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(Publicado acá, junto a este perfil de Roque Casciero y esta opinión de Fernando D'Addario)
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(Publicada hoy en Página/12)“Imaginate a la isla como una gran bandeja giradiscos. Cuando Benjamin Linus movió la isla, el disco empezó a saltar una y otra vez.” La ¿explicación? del físico Daniel Faraday es una de las claves de la delirante quinta temporada de Lost, en la que los sobrevivientes del vuelo Oceanic 815 que quedaron en la isla se la pasan saltando de época en época, de los ’50 a los ’70 y más allá, encontrando a diferentes personajes secundarios con diferentes edades... e incluso a ellos mismos en el comienzo de su naufragio. Es ficción, claro. Ciencia ficción, para más datos. Pero al cabo no suena tan desquiciado darle la derecha al científico loco de Oxford: al antojo del público usuario, la vida también puede ser una turntable que salta y descoloca, que lleva de visita a diferentes paisajes temporales. Y dentro de ellos, a todo un paisaje personal. Emotional rescue.
El ejercicio de la memoria suele tener la forma del capricho. Uno puede no recordar el nombre de la persona que le presentaron la semana pasada, pero retiene a la perfección el número de teléfono de la casa de su infancia. Más aún: se recuerda el sonido de su timbre, el aspecto del aparato, la resistencia del disco y el peso del auricular, dónde estaba colocado en la casa (nota para el público más flamante: allá lejos y hace tiempo, el teléfono era algo tan poco móvil como el horno o la heladera, el celular era el temido camioncito que se llevaba melenudos en la puerta de los recitales) y hasta el color del tapete que tenía debajo (segunda nota: el monstruo de baquelita siempre tenía un tapete abajo, un adorno para realzar su importancia). La memoria me resulta complicada, no me acuerdo ni de las cosas que leí, decía, cantaba Spinetta, pero esta vez hay que contradecir al Flaco. Uno sí se acuerda de las cosas que leyó. Y las canciones que escuchó. Y las películas que vio. Y las emisiones de radio que oyó. Y los programas de televisión que disfrutó o padeció. Y todo eso junto, todo mezclado, aderezado con la inseparable biografía, construye un recuerdo tan vivo como esta mañana: el arte como máquina del tiempo.
Sólo ese pegamento mágico consigue el flashazo hacia atrás, el H. G. Wells de Rod Taylor dándole murras a esos Morlocks que parecían músicos beat pero musculosos y peor entrazados. Nos costará un día y medio recordar de dónde tenemos a ese tipo que nos saludó en el bar, pero basta escuchar el arpegio de piano de “Children’s crusade” de Sting para conjurar esa noche que vimos Bring on the night en el Atlas Lavalle, y en la mochila llevábamos Oficio de tinieblas 5 de Camilo José Cela, y a la salida fuimos a La Martona de Corrientes con el mejor amigo a envidiarle al ex Police la impresora de pentagramas y charlar como en mónadas del viejo Cela sobre el corazón destrozado por la chica conocida en el Estrella de Maldonado. Buenas noches Sr. Wells, buenas noches Sr. Abrams, la verdad es que no andaban tan para el lado de los tomates.
Las películas que tratan de viajes en el tiempo suelen pasarse de rosca, rizar el rizo a extremos incomprensibles. Los devaneos de la versión George Pal de The time machine (1960) quedaban pálidos ante la propuesta de Terminator (ni hablar de sus continuaciones) o los castigos retroactivos de Minority Report o el inolvidable, por momentos excesivo, vaivén de Marty McFly y el Doc Emmett Brown en Back to the future. Sin embargo, la cabeza se permite suspender la incredulidad, entrar en el juego y comprar y comprender las paradojas, no solo por uso del intelecto sino también por la fuerza de la costumbre. De pronto suena en la radio “Money” de Pink Floyd o “Black dog” de Led Zeppelin o “Street fighting man” de The Rolling Stones y las paredes se difuminan, el presente se diluye y estamos otra vez en el living de la casa de un compañero de primaria, escuchando ráfagas de sonidos raros que provienen de la habitación del hermano mayor y sus amigos, que apenas nos dirigen la palabra y usan unas raras remeras de batik y pasan con unos discos bajo el brazo que dicen Yes y tienen unos dibujos rarísimos.
La última edición de La Mano ofrece un informe sobre la locura en el rock, y cuando se lee el título de la canción “Am I going insane?” de Black Sabbath ya no es 2009, es 1982, la Guerra de Malvinas aún está sucediendo y las risitas desquiciadas de Ozzy Osbourne y sus acólitos, bichos raros en la era de ABBA y Village People, refuerzan la sensación de irrealidad, de transporte en el tiempo. Volvemos a estar ahí, entre los muros de una pieza que ya no existe pero vuelve a existir hasta en sus más mínimos detalles.
Estamos adentro pero también observamos desde afuera, porque es imposible terminar de desactivar la conciencia. Viajeros del tiempo pero responsables, sabemos que aunque pudiéramos no nos atreveríamos a tocar nada, a cambiar el curso de las cosas: está demasiado presente el consejo del Doc, no hay que alterar el espacio-tiempo, y también está claro que aquí no hay ningún DeLorean a 88 millas por hora, que el salto del giradiscos no deja de ser un intenso y creíble ejercicio de la imaginación.
¿Cómo olvidarse de esas cosas? La combinación de factores pasados no hace más que enriquecer el presente. El secreto de las radios de clásicos, del mezcladito infernal de La Mega, del canal Volver o TCM Classics radica en ese valor agregado por el consumidor, su propia biografía, para vulnerar la línea del tiempo. La gran incógnita para la sexta temporada de Lost es si los viajeros, una vez estabilizada la púa de la bandeja, lograrán modificar el devenir de los sucesos, reescribir la propia historia reciente.
Pero uno no quiere reescribir. Uno quiere re-leer, re-escuchar, re-vivir, aun con los modos artificiales de la memoria. Es común que en el relato hacia afuera las anécdotas se enriquezcan, se embellezcan con detalles que no son ni mentira ni verdad. Son solo eso, detalles. Pero en el viaje particular y privado las cosas se presentan como son, como fueron. Y hay escenarios que son inexplicables, difíciles de transmitir: cualquiera puede hacerse una idea del contexto de un Moris en Obras o unos Redondos en Obras porque Obras sigue allí, algo maquillado y con otro nombre pero más o menos igual. Lo que no hay es un atlas que señale las características del Tizona de Flores donde tocaba Punto Rojo. No hay manera de describir lo que sucede cuando suena “The breaks” de Kurtis Blow o “Ladies night” de Kool & the Gang o uno de los Grandes Lentos del rock argentino y el viajero se va al tiempo de los bailes en Bet Am, Náutico Hacoaj, Hebraica o Bet El: los atentados a la Embajada y a la AMIA clausuraron para siempre esa línea temporal.
El viaje está ahí, al alcance de la mano y de la cabeza. El viaje puede hacerse (gracias, Dr. Faraday) incluso con una misma bandeja: quien creció escuchando vinilos aún hoy debe refrenar el impulso de levantarse a dar vuelta el disco cuando termina “Yo no me caí del cielo”, “Problem child” o “Seaside rendezvous” o “Ticket to ride” o “Viernes 3 AM” (la lista podría ser interminable). Y si uno se levantara a dar vuelta el disco no sería muy diferente de los losties viendo, oliendo, experimentando, palpando los tiempos idos, dándole rosca a la palanca de la maquinita de Mr. Wells.
El siglo pasado, a la misma hora.
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(Publicada hoy en Página/12)¿Qué es más importante, grabar o tocar? Días atrás, en una charla informal, el guitarrista y cantante Mariano Fernández comentaba que Aire, tercer disco de Me Darás Mil Hijos, había sido “un parto... un parto de elefante, tres años de trabajo que casi nos volvieron locos”. Afortunadamente, semejante esfuerzo valió la pena, se tradujo en un notable resultado artístico, una de las razones que convierte a MDMH en una de las bandas a seguir de la escena independiente. Otra de las razones es lo que produce en vivo: esas dos facetas de un mismo proyecto dieron pie en aquella charla a algunas apreciaciones que merecen un debate ciertamente más extenso. Para una banda que varía entre 9 y 12 integrantes (según se presenten con sección de vientos o no), llevar adelante su historia a veces puede parecer un eterno parto de paquidermo. Pero no queda más remedio que encararlo y pujar: lo otro es la inmovilidad, que nunca fue sinónimo de arte.
Algunas décadas atrás solía fantasearse con la ultramodernidad que supondría la llegada del año 2000. La cifra tan redonda daba pie a los raptos de imaginación más variados, y a medida que la fecha se acercaba supieron dispararse también las presunciones catastróficas, que podían pasar por la interpretación religiosa del fin del mundo, la afiebrada lectura de los textos de Nostradamus o la paranoia del Y2K, aquel temor de que la humanidad quedara reseteada por un apagón tecnológico que nunca llegó. Es curioso que todo eso parezca historia tan antigua justo ahora, el momento en que realmente la modernidad mezcla todas las barajas, deja patas arriba las reglas del juego, obliga a pensar todo de nuevo. Ya nada es como era, y es una realidad tan potente que resulta ocioso preguntarse cuándo fue que cambió todo. No hay autos voladores, ni viajes interplanetarios: lo más llamativo, lo que produce el paisaje más extraño, está en lo cotidiano.
En la poderosa leyenda de The Beatles hay una historia recurrente, que dio pie a infinidad de chistes sobre el olfato de la industria: es aquella que rescata la anécdota del sello Decca rechazando a la banda porque “los grupos de guitarra son cosa del pasado”. Descorazonados por la falta de interés, John, Paul, George y Ringo terminarían cayendo en las manos y orejas de George Martin, y el resto fue historia grande. El trasfondo de esa anécdota es la significación, la trascendencia que tenía el disco por entonces. Los Beatles ya eran una banda bien curtida en el escenario, las horas y horas de show en Hamburgo habían cristalizado su sonido y su entendimiento. Pero el disco, el primer disco sobre todo, era un trofeo a alcanzar, la certificación de existencia más allá de lo efímero de la ejecución en vivo. La cosa es aún más curiosa si se tiene en cuenta que la música (y el músico) trascendió los siglos sin que hubieran formas de retenerla y reproducirla en un soporte determinado. Una vez nacido el disco, y a partir de los ’40 y ’50 del siglo XX, su reinado pareció opacar todo lo demás: nadie podía hablar seriamente de una carrera si no tenía discos grabados que la jalonaran. Incluso los muchachos de Liverpool, hartos de escuchar alaridos en vez de la música que estaban tocando, renunciaron a mostrarse en vivo y se dedicaron al estudio, convirtiéndolo en una herramienta creativa más.
Es así como la historia de la música contemporánea encontró hitos con los que ir encadenando épocas, logros, bajones, estilos y cambios de marea en obras encerradas primero en pasta, después en vinilo negro y cinta magnética, luego en policarbonato plateado, y después... y después comienza la nebulosa, los interrogantes, los mazos con trampa. La invención del MP3 y el advenimiento de la era digital fueron el punto de partida para este paisaje, tan lleno de nuevos matices que obliga a la reflexión permanente sobre los pasos a seguir. Cualquier análisis serio deja claro que el compact disc es un formato en retirada, que los músicos pueden seguir pensando su obra en álbumes, pero el público los fragmentará, que esa obra puede ser comercializada en pen drives, teléfonos, conexión de banda ancha y tarjetas con pin para descargar.
El modo en que el público se relaciona con los artistas aún no está tan subvertido: uno aún espera El nuevo de Fito, El nuevo de Andrés, de Spinetta o el Indio o Cerati. Pero para quienes no cuentan con ese renombre y esa expectativa las cosas no son tan tajantes, ni son tan claras. Y al mismo tiempo, el ocaso del disco y la explosión tecnológica significan también la lenta degradación de la dictadura de los sellos. Hace ya una década larga, Manu Chao señaló en una entrevista con quien esto escribe que los músicos consentían demasiado el capricho de las grandes grabadoras, que su intención era grabar discos más breves, de 5 o 6 canciones, cada menos tiempo. El nunca cumplió esa promesa, pero era un razonamiento interesante. Hoy, The Beatles no tendrían por qué esperar el pulgar arriba de Decca o de EMI para llegar al trofeo redondo, podrían registrar sus canciones en su propia computadora, subirlas a su propio sitio y confiar en el efecto viral de la red. Es cierto que el sistema de compresión MP3 atenta contra la calidad del sonido, pero ya hay suficientes variantes –como el FLAC– como para que digitalizar no signifique recortar.
¿Por qué, entonces, atarse a formas que ya son parte del pasado? Recurriendo a alegorías animales, en el parto del elefante la industria se sigue quedando con la parte del león. Ahora como antes, los músicos son plenamente conscientes de que la subsistencia no está en los discos, ni siquiera en el plus del aparato de difusión que prometen las grandes discográficas, que a veces se queda en mera promesa. A Divididos se le reclama que hace diez años que no edita nuevo material, pero la banda nunca dejó de tocar: quizá su error sea que el temor al pirateo la llevó a no renovar el repertorio, no estrenar canciones en esa vida de escenario, pero lo suyo está lejos de ser inactividad. Aunque ahora finalmente estén trabajando en el estudio, parecen haber tomado la decisión de recordar que lo trascendente es lo aparentemente efímero, que nadie puede convertir a Mollo y Arnedo en un archivo downloadable o recortarles las frecuencias. Que nada reemplazará nunca ese vínculo directo. Que entre ellos y el borderó hay muchos menos intermediarios ansiosos por morder su parte.
De este brumoso terreno es donde salen las puntas para continuar el debate: ¿hasta qué punto es imprescindible concebir, gestar, parir al paquidermo, cuando el músico dispone de formas más ágiles, veloces y certeras para desarrollar su arte? ¿Cuánta energía hay que poner en la imposible tarea de modificar las leyes del negocio discográfico, y cuánta en reclamar que haya más escenarios para el acto efímero que trasciende las épocas? ¿Por qué invertir hasta los riñones en una producción que muchos bajarán sin pagar, incluso antes de que el disco tenga existencia efectiva? ¿Por qué no mantener un flujo periódico, menos traumático, menos elefantiásico, de canciones que sostengan una práctica del contacto real, la verdad de la milanesa de un músico frente a su auditorio?
El siglo del disco está llegando a su fin, y el músico se reencuentra con la verdadera trascendencia. No es necesario parir con dolor. Y una guitarra no tiene por qué pesar siete toneladas.

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La iniciativa se planteó en Facebook hace un par de meses, y el 21 de mayo se realizó la presentación oficial: en Kika, Jeal Producciones convocó a los Premios Luca Prodan a la Música Independiente, que ya reciben postulantes para nada menos que 49 rubros repartidos entre artistas nacionales e internacionales, en géneros que van del tango al reggaetón. No es la primera vez que el nombre de Luca se utiliza para repartir premios, pero el proyecto llama igualmente la atención: utilizar al pelado, que se cagaba de manera olímpica en esa clase de estampitas, y promocionar el evento en una discoteca palermohollywoodense –que también podría haber sido Una noche en New York City–, tiene tanto sentido como instaurar los Premios Sid Vicious al Deporte o los Premios Ozzy Osbourne a la Música Folk.
Pero después de todo, ¿por qué habría que extrañarse? Desde que el mundo es mundo y la industria es industria, los premios poseen una lógica propia, una sintonía diferente de las cosas. Para complicar aún más el asunto, el del premio es un concepto mutante: es el terreno de juegos más divertido para la sardónica sonrisa de Jack Nicholson en Los Angeles, pero también el magro conformismo del hincha que ya vio perder a su equipo y obtiene el premio consuelo de que en el último partido del día el eterno rival caiga por goleada. Es el premio a la paz con nombre de inventor de dinamita, y el triunfo del hijo de uno en el concurso de manchas del jardín de infantes. Es la Copa del Mundo, el boleto capicúa y la rifa de los estudiantes rumbo a Bariloche, es aplauso, medalla y beso: con todas sus camaleónicas posibilidades, a todos les gusta recibir un premio.
Allí van, entonces, en el mismo oro y en el mismo barro, el esforzado volante de contención que recibe un premio a la perseverancia clavándola en el ángulo en el minuto 90, el político perseguido galardonado por su lucha por los derechos civiles, el escritor coleccionista de títulos literarios engualichado por tanta envidia ajena, el ganador del Gordo de Navidad y el que calzó el 314 a la cabeza, Melba Mondragón de Domínguez (el lector que la recuerde podría hacerse acreedor de un... premio), el guitarrista del año en la Encuesta Pelo 1980, el fabricante de yerba premium con su distinción a la excelencia y el noble potrillo que se llevó al tranco y de orejitas paradas el Gran Premio Carlos Pellegrini.
(He ahí un lindo brote de megalomanía: no conforme con la aparatosidad de un premio en sí, hubo quien buscó el non plus ultra de inventar el Gran Premio)
“No soy matemática, pero quisiera hablar de dos simples números que últimamente me vienen preocupando: el cero y el uno”, dice Laurie Anderson –mutada en presentador de voz masculina– en la apertura de Home of the brave, de 1984. “Echemos un vistazo al cero. Nadie quiere ser un cero. Ser un cero es ser una nada, un nadie, un ‘ha sido’. Por otra parte, casi todos quieren ser un número uno: ser un número uno es ser un ganador, al tope de todo, lo máximo. Lo cual explica un poco la obsesión nacional por este número en particular. Ahora, en mi opinión, el problema con estos dos números es que están demasiado... cerca. Dejan muy poco espacio para todos los demás.”
Punto para Mrs. Anderson: ¿qué pasa con el runner up, el segundo, o el tercero o el quinto, el billete sin premio? ¿Qué pasa con los que no tienen nada en la estantería, aunque hayan hecho cosas dignas de premio? Quizás es por eso que, en cierto punto de su larga historia, la Academia de Hollywood tuvo un brote de corrección política y dejó de decir “And the winner is...” para apelar al más elegante “And the Oscar goes to...” Vamos, ánimo, llegado a este punto todos somos ganadores, aunque solo el que levanta la estatuilla pueda después triplicar sus honorarios por película. Nadie puede tomarse demasiado en serio los American Music Awards, tan proclives a premiar según la tabla de recaudaciones y de venta de discos: la lógica de ese premio particular sí es de winners, el no obtener premio es aún más humillante, la certificación de ser un cero. Otros premios hacen hincapié en una orientación “más artística”, pero siempre quedará la duda de qué es lo que se premia, las ganas de ver a una estrella de rock subir al estrado y declarar “este premio me pone muy feliz, pero no por las razones que ustedes creen”, y que llegue a casa y use el gramófono dorado como adorno en la pecera tropical.
Los premios atraen, aburren, divierten, provocan discusiones inútiles, exceden la capacidad de asombro. Con el correr del tiempo apenas recordaremos si aquel programa que nos gustaba tanto ganó el Martín Fierro o quedó afuera del festejo por emitirse en el canal rival del que transmitió la ceremonia ese año. La ceremonia, precisamente, es lo que más sorprende de los Carlos Gardel, que premian –entre otros– a un género nacido sin ninguna ceremonia. “Y el Gardel de Oro es para... ¡Moris, por haber inventado el rock barrial con ‘El Mendigo del Dock Sud’!” La ceremonia que tanto gusta a las discográficas, entregarle el Disco de Oro o el Disco de Platino a un artista entre flashes y bocaditos, huele a cartón pintado: el sello le informa a Capif que vendió quichicientos mil discos de Enemigos íntimos de Joaquín Sabina y Fito Páez, y Capif emite el disco triple de platino y abundan las sonrisas y los brindis y las felicitaciones. Lo que todos prefieren dejar bajo la alfombra es que el sello vendió todos esos discos... a Musimundo, que en todas sus sucursales hace hermosas torres de CDs que esperan compradores que no llegan. Los discos de oro son un premio... a la creatividad de los ejecutivos.
Volviendo a los premios Luca Prodan: la elección del nombre también es curiosa por tratarse de unos galardones “a la música independiente”. Quizás haya que recordar que Sumo fue muchas cosas –casi todas buenas– pero no fue una banda independiente. Sí en sus inicios (para ponerse en preciosista, toda banda que comienza es independiente: no hay un empresario que pague la sala de ensayo y los instrumentos, los músicos consiguen eso con el sudor de su frente), sí cuando recorrió el circuito de pubs y editó con su propio dinero el notable Corpiños en la madrugada. Después apareció Walter Fresco y los hizo firmar para CBS, hoy Sony Music, hasta hace poco Sony BMG: fue en una compañía multinacional donde Sumo y Luca hicieron su carrera. Pero en eso no hay juicio peyorativo. Un resabio de ese modo “capanga de plantación de algodón” con el que los sellos tratan a menudo a los músicos llevó a la tajante conclusión de que todo lo que hace la discográfica grande es una perrada. Por extensión, la independencia se convierte en un valor positivo en sí: si es Bayer es bueno, el mero hecho de no bajarse los lienzos ante una multinacional parece alcanzar para darle lustre a una banda, aunque sus integrantes no tengan idea de cómo se construye un acorde con séptima disminuida.
La independencia como valor intrínseco es, si se quiere, efecto de dos experiencias exitosas en el campo, ambas nacidas en los ‘70: una de ellas contó con el aporte del recientemente fallecido Nono Belvis, que fue parte de la seminal iniciativa Músicos Independientes Argentinos. La otra nació como experiencia multidisciplinaria y terminó forjando un fenómeno de masas finalmente aplastado por su propio peso. Autogestionarios y enormemente celosos del cuidado de su obra, Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota fueron el modelo deseado por infinidad de agrupaciones que los siguieron e intentaron el mismo milagro, llevarse la legítima tarasca por cada show y cada disco vendido, no permitir el bastardeo de compilados hechos por el billete fácil, no acatar otras órdenes que las del propio instinto artístico. Cuando la cosa funciona, el premio mayor es que el triunfo es de uno y de nadie más, y los fracasos enseñan más que el tirarle una pelota resentida al entorno. El uno y el cero viven en la misma casa.
* * * *
Se dijo al principio, y es momento de repetirlo: no es la primera vez que se utiliza el nombre de Luca Prodan para una repartija de premios. Hubo un tipo que hizo lo mismo, que en su momento y en graciosas ceremonias en su boliche supo premiar a la revista web El Acople por su aporte al medio, galardonar a La 25 y Callejeros por su creciente popularidad. Era en Cemento y el tipo era Omar Chabán, hoy más cerca de Devoto que de la gloria de un premio.
And the Luca goes to...
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Ya se sabe que los fanáticos de Lost son legión: por eso no es de extrañar que en las conversaciones casuales de ayer, en el trabajo, en el medio de transporte, por teléfono, por SMS, en el hogar, la cuestión haya aparecido una y otra vez. En una macabra sintonía con la tragedia de Air France, el vuelo que llevaba a Jack, Kate, Sayid, Locke, Sawyer, Charlie, Hugo y demás también está rodeado de incógnitas, explicaciones a medias, misterios, rayos, turbulencias y pulsos magnéticos; en la tercera temporada, incluso, los habitantes de la isla perdida llegaron a enterarse de que para el resto del mundo su avión no había caído allí, sino en medio del océano. Es esa clase de alegorías que producen escalofríos, que ponen a la vida diaria en cámara lenta: como en el avión de Sydney imaginado por J. J. Abrams, los pasajeros de Air France provienen de lugares tan disímiles como Brasil, Francia, Alemania, Chile, España, Inglaterra, Marruecos y Argentina. Para disparar las seseras más febriles, el currículum de Pablo Dreyfus indica que es experto en tráfico de armas y narcotráfico. El horror de lo sucedido viene contaminado por la densa sensación de una realidad que parece imitar a la ficción: será por eso que en el día de ayer se hizo imposible despegar los ojos de las pantallas.
