27.10.09 

Las bandas eternas

(Foto: Sandra Cartasso)

Entró, ocupó el escenario del Teatro 25 de Mayo, agarró la guitarra y cantó una breve y hermosa ofrenda a los padres del Colegio Ecos, manifestó su pena por la decisión de la Justicia de sobreseer al chofer del micro, habló de su alegría por el encuentro con Charly García y empezó a hablar de Las Bandas Eternas. Y a medida que escuchaba a un señor llamado Luis Alberto Spinetta hablar de un encuentro apasionado de músicos por amor a la música, a soltar con total naturalidad los nombres de Almendra, Pescado Rabioso, Invisible, Jade, a medida que hacía referencia a esas canciones que me acompañan desde la lejana adolescencia y que sonarán en Vélez, una emoción eléctrica me recorría el cuerpo.

Quiero dormirme hoy y despertar el 4 de diciembre.

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26.10.09 

El regreso del músico

(Publicada hoy en Página/12)

A veces el trabajo periodístico tiene esas inconveniencias: por cuestiones del cierre en la redacción, quien esto escribe no pudo estar en Vélez el viernes por la noche. Allí fueron Roque Casciero y Luis Paz a mojarse hasta el apellido y comprobar la buena salud artística de un tal Charly García, a la verificación de que la expresión de deseos se convertía en feliz realidad. Me perdí la vibrante interpretación de “Vía muerta”, no pude asistir a un nuevo capítulo de los cruces García-Spinetta de los que sí pude dar testimonio en aquellos Luna de 1984.

Y a pesar de todo, quedó la sensación de una apuesta que salió bien. Porque habrá nuevas oportunidades, porque la carrera de Charly no termina en este estadio apoteósico y épico, sino que bien puede abrir una nueva etapa. Con toda honestidad, los shows noventistas del bigote solían dejarme con un agrio sabor a nada: casi que no podía ser de otra manera para quien se rindió ante conciertos de Seru, ante las presentaciones de Piano Bar, de Parte de la religión, de Cómo conseguir chicas, de Filosofía barata y zapatos de goma, cuando su banda de apoyo era una maquinaria impecable y él, rey mago, rey loco, genial compositor y director de orquesta, nos dejaba invariablemente con la boca abierta. De las caóticas noches de La hija de la lágrima en el Opera en adelante, empecé a olvidarme de él, de su capacidad de estimular cada vez más menguante. El público nuevo se entusiasmó con el happening-García. Este humilde periodista quería que volviera el músico.

Y el músico volvió, y pudo borrar de un plumazo aquella innecesaria aparición en Luján, que sirvió para su terapia pero no dejó de ser una exhibición algo obscena de su proceso de recuperación. Contra todo, contra un clima de infierno congelado –pobre Pichón Baldinú, tanto trabajo para que Eolo volara los papeles–, García tocó todas las que uno quiere escuchar, y su banda volvió a ser un relojito, y cantó, y conmovió no sólo porque era el regreso sino porque él es el dueño de todas esas canciones geniales, y nos permite compartirlas, completarlas.

En los días previos, varios opinators de los medios se empeñaron en presentar su recuperación bajo lugares comunes sobre “qué buen ejemplo es Charly”. Déjense de joder. Ser “ejemplo” nunca fue bueno para él. Lo mejor de todo esto es volver a sentir esa excitación por el próximo show, celebrar que no se quedó en vía muerta, esperar con impaciencia que anuncie otro encuentro.

Y que el cierre se lo coma otro.

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24.10.09 

La marca de la gorra

Karma police, arrest this man, he talks in maths.
(Radiohead, 1997)

Todo comenzó durante la representación número 46 de El señor de los anillos de Saturnia, la obra que el grupo Los ZaparrastroSOS presentaba en el Teatro Bajos de Saturnia. Intempestivamente, durante un silencio en el hilarante monólogo de Juanete Saldívar, alguien en la platea gritó “¡Toblerone facho!”. La cosa no hubiera pasado a mayores de no haber sido porque la sala entera estalló en una cerrada ovación, y hasta Saldívar, saliéndose un instante de su rutina, hizo una leve inclinación que festejó la ocurrencia. La función continuó y terminó sin mayores incidentes, pero Carlos Saúl Aristigoza se quedó mascando bronca. Aristigoza odiaba el teatro satírico y a Los ZaparrastroSOS en particular, pero quien era en esos días depositaria de sus intereses románticos amaba esa clase de expresiones artísticas. Eso no impidió que, al día siguiente, Carlos Saúl pidiera una reunión urgente con su superior inmediato.

El superior inmediato de Aristigoza era Jefe de Asesores del Asesor Principal del Edecán Principal de la Jefatura de Estado Mayor del Secretario Privado de Luis Delgado Castillos, Jefe Supremo de la Policía Urbana de Nueva Saturnia. La longitud de semejante cadena de mandos sólo podía sugerir una interminable burocracia, pero el tenor de lo que Aristigoza tenía para contar hizo que el relato llegara rápidamente al despacho de Delgado Castillos. Delgado (a quien sólo algunos atrevidos se referían como “el Flaquito”) se reunió de inmediato con el ingeniero Toblerone.

Al día siguiente, en concurrida conferencia de prensa, el Jefe de Gobierno se mostró adusto y dolido por lo que era, según se explayó, “una peligrosa desestabilización de la paz social, una búsqueda de demolición de las instituciones a través de una insidiosa acción que se pretende cultural”, y anunció la creación de una nueva División en la ya poblada estructura de la Policía Urbana. Según indicó Toblerone, La BOLuDAC (Brigada Operativa de Lucha contra Deformaciones y Anomalías Culturales) velaría de allí en más por el normal desarrollo de las actividades artísticas, en busca de evitar “el uso de la cultura como elemento subversivo de la ley y el orden”.

Al principio nadie pareció tomar demasiado en serio la iniciativa. Sólo los jefazos del Comando Barredor de Neanderthales Indeseables (CoBaNI) se comunicaron con Toblerone pare expresarle su desagrado, bajo el argumento de que ellos bien podían cubrir las necesidades de persuasión cultural con algunas horas extra, pero el jefe de Gobierno les explicó que ésta sería una tarea más sutil, menos necesitada del garrote y en horarios más tempraneros que los que acostumbraba gastar el CoBaNI. Claro que las primeras acciones de la BOLuDAC desmintieron de plano el argumento: poco después de que una nube de Gamexane interrumpiera la función sabatina de Los ZaparrastroSOS, Juanete Saldívar apareció al pie de la escalera del edificio donde vivía, con una pierna y ambos brazos fracturados. Lívido, el actor señaló que había tropezado con un jabón que alguien había olvidado en el rellano, para luego indicar que no haría más declaraciones, y que tenía planes de abandonar la actuación para atender un parripollo en la vecina República Argentina.

Un legislador de la oposición quiso presentar un pedido de informes, pero no consiguió quórum.

Ante un llamado de atención de Delgado Castillos, la Brigada optó por métodos menos explosivos. Es que el incendio de la Cooperativa Artistas Sin Mordazas llegó incluso a un recuadrito en el diario de mayor circulación de República Saturnina, donde se hablaba de un “siniestro quizás dudoso”: por eso, la BOLuDAC entrenó a un grupo de Sérpicos que, con barba y cabello crecidos, oliendo a pachuli y utilizando términos propios del fumador de marihuana, se encubrían en las funciones teatrales, en cineclubes y mesas debate sobre el estado de la cultura en la ciudad, para marcar a personajes peligrosos que, misteriosamente, iban anunciando sus intenciones de pasar del arte y consagrarse al diseño de indumentaria, las clases de origami, el yoga místico o la recolección de estampillas.

A pesar de ello, algunos creadores no se amilanaban. En la ciudad comenzaron a brotar espectáculos que denunciaban el accionar de la Brigada y los grupos de rock mostraron una nueva vena poética que ridiculizaba a los muchachos de Delgado Castillos. La respuesta no se hizo esperar: una ordenanza del recientemente creado Ministerio de Contralor de Lugares Públicos y No Tanto dio amplia potestad a inspectores que, con el argumento de medio decibel por encima de lo razonable, uso de la cultura como elemento subversivo o mal aspecto de los intérpretes, podía clausurar el lugar sin derecho a pataleo. Aduciendo que el Gobierno de Nueva Saturnia andaba escaso de fondos, el Ingeniero Toblerone conformó ese equipo de inspectores con agentes de la BOLuDAC. “Jugada maestra, jefe”, dijo Aristigoza, el primero que se había anotado en la Brigada.

El legislador de la oposición volvió a reclamar que se interpelara a Delgado Castillos, sin éxito. Al día siguiente rodó accidentalmente por las escaleras de su casa.

En los días siguientes, la BOLuDAC provocó una avalancha de brindis en la Casa de Gobierno de Nueva Saturnia. Los agentes intimidaban con su sola presencia al público, que se abstenía de aplaudir pasajes de obras o canciones que criticaran a Toblerone, Delgado Castillos o la Policía Urbana; ante la falta de respuesta, y ante la aparición de sugestivos stencils en forma de escalera en las puertas de las salas, los artistas comenzaron a dejar esos pasajes o canciones fuera del repertorio. En los kioscos de revistas y librerías desaparecían misteriosamente las publicaciones de tono crítico. A veces surgían disputas entre la policía cultural y el CoBaNI para ver quién les pegaba primero a los artistas callejeros, pero hasta esa disputa servía para ejercer un doble efecto de disuasión sobre los subversivos de la cultura: Toblerone dio una conferencia de prensa en la que se ufanó del modo en que “esos elementos antes disolventes ahora se reinsertan en la sociedad productiva”.

Entonces estalló el escándalo de las escuchas. Según determinaron los cruzamientos tecnológicos, Julio Bond, mano derecha de Delgado Castillos, había procedido a pinchar los teléfonos de escritores, guionistas radiales y televisivos, músicos, actores y dramaturgos, para anticipar sus movimientos y “liquidar el problema desde la raíz”, según señalaba en un memo interno que también se dio a conocer. El plan de Bond era aún más ambicioso, ya que tenía listo un nuevo equipo de Sérpicos que, encubiertos en productoras, grupos musicales y compañías teatrales, se encargarían de generar una “nueva cultura”, más limpia, más sana, más tobleronista.

Toblerone no perdió tiempo: “Aquí hay una opereta de infiltración”, dijo ante una multitud de periodistas. “No conozco a ese señor, nunca trabajó en la Policía Urbana ni en ninguna dependencia de mi gobierno, nunca di autorización a intervenciones telefónicas, esto es obra de oscuros personajes que quieren afectar el normal funcionamiento de la Policía Urbana y ensuciar el buen nombre del señor Delgado Castillos, un hombre de intachable conducta y reputación”.

En medio de tanta agitación, un periodista se atrevió a preguntar cómo se explicaba la fotografía que mostraba a Julio Bond en un café cercano al Centro Cultural de los Monjes Recoletos, en amena charla con Delgado Castillos “y un tal Aristigoza”. “Conozco a los de su clase, de los que quieren trepar demasiado rápido”, retrucó Toblerone. “Tenga cuidado, no vaya a tropezar.”

Y, tras anunciar un incremento del 30 por ciento en el presupuesto de la BOLuDAC, dio por terminado el encuentro.

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17.10.09 

Mamarla

(Publicada hoy en Página/12)

ADVERTENCIA: la siguiente columna puede contener lenguaje explícito.

La banda se llama De Bueyes, y su flamante disco debut se titula Más que una yunta. Se los reconocerá mejor si se dice que son “la Bersuit menos Gustavo Cordera y Juan Subirá”, pero obviamente ellos están tratando de abrir su camino sin tener que mencionar a viejos compañeros. Lo llamativo es el sticker que adorna el disco editado por Sony Music, y que reza “ADVERTENCIA: Algunas canciones pueden contener expresiones de lenguaje explícito”. El gesto de mojigatería resulta llamativo. A mediados de los ’80, Tipper Gore tuvo que esforzarse en el lobby político de Estados Unidos, conseguir audiencias en el Senado, apelar a los contactos e influencias de su marido Al Gore (reciente visitante de la Argentina, ganador de un Oscar y un Nobel, impulsor años después de aquel lobby de un gran festival de rock de conciencia ecológica), para conseguir que en Estados Unidos se implementara el malhadado sticker “Parental Advisory: Explicit Lyrics”. Aquí no hubo ningún debate, y si lo hubo no tomó estado público. No hubo declaraciones de políticos preocupados por las mentes jóvenes, ni un Frank Zappa o un Dee Snyder que saliera a defender su derecho a componer lo que se le cante sin que un poder superior lo califique. Como en el Primer Mundo, ya tenemos venta digital, MusicPass y tipper stickers que advierten a la población sobre el peligro de ciertos productos musicales.

La apreciación viene a cuento de una semana en la que, de manera inevitable, la sanción de la nueva y necesaria ley de Servicios de Comunicación Audiovisual quedó eclipsada por el tema que desvela a millones en este futbolero país: la trabajosa marcha de la Selección Argentina al Mundial de Sudáfrica. Las épicas noches del Monumental y el Centenario produjeron el resultado deseado, pero también levantaron tsunamis mediáticos. En eso, claro, tuvo mucho que ver el DT, que no tuvo mejor idea que festejar la clasificación en Pato Fontanet style, mandando –repetidamente– a mamarla a quienes lo criticaron por la inocultable abulia del equipo. En vista de lo sucedido, quizás alguien debería considerar la posibilidad de colgar en la sala de conferencias de los estadios un cartel con la frase “ADVERTENCIA: algunas declaraciones pueden contener lenguaje explícito”, poner en conocimiento del estimado público que puede suceder que un entrenador sugiera que los periodistas andan con un miembro viril insertado en el recto.

Asombrarse por los brotes barrabrava del Diego es inocente o hipócrita: el Diez nunca fue un tipo medido, en su verba inflamada pueden encontrarse genialidades referidas a la rapidez de ciertas tortugas o la malicia de quienes le sustraen la leche al gato, pero también brutalidades impresentables, o actos como el de disparar un rifle de aire comprimido contra una delegación de prensa. En todo caso, lo que sorprende es la falta de grandeza de un tipo que fue tan grande: en vez de adoptar una postura de triunfalismo moderadamente sobrador, Maradona, nada menos que el responsable del equipo que vestirá de celeste y blanco en Sudáfrica, alguna vez embajador de oficio, se puso el traje de cavernícola para la cadena nacional del pospartido.

Bien lo dijo la Bruja Verón, que acostumbra medir las palabras aun cuando se lo nota recaliente: no hay nada que festejar, apenas un desahogo. Pero en República Maradonia el desahogo no sabe de sutilezas.

No es culpa exclusiva del Diego. Su actitud y sus palabras sin sticker tras el encuentro con Uruguay contradicen la noble apreciación de que “la pelota no se mancha” (¿no se embadurna la redonda hablando de chupar pijas tras un match futbolístico?), pero forman parte del desnaturalizado juego de exposición mediática del once contra once. Los contratos millonarios, los escándalos administrativos, las botineras, la instalación de personajes del fútbol en programas de chimentos, la necesidad periodística de alimentar a un numeroso público ávido de informaciones –o suposiciones– deportivas, las despreciables operetas que a veces montan periodistas de alta exposición (y sería injusto incluir a Toti Pasman en ese grupo) preparan el escenario para que el DT de los DTs elija hablar como un actor porno o un hooligan convencido de tener la poronga más grande del planeta.

El fútbol vive de salvajada en salvajada. Es una utopía pretender que sea Diego Armando Maradona, justo él, quien venga a poner una nota de sensatez.

* * * *

Apenas unos minutos después del partido, en las pantallas de TV hubo un producto que tomó la delantera, hizo sonar la campana de largada de un aquelarre conocido: el aviso de un vino blanco que busca disputarle un lugar a la cerveza como bebida joven dio las instrucciones para participar por un viaje a Sudáfrica. Fue una muestra gratis del suspiro de alivio que, mientras Bolatti mandaba la bocha al fondo de la red uruguaya, sonó en las oficinas de infinidad de empresas que tienen en la Copa del Mundo una fuente nada desdeñable de negocios.

Es una suerte de contrapeso de la lógica alegría por disputar el torneo más importante del balompié, la expectación por ese fixture en el bolsillo y la consecuente programación de modos y situaciones para seguir los partidos. A medida que se acerca la fecha, la tele, la radio, los diarios, viven un potente reverdecer de la pauta publicitaria. Todo producto, hasta una crema antihemorroidal (para seguir en tema, lo que les recomendaría Maradona a los periodistas), es pasible de ser vehículo de la promo por un viaje a Sudáfrica. Empiezan a aflorar las publicidades genéricas, algunas realmente ingeniosas y que da gusto ver –hasta que, a la repetición número mil, ya no dan ningún gusto–, otras de medio pelo y otras sencillamente inaguantables, por mala factura o incoherencia, por traídas de los pelos o por la falsedad ideológica de un patrioterismo rancio. Y eso sin contar la paciencia que exigen propuestas como “Juntá quichicientas tapitas de Diego Cola, llená el álbum, canjealo por un pin y mandá un SMS de 1,50 más IVA para participar por el sorteo de una popular para Suiza-Honduras”.

Y es sólo la cáscara del asunto. Corea-Japón, tan lejos, tan de trasnoche, tan caro con el país hundido en un abismo de crisis, fue un respiro a la batería de programas, emisiones especiales, micros informativos, entrevistas, filmaciones de una práctica borrosa detrás de un muro electrificado, jugadores con gorrita sponsorizada y análisis, análisis y más análisis, periodistas, jugadores que no entraron en los 22 pero “conocen el grupo”, técnicos en actividad, ex jugadores y ex técnicos devenidos periodistas, estrellas de la sexta división, lo que sea, lo que haya y lo que se consiga, y de ser posible un Sanfilippo que garantice dos o tres bombas por programa. El Canal del Mundial. La Señal del Mundial. Los Sponsors del Mundial. La Radio del Mundial. El Sitio Web, el Blog, el Tweet, el Facebook del Mundial. Comprá en el Supermercado del Mundial, podés ganarte las canilleras de Verón.

Y claro, el altar a la tecnología, la presentación con bombos y platillos del UltraMegaTelebeam Slow Motion capaz de informarnos que el nueve no sólo estaba cuatro centímetros en offside sino que además olvidó lavarse los dientes antes de saltar a la cancha. Y el sonsonete de relatores y comentaristas que repiten “el equipo A no encuentra la pelota, está mal parado en el campo, sus delanteros no bajan a buscarla, los volantes no vuelven”, y de pronto el equipo A mete un gol y se los escucha largar “como veníamos diciendo, el equipo A estaba mejorando su posición en la cancha”...

Todo ello aderezado con una clase de éxtasis y sufrimiento que sólo el fútbol puede deparar.

Se viene la Copa del Mundo: a disfrutarla. Se viene la Copa del Mundo: a sufrirla. O, como diría el elegante pensador argentino Diego Armando Maradona: a mamarla.

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15.10.09 

Rock and roll del país

(Publicada hoy en Página/12, dentro de la producción por el partido Argentina-Uruguay)

La pregunta fue formulada por el colega Pablo Vignone: Y si esto fuera un recital, ¿quién estaría tocando? Corrían 43 minutos del anodino primer tiempo, y la respuesta la aportó Roque Casciero: Keane. La alegoría era exacta. Salvo algún tobillo maltratado más por torpeza que por real malicia, el encuentro entre argentinos y uruguayos era como esas canciones que no merecen ser defenestradas, pero de todos modos andan bien lejos del área. Nada hacía prever ese pogo final, el rock and roll del país amargando –pero no tanto, que al cabo el repechaje parece accesible– a la noble murga celeste. En ello tuvo mucho que ver Mario Bolatti, el que nadie esperaba, una suerte de Brian Johnson que entró en el grupo cuando nadie daba dos guitas por él y lo terminó llevando a la gloria, con una definición exquisita, como si siempre hubiera jugado de eso.

Atrás quedaban las demás alegorías. El deseo de que el partido, como un show de los Ramones, durara apenas 55 minutos, palo y a la bolsa y a pensar en Sudáfrica. Que este Messi sin camiseta blaugrana es como John Deacon: toca bien, se sabe que tiene una enorme habilidad, pero es tan inexpresivo como un poste de luz. Que Cáceres, el 3 uruguayo, decidió encarnar la más virulenta expresión de la garra charrúa y, como Lars Ulrich o John Bonham, empezó a repartir golpes, redobles, palazos, y en sólo seis minutos –de los 77 a los 83– consiguió que le mostraran la roja. Justo en el medio de ese lapso, su compañero Scotti no quiso ser menos, y supo hachar a un argentino con la violencia de un Pete Townshend reventando la guitarra contra el tablado. Ajeno a tanto hardcore, Demichelis parecía Prince, capaz de tocar 32 instrumentos, cantar afinadamente y no perder nunca el tempo: lo que todavía no puede volver a hacer Mascherano –ese Mick Jagger del mediocampo– lo hizo el Micho en un segundo tiempo casi perfecto.

En el final, Argentina durmió el asunto desenchufando todos los equipos, esperó los bises poniendo unplugged a los uruguayos y en especial al Loco Abreu, que entró para tratar de pescar alguna pero no pudo superar su crisis de identidad: el hombre ha integrado tantos y tantos grupos que ya no sabe quiénes son sus compañeros ni qué música hay que tocar. Al cabo, el representante de la banda, ese gordito que ha sabido ocupar el escenario como nadie, se llevó las últimas fotos. Y, como suele sucederles a los músicos, no pudo evitar que al lado apareciera el plomo de ocasión, eso que en el medio rockero se conoce como monitor, a abrazarse para la foto.

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14.10.09 

El síndrome del Beto Acosta

(Publicada hoy en Página/12)

No es justo. La frase viene una y otra vez, es lo que podría decírsele a alguno de los pilotos del Cadillac modelo ’09 en caso de cruzárselos por la calle. No es justo que ahora, cuando el Satánico Pop Tour los deja en una cumbre de performance, con el sonido y el groove afiladísimos, Los Fabulosos Cadillacs vuelvan a hablar de una pausa. Como unos Francescoli de la música (aunque, teniendo en cuenta dónde está el corazón de Vicentico y Sergio Rotman, debería hablarse de unos Beto Acosta), los Cadillacs se corren de la escena con el músculo intacto, veteranos que conocen la jugada justa. Y dejan una contundente prueba de ello: El arte de la elegancia de LFC.

Como sucedió el año pasado con La luz del ritmo, todo posible debate sobre los valores de un disco de versiones se diluye con la primera canción. Basta dejarse contagiar por la apertura de “Contrabando de amor” (originalmente registrada en El satánico Dr. Cadillac de hace veinte años): “Esta música rompe mis pies”, vuelve a cantar Vicentico, y la frescura y potencia de esta nueva versión invitan a zambullirse en el disco de los Cadillacs con la alegría de lo nuevo. Precisos, sueltos, ciertamente elegantes, el cantante, Flavio, Sergio Rotman, Mario Siperman, Fernando Ricciardi, Daniel Lozano y los invitados Hugo Lobo, Gustavo Martelli y Matías Brunel abordan esta segunda parte discográfica del regreso con elecciones arriesgadas y acertadas. Esquivando con deliberación el hit tribunero, la banda saca del archivo oscuras perlas de El satánico..., El ritmo mundial, Volumen 5, El león, La marcha del golazo solitario y Fabulosos calavera, ofrece un cover de “Move on up” de Curtis Mayfield (“Vamos ya!”) y dos títulos nuevos a cargo de Cianciarulo. Y en cuanto termina “Más solo que la noche anterior” y su track oculto (la pista de voz de “Siempre me hablaste de ella”), surgen las ganas de un replay.

Es que en el disco –y en el DVD que los muestra tocando en el fastuoso estudio puntano Casa de la Música–, la banda recorre facetas disfrutables y renovadoras de su archivo. Valen como ejemplos esa arrastrada “CJ” donde la guitarra surf de Adrián “Big Papu” Castinieira (de Los Kahunas) agrega un clima irresistible. O “Tan grande como un dios” en plan de febril disco-ska, cuyo estribillo invita a una cabalgata salvaje con el brazo en alto. O el caliente groove que se desprende de pasajes como “Siempre me hablaste de ella” o el cover de Mayfield, donde parece concentrarse ese concepto de elegancia que va más allá del arte de Marta Minujin: meterse con el funk negro no es moco e’pavo, exige una confianza y una ductilidad que a estos Cadillacs les resulta natural, años de conocimiento y el intenso deporte que significó esta gira continental de estadios llenos.

“Lanzallamas” y “Siete jinetes”, las canciones flamantes, agregan espesor, demuestran que si el grupo se lo propusiera podría sacar sin problemas un álbum de material nuevo que tendría todo lo que debe tener. Pero, ya se ha dicho, el conflicto con El arte de la elegancia no es ése. Con estos once tracks, vengan de donde provengan, la banda que algunos quisieron sentenciar a un lugar efímero en la escena argentina se pone sus mejores trapos, los luce con hidalguía y después, como si nada, se va a tomar otra pausa. No es justo.

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10.10.09 

8.10.09 

Equipos en la cancha

Hagamos un simple ejercicio.

Gente a favor de la Ley de Servicios de Comunicación audiovisual:

Leonardo Favio, Adolfo Aristarain, Luis Puenzo, Federico Luppi, Víctor Hugo Morales, Soledad Villamil, Lola Berthet, Patricio Contreras, Roberto Carnaghi, Fernando Spiner, Daniel Burman, Adriana Varela, Lita Stantic, Roberto “Tito” Cossa, David Blaustein, Marcelo Piñeyro, Lito Cruz, Lorenzo Quinteros, José María Muscari, Willy Quiroga, Adolfo Pérez Esquivel, Federico Gil Solá, etcétera, etcétera.

Gente en contra de la Ley de Servicios de Comunicación audiovisual:

Mauricio Macri, Carlos Menem, Julio César Cleto Cobos, Alfredo De Angeli, Sergio Bergman, Adolfo y Alberto Rodríguez Saá, Lilita Carrió, Mariano Grondona, Marcelo Bonelli, Gustavo Silvestre, Luis Majul, Joaquín Morales Solá, Héctor Magnetto, Ernestina Herrera de Noble, Daniel Vila, José Luis Manzano, Felipe Solá, la inexistente Fundación Valores para el Bien Público, etcétera, etcétera.

Y vos, ¿en qué grupo estás?

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6.10.09 

Libre opinión

Señores representantes del "campo": el juego democrático hace que puedan expresar libremente su opinión sobre lo que sea, incluso en temas que no tienen mayor relación con vuestra actividad específica, como la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual. Está muy bien que lo hagan. Ahora, una vez que lo han hecho, pueden tomar esa opinión e introducirla suavemente por vuestro conducto rectal.

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5.10.09 

Un puente sobre todos los abismos

(Dani, es demasiado hermoso para no tomarlo prestado)


(Publicada hoy en Página/12, como parte de la producción sobre Mercedes Sosa)

Hace ya varios años, la broma se volvió usual entre los periodistas dedicados al rock: imaginar nuevos covers en la voz de Mercedes Sosa, a cual más delirante. Suponer cómo sonaría “Uno, dos, ultraviolento” de Los Violadores o “Resaca” de Fito Páez, o “Destrucción” de V8. Pero no eran chistes crueles, no se buscaba ridiculizar la figura de la folklorista. Aun un gremio tan irreverente como el de la guitarra eléctrica hacía esos chistes desde un lugar de respeto. La Negra se ganó ese respeto porque la fuerza de sus convicciones la llevó a desactivar un prejuicio que parecía indestructible, la barrera infranqueable que el folklore establecía con los nuevos representantes de lo popular. Antes de Mercedes, el sindicato del bombo legüero consideraba al rock como un enemigo extranjerizante, que sostenía principios estéticos y artísticos que menoscaban la identidad nacional. Había muy pocos ejemplos de acercamiento. Mercedes, que supo de persecuciones, prefirió extender su mano, reconocerle a esa otra música un valor y un poder de enseñanza. Y con ello cambió la historia.

El efecto fue, además, recíproco. Si para músicos como Horacio Guarany o Alfredo Abalos el rock era poco menos que el demonio, para los pelilargos el folklore era una expresión apolillada y cabezadura. Mercedes hizo que ambos terrenos artísticos dejaran de estar separados por alambre de púas, demostró que un escenario no tiene por qué ser lugar de contiendas, que podía ser ambiente de encuentro, comunión y comprensión para estilos musicales que muchos querían obligar a seguir siendo agua y aceite. Se fundió en un abrazo sincero con Charly, con Fito, con León; su voz maravillosa le dio otro color y otro significado a la lírica del rock, al que quiso reconocer como otra forma de folklore.

Con ese mero hecho, realizado no por cálculo sino por simple amor, Mercedes Sosa convirtió la música popular argentina en un campo mucho más fértil. Desde entonces, nadie cometió la torpeza de acusar a Gieco de vestir dos camisetas, a ningún rockero se le ocurrió mirar torcido a Divididos por el chacareggae de La era de la boludez, que el mismo Iorio de expresara su admiración por V8Larralde no fue interpretado como esquizofrenia grave, a nadie le asombra hoy la existencia de grupos como Arbolito, Tremor o Doña María. Generosa y apasionada, La Negra supo tender un puente mucho más sólido que las desconfianzas del pasado. Será por eso que el luto de hoy no reconoce fronteras.

En esta edición de Página/12, todos –los que escriben, los que fotografían, los que hablan, los que acompañan– intentamos un imposible, el de hacer justicia a la memoria de una cantora mayúscula, la voz que tendió un puente sencillamente universal.

Los artistas se van, eso no tiene remedio. Pero el arte se queda a vivir para siempre.

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4.10.09 

El efecto de morirse

Adiós, Mercedes. Hasta los hijos de puta que en los '70 te consideraban una comunista peligrosa hoy te van a saludar.

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3.10.09 

Subtítulos

(Publicada hoy en Página/12)

Hace algunos días, el diario inglés The Independent dio cuenta de una curiosa polémica: los productores de la serie televisiva The Wire protestaban porque el hecho de que los espectadores británicos vieran el programa con subtítulos le restaba potencia al producto. Extraño asunto: como corresponde a una ficción producida en Estados Unidos, The Wire está hablada en inglés. Pero no es, ciertamente, la lengua de Shakespeare: el artículo citaba declaraciones de gente del medio televisivo y del público en general que confesaba su frustración frente a diálogos sencillamente incomprensibles. Incluso Dominic West, quien interpreta al detective Jimmy McNulty, confesaba que él mismo perdía a veces el hilo de algunos diálogos. Es que, sobre todo en una primera temporada centrada en la pulseada entre la policía y las bandas de narcotraficantes negros de Baltimore, y una segunda que pone el foco en los trabajadores portuarios, la notable serie producida por HBO parece efectivamente hablada en un dialecto que no es inglés británico ni americano. Es un slang indescifrable: es wirés.

No debe haber muchos ejemplos de obras que obligan a leer subtítulos, aun a quienes supuestamente dominan el idioma. Y eso amerita detenerse en las particularidades de las líneas al pie de pantalla.

* * * *

Tienen razón los muchachos de The Wire: el subtítulo es una anomalía, un mal necesario, una distracción. Por más que el cerebro sepa reconocer una palabra completa apenas se identifican las primeras letras, ver y leer una película implica un esfuerzo doble. El amante del cine hace ese esfuerzo con gusto, pero hay públicos a los que les cuesta adaptarse a la idea. Los ejemplos más claros son el estadounidense, donde sólo supertanques como Amélie vencen la inercia y la vagancia del espectador promedio, y el español, que acostumbra ver las películas dobladas aunque produzcan deformidades como Bruce Willis con acento andaluz. No hay director en la historia que haya podido resolver esa intromisión en la obra, ese elemento ajeno que conspira contra el efecto cabal de lo que ha filmado. Y aun los más cuidadosos quedan expuestos a la tiranía del traductor.

(Fuera de la sala de cine, los traductores de la industria discográfica argentina hicieron estragos inolvidables, como subtitular “Helter Skelter” como “A troche y moche” o “Please, Please me” como “Por favor, por favor yo”.)

En el caso de las traducciones desmañadas, la interferencia de las leyendas al pie pesa el triple: quienes dominan el inglés, o el francés, o el italiano, pueden perder definitivamente el hilo de la concentración para refunfuñar, una y otra vez a lo largo del metraje, “eh, no dijo eso”. Lo cual lleva a preguntarse si en estas tierras no habrá una gran confusión con respecto al Dogma danés, el cine iraní, los rusos que parecen avanzar a cámara lenta o las avanzadas del Sol Naciente, de lenguajes tan imposibles de dilucidar. ¿Y si no entendimos un pomo por obra y (des)gracia del subtitulado? ¿No será ése el origen del célebre malentendido que atribuye a Humphrey Bogart un “Tócala de nuevo, Sam” que nunca pronunció en Casablanca?

En eso, como en tantas otras cosas, los niños son más felices. Para ellos es el alegre disfrute de films en los que pueden zambullirse sin ataduras, un universo perfecto en el que los personajes de Walt Disney hablan su lengua (salvo el Pato Donald, que siempre habló en algo que no se sabe bien qué es). Y no queda más remedio que someterse a esas reglas: cuando un padre, seducido por las estrellas encargadas de darles voz a personajes animados, lleva al crío a la “versión subtitulada”, estará descendiendo al quinto infierno de las voces que en la oscuridad repiten los subtítulos para niños aún no entrenados en el arte de ver y leer.

A veces uno preferiría seguir viendo películas mudas.

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Y sin embargo, no es posible dejarse llevar por el delirio de pedir un mundo sin subtítulos. Mal que nos pese, el esperanto fue un fracaso y el mundo viene subtitulado. Como The Wire para los ingleses, la leyenda al pie aparece incluso cuando supuestamente no la necesitamos, con todas las distorsiones que eso provoca. Ya se ha hablado aquí del curioso arte del videograph (el zócalo, en la jerga de TV), pero en los últimos días ese arte expandió sus fronteras en el universo paralelo que generan la señal TN, América o el diario Clarín cuando se habla de la ley de Servicios de Comunicación Audiovisual, subtitulada con el mismo rigor que aquellas canciones de The Beatles. El jueves, la pantalla de Crónica TV tuvo casi todo el día una caja de texto con la frase “Mercedes Sosa está muy grave”; el subtítulo era comprensible, pero hubiera sido más criterioso quitarlo cuando se emitían informaciones desde el Mercado de Hacienda.

En sus últimas dos presentaciones en la Argentina, Laurie Anderson debió recurrir al subtítulo en vivo. En el caso de la artista estadounidense, el recurso es ineludible: en 1990, en ocasión de su primera visita, cuando presentó Strange Angels, Laurie se tomó el enorme trabajo de aprenderse la fonética castellana para los textos entre canciones, pero la profundidad y los matices idiomáticos de presentaciones como The End of the Moon exigieron al espectador el esfuerzo de escuchar y leer. Sólo las puestas de óperas clásicas pueden darse el lujo de confiar en el conocimiento que el público ya tiene del libreto.

Llevado al absurdo, el subtítulo es una omnipresencia cotidiana. Las calles tienen subtítulos. Los ascensores los tienen. Los colectivos, los comercios, los menúes de restaurante (“finas lonjas de lomo de ternera sazonado, sobre delicado mezclum de hojas verdes...”), las fotos de diarios y revistas –eso llamado “epígrafe”– los tienen. Los programas de humor a veces apelan al recurso, como aquel fabuloso sketch de Peter Capusotto y sus videos en el que el tío Keith Richards contaba chistes verdes. Algunas personas, algunos discursos, algunas instalaciones plásticas, algunas discusiones de pareja, deberían venir con subtítulos. Uno de los nombres más llamativos del rock reciente, El Mató a un Policía Motorizado, nació de una velada en la que, entre vahos de alcohol, los músicos encontraron en un subtítulo el apelativo ideal para su banda. Una de las frases más célebres del séptimo arte es, en rigor, un subtítulo: Basado en una historia real.

Entonces uno termina pensando en el programa que mañana, con la conducción de Juan Sasturain, arranca su nueva temporada por Telefe. Y mientras espera en la cola, se da cuenta de que al final uno no sólo va al cine, sino que va a ver para leer.

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1.10.09 

Carteles


Está bien, lo tienen puesto todo el tiempo. Pero, ¿no podrían sacar ese cartel cuando emiten información sobre vacas?

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Responsable

  • Eduardo Fabregat
  • Buenos Aires, Argentina
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