29.8.10 

Vida y muerte de Brian



(Publicada hoy en Página/12)
“¿Qué puede haber más grande que esto?”
Brian Epstein, 1962.

El sábado 26 de agosto de 1967, el mundo elevó una ceja con extrañeza: en Bangor, al norte de Gales, John Lennon, Paul McCartney, George Harrison y Ringo Starr convocaron a una conferencia de prensa en la que anunciaron que se habían convertido en miembros del Movimiento de Regeneración Espiritual del Maharishi Mahesh Yogi. Como tales, no sólo renunciaban a las drogas sino que además en adelante donarían a esa comunidad una semana por cada mes de ingresos económicos. Era el comienzo de un trip místico que continuaría en Rishikesh (India), hasta que Lennon comenzó a desconfiar del gurú al punto de abandonar intempestivamente el centro indio de meditación, declarar que el Maharishi no era lo que había supuesto en su primer deslumbramiento y dedicarle el agrio “Sexy Sadie”, que sólo por la insistencia de Harrison no comenzó diciendo “Maharishi, qué hiciste / Nos dejaste en ridículo a todos”.

El universo Beatle, que acababa de pintarse con los mil colores de Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band, estaba cambiando para siempre. Pero no sólo por la aparición del pequeño e hirsuto líder religioso: mientras el cuarteto se dedicaba a ese raro fin de semana galés, en una residencia londinense llegaba a su epílogo un atormentado drama privado. En la tarde del domingo 27, el mayordomo español de Brian Epstein debió pedir ayuda para tirar abajo las puertas del dormitorio de Chapel Street. El hombre que había ayudado a que The Beatles llegaran a la cima estaba enroscado en posición fetal en la cama, fulminado por una dosis excesiva de pastillas para dormir.

“No existe la muerte, solo en el sentido físico”, dijo Harrison a la prensa apostada en Bangor. “Sabemos que él está bien ahora. Volverá, porque luchaba por la felicidad y ansiaba la buenaventuranza.” Según contó luego Peter Brown, colaborador muy cercano de the boys, “pocos días después, ya disipada la emoción, hacían bromas estúpidas sobre Epstein”.

* * * *

La figura del manager ya existía antes de Brian Epstein: el Coronel Parker era tan célebre como Elvis. Pero el repaso de la historia de la banda de Liverpool permite advertir cuán influyente fue ese joven de familia acomodada en el triunfo planetario de la Beatlemanía. Lógicamente, ante todo estuvieron las canciones. Pero desde que se cruzó con el single “My Bonnie” de Tony Sheridan and the Beat Brothers, y sobre todo desde que vio a John Lennon en ese “sótano lleno de ruido” llamado The Cavern, Epstein se propuso llevar The Beatles al mundo. Y lo logró. Y lo hizo por amor: Brian estaba enamorado del guitarrista y cantante, que manejó como pudo –a veces con crueldad– esa pasión que no quería ni podía corresponder. Epstein había aprovechado la mueblería familiar para montar una subsidiaria que se había convertido en el más próspero negocio de música de Liverpool. Desde allí y con sus contactos gestionó la legendaria sesión fallida para Decca Records, y luego el encuentro con George Martin que selló la suerte de Pete Best y el camino de gloria de la banda a través de “Love me do” y aquel “Please, please me” que mereció el comentario de Martin de “Caballeros, acaban de grabar su primer número uno”.

Epstein tenía la confianza, los contactos y la perseverancia... pero no el know how. El primer contrato de la banda con Parlophone fue usurario: el grupo recibía un penique por cada single vendido. La venta de derechos de merchandising para los Estados Unidos puede ser catalogada como el mayor negocio despilfarrado de la historia: mientras fabricantes e intermediarios nadaban en dinero vendiendo artículos con una ganancia neta de cincuenta millones de dólares en un solo año, The Beatles recibían un 10 por ciento que a Epstein le había parecido “justo”. Lo que disculpa al manager, claro, es la inevitable ignorancia. A comienzos de los ’60 todo estaba por hacerse y nadie sabía a ciencia cierta cómo se cerraban ciertos negocios. Sobre todo, nadie podía imaginar que esos pibes iban a llegar a donde llegaron.

Las decisiones de Epstein fueron una colosal fuerza impulsora para la banda pero también su perdición, el prólogo a ese funesto fin de semana. Los muchachos no eran del todo felices con esos trajes Mao que habían venido a reemplazar su atuendo de teddy boys, pero era innegable que el cambio de look los había hecho trascender fronteras. Brian impuso una agenda de trabajo demoledora, pero en la interminable cadena de conciertos – grabación – conciertos – grabación (¡y películas!) del período 1962/1966 se cristalizó la leyenda Beatle. Hasta que llegó el show del 29 de agosto de 1966 en el Candlestick Park de San Francisco: la noche en que, tras 33 minutos de exposición al intolerable alarido de la multitud, el cuarteto dijo no va más. Ese día, Brian Epstein comenzó a morir.

* * * *

Brian pudo haber sido posesivo hasta la obsesión con the boys, pudo haber cometido errores que en retrospectiva parecen infantiles, pero nunca fue deshonesto. Antes y después de él, la historia del rock dio varios ejemplos de personajes que estafaron a sus representados. Vivió por y para ellos, pero cuando The Beatles se liberaron de la actividad en vivo para reinventar el estudio como instrumento creativo, dejaron en la zanja a su manager. Epstein ya no tenía nada que hacer. Sus otros representados no significaban el mismo desafío. La banda pareció pasarle factura por los cinco años anteriores, los desastres de la gira filipina y el último tour estadounidense, el look de buenos chicos, la omnipresencia del atildado jovencito. Brian, que desde la adolescencia había sufrido el rechazo y los prejuicios por su homosexualidad y su judaísmo, no pudo tolerar los nuevos tiempos. La espiral descendente de pastillas y autohumillación fue conduciendo a ese domingo encerrado en el dormitorio, mientras sus muchachos reconocían como guía espiritual a un sospechoso hindú que pedía dinero a cambio.

Los Fab Four hicieron de cuenta que su manager ya no era necesario, pero como banda no lo sobrevivieron demasiado. El 20 de agosto de 1969, los cuatro Beatles se juntaron en un estudio por última vez. A comienzos de 1970 implosionaban, tironeados por tiburones del negocio como Allen Klein y Lee Eastman. A esa altura, en el seno de la banda ya casi nadie hablaba de Brian. Ni de su vida ni de su muerte.

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15.8.10 

Controles



“Aníbal Ibarra debería sentirse muy incómodo si lo procesan, ¿no? Pero obviamente la conciencia de Ibarra es distinta a la mía. Yo seguramente me hubiera ido mucho antes si me pasa un desastre totalmente evitable.”
(Mauricio Macri, 7 de septiembre de 2005.)

La sensación aparece cada tanto: la historia de la Argentina parece moverse en círculos. Se muerde la cola. Hace casi seis años, un desastre evitable truncó la vida de casi doscientas personas y dejó secuelas perdurables en otros cientos. Las investigaciones posteriores demostraron que el gerenciador de República Cromañón había cometido negligencias graves, que la banda que tocaba esa noche había practicado una peligrosa manera de entender el “espectáculo”, que el Gobierno de la Ciudad había fallado en los mecanismos de control de lo que sucede en Buenos Aires. En agosto de 2010, un repaso de los últimos acontecimientos permite avizorar que pocas cosas han cambiado. Otra vez, sobre el tapete se ubica la cuestión supuestamente superada de los mecanismos de control. Borrando con el codo lo escrito en los días calientes de la destitución de Aníbal Ibarra, los actuales responsables de que el ciudadano no esté indefenso ante la negligencia de terceros prefieren poner cara de sota y echarle la culpa al otro. El avestruz vuelve a hundir la cabeza en el suelo.

En el derrumbe de Villa Urquiza murieron tres personas. La única diferencia es matemática. Como en el espantoso enero de Cromañón, el ciudadano medio vuelve a preguntarse en manos de quién está su destino, quién decide lo que es seguro y lo que no, qué turbios manejos se combinan para que el mero acto de pisar la calle sea una aventura. Se pregunta cómo es posible que el principal responsable de la Agencia de Control reparta su tiempo con las ardientes discusiones alrededor de Riquelme en la comisión directiva de Boca Juniors. Y arriba a la dolorosa conclusión de que todo tiene su lógica: es evidente que después de Cromañón cambiaron los nombres pero no el funcionamiento. Y así como no se buscó diseñar un control racional de lo que sucedía en los boliches, sino apelar a una histérica ola de clausuras que dejó a la ciudad con escasos espacios de música en vivo, el resto de las actividades no parece tener mejor control. No se eligió hacer las cosas mejor, se eligió no hacerlas.

Uno se pone escéptico y supone que difícilmente se clausuren todas las obras en construcción. Uno se pone cínico y ve en la apertura de gambas de los funcionarios del actual gobierno una demostración de que es fácil hablar de afuera, prometer el oro y el moro en materia de seguridad ciudadana y luego llegar al edificio de Plaza de Mayo y hacer la plancha y desear que la suerte no sea adversa.

Pero la suerte no es algo que pueda manejarse así nomás. Y el sentido común sigue brillando por su ausencia.

* * * *

El fin de semana pasado, Adrian Belew se presentó en Samsung Studio, un hermoso local que alguna vez fue Michelangelo y albergó a un tal Astor Piazzolla. El guitarrista actuó sábado y domingo por la noche, pero también ofreció una clínica de guitarra el domingo por la tarde en el mismo lugar. A las 18.30, todos los asistentes y el músico estaban preparados, pero un inspector del Gobierno de la Ciudad indicó que el encuentro no podía comenzar: no estaba presente el agente policial de consigna que la actual reglamentación exige para desarrollar actividades de música en vivo. Hubo que esperar una hora, hasta que la comisaría de la zona enviara al agente en cuestión. Llama la atención lo quisquillosos que se ponen los funcionarios cuando se trata de música.

“Yo no puedo dejar de pensar que, si fuera por el impacto ambiental, los colectivos no podrían circular, los aviones no podrían sobrevolar Aeroparque, y muchas otras cosas más no deberían hacerse. Pero a lo único que se le ponen impedimentos es al rock”, le dijo a este cronista el empresario Roberto Costa, responsable de Popart, la semana pasada en la AM 750. Tras las prohibiciones de realizar shows en Obras, en el Club Ciudad y en el Parque de los Niños, finalmente los festivales Pepsi Music y Personal Fest se realizarán en Costanera Sur. Si no se quejan los vecinos de Puerto Madero, o si alguien no recuerda que la Reserva Ecológica también está protegida contra el impacto ambiental.

El jueves, Viejas Locas anunció una nueva reprogramación de los dos shows que iba a realizar este fin de semana en el estadio Malvinas Argentinas. La razón fue la misma de la primera cancelación: “Nuevamente con un solo día de anticipación, hemos recibido la negativa de la Policía Federal Argentina, donde nos informa que no disponen del servicio de policía adicional”. Ni el grupo ni la Policía ni el Gobierno terminan de detallar el porqué de esa negativa. La nebulosa alienta la suposición del ciudadano medio, que cita la oscura frase de por algo será y cambia de canal, a ver si se está cayendo otro edificio.

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Ayer por la tarde, en Bonpland y Gorriti, se realizó un festival que busca llamar la atención sobre lo que está sucediendo con el Espacio Cultural Bonpland. Allí funciona un comedor y una biblioteca, se ofrece apoyo escolar a los pibes del barrio y diversas actividades culturales y educativas. Alegando una supuesta deuda de 26 mil pesos, el Gobierno de la Ciudad –el mismo que impulsa un plan de exenciones impositivas a la zona donde están radicadas grandes productoras televisivas– procedió a clausurarlo, y pretende expropiarlo para instalar allí una comisaría de la Policía Metropolitana. Diego Capusotto, Las Pelotas, Luis Alberto Spinetta, Rodolfo García, Gabriel Schultz, Sebastián Wainraich, Alejandro Dolina, Botafogo, Victoria Mil, Ronnie Arias, Claribel Medina, Norman Briski, Nonpalidece son sólo algunas de las muy diversas personalidades que están registrando videos en YouTube y ofreciendo su apoyo para torcer la decisión de quisquillosos responsables del control ciudadano.

Desde siempre, en esta historia que se muerde la cola abundan los personajes que prefieren la policía antes que la cultura.

Cuando los controles se vuelven selectivos, es imposible no preguntarse por la intencionalidad. Mientras algunos señalan al rock como responsable de ataques de pánico y rajaduras en el Barrio River, la desidia de un Estado permite que se vengan abajo edificios en otros lados.

¿Quién controla a los que controlan?

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12.8.10 

Derrumbe



Es así: allí donde algunos ven una tragedia y el dolor de las familias, y otros ven la desidia de un gobierno porteño que le importa todo un carajo, y otros el descontrol de la construcción a lo pavote... la Librería Distal ve una oportunidad comercial.

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10.8.10 

Tres de un par de veladas perfectas



(Publicada hoy en Página/12)

Todavía resonaban los últimos armónicos de esa crimsoniana andanada final de “Three of a Perfect Pair” y “Thela Hun Ginjeet”, y la gente se desparramaba por las callecitas de San Telmo unificada por el mismo sentimiento de incredulidad. No puede ser, se repetían unos a otros. Son extraterrestres, comentaba uno. Quien esto escribe, con la piel aún erizada, le comentaba a un perfecto desconocido: “No puedo escuchar música hasta mañana, cualquier cosa que ponga me va a parecer una bosta”. Ojos de par en par, mandíbulas desencajadas, las costillas doloridas de tanto codazo del vecino: ¿Fue para tanto? ¿Fue tan así?

Fue para tanto. Fue más. Aun los avezados, los que vieron a Adrian Belew con Bowie, y con Crimson, y en su show acústico, no lograban salir de su asombro. ¿Cómo hacen los tipos como Belew, que han superado toda barrera, para seguir superándose? Bueno, así: se juntan con una bajista de sonido monolítico y dedos mágicos y un baterista capaz de reinventar su instrumento, lustran una guitarra que les permite ampliar aún más su paleta sonora y salen a volar cabezas. En un lugar ideal para el consumo de música como el bolichito del pasaje 5 de Julio, la combinación es impecable. Porque además el guitarrista se pone a repasar perlas añejas como “Young Lions” y rarezas como “Of Bow and Drum” (de Op Zop Too Wah), y –obviamente– revisita el universo King Crimson. Y se luce solo, y les da rienda suelta a esos dos salvajes que lo rodean: Julie Slick es una sola entidad con su instrumento, para acariciarlo, para masajearlo y (si es preciso) para reventarlo a trompadas. Marco Minnemann, el gigantón de la batería, da una clase magistral de precisión y musicalidad, y cuelga en la pared un cuadro en forma de solo que incluye un uso sorprendente de los platos, algo de malabarismo en el buen sentido y hasta “La cucaracha” en suite para parches. La gente estalla, y Belew sonríe sin canchereada. El también disfruta de una legítima sorpresa por el perfecto funcionamiento de la maquinaria.

El término “maquinaria” es ineludible. Este trío de Belew es un artefacto musical de alta precisión, en el que cada instrumento apoya e ilustra el otro, encajando piezas hasta conformar un bloque macizo en el que el virtuosismo y la deformidad rítmica no anulan la melodía. Puede volver con total soltura a “Neurotica”, uno de los grandes pasajes del Beat de KC, y embarcarse en ese viaje al más allá que significa “Guitar Box”, donde un simple leit motiv de guitarra va disparando segmentos cada vez más deformes. Puede apoyarse en las canciones de Side One y Side Two, salir a todo gas con “Writing in The Wall” y “Ampersand”, pasar por el Crimson modelo ’94 con “Dinosaur”, rescatar la perla de Here “Futurevision” (las dos últimas, en la función del sábado) y hacerse puro presente con “E”, de su disco más reciente. Y cada final despierta una nueva explosión en un público cada vez más asombrado, cada vez más entregado.

Belew, además, no se deja seducir por el basquetbolismo que empalaga en otros guitar heroes. Es un virtuoso, sí, pero en sus construcciones no hay onanismo, sino una apasionada búsqueda de la musicalidad y el riesgo. “Nunca toqué tanto como con esta banda”, le confesó a Leonardo Ferri en el reportaje publicado la semana pasada en Página/12, y es rigurosamente cierto. Su guitarra a medida concentra toda clase de sonidos, y el recurso de autosamplearse en tiempo real le permite ir dibujando capas y capas melódicas que van formando un paisaje progresivamente detallado, siempre impredecible, a veces inquietante. O de enorme belleza, como cuando se queda solo en escena y entrega una hipnótica versión del “Within You Without You” de The Beatles. A veces dulce, a veces chirriante, a veces embarcado en una tormenta de distorsión, el señor de las cuerdas le da otra dimensión al instrumento pero no pierde de vista la canción, aunque venga en un envase pocas veces visto.

Por las calles de San Telmo, la gente salió pellizcándose, sin ponerse de acuerdo consigo misma en quién la descosió más. A esta altura, apenas pasadas unas horas, empieza a primar la sensación de si no habrá sido un sueño. Belew, Slick y Minnemann, dos noches de excepción: tres de un par perfecto.





Un Zappa en miniatura

En un momento del show del domingo, Belew se quedó sin sonido en su monitor. Mientras arreglaban el desperfecto, el guitarrista accedió a un pedido del público: “¿Que cuente algo?... Bueno, les voy a contar algo. Una tarde estábamos hablando con Frank Zappa en su casa y entró su hijo Dweezil, que tenía 4 años, andando en triciclo. Dweezil tenía un cabello abundante, con unos bucles hermosos, el tipo de pelo con el que yo solo puedo soñar. Al verlo, dije ‘Frank, qué lindo pelo tiene tu hija’. Y Dweezil dio otra vuelta con el triciclo, paró delante mío, me miró, elevó el dedo medio y me dijo: ‘Fuck you!’. Ya era un pequeño Zappa”. Las carcajadas del público retumbaron en el salón, los monitores se arreglaron y el show pudo seguir.

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3.8.10 

El regreso de Dedos de Oro



(Publicada hoy en Página/12)

Era 1990, cuando la Argentina no existía en el mapa de la industria musical, y los shows internacionales se contaban con pocos dedos. Que la productora Rock & Pop anunciara en una sola serie a Eric Clapton, David Bowie y Laurie Anderson –el Derby Rock Festival– era un sueño hecho realidad. Un sueño que, para quienes gastaban en su bandeja de vinilos el exquisito trío de discos del King Crimson de los ’80 (Discipline, Beat y Three of a perfect pair), traía un plus de oro: para su gira Sound + Vision, el Duque Blanco había reclutado nada menos que a Adrian Belew. Belew no sólo nos dejó de boca abierta tocando los clásicos de Bowie, también incendió River con “Pretty pink rose”, de su disco solista Young Lions. Era demasiado, dijimos. No viene nadie, y vino Belew.

Apenas cuatro años después, lo que era sueño se convirtió en delirio. Uno a uno mediante, Buenos Aires ya era plaza fuerte, pero ni el espíritu más imaginativo podía darle forma a lo que fue primero rumor y luego gozosa confirmación: King Crimson se reunía, y se reunía en Argentina. Robert Fripp, Belew, Bill Bruford, Tony Levin, Pat Mastellotto y Trey Gunn se instalaron en el estudio El Pie y le dieron forma al “doble trío” que descerrajaría una tremenda serie de shows en Prix D’Ami, el teatro Broadway, Córdoba y Rosario. Fripp y Belew cruzando armas en “Red” y en “Dinosaur”, Belew cantando cosas como “Matte Kudasai” y “One Time”, el grupo todo desencadenando una furiosa tormenta eléctrica en “Thrak”. Esto es demasiado, dijimos esa vez.

Tres años más tarde, el milagro era cosa cotidiana. En el Teatro Del Globo, Adrian –se podía tutearlo, ya era de la casa– trajo un Acoustic Tour que combinaba sus canciones con diálogos con el público. Hablar de “sus canciones” es hablar del formidable corpus artístico de Lone Rhino, Twang Bar King, Desire caught by the tail, Mr. Music Head, Young Lions, Inner Revolution, Here y Op Zop Too Wah: relajadamente sentado, descalzo, con un par de libros antiguos y una calavera como escenografía, Belew entregó otro show delicioso, en el que primaba su gusto por las melodías antes que los retorcimientos del planeta Crimson. Acostumbrados a que pasara por Ezeiza, ya no decíamos “es demasiado”. Puestos a soñar cosas posibles, le pedíamos que reuniera y trajera a The Bears.

No vinieron los Osos ni se produjo otro encuentro. Los años se acumularon y para el apasionado público argentino Adrian Belew empezó a ser, otra vez, una deuda. Los múltiples ProjeKCts de Crimson no vinieron. Hubo que seguir desde lejos las gloriosas deformidades plasmadas por el guitarrista en los discos Side One, Side Two, Side Three y su correspondiente Side Four Live. Encontrar en YouTube el demoledor set que lleva a cabo con su actual trío –primero con los hermanos Eric y Julie Slick, ahora con Julie al bajo y Marco Minnemann en batería– hacía que se piantara un lagrimón, el calendario volviera a la era pre-1990, cuando estos tipos sólo eran posters y grabaciones. Hasta ahora.

Vuelve Belew. La espera se convierte en festín.


(Aquí, la entrevista de Leonardo Ferri a Belew)

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1.8.10 

La estrategia del silencio


(Publicada hoy en Página/12)

Se suponía que iba a ser una fiesta, terminó en muerte. Suena conocido. El sábado pasado, la Love Parade realizada en Duisburgo, Alemania, terminó con una avalancha en un túnel que era el único acceso: 21 muertos hasta la fecha, más de 500 heridos, 25 de ellos aún en el hospital. Aún no se sabe cómo sucedió, qué fue lo que falló, quién se equivocó más, si los organizadores, el dispositivo de seguridad, la policía, la alcaldía. Hay una investigación en curso. Y hay una estrategia judicial.

Suena conocido.

“Los defensores de procesos penales aconsejan siempre a sus defendidos mantener silencio y esperar a escuchar cuáles son los cargos. Cualquiera puede interpretar una explicación o una disculpa como un reconocimiento del derecho a reclamar resarcimiento. Es posible que eso genere indignación en la opinión pública, pero en términos jurídicos es lo más razonable que puede hacerse”, dijo esta semana Ekkehart Schöfer, vicepresidente de la Cámara Federal de Abogados de Alemania. El boga intentaba explicar la actitud que está levantando ronchas de furia, sobre todo a causa de Adolf Sauerland, alcalde de la ciudad, que se limitó a decir que “hubo fallas individuales”, y solicitó “comprensión” por no hacer más declaraciones, “por protección a mis colaboradores”. Sauerland prefirió ni aparecer en el homenaje realizado ayer en la iglesia Salvador: dijo que era “por respeto al dolor de familiares y amigos”, pero es fácil adivinar que quiso evitarse el escarnio público. En los días posteriores a la tragedia, todos los involucrados buscaron pasarle la responsabilidad al de al lado, olvidando expresar algún tipo de solidaridad con las víctimas y sus familiares. Yo no fui, la culpa la tuvo él. De ninguna manera, señor, yo tampoco fui, la culpa es de aquél. Cómo se le ocurre, si la culpa es del que está allá, ése, sí, ése. Yo no.

Suena conocido.

El viernes, sobrevivientes y familiares de las víctimas del incendio en República Cromañón llevaron a cabo una nueva marcha, de Plaza Miserere a Plaza de Mayo. Reclamaron lo mismo de siempre: justicia. Les duele lo mismo de siempre: la indiferencia. El silencio. José Iglesias, padre de Pedro Iglesias, anunció esta semana que el grupo que representa interpondrá un recurso ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos, que buscará establecer la responsabilidad del Estado argentino en el cúmulo de hechos que llevaron a tanta muerte en la noche del 30 de diciembre de 2004. La presentación apunta que de los 150 funcionarios incriminados directa o indirectamente por el hecho sólo se condenó a dos. En las palabras de Iglesias, y de muchos otros familiares, sigue resonando el estupor por las condenas de hace un año, que se focalizaron en el gerenciador Omar Chabán y el manager Cristian Argañaraz, pero dejaron libres a los músicos que le daban las órdenes al manager y los funcionarios que hicieron la vista gorda ante las irregularidades del boliche. La Cámara de Casación aún no se expidió sobre las apelaciones.

¿Cuántas veces habrá que escribir la misma historia?

El próximo 28 de agosto, lo que queda de Ca$hejeros volverá a tocar, esta vez en San Pedro. Ya no están Maximiliano Djerfy, Eduardo Vázquez y Elio Delgado, quienes en los últimos tiempos salieron a apuntarle a Patricio Fontanet por sus desmanejos y su dictadura dentro de la banda, el modo en el que lo jurídicamente razonable se impuso sobre la verdad. Mejor tarde que nunca, alguno de ellos confirmó (en una entrevista en el Suplemento Sí de Clarín) que la banda, tal como se señaló en estas páginas muchas veces, escondía pirotecnia en su equipamiento para pasarla lejos de cualquier control. Alguna deuda habrá quedado para que empiece a resquebrajarse la estrategia del silencio, quizá la conciencia esté haciendo su trabajo: como sea, a medida que el tiempo pasa y el polvo de las pasiones se asienta las cosas quedan cada vez más claras.

* * * *

Silencio, también, es lo que quieren los vecinos del Barrio River. El informe privado que difundió el jueves el ingeniero Jorge Linlaud pareció ponerle la faja de clausura definitiva al Monumental. Pero esa misma noche, Javier Corcuera, de la Agencia de Protección Ambiental, salió a relativizar lo que se daba como resolución definitiva y detalló que hay otro informe de impacto ambiental, realizado por la UBA, que es menos drástico aunque también señala problemas de vibraciones. El problema no es el sonido sino el público, que tiene la maldita costumbre de ir a los recitales a divertirse, gozar y saltar, provocando ataques de pánico (de los cuales no se han presentado aún los correspondientes certificados médicos) y derrumbes en varios cientos de metros a la redonda. El problema no es sólo ése, sino la invasión que sufre el barrio con cada show, esos feos, sucios y malos que no saben divertirse sanamente y en familia.

(Por otra parte, la medición de Linlaud se realizó la noche que tocó AC/DC. Que es como proponerse investigar si los seres humanos son buenos corredores y estudiar a Usain Bolt.)

De a poco pero sin pausa, los que aseguran estar haciendo Buenos Aires demuestran que lo suyo es hacer silencio. Los músicos que tratan de ganarse la vida en la ciudad saben bien lo que ha sucedido con los espacios de música en vivo, asediados por histéricas legislaciones que asfixian lugares de expresión y condenan a los artistas a acatar reglas de juego abusivas. A nadie parece importarle el impacto laboral y cultural de eso, como a nadie parece importarle el impacto ambiental de los árboles talados en la plaza Las Heras –entre gallos y medianoche– para construir un estacionamiento.

Hay que hacer silencio. Es lo jurídicamente razonable.

La ola de clausuras, la mordaza generalizada, no parece casual. Tras la avalancha en Duisburgo, una de las primeras cosas que se anunciaron es que nunca más se realizará la Love Parade, como si la culpa fuera del evento y no de quienes debían velar por su buen funcionamiento. En lugar de hacer las cosas bien, se opta por no hacerlas. Se entierra todo, los muertos, los hechos, la cabeza bajo el suelo. En vez de aprender y mejorar, se cierra todo. El mensaje implícito es que lo peligroso es el acto artístico, es salir a la calle, hacer acto de presencia, poner el cuerpo en aquello que nos apasiona. La orden implícita es que se queden todos en casita, seguros, sin molestar al vecino, saliendo solo a festivales oficiales con afiche amarillo, saltitos sin vibraciones molestas, decibeles controlados.

Habrá que decidir qué queremos. Saltar de pura vida, o vivir atornillados al piso.



(Update del lunes: novedades en la causa)

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Responsable

  • Eduardo Fabregat
  • Buenos Aires, Argentina
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