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26.12.09 

La noche del kamikaze


(Publicada el jueves en el Suplemento NO, dentro de la encuesta de la década)

A nadie puede extrañar que en una encuesta realizada entre músicos se considere a Spinetta y sus Bandas Eternas el “Show de la década”. Bastó ver sus caras en aquel encuentro en Vélez, el modo en que figuras realmente grandes del rock argentino se despojaban de todo hasta convertirse en auténticos fans, aliados, admiradores extasiados por lo que sucedía arriba del escenario. Para ellos, también, fue saldar cuentas con un rico pasado. Ellos también crecieron escuchando a Almendra, a Pescado Rabioso, a Invisible, a Jade: para ellos también fue imposible no dejarse llevar por el peso histórico del momento.

A los 40 años de carrera, a los casi 60 de vida, Luis Alberto Spinetta nos ofreció aquello que en otras etapas de su carrera era un imposible. Mejor aún: no fue un revival fácil ni un festival de covers. Esa mágica noche de Liniers permitió encontrarse no sólo con la historia sino con la potente actualidad que podía tener un trío separado en 1976, una banda que marcó un quiebre en los ‘70 o el cuarteto con el que empezó todo. Por eso, más que por la relevancia de semejantes reencuentros o la cercanía en el tiempo, es que ese concierto merece largamente el rótulo de “Show argentino de la década”. Spinetta no sólo volvió a cantar "Lo que nos ocupa es esa abuela, la conciencia que regula el mundo", o "Serpiente (viaja por la sal)" o "A estos hombres tristes", o "Ella también", "Cementerio Club" y "Alma de diamante". Lo hizo en el contexto de poderosas reencarnaciones, en las que había más fuego del presente que pergaminos del pasado. Una contundente demostración, cinco horas y cuarto de música que ejemplificaron mejor que cualquier párrafo por qué Spinetta es una figura central del rock hecho en la Argentina.

De vuelta: ¿a quién podría extrañar? En los días posteriores al show, en foros de Internet, en blogs y grupos de Facebook, abundaron los comentarios de gente anónima que fue aun más allá y habló de “el show de mi vida”. Que sucediera sobre el cierre de la primera década del siglo XXI le dio forma de moño, pero podría haber ocurrido en cualquier otro momento y la sensación sería la misma. Spinetta ya puede seguir adelante —aunque muchos no se resignan, no nos resignamos, a que eso haya sido todo— porque, él mismo lo repitió, un guerrero no detiene jamás su marcha. Pero nada podrá diluir el efecto 4-D, la noche del kamikaze y sus aliados, una gratificante sensación a la que le cabe la misma palabra que nutrió la convocatoria: eterna.

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Mas alla de todo lo que se dijo después del show, personalmente (y no creo ser el único) suponía que iba a ser el show de la década. Lo que paso después supero todas las expectativas, pero aunque hubiese durado dos horas menos ya era suficiente.
Lo que mas me sorprendió (si bien fui por Pescado Rabioso) fue cuando toco con Invisible Jugo de Lucuma, era algo que no podía creer, ni lo podía explicar lo que sentí... no puede sonar así, no puede ser que suene como en el disco (o mejor incluso) después de mas de 35 años, algo tiene que estar fallando...
Y con mucho dolor creo que si se juntan hoy se tienen que retirar el 90% de las bandas (numero tirado al voleo).

¿¿¿Lo último alguien sabe porque no nombró a Tomás Gubitshch en el show??? Pense que lo iba a nombrar al comienzo, cuando enumero a todos los que no pudieron ir.
Saludos.

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