27.12.09 

Correo atrasado



(Publicada hoy en Página/12)

Querido Papá Noel:

Ya sé, soy un colgado. Se supone que estas cosas hay que hacerlas antes de Navidad, cuestión que salgas en tu magical mystery tour con un itinerario y un listado más o menos claros. Pero es que es un fin de año movidito, las tareas se acumulan, las piernas ya no responden como allá por marzo o abril y cuando te querés acordar te agarra el brindis con el champán apenas frío. Con lo que te termino escribiendo una carta que es de solicitudes pero también de agradecimientos: será porque me adivinaste las intenciones o porque había unos cuantos que pedían lo mismo y enviaron su epístola en tiempo y forma, pero lo cierto es que cumpliste uno de mis pedidos más enfáticos el 22, cuando se supo que el Ministrosaurio de Educación dejaba la función pública que ejerció durante once días y se volvía a la caverna. Sospecho que la jubilación de privilegio la va a tener igual, pero no voy a dejar que esos detalles empañen la alegría de un deseo bien resuelto.

Ya con eso alcanza para codearse con el de al lado y, guiño cómplice mediante, largar un “Este Santa Claus es un grosso”. Pero ya viste cómo somos los mortales, nos encanta andar pidiendo, hay altares a centenares de santos y pedidos ambiciosos a los camelleros del delivery de incienso y mirra, hasta le canjeamos dientes por guita al Ratón Pérez con tal de conseguir alguito extra a todo lo que hay que ganarse con litros de sudor de frente. Seamos realistas, pidamos lo imposible y otras frases inolvidables. Si este año hubo veinte mil ediciones y trajiste libros para el recuerdo como El poder del perro o Los objetos nos hablan o Aquarium o El caso Yotivenko, dan ganas de pedir un 2010 que mantenga la media, pero también que –por ejemplo– los suecos amantes del policial negro escriban un poco más corto, que no hay tiempo para tanto, para trilogías con 800 páginas por volumen. Bueno, a Stieg Larsson ya no se le puede pedir nada, pero si vamos al caso le estoy escribiendo a un tipo de cuya existencia no hay pruebas fehacientes y nadie se asombra.

También te tengo que decir que lo de Spinetta estuvo muy bien. Claro que te tomaste tu tiempo: no quiero que suene a reproche, pero no puedo dejar de recordar que ese show en Vélez (“o en cualquier otro lado”, como empecé a apuntar cuando vi que pasaba el tiempo y la cosa no marchaba) figura en mis cartas más o menos desde 1981. Al final fuiste bastante más rápido con lo de Radiohead, que empecé a solicitar en el ’95 o ’97 y me los trajiste al Club Ciudad a comienzos de este año. Y hablando de eso: ¿será mucho pedir que se dejen de hinchar con el Club Ciudad, que si hay que usar el Parque de los Niños vamos a tener quinientos o seiscientos perdidos y cien o doscientos ahogados por show? Y en tren de cosas complicadas, ¿qué tal una gira de Invisible, otra de Pescado Rabioso y otra de Almendra?

Había pensado pedirte además el Rock Band de The Beatles, pero me pareció un exceso. Con todos los discos flamantes y remasterizados tengo para seguir entreteniéndome un rato largo, sobre todo con ese jueguito idiota de compararlos con cosas grabadas el otro día y confirmar que siguen siendo los más grandes. Exagerado, sí. También era exagerado pedir que AC/DC pelara seis cañones y taladrara Núñez con ese 4X4 que aprendimos a amar, y ahí estuvo, for those about to rock. ¿Qué se escucha allá en el Polo Norte? ¿No tenés los gobelinos llenos de tanto cencerro y villancico? Te sugiero romper con la rutina e intentar alguna vez con el “Noche de paz” de Sumo o el disco navideño de Die Roten Rosen.

Un amigo me insiste con que te pida que el 31 de enero, cuando Ca$hejeros conmemore cinco años, un mes y un día de la masacre de Cromañón en el Estadio Mundialista de Mar del Plata, hagas caer un diluvio épico sobre La Feliz, o al menos sobre la cancha. A mí no me parece, no está bien andar deseándole desgracias a la gente y encima el pato criollo y sus amigos tendrían mucha más agua para seguir lavándose las manos. Pero sí me animo con esos pedidos de siempre que parece que se te hacen tan cuesta arriba: vamos, que es muy usual que estrellas de televisión declamen un cansancio intolerable y se tomen un añito o dos fuera del aire. El Marce además lleva un montón de tiempo ininterrumpido haciendo eso que hace. Tampoco es que quiero que se quede sin laburo, tiene todo el derecho del mundo a ganarse la vida: podría salirle una gira mundial, un circo freak con Ricky Fort, los chistes de Matías Alé, el mago Pachano y su sombrero brujo y las Botox Girls meneándose por un sueño. En Dubai o Abu Dhabi podrían tener una larga temporada de éxito.

Sí, ya sé, es medio incongruente que un tipo que suele festejar Rosh Hashaná y Pésaj te siga importunando con largas epístolas en las que nunca figura una pista de trencitos, un set de Bakuganes o una Wii. Pero me pongo a pensar que este año leí La pregunta de sus ojos de Eduardo Sacheri y después fui al cine a ver la versión de Juan José Campanella y, milagro, por una vez la adaptación de un libro al cine me resultó inobjetable, eso que pasa muy de vez en cuando. Y entonces no puedo menos que mencionar que vos vivís más cerca que nosotros de Los Angeles, y que los yanquis te tienen en gran estima, con lo que quizá puedas hacer algo para que El secreto de sus ojos se lleve el Oscar. No es patrioterismo, no es para abonar ese sentimiento argentino de “somos los mejores del mundo” sólo por obtener una estatuilla de un tipo dorado y en bolas. La peli es buena de verdad, sería un acto de justicia para algo que arrastra multitudes sin hacer uso de un culo turgente o una sensiblería barata.

También quiero que haya más y más temporadas de House, y que el final de Lost no sea una bazofia, y que Adrián Suar meta más cosas como Tratame bien y afloje un poco con los Valientes Gasoleros Campeones por Amor a lo Gitano. Que la Selección dé la vuelta olímpica en Sudáfrica, sí, pero que en ese mismo instante, como en una novela de Saramago, se produzca una extraña epidemia de mudez entre los relatores y comentaristas televisivos que nos ahorre la diarrea verbal. Y que por las dudas también lo afecte al Diego, que si mandó a todo el mundo a chuparla por una agónica clasificación en Montevideo no me quiero imaginar lo que puede llegar a proponer con la Copa del Mundo en la mano.

Quiero un DVR capaz de sintonizar con mi cerebro y poner a grabar lo que me interesa sin apretar ningún botón, quiero un iPod que interprete mi estado de ánimo y elija la canción más conveniente. Quiero que la Ley de Servicios Audiovisuales resista los embates de los interesados de siempre que intentan voltearla. Quiero que Macri se caiga en la bañera y el golpe en la cabeza le trastoque todos los pensamientos, y anuncie que la guita que iba a seguir gastando en “seguridad” y placitas ínfimas que cuestan millones se destinará a la educación pública y la generación de empleo. Quiero que Anabela Ascar y Johnny Allon armen un show conjunto y lo saquen de gira nacional. Quiero más Peter Capusotto y menos Luis Majul: los dos son unos payasos, pero uno es un genio y el otro... bueno, el otro es Luis Majul. Quiero que los canas que reventaron a Rubén Carballo sean descubiertos y vayan a juicio. Quiero que Charly toque en el Gran Rex. Quiero programas de radio que arenguen un poco menos a los de por sí arengadísimos taxistas de Buenos Aires. Quiero que Metallica se dedique más a componer y tocar que a llorar por los dólares que pierde con el download, que el encargado de diseñar los accesos en los shows de Fénix recupere la cordura, que Barcelona siga siendo Barcelona y que el precio de discos, libros y películas deje de ser prohibitivo. Quiero que eso de que destruyeron la Biblioteca del Colón haya sido sólo una versión trasnochada, que los teatristas de la ciudad puedan hacer su trabajo y les paguen por ello en tiempo y forma. Quiero noticieros televisivos menos escandalosos y más periodísticos.

En fin, para qué atosigarte, quiero un montón de cosas. Voy a contradecir a Luca: sé lo que quiero y lo quiero ya. Bueno, o el mes que viene, o dentro de un par de años. Vos sabés que por acá abajo estamos acostumbrados a negociar con la realidad. El problema es que la realidad a veces es tan consistente como la idea de un gordo generoso vestido de rojo que surca los cielos con un trineo de renos.

Como siempre, hacé lo que puedas.

Y hasta el año que viene, salud.

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26.12.09 

La noche del kamikaze


(Publicada el jueves en el Suplemento NO, dentro de la encuesta de la década)

A nadie puede extrañar que en una encuesta realizada entre músicos se considere a Spinetta y sus Bandas Eternas el “Show de la década”. Bastó ver sus caras en aquel encuentro en Vélez, el modo en que figuras realmente grandes del rock argentino se despojaban de todo hasta convertirse en auténticos fans, aliados, admiradores extasiados por lo que sucedía arriba del escenario. Para ellos, también, fue saldar cuentas con un rico pasado. Ellos también crecieron escuchando a Almendra, a Pescado Rabioso, a Invisible, a Jade: para ellos también fue imposible no dejarse llevar por el peso histórico del momento.

A los 40 años de carrera, a los casi 60 de vida, Luis Alberto Spinetta nos ofreció aquello que en otras etapas de su carrera era un imposible. Mejor aún: no fue un revival fácil ni un festival de covers. Esa mágica noche de Liniers permitió encontrarse no sólo con la historia sino con la potente actualidad que podía tener un trío separado en 1976, una banda que marcó un quiebre en los ‘70 o el cuarteto con el que empezó todo. Por eso, más que por la relevancia de semejantes reencuentros o la cercanía en el tiempo, es que ese concierto merece largamente el rótulo de “Show argentino de la década”. Spinetta no sólo volvió a cantar "Lo que nos ocupa es esa abuela, la conciencia que regula el mundo", o "Serpiente (viaja por la sal)" o "A estos hombres tristes", o "Ella también", "Cementerio Club" y "Alma de diamante". Lo hizo en el contexto de poderosas reencarnaciones, en las que había más fuego del presente que pergaminos del pasado. Una contundente demostración, cinco horas y cuarto de música que ejemplificaron mejor que cualquier párrafo por qué Spinetta es una figura central del rock hecho en la Argentina.

De vuelta: ¿a quién podría extrañar? En los días posteriores al show, en foros de Internet, en blogs y grupos de Facebook, abundaron los comentarios de gente anónima que fue aun más allá y habló de “el show de mi vida”. Que sucediera sobre el cierre de la primera década del siglo XXI le dio forma de moño, pero podría haber ocurrido en cualquier otro momento y la sensación sería la misma. Spinetta ya puede seguir adelante —aunque muchos no se resignan, no nos resignamos, a que eso haya sido todo— porque, él mismo lo repitió, un guerrero no detiene jamás su marcha. Pero nada podrá diluir el efecto 4-D, la noche del kamikaze y sus aliados, una gratificante sensación a la que le cabe la misma palabra que nutrió la convocatoria: eterna.

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Epílogo para un año Beatle



(Publicada hoy en Página/12)

El tipo estuvo ahí para inaugurar una era, la del rock en estadios. También estuvo ahí en el último concierto antes de la demolición, cuando apareció como inesperado invitado de Billy Joel. El hombre volvió para la inauguración del nuevo Shea Stadium, tan nuevo que ahora –cortesía de la era de los sponsors– se llama Citi Field y ni siquiera está en el mismo lugar, sino unos cientos de metros más allá. El hombre tiene un célebre bajo Hofner zurdo y con forma de violín, y formó parte de una banda aún más célebre llamada The Beatles. Y, cosa rara teniendo en cuenta la frialdad de un disco de policarbonato, la visión de Good Evening New York City, el doble CD + DVD que acaba de aparecer en la Argentina, consigue transmitir la trascendencia del momento. Mejor aún: acerca al público local la instantánea de un Paul McCartney bien reciente –la cajita refleja los shows del 17, 18 y 21 de julio de este año–, que se exhibe entero, aún capaz de emocionar a pesar de tantos años de ruta.

Sostenido por los hitos de aquel momento Beatle de agosto de 1965 y aquella despedida de julio de 2008 junto al Piano Man, Macca afronta la cita no sólo con una banda afiladísima, reducida a lo esencial y bien suelta (Paul “Wix” Wickens en teclados, Rusty Anderson en guitarra, Brian Ray en guitarra y bajo, Abe Laboriel Jr. en batería), sino sobre todo con un setlist que combina sabiamente su historial solista y junto a Wings con esas que, es inútil negarlo, todos quieren escuchar. Por otra parte, no puede dejarse de lado el ruido que generaba la reedición de la obra completa y remasterizada de los Fab Four: razón suficiente para que todo el segundo disco de audio, la segunda mitad del show, se componga casi exclusivamente de material Beatle.

Filmado con quince cámaras digitales de alta definición, Good evening... se convierte así en una oferta difícil de rechazar. Sobre todo porque en el primer segmento del show también hay títulos con flequillo, como la apertura de “Drive my car”, el rescate de “Got to get you into my life”, la paz de “The long and winding road” y “Blackbird” y la preciosa versión de “Eleanor Rigby”. ¿Es que McCartney olvida sus etapas posteriores con una lista de apuestas seguras? Nada de eso: el bajista, guitarrista, tecladista y cantante apela a momentos cumbre de su carrera junto a Wings como “Jet”, una intensa versión de “Band on the run” y una (literalmente) incendiaria “Live and let die”, y selecciona canciones de alta inspiración de sus discos más recientes, de Flaming pie para acá. Basta escuchar títulos como “Only mama knows”, “Dance tonight”, “Calico skies” y “Highway” para reafirmar esa sensación de que, tras algunos baches en su historial creativo, Macca se reencontró con lo mejor de sí mismo gracias a álbumes como Chaos and creation in the backyard y Memory almost full.

Para cuando McCartney y la banda desatan el delirio con “Back in the USSR” –las 75 cámaras distribuidas entre integrantes de la audiencia permiten una visión de lo que sucede en campo y plateas tan cercana como la del escenario–, el contraste toma definitiva y feliz forma: hay un universo de distancia entre las imágenes del comienzo, los Beatles saludando a la aullante multitud en el viejo Shea y esta parafernalia sonora y visual en la que el grupo se mueve ahora. Pero ese universo se reduce a nada cuando “I’m down” presenta un mix entre 1965 y 2009. Las cosas pueden haber cambiado mucho, pero la música produce un efecto continuo: ayer como ahora, “Day tripper”, “I saw her standing there” (con Billy Joel devolviendo gentilezas), “Helter Skelter”, “Paperback writer”, “Get back” erizan la piel y borran el tiempo. Y cuando Paul y su banda cierran con el medley de “Sgt. Pepper’s reprise / The End”, aquello del amor que se recibe y el amor que se da reafirma su vigencia y es un final perfecto, un final feliz para un año tan pero tan Beatle.


Los Stones, más vivos que nunca

McCartney no es el único veterano del rock británico que cierra el año con registros discográficos de su performance en vivo. Esta semana, el sello Universal completó el relanzamiento de la discografía remasterizada de The Rolling Stones (salvo la parte del catálogo que ahora pertenece a los herederos del fallecido Allen Klein) con cinco discos en vivo. Así no sólo se puede comprobar el especial gusto de la banda por llenar baches con discos en directo, sino también acceder a un mapa sonoro de los Stones de los últimos treinta años. El itinerario arranca con Love You Live, el disco de 1977 que retrató la gira de presentación de Black and Blue con el recién estrenado Ron Wood. Le sigue Still Life, disco cumbre en la memoria de la patria rolinga argentina gracias al film Let’s Spend The Night Together. Flashpoint, de 1991, apela a viejas glorias del repertorio de la banda, presenta los inéditos “Highware” y “Sex Drive” y marca también la despedida de Bill Wyman. El sonido cambia radicalmente en Stripped (1995), que como su nombre bien lo indica es un registro de la gira europea con la que los Stones visitaron clubs y teatros pequeños en los que se colgaron varias veces la acústica. El paquete se cierra con Live Licks, de la gira 2002/2003 que pasó por la Argentina, resumen de la monumental caja Four Flicks, que los muestra en excelente forma a pesar de tanta ruta y rutina. Para completar la oferta, el DVD Live at the Max recuerda el tour Steel Wheels: claro que la peli se vio en pantalla Imax, algo difícil de reproducir en el living de casa.

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22.12.09 

Amigos

Adiós, Sr. Posse. Piense que al menos ahora va a tener tiempo libre para llevarle cigarrillos a su amiguete Luciano Benjamín Menéndez.

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20.12.09 

Ponerse de pie



(Publicada hoy en Página/12, dentro de esta produccción en la que los músicos opinan sobre Abel Posse)

“Si grita pidiendo verdad en lugar de auxilio, si se compromete con un coraje que no está seguro de poseer, si se pone de pie para señalar algo que está mal pero no pide sangre para remediarlo, entonces es rock and roll.”

Pete Townshend

El Ministrosaurio de Educación porteño es un tipo de suerte. A diferencia de su propia ideología, quienes se le oponen apelan a recursos democráticos, la protesta en la calle, el petitorio con nombre, apellido y documento, el ejercicio de razonamiento, la toma pública de posición. No buscan anular el pensamiento diferente por medio del garrote y la picana, no diseñan un genocidio para imponer su visión de las cosas. Más de una vez, el rock cometió el error de mirarse demasiado el ombligo, no advertir la necesidad de una respuesta integral, de un espíritu de cuerpo para defender lugares que costó años conseguir. No esta vez: la bestialidad del enésimo funcionario impresentable de Mauricio Macri, su caricaturesca defensa de lo peor de la historia argentina, consigue abroquelar a un amplísimo arco de personas que difícilmente se pongan de acuerdo en otras cuestiones.

Pocas veces el enemigo asoma tan claramente la cabeza: como en las mismas épocas que el Ministrosaurio glorifica, el mundillo del rock puede dejar de lado sus múltiples diferencias estéticas y artísticas detrás de una inevitable coincidencia común. Contra Onganía, contra Videla y sus secuaces, el rock gritó pidiendo verdad, se comprometió con un coraje que no sabía si tenía, señaló lo que estaba mal pero –Calamaro dixit– sin sangre. En la era post Cromañón, esta administración no solo profundizó el estado de clausura sino que además continuó las irregularidades en la habilitación de boliches, como demostró una investigación del Suplemento No de este diario. Más recientemente comenzó una campaña de persecución que obligó a suspender fechas y bajar el volumen de los festivales. Ahora acaba de limitar los shows en River y prohibir el uso del Club Ciudad y GEBA, ofreciendo a cambio lugares notoriamente más inseguros como el Parque Roca y el Parque de los Niños. El mensaje es claro. Y el mensaje es aún más claro con el nombramiento del dinosaurio milicófilo.

Macri podrá hacer papelones imitando a Freddie Mercury, pero está claro que hasta allí llega su fascinación con el rock. Buscará utilizarlo toda vez que pueda para seguir intentando la implantación de su derechismo cool, que a esta altura de los hechos ya perdió todo maquillaje y se exhibe como lo que es, un Frankenstein entre Menem y los asesinos de uniforme. La aparición en escena de Posse, tan bestia, tan caricatura, tiene el rasgo enormemente positivo de recordarle al rock, a los jóvenes en general y en última instancia, a sus padres, que hay enemigos que pueden parecer olvidados, pero no dejan de estar al acecho. Será la hora de gritar verdades, antes de que tengamos que pedir auxilio.

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16.12.09 

Somos estúpidos

(Publicada hoy en Página/12)

Estimado Sr. Dinosaurio: acá con las chicas y muchachos hemos decidido escribirle para comunicarle que tiene usted razón. Somos estúpidos. Es hora de admitir la penosa influencia que el rock ha tenido en nuestras vidas, ese virus que nos ha desarreglado hasta convertirnos en parásitos de la sociedad. Somos estúpidos, no hay vuelta que darle: crecimos forjando nuestro gusto musical sobre la obra de un hatajo de sucios pelilargos con arito que olían a pachuli y fumaban cigarritos raros. ¡Nos aprendimos las letras de sus canciones! Ningún país puede funcionar si sus jóvenes muestran más interés en las estupideces destiladas por canciones de rock que en la vida de nuestros próceres, de quienes ni siquiera recuerdan bien el grado militar.

Ha llegado la hora, Sr. Cavernícola. La hora de que reconozcamos nuestra estupidez y con ello demos el primer paso a una nueva sociedad, mejor educada, íntegra. Pongamos esa huella, digámoslo una vez más: somos estúpidos. Nos creemos la mentira de que esos mugrientos están expresando un fuego creativo, estudiaron, se aplicaron a un instrumento, ensayaron, dejaron el alma en cada canción y en cada concierto. No vemos, no podemos ver que simplemente están berreando y sacudiendo su vacía, estúpida cabeza. Mascullando boberías que les hacen hervir la sangre y el marote a miles y miles y (más) miles de estúpidos que se contagian unos a otros en un gran engaño colectivo. Se han dado casos, Sr. Carcamán, de miles de personas llorando o riendo o bailando o cantando o todo eso junto, que salieron del antro en que estuvieron sintiendo que su vida era mejor que dos horas antes, que el arte estimulaba su cuerpo y su mente. Estaban drogados, seguro.

Es que somos estúpidos, venerable Sr. Funcionario. Fíjese que a comienzos de los ’80, la idiocia inducida por el rock llevaba a que multitudes de estúpidos hicieran temblar las paredes de Obras Sanitarias al grito de “Se va a acabar, se va a acabar la dictadura militar”. Hasta ese punto la guitarra eléctrica penetra las paredes de la neurona y la corroe por dentro, convirtiendo al buen ciudadano en elemento antisocial, caldo de subversión ideológica y artística. Ocurre que sí, somos estúpidos, en la frontera de la supina imbecilidad: nos solazamos con un grupo de ridículo nombre con un estúpido cantante calvo que nos ha metido en la cabecita la idea de que debemos impedir que nos secuestren el estado de ánimo, en este día y cada día. En las últimas cuatro décadas y media hemos seguido con pasión a una multitud de idiotas que nos llevaron de las narices por el camino de la ignorancia, de la insensibilidad, de la negación del arte fino y verdadero. En todo ese tiempo, la mal llamada “cultura” rock ha dado innumerables músicos, compositores, escritores, actores, directores, videastas, bailarines, dramaturgos, coreógrafos, artistas plásticos, dibujantes, periodistas, que no hacen más que gritar a los cuatro vientos su estupidez.

Nos drogamos. Nos alcoholizamos. Todo el mundo sabe que eso solo sucede en el rock.

Repitámoslo, pronunciémoslo hasta perder la cobarde pátina de culpa: somos estúpidos. Vamos a recitales donde la policía nos maltrata y a veces se escucha muy mal, y para meternos en la salvajada del baile tribal o el horroroso pogo, para corear sandeces con el brazo en alto, para mojarnos viendo a un tipo cantando sobre los dinosaurios, para ver a un señor de casi 60 años que mejor estaría buscando una actividad productiva en vez de perder cinco horas y media repasando las estúpidas canciones escritas durante cuarenta años. Escuchamos discos con placer sin darnos cuenta de que nos estafan, leemos las declaraciones que hacen los rockeros en reportajes sin advertir su soberana debilidad mental.

Eso sí, Sr. Antediluvio: somos estúpidos pero no comemos vidrio. Somos estúpidos pero no pelotudos, con perdón del término. Somos estúpidos, pero también peligrosos. Fíjese que los tipos que prohibieron al rock, que se rieron del rock, que pretendieron erradicar al rock, huelen a basura vieja, cosecha del desprecio. El rock está vivito y coleando.

Estupidizando.

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13.12.09 

Resumen porteño


(Publicada hoy en Página/12)

Los músicos suelen decir que los discos no se terminan, se dejan: un buen día deben frenar la noria creativa, mezclar, masterizar y dejar así plasmado el documento de ese momento de su carrera, que ya cuando el disco llega a la calle es levemente diferente. ¿Por qué no atreverse a desafiar la tiranía del calendario, y decir que en materia de música 2009 no terminó, pero ya lo podemos ir dejando? La poderosa andanada de Manu Chao, AC/DC y Spinetta y las Bandas Eternas fue como el moño, concentró tal cúmulo de sensaciones que sólo parece dejar espacio al reposo del guerrero. Sí, Andrés Calamaro y Gustavo Cerati, nada menos, están aún despidiendo la temporada con sendos y multitudinarios shows. Pero parecen la coda, generoso postre servido por dos grandes de la escena: hay una sensación de final en el aire. Eso que flota en las calles mientras las vidrieras se llenan de lucecitas navideñas made in China, las últimas postales. Resumen porteño.

* * * *

La escena tiene lugar en una cafetería de Belgrano, al lado del local de una cadena de gimnasios. El parroquiano desprevenido ve afuera el camioncito del canal América y apenas llega a preguntarse qué hace allí cuando entiende el motivo: hablando de postales, de figuritas repetidas, ahí está el último exponente de la larga galería de esperpentos que nos ha dado a las Farjat Sisters, a los Süller, a Oggi Junco, a Matías Alé, a Zulma Lobato y un gaterío variopinto. El parroquiano desprevenido tiene un ataque de paranoia: ¿no alcanza con que aparezca a toda hora, en todo canal, también tiene que encontrarse en persona a Ricardo Fort? La noche anterior, el animador lleno de dientes, olvidado de las preocupaciones sociales que lo llevaban a discursos enérgicamente moralizantes, comandó una nueva puesta en escena de esos escandaletes de cartón pintado que tan bien rinden en las planillas de Ibope. Ayer la inseguridad y los muertos a manos de los criminales desharrapados, hoy la obscena exhibición de riquezas de un Max Steel tamaño natural, rebosante de botox. El tiempo es tirano, señora. La TV es muy dinámica.

* * * *

Facebook y los blogs arden de comentarios, exhiben fotos y videos aficionados, tratan de dejar testimonio de la enormidad de lo ofrecido por Luis Alberto Spinetta en Vélez. La emoción, el recuerdo de los placeres artísticos, relega al fondo de la escena otras instantáneas de la noche: cualquiera de los asistentes podría haber sido un Mark David Chapman de las pampas, armado con su metralleta favorita. Tras atravesar el tortuoso laberinto de vallas diseñado por Stevie Wonder, nuestro Mark ingresa al estadio sin que nadie pregunte por el contenido de su mochila y empieza a los tiros, empezando por las pantallitas de Playmobil que provocan risa –es una manera de decir– en los escalones superiores de plateas y populares. Los diarios titulan “Inseguridad en el rock”. A dúo, Ricky y Marce piden justicia. El jurado saca cartelitos aplazatorios.

* * * *

Corren días nefastos para el medio rockero. Las muertes de Melisa La Torre en Ferro y Rubén Carballo en Vélez mantienen sobre el tapete la cuestión de la producción de recitales. Algunos tratan de meditar con auténtico interés cómo hacer para recuperar el delicado equilibrio que debe existir en esta clase de eventos; otros aprovechan para llenar de agua el molino de represiones fáciles. Brotan expresiones escandalizadas por el mal comportamiento del público argentino actual, como si a Miguel Abuelo le hubiera partido la ceja un húngaro, como si los que desataban el caos en La Falda en los ‘80, los que lanzaban monedazos, naranjazos, choclazos a los músicos que no les gustaban en los festivales de antaño hubieran sido holandeses. El público argento nunca tuvo un 10 en conducta: ocurre que hoy es exponencialmente más numeroso, y hay una generación que exhibe las consecuencias de la pauperización social, laboral y educativa, profundizando los costados más irracionales del accionar en masa. La calaña del nuevo ministro de Educación porteño, que haría palidecer a Lombroso, no alienta los mejores pronósticos al respecto.

Alguien, al menos, muestra intención de aprender: hasta que se aclare qué fue lo que sucedió en Ferro, Las Pastillas del Abuelo canceló todos sus shows. Ca$hejeros ya confirmó su participación en el Cosquín Rock.

* * * *

La TV, mientras tanto, construye ciudadanía. Movileros que arengan a los vecinos de un barrio para que no se queden quietos, para que vayan a la comisaría a pedir que rueden cabezas y de paso produzcan un buen material para llevarle al productor. Analistas que jamás vieron un recital de cerca se alarman ante el pogo y el apretujamiento, señalándolo como otro signo de la decadencia de estos tiempos (de la cual, por supuesto, los únicos responsables son los K). Opinators que ensayan su mejor gesto de horror ante la comprobación de que los pibes toman tetra brik y fuman porro, pero nada dicen de los ríos de bebida fina que corren en otra clase de encuentros, donde jóvenes de excelente posición social salen y se ubican tras el volante colocados con drogas de diseño y con el dosaje alcohólico de un cosaco. Cabezas parlantes que citan de manera inconsciente a Los Piojos, pongamos policías, pongamos policías, y luego dejan el estudio y por eso se pierden el segmento en el que los muchachos de azul reparten home runs a diestra y siniestra. Y Doña Rosa en la verdulería y Don Roberto en el taxi que repiten esto no da para más, hay que reventarlos a todos, tiene que volver la colimba para ponerlos en vereda, antes esto no pasaba.

La cajita de colores tuvo la gentileza de amplificar hasta la teoría más delirante sobre la familia Pomar. Lo que mató a los Pomar fue una clase de inseguridad que se lleva centenares de ciudadanos al año. Pero para qué hablar de la seguridad vial cuando se puede pedir la cabeza del boludo que no vio el auto ahí volcado.

Ah, la Divina TV Führer.

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El radiopasillo rockero, entretanto, parece una sumatoria del reciente show de AC/DC y el doblete de Metallica que abrirá 2010. La extraña foto que juntó a músicos y productores con Mauricio Macri y Hernán Lombardi –con Mario Pergolini de aparente mediador– pareció un signo de concordia, pero nada más lejos de la realidad. En Time 4 Fun y Popart llevan hecho un curso completo de rappel por las paredes de las oficinas, echando pestes por la limitación de diez conciertos en River, la prohibición de utilizar a GEBA y el Club Ciudad y la sugerencia de que la actividad festivalera se traslade al Parque de los Niños o el Roca, una pesadilla logística por ubicación, por accesos, por cuestiones de, ejem, seguridad. Así planteadas las cosas, con el decibelímetro en la sien y el sambenito de la inseguridad colgando, el panorama para el rock 2010 viene cargado de niebla. Hay insistentes versiones de que habrá cambios de peso en una productora. Se dice también que hay un conato de rebelión, que algunos músicos se negarán a participar en los festivales veraniegos del gobierno porteño, como respuesta a lo que ya se define como una persecuta hecha y derecha. Pero no falta el pesimista que escucha esa teoría, sonríe con sorna y habla de las quintitas bien cuidadas.

* * * *

El episodio más extraño de este fin de año, al cabo, no sucedió en el rock sino en el terreno de la música infantil. El 28 de noviembre, en el Auditorium San Isidro se apersonaron un inspector de Sadaic, una escribana y el abogado de Analía Mabel García, autora registrada de la canción “El sapo Pepe”. El objeto de la visita era impedir la reproducción pública del hit a cargo de la cantante Adriana: en un comunicado posterior, la música y el productor Sergio Strauch manifestaron su pesar por la desilusión de los niños presentes, a la vez que señalaron que siempre cumplieron con el pago de derechos (porcentaje sobre un borderó que incluye el discutible cobro de entradas a menores de 2 años). Quizá la señora García presiona de ese modo para conseguir una porción del enorme merchandising generado a partir del registro de marca del célebre batracio. Quizá algún espíritu avispado ya esté investigando si el Elefante Trompita está registrado como marca. Pero parece que Doña Rosa y Don Roberto tienen razón: ya no se puede confiar ni en los animalitos parlantes. Incluyendo a Ricky, a Marce y al ministro.

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6.12.09 

Dios de adolescencia

El espíritu necesita una suerte de coda personal al trabajo profesional, del cual dimos cuenta con Roque Casciero y Cristian Vitale en el Página de hoy. Cosas que quedan ardiendo bien adentro: sigo a Spinetta en vivo desde 1981, todavía recuerdo el impacto de chocar con "Que ves el cielo" en Música Total, y la ceremonia en Vélez significó también la enorme satisfacción personal de confirmar que una simple elección de gusto artístico hizo mejor mi vida. Lloré con "Ella también", porque no se puede lograr tanta belleza con una guitarra y un piano, pero también porque cerré los ojos y volví a estar en la habitación de mi amigo Mauro, con mi amigo Diego, en una madrugada cualquiera de 1982, tres pendejos que guardaban a Black Sabbath y dejaban que el mundo girara al compás de Kamikaze. Seguí llorando con "Umbral", porque de pronto no era diciembre de 2009 en Liniers sino invierno de 1981 en Pinar de Rocha. No ves que ya no somos chiquitos, preguntó, como en ese extraño mayo '84 en el Luna, y la frase arrastró todos los significados. Las lágrimas volvieron a asomar, felices, en otros momentos-máquina del tiempo de la noche. La adrenalina recobró el tono adolescente con esas canciones de Invisible y de Pescado escuchadas cientos y cientos de veces, y vueltas a representar con la misma convicción. Cerraron mil círculos: mi historia personal, tenga el brillo que tenga, discurre con muchas clases de soundtrack, pero el de Spinetta fijó una manera de entender el arte, una posibilidad de estremecerse con eso que flota en el aire, que sobrevuela todo lo demás. Es una vara de medida.

Luis, auténtico barrilete cósmico, tengo todo el resto de la vida para seguir agradeciéndote.

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El problema de intentar definir la belleza

(Publicada hoy en Página/12)

Inenarrable.

Estimado lector, no espere encontrar aquí eso que llamamos “crónica de concierto”. Algo de eso hay, pero si a Spinetta le llevó 50 canciones y cinco horas y cuarto conseguir un recorte de sus 40 años de carrera (y en ese recorte dejó lugar a las lamentaciones por alguna inevitable ausencia), pretender que eso pueda ser aun resumido en estas líneas es una quimera. Una quimera como la que soñaba la Logia del Flaco hasta no hace tanto, la de qué lindo sería que...

El “sería” abandonó el modo condicional. Fue. La Historia grande del rock argentino dirá que Luis Alberto Spinetta conjuró a las Bandas Eternas en Vélez el 4 de diciembre de 2009, y que 37 mil personas abarrotaron el lugar (¿quién tuvo el atrevimiento de decir que una cancha de fútbol le quedaba grande?), y que la organización tuvo sus flojeras y las pantallas le servían de poco al de la popu, pero el sonido fue perfecto. Y a partir de ahí, el imposible: el adjetivo que se repite, la emoción intraducible en letras, la lágrima viva, el alma feliz al desnudo. Los ejemplos de música, de arte, de poesía, de sensibilidad, de belleza: ¿qué espíritu tan generoso habita a este tipo para que nos dé tanto, pero tanto?

La noche de Vélez fue un vaivén que deja tela para cortar por mucho tiempo. Hubo una primera parte en la que Luis fue del presente al primer Jade, y de allí a fines de los ’80, y de allí a los orígenes del rock argentino (Abuelo, Nebbia, Pappo), y al Jade de Bajo Belgrano, y un desfile de duetos con nenes como Fito Páez, Charly García y Gustavo Cerati (“Baaaajan”, se unían las dos voces hermanas, y el estadio se venía abajo: “Si hay un sueño cumplido, es éste”, cerró el ex Soda), canciones y más canciones de estatura inmensurable. Hubo una segunda parte que fue la conquista del corazón y del nervio, con Los Socios del Desierto preparando el terreno para la descomunal resurrección de Invisible y Pescado Rabioso, para volver a ver a Almendra, para cerrar cantando a los gritos que no hay razón para seguir viviendo sin tu amor, que yo quiero ver un tren, que no te alejes tanto de mí.

Pero como la descripción no alcanza hay que recurrir a los ejemplos, a algo que sirva para la vana intención de definir tanta magia. Detenerse un momento en el Spinetta más íntimo, el que de sobrepique nomás, apenas después del incendio rockero de “Tu vuelo al fin”, llamó a Diego Rapoport. Y el dúo de Kamikaze soltó “Ella también” y “Umbral” y provocó el silencio más profundo, más estremecedor, para escuchar caer las lágrimas, para que la luna quisiera asomarse al Amalfitani y mojarse los pies. O en el Spinetta que convocó a otro socio de las teclas, el Mono Fontana, para reeditar la experiencia con “Al ver verás” y “¿No ves que ya no somos chiquitos?”; o a Leo Sujatovich, para detener el tiempo otra vez con “Era de uranio”, “Vida siempre” y “Maribel se durmió”. O conceder un segundo al recuerdo de “Alma de diamante” con Juan Del Barrio y “Cementerio Club” con Gustavo Spinetta a la batería, y seguir llenando casilleros de deseos íntimos cumplidos.

La belleza en estado puro: Luis Alberto Spinetta, casi 60 años, entero, la voz con el terciopelo de siempre y la rugosidad que supo conseguir. Alto, flaco y con una guitarra roja, cada vez más enorme en un escenario que se iba empequeñeciendo a medida que dejaba caer canciones.

¿Y no deberían muchos integrantes de la patria rockera tomar debida nota de lo que sonaron Invisible y Pescado? Apenas repuesto de los cachetazos sonoros de Spinetta / Marcelo Torres / Javier Malosetti –que cerraron con un “Nasty people” hendrixianamente contundente–, el público vio subir a Machi Rufino y a Pomo Lorenzo y no terminaba de asimilar la idea cuando ya sonaba “Durazno sangrando”, y el bajista sumaba una voz en perfecta sintonía con la de Luis. Si ése era un número puesto, lo que vino tuvo el sabor de las elecciones acertadas: “Jugo de lúcuma”, “Lo que nos ocupa es esa abuela, la conciencia que regula el mundo” y “Niño condenado”. Ya era demasiado. No sólo por los temas elegidos, sino por la contundencia y elegancia con la que el trío saltó 33 años de silencio, ganó el escenario y mostró una presencia en toda la regla que aun ahora, horas después, crispa la piel.

Y crispación eléctrica era lo que Pescado tenía para ofrecer, el set más largo, con siete títulos que visitaron la soñadora psicodelia de “Hola dulce viento” y “Serpiente (viaja por la sal)”, la urgencia dramática de “Poseído del alba”, la sutileza de “Credulidad” y un bloque demoledor, con “Despiértate nena” y David Lebon descosiendo la viola y Cutaia sacándole humo al Hammond, y “Me gusta ese tajo” y “Post crucifixión” convertidos en Posgrado de Rock. La banda del alba de los ’70 llegó al siglo XXI como un tanque de distorsión, furia y adrenalina.

“Hay más, ustedes tienen un aguante...”, dijo el Flaco, con el humor que correspondía a semejante noche, que le hizo admitir la repetición de “genio” y “capo” al presentar a los invitados y reírse de ello. “No te mueras nunca”, gritó uno. “Vos tampoco –respondió Luis, que ya no se enoja por esas frases–. Si no, nunca te vas enterar de que no me morí.” Y Edelmiro, Rodolfo y Emilio ya estaban subiendo al escenario, como a fines de los ’60, como a fines de los ’70, a fines de los 2000. Para volar con “Color humano” y “A estos hombres tristes”, para que Del Guercio se luciera con “Fermín”, para honrar a “Hermano perro” como única ajena al debut de 1969 y cerrar con un círculo íntimo para “Muchacha (ojos de papel)” a cuatro voces.

Para qué seguir. Usted, lector, que estuvo allí, sabe que es difícil encontrar las palabras para describir lo vivido. Usted, lector, que no estuvo allí, también lo sabe. Saben que semejante combinación de belleza, vuelo, emoción, excelencia musical, compromiso con el arte entendido como pura pasión, terminan fluyendo a la misma palabra que cierra todo.

Inenarrable.

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5.12.09 

Gracias, Flaco


No lo voy a olvidar nunca.

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4.12.09 

El trío que detuvo el tiempo

(Publicada hoy en Página/12, junto a un reportaje a Edelmiro Molinari y una opinión de Bocón Frascino)

Es uno de esos bajistas-músicos que hacen la diferencia, que no se concentran sólo en el virtuosismo sino que saben dibujar en su instrumento paisajes que agregan espesor, drama, belleza. Machi Rufino es uno de los tres pilares en los que se apoya Invisible, el trío que completan Pomo y Spinetta, que dejó tres discos imborrables –Invisible, Durazno sangrando, El jardín de los presentes, ya con Tommy Gubitsch en guitarra–, hizo historia grande en el rock argentino y esta noche protagonizará uno de los segmentos de Spinetta y las Bandas Eternas. Aquel “Amor de primavera” en el Café Molière no hizo más que recalentar la expectativa que, al fin, será saciada en Liniers.

–La ansiedad en la gente es palpable. ¿Cómo la maneja usted, en estos últimos cien metros?


–En realidad me siento tranquilo, no sé si quizás por aquello que se suele llamar oficio..., mucha gente me dice “¿querés un té de tilo?” (risas), pero yo lo vivo con serenidad. Sí siento que estoy realmente motivado, que tengo una adrenalina buena. Por otro lado, y eso sí entra en lo imprevisible, pienso que hacía 36 años que no nos juntábamos a tocar, y ya pasamos los ensayos y nos sentimos listos, y tengo una sensación como si hubiéramos dejado de tocar la semana pasada. Eso es raro, como que no existió el gap en el tiempo. Lo miro a Luis, a Pomo, nos miramos y es algo impresionante, me siento espectador de algo que no podía prever.

–Para ustedes esto no es sólo algo que sucederá hoy en Vélez: es algo que viene sucediendo, que vienen experimentando, están viviendo día a día hace ya un tiempo.


–Los primeros días había algún nervio, pero enseguida dio lugar a todo lo que viene atrás. Nosotros tuvimos una relación muy especial, muy intensa, de mucho tiempo juntos, todo un invierno en General Rodríguez tocando, cocinando y durmiendo con las camas una al lado de la otra: algo que podés hacer solo en la juventud, sin mayores obligaciones, que solo vivimos entre nosotros y que generó un vínculo humano muy fuerte que se nota en lo que hacemos. En 2003 toqué como invitado de Divididos y después de los ensayos me ametrallaban a preguntas sobre Invisible. Y hoy se me ocurre que la respuesta a lo que nos diferenciaba de otras formaciones es eso que teníamos en el balero, esa conexión. Somos compadres, Pomo fue el primero en casarse y Luis y yo fuimos los testigos, y después me casé yo y Luis y Pomo fueron los testigos, y después se casó Luis y Pomo y yo fuimos los testigos...

–¿Qué cosas cree que va a encontrar el público joven que nunca vio a ese trío mítico?


–A mí me hace feliz que mi hijo, que nació dos años después de la separación de Invisible, pueda vernos tocar. Eso es algo que... si mañana me llaman de arriba me voy con una sonrisa. Hay algo que le escuché decir a Sting sobre The Police, y es que las reuniones son un arma de doble filo: si llegás a tocar peor que antes... pero desde el punto de vista musical y sin querer sonar pedante, por una cuestión de madurez sé que eso no va a pasar. Leí algunas cosas muy duras en Internet, de gente que hizo hincapié en el paso del tiempo, como si uno a cierta edad debiera retirarse. Hay cosas que me desalientan mucho del rock argentino actual, creo que hay mucho bocho quemado, gente que se ha quedado en la chatura y no se da cuenta de que el tiempo le llega a todos y lo que uno hace no tiene que ver con la edad. Pero en la mayoría de los comentarios que me llegan hay mucha expectativa, mucho cariño, y siento que vamos a cumplir con eso. Hay muchos que me dicen “voy a ir con mi papá”, o “voy a llevar a mi hija”, como que se forma un puente generacional...

–Mucha gente saldando cuentas.


–Yo no escucho mucho a Invisible –salvo todo lo que tuve que escuchar para recordar los temas, porque algunos son un moño de verdad–, pero no puedo dejar de sentir un legítimo orgullo. No sólo por haber formado parte de eso, sino también por haber tocado ocho años con Luis, en otros proyectos... los sentimientos no pueden estar al margen, yo a Luis lo quiero, lo admiro, nunca dejé de seguir su obra. Yo digo “Luis es un genio” y no es una alabanza fácil o una etiqueta, yo estudié mucha música y el tipo es un genio de verdad, fuera de lo común, y por eso salen las cosas que salen y tienen la magia que tienen. Y más allá de lo musical, tiene conducta, algo importantísimo en épocas de relajo moral: a los pibes que me hablan de su estatura musical yo les contesto que no es sólo eso, que el Luis-persona es tan grande como el artista.

–Frente a este panorama, hay un pronóstico clavado para esta noche: alto porcentaje de gente grande lagrimeando.


–Probablemente. Pero ojo, que hay que ver cómo la llevamos nosotros...

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3.12.09 

Fuego sagrado

Foto: Leandro Teysseire


¿Innovaciones? Para qué. ¿Reactualizaciones? Quién las necesita. Fuimos a ver a AC/DC, esperábamos a AC/DC, y tuvimos AC/DC. Una base monolítica, solidez de bunker antiatómico, que sostiene a las guitarras infernales de los hermanos Young. Un cantante que quizá esté cerca del retiro, pero aún sabe como comerse el escenario y hacer uso de una garganta que pide descanso. Y Angus, que puede excederse con un solo de más diez minutos pero no por eso vamos a dejar de quererlo, de admirarlo, de tenerlo en el sitial de honor de los que nos inspiraron a agarrar un camino musical y no abandonarlo ni aunque vengan degollando.

Let there be lights, let there be sound, let there be drums, let there be guitar. Let there be rock, cantaron, y éramos 66 mil revoleando el alma, henchidos de electricidad, repitiendo con alegría inolvidable los estribillos de "You shook me all night long", y "Hell's bells", y "The Jack", y "Highway to hell", y "Whole lotta Rosie", y por qué no también los nuevitos "Big Jack", "Rock'n'roll train" y "War machine" (con un avión bombardeando con guitarras y mujeres desde la pantalla), y, claro, "Dirty deeds done dirt cheap" y "For those about to rock", a los cañonazos.

En "Thunderstruck" la cancha se movió.

Y con ella nos movimos nosotros, a la adolescencia y de vuelta para acá, más viejos, menos inocentes pero aún capaces de agitar el marote y no olvidarnos nunca de por qué el infierno de los rockers será siempre mil veces mejor que el cielo de los vigilantes.

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For those about to rock

Si esta noche anduvieron los inspectores midiendo sonidos y vibraciones por el barrio de Núñez, me parece que reprobamos todas las materias. AC/DC, tremendo mazazo.

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1.12.09 

¿En qué quedamos?

¿Es Antonio José...

...o es José Antonio?

Responsable

  • Eduardo Fabregat
  • Buenos Aires, Argentina
Prontuario
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