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8.11.09 

La antena no se mancha

(Publicada hoy en Página/12)

Casi todos los libros, versiones y relatos le adjudican la paternidad –aunque reconocen otros nombres en danza– al tano Guglielmo Marconi, que a fines del siglo XIX saltó el Canal de la Mancha con una transmisión inalámbrica. Los estudiosos de la historia local celebran al doctor Enrique Telémaco Susini y el grupo de locos que, hace una punta de años, se subió a una azotea de Charcas y Cerrito para echar a andar un equipo mínimo que logró transmitir la ópera Parsifal.

De esa clase de cosas está hecha la épica de la radio.

Suele decirse que el gran poder de la radio se funda en el ejercicio de la imaginación que supone, su capacidad para construir mundos entre alguien frente al fierrito y alguien que, lejos de allí, consigue palpar el universo. Ahí no hay grandilocuencia que valga: el desarrollo tecnológico agregó infinidad de matices y facilidades a esa labor, pero la radio sigue afirmando sus pies en ese intercambio tan sencillo, tan complejo. La radio es gratis de verdad: hasta para tener apenas los cinco canales de aire hay que hacer una inversión importante. Internet depende de tener una computadora, un proveedor y un servidor que no se encapriche. Los diarios y revistas tienen un costo de producción que impone un precio de tapa. El cine y el teatro –salvo eventos de entrada libre– exigen un lógico pago de entrada. Para dejarse llevar por la radio alcanza con un aparato que puede tener años y años de antigüedad y aun así sigue cumpliendo sus fines.

La generación que creció con Videla, la que nació sin poder, descubrió que la radio podía ser una aliada de peso con las rarezas de El tren fantasma y sobre todo a comienzos de los ’80, cuando Lalo Mir y Elizabeth Vernaci cambiaron las 9 PM. Allí no sólo podían escucharse un lenguaje, un código y un ritmo inesperados, desconocidos. También sonaba el demo de una banda llamada Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, y una noche podía estar invitado un español loco llamado Mariscal Romero que hablaba de pie frente al micro y sin dejar de moverse, y uno podía acceder al estudio de la avenida Santa Fe y conocer a un alemán de paso por la Argentina que tenía un casete de los Dead Kennedys y lo copiaba con gusto: un download de carne y hueso. Lalo se iría después al otro lado del mundo, a Bangkok, a seguir reinventando con el partidito entre estrellas del rock, la División Entel y el reverendo, a descubrir luego a un pelado increíble que tenía todo un mundo viviendo adentro, poblaba un solo micro de raras criaturas.

Se podían conocer también los estudios de El Mundo, en horarios imposibles para poder presentarse a tiempo al trabajo en la mañana siguiente, sin poder resistirse al influjo de un flaco alto y melancólico llamado Dolina, y el coequipier de pelo blanco que también era materia de leyenda y el locutor que se convertiría en impecable ladero, capaces de montar el escenario en el que brillaba el Sordo Gancé, improvisar el Himno de los Artesanos (“Somos todos artesanos, ZPQ, ZPQ/ Hacemos cacerolas con las manos, ZPQ...”), jugar a los dados a nombre de los oyentes o enhebrar el inolvidable culebrón de Los Ingallini, los Ingalls en clave de neorrealismo italiano. En el más allá, Marconi se rascaría la cabeza, incrédulo.

El Mundial de 1986 tiene pegadas imágenes precisas, pero también un recuerdo que es pura radio, que no se desvanece, que resurge cada tanto con la misma potencia, con el uruguayo que patentó eso del barrilete cósmico: en estos tiempos de pornografía futbolística, de tener acceso a lo que pasa en todos los campos de juegos, uno extraña el acto de escuchar los partidos por radio, donde los relatores a veces mejoran el bodrio que se está jugando. Víctor Hugo le puso poesía a una jugada sublime, pero uno también recuerda partidos horribles en los que se rió a gusto con lo que el oriental largaba por el micro para pasar el mal trago.

Como cualquier otro medio, la radio puede ser también objeto de manipulación: los milicos que se adueñaron de este país durante siete años quisieron sojuzgar también los oídos de la gente con sus listas negras, y cuando se lanzaron a la delirante aventura de Malvinas prohibieron los “cantables” en inglés. La taba se les dio vuelta cuando el rock argentino, hasta entonces condenado al ghetto de los silenciados, se volvió un fenómeno incontrolable gracias a la radio. La misma radio que puede ser hoy incubadora de la crispación, el soundtrack favorito de taxistas enardecidos por enanitos fascistas que arengan desencajados, que hacen magia negra. Afortunadamente contamos con el as de capusottos, capaz de convertir tanto veneno en pura comicidad, en antídoto, en recordatorio de que lo negativo no está en el medio sino en algunos de quienes lo ocupan. En los años ’50, el escándalo de la payola, los tipos que se llevaban sobres por pasar ciertas canciones, conmovió a la radio estadounidense. Pero la radio sobrevivió a los chupasangres. La antena no se mancha.

Y hablando de eso: los músicos saben mejor que nadie que la radio puede ser su arma más poderosa, allí donde lo suyo habla por sí, sin mediaciones, y un oyente puede convertirse en diez, en mil, en un millón. Una escena de That Thing You Do! retrata poderosamente esa convicción, cuando los pibes de The Wonders escuchan por primera vez su canción saliendo del parlante y no saben qué hacer con la salvaje electricidad que eso les produce, que les recorre el cuerpo. La primera ola del rock inglés y estadounidense hubiera muerto en la orilla de no haber sido por esa radio que la multiplicó hasta el tsunami. Mafalda no sólo sostenía diálogos existenciales con su Spica: a través de ella también conoció a The Beatles. Sí, la tiranía del single, la pereza de algunos musicalizadores o el tremendo peso específico de la pauta publicitaria hacen que a veces uno se pregunte para qué cuernos escucha las FM si pasan siempre lo mismo, a toda hora. Pero el virus de la radio es sabio, y supo multiplicarse en las radios alternativas, y hoy encuentra un inmenso campo de posibilidades en las estaciones que invaden la red, que proponen nuevas formas de expresión.

La radio inspiró nombres de grupos, miles de canciones y discos completos, tristezas como el Radio KAOS de Roger Waters o deformidades como el Radioactivity de Kraftwerk, los hertz convertidos en música. La radio le permitió a un pibe llamado Pergolini empezar en un estudio de juguete, llegar a comerse la mañana y construirse su propio boliche hi tech.

El martes pasado, los premios ETER se pusieron los largos, en una fiesta de entrega que contó con transmisión en directo por Televisión Pública, Radio Nacional y el sitio eter.com.ar. La lógica de los premios, se dijo alguna vez en estas mismas páginas, es siempre curiosa y no del todo confiable. Pero al menos en el caso de los Eter ese “ponerse los largos” no significó caer en vicios comunes al rito de los galardones. No es que en el ambiente de la radio no haya odios, puñaladas arteras o envidias como en la tele. Pero el clima en La Trastienda fue notoriamente otro. No porque la radio sea un medio más “chiquito” –considerar eso es un insulto–, sino porque su propia artesanía impide que los hacedores de amplitudes y frecuencias moduladas se monten a las grandes carrozas del carnaval mediático: para quien conoce la ceremonia íntima del estudio, el micrófono y el operador, embutirse en un smoking y dedicar su premio a la paz mundial suena a incongruencia.

* * * *

Video killed the radio star, argumentó una canción de Buggles que inauguró las transmisiones de MTV a mediados de los ’80. Paparruchadas. Hoy, entre realities y eventos fashion, MTV se acuerda cada tanto de emitir algunos videoclips. La radio y sus estrellas gozan de excelente salud.

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que bueno el tren fantasma.
ahi escuché por primera vez aclash, xtc y elvis costello, con un cerasuolo en acido.

no habría que dejar de lado a "cuero pesado" (no fue acá la primera vez que se escuchó heavy metal en la radio?) y al "loco de la colina" en excelsior!
como siempre, gran blog. felicitaciones...!

Radio kriminal - LFC 1990. La radio es una gloria.

Los mejores discos de la década

http://ilcorvino.blogspot.com/2009/11/los-mejores-discos-de-la-decada-en-el.html

Sí, claro: Cuero pesado, y también aquella buena dupla de Verea-Nagy...

Buena nota. Y la radio trascendió generaciones y nos brinda a cada uno historias propias mientras la escuchamos. A mi, hoy mismo en al auto, o cuando esperaba con el TDK en pausa, queriendo que pasen ese tema que no podía faltar en el compilado.
Larga vida a la radio.

¡Sí, señor!

La primera época de la Heavy R&P (con Federico Gil Solá "envuelto en papel aparte", y los Divididos cayendo cada tanto después de ensayar) me acompañó durante toda mi primera época (repito la fórmula para que se entienda por qué me impactó tanto) como estudiante universitario.

La primera media hora (que solía hacerse más larga que eso), con el Ruso hablando sobre cosas del rock, del barrio, de las mujeres y de la vida en general, eran bastante como el bloque de la "Reflexiones" del Negro Dolina (otro de mis compañeros no tan virtuales de la época).

Recuerdo que con Miki, el flaco con el que estudiábamos entonces, jugábamos a adivinar qué era lo que estaban pasando.

Es cierto: estudiábamos poco, pero aprendimos un montón de rock, del duro y del bueno.

Por cierto, que triste lo del gordo Nagy, pasar de estar con el Genial Ruso y, tiempo después, deleitarnos y educarnos en Tiempos Violentos con (ni de serca tan groso como el Ruso) Gustavo Olmedo al tristemente pedorro programa de Mariana Fabbiani en América.
Una demostración más de que el Dio$ Dinero puede mas que cualquier convicción...
Me acuerdo de las fotos donde aparecía todo despeinado con remeras negras de bandas heavy y lo veo ahora de elegante sport y bien peinadito, y casi que no lo conozco jeje.

marlok, no es que el dios dinero sea mas fuerte, como dice attaque "la prioridad es el plato en la mesa y como sea hay que ganarselo", lo cual no quita que lo que hace naggy es una basofia, y dicho sea de paso, lo que hizo despues de la heavy tampoco fue muy bueno.

PD: Necesito una radio AM

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  • Eduardo Fabregat
  • Buenos Aires, Argentina
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