25.4.10 

Sordos


(Publicada hoy en Página/12)

Si no hay canción, ¿cuál es? El mundo sordo como un pie.
(Divididos, 1991)

No es la primera vez que se dice, pero es el informe más reciente. Esta semana, el profesor Peter Rabinowitz, del Programa de Medicina Ocupacional y Ambiental de la Universidad de Yale, señaló que el uso indiscriminado de reproductores de MP3 producirá una generación de personas con serios problemas de audición, que llegarán a la sordera lisa y llana. En el British Medical Journal, Rabinowitz escribió que el uso y desarrollo de los aparatitos “ha crecido mucho más rápido que nuestra habilidad de mensurar las potenciales consecuencias en la salud”. Según los estudios en los que se basó el profesional, más del 90 por ciento de los jóvenes escuchan música por esa vía, a menudo por varias horas diarias y al taco. “Insertar los auriculares en el canal auditivo intensifica el volumen hasta llegar a los 120 decibeles, equivalentes al motor de un jet”, señala, y cita un reporte del Royal National Institute for the Deaf que afirma que el 66 por ciento de los usuarios de iPods y gadgets similares escucha música a volúmenes que superan los 85 decibeles. “Nuestro apetito por nuevas tecnologías debería ser acompañado por esfuerzos igualmente vigorosos por entender y manejar las consecuencias del cambio en los estilos de vida”, se preocupa el profesor.

Desde los tiempos de Beethoven, la sordera es un vampiro que sobrevuela al mundo de la música. En una célebre declaración, Pete Townshend señaló hace algunos años que “tengo un serio daño auditivo, que se manifiesta con el tinnitus que resuena en mis oídos frente a algunas frecuencias que toco en la guitarra. Es algo doloroso, algo frustrante”. El guitarrista de The Who (banda alguna vez incluida en el libro Guinness como “la más ruidosa del mundo”) no es el único enfrentado a semejante problema, pesadilla de cualquier músico: Sting, Jeff Beck, Eric Clapton, James Hetfield, Lemmy Kilmister, Ted Nugent, Mick Fleetwood, entre muchos otros, han admitido en entrevistas periodísticas que el oficio les fue taladrando el canal auditivo, dejándolos al borde de la desesperación... y convirtiéndolos en presa fácil para chistes sobre la calidad de sus trabajos más recientes.

Que la sordera sea un riesgo cierto para los músicos es una paradoja del tamaño de una pared de Marshalls, pero se entiende porque lo suyo es la exposición permanente al volumen en 11. La cosa toma otros visos cuando los que se ponen en riesgo son los consumidores de música, en un número alarmante: como bien dice el profesor Rabinowitz, es el cambio en los estilos de vida, el apetito por nuevas tecnologías, lo que introduce una variable novedosa. No es que antes del reproductor de MP3 el amante de la música no castigara sus oídos, pero la masificación de la escucha portátil y el poderío de los nuevos artefactos multiplica al grupo de riesgo, que para colmo no se detiene mucho a pensar en las salvajadas a las que somete a los huesos más pequeños de su cuerpo.

Analizar los gráficos de las grabaciones más recientes lleva a la conclusión de que el grueso de los productores opta por la gran compresión y los niveles altísimos: para competir en la jungla de las FM hay que imponerse por prepotencia de sonido. Pero, como dice cualquier ingeniero de audio con dos dedos de oreja, más alto no significa mejor. Del mismo modo, mayor volumen no significa escuchar mejor: a menudo es lo contrario, sobre todo si se tiene en cuenta que el formato MP3 no es precisamente un dechado de calidad acústica. Uno a veces se descubre tarareando la canción que sale de los auriculares del que está sentado al lado en el bondi (o un par de asientos más allá), mientras se pregunta cuánto tiempo tardará ese individuo en responder a cualquier frase con un “¿Qué?”.

Y en estos tiempos en que a cualquier situación se responde con la teoría del complot: ¿Y si todo es una gran conspiración? ¿Y si los fabricantes de MP3 players ya tienen cientos de containers llenos de audífonos para los futuros sordos? El predicamento de artistuchos horribles de todo género, que hace algunos años solo podrían haberle lustrado las guitarras a los grandes de verdad, ¿no será un indicativo de que la sordera es un mal ya enquistado en la sociedad? ¿No habrá un gordo detrás de un escritorio presionando a los fabricantes de reproductores para que en el manual de instrucciones pongan el aviso “Escuchar música a niveles excesivos puede dañar su audición” en letras cada vez más pequeñas y marginales, para poder seguir editando basura bien empacada sin que nadie se dé cuenta? ¿Es Arjona un hijo del tinnitus?

¿A quién le sirve una generación de sordos?

* * * *

“Sí, sí, ya sé que es más fácil bajar música, y probablemente más barato. Pero, ¿qué están pasando en tu negocio favorito de downloads cuando entrás? Nada. ¿A quién te vas a encontrar ahí? A nadie. ¿Dónde está el tablón de anuncios pidiendo músicos para bandas destinadas al estrellato? ¿Quién te va a decir que dejes de escuchar esto y aquello y le pongas atención a aquello otro? El ahorro te va a costar una carrera, un grupo de amigos copados, gusto musical y, eventualmente, tu alma. Las disquerías no te van a salvar la vida, pero pueden darte una mejor.” El párrafo pertenece a Nick Hornby, autor de maravillas como Alta fidelidad, 31 canciones y Fiebre en las gradas, y fue pronunciado para apuntalar el Independent Record Store Day que se celebró el sábado 17 en 18 países de cuatro continentes: una celebración de la disquería al viejo estilo que incluyó el lanzamiento de ediciones especiales en vinilo con canciones de The Beatles, Bat For Lashes, Pet Shop Boys, Hot Chip, Babyshambles, Lily Allen y un nuevo single de Blur, “Fool’s Day”.

Afortunadamente, hay un romanticismo musical que se niega a morir, y que no se verifica solo en un Primer Mundo donde el público puede costearse las “inconveniencias” de seguir paladeando vinilos. En Buenos Aires hay muchas y buenas disquerías “al viejo estilo”, la contracara de esos McDonald’s de la música donde los dependientes solo saben lo que dicen los displays de cartón entregados por las discográficas. La flamante, deliciosa revista Alta fidelidad (para conseguirla, ingresar a altafidelidadmag.com.ar) demuestra que el movimiento no reconoce desigualdades económicas ni geográficas. Si se ha globalizado el consumo digital, no hay razón para abandonar un planteo de globalización de otra forma de escuchar música, que tiene muchas más facetas que las apreciables a través de los parlantitos de la computadora o los presets de ecualización del iPod.

* * * *

Hablando de globalización: hace un par de semanas se disparó una áspera polémica con respecto a Spotify, que con sus siete millones de usuarios es uno de los sitios líderes de download y streaming de música. Un informe de las asociaciones de autores de Gran Bretaña señaló que el millón de escuchas de “Poker face” le reportó a Lady Gaga la fabulosa suma de... 167 dólares. Al día siguiente, Paul Brown, Vicepresidente de Alianzas Estratégicas de Spotify (ah, las corporaciones y sus maravillosos cargos ejecutivos con grandes sueldos), salió a declarar que los datos eran inexactos, que en la empresa se sentían “decepcionados” y “deprimidos” por tanta ignominia. No dio niguna cifra específica que rebatiera las versiones, pero sí dijo que “estamos trabajando duro para hacer crecer un negocio sostenible que compensa bastante a todos los involucrados y en especial a los compositores y artistas”. Los centenares de músicos que han sido esquilmados por la industria a lo largo de la historia sabrán reconocer esa clase de declaraciones. Hace ya una punta de años, el Indio Solari y Skay Beilinson escribieron una canción que arrancaba con “Quiero impresionar a ese gordo tramposo...” y señalaba: “De todas tus ofertas, me cago de risa”.

Entre la industria y los músicos siempre será difícil un acuerdo que satisfaga a todos. Será porque unos hablan de música y otros hablan de plata, unos buscan los matices y otros el volumen brutal. Un diálogo de sordos.

Etiquetas: , , ,

21.4.10 

Saga del hombre impermeable


(Publicada hoy en Página/12)

Say No More es impermeable”, dice el tipo, y refuerza el impacto que produce ver esas imágenes. Si faltaba algo para agregarle dramatismo a la rentreé de Charly García tras los sonados sucesos de Mendoza, la internación, la quinta de Palito Ortega y toda esa hojarasca, era el vendaval que azotó a Buenos Aires la noche del 23 de octubre de 2009. No se trató, entonces, sólo del regreso del bigote: fue un acto heroico para músicos y público, una épica cabalgata de hits pasados por agua. Una velada histórica que ahora tiene su necesario registro, el CD + DVD El concierto subacuático, retrato del hombre que al fin pudo doblarles el brazo a los excesos.

La cajita, entonces, es la pintura en movimiento de una lucha sin cuartel contra las inclemencias del tiempo. Y eso en más de un sentido: sólo un ingenuo podía esperar que García saliera al ruedo de Vélez con la voz de Seru Giran o la explosión de sus primeros años como solista. Pero en la tranquilidad del hogar, sin los baldazos empapando la humanidad, ver y escuchar a este Charly produce una sensación reconfortante. Respaldado por una banda sólida como una roca, largamente ensayada (eso que en el Constant Concept de los últimos años era un ítem siempre en deuda), el protagonista de la noche se permite cantar de pe a pa, esforzándose por estar lo más cerca posible del original, con la evidente mella de tantos años de drogas y alcohol pero enfocado, atinado, capaz de erizar la piel. Se comprueba en “Llorando en el espejo”, donde los teclados del Zorro Vön Quintiero parecen decir no va más bajo la lluvia, pero Charly canta y canta, su aspereza en deliciosa combinación con el terciopelo de Hilda Lizarazu. O en “Canción de 2x3”, o en “Promesas sobre el bidet”: clásicos inquebrantables recargados por la emoción del momento, pincelados por el diluvio. No están todos (quedó afuera, por ejemplo, “Adela en el carrousel”), pero lo que está alcanza.

Hilda, el Zorro, el Negro García López, Kiuge Hayashida, Antonio Silva Peña y Carlos González propician el sostén. García se da el gusto de volver a brillar. Se enzarza en una emotiva versión de “Rezo por vos” junto a Luis Alberto Spinetta, levanta a todo un estadio calado hasta los huesos con “Me siento mucho mejor”, le cede el protagonismo a la cantante en “Buscando un símbolo de paz”. Y el espectador no puede evitar la sensación de que en cualquier momento la pantalla comenzará a salpicar, tan vívido resulta todo. Desde su piano de cola, Charly evidentemente disfruta del momento histórico, y el efecto es contagioso. Cuando “No toquen” cierra el show a pura potencia, la faena parece completa, es el triunfo de un tipo que estuvo al borde del quebranto total y se dio el lujo de resurgir, dar el primer paso para una nueva historia que en estos días se enriquece con una serie de shows a sala llena en el Luna Park.

Entonces, hay que oponer estas imágenes, estas versiones de canciones que forman parte del libro grande de la historia del rock argentino, con aquello en lo que Charly se había convertido en los últimos tiempos, representante de un happening en el que la música ya no parecía central. Y darle la derecha: es cierto, el tipo es impermeable.

Etiquetas: , ,

17.4.10 

Volvió

Los inconseguibles del rock argentino.

Etiquetas:

11.4.10 

¿The end?



(Publicada hoy en Página/12)

And in the end, the love you take is equal to the love you make.
Lennon / McCartney, 1969

La historia oficial lo dice así: el 10 de abril de 1970, el mundo se enteró de que The Beatles ya no existían. Después de romperles las pelotas a sus compañeros (deporte en el que al parecer se había vuelto un experto) con la idea de mantener las apariencias, Paul McCartney se cortó solo y anunció el no va más. Hacía tiempo que los otrora Fab Four apenas se gruñían. Hacía ya unas semanas que, enredados en su propio caos financiero, sostenían una lucha legal por el desacuerdo sobre quién debía venir a pasar la escoba, si Allen Klein (sostenido por George, John y Ringo) o Lee Eastman, suegro de Paul. El sueño de los sixties y el Swinging London se evaporaba.

Pocas cosas hay tan tristes como el final de The Beatles. Se sabe que en apenas diez años el grupo cambió la historia pop, pero quizá lo más impactante es el precio que pagó por ello. Basta ver Let it be, la película que retrata las sesiones en los estudios Twickenham y en Apple, que se sufre más de lo que se disfruta. Unos Beatles fríos, desangelados, en un salón enorme que acentuaba el clima. John y su “mono” japonés, Ringo notoriamente cansado, George dedicándole a Paul algunas miradas que pueden traducirse inequívocamente: “Cómo te cagaría a trompadas”. Que después de semejante fiasco el cuarteto regresara a St. John’s Wood para registrar una obra maestra como Abbey Road, cumbre de trabajo grupal, sólo puede ser entendido como un milagro. Allí se juntaron por última vez en agosto de 1969, y su canción final no podía ser otra que “The End”: se realizó otra sesión para Let it Be en enero de 1970 (“I me mine”), pero Lennon estaba en Dinamarca y no participó. Nunca volverían a ser cuatro, salvo en el artificio de “Free as a bird” y “Real love” para Anthology.

Pero hasta allí llega la historia oficial, porque hay que prestarle atención a una saga alternativa, una saga emocional, que desmiente todo lo dicho. The Beatles nunca dejaron de existir. No es sólo porque la industria les sigue sacando el jugo, con las preciosas remasterizaciones del año pasado, el juego Rock Band, el espectáculo Love del Cirque du Soleil o la película Across the universe de Julie Taymor. The Beatles viven en presente continuo: quien esto escribe se asomó a su obra cuando ya no estaban juntos, pero ese dato de la realidad nunca significó nada. La fascinación que producía capturar una repetición de Help! en la tele blanco y negro se repite hoy en dos niños de 5 y 3 años que piden ese DVD en lugar de Power Rangers, y cantan “You’ve got to hide your love away” y “Ticket to ride” con la misma naturalidad con que entonan canciones infantiles. Que esas canciones registradas hace casi medio siglo enamoren a niños del siglo XXI es la enésima confirmación de su valor atemporal. Y sí, el padre recuerda su propia infancia y se hincha de orgullo y de amor, siente que ha hecho algo importante, necesario, un legado por la cultura musical de sus hijos: The Beatles siempre serán una buena vara de medida.

Hoy como en los ’70, un niño puede dejarse llevar por el puro presente de la banda, esa fantasía de los Beatles viviendo en su loca casita con camas bajo nivel, un órgano que sale del piso y una máquina de jugo de naranja, el cuarteto de flequillos embarcado en su aventura contra la ridícula secta de Khaili. Pero no es la ficción la que sostiene ese andamiaje, sino las canciones: tanta agua corrió bajo el puente, y The Beatles siguen insuperados con lo que produjeron exprimiendo al máximo las maquinarias de la alegría de Abbey Road. Pases de magia con escasos cuatro canales, a lo sumo ocho. Lo único difícil de explicar al infante es la realidad, que ese hombre mayor de Good evening New York City es el mismo Paul, que el que acaba de editar Y not es el mismo Ringo al que se le caían los pantalones cuando quería quitarse el anillo de sacrificio, que hubo un tipo llamado Mark David Chapman que cometió una atrocidad sin medida, o que George también se fue antes de tiempo. Tampoco les interesa mucho.

La efemérides “Hace cuarenta años desaparecieron The Beatles” es una gran mentira. The Beatles siguen recibiendo hoy el amor que generan desde hace cincuenta años.

No es revisionismo histórico: The Beatles están más vivos que nunca.

* * * *

En cuanto a revisiones del pasado, la gente de la Asociación de Periodistas de la Televisión y la Radiofonía Argentina suele tener lagunas importantes. El jueves se dieron a conocer las nominaciones a los premios Martín Fierro. Como sucede cada año, la lista deja una serie de incongruencias y extrañezas, bien detalladas por Emanuel Respighi en su nota del viernes en Página/12. Puede decirse que quizá Diego Capusotto no está nominado en “labor humorística masculina” porque sí lo está su programa como “humorístico”, pero hay otra rareza que llama poderosamente la atención: en el rubro “Musical” aparecen Al Colón, Ecos de mi tierra y MP3, gira latina, tres programas de la Televisión Pública que tienen sus valores y méritos para estar ternados. Aun así, resulta inexplicable el ninguneo a uno de los mejores programas que pudo verse en 2009 en la pantalla de aire. ¿Cómo es que Aptra decidió pasar por alto, por segundo año consecutivo, a Elepé?

No hay novedad en decir que los premios son relativos, que no hay que volverse loco por una estatuilla más o menos. Pero de todos modos el asunto huele a injusticia, a ceguera y sordera. El programa producido por Lisandro Ruiz, dirigido por Javier Figueras y conducido por Nicolás Pauls, con realización de los periodistas Eduardo Berti, Marcelo Fernández Bitar y Sebastián Grandi, es un más que digno émulo de la serie documental Classic Albums. Si la productora Eagle Rock cuenta con la ventaja de tener a mano las cintas originales de discos como Dark side of the moon o Catch a fire (eso que en la Argentina, tan poco dada a la conservación de material histórico, es una quimera), Elepé suple la carencia con un cuidadoso trabajo de investigación, entrevistas exhaustivas y una buena pintura de época. El programa retrató discos de toda etapa y estilo, y se dio lujos como tener a Luis Alberto Spinetta, Edelmiro Molinari, Emilio del Guercio y Rodolfo García hablando largo y tendido del clásico por excelencia del rock argentino, el primero de Almendra. Para los expertos de Aptra, esa labor ni siquiera merece la palmadita de un Martín Fierro.

A veces alguien se esfuerza haciendo algo con amor, pero al final lo que recibe es indiferencia.

Etiquetas: , ,

7.4.10 

El trío que sabe boxear


(Publicada hoy en Página/12)

¿Es de verdad inevitable abordar Amapola del 66 con la sobrecarga de expectativa que suponen ocho años de silencio discográfico? ¿Por qué hay que dejarse llevar por la tentación de esperar sí o sí una obra maestra, la cumbre que debería significar un cocido lento de estas trece canciones? Sobre todo, ¿a quién le sirve tamaña carga? Tras más de cuarenta años de historia de rock argentino e infinidad de exploraciones estilísticas, resulta ocioso embarcarse en la escucha de un disco con la necesidad de una epifanía. Y frente a una banda de identidad tan arraigada como Divididos, menos aún debería esperarse una completa remodelación de su sonido, o que de pronto se interesen por el reggaetón. Tampoco es que el trío se guardó todos estos años, ya que nunca dejó de tocar en vivo y demostró allí, donde se ven los pingos, una salud y una sangre en perfectas condiciones. Lo que mandan, al cabo, son las canciones. Y de a poco se llega al punto: Amapola del 66, primer disco en estudio desde Vengo del placard de otro (2002), presenta muy buenas canciones. Que los amantes del gran rótulo pongan a eso lo que quieran. Lo cierto es que, con expectativa o no, Ricardo Mollo, Diego Arnedo y Catriel Ciavarella certifican aquí por qué son una banda esencial en la escena argenta.

Como un boxeador veterano y mañoso, impredecible, Divididos sabe cómo golpear duro, pero noquea cuando parece que pega despacito. El apunte viene a cuento de los dos tracks que abren el disco: “Hombre en U” y “Buscando un ángel” abonarán las teorías de quienes quieren sostener a como dé lugar que “Divididos se repite, hacen siempre lo mismo”. Es cierto que esa arrasadora apertura tiene la marca registrada de los paisanos de Hurlingham... pero hasta allí llega la coincidencia. ¿Por qué la banda debería resignar precisamente esa marca registrada, su combinación de potencia y musicalidad, esa lava eléctrica que les valió el mote de La Aplanadora? ¿En nombre de qué supuesto principio el trío debería no hacer ese rock que incita a rebotar contra las paredes, que enciende la sangre?

Como para derribar todo prejuicio, lo dicho unas líneas atrás: pasado el aluvión, Divididos empieza a abrir el juego y produce momentos de intensísima belleza, pasajes en los que dibuja pacientemente todo ese horizonte de variables sonoras que siempre los separó de la simple catalogación del rock furioso. Hay en Amapola del 66 un núcleo de temas en el que se advierte la serenidad para trabajar cada matiz que el grupo encontró en el hecho de inaugurar su propio estudio La Calandria. Cosas como “Senderos” (con esa batería tan Bonzo Bonham) y “Jujuy”, enganchados por el magnético decir del Churqui Choquevilca en el poema “Muchacha azul, princesa americana”: los que se emperran en sostener que el grupo nunca superará La era de la boludez y se babean con los climas de “Pestaña de camello”, "Indio dejá el mezcal" y "Cristóforo Cacarnú" deberían poner especial atención en este combo.

Pero la cosa no se queda allí, ni hace falta entrar en el juego de las comparaciones para analizar o justificar el presente del grupo. El trío se defiende solo con hallazgos como “Muerto a laburar” (según cuenta Mollo en la entrevista con Alfredo Rosso del DVD, un tema especialmente dedicado a Michael Jackson), con melodías de guitarra que erizan la piel. O el viaje en sí mismo que representa “Amapola del 66”, entre la furia y el cuelgue y con la curiosidad de que aparezca pegado a una chacarera (“La flor azul”, de Mario Arnedo Gallo, con Peteco Carabajal en violín y Arnedo a cargo de la guitarra) y el nexo, tan marciano en apariencia, resulte enormemente natural. El bajista tiene incluso un momento de inédito protagonismo, asumiendo la voz principal para “Avanzando retroceden”, una especie de Artaud personal que introduce un relajado clima antes de la furia de “Perro funk” y “Todos”, dedicado a los pibes del Colegio Ecos que murieron en la ruta.

Lo demás es volver a repasar cualidades conocidas. ¿A quién puede extrañar la sutileza de las bases de Arnedo, un bajista que tanto puede caer a tierra con un tempo marcado, gordo y preciso, como volar con fraseos sutiles e inspirados, alejados de todo librito con el ABC de las cuatro cuerdas? ¿Es necesario decir una vez más que Mollo integra la selección de grandes guitarristas argentinos, y que ha pulido su voz hasta el punto de que el cantante de 40 dibujos ahí en el piso parezca otra persona? Por su parte, Ciavarella, cuarto baterista en la historia del grupo, tiene todo lo necesario para que la maquinaria no pierda combustión: sabe que las decisiones en Divididos son en dúo, pero aporta lo que hay que tener para que Divididos siga siendo el trío de Hurlingham.

Más valdrá dejar a un lado los devaneos sobre la expectativa: la cuestión es que Divididos hace mucho más que cumplir con el trámite de entregar un registro discográfico, y exhibe una vida musical que le falta a unos cuantos. Con eso alcanza. Y sobra.

Etiquetas: ,

4.4.10 

Cuestión de números


(Foto: Jorge Larrosa)

(Publicada hoy en Página/12)

300
son los ejemplares que se imprimieron de cada uno de los libros que lanzó la editorial independiente Malas Palabras Buks: Srtas. de salón - Meretrices&Caftens&Cocó y 1878: El puente de los suspiros X2, de Nicolás Aguirre Pizarro, y Muere cucaracha, segunda parte de la Historia general del cerebro de Artó. Detrás de esos seudónimos en realidad está Eduardo Ojeda Ortiz, responsable de libros felizmente inclasificables, combinaciones de poesía y dibujo, rescate de archivos de viejos diarios, ficción, fotos y volantes de putas, párrafos tachados y correcciones “a mano”. Cada librito es una extraña aventura, una de esas experiencias literarias en las que uno no sabe muy bien cómo entró, ni está muy seguro de poder encontrar la salida. Papel magnético.

13 son las canciones de Amapola del 66, el primer disco de estudio de Divididos en 8 años. Ya hay quien polemiza si la espera valió la pena, quien dice que “suenan igual” y quien sostiene que está bien que “suenen igual” porque hay algo que se llama identidad, quien se queja de los 70 pesos del precio (CD + DVD) y otras cuestiones. Pero lo que este cronista quiere recomendar es algo a contramano de las costumbres de consumo de estos tiempos. Por lo menos en las primeras tres o cuatro escuchas, evitar el MP3 y el aparatito reproductor con miniauriculares: la profundidad, calidez e intensidad del original en la compactera, los parlantes tamaño natural suponen una diferencia abismal con respecto al archivo de frecuencias limadas. A la hora de convertirlo para el consumo fuera de casa, se recomienda el formato FLAC o WAV.

8 discos acaba de lanzar Litto Nebbia en combinación con la Secretaría de Cultura de la Nación. Una celebración del rock argentino es un monumental esfuerzo para rendir homenaje a la primera etapa 1963-1973. 105 artistas dejan constancia de 196 canciones del generoso libro de partituras argentas: como en cualquier emprendimiento de esta clase, hay puntos altos y otros no tanto, pero no deja de ser un laburo asombroso, en el que participan estrellas reconocidas y músicos under. Es otra certificación de la potencia creativa de esos tipos a los que tres cuartas partes de la sociedad miraban torcido, y hoy cuentan con auspicio oficial.

860 es el número de la avenida Corrientes en el que se erige una fachada histórica. El 7 de agosto de 1936, el empresario Clemente Lococo se dio el gusto de reinaugurar con pompa y boato una sala que existía desde 1872, y ya había sido remodelada por un incendio en 1929: desde entonces, el Teatro Opera se convirtió en un símbolo de la vida cultural de Buenos Aires, vértice de un porteñísimo triángulo que completan el Gran Rex y el Obelisco, sede de incontables noches excepcionales para el arte. Debe ser por eso que resulta tan chocante pasar hoy por allí y descubrir a un teatro con marquesina de banco.

La cuestión del sponsoreo, tan habitual en un Primer Mundo donde abundan los Kodak Theater, Allianz Arena y United Center, viene levantando ronchas desde que al mundo del rock se le quiso imponer por decreto comercial que Obras Sanitarias fuera nombrado como Estadio Pepsi Music. Nadie termina de acostumbrarse, sobre todo porque ya casi no hay recitales allí (y al ritmo que van las cosas en Buenos Aires, uno teme que pronto no haya recitales en ningún lado). No está mal que grandes empresas quieran apoyar económicamente emprendimientos culturales: el problema es cuando en nombre de ese apoyo se apropian del lugar, ponen su marca –literalmente– por encima de todo, desvirtúan el origen. En los pasillos del Monumental de Núñez, ese caldero de necesidades, se viene hablando desde hace semanas del proyecto por el cual la cancha pasaría a tener el fantochesco nombre de Estadio Claro Antonio Vespucio Liberti. Es una pista de lo que podría ser el futuro. A cambio de unos buenos morlacos, a nadie podría parecerle curioso hablar del Teatro Mercedes Benz Colón, el Obelisco Prime, el Buenos Aires Lawn Tennis Wilson Head, el Ricky Fort Maipo, el Everlast Luna Park, el Gran Rex y Kesitas y el Estadio Pedro Viggogain. Todo debe irse.

(Al cierre de esta edición, el grupo de Facebook Para que le devuelvan su nombre al Teatro Opera de la calle Corrientes contaba con 6041 miembros. Es una buena base para seguir moviendo el tema.)

1993 fue el año en que se editó La jungla del poder - Volumen 1. Nunca hubo un Volumen 2, pero al cabo su autor cumplió con creces: Sumo por Pettinato (Reservoir Books) retoma y amplía aquel texto en un relato vibrante, por momentos descarnado, en otros enfurecido, con una rara elegancia para tratar de recordar y describir el huracán que significó esa banda irrepetible. El músico y conductor televisivo no trata de dar una “versión definitiva” ni arrogarse la propiedad de la historia. Entrega párrafos llenos de amor, una memoria –o, de acuerdo a algunos pasajes, una desmemoria– que vuelve a señalar que hoy todos hablan de Sumo, todos aseguran haber estado en sus shows, pero en su época el grupo vendía entre 5 mil y 8 mil discos y apenas le daba el cuero para un Obras Sanitarias. Nadie sabe a ciencia cierta cuántos discos de Sumo (originales y recopilaciones) se han vendido desde la muerte de Luca Prodan. Un mundo perfecto, el programa que conduce Pettinato en América, promedia seis puntos de rating, unas 540 mil personas.

422 películas, entre largos y cortos, ofrecerá la 12ª edición del Buenos Aires Festival de Cine Independiente, en 21 salas de 12 sedes. La más larga, Vapor trail de John Gianvito (en la sección Trayectorias), dura 264 minutos. Las más cortas, de sólo un minuto, son Composición para goteras en lluvia sostenida del Grupo Humus (Baficito), Restricted de Jay Rosenblatt (Found Footage) y Fire & Rain de James Benning (Forum). Se puede hacer un promedio y calcular que, grosso modo, en el festival habrá unas 500 horas de material cinematográfico. Entre el martes 7 y el domingo 18 de abril transcurrirán 288 horas.

El Bafici es una misión imposible.

90 minutos les llevan a Miguel, Alan, Verónica y Annie convertir el coqueto escenario inicial en un campo después de la batalla, el incesante y por momentos violento intercambio de miserias, obsesiones, coincidencias y desacuerdos inherentes al tejido social. En Un dios salvaje, Gabriel Goity, Fernán Mirás, María Onetto y Florencia Peña ponen el cuerpo (nunca tan apropiado el término) para una performance de altísima intensidad, que confirma una vez más sus dotes actorales. El espectador se parte de risa, pero en el trasfondo está siempre esa frase de la autora Yasmina Reza que señala que “mis obras siempre fueron consideradas comedias pero yo pienso que son tragedias, divertidas pero tragedias al fin”. Si hubiera que buscar un sponsor, la cosa podría andar por el lado de Paseo Amargo Monferrato La Plaza.

20 años cumplen Canción Animal de Soda Stereo, Bang! Bang!! Estás liquidado (que salió a fines de 1989, pero sonó en cadena radial durante todo el verano del ’90) de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, Tercer Mundo de Fito Páez, Filosofía barata y zapatos de goma de Charly García, Volumen 5 de Los Fabulosos Cadillacs, Exactas de Luis Alberto Spinetta, El cielo puede esperar de Attaque 77. Como suele decirse en el medio, siempre se cumplen años de algo; el año pasado podría haberse hecho una lista similar, el próximo podrá hacerse otra de análogo impacto. Es un recurso periodístico que muchas veces permite hacer atletismo nostálgico, elaborar teorías con cierta lógica o decididamente trasnochadas. Lo que asombra, en todo caso y para quienes pasaron largamente los treinta, es cómo algunos discos se recuerdan como editados el otro día, y cuando se hacen las cuentas... pasaron dos décadas. El calendario es una cosa rara. O, como dice el colombiano Fernando Vallejo en el flamante El don de la vida: “Con la vejez el tiempo se echa a correr y los años se nos vuelven meses y los meses días”. Cuestión de números.

Etiquetas: , , , , ,

Responsable

  • Eduardo Fabregat
  • Buenos Aires, Argentina
Prontuario
Powered by Blogger
Creative Commons License
Este blog está bajo una licencia Creative Commons Argentina.