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19.9.10 

"Esto es el comienzo de un viaje"

(Publicada hoy en Página/12)

¿Qué es más difícil, arrancar de cero o iniciar un proyecto con la mochila de haber liderado una banda que reventó estadios con sus rituales? En mayo del año pasado, Los Piojos reventaron River por última vez, el último acorde de una historia más que fecunda que visitó todas las estaciones, del barcito al teatro, del teatro a Obras, de Obras al rock de masas. Pero todo eso empieza a virar al sepia, un tono que contrasta con los mil colores de la tapa de Espejos, el primer disco de Ciro y Los Persas. Un debut que consigue el milagro de desmarcar a Andrés Ciro Martínez de su propia mochila, sin despreciar su esencia de rock, rhythm’n’blues, reggae y blues. Un disco capaz de recalentar parlantes con “Banda de garage”, “Rockabilly para siempre” y “Blues del gato sarnoso” o el funk de “Servidor”, pero también visitar un terreno cancionero (“Espejos”, “Ruidos”) no tan habitual en él y encontrar en el folklore un vehículo para su tributo a Prodan (“Malambo para Luca”). Un álbum que logra borrar presunciones y prejuicios.

Junto a los guitarristas Juan Gigena Abalos y Juanjo Gaspari, el bajista Broder Bastos, el baterista Lulo Isod y el tecladista Chucky de Ipola –único nexo con el pasado–, Ciro ya inició la otra faceta de todo proyecto musical: en Córdoba, Mendoza y San Juan, el frontman pasó la prueba de fuego demostrando la pasión intacta; este miércoles, jueves y sábado en el Luna Park será el reencuentro con el público porteño. Hay algo de ansiedad, Andrés la admite, pero su rostro no lo trasluce. Tampoco se altera demasiado cuando se toca el delicado tema de las agrias declaraciones de sus ex compañeros de ruta: “No coincido con la forma ni con lo que se dijo. No se respetó a la gente ni a una historia de 20 años llena de cosas maravillosas. Pero no quiero cometer el mismo error y seguir hablando del tema. Yo estoy tranquilo y feliz por lo que le di y me dio la banda que fue mi vida. Ahora estoy en otro viaje similar pero distinto, disfrutando cada paso”, dice. Basta de pasado, hora del presente.

–No es estrictamente así, siempre habrá gente interesada en lo que hagas, pero... ¿cómo es arrancar de cero para el tipo que cantó en Los Piojos?

–Fue no quedar en la inercia de no hacer nada, o de poner la energía en otros proyectos... alguna vez le di una mano a Mex con un programa de TV, y también estudié dirección de teatro: podría haberme puesto a hacer una cosa y otra, derivar la energía hacia otros lugares. Pero no quería que pasara eso, entonces arranqué tocando la guitarra con Juan Abalos, empecé a mostrarle cosas, a zapar. Y un día me dijo “si querés yo conozco mucha gente que toca, podemos buscar un lugar para tocar”... de esa banda al final me quedé solo con Broder. Pero estuvo bueno porque mi primera sensación era salir de gira a los tres meses, pero no me hubiera sentido cómodo si tocaba 24 temas de Los Piojos con otra banda, por más que fueran temas míos. Tenía que empezar algo.

–Aunque no quieras, aunque esas canciones también sean tus “hijas”, hay una presión.

–Si todo el proyecto dependiera del pasado no me hubiera sentido cómodo. Empecé a laburar más a conciencia, arranqué con cosas que habían quedado fuera de discos de Los Piojos, ideas sueltas y temas que salieron, como “Espejos”, el último que llevé a la sala. Empecé zapando, escapándole a la inercia, a la depresión, a la ansiedad, buscando tocar y detrás de reencontrarme con la gente, de hacer lo que me gusta, al cabo. Eso fue un impulso para hacer rápidamente catorce, quince temas.

–¿Algo te condicionaba cuando agarrabas la viola? Aunque fuera algo mínimo, una secuencia de acordes...

–Lo que pasa es que en Los Piojos yo compuse mucho, hice la gran mayoría de las melodías, de las letras, muchos temas solo... Los Piojos no eran una banda definida, qué sé yo, de hard metal, tenía de todo, y tuvo un poco de lo que a mí siempre me gustó hacer. Yo soy muy variado para escuchar, y ubicando las cosas un poco, siempre llevándolo para el lado del rock, nunca me cerré en un estilo, compuse libremente, e incluso con cosas con las que no me sentía muy cómodo, que tenían que ver más con el gusto de la banda o de alguien de la banda, pero estaba abierto. Entonces, si agarro la guitarra y sale algo que tiene un cierto sello... y hay cosas que suceden misteriosamente: “Antes y después” era un valsecito, y la melodía de viola es de Juan, y él me propuso llevarlo de 3x4 a 4x4, más rockero. Con un estribillo nuevo y una mano que me dio Chucky, el tema terminó pareciéndose a Los Piojos... a partir de la intervención de Abalos. Pero traté de no preocuparme. Es como si fueras un arquitecto con un estilo propio, que trabaja con un equipo de gente y todos hacen cosas, y el día que se termina la sociedad...

–Uno sigue siendo uno.

–Claro, y no vas a negar quién sos. Hubo un pensamiento que me sobrevoló, que a veces en una nueva etapa uno desea hacer lo contrario a lo que hizo. Pero termina ganando la naturaleza. Cuando arranqué mi pensamiento era tocar con Chucky, con un teclado, en bares, y en cuanto nos juntamos y empezó a pintar el sonido del rock and roll, el sonido de las guitarras rrraaannn... se acabó la cosa intimista.

–Sí hay cosas en las que parece que pisaras terrenos nuevos, como “Ruidos”. Sin necesidad de ponerse en “voy a hacer electrónica para diferenciarme”...

–Es no dejarse llevar por la paranoia. Cuando decidí dedicarme a esto, mi búsqueda tuvo que ver con la libertad. Yo cambié al teatro por el rock por una cuestión de adrenalina y de libertad, de sentir que escribía la obra en la que actuaba, de enfrentarse a la gente de un modo distinto al teatro, donde se es un personaje. En el rock uno habla más de frente y es otra la comunicación con el público, además de la posibilidad de crear. Pero lo que me determina es el grado de libertad: por eso buscamos la independencia y no un tipo que nos dijera qué hacer. Eso no me lo trago, me hace sentir en una oficina, mal. Por eso, la composición tiene que ser libre. A pesar de eso es una lucha, a veces encuentro letras alternativas que me gustan más que lo que quedó. A veces hay que luchar con el dejar salir, eso le pasa a cualquiera que escribe, lo de limitarse y decir “esto no, se parece a algo que escribió tal”. Es autolimitarse y autojuzgarse, es el primer escollo que hay que salvar y quizá uno de los más difíciles, porque no sé quién pone los límites de la libertad.

–Imagino que escuchás las ideas de los músicos, pero seguramente en este proyecto tenés mucha más libertad. En una banda se negocia mucho más, el solista negocia más consigo mismo.

–Es un aprendizaje. Pero ojo, en la banda uno negocia todo el tiempo pero siendo solista también. En un grupo humano uno negocia, en una pareja negocia, porque si no es un despotismo que al final es de una inmensa soledad: si el otro siempre va a hacer lo que vos quieras al final no hay nadie. Yo quiero una banda que esté feliz de tocar, y para eso contemplo un montón de cosas. Tengo que aprender justamente a escuchar más mis pretensiones, mis gustos. Hay cosas que tengo que hacerme caso a mí aunque me equivoque. Y muchas veces me pasó de pensar algo y por un productor, la banda o lo que fuere, no insistir, y darme cuenta de que no estaba tan errado. Pero tampoco me sentiría cómodo parándome al frente y poniendo la banda en penumbras, como otros solistas que siempre encararon su trabajo de esa manera, y me parece perfecto pero no me divierte, prefiero chocarme con la guitarra, tener otra comunicación, que la música sea de la banda.

–Que haya una mística.

–Totalmente. Y todo eso es una enseñanza, y encontrar el equilibrio, pero es también una comodidad la energía que hay, de ganas de hacer. Antes había un productor que decidía, quizá el día de mañana habrá un productor y también decidirá. Pero los roles son distintos. A mí me gusta que la banda participe, hay temas en los que participa en la composición, “Antes y después”, “Banda de garage”, “Ruidos” y “Chucu chu”, que salió de una zapada.

–Y es un momento de riqueza muy especial, ¿no? Porque son dos nacimientos, el que se produce cuando se juntan en la sala, y el que se produce cuando salen a tocar en vivo.

–Cada show es un descubrimiento, me gusta mucho la energía que tiran los pibes, cómo la encaran, lo que le transmiten a la gente. En Córdoba fue un poco romper el hielo, pero en estos dos últimos shows surgieron cosas de todo el grupo muy conectado, y eso habla de una energía que fluye que está buenísima y que hace que cada show sea un interrogante. Son tipos que tocan mucho y bien, con mucha onda, no son virtuosos al pedo, tienen mucho groove.

–Y en ese contexto, ¿vos cómo te sentís? Son veinte años arriba del escenario, pero igual... e incluso cosas físicas, como ese viejo tema de las operaciones de rodilla.

–Estoy contento con la última operación porque viene todo bien, y espero que sea definitivo. En cuanto a tocar, yo lo siento como una cosa de acá para arriba, el comienzo de un viaje, y hay un par de horizontes que están asomando. Lo bueno es que tiro y hay respuestas, siento que el límite está para arriba, tocamos un tema de Los Piojos y suena de una manera distinta, fresca.

–No es un cover.

–Muy poderoso, casi que es otro tema, da para jugar cuando ya era una cosa que sentías como muy esquemática. El toque es distinto, cosas como “Te diría”, “Pacífico”, “Manjar”, es como redescubrirlos.

–¿Extrañás algo a lo que ya es muy difícil que accedas, la pequeña escala?

–Ojo, ahora son tres Lunas y es un gran logro, porque no es un momento fácil para el rock. Pero con Los Piojos hacíamos seis Lunas sólo con avisarlo en la web. En Mendoza y San Juan, aunque es un buen número, fueron unas 2 mil, 3 mil personas. Era un escenario chico y siempre me encantó lo caliente que lográs ahí, transpirar, estar con los músicos pegados, pelando, es único. Un estadio es bárbaro, pero completamente distinto. Mientras pueda bancar la gira con la mejor puesta en escena... pero ya poder tocar, salir de gira, es impagable. Y tengo confianza en el disco, veo la repercusión en la gente. Las cosas se irán dando como se tengan que dar, pero mientras pueda tocar y viajar...

–Acá nadie te extiende un cheque en blanco.

–Absolutamente. Y sería muy triste como compositor tener que basarme en lo que hice ayer. Uno vive situaciones de angustia, y yo soy medio vago. Por eso también quería tener una banda: necesito tener a alguien frente a quien responder, alguien que me hinche las pelotas, si no hago cualquier cosa menos sentarme. Yo podría vivir, quizá no tan bien pero zafar, haciendo fiestas, “El farolito” y “Verano del 92”, pero por suerte no me interesa eso. Puedo seguir componiendo y me interesa hacer cosas nuevas. A pesar de que comienza una etapa, este disco también la cierra: saldo deudas que tenía conmigo. Pero lo mejor es que no sé lo que será el próximo.





Cromañones latentes

-- En 1999 en Atlanta, al comienzo del show pegó un bengalazo cerca de la batería de Dani, paraste el show y les advertiste a los pibes que tuvieran cuidado. Con el tiempo, sin embargo, la conducta en shows de rock terminó desmadrándose hasta el punto de considerar los fuegos artificiales una parte "necesaria" del espectáculo. A casi 6 años de Cromañón, que reflexión te merece ese fenómeno?

-- Me parece que es parte de nuestra identidad jugar al límite. A mí no me gustaban las bengalas porque me parecia una forma de buscar protagonismo equivocada. Llenaban todo de humo y podían quemar a alguno que estuviera cerca. Pero si bien tampoco fue una bengala, no creo que nadie haya imaginado que algo así podía pasar. Pero vivimos rodeados de cromañones latentes, no sólo en el rock.

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21 de septiembre de 2010 07:10

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