30.3.10 

Karma police

La policía de la web cerró Los Inconseguibles del Rock Argentino. ¿Se puede saber a quién carajos le jode un sitio donde estaba colgado un show de Spinetta Jade en Cruz del Eje en 1982, o que se esforzaba por tener los discos que los sellos argentinos nunca se molestaron en reeditar, o los que le acercaban las mismas bandas?

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24.3.10 

El plástico también sabe latir


(Publicada hoy en Página/12)

Ir y venir/ Seguir y guiar/ Dar y tener/ Entrar y salir de fase:/ amar la trama, más que el desenlace.

Tiene la amable sencillez del uruguayo promedio, pero ese cuerpo flaquito alberga una ambición sin límites: la de buscar siempre nuevos horizontes para la canción. Jorge Drexler es un tipo envidiable. Tiene canciones inolvidables y una rica capacidad de interpretación, tiene un Oscar a “Al otro lado del río” y tiene a su lado a un bombón de la Madre Patria como Leonor Watling. Cuando parece que ha encontrado el surco donde transitar sin mayores sobresaltos, pega el volantazo y busca otro abordaje a un arte sin edad. Y lo hizo de nuevo. El charrúa radicado en España acaba de editar un nuevo disco, Amar la trama, que no puede definirse sino como otro tesoro a paladear sin prisa y sin pausa. Uruguayo, uruguayo, dónde fuiste a parar.

Si en el disco en vivo Cara B Drexler hizo brillar una arriesgada apuesta, sampleándose a sí mismo en tiempo real y jugando con la paleta sonora que de eso surgía, manipulando la tecnología para enriquecer la canción en vez de disfrazarla, aquí el músico cambió la baraja. Para registrar las doce canciones de Amar la trama, Drexler convocó a un reducido grupo de personas al estudio CATA de Madrid, donde a lo largo de cuatro días de noviembre de 2009 fue imprimiendo el material en vivo, con mínimas sobregrabaciones. Más allá del obvio ensayo anterior, esa decisión le dio al disco una espontaneidad y naturalidad que trasciende los parlantes (o los auriculares), que hace sentir que hay algo que está latiendo allí, en un simple cacho de plástico.

En ello, claro, intervienen las páginas que van surgiendo, y el andamiaje instrumental que les da vida. Ni sequencers ni sintes, ni loops ni plugins: nobles maderas y parches de percusión, una inspirada y sutil sección de vientos, marimba, guitarras españolas, acústicas o eléctricas con caja, serrucho y moxeño, el Hammond de Ben Sidran, componen un audio orgánico, que da aún más profundidad a canciones de tanta belleza como “Tres mil millones de latidos”, las relajadas, climáticas “La nieve en la bola de nieve” y “Aquiles, por su talón es Aquiles”, “Mundo abisal” –donde vuelve a jugar con su capacidad para vulnerar las leyes de la métrica sin afectar a la melodía–, o la luminosa “Una canción me trajo hasta aquí”, de esas que despiertan las inmediatas ganas de cantar. O, claro, “La trama y el desenlace”, uno de esos ejemplos a los que cualquiera acude cuando tiene que explicarle a alguien por qué Jorge Drexler ocupa un lugar especialmente estimado en la discoteca.

Tal como puede verse en el DVD que acompaña la edición doble de Warner, Drexler se reserva dos momentos de cruce familiar, de especial goce. Uno es el delicioso dueto con Watling (quien, además de actuar, encabeza el grupo Marlango) en “Toque de queda”, otra cumbre de un disco lleno de ellas. El otro es “Noctiluca”, sentido homenaje al bebé Luca en el que participa su hijo mayor Pablo, agregando ternura con su cajita musical. “Un día entenderás que habla de ti/ esta canción encandilada”, canta Jorge, uruguayo sensible, pero el que ya está encandilado es el que escucha. Felizmente atrapado por una trama de la que ya está claro el desenlace.

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21.3.10 

Puro grupo


(Publicada hoy en Página/12)

El Diccionario Etimológico del Lunfardo de Oscar Conde define “engrupir” como “Embrollar, distraer, atraer con halagos/ Engañar, embaucar, mentir”, y remite a “Grupo”: “Ayudante del ladrón, cuya misión en la estafa es atraer a la víctima/ Mentira, embuste”. Debe haber sido esa cercanía cronológica con el lenguaje de los tangueros lo que llevó a que, en los albores del rock argentino, no se hablara de grupos sino de conjuntos. En los programas musicales televisivos de la época también presentaban muchos “conjuntos beat”, pero sus himnos pasatistas sí que eran puro grupo. Litto Nebbia, Luis Alberto Spinetta o Javier Martínez no hablaban de su grupo sino de su conjunto, y Pinap, Pelo y Expreso Imaginario reflejaban la actividad con esa terminología. Sólo con el correr del tiempo se familiarizó lo de “tengo un grupo” o, más aún, “acá en la esquina toca una banda de blues”. Hoy ya casi nadie dice “armemos un conjunto”, del mismo modo que se escucha poco que alguien diga “A mí no me vengas a engrupir”: más de uno lo miraría como quien siente un penetrante olor a naftalina.

En cierto punto de la historia reciente, el grupo también dejó de ser sinónimo de cartón pintado para adquirir una pátina de peligrosidad. Cuando el sindicato de los asesinos tomó el poder en 1976, se le indicó a la población que toda reunión callejera de más de tres personas sería considerada una alteración del orden público, un intento de conspiración, una célula subversiva, y se actuaría en consecuencia. Este cronista recuerda aún el terror de ciertas madrugadas, cuando se veían a la distancia las luces del patrullero y el grupo de amigos debía desperdigarse, tirarse en el cordón de la vereda al abrigo de un auto, meterse en un edificio, salir de la vista, desaparecer. Los milicos no sólo borraban gente en sus campos de concentración, también buscaban eliminar toda forma de agrupamiento, de coincidencia, de organización, aunque no fuera más que de una amistad adolescente. Los que se juntaban en la calle Bogotá al 2300 no eran un grupo de amigos, eran una barra, un término que hoy se antoja demasiado parecido al barrote.

Quizá fue a fines de 1983 que el grupo dejó de ser una mentira o una actividad peligrosa para ser simplemente eso, un grupo. Los recitales gratuitos de enero y febrero de 1984 fueron una suerte de bautismo de fuego, un signo de época. En Barrancas de Belgrano podían tocar las figuras más relevantes de la escena de entonces, pero a los shows se acercaban grupos moderados de entre cinco mil y diez mil personas: hasta ese punto la práctica de agruparse se había oxidado, hasta ese punto había que superar el miedo a que alguien advirtiera que eran más de tres personas y obrara en consecuencia. Hoy que damos por sentada nuestra libertad, y que el rock forma parte natural del tejido social, si Spinetta o Fito (dos de los que se subían a esos tablados) se presentaran allí las Barrancas rebalsarían.

* * * *

El grupo es, por supuesto y sobre todo, una forma de pertenencia: nos agrupamos con quienes coincidimos, y hasta en los “grupos de discusión” hay coincidencia en que hay algo que discutir. Es por eso que uno de los pilares en los que se apoya el fenómeno Facebook –que acaba de superar a Google, nada menos, para ganar el podio del sitio más visitado de la web– es sin dudas su herramienta de Grupos. Un recurso que, como sucede con otras aplicaciones de la red social inventada por Mark Zuckerberg, se ha convertido ya en un chiste medio remanido, trillado. Eso no le quita interés: tímidamente al principio, con bríos después, finalmente de modo exasperante, el recurso de definir y abrir un grupo virtual, comunicarlo y difundirlo sirve, también, como radiografía de la sociedad real.

Sería engorroso enumerar aquí semejante abanico de posibilidades, pero baste decir que en todas se esconde una forma de pertenencia, una declaración de principios. Cuando alguien “pide amistad”, el que recibe ese pedido suele echar un vistazo a los grupos a que pertenece el solicitante, una forma de “conocerlo”. Abundan los “Odio a...” y ya hubo algún debate sobre “Basta de grupos que dicen ‘Odio a’”; como hay de todo en la viña de la red, uno se puede encontrar con deformidades como “Odio a The Beatles y me enorgullezco de eso” (17 miembros). Pero los hay también de expresión de deseos, como el que propone a Víctor Hugo Morales como relator de los partidos del Mundial en la TV Pública. El periodista uruguayo ya dijo que eso no sucederá, pero de todos modos el grupo airea su entusiasmo por superar los 4 mil miembros. Y por cada personaje puede haber un apoyo, sea a la Presidenta o a Cobos, a Carrió o a Marcó del Pont, a Estela Carlotto o al Tigre Acosta. Y hay grupos de protesta y grupos de propuesta, grupos humanistas y grupos neonazis, grupos que responden a otros grupos, grupos con cierta lógica y otros decididamente inexplicables. Cada cual encuentra su bandera, define su personaje facebookiano y se agrupa en la sociedad de ceros y unos.

Hay quien dice que en algunos casos el grupo de Facebook no es más que un sucedáneo de la verdadera militancia, una forma de expresar indignación sin mayores consecuencias y calmar la conciencia con que “algo estoy haciendo con este atropello, y joder, el grupo ya tiene 2500 miembros y vamos por más”. Fulano se ha unido al grupo “Basta de destruir la educación pública”, y a Mengano Le gusta y se une y lo recomienda, y Zutano se une y así, y parece que la revolución está en marcha. Pero a veces las cosas pasan de lo virtual a lo real: aunque haya contado con cierta amplificación televisiva, es cierto que la marcha propuesta en FB por el grupo 678 terminó corporizando una buena bocha de gente en la Plaza de Mayo. En los días del nombramiento de Abel Posse como Ministrosaurio de Educación, fueron muchos los que sintieron que la indignación expresada en un puñado de grupos multitudinarios contribuyó a la cosa pública, al deseado desenlace del paso al costado del fascista. El teclado y el mouse como palancas de cambio.

Y así, en la pantalla y en la vida, se siguen formando grupos. Grupos que tocan y grupos que hablan, grupos que celebran o denuestan, grupos que son grupos y grupos que son lunfardo: hasta el futbolista que acaba de patearle la cabeza al compañero que erró un pase trascendente sale del vestuario y declara a las cámaras que “el grupo está bien”. Hasta un grupo de legisladores que hasta hace poco se hacían macumbas entre ellos se ajustan la corbata, el traje sastre, y declaran muy orondos que son un grupo unido en pos de un país mejor.

Y uno siente que lo están queriendo engrupir.

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17.3.10 

La vida del pop según Blur



(Publicada hoy en Página/12)

El tipo está entre las sombras, vencido, la cabeza inclinada, sin poder contener las lágrimas. La multitud en Glastonbury no deja de corear “oh my baby, oh my baaaaaby...”, un mantra que electriza la noche y que hace caer todas sus barreras. No es uno del público, no es un plomo ni un allegado a la banda: es uno de los protagonistas del asunto. Se llama Damon Albarn y tiene la piel curtida por mil batallas, pero el reencuentro con Graham Coxon, Dave Rowntree y Alex James tiene la potencia de esas cosas que se quedan a vivir para siempre en el alma de un músico. En el alma de una banda llamada Blur.

La escena es uno de los puntos culminantes de No Distance Left to Run, el imprescindible DVD que EMI acaba de lanzar en la Argentina. Imprescindible porque pone en foco no sólo la historia del cuarteto surgido en Colchester y desarrollado en Londres sino, también, el devenir reciente del pop británico en sí. En esa historia, Blur posee un cacho grande de responsabilidad, y la cajita –por si quedaba alguna duda– viene a demostrarlo. El primer disco presenta un documental dirigido por Dylan Southern y Will Lovelace, una hora cuarenta de entrevistas, imágenes nunca vistas del grupo y un repaso del retorno de 2009, cuando un encuentro casual entre Coxon y Albarn derivó en sala de ensayo, gira veraniega y apoteósicas apariciones en Glasto y el Hyde Park. El segundo es precisamente ese show completo en el parque londinense, de “She’s so High” a “The Universal”, una cabalgata de éxitos revitalizada por el pulso de este Blur siglo XXI. Lo que produce ver ambos discos lleva a que el espectador se deje llevar un momento por ese estúpido River-Boca aplicado a la música, y se pregunte cómo es que alguna vez pudo haber una discusión de “Blur u Oasis”.

Más allá de esos enfrentamientos inútiles, No Distance... es una notable disección de todos los Blur posibles, el que asomó la cabeza con “There’s no other Way”, el que propuso volver al sonido británico en plena era grunge con Parklife, el grupo de éxito masivo con “Country House” y el que sufrió el backlash y pasó a ser el más odiado de las islas, el que posó la mirada en Estados Unidos para salvajadas como “Song 2” y “Beetlebum”, el que se dejó llevar por la experimentación en 13, el grupo en rápida disolución con una borrachera permanente, la partida de Coxon y el extraño Think Tank. La franqueza de las entrevistas desnuda el proceso de descomposición y posterior acercamiento entre los músicos, hasta ese reencuentro de Graham y Damon en un portal de Londres, ante la mirada atónita de unos pibes que vivían allí y de pronto se encontraron con dos leyendas volviéndose a abrazar.

Lo demás es música, esa clase de música que queda inscripta en los libros. Y algunas imágenes sorprendentes, como los primeros shows de la banda o el cruce entre Damon y Liam Gallagher en un backstage donde, más que estar al borde de las piñas, parecen estar compartiendo una broma secreta sobre el enfrentamiento que dividió a la escena inglesa de los ’90. Casi cuatro horas para reencontrarse con un grupo que también supo demoler el Luna Park, y cuya resurrección permite soñar con otra visita. Después de todo, hasta Albarn, habituado a la adoración, a vender millones con Blur y Gorillaz, elegante estrella del pop, puede ser también un pobre tipo en un rincón del escenario, quebrado por la emoción de que alguien cante sus canciones.

15.3.10 

El rock sabe abrazar

(Publicada hoy en Página/12)

“Los fachos de Internet se preguntan cómo es que estamos ayudando a los chilenos si ellos cedieron las islas para la guerra de Malvinas. Yo les respondo que esa determinación no la tomó el pueblo chileno, sino un genocida y ladrón como fue Augusto Pinochet. Si comparamos al pueblo chileno con Pinochet es como si nos compararan a nosotros con Videla. Ayudamos a Chile porque los pueblos argentino y chileno estamos hermanados desde siempre.” La frase sirvió como excelente resumen de las intenciones detrás de Argentina abraza a Chile, el festival que el sábado juntó a casi cien mil personas que dejaron 40 toneladas de alimentos, ropa y artículos de primera necesidad para las víctimas del terremoto en el país trasandino. El párrafo es muy de León Gieco, pero también puede abarcar la generalidad: como movimiento, el rock argentino ha tenido infinidad de rencillas, diferencias ideológicas, estilísticas y estéticas, peleas públicas y privadas. Pero hay algo en sus creadores y su público que hace saltar toda barrera, un espíritu de cuerpo que permite que así, casi de la nada, con solo la iniciativa, en apenas unos días se realice una gesta heroica.

Quizá tenga que ver con las propias dificultades con las que debió lidiar: desde los peluqueros policiales de Onganía en adelante, el rock local supo que hay cosas que deben pelearse en bloque, que hay necesidades que no tienen soluciones individuales. Ninguna bala parará este tren, cantaron Los Abuelos, y en esa convicción reside una fuerza que habilta hechos como los de Figueroa Alcorta y La Pampa. Nada de “hagamos un single y donemos las regalías”, o planes ambiciosos de logística pesadillesca. Los rockers pusieron el cuerpo, se subieron al escenario y utilizaron su poder de convocatoria para un abrazo poderoso, una ayuda real e inmediata. En un momento en que la ayuda desde el rock aparece cuestionada (véase el artículo sobre Live Aid en la edición de ayer de este diario), resulta especialmente significativo que este encuentro de estrellas haya dado semejante resultado. Un antídoto contra el escepticismo. Y contra los fachos.

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9.3.10 

¿Seguimos ganando?


(Publicada hoy en Página/12, dentro de la producción Oscar 2010)

El chiste-cábala ya circula en Internet. En 1986, Argentina consiguió su primer Oscar con La historia oficial, y poco después obtuvo el Mundial de Fútbol disputado en México. ¿Acaso es un signo de los dioses? La alegoría futbolera tiene sus contras: un hincha de River podría recordar que también en 1986 la banda roja ganó todo lo que disputó, situación diametralmente opuesta a la actualidad del equipo de Núñez. Pero no es el único matiz de esta clase de asociaciones caprichosas a las que el argentino medio es tan dado. El Oscar a El secreto de sus ojos llegó también el mismo día de otra hazaña deportiva, la de David Nalbandian en Suecia, cuestión que refuerza esa clase de triunfalismo que nos caracteriza, contrapesado por esa sensación de derrota permanente que surge una y otra vez. Pero lo cierto es que estos éxitos en terrenos tan difíciles como Hollywood disparan el banderismo a ultranza, la mezcla de tantos que se acerca al patrioterismo.

Al decir de (otra vez la pelota) José Luis Chilavert, la Argentina no ha ganado nada. La mera verdad es que un equipo comandado por Juan José Campanella obtuvo la máxima distinción del mundo del celuloide, con total justicia y por el mérito artístico de la obra realizada. No fue una nación, no fue el espíritu de un pueblo, no fue la totalidad del cine local. Pero eso será difícil de poner en foco en los días que vendrán, que abundarán en conceptos del estilo “los argentinos también podemos”, del somos campeones, somos locales otra vez. En la otra vereda sonará ese otro clásico argento, expresión de aquel derrotismo tanguero y la relativización de todo, eso que ya se puede leer por ahí: “Vamos, la película no es taaaan buena”. Qué va a merecer un Oscar si Campanella vivía a la vuelta de mi casa.

En última instancia, no estaría mal dejar que los tantos se mezclen un poco para señalar una linda paradoja. Las dos películas que se llevaron la preciada estatuilla de la Academia tienen como telón de fondo la peor dictadura sufrida por la Argentina, la de los militares sanguinarios, torturadores, apropiadores de niños, ladrones, asesinos. En una época en la que un tal Eduardo Duhalde coincide con Cecilia Pando en la necesidad de una “reconciliación”, no estaría mal que se dieran una vuelta por el cine, y se preguntaran por qué esta clase de películas terminan teniendo semejante relevancia.

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8.3.10 

El poder de una buena historia


(Publicada hoy en Página/12, dentro de la producción Oscar 2010)

En una elección suelen jugar infinidad de factores, algunos no del todo lógicos. En las elecciones que hace la Academia de Artes y Ciencias de Hollywood juegan algunos que incluso son difíciles de elucubrar, esos que hacen enarcar las cejas ante un premiado discutible. Pero hay algo en lo que suele encontrarse coincidencia, y es en el gusto de los académicos por las buenas historias bien narradas, eso que llevó a que una película como Shakespeare in love, que seguramente no revolucionó el arte del cine, se llevara siete estatuillas.

Eso es lo que hace plena justicia con el Oscar a El secreto de sus ojos: la película de Juan José Campanella tiene muchas virtudes –actorales, técnicas, de puesta en escena, de ritmo, de reconstrucción y recreación fílmica de la vida–, y entre ellas brilla especialmente la potencia de la historia que cuenta, y el magnetismo y el músculo con el que está narrada. La pregunta de sus ojos, el libro de Eduardo Sacheri, ya era una gran novela. Campanella la tomó y supo hacer con ella una gran película, que se merece todo el ruido que generó antes, las multitudes llenando las salas y el escándalo mayor que vendrá ahora. Todo ello, con su peso y su significado, seguirá siendo sin embargo una piedrita frente a la montaña que significan las narraciones que dejan marca. No sólo por el especial color que da cierto momento de la Argentina que retrata la película, sino porque allí no hay cartones pintados sino personas de carne y hueso, movidas por sus pasiones y por ello creíbles, capaces de generar empatía o desagrado, de mover y conmover.

And the Oscar went to... una peli argentina. Pero, mejor aún, el Oscar fue para una obra que cumple por todo lo alto con el honorable arte de contar una buena historia. Todo brindis será merecido.

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7.3.10 

Los hilos de la marioneta



(Publicada hoy en Página/12)

Formaron parte del imaginario de una generación que creció con cuatro canales en blanco y negro, autitos de plástico tuneados con plastilina y cucharita y el Meccano como expresión de tecnología de punta. Cuando Joe 90, Thunderbirds, Stingray o Supercar aparecían en pantalla, el mundo se detenía. Pero la fascinación por las marionetas de Gerry Anderson llegaba al éxtasis con Capitán Escarlata y su saga de lucha contra los marcianos (en el original, los Mysterons del planeta Marte), que podían revivir personas y animales reconvertidos al mal. El director inglés había inventado la supermarionation, una forma de animación que permitía el milagro de que los muñecos movieran los ojos y la boca en sincro. Por lo demás, la fantasía era parte fundamental del fanatismo: los toscos movimientos del Capitán Escarlata, su compañero Blue, el Capitán Black (su némesis, humano convertido en líder de la invasión marciana), el Coronel White y los Angeles, bellas aviadoras que custodiaban la base en las nubes, no iban en detrimento de las historias. Se les veían los hilitos, pero a quién le importaba eso.

Curiosamente, a los que no se veía nunca era a los marcianos: haciendo abstracción de la sci-fi imperante en los ’60, Anderson tuvo la inspirada idea de que la presencia invasora solo se revelara a través de dos enigmáticos círculos de luz que pasaban sobre el humano muerto y lo volvían a la vida. Mostrando lo que supuestamente se debía ocultar y escamoteando los enanitos verdes de rigor, las marionetas de Gerry –y sus hilitos– hicieron historia.

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Militante de centenares de batallas por la dignidad y los derechos de las mujeres, íntima amiga de Néstor Perlongher –en estos días se la puede ver mostrando raras fotos del poeta en el notable film Rosa Patria, de Santiago Loza–, Sara Torres supo contagiarle a este que escribe una definición que solía soltar ante personajes fatuos, sobreactuados, directamente fallutos: “Se le ven los hilitos”. La definición, tan precisa como corrosiva, tiene aplicación universal, que excede las analogías más obvias.

En estos días, la pantalla de TV repite un aviso publicitario de una proveedora de servicios de telefonía celular protagonizado enteramente por niños. En situaciones típicamente infantiles o en reproducciones de la vida adulta trasladadas a los niños, los locos bajitos hacen uso de las aplicaciones de sus teléfonos para transmitir la necesidad de que todo pequeño tenga su primer aparato. En la brutalidad del mensaje, la búsqueda directa de provocación, se ven los hilitos del pensamiento publicitario. Al dejar a un lado todo prurito sobre la explotación comercial del infante se pone al descubierto la intención y el deseo de que la polémica se desencadene, que alguien salga a argumentar su indignación y los creativos publicitarios salgan a defenderse, dándole forma a una bola de nieve que en última instancia ayude a eso que la publicidad busca: que la marca esté en boca de todos y los aparatitos –o los contenidos digitales, que hoy son un negocio tan grande como el del hardware– se vendan.

No cuenten con esta columna, muchachos. Que las publicidades, esas piezas de ficción que nos quieren convencer de que debemos salir corriendo a comprar equis producto, sigan haciendo su negocio. Que los padres que no quieren contaminar aún a sus pequeños con la dependencia tecnológica se abstengan de comprarles celulares, y que los padres a los que no les parece tan tremendo se los compren. Pero sepan que esta vez los hilitos son aún más gruesos que los que movían a Joe 90.

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Hablando de publicidad: esta semana, otra campaña dejó ver hilos mal disimulados. El lunes por la tarde, Diego Armando Maradona dio una conferencia de prensa en la que, ante una pregunta de Marcelo Benedetto, habló de que el Mundial ’78 y el Mundial ’86 habían sido una gran cosa pero hacía 24 años que no se ganaba nada, que había que revelar nuevos héroes y escribir una nueva historia. Al día siguiente, Buenos Aires apareció empapelada por afiches de la marca Nike con el 1986 tachado y un 2010 con la leyenda “Escribamos historia”. No solo eso: la campaña se repitió en Clarín y La Nación con tres páginas de avisos que reproducían, palabra más, palabra menos, el concepto del discurso del Diez. Curiosa repentización, aún más curiosa si se considera que –como contó el periodista Pablo Vignone en este diario– Benedetto suele animar eventos corporativos de Nike. Hace años, Manu Chao le comentaba a este cronista que para él era claro quiénes protagonizarían la final de Francia ’98: Adidas y Nike. Adidas viste a la Selección Argentina. Nike mueve hilos para embarrarle la cancha. Y en los pasillos futbolísticos se habla de mordidas que nada tienen que ver con perros rabiosos.

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Se le ven los hilos a un estribillo tribunero, a un blanquito imitando el discurso gangsta rap, a un solo de guitarra de épica forzada, a un profesor que intenta tocar el Himno en la flauta traversa al iniciar las clases, a los libros de autoayuda al estilo Sea millonario en un año, al grupo inglés que llena estadios con un correcto pastiche que roba un poquito de The Beatles, un poquito de Blur, otro poco de Oasis y un buen cacho de U2, al locutor televisivo que descarga ironías ante cualquier cosa que haga el Gobierno pero cuando habla de las pistolas Taser de Macri solo señala al pasar que “una ONG dijo que eran peligrosas”, ocultando que la ONG en cuestión es nada menos que Amnesty International y lo que dijo es que son instrumentos de tortura. Se les ven los hilos a los argumentos de telenovela que vuelven sobre el niño rico-mujer humilde (o viceversa) y la mujer que no sabe que ése es su hijo perdido, y que cuando afloja el rating ponen en riesgo de muerte a la mitad más uno del elenco. Se le ven los hilos al futbolista-marioneta que vuela por los aires ante un mínimo roce y gesticula para la tribuna y las cámaras de TV. Se le ven los hilos al jingle publicitario que suena casi igual al hit de la radio, al músico en decadencia que arma un compilado de covers clásicos o intenta volver al ruedo con un festival solidario, al movilero que intenta poner la frase efectista en boca del entrevistado callejero de ocasión, al arengador AM que pide mano dura, mano dura y mano dura. Algunos programas televisivos de archivo revelan los hilos que mueven a ciertos políticos, cuando contraponen sus declaraciones de estos días en el Congreso y las cosas diametralmente opuestas que decían y hacían en los ’90 o en 2001.

(Si se lo mira bien –vamos, haga el esfuerzo, usted puede–, Carlos Saúl I, Rey de Anillaco en desagradable rentreé, parece una marioneta de Gerry Anderson.)

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Being John Malkovich, brillante película de Spike Jonze protagonizada por el fracasado titiritero de John Cusack, entrega inolvidables reflexiones sobre el arte de la manipulación. En 2004, Trey Parker y Matt Stone rindieron su propio homenaje a Gerry Anderson. Lo hicieron, claro, a su manera: con el mismo espíritu salvaje de South Park, el dúo puso en acción a Team America: World Police, una fascista escuadra de marionetas que, en nombre de la pax americana, es capaz de arrasar con todo a puro balazo y bombazo. Con la posibilidad tecnológica de borrar todo rastro de las cuerdas que mueven al muñeco, Parker y Stone las dejaron bien a la vista, una ácida denuncia del estado de las cosas en su país.

Anderson aún vive: en 2005 hizo un New Captain Scarlet plasmado en un CGI tecnológicamente intachable. Pero ya no es lo mismo. A veces es mejor que los hilos estén a la vista, para al menos tratar de saber quién es el que está allá arriba moviéndolos.

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Responsable

  • Eduardo Fabregat
  • Buenos Aires, Argentina
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