metáfora medio traída de los pelos era suficiente para aplicar sordina por si las moscas. A ver, un cachetazo para el del triangulito.

Sonar puede ser una cosa encantadora, una cosa peligrosa. Y ahí vamos, con el sonar incorporado, rebotando frecuencias para no andar con los ojos ciegos, tímpanos y yunques y martillos sensibles, a veces con la impresión de que todo suena a lo mismo, todo nos suena conocido, a veces con el azoramiento de que un sonido mil veces escuchado de pronto parezca nuevo. Con el secreto temor de que aparezcan las tubas y los bombos, el aparato de alta potencia que desbarate el sentido de la orientación, nos haga ascender bruscamente a la superficie, dejarnos encallados. Luchando por una última bocanada de sonido.

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Responsable

  • Eduardo Fabregat
  • Buenos Aires, Argentina
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