29.9.09 

Ilegítimos

De la (muy recomendable) nota de Mario Wainfeld del domingo:



Legitimidad y legalidad. La ilegitimidad de la actual composición del Parlamento, otra acusación en boga, amerita asimismo una mirada retrospectiva. El especialista en Comunicaciones Guillermo Mastrini encontró un ejemplo comparativo bien pertinente, que está posteado en el blog seminariogargarella.blogs pot.com. Evoca Mastrini: “En agosto de 1989, luego de la caída del alfonsinismo, pero antes de que asumieran los diputados electos, el Parlamento aprobó las leyes de Emergencia Económica y de Reforma del Estado, conocidas como leyes Dromi. En uno de sus artículos se eliminaba el impedimento para que los dueños de medios gráficos pudieran ser licenciatarios de medios de radiodifusión. A partir de dicha modificación pudo constituirse el grupo Clarín. De esta forma, no sería arriesgado señalar que de sancionarse la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual tendría la misma legitimidad de origen que todos los grupos multimedia que existen en Argentina. Salvo que se utilice un criterio cuando el proceso favorece y otro cuando perjudica”. Ajá.


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28.9.09 

Invitación


(Gracias Marcelo Gobello por la foto)

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26.9.09 

El jardín de los presentes

(Publicada hoy en Página/12)

Hace algunos años, el rumor habría sido desestimado de inmediato. Ante la frase “Spinetta va a tocar en Vélez con compañeros de toda la vida, va a hacer temas de toda su carrera”, hasta el más ilusionado de los fans habría enarcado las cejas con incredulidad. Es que hubo una etapa en la que el Flaco se ciñó estrictamente a su actualidad. No es que estuviera “peleado” con su historia o estuviera preso de su frase “mañana es mejor”: su presente artístico siempre tuvo la potencia necesaria para alimentar el setlist. Esa decisión robusteció el deporte de los pedidores de temas, a quienes Spinetta supo dedicarles frases memorables o simples miradas que lo decían todo. El año pasado, incluso Diego Capusotto registró el fenómeno para darle vida a ese personaje que arrancaba con “Flaco, tocá ‘Muchacha’” y terminaba gritándole a un tipo en un bar “¡Medialunas de grasa, pedí medialunas de grasa!”. En esos tiempos, las escasas veces que sonaba una vieja canción se atesoraban en la memoria como un raro evento.

Una parte de la ecuación no ha cambiado: Luis Alberto sigue teniendo un presente fecundo, compone canciones tan vitales como las que integran Un mañana. Pero, cuando a comienzos de este mes comenzó a rebotar la versión de que “se viene un regreso de Invisible”, ya no hubo tanta incredulidad. Esta semana la bola fue un poco más allá, y aunque Spinetta aún no ha dicho esta guitarra es mía, el chequeo de tres fuentes diferentes permite afirmar que sí, es cierto: el Flaco tocará en Vélez el 4 de diciembre, en una noche que, por obra y gracia de cuestiones relacionadas con el calendario, propiciará reencuentros varios y un repaso histórico que, faltando casi tres meses, ya eriza la piel del spinettófilo. Para decirlo de modo algo más coloquial: se nos cae la baba de solo pensarlo.

Hace cuarenta años, Spinetta, Rodolfo García, Edelmiro Molinari y Emilio del Guercio le dieron forma a un disco fundamental en la historia del rock argentino, clásico de clásicos, una obra que aún hoy suena fresca, sin mella, impactante por la belleza de sus canciones y las firmes convicciones de cuatro músicos tan jóvenes como maduros a la hora de expresar sus urgencias creativas. Siempre identificado como el primero de Almendra, el del tipo de la lágrima y la sopapa en la cabeza, fue un faro y el puntapié inicial de una carrera comprometida en primerísimo lugar con el compromiso artístico. De allí en más, Spinetta se dedicó a explorar múltiples maneras de hacer música, encabezando proyectos como Pescado Rabioso, Invisible, Jade, Los Socios del Desierto o los diferentes envases instrumentales adoptados bajo su nombre propio. Este cronista debe confesar que la obra de Luis, con la que se cruzó a edad bien temprana, es una de las razones por las que terminó dedicado al periodismo musical. Con el tiempo, poder compartir con los lectores análisis y sensaciones surgidas de recitales y discos supuso una satisfacción especial, que se funda en un hecho central: en treinta años de seguirlo arriba del escenario o por la vía grabada, Spinetta nunca defraudó. Ningún calificativo celebratorio resultó exagerado. Cada encuentro renovó un vínculo especial; mientras el costado-fan disfrutaba de manera subjetiva, el periodístico celebraba que aun desde la obligatoria objetividad el Flaco seguía siendo un artista a destacar. En este caso, la esquizofrenia conducía a una misma conclusión.

Que esta vez no hubiera incredulidad frente a ese radiopasillo no es casual. Nadie piensa que es descabellada la recurrente mención de históricos como Machi Rufino, Pomo, Rodolfo García o hasta David Lebon. Y al cabo, que Spinetta se permita y regale a su público una noche revisionista no es en absoluto una contradicción ni un cambio de opinión. En rigor, es natural. No sólo por la redondez del aniversario de Almendra o los sesenta años del músico (si vamos al caso, la carrera de Spinetta ofrece una multitud de mojones para ponerles velita de cumpleaños), sino porque los shows de los últimos años denunciaron otra actitud con respecto a su archivo. Uno podría autoplagiarse y refritar frases, pero será mejor la honestidad: el 23 de noviembre de 2002, quien esto escribe publicó aquí la crónica del concierto que, bajo el subtítulo Electroacustik, Spinetta había dado dos días antes en el Teatro Coliseo. El siguiente extracto da una idea de que la apertura de los libros de la buena memoria no es cosa exclusiva de este aniversario.

* * * *

¿Qué es lo que hace tan vital a Spinetta, un hombre que ha recorrido más de tres décadas de historia musical argentina entregando obras mayores en una infinidad de estilos y variantes? Ante todo, su delicada y apasionada entrega al arte de la música y la lírica. Luis Alberto ha tocado solo, con dúos, power tríos y tríos de fusión, agrupaciones que experimentaron con lo jazzero, latidos acústicos y electroshocks violentos. El respeto hacia sí mismo, sus músicos y su público –un público que, por añadidura, a veces se vuelve irritante en sus expresiones de devoción– es seguramente lo que lo mantiene íntegro. Pero aun así resulta asombroso que desempolve un diamante de Almendra como “Para ir” y su voz luzca intacta, y siga erizando la piel. Spinetta está entero cuando canta eso y cuando canta “Su amor allí”, un estreno con el que abrió esta serie Electroacustik, y eso lo define: el pasado y el futuro se dan la mano, y todo brilla bajo la media sonrisa de ese artista que nunca quiso saber nada con el bronce, pero se empeña en seguir escribiendo páginas que lo ameritan.

El espectáculo con el que el Flaco está cerrando este año tormentoso tuvo un debut para la historia. Fue en septiembre y nada menos que en el Teatro Colón, una tarde-noche mágica en la que comenzaron a descubrirse las sutilezas de la nueva formación instrumental. Apoyándose en la artillería de teclas de Claudio Cardone y el Mono Fontana, con Javier Malosetti dibujando casi en las sombras, en esta etapa Spinetta saca a la luz canciones de lugares y momentos diferentes. En el final de la noche del jueves, antes de un estreno sin título, mostró su enojo porque se hablara de “retrospectiva”, pero al cabo es una cuestión menor. Es que lo exhibido en el Coliseo es un pack tan valioso como atemporal, una cadena que une 1969 con 2002 de manera armoniosa. Los eslabones, además, tienen una fortaleza que no se funda en su relevancia histórica, sino en el valor de su interpretación actual. ¿Qué importa en qué disco aparece “Leves instrucciones”, si la versión que suena ahora sigue siendo emotiva, desgarradora y bella?

Así, la lista de este show produjo un arrobamiento que consiguió el milagro: hasta bien entrada la noche, los habituales pedidores de cada ceremonia spinetteana se quedaron en sus trece, abiertas las orejas y cerrada la boca. Una tras otra, “A Starosta, el idiota”, “Tonta luz”, “Al ver verás”, “La pelicana y el androide”, “Cielo invertido”, fueron creando un clima de recogimiento, preámbulo de ovaciones sin afectación. Sin manierismos, Spinetta dejó fluir la evidente comunicación con sus músicos, intérpretes de una idea que permite que una canción pueda ser lo que afuera es imposible, un mundo perfecto.

Respecto de aquella velada paqueta del Colón, hubo dos ingresos, ambos inspirados y ambos respondiendo a un espíritu que busca las canciones antes que el greatest hits tribunero. Uno fue “Alcanfor”, rara pieza oculta hacia el final de Téster de violencia, que encajó a la perfección entre la orquestada relectura de “Maribel se durmió” y “Vera”. El otro, “Asilo en tu corazón” (del La La La registrado junto a Fito Páez), se ubicó después de la urgencia rítmica de “Ludmila”, como respondiendo a un deseo oculto de la gente que nadie hubiera podido expresar de antemano. Revisando lo que Spinetta volvió a cantar en ese momento en que la comunión llegó a un punto culminante, no parece casual. “...Y me veo partir, soy un barco que se hace a la mar, y en todo retorno, un cambio nacerá...”, susurró. Podría decirse que es como una declaración de principios, pero es sabido que Almendra, Pescado Rabioso, Invisible, Jade, todo Luis y su obra, no “declaran” principios. El simplemente toca y canta, ahí está todo, y el que quiera que escuche.

Alguna vez acusó: “Vos nunca me oíste en tiempo, siempre tuviste un poco de miedo”. Hoy el tiempo sencillamente no importa. Bajo las tenues luces del Coliseo, ese lugar que es también parte de su historia, Luis Alberto Spinetta sigue entregando canciones necesarias, sin edad, sin excusas ni discursos. Habrá que seguir y seguir, entonces, pidiendo un asilo en su corazón artístico.

* * * *

Suficiente para hacerse una idea de lo que puede significar la noche del Fortín de Liniers. Suficiente para abrir el baúl, sacar el atesorado vinilo original de Almendra y hacer del reloj un trasto inútil. Suficiente para disparar el ansia de espectadores de todas las edades, que disfrutan la convicción de seguir teniendo en plenitud a una figura central del rock argento, capaz de conmovernos con la mera idea de un concierto de la buena memoria, que puede convertir a Vélez en un jardín de puro presente.

Allí estaremos, Luis Alberto.

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23.9.09 

Balance de 2002

Después de un año y pico de inactividad, subí una nota al Arcón: el balance de aquel catastrófico 2002.

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Tarde o temprano...

...Iba a pasar esto: el grupo Tetriz presenta una versión no tan exagerada de un conocido sitio web.

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19.9.09 

Sábado a la tarde


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Delay

(Publicada hoy en Página/12)
Voces en delay
simulan ondas que no veré
pretenden cautivar.

“Amores perpetuos”, Virus, 1987.

Por obra y gracia de oscuras desinteligencias tecnológicas, los tres televisores de la sala de redacción de este diario no consiguen ponerse de acuerdo. Los aparatos se emperran en emitir de manera desfasada, dándole un demorado eco a las locuciones o convirtiendo las transmisiones deportivas –el peor ejemplo– en un tormento en el que en una punta de la redacción se gritan goles que del otro lado aún no sucedieron (o, para atender a un tema candente, puntos de Juan Martín Del Potro). El delay, eso que alguna vez era tema interesante sólo para ingenieros de sonido, se vuelve así tema de discusión general.

Cosa rara... pero no tanto. Cuando el fútbol fue rescatado de República Monopolio, Víctor Hugo Morales incluyó entre sus satisfacciones el fin del delay implementado por los dueños del balompié para impedir la sana costumbre de seguir la televisación con el relato radial. Pero en otros casos la anomalía es imposible de resolver: en edificios donde los vecinos poseen diferentes sistemas (cable o satelital), también es habitual enterarse de la resolución de una jugada que en la TV propia aún está sucediendo, o viceversa. Y el fenómeno se vuelve insoportable cuando dos vecinos pertenecen a equipos enfrentados. En rigor, sólo el que está en la cancha está exento: para cuando los argentinos vieron al número cinco del mundo derrumbándose victorioso en el cemento del Artur Ashe, en el mundo real Del Potro ya estaba saludando a Roger Federer.

La cosa no termina en el delay catódico. Vivimos delayados, es una omnipresencia en la vida cotidiana, donde abundan los trenes, colectivos, subtes (y aviones de Aerolíneas Argentinas) con delay, y los trámites y las respuestas y las resoluciones y los encuentros y llamados se demoran. La respuesta exacta, el retruécano memorable en aquella discusión, llega al cerebro veinte minutos después, cuando la oportunidad se ha evaporado. El ser humano promedio suele reaccionar con delay en los primeros minutos tras el despertar, el cuerpo está fuera de la cama, pero la cabeza aún está en la almohada. En eso todos somos iguales, o casi.

Para nosotros la pelota está en el aire, pero el destino ya dio su veredicto.

* * * *

A fines de los años ’50, aplicar delay en la música era todo un trámite. Los tipos como Stockhausen se enfrentaban al engorroso sistema de los grabadores de cinta abierta, aparatos como el Echoplex a los que había que cambiarles periódicamente la cinta magnética. A pesar de esos problemas tan analógicos, músicos como John Martyn, David Gilmour y Robert Fripp hicieron escuela. El primero, fallecido en enero de este año, abrió los ’70 metiéndole eco a su guitarra de un modo que inevitablemente llamó la atención. El segundo le dio una impronta definitiva al sonido de Pink Floyd. El tercero pudo dominar los caprichos de las máquinas Revox y patentó las Frippertronics que tanto pueden expandir el universo de King Crimson como agotar en sus shows de solo guitarra, delays de delays, fantasmas de la nota tocada hace cinco minutos.

En temas como “Now I’m here”, Brian May hizo todo un arte de tocar consigo mismo, puntear y responderse. Hubo quien se animó al chiste fácil de llamarlo Brian Delay, pero esa misma técnica propició que Queen sorprendiera al mundo con las sobregrabaciones y ecos de “Bohemian Rhapsody”.

Como todo en la música, la era del microchip permitió envasar la trabajosa sincronización de máquinas en un simple pedal, y el uso extendido hizo que el truco de músicos se volviera de dominio público, volvió comprensible el chiste de Ricardo Mollo cantando sobre “la gorda y su cadera con delay”, permitió que los soundscapes que hacen Jorge Drexler o Martín Buscaglia en vivo no parezcan cosa de chamanes o simple efectismo sino un ensayo creativo sobre el uso de ciertos chiches. Ocurre que el delay es un poco la madre de todos los efectos: lo que nació como simple búsqueda de eco terminó pariendo también al flanger, al chorus, al reverb. Y Mollo siguió cantando: “Madera no va por línea, usa la pampa de reverb”.

* * * *

El delay influye en la cultura. Lo saben bien los norteamericanos, que desde el episodio de la teta de Janet Jackson en el SuperBowl 2004, o los incómodos discursos de gente como el matrimonio Susan Sarandon-Tim Robbins en galas de la alta sociedad cinematográfica, se acostumbraron a que la realidad llegue a sus televisores un par de minutos más tarde. Al igual que en el fútbol doméstico, abrir un margen tecnológicamente artificial sirve para manipular al espectador. Otra vez, algunas herramientas se vuelven peligrosas en las manos equivocadas: para los conservas del Norte, el delay es un arma de censura.

Curiosamente, en la Argentina hay quien habla de censura para evitar que al fin se reemplace la Ley de Radiodifusión de la dictadura, para prolongar el retraso de una nueva legislación. A 26 años de la recuperación democrática, todavía sufrimos un Videlay.

No es para sorprenderse tanto. En las eras milicas de esta tierra, la combinación de control cultural y culomundismo económico hicieron que libros y películas llegaran tarde (o nunca). Como esas estrellas que se apagaron hace siglos, pero para nosotros todavía brillan, algunas obras arribaron aquí cuando su impacto en el resto del mundo ya se había diluido, o había sido superado por nuevas expresiones. En ese sentido, resulta ejemplificador observar la marcha de la industria discográfica durante los años de plomo, en los que el desarrollo de la historia musical parecía conducido por el general Alais. En los ’70 y ’80, los melómanos vivieron una saga paralela. En una era sin Internet y casi sin revistas importadas, dependiendo de lo que pudieran averiguar los periodistas de Pelo o Expreso Imaginario, sólo quien estaba en condiciones de viajar a Londres o a Nueva York a comprarse los últimos discos podía alardear de saber la posta. Para los demás, condenados a paupérrimas ediciones argentinas de títulos traducidos y nula información, el delay construyó curiosos remixes.

  • Going for the One, de Yes, se editó en la Argentina milagrosamente al mismo tiempo que en Inglaterra, en 1977. Pero al año siguiente salió aquí Time and a Word, grabado en 1970. Así, los fans del grupo sinfónico escucharon primero a la formación de Jon Anderson, Steve Howe, Rick Wakeman, Alan White y Chris Squire, y después a la alineación original de Anderson, Squire, Peter Banks, Tony Kaye y Bill Bruford.
  • A su complicada historia de cambios de personal y rumbos artísticos, King Crimson agregó las particularidades locales. Lizard, lanzado en 1971, llegó en 1977; en 1978 se editó In the Wake of Poseidon, grabado en 1970; Red, de 1974, quedó en el segundo lugar de la lista de “Discos del año” de Pelo en su anuario de 1976. King Crimson había sido disuelto por Robert Fripp un año y medio antes.
  • En 1969, tras la partida de Syd Barrett, Pink Floyd lanzó More y luego Ummagumma. Este se editó en la Argentina en 1976, y More en 1977. A esa altura, en Inglaterra ya habían disfrutado de Atom Heart Mother, Dark Side of the Moon y Wish you were here, que llegaron en edición nacional a comienzos de los ’80 y gracias al delayado estreno de The Wall.
  • Made in Japan (1972), de Deep Purple, apareció en 1977; Tubular Bells (1973), de Mike Oldfield, en 1978; Four Way Street (1971), de Crosby, Stills, Nash & Young, vio la luz en 1978, cuando en el resto del mundo se editaba Crosby & Nash Greatest Hits y Thoroughfare Gap, de Stephen Stills; Fear of Music (1979), de Talking Heads, se editó a mediados de 1981; Before the Flood (1974), de Bob Dylan, en 1977; The Lamb Lies Down on Broadway (1974), de Genesis, en 1976; Zoot Allures (1976), de Frank Zappa, en 1978.

Durante un buen tiempo llegamos siempre tarde, donde nunca pasaba nada.

* * * *

Aquí es viernes, son las cuatro de la tarde y llueve. Esta nota, lector, también tiene delay.

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17.9.09 

Cinta



Hablando de esto: una cosa muy divertida que encontró Mendieta el Renegáu.

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Comentarista

Cuando Martín Palermo fue expulsado, dijo "pero todos sabemos lo buena persona que es Martín, no tiene mala intención", como si el historial disculpara un patadón asesino. Mientras Vélez tocaba, metía caños, tacos, pases en profundidad frente a un equipo estático, repitió cuatro o cinco veces "Ojo que a Boca solo le falta un gol para llegar a los penales". No deja de ser una satisfacción comprobar que jamás coincido con lo que dice Fernando Niembro.

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15.9.09 

Rrrrraaaaack!!!!!

El sitio oficial es bien clarito, confirma lo que se viene meneando hace ya un par de meses: Date, Dec 02, 2009; City, Buenos Aires; Venue, River Plate Stadium; Public tickets, September 20. Se dice por ahí que hay reservadas otras tres fechas en el Monumental (que me parece demasiado, aunque quién sabe). Como sea, la patria rockera cierra el año a todo trapo, con AC/DC presentando Black Ice en Buenos Aires. Parece mentira, pasaron trece años desde el último aquelarre...

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13.9.09 

Gioconda 2009


"Es una boludez, que hice al toque.... pero qué sé yo... sale con fritas....", me escribió el ilustrador Juan Sebastián Amadeo al enviarme este laburito inspirado en "Remasters".

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12.9.09 

Remasters

(Publicada hoy en Página/12)

It’s getting better all the time.
Lennon/McCartney, 1967.

Todo empezó con The Beatles. No es un análisis de la música pop de los últimos cincuenta años: fue en Nueva Saturnia donde todo empezó con The Beatles. Como sucedió en el resto del mundo, el lanzamiento de catorce discos remasterizados de la banda inglesa concitó la atención de todos los medios y los consumidores, sobre todo los melómanos. Las escenas hogareñas se repitieron: pibes que de pronto descubrían a la madre de todas las batallas del rock, una banda de cuatro flequilludos primero con corbata y luego con atavíos que hacían parecer caretas a los woodstockians; personas solteras en inéditos enfrentamientos con sus vecinos por el repentino estruendo del equipo a cualquier hora; padres preocupados por transmitirles una buena educación musical a sus hijos; gente de toda edad, de todo color y sexo, tirada en el piso con los auriculares clavados en Revolver a volumen trotyl.

De pronto, en Pepperland todo era felicidad. En Nueva Saturnia también, aunque allí tampoco pudo dejar de contemplarse el hecho de que el sello grabador de The Beatles tenía intereses tanto artísticos como económicos. Los discos reeditaban el mito del cuarteto de Liverpool y volvían a certificar sus valores, pero también salvaban las finanzas de un monstruo que, en parte por los efectos de la piratería y en parte por la deserción de grandes figuras de su staff, encontraba cada vez mayores dificultades para tapizar los autos de sus ejecutivos. En un diario de Nueva Saturnia, el ingeniero de sonido Eduardo Bergallo expresó sus reparos. “El remasterizador hace un trabajo de restauración sobre los tracks, sacar ruidos, soplidos, clicks, ediciones que por ahí estaban mal hechas. Se limpia y se trabaja la mezcla desde un material que está en mejores condiciones”, detalló el experto argentino, para luego señalar que el material de The Beatles ya estaba en muy buenas condiciones antes, que no era tan necesaria la remezcla. “No sé si a alguien se le ocurre agarrar la Gioconda y photoshopearla”, redondeó, con lógica implacable.

La idea llamó la atención de uno de los lectores: a Eusebio Alana no le parecía tan loco photoshopear a la Gioconda. Es más, Eusebio Alana ya había photoshopeado a la Mona Lisa, y estaba orgulloso del resultado. Para Eusebio Alana el runrún alrededor de The Beatles, las impactantes cifras de venta del material reciclado, eran el disparo de largada para sus planes más ambiciosos. Sonaba la hora del remaster.

* * * *

El director de la Biblioteca Mayor de Nueva Saturnia tuvo que hacer un lugar en la agenda de actividades para darle cabida al evento que el público reclamaba. En el Salón Principal, Alana dejó de parpadear ante los flashes para entrar en la materia de su remasterización de Don Quijote de la Mancha: nunca los molinos de viento se vieron tan definidos, tan bien recortados en la llanura, impactando la vista del ingenioso hidalgo montado en un Rocinante hecho una pinturita, listo para un par de Pellegrinis. A Sancho Panza lo dejó casi igual, apenas más liviano para que el personaje del burro no fuera tan sufrido. En su inolvidable charla, Eusebio Alana argumentó que existían límites, que un personaje bautizado con un rasgo físico tan evidente no podía –no debía, señores– ser llevado hasta la desnaturalización. “Si Cervantes viviera lo aplaudiría”, quiso hacerse la culta una señora sin darse cuenta de su propio chiste. Sobre el final de la charla, Alana se permitió prometer “un Borges mejor definido, un Kafka de oscuridad menos asfixiante, una Biblia más específica”. Nunca llegaría a concretar esos proyectos.

Remasterizó a Carlos Gardel. No los discos de Gardel: remasterizó al Morocho mismo, que mostró dientes más relucientes e hizo honor al mito sobre su canto progresivamente mejorado. En su impenetrable laboratorio de Barrio Cánula, acunado por la delicada sinfonía de sus canarios remasterizados, Eusebio Alana se encargó de Apocalypse Now! y The shining, con el sorprendente efecto de un Marlon Brando más inquietante, un Jack Nicholson infinitamente más aterrador. Stephen King llamó para felicitarlo.

En pleno proyecto de remasterización de alarmas de auto, sirenas de policía y bomberos que ululaban de modo menos irritante, Alana recibió un llamado del jefe de asesores del Ingeniero Toblerone. Al jefe de gobierno de Nueva Saturnia le gustaba la idea. Como su política de no contratación le impedía retribuir económicamente los servicios del experto y éste se negaba a hacerlo por el honor de la ciudad, Toblerone decidió copiar la idea y encargó a un equipo de cráneos la tarea de remasterizar la ciudad. Uno de ellos recordó las declaraciones de Bergallo y tomó al pie de la letra eso de que se comienza limpiando las imperfecciones: a las usuales tareas del temible Comando Barredor de Neanderthales Indeseables (CoBaNI) se sumaron las cuadrillas que echaban abajo árboles torcidos, arrumbaban monumentos y estatuas antiestéticas en depósitos municipales, arrasaban con casonas y predios que antaño utilizaran los centros culturales de la ciudad, diseñaban obras de teatro virtuales para reemplazar a esos molestos actores, directores, dramaturgos y técnicos que pretendían cobrar por su trabajo. Incluso hubo una breve campaña de relanzamiento, Saturnia va a ser regrossa.

Eusebio Alana estaba en otra. “Remaster”, tituló un diario cuando el oscuro hombrecito corrigió los defectos de origen (los jugadores de los clubes) y con ello consiguió la primera clasificación a un Mundial de la Selección de República Saturnina. El jefe de asesores volvió a llamarlo cuando se supo que su siguiente proyecto era un Macbeth con menos personajes, menos extras, sin tanta sobreproducción, como el Let it be... Naked sin Phil Spector. Alana escuchó el insistente reclamo de su teléfono remasterizado, pero no se dignó contestar.

Con el tiempo y los éxitos, Eusebio Alana no se cerró a ninguna posibilidad. Quiso remasterizar los subterráneos y ómnibus de Nueva Saturnia en pro de una mejor calidad de vida auditiva; estudió la capa de ozono y los glaciares en proceso de derretimiento; se presentó a una reunión en la Embajada china para escuchar una propuesta de remasterización de la Muralla; disfrutó una ola mundial de reconocimiento, cuando su foto Korda del Che remasterizada desató una nueva presencia del guerrillero argentino en marchas de todo el mundo, y una nueva y amplia serie de merchandising. Los fierreros abandonaron el término tunear y empezaron a alardear de sus autos remasterizados. Un proyecto para un canal televisivo de oldies resultó tan exitoso desde lo técnico como catastrófico para el rating: el público encontraba todo tan nuevo que dejó de verlo.

Llovían ofertas, algunas interesantes, otras molestas, muchas intolerables, como las de pesados que querían remasterizar a su hijo, su novia o su suegra. Lentamente, la vida de Eusebio Alana se fue convirtiendo en un infierno. Una militante de la anorexia empezó a llamarlo todas las madrugadas para que remasterizara a Botero. El Opus Dei le dejaba amenazas por el Proyecto Biblia. Una tarde, la hinchada de Defensores de la Troika, un equipo de la divisional C de fútbol, pintó el paredón de su casa: “Agarrás el equipo o te remasterizamos el orto”. Fue el acabóse, la gota que rebalsó el vaso, la tecla de stop. A la mañana siguiente, el conductor del exitoso informativo Noticias Remasterizadas anunció que algo extraño sucedía en Barrio Cánula. “Estamos en condiciones de afirmar que Eusebio Alana ha desaparecido”, dijo, aunque la información no era del todo exacta.

El grupo de pedigüeños que solía formarse bien temprano a la mañana no había encontrado la casa del paredón infamado, sino una verdulería y frutería de mercadería armoniosa, bien proporcionada, atractiva al ojo. En la fila, un fan de The Beatles aseguró que había algo en la curva de la oreja del verdulero que le resultaba familiar. Pero, como el chirrido de la silla al final de “A day in the life”, la impresión se desvaneció enseguida, y solo quedó un largo, incómodo, remasterizado silencio.

Eusebio Alana nunca volvió.

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10.9.09 

La felicidad

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9.9.09 

De monos y stereos

La otra nota de hoy en Página, un reportaje a Eduardo Bergallo sobre el tema de las remasterizaciones Beatle.

“Yo no sé si a mí me hace tanta falta”, confiesa Eduardo Bergallo. Ingeniero de sonido, experto en mezcla y mastering, Bergallo es un nombre ineludible en la escena local: por sus dedos pasaron más de 1200 obras que incluyen a todos los grandes nombres, y participa en conferencias y seminarios en todo el mundo. Esa pasión por la tecnología no se traduce en ceguera: es el primero en manifestar sus dudas sobre el salto tecnológico, al decir que “a partir de la llegada de lo digital se nos hizo creer que era mejor, y yo podría asegurar que no es así”.

–Hay una frontera entre mejorar el audio y desvirtuar la obra..., uno ve el gráfico en el editor de audio y es un chorizo sin matices.

–Al principio el tratamiento digital era más respetuoso, pero la calidad era peor, los primeros conversores digitales no eran muy buenos: el sonido se ponía medio vidriado, con cierta falta de calidez. Con el tiempo se fue atendiendo a cuestiones como el volumen, que caracteriza al mastering de los últimos tiempos, que necesariamente va en contra de la dinámica de la música, eso de la mancha horizontal en el gráfico, sin fluctuaciones, sin matices.

–La palabra “remasterización” es conocida, pero... ¿Qué es lo que hace el remasterizador?

–Lo que hacés primero es un trabajo de restauración sobre los tracks, sacarles ruidos, soplidos, clicks, ediciones que por ahí estaban mal hechas. Limpiás y trabajás la mezcla desde un material que está en mejores condiciones. Esto entre comillas, porque las condiciones en las que trabajaban los Beatles eran increíblemente buenas. Yo soy muy fan de ellos, tengo libros muy grossos acerca de su equipamiento, y los tipos estaban parados en un muy buen lugar desde lo tecnológico, muy arriba. No es que se estaba haciendo una grabación cualquiera, era top. Si vos trabajás desde algo que viene muy bien, no hay tanta necesidad de mejorarlo. Todos hemos disfrutado de la música de los Beatles como está, y hoy ponés un disco y el sonido le rompe el culo a cualquiera.

–Por otra parte, en un lanzamiento así hay que considerar la situación financiera de EMI...

–Se está muriendo el formato, ¿qué mejor momento que ahora para sacar estos boxes? Es algo que supongo, no digo que sea estrictamente así. Lo que puedo decir es que el staff que trabajó, que es súper bueno, es el mismo de Love, y a mí ese disco no me gustó.

–Se metieron con lo artístico.

–Sí, pero acá también, porque los tipos remezclaron. A mí en un punto me parece medio una falta de respeto, aunque lo hayan aprobado los Beatles vivientes, y Yoko y la viuda de George, los que cortan el queso. Pero no sé si a alguien se le ocurre agarrar la Gioconda y photoshopearla. Ni se lo cuestionan, pero yo sí: escuché algo en la radio y dije “Uy, ese coro no estaba tan fuerte”. Me interesan más las mezclas mono, porque toda la vida se dijo que esas son las de verdad. Los Beatles trabajaban cuatro o cinco horas en la mezcla mono, y la stereo la hacían así nomás, porque era un formato que hacían para EE.UU., era nuevo, no les interesaba mucho.

–El mono tiene su encanto...

–Y más allá de su encanto, es lo que ellos querían que fuera, por eso me parece tan importante respetar la voluntad artística del que lo hizo, y ahí estaban involucrados el productor George Martin, que no estuvo, el ingeniero que tampoco estuvo. Y no es lo mismo que lo mezcle uno u otro. Para mí la obra es aquella, esto es otra cosa... Tengo cierto prejuicio al respecto, me da un poco de impresión.

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Catorce razones

(Publicada hoy en Página/12, como parte de la producción ReBeatles)

La pregunta es tan inevitable como ociosa: ¿por qué habría que volver a escuchar a The Beatles hoy? ¿Es que no ha pasado nada en el mundo de la música para que melómanos de todo el mundo tengan este 9/9/9 (“la bestia dada vuelta”, como definió un blogger amigo) marcado en rojo en el calendario?

Sí, pasaron muchas cosas. Siguen pasando. Y ninguna es comparable con The Beatles.

La reedición de los catorce discos es un signo de los tiempos, pero también va a contramano de ellos. Por un lado, significa una formidable fuente de ingresos para EMI, que viene sufriendo las consecuencias de un mercado convulsionado. Pero a la vez es un rescate del disco-objeto, de la perfección sonora: en el ocaso del CD, en el imperio del archivo comprimido y el mezcladito de canciones virtuales, The Beatles reaparecen con un packaging cuidado y un sonido sorprendente, que resignifica su obra. Es, además, una puesta al día: las primeras ediciones en CD, con librillos pobretones y realizadas con la tecnología de 1987, hoy parecen apolilladas. Los primeros cuatro discos nunca habían sido editados en estéreo. Esta serie intenta rescatar la nobleza de lo analógico, de esos matices que deslumbran cuando uno se calza los auriculares.

Es claro que no necesitamos escuchar Revolver o Sgt. Pepper versión 2009 para convencernos, así como tampoco convenceremos a esos bichos raros que opinan que el cuarteto de Liverpool no vale dos guitas. Pero lo fundamental es la excusa, tener un gran justificativo para volver al rito del sillón, los auriculares y un arte decente en la mano. Escuchar y volver a sorprenderse: sí, conocemos las canciones de pe a pa, su escucha nos lleva a viejos rincones de la propia biografía, podemos identificar quién toca cada cosa, pero nunca podremos agotarnos. Podemos cansarnos de Oasis (por dar un ejemplo). No hay manera de cansarse de The Beatles.

Entonces, la pregunta vuelve: ¿por qué habría que volver a escuchar a The Beatles hoy? Hay catorce razones.

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7.9.09 

Anticipación

El sábado pasado, en la columna Nueva Saturnia, escribí: "...las calles pronto estuvieron limpias de nuevo. Hasta que empezó el paro de basureros, que eran en realidad elementos antes improductivos de la Subsecretaría de Coordinación de Equipos de Control de Bienes Raíces. Y tampoco se distinguían por su eficiencia en el básquet con camión recolector."

Y hoy tenemos esto.

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6.9.09 

Los preparativos

Un amigo armó un asado con su vecino en su casita suburbana, vinate, flores y buenas carnes. Una colega se juntó con amigos, tinto y blanco, Stella Artois y Fernet. Mi suegro, mi mujer y yo, la indiada propia y ajena, nos dispusimos frente a la TV con el entusiasmo de los grandes eventos. Y así.

Lo que más bronca te da es cuando la Selección no se pone a la altura de los expectantes encuentros que se producen para verla.

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5.9.09 

Picaduras de mosquito


(Publicada hoy en Página/12)

Estribillo: 1. Expresión o cláusula en verso, que se repite después de cada estrofa en algunas composiciones líricas, que a veces también empiezan con ella.
2. Voz o frase que por hábito vicioso
se dice con frecuencia.
(Diccionario de la Real
Academia Española)

A fines de 2001, el profesor James Kellaris, psicólogo social de la Universidad de Cincinnati (Estados Unidos), dio una posible respuesta a por qué algunas canciones se convierten en hit. Tras realizar un estudio sobre mil personas, el académico arribó a la siguiente conclusión: “Una combinación de simplicidad, repetición e inducción de adrenalina. Estos elementos producen picaduras de mosquito mentales, una picazón que solo puede ser aplacada al volver a tocar la canción en la mente una y otra vez”. El ranking elaborado por Kellaris en sus entrevistas colocó en el primer lugar a –cuándo no– The Beatles, con “Yellow submarine”, seguido por “We will rock you” (Queen) y “Bad”, de Michael Jackson. Otro estudioso de las reacciones cerebrales a los estímulos sonoros, el neurólogo Oliver Sacks, complementó el informe Kellaris afirmando que las canciones más “irritantes” para el cerebro son usualmente absorbidas en la adolescencia, y que en casos extremos esas canciones pueden retornar en la vejez en la forma de alucinaciones sonoras. Si de alucinaciones se trata, el psicólogo de Cincinnati no escondió el caso más terrible de su material de estudio: un hombre que, desde 1986, no podía borrar de su cabeza el soundtrack de un videojuego Atari.

* * * *

Hay quien se pasa la vida buscando el estribillo perfecto. No se trata sólo de música, aunque ése sea el primer ejemplo. En el espíritu lúdico que la música siempre puede despertar, podría intentarse una definición de artistas en función de los tipos de estribillo, el loudQUIETloud de los Pixies (eso sobre lo que Nirvana edificó su leyenda), la redondez del estribillo pop, la épica del rock... o por la ausencia de ellos, la vida según Frank Zappa o los progresivos de los ’70. Un buen estribillo es una pelota clavada en el ángulo tras una jugada exquisita: hay canciones cuyas estrofas son la preparación del terreno, el preludio a un cierre sencillamente perfecto, el soporte sobre el que cabalga la canción y nosotros con ella. “Ji ji ji” es un excelente ejemplo, el lector tendrá los suyos para agregar. Estribillos que se convierten en bandera.

Pero aunque Calamaro haya dicho –cantado– lo contrario, la vida también puede estar hecha de canciones. Podemos atravesar días-estrofa y días-estribillo, como el pasado miércoles gris que se pareció a tantos miércoles o (en el colmo de la obviedad) domingos grises, estribillos repetidos, picaduras de mosquito traducidas en melancolía, en ganas de canturrear a media voz “But I’m no creep...” o “We’re waiting for the flood” o, al borde de la desesperación, “Foi na cruz, foi na cruz”, el estribo como letanía en el barrio de la angustia.

Nos topamos a menudo con personas-estribillo, condenadas a la repetición de los mínimos gestos, al hábito vicioso que se dice con frecuencia. Conocemos el estribillo de los agoreros de siempre, el verso argentino de la confiabilidad para los inversores extranjeros y las maravillas de la libre empresa, o las líneas apocalípticas de quienes, con el bolsillo o el statu quo amenazado, desafinan a conciencia y aplican un AutoTune que disfrace sus intenciones.

Nos solazamos con los estribillos de Murphy: el colectivo vacío pasará de largo, la otra cola avanza más rápido, lo que pueda salir mal saldrá mal. No puede ser de otra manera en el país del tango, tan pródigo en estribillos de desesperanza, de siglo XX cambalache problemático y febril.

El estribillo es un dengue perpetuo.

* * * *

Esta semana volvió un experto en picaduras. Bastó ver a Violencia Rivas entonando su hit “Metete tu cariño en el culo” para agradecer que Diego Capusotto y Pedro Saborido tengan el talento necesario para no dejarse estar, para renovar el stock sin quedarse en el estribillo probado y efectista. Otra vez, Peter Capusotto y sus videos viene a sintonizar con una legión de fans que exceden los de por sí destacables 4 puntos de rating en Canal 7, que diseminan en YouTube los códigos impresos en otra nueva serie de hallazgos. Cuando todavía imperan las frases que dejó Lucy en el cielo con Capusottos“¡Señor montonero Bilardo, renuncie! 6 a 1 con Bolivia, ¡¡¡vergüenza!!!”–, Capusotto vuelve a dejar caer, con envidiable naturalidad, estribillos inolvidables.

Entre la furia de los norteamericanos MC5 y los argentinos Pez, la cita de honor de los lunes a las 23 brilló especialmente cuando se permitió desarticular estrofas bien conocidas de esta tierra (y ya aparecerá el patriota ofendido): Jaime de las Mercedes Cárdenas, artista olvidado, desgranó el Himno Nacional Argentino con las melodías de “Stairway to heaven”, “Satisfaction”, “Smoke on the water”, “Locomía”, “Pluma gay” y “Hey Jude”, convirtiendo al estribillo en una poderosísima arma de comicidad. ¿Qué sucederá el día que los pibes, en el patio de la escuela, no puedan resistir la tentación de largar un “libertad, libertad, libertad” con la inoxidable melodía de los Stones?

* * * *

“Llevo una foto de mí para no extrañarme.” “Pepe Curdeles, abogado jurisconsulto y manyapapeles.” “Soy Pepe Galleta, único guapo en camiseta.” “Santa Malasia, qué suerte para la desgracia”: Pepe Biondi fue un experto en estribillos, Capusotto de tiempos idos. Quien vea hoy en los viejos tapes de Viendo a Biondi un humor inocentón, blanco, se estará perdiendo parte del cuadro. Biondi afiló su humor en cabarutes de marineros, en escenarios de revista, y su mirada pícara siempre estaba revelando otro mundo. Las primeras estrofas de su vida fueron pura negrura, suerte para la desgracia: una familia pobrísima y un feroz entrenamiento como acróbata en un circo donde el payaso Chocolate lo sometió a palizas cuyas consecuencias sufriría hasta el final de su vida.

Pepe, que ayer habría cumplido cien años, coronó esas estrofas con estribillos que lo convirtieron en uno de los cómicos más queridos de este país, un tipo que se fogueó en los boliches, se hizo conocido con el dúo Dick y Biondi, triunfó en la TV cubana de la mano de Goar Mestre y, de regreso a la Argentina, llegó a alcanzar 65 puntos de rating en los viernes de Canal 13, construyendo una galería de personajes indelebles. Como en la progresión clásica de una canción, el estribillo volvió a dejar paso a las estrofas, y éstas replicaron los comienzos: a comienzos de 1972 el canal anunció su retiro definitivo de la pantalla, y siguió un ostracismo lleno de dolencias físicas y extrañas obsesiones que desembocaron en la muerte, el 4 de octubre de 1975.

Hay quien se pasa la vida buscando el estribillo perfecto. Otros poseen el instinto y la eficacia del mosquito, un mosquito –por fortuna– imposible de aplastar, uno que nos llevará una y otra vez a rascarnos la mente. Felizmente contagiados por la magia de un estribo.

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3.9.09 

Beatlismo


Es cierto, están vendiendo otra vez lo mismo. Es cierto, EMI resuelve sus problemas financieros volviendo a inundar las disquerías con la vaca más exprimida de la historia. Pero me bastó escuchar este sampler de dos discos, 32 canciones de todas las épocas, para que el entusiasmo supere todo cinismo. Hijos de puta, lo hicieron de nuevo: The Beatles nunca sonaron tan bien. El 9 de este mes aparecen los catorce discos ultramegarecontramasterizados, y lo peor para el bolsillo de todos es que justifican absolutamente la inversión.

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1.9.09 

56 meses

Una sobreviviente me acercó este texto realizado por la Articulación de grupos de familiares, sobrevivientes y amigos de las víctimas de la masacre de Cromañón, y que fue leído en la marcha del domingo.




Documento de los 56 meses: “Otra vez la impunidad”


Tras 5 años de dolor, de terapias psiquiátricas y psicológicas, pastillas, ataques de pánico, pesadillas, recuerdos imborrables y cientos de marchas pidiendo justicia, la corrupción de nuestro amado país volvió a golpearnos con un fallo que lejos de ser justo, nos devolvió el mismo dolor que nos envolvió aquella noche del 30 de diciembre de 2004, la misma impotencia, la misma bronca… Con las manos atadas y cansados de tantos golpes, nosotros, los jóvenes, sobrevivientes y amigos de los 194 chicos fallecidos en Cromañón, queremos hacer llegar nuestro mensaje de repudio hacia LA JUSTICIA, representada por los jueces Llano, Alveró y Maiza, quienes creyeron que con este fallo infame dejarían contentos a la mayoría, sin entender que estamos resignados a no volver a tener PAZ, pero no nos resignamos a no tener JUSTICIA.

Otra vez la impunidad que instala que “el matar es gratis”, “el vale todo” y el “sálvese quien pueda”.

Impunidad con la que un Estado presente, con una clara direccionalidad, viola sistemáticamente los derechos humanos cuando deja de garantizar el derecho a la vida de los jóvenes y los deja librados al cuidado individual.

Impunidad que permitió que Cromañón se convirtiera en la trampa mortal de 200 jóvenes, que existiera abandono de personas por parte del sistema de emergencias, que a más de cuatro años y medio de la Masacre no haya hacia los sobrevivientes una asistencia integral.

Y esta impunidad se entiende (y se sostiene) cuando se conoce el entramado de corrupción; cuando sabemos que López es concuñado de Ibarra; que Fiszbin fuera una compañera de la infancia de Aníbal y Vilma Ibarra; que Vilma Ibarra sea la mujer del ex Ministro coordinador de la Nación, Alberto Fernández; que el Director de Inspecciones Torres haya sido íntimo colaborador de Fernández en su paso por el Banco Provincia y en otras funciones; que Torres haya sido reciclado luego de su procesamiento a similares funciones en la Provincia de Buenos Aires; que el manejo de los fondos de salud estuvieran a cargo de Massa, un primo de Ibarra; que Ibarra haya vivido en el mismo edificio que Chabán y tengan una propiedad en el mismo edificio del barrio de Once; que se hayan desarrollado acciones sistemáticas para destruir los procedimientos, el personal y la idoneidad del poder de policía; que Cromañón fuera incorrectamente habilitado en 1997…

Y es la misma impunidad que en los últimos dos meses permitió que se cerraran las cinco causas conexas a Cromañón, con prescripciones y sobreseimientos que involucraban la habilitación de bomberos, a todos los comisarios de la Superintendencia Federal de Bomberos, y a todos los funcionarios del Gobierno de la Ciudad que intervinieron en la inspección de Republica Cromañón. Que se cerraran la causa de la Asociación Ilícita, en la que había cinco procesados en instancia de juicio oral, y la causa de Emergencia sobre los delitos cometidos durante el operativo de rescate de las víctimas. Por otro lado, la causa “Romagnoli, Gerardo y otros”, una causa macro que juntaba las denuncias por los delitos cometidos durante el juicio político: cohecho y malversación de fondos. Y también la causa de la Morgue por los delitos cometidos con los cuerpos de las victimas.

Y es otra vez la impunidad, la que dejó fuera de este Juicio Penal a Aníbal Ibarra, la que permite que de los sólo 15 imputados de todos los involucrados en la cadena de responsabilidades de la Masacre de Cromañón, se condenara solo a Chabán, Argañaraz y al subcomisario Díaz por estrago doloso y el pago y cobro de coimas; que se castigara a Villarreal con la irrisoria condena a 1 año de prisión en suspenso y la obligación de hacer tareas comunitarias; que las ex funcionarias del Gobierno de la Ciudad – Fabiana Fiszbin y Ana María Fernández- tuvieran la trivial condena a 2 años de cárcel una vez que el fallo quede firme, por el incumplimiento de los deberes de funcionario público; y que fueran impunemente absueltos el ex director general, Gustavo Torres; el comisario de la comisaria 7º, Miguel Belay y todos los integrantes de la banda Callejeros.

Este es un fallo que entendemos inconsistente al no seguir la cadena de mandos, al condenar a Chabán y no de igual manera a su mano derecha Villareal; al condenar al subcomisario Díaz y no de igual forma al comisario Belay para quien estaba destinado el pago de coimas; al condenar a las ex funcionarias Fiszbin y Fernández y dejar absuelto al director general Torres, quien tenía bajo su cargo los inspectores de gobierno.
Un fallo inconsistente que entendió que Argañaraz decidía unidireccionalmente las acciones de la banda.
Atrás quedarán entonces, Callejeros, tus discursos de autogestión y horizontalidad. Te traicionaste y nos traicionaste. Nos traicionaste cuando priorizaste el lucro por sobre la vida y nos trataste como mercancía, porque eras vos quien se llevaba el 70% de las entradas. Tus letras querían enfrentar al sistema pero tus acciones te convirtieron en un bicho de ese mismo sistema. Nos traicionaste cuando te transformaste en funcional al sistema de impunidad y caíste en la nefasta estrategia de culpar a tu público, a quienes te seguíamos, acusando al pibe de la bengala. Nos traicionaste, cuando seguiste lucrando sobre la muerte de los 200 pibes; y nos volviste a traicionar, cuando tu lema solo fue “Basta de culpar a Callejeros”. Jamás te escuchamos pedir Justicia; nunca te vimos luchar por los pibes muertos; jamás te escuchamos exigir “Nunca Más Cromañón”.
Preferiste enfrentarte a los padres; padres de los pibes que te seguían a vos, padres de muchos de los pibes que dieron sus vidas por los que sobrevivimos. Y al ubicar a los padres como tus enemigos, te convertiste en el títere funcional de las “Ratas que Estafan y Zafan”.
Y es entonces, otra vez la impunidad, la que ubica a las víctimas como victimarios e instala el perverso discurso de que los padres no cuidaron a sus hijos, de que los pibes eran unos barderos, remitiéndonos al siniestro “algo habrán hecho”.
Pero si algo hemos aprendido, como movimiento en estos 56 meses, es que la lucha contra la impunidad toma fuerzas en las calles. Se fortalece y sostiene en el acompañamiento de otros casos de impunidad, en un solo reclamo por Memoria, Verdad y Justicia, como el caso Kheyvis, que dejo 17 muertes sin ningún responsable.
Y es por ello, que entendemos, que si bien el fallo no ha reflejado nuestro reclamo, ha sido una conquista de los familiares, sobrevivientes y amigos de las víctimas de Cromañón el haber llegado al desarrollo del juicio, como lo ha sido también la destitución de Ibarra, el denunciar que la lógica Cromañón sigue vigente y fundamentalmente, el construir un movimiento nacido del dolor.
Hoy los sobrevivientes, queremos dar un abrazo fuerte a los padres de nuestros hermanos, amigos y novios masacrados en Cromañón, que estoicamente durante un año escucharon durante el proceso del juicio como habían muerto sus hijos; que lejos están de ser los padres violentos y golpistas!! Somos ejemplo de lucha porque desde hace más de cuatro años y medio venimos luchando contra un sistema corrupto. A ellos, nuestro compromiso de seguir luchando a su lado, de seguir exigiendo Justicia por los que no están y por los que sobrevivimos.
Y porque todos somos sobrevivientes de este país, donde gobierna la impunidad, seguiremos saliendo a la calles a recordarles a todos los responsables de la masacre que POR LOS PIBES DE CROMAÑÓN NO HAY OLVIDO NI PERDÓN.

¡Los Pibes de Cromañón, presentes! ¡Ahora y Siempre!
¡Los Sobrevivientes de Cromañón, presentes! ¡Ahora y Siempre!
¡Los padres muertos en lucha, presentes! ¡Ahora y Siempre!

Justicia.

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Cuadro de honor

No es novedad que ultimamente Clarín es ilegible, pero hay veces que se van definitivamente al carajo. En estos días está sucediendo bastante, pero curiosamente me vine a encontrar uno de los títulos más espantosos, más impresentables que haya visto, no en sus invectivas hacia la Ley de Radiodifusión o sus sobreactuaciones permanentes de todo-está-mal, sino en la sección Espectáculos: ¿Era necesario hacer esto?

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Responsable

  • Eduardo Fabregat
  • Buenos Aires, Argentina
Prontuario
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