25.9.10 

En la calle

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19.9.10 

"Esto es el comienzo de un viaje"

(Publicada hoy en Página/12)

¿Qué es más difícil, arrancar de cero o iniciar un proyecto con la mochila de haber liderado una banda que reventó estadios con sus rituales? En mayo del año pasado, Los Piojos reventaron River por última vez, el último acorde de una historia más que fecunda que visitó todas las estaciones, del barcito al teatro, del teatro a Obras, de Obras al rock de masas. Pero todo eso empieza a virar al sepia, un tono que contrasta con los mil colores de la tapa de Espejos, el primer disco de Ciro y Los Persas. Un debut que consigue el milagro de desmarcar a Andrés Ciro Martínez de su propia mochila, sin despreciar su esencia de rock, rhythm’n’blues, reggae y blues. Un disco capaz de recalentar parlantes con “Banda de garage”, “Rockabilly para siempre” y “Blues del gato sarnoso” o el funk de “Servidor”, pero también visitar un terreno cancionero (“Espejos”, “Ruidos”) no tan habitual en él y encontrar en el folklore un vehículo para su tributo a Prodan (“Malambo para Luca”). Un álbum que logra borrar presunciones y prejuicios.

Junto a los guitarristas Juan Gigena Abalos y Juanjo Gaspari, el bajista Broder Bastos, el baterista Lulo Isod y el tecladista Chucky de Ipola –único nexo con el pasado–, Ciro ya inició la otra faceta de todo proyecto musical: en Córdoba, Mendoza y San Juan, el frontman pasó la prueba de fuego demostrando la pasión intacta; este miércoles, jueves y sábado en el Luna Park será el reencuentro con el público porteño. Hay algo de ansiedad, Andrés la admite, pero su rostro no lo trasluce. Tampoco se altera demasiado cuando se toca el delicado tema de las agrias declaraciones de sus ex compañeros de ruta: “No coincido con la forma ni con lo que se dijo. No se respetó a la gente ni a una historia de 20 años llena de cosas maravillosas. Pero no quiero cometer el mismo error y seguir hablando del tema. Yo estoy tranquilo y feliz por lo que le di y me dio la banda que fue mi vida. Ahora estoy en otro viaje similar pero distinto, disfrutando cada paso”, dice. Basta de pasado, hora del presente.

–No es estrictamente así, siempre habrá gente interesada en lo que hagas, pero... ¿cómo es arrancar de cero para el tipo que cantó en Los Piojos?

–Fue no quedar en la inercia de no hacer nada, o de poner la energía en otros proyectos... alguna vez le di una mano a Mex con un programa de TV, y también estudié dirección de teatro: podría haberme puesto a hacer una cosa y otra, derivar la energía hacia otros lugares. Pero no quería que pasara eso, entonces arranqué tocando la guitarra con Juan Abalos, empecé a mostrarle cosas, a zapar. Y un día me dijo “si querés yo conozco mucha gente que toca, podemos buscar un lugar para tocar”... de esa banda al final me quedé solo con Broder. Pero estuvo bueno porque mi primera sensación era salir de gira a los tres meses, pero no me hubiera sentido cómodo si tocaba 24 temas de Los Piojos con otra banda, por más que fueran temas míos. Tenía que empezar algo.

–Aunque no quieras, aunque esas canciones también sean tus “hijas”, hay una presión.

–Si todo el proyecto dependiera del pasado no me hubiera sentido cómodo. Empecé a laburar más a conciencia, arranqué con cosas que habían quedado fuera de discos de Los Piojos, ideas sueltas y temas que salieron, como “Espejos”, el último que llevé a la sala. Empecé zapando, escapándole a la inercia, a la depresión, a la ansiedad, buscando tocar y detrás de reencontrarme con la gente, de hacer lo que me gusta, al cabo. Eso fue un impulso para hacer rápidamente catorce, quince temas.

–¿Algo te condicionaba cuando agarrabas la viola? Aunque fuera algo mínimo, una secuencia de acordes...

–Lo que pasa es que en Los Piojos yo compuse mucho, hice la gran mayoría de las melodías, de las letras, muchos temas solo... Los Piojos no eran una banda definida, qué sé yo, de hard metal, tenía de todo, y tuvo un poco de lo que a mí siempre me gustó hacer. Yo soy muy variado para escuchar, y ubicando las cosas un poco, siempre llevándolo para el lado del rock, nunca me cerré en un estilo, compuse libremente, e incluso con cosas con las que no me sentía muy cómodo, que tenían que ver más con el gusto de la banda o de alguien de la banda, pero estaba abierto. Entonces, si agarro la guitarra y sale algo que tiene un cierto sello... y hay cosas que suceden misteriosamente: “Antes y después” era un valsecito, y la melodía de viola es de Juan, y él me propuso llevarlo de 3x4 a 4x4, más rockero. Con un estribillo nuevo y una mano que me dio Chucky, el tema terminó pareciéndose a Los Piojos... a partir de la intervención de Abalos. Pero traté de no preocuparme. Es como si fueras un arquitecto con un estilo propio, que trabaja con un equipo de gente y todos hacen cosas, y el día que se termina la sociedad...

–Uno sigue siendo uno.

–Claro, y no vas a negar quién sos. Hubo un pensamiento que me sobrevoló, que a veces en una nueva etapa uno desea hacer lo contrario a lo que hizo. Pero termina ganando la naturaleza. Cuando arranqué mi pensamiento era tocar con Chucky, con un teclado, en bares, y en cuanto nos juntamos y empezó a pintar el sonido del rock and roll, el sonido de las guitarras rrraaannn... se acabó la cosa intimista.

–Sí hay cosas en las que parece que pisaras terrenos nuevos, como “Ruidos”. Sin necesidad de ponerse en “voy a hacer electrónica para diferenciarme”...

–Es no dejarse llevar por la paranoia. Cuando decidí dedicarme a esto, mi búsqueda tuvo que ver con la libertad. Yo cambié al teatro por el rock por una cuestión de adrenalina y de libertad, de sentir que escribía la obra en la que actuaba, de enfrentarse a la gente de un modo distinto al teatro, donde se es un personaje. En el rock uno habla más de frente y es otra la comunicación con el público, además de la posibilidad de crear. Pero lo que me determina es el grado de libertad: por eso buscamos la independencia y no un tipo que nos dijera qué hacer. Eso no me lo trago, me hace sentir en una oficina, mal. Por eso, la composición tiene que ser libre. A pesar de eso es una lucha, a veces encuentro letras alternativas que me gustan más que lo que quedó. A veces hay que luchar con el dejar salir, eso le pasa a cualquiera que escribe, lo de limitarse y decir “esto no, se parece a algo que escribió tal”. Es autolimitarse y autojuzgarse, es el primer escollo que hay que salvar y quizá uno de los más difíciles, porque no sé quién pone los límites de la libertad.

–Imagino que escuchás las ideas de los músicos, pero seguramente en este proyecto tenés mucha más libertad. En una banda se negocia mucho más, el solista negocia más consigo mismo.

–Es un aprendizaje. Pero ojo, en la banda uno negocia todo el tiempo pero siendo solista también. En un grupo humano uno negocia, en una pareja negocia, porque si no es un despotismo que al final es de una inmensa soledad: si el otro siempre va a hacer lo que vos quieras al final no hay nadie. Yo quiero una banda que esté feliz de tocar, y para eso contemplo un montón de cosas. Tengo que aprender justamente a escuchar más mis pretensiones, mis gustos. Hay cosas que tengo que hacerme caso a mí aunque me equivoque. Y muchas veces me pasó de pensar algo y por un productor, la banda o lo que fuere, no insistir, y darme cuenta de que no estaba tan errado. Pero tampoco me sentiría cómodo parándome al frente y poniendo la banda en penumbras, como otros solistas que siempre encararon su trabajo de esa manera, y me parece perfecto pero no me divierte, prefiero chocarme con la guitarra, tener otra comunicación, que la música sea de la banda.

–Que haya una mística.

–Totalmente. Y todo eso es una enseñanza, y encontrar el equilibrio, pero es también una comodidad la energía que hay, de ganas de hacer. Antes había un productor que decidía, quizá el día de mañana habrá un productor y también decidirá. Pero los roles son distintos. A mí me gusta que la banda participe, hay temas en los que participa en la composición, “Antes y después”, “Banda de garage”, “Ruidos” y “Chucu chu”, que salió de una zapada.

–Y es un momento de riqueza muy especial, ¿no? Porque son dos nacimientos, el que se produce cuando se juntan en la sala, y el que se produce cuando salen a tocar en vivo.

–Cada show es un descubrimiento, me gusta mucho la energía que tiran los pibes, cómo la encaran, lo que le transmiten a la gente. En Córdoba fue un poco romper el hielo, pero en estos dos últimos shows surgieron cosas de todo el grupo muy conectado, y eso habla de una energía que fluye que está buenísima y que hace que cada show sea un interrogante. Son tipos que tocan mucho y bien, con mucha onda, no son virtuosos al pedo, tienen mucho groove.

–Y en ese contexto, ¿vos cómo te sentís? Son veinte años arriba del escenario, pero igual... e incluso cosas físicas, como ese viejo tema de las operaciones de rodilla.

–Estoy contento con la última operación porque viene todo bien, y espero que sea definitivo. En cuanto a tocar, yo lo siento como una cosa de acá para arriba, el comienzo de un viaje, y hay un par de horizontes que están asomando. Lo bueno es que tiro y hay respuestas, siento que el límite está para arriba, tocamos un tema de Los Piojos y suena de una manera distinta, fresca.

–No es un cover.

–Muy poderoso, casi que es otro tema, da para jugar cuando ya era una cosa que sentías como muy esquemática. El toque es distinto, cosas como “Te diría”, “Pacífico”, “Manjar”, es como redescubrirlos.

–¿Extrañás algo a lo que ya es muy difícil que accedas, la pequeña escala?

–Ojo, ahora son tres Lunas y es un gran logro, porque no es un momento fácil para el rock. Pero con Los Piojos hacíamos seis Lunas sólo con avisarlo en la web. En Mendoza y San Juan, aunque es un buen número, fueron unas 2 mil, 3 mil personas. Era un escenario chico y siempre me encantó lo caliente que lográs ahí, transpirar, estar con los músicos pegados, pelando, es único. Un estadio es bárbaro, pero completamente distinto. Mientras pueda bancar la gira con la mejor puesta en escena... pero ya poder tocar, salir de gira, es impagable. Y tengo confianza en el disco, veo la repercusión en la gente. Las cosas se irán dando como se tengan que dar, pero mientras pueda tocar y viajar...

–Acá nadie te extiende un cheque en blanco.

–Absolutamente. Y sería muy triste como compositor tener que basarme en lo que hice ayer. Uno vive situaciones de angustia, y yo soy medio vago. Por eso también quería tener una banda: necesito tener a alguien frente a quien responder, alguien que me hinche las pelotas, si no hago cualquier cosa menos sentarme. Yo podría vivir, quizá no tan bien pero zafar, haciendo fiestas, “El farolito” y “Verano del 92”, pero por suerte no me interesa eso. Puedo seguir componiendo y me interesa hacer cosas nuevas. A pesar de que comienza una etapa, este disco también la cierra: saldo deudas que tenía conmigo. Pero lo mejor es que no sé lo que será el próximo.





Cromañones latentes

-- En 1999 en Atlanta, al comienzo del show pegó un bengalazo cerca de la batería de Dani, paraste el show y les advertiste a los pibes que tuvieran cuidado. Con el tiempo, sin embargo, la conducta en shows de rock terminó desmadrándose hasta el punto de considerar los fuegos artificiales una parte "necesaria" del espectáculo. A casi 6 años de Cromañón, que reflexión te merece ese fenómeno?

-- Me parece que es parte de nuestra identidad jugar al límite. A mí no me gustaban las bengalas porque me parecia una forma de buscar protagonismo equivocada. Llenaban todo de humo y podían quemar a alguno que estuviera cerca. Pero si bien tampoco fue una bengala, no creo que nadie haya imaginado que algo así podía pasar. Pero vivimos rodeados de cromañones latentes, no sólo en el rock.

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17.9.10 

Sobre ruedas


¡Qué suerte que Macri se gastó la guita de las escuelas en bicisendas!

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12.9.10 

Destino circular


Es un destino circular / que gira en el mismo lugar.

Federico Moura, 1986.

A uno lo empiezan a acosar el aburrimiento, el hartazgo, la sensación de que no se puede estar machacando al lector siempre con las mismas cosas. Pero es que la realidad se empeña: ni siquiera se cumple un mes de la publicación de la columna “Controles”, y ya hay que volver a barajar los mismos conceptos. Sabíamos que la Buenos Aires de Mauricio Macri no estaba buena, pero además es repetitiva hasta la exasperación.

La exasperación, y la indignación. Leticia Provedo tenía 20 años. Ariana Lizarraga, 21. Según Horacio Rodríguez Larreta, el tipo que tiene que salir a dar la cara mientras su jefe disfraza de “actividad oficial” el paseo europeo con su prometida, las chicas hicieron un “mal uso de las instalaciones”, con lo que además de víctimas son responsables de su propia muerte. Porque el Gobierno de la Ciudad, según lo presenta el funcionario, hizo todo bien: Beara estaba habilitado, repitió una y otra vez. Había sido inspeccionado nueve veces, remarcó, sin darse cuenta de que esas afirmaciones son el más crudo testimonio de la ineptitud del Estado ciudadano. Alguien miró para otro lado, alguien no supo advertir el peligro de un entrepiso de durlock, alguien se llevó un billete, alguien no constató que lo que aparecía en la página de Internet del gobierno como “salón de fiestas privadas” se autodenunciaba en la misma página del boliche vendiendo entradas para eventos abiertos al público.

Y aquí estamos de vuelta, contando muertos y heridos.

“No se le puede exigir al gobierno que chequee cada ascensor de los edificios de la ciudad para ver si es correcto su funcionamiento”, dijo Marcos Peña, secretario general del Gobierno de la Ciudad, mientras en Roma su jefe pensaba los 140 caracteres de pésame a los familiares de las víctimas. Es curioso: cuando Aníbal Ibarra dijo algo muy parecido, los representantes del PRO se indignaron muchísimo y exigieron, impulsaron, el juicio político que se llevó puesto al jefe de Gobierno. En uno y otro caso, tampoco se pide tanto: no se pide que lo observen todo, quizá alcance con que alguna vez hagan bien el trabajo de controlar boliches o edificios (y ya que hablamos de ascensores, que le pongan un ojo a los del Centro Cultural San Martín, que además depende directamente del GCBA). Bueno, en tren de pedir también estaría bueno que, ante la repetición de “desastres evitables”, dejaran de lado el modus operandi de intentar lavarse el culo en público en vez de hacerse cargo de las cosas.

* * *

Bienvenidos, entonces, al túnel del tiempo circular, que no viaja a diferentes lugares sino que vuelve una y otra vez al mismo punto. Como en enero de 2005, la luz pública vuelve a revelar tramoyas que tienen que ver con la habilitación de locales bailables “clase C”. Una de las enseñanzas de República Cromañón fue que había un esquema corrupto de inspecciones, controles y habilitaciones que debía ser desmantelado. Los actuales gobernantes cosecharon votos prometiendo que sería una de las muchas tareas que desempeñarían con eficiencia, pero seis años después el esquema parece intacto. Es la única inferencia posible ante un local que fue inspeccionado nueve veces pero se vino abajo. Los funcionarios pretenden que hubo un mal uso de las instalaciones, pero en rigor hay un mal uso de las inspecciones. Se clausuran locales porque no hay máquina de preservativos en los baños, pero permanecen abiertos los que tienen un encargado que le indica a su empleado en negro que ponga las mesas en el medio del entrepiso, para que no se junte allí la gente porque todo está atado con alambre.

Un par de semanas atrás, el gobierno anunció con pompa y boato que se les entregaban habilitaciones a veinte salas de teatro independiente. Hay al menos 130 que siguen esperando que alguien les dé pelota, que destrabe un poco la maraña legal en la que fueron enredados: será que los teatristas se resisten a transitar los caminos de la viveza criolla que conducen al permiso fácil que disfrutan otros.

(Si las mirara con ojos de inspector, ¿habilitaría el Gobierno de la Ciudad tantas escuelas al borde de la ruina edilicia?)

Con las orejas aún ardiendo por el papelón del micropogo en River, los funcionarios pretendieron tomarse revancha: el entrepiso de Beara se vino abajo por culpa de los pogueros, esos infiltrados chavistas K que saltan al grito de “Macri, basura, vos sos la dictadura”. El derrumbe en Palermo, estas dos nuevas muertes jóvenes vienen a certificar que los problemas de fondo permanecen, y el arte de la excusa también. ¿De qué sirvió la ola de clausuras que barrió con infinidad de lugares de trabajo de artistas y su entorno, si al retirarse el agua quedó la misma resaca de siempre? ¿Quién puede garantizar que hoy Cromañón no tendría “todo en regla”, de acuerdo con las reglas con las que juega esta administración? Si el túnel circular nos depositara en el 30 de diciembre de 2004, ¿no diría Rodríguez Larreta que en la discoteca de Once se hizo un “mal uso de las instalaciones”, no diría el sitio saliseguro.gob.ar que “el lugar no registra clausuras por incumplimiento de medidas de seguridad ni por haber realizado actividades sin permiso en el último año”?

Flaco consuelo: al menos en 2004 no había Twitter.

* * *

Sí, uno se harta de machacar con las mismas cosas. Más inexplicable aún debe resultar para los familiares de Leticia y Ariana, a quienes les vendieron que esta ciudad ahora sí es segura, ahora sí vigila los lugares donde los jóvenes entretienen su tiempo, y de pronto todo se viene abajo y les dicen que estaba todo bien y que en realidad la culpa es de las pibas que se pusieron a saltar donde no se debía, y les mandan un pésame en 140 caracteres desde la bella Italia. Y todos volvemos a leer las palabras Agencia de Control, boliche clase C, inspección, habilitación, y volvemos a ver funcionarios con cara de piedra practicando el innoble arte de tirarle la pelota envenenada a otro.

Un destino circular, girando en el mismo lugar.

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Responsable

  • Eduardo Fabregat
  • Buenos Aires, Argentina
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