31.5.10 

Juremos con gloria vivir


(Publicada hoy en Página/12)

Ya ves, no somos ni turistas, ni artistas de sonrisa y frac: formamos parte de tu realidad.

Charly García, 1982

Esa escena final erizaba algo más que la piel: erizaba el alma. A las dos de la mañana del 26 de mayo de 2010, Fito Páez y un nutrido grupo de invitados –músicos, artistas, colados varios– impulsaban una vibrante versión del Himno Nacional Argentino: un océano de gente, cientos de miles de personas, inflaba el pecho y generaba un espectáculo de los que se quedan para siempre en la memoria. El Himno ya no era esa obligación de emocionarse con una marcha militar en el helado patio del colegio: de pronto ganaba un significado integral, una sensación de pertenencia como para ponerse en carne viva con ese “O juremos con gloria morir”, aun sabiendo que bueno, no es para tanto, en realidad no queremos morir sino vivir con gloria.

No lo consiguió una campaña concientizadora estatal ni una educación rígida, ni la repetición a metralleta de conceptos patrióticos que deben marcarse a fuego, ni las palabras de un educador, un progenitor, un funcionario, un cura o cualquier otro representante de alguna entidad estructuradora de lo social. Lo consiguieron los artistas.

Hubo algo especialmente valioso en los fastos del Bicentenario, algo que va más allá de toda consideración política: el relato más fuerte de la gesta argentina estuvo a cargo de un gremio que en este país fue (demasiado) a menudo perseguido y ninguneado. Como pocas veces, esta Semana de Mayo dejó más patente que nunca el peso específico de la cultura. Si el relato de octubre del ’45 tiene por protagonista al Perón de brazos alzados y las masas, el de mayo 2010 queda con la imagen de las masas y los artistas. Pavada de honor: a ver quién se atreve a discutir ahora el rol de los creadores en la fragua de una sociedad más libre, más plena, más protagonista de su destino.

Acostumbrados a desconfiar de toda bandería, los músicos que participaron del Bicentenario asumieron su rol en el festejo sin contaminarlo de politiquería: subieron y tocaron, hubo un amplísimo arco estilístico de notable calidad, y en esa demostración de fuerza cultural quedó claro que la historia de este país no puede prescindir de ellos. No se puede contar la Argentina sin contar su arte, esas expresiones que sorprenden y seducen al extranjero, que perduran en el tiempo, que dejan marcas que no borra ningún edicto, ninguna lista negra, ninguna quema de libros o persecución. La fiesta fue de todos –mal que les pese a unos cuantos avenegras que predicen el desastre a la vuelta de cada esquina– porque el pulso lo llevaron los artistas, que borran toda frontera ideológica, que hablan un lenguaje universal, sin mezquindades ni prejuicios.

No fueron sólo los músicos que subieron al escenario de la 9 de Julio, claro. Quienes recuerdan los impactos de La Organización Negra, Ar Detroy y De La Guarda sabían de antemano que los Fuerzabruta, herederos naturales de ese teatro de acción surgido en antros porteños, no iban a defraudar. La compañía que encabeza Dicki James ofreció un relato de la argentinidad que no sólo brilló por su calidad performática, sino que también escapó al acartonado discurso que varias generaciones debieron absorber de manera dogmática. Emoción, profundidad artística y enseñanza sin naftalina.

En la suculenta entrevista de Karina Micheletto que este diario publicó ayer, Fito Páez dio en el clavo con una apreciación que le costará la crítica berreta de más de un avenegra: “Esto no se podría haber dado en otra coyuntura, eso es innegable. Hay algo allí, de cómo están funcionando las cosas, que lo habilitó”. No es capricho ni kirchnerismo, basta repasar hechos no tan lejanos. En noviembre de 1991, el festival Todos Juntos por la Vida, organizado por la Fundación de Ayuda al Inmunodeficiente (Fundai), reunió a 100 mil personas en la misma 9 de Julio: la noche terminó con un saldo de noventa detenidos y doscientos heridos, robos, peleas y destrozos a autos y locales comerciales. El 28 de mayo de 1996, el festival Por Walter y por Todos, organizado por la Correpi en el Parque Rivadavia, no llegó a los titulares de los diarios honrando la memoria de Walter Bulacio, sino relatando las peleas, el saqueo a la licorería Vinfiar y la muerte del skinhead Marcelo Scala en medio de la oscuridad ordenada por Jorge “Topadora” Domínguez, último intendente de Buenos Aires. Eran encuentros planeados en nombre de nobles causas, pero el clima social los convirtió en pequeños desastres.

En un largo, inolvidable fin de semana, seis millones de personas tomaron la calle. No hubo un solo hecho de violencia. No hubo vidrieras rotas, autos volcados o trifulcas partidarias. No brotó el volcán que algunos aseguran que está latente en la sociedad. Hubo nacionalismo en el buen sentido, y una multitud de personas (no “la gente” que venden ciertos medios: personas de carne y hueso) que celebró en compañía de sus mejores aliados. Los artistas. Los creadores. Los que se pelan el culo para darnos lo mejor que tienen sin pedirnos votos a cambio. Los responsables de que nos llenemos de orgullo cuando hablamos de cultura argentina.

Ya se limpiaron las cenizas de nuestro breve carnaval: el desafío será mantener encendido el fuego.

Juremos con gloria vivir.

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26.5.10 

Argentina lo mira por tevé


(Publicado hoy en Página/12)




¿Habrá que resignarse a que, como en los viejos tiempos, haya que vivir esto a través de una pantalla y nada más? Las señales que llegan del campamento irlandés no son buenas: U2 acaba de levantar la gira 2010 y recién saldrá a la ruta de nuevo en 2011, lo que indica que la operación de espalda de Bono no fue moco e’pavo. Con lo que la esperanza de ver el U2360º Tour a fines de este año se diluye definitivamente, y si a eso se le suma que el gobierno de Buenos Aires puso infinidad de trabas a los shows en River, pocos apuestan hoy por una tercera visita del cuarteto. Es una pésima noticia, y basta sumergirse en U2360º at the Rose Bowl, el DVD que se lanzará a comienzos de junio, para certificarlo.



Desde aquel ZooTV de los ’90, U2 consigue el milagro de superarse una y otra vez. Al asumir su condición de banda de estadios, se concentró en darle a esa ceremonia el entorno apropiado y en cada gira subió el listón un poco más. En ese sentido, cuesta imaginar cuál puede ser el próximo paso: la puesta a 360 grados diseñada por Willie Williams parece el non plus ultra de un concierto de rock, un escenario circular con una pasarela a la que se accede por puentes móviles, una suerte de gazebo de la NASA cargado de luces y pantallas (bautizado "The Claw"), situado en el centro del campo. Eso posibilitó que, el 25 de octubre de 2009 en Los Angeles, U2 actuara para el público más numeroso de su historia, 97 mil personas que convierten al Bowl en un hervidero.



No podía ser de otra manera. Es que en este caso la cáscara tecnológica no esconde un vacío artístico, sino todo lo contrario. A la maquinaria de luz y sonido se suma la ajustadísima máquina musical que el cuarteto conforma después de tantos años. No se trata sólo de la posibilidad de armar un setlist infalible, sino también de la amplitud de matices que U2 tiene a su disposición, el sonido que echan a andar cuando salen a la carretera. El todo y las partes: la base monolítica de Larry Mullen Jr. y Adam Clayton y la sapiencia de Bono para sacarle el mejor partido a su garganta, la marca de identidad que supone tener en sus filas a The Edge, presentado con justicia por el cantante como “un visitante del espacio exterior, donde ningún otro guitarrista ha ido antes”. Tocando esas canciones.



Da bronca pensar que la Argentina puede no llegar a vivir este show. Y “vivir” es un término clave. U2 apela a los mejores pasajes de No line on the horizon, How to dismantle an atomic bomb y All that you can’t leave behind, revisita Achtung Baby (“Until the end of the world” es uno de los puntos más altos) y The Joshua Tree, desempolva “The unforgettable fire” y “MLK”, no olvida la épica de “Sunday bloody Sunday”. Emociona con “I still haven’t found what I am looking for” y la preciosa versión acústica de “Stuck in a moment you can’t get out of”, rockea a alto voltaje con “Vertigo” (que cita al “It’s only rock’n’roll” Stone) y “Elevation”, arma un megadisco con “I’ll go crazy if I don’t go crazy tonight”, sorprende una y otra vez con su vitalidad a prueba de burocracias artísticas. Habrá que atesorar este DVD, disfrutarlo, dejarse llevar: quizá sea el único contacto que este país tenga con esta nueva demostración de la clase de grupo irrepetible que es U2. Decir que es una pena es quedarse corto. Muy corto.

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23.5.10 

Una noche en Obras


(Foto: Nora Lezano)

(Publicada hoy en Página/12)

El jueves 1º de diciembre de 1988, la Argentina vivió su tercer alzamiento militar en cinco años de democracia. Ya habían pasado las “Felices Pascuas” de 1987 y la aventura de Aldo Rico en Monte Caseros en enero de ese mismo ’88. Faltaba el inefable nazionalista Mohamed Alí Seineldín, que se movilizó de Campo de Mayo a Villa Martelli para protagonizar otro sainete de caras embadurnadas que terminaría el domingo 4. O que, en rigor, terminaría con los indultos dictados por Carlos Saúl Menem en octubre de 1989. Fueron días de extrañeza y miedo: no hacía tanto que los uniformados habían huido del poder, la “mano de obra desocupada” hacía de las suyas y nadie, en un país acosado por la alternancia histórica de democracia/golpe militar, se animaba a asegurar que la influencia milica había terminado. La tensión electrizaba el aire pesado del verano porteño.

El temor no impidió que, el sábado 3, más de veinte mil personas se juntaran en las canchas de rugby y hockey de Obras Sanitarias. A 90 australes la entrada anticipada y 120 en la puerta del clásico reducto rockero de Libertador, Soda Stereo presentaba su nuevo disco Doble Vida. En un momento del show, Gustavo Cerati habló de lo que estaba sucediendo no muy lejos de allí, lo que había puesto en riesgo la misma realización del concierto: este cronista no recuerda las palabras exactas, pero sí la reconfortante sensación que produjeron, el señalamiento de la diferencia entre los personeros de la muerte que se resistían a salir de escena y esa multitud reunida para celebrar la música, el arte, la libertad. Las palabras de Cerati, la música de Soda Stereo, el rito colectivo que permitía que todos se sintieran más fuertes, hicieron de ese fin de semana un recuerdo menos oscuro.

Hoy uno quisiera poder devolver el gesto.

Las obligaciones laborales hacen que todo sea una carrera por limpiar datos, averiguar cuál es la situación, informar de la manera más acertada y mesurada posible, evitar caer en la fácil de preguntarle al pariente y al amigo qué siente en estos difíciles momentos. Después pasa el cierre y cae la ficha, y uno se da cuenta de quién se está hablando y surge esa sensación incrédula. Cuesta imaginar a Gustavo Cerati en la situación en la que se encuentra. Todos los seres humanos valen lo mismo, pero aquí estamos hablando de uno de los más grandes creadores del rock argentino, usina de canciones inolvidables, historia grande en Argentina y en el continente americano. Cuando un neurólogo señala que “Cerati nunca volverá a ser el mismo”, algo adentro de miles y miles y miles de personas queda estrujado. Por eso en estos días la web está inundada de mensajes de aliento: no importa si eso llega o no al destinatario, es una necesidad de conjurar la bronca, la angustia, una manera de devolverle al artista todo lo que éste hizo a través de la música.

La noticia que llegó de Caracas fue un baldazo helado en una semana en la que se hablaba de otras cosas. Se hablaba del Bicentenario y del Bicentenario, y del Bicentenario también. Se hablaba del Teatro San Martín alquilado por el Gobierno de la Ciudad para que un empresario celebrara su cumpleaños al estilo Las Mil y una Noches, aunque no se hablaba tanto como se debería: como señaló Rita Cortese en este diario, resultó raro no encontrar un mayor rebote de semejante desprecio a la cultura en los medios. (O quizá no: de todos modos, Mauricio Macri pronto debió ocuparse de inconvenientes algo más gruesos). Se hablaba de la misteriosa aparición en la web del recital completo de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota en Racing 1998 y se hablaba de lo que allí se ve, el majestuoso travelling en “Ji ji ji” –que arranca en mitad de cancha y termina con el Indio Solari señalando al público en “esos chicos son como bombas pequeñitas”–, el enojo del cantante ante un bengalazo que casi le prende fuego al escenario, la fría respuesta de un público habitualmente demostrativo ante el material de Ultimo bondi a Finisterre, las tremendas versiones de “Mi perro dinamita” y “Ñam Fi Frufi Fali Fru” y el insólito pifie en el arranque de la canción del pogo más grande del mundo. Por suerte no llega a escucharse ese cántico idiota, rémora de barrabravas, reflejo de una mentalidad degradada, con el que el público le deseaba la muerte a Cerati. Pero uno, que estuvo en shows de Soda y en shows de los Redondos, lo recuerda y le suena aún más absurdo, más cruel.

(“Quiero aprovechar esta circunstancia para mandarle un gran cariño a Gustavo. Es un momento difícil que me apena mucho, y me quiero sumar a todos los que le tiran buena energía”: el párrafo, ricoteros de ley que levantaron el brazo para cantar tamaña estupidez, fue pronunciado por Skay Beilinson en el estudio Norberto Napolitano de la Rock & Pop. Que Zeta y Charly Alberti expresen su pesar es lo esperable, pero el gesto del guitarrista tiene un gran peso simbólico, necesario en un país tan de trincheras.)

Así es como el tema vuelve una y otra vez, se cuela insidioso en el marote. En el escenario-Bicentenario del viernes están los otros próceres tocando “La balsa”, Las Pelotas y los Decadentes dándole manija a la 9 de Julio, todos juntos en un apropiado final con “Mi bandera”, de Sumo. Y los músicos le envían su amor a Cerati y esa multitud que lo llena todo produce un salto en el tiempo, es otra vez diciembre pero de 1991, y Soda Stereo está haciendo historia junto a 250 mil personas. Un chusco de internet recuerda la tapa filtrada de Sandro y hace un pésimo chiste, pero el diario aludido no ve un pésimo chiste sino una conspiración. Otros olvidan que hasta el humor negro tiene un límite y se hacen los vivos musicalizando segmentos con dolorosos fragmentos de canciones de Cerati. Como dijo Cristián Elena, corresponsal en Alemania de este diario, el país de los 40 millones de técnicos estrenó 40 millones de neurólogos. Frente a la inexistencia de grandes novedades, la obligatoria espera, empieza el momento de las teorías, de la búsqueda de historias de hondo contenido humano.

El hondo contenido humano está precisamente ahí, en lo hondo de cada humano. Las expresiones externas de eso, la multitud de mensajes en blogs, en comments, en Twitter, en Facebook y todo lo demás también, son apenas la necesidad que cada ser impresionado tiene de empatarle a la tristeza. No se trata de mero fanatismo, admiración/adulación de una estrella de rock. La enorme mayoría de quienes se expresan no conoce a Cerati más que por su figura pública. Pero toda esa gente, como este que escribe ahora, siente que hay algo de injusticia, algo inexplicable en ese médico que dice que el paciente no será el mismo, que quizá no hable, que quizá no toque. Está hablando de alguien que hizo de cantar y de tocar una herramienta para la belleza artística, y con ella nos hizo un poco más bellos, más felices, más libres. Está hablando de alguien que, allá lejos y hace tiempo, en algo aparentemente tan banal como un show de rock, consiguió diluir el miedo y reconfortar el alma.

Fuerza, Gustavo.

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13.5.10 

Menemismo explícito


(Publicada hoy en Página/12, dentro de la producción por el alquiler del Teatro San Martín para una fiesta de cumpleaños)

Dejar caer un ente, empresa, institución dependiente del Estado, vaciarla, subejecutar su presupuesto y no hacer nada con sus urgencias, luego apelar a la necesidad de un aporte privado y que ingresen los amigos a hacer negocios. ¿Suena conocido? Hay ejemplos más viejos, pero el modus operandi podría definirse como menemismo explícito. Tampoco es la primera vez que se asocia a la administración Macri con los ‘90, y ésta es una nueva certificación. El hecho es tan notorio que obliga a preguntarse si es posible: el Gobierno de Buenos Aires permitió que se alquilara el Teatro San Martín para una fiesta privada. “Sólo” hubo que suspender funciones en la Sala Cunill Cabanellas y la Casacuberta, y a cambio se obtuvieron 80 mil dólares para invertir en equipamiento. Negocio redondo, todos contentos.

¿Todos contentos? El punto es que –resulta extraño que haya que recordárselo a los dirigentes– las cosas no funcionan así. No deberían, al menos. El año pasado, los actores del Complejo Teatral divulgaron desde el escenario sus dificultades para cobrar, la reducción presupuestaria que acosaba a los teatros, sus empleados y contratados artísticos. La solución macrista no fue respetar el presupuesto que la cultura debe tener, sino generar un escenario en el que la dádiva de un empresario sea naturalizada, vista como un encomiable aporte a la cultura, un recurso pragmático a defender. “¿Qué tiene de malo?”, se preguntará más de uno, amparándose en las cositas que recibió el teatro. Después de todo, ya sucedió algo similar con el Centro de Experimentación del Colón, alquilado a Converse para un show de Marky Ramone a cambio de indumentaria para el cuerpo de ballet. Después de todo, a la plaza de la esquina también la cuida una empresa privada, y el Opera sigue llevando el logo del Citi en la marquesina aunque diga “Opera” allá arriba, donde casi nadie mira.

Semejante bastardización de la cultura resulta asombrosa, aun para un gobierno que se concentra en megaeventos mientras socava las pequeñas expresiones. La fiesta de Andrés Von Buch puede inaugurar una lista de precios para que un empresario cualquiera (en rigor, no cualquiera: uno bien relacionado) haga su aporte. A cuánto dos salas del San Martín, una coreografía del cuerpo de danza y el monólogo de un actor al que se le deben cuatro meses. Cuánto la función privada en el Teatro Sarmiento con paseo por el Zoológico. Cuánto el paquete turístico, visita a la Bombonera y cena-show en el Teatro de la Ribera. Vamos, todo vale, que hay que salvar a los teatros en peligro. Y, sobre todo, “salvarlos” dejando en las sombras a los responsables de que esos teatros estén en semejante peligro.

Macri lo hizo.

5.5.10 

La sombra de Imelda Marcos


(Publicada hoy en Página/12)

¿Un “ciclo de canciones” sobre Imelda Marcos, pseudo emperatriz de Filipinas entre 1965 y 1986? ¿Una suerte de musical austero para montar en discotecas? ¿Un paquete de canciones cantadas por un sindicato de gargantas privilegiadas, en cuyas letras van cayendo frases célebres de Imelda y su esposo, el no menos célebre Ferdinando Marcos? No extraña que detrás de semejante proyecto esté un amante del riesgo artístico como David Byrne. Pero hay aún otro detalle que agrega impacto: para la ocasión, el escocés unió esfuerzos con Norman Cook, más conocido como Fatboy Slim, astro de las pistas que completa Here Lies Love, el doble CD que acaba de aparecer en la Argentina. Un álbum que ciertamente se podría haber estrellado en el ridículo, y sin embargo funciona.

Para ello, a este disco hay que concederle algo de tiempo y atención. Como dice el guitarrista y cantante en el librillo, el proyecto nació a contramano de la tendencia global del single, eso que llama sin vueltas “la muerte del álbum”. Byrne arrancó interesándose en un reportaje de Ryszard Kapuscinski sobre los asistentes reales del emperador Haile Selassie, y terminó fascinado por la figura de Imelda, dueña de un poder absoluto en Filipinas y a la vez habitué de las discotecas neoyorquinas de los ’70 y ’80. “¿Qué es lo que mueve a una persona poderosa, qué la hace vibrar?”, se preguntó el músico. Su investigación, el intercambio con Fatboy Slim, le fue dando forma a una serie de canciones que abreva en aquellas músicas de los ’70 –sin llegar al revival disco, que hubiera sido insoportable– y en las que personajes como los Marcos y sobre todo Estrella Cumpas, amiga de la infancia de Imelda, luego caída en desgracia, van dando cuenta del ascenso y decadencia del matrimonio, tanto en su historia de amor como en el escenario político.

Para darles voz a los sentimientos de cada personaje (“No hay aquí canciones que hagan un relato, pero cada una se relaciona con la anterior y la siguiente”, dice DB), el dúo apeló a gente que sabe lo que hace, como Tori Amos (“You’ll Be Taken Care of”), una casi irreconocible Cyndi Lauper (“Eleven Days”, que refiere al tiempo que tardó Ferdinand en llevar a Miss Filipinas al altar), Florence Welch (“Here Lies Love”, la frase que Imelda pide que pongan en su lápida), Natalie Merchant (“Order 1081”, el inicio de la eternización de Marcos en el poder) y Kate Pierson (“The Whole Man”, sobre el brote místico-amoroso de Imelda), entre otras. El mismo Byrne asume la voz en el marchoso “American Troglodyte”, con la banda venezolana Los Amigos Invisibles, y en “Seven Years” (junto a Shara Worden, una oscura canción que habla del asesinato de Ninoy Aquino, principio del fin de la dictadura marquista). Y, claro, aporta su banda de apoyo habitual (Mauro Refosco, Paul Frazier y Graham Hawthorne), que se relaciona naturalmente con las programaciones y secuencias de Fatboy, su inconfundible marca rítmica.

Cuando Lauper y Amos cierran la faena con “Why Don’t You Love Me?” queda claro que la idea del musical de discoteca dedicado a Imelda & Estrella, tan delirante en apariencia, con más de una ficha para el fiasco, resulta otra apuesta coronada por el ex Talking Heads. Es lo que suele suceder con los que prefieren apostar a los bichos raros, y tienen con qué respaldarlo.

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4.5.10 

Qué noche, Martín

(Publicada hoy en Página/12)

¿Quién dijo que los Martín Fierro no sirven para nada? Los premios, ya se ha dicho más de una vez en estas páginas, son una cosa bastante relativa, el recorte de una realidad, la decisión de un grupo de personas que zanjan cuestiones artísticas en base a vaya uno a saber qué parámetros. Pero hay que decir las cosas como son, reconocer que esta nueva edición de tan glamorosa y espectacular ceremonia (como insistió en definir Santiago del Moro mientras sostenía un paquete de pañales) deja muchas cosas para atesorar, momentos que hacen a la historia grande del medio vernáculo. Si ya en la previa los miembros de Aptra habían desestimado las cualidades de Elepé, nominado a un programa estrenado en 2004 (Epitafios) y otro que en 2009 sólo emitió dos capítulos (Socias), ahora han desasnado al soberano enseñando que Zapping es un programa humorístico, e incluso uno mejor que Peter Capusotto y sus videos. Este Martín Fierro sirvió también para descubrir que Afo Verde no es sólo uno de los productores estrella de la música latina, sino que también le sobra tiempo para convertirse en Daniel Barone y dirigir Tratame bien. De paso, estos gauchitos se dieron incluso el lujo de premiar a un programa indiscutiblemente premiable: por lo menos Adrián Suar no rompió su costumbre de ausentarse del Hilton al cuete.

Pero la noche del domingo no sólo produjo esa clase de milagros. Este Martín Fierro también sirvió para evitar un galardón al morbo de Policías en acción, que perdió frente al morbo de ver pésimos artistas amateurs en las primeras etapas de Talento Argentino; sirvió para comprobar que la estatuilla de Platino está reservada a las propuestas audaces, creativas, revolucionarias, como Hola Susana (y para apreciar la cara de Su cuando le tocó perder con Verónica Lozano); sirvió para que Humberto Tortonese hiciera atragantar a todo un salón al responder al interrogante de Pettinato de “¿Qué les falta a las telenovelas argentinas?” con un “Doble penetración anal”; sirvió para que Alejandro Fantino definiera al periodismo como una profesión “durísima”, provocando una sonrisa tristona en el tipo que miraba la tele preparándose para iniciar la semana cargando quichicientas bolsas de cemento por un sueldo basura; sirvió para que casi nadie hablara de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual frenada por un camarista adepto a la dictadura; sirvió para demostrar que se pueden tener premios políticamente correctos como en el Oscar, que otorgó estatuillas a Rain Man y Mi pie izquierdo, películas en las que profesionales de gran talento simulaban tener deficiencias mentales (en el caso de La cornisa sería más o menos al revés, pero el efecto emotivo es el mismo); sirvió para que varios agradecieran a Daniel Vila, conocido guardián de la democracia, los negocios limpios y el respeto a la libertad de expresión (como en las radios LT3 y LT8 de Rosario); sirvió para que Eduardo Aliverti, como en la columna de ayer en Página/12, tratara de aclarar un poco los tantos con uno de esos discursos que se agradecen, que se salen de la norma glamorosa, lujosa, espectacular de don Fierro. Que a veces resulta un gaucho, pero a menudo parece portar la vestimenta del payaso. ¿Quién dice que estas cosas no sirven?

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Responsable

  • Eduardo Fabregat
  • Buenos Aires, Argentina
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