12.11.10 

Noticia intrascendente

Che, qué cagada, se separó Ca$hejeros.

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11.11.10 

Todo lo que necesitas es a Paul


(Publicada hoy en Página/12)

Cuestiones de números, de fechas: el martes se cumplieron 49 años del mediodía en que un tal Brian Epstein bajó a ese “sótano lleno de ruido” y se encontró con la banda a la que ayudaría a convertirse en leyenda. Este año se cumplieron 40 años de la separación de aquella leyenda, cuyas canciones conservan una vitalidad asombrosa. Ayer se cumplieron 16 años y once meses de la primera visita de un Beatle a la Argentina, aquel New World Tour que conmovió al estadio de River. Y anoche, también, toda cifra y toda fecha quedó reducida a nada cuando Paul McCartney, Paul ‘Wix’ Wickens, Brian Ray, Rusty Anderson y Abe Laboriel Jr. pisaron el escenario del Monumental de Núñez bañados por la estremecedora ovación de una cancha agotada desde el mismo día en que se pusieron en venta las entradas. El contexto lleva a esta clase de alegorías: puede decirse que el Beatle tenía ganado el partido desde el vestuario. Pero la conmoción de comprobarlo tuvo, aun así, proporciones épicas.

Macca, viejo zorro de este asunto, sabe qué es lo que quiere su gente. Por eso se dio el gusto de abrir la fiesta honrando a Wings con el medley de “Venus and Mars/Rock show/Jet”, canciones que a pesar de sus valores fueron el aperitivo, el trago inicial antes del primero de los muchos temblores colectivos que anoche recorrieron Núñez: bastó que Paul se acercara al micro y largara “Close your eyes and I’ll kiss you/ tomorrow I’ll miss you...” para que todas las piezas encajaran en su lugar, para que la multitud se dejara ganar por el inenarrable placer de tener enfrente a un Beatle cantando a The Beatles. “All my Loving” fue como el verdadero puntapié inicial de una velada que quedará clavada en la memoria por siempre, y no solo por las dudas que abre la posibilidad de alguna visita futura de Macca, no solo por una lista en la que 22 de las 32 canciones pertenecen al universo Beatle. Para quien vio el show de 1993 y el de anoche, hubo también una diferencia sustancial: este quinteto tiene en sus espaldas más de 200 conciertos, algo que se traduce en un labor sólida como una roca, una cohesión que es el perfecto vehículo para esas canciones inoxidables. Y que tiene, sin dudas, un espíritu más rockero, más visceral que aquella banda.

Y el zurdo lo sabe. Apoyado en ese impecable sostén instrumental y con una puesta en la que las imágenes sirven como pinceladas emocionales –sean de los años dorados de Liverpool o de Wings–, el músico de 68 años transita el escenario con la sapiencia de los años. Dedica una parte de la lista a Band on the Run, el disco que está reeditando en estos días en lujosa versión remasterizada, y que sirve tanto para rescatar canciones como “Nineteen Hundred and Eighty-Five” y “Let ‘Em In” (donde, lógicamente, el público se tomó un respiro) como para arrancar con “Let Me Roll It” y cerrarlo con una rendición al “Foxy Lady” de Jimi Hendrix. Se permite incluir un par de canciones de Electric Arguments, de su side project The Fireman (como la fogosa “Highway”), dedicando esa primera parte del show a saldar cuentas con el material si se quiere menos “esperado” antes de ir al hueso de su carrera.

“Hola Buenos Aires, hola porteños”, había saludado antes del primer clásico, coloreado por imágenes de A Hard Days’ Night. Apelando a un ayudamemoria en el piso, después señalaría que “estamos muy contentos de estar aquí de nuevo”, y elevaría un poco la temperatura de ese segmento no–Beatle informando, antes de “My Love”: “Escribí esta canción para Linda, pero esta noche es para todos los enamorados”. En el medio, el pase al piano para “The Long and Winding Road” dejó a algún veterano lagrimeando.

Pero ése fue sólo el arranque de un paquete de emociones fuertes, la seguidilla de “I’m Looking Through You”, “Two of Us” y una versión de “Blackbird” con Paul solo y su guitarra, en la que el paso del tiempo agrega algo de dramatismo a su voz, galvanizando la noche. Mientras otro veterano mira el reloj, se percata que apenas se acaba de arribar a la primera hora de concierto y no puede dejar de preguntarse cómo hará para resistir lo que vendrá, el protagonista está presentando “Here Today”, la canción que imaginó como “un diálogo que nunca tuve con mi amigo John”. Por eso, seguramente, la banda vuelve para “Dance Tonight”, de ayer nomás, del Memory Almost Full de 2007. Y de allí nuevamente a Band on the Run con “Mrs. Vanderbilt”... solo como preparación del terreno para el primer momento en el que, de verdad, la cosa se pone espesa.

¿Habrá algún tipo de explicación posible para las miles y miles de pieles erizadas porque explotan esos violines y esas voces, cuando “Eleanor Rigby” convierte a River en un caldero de emociones, tal que la gente ni se acuerda de levantar sus pantallitas de celular? Once a Beatle, always a Beatle: toda frontera temporal desaparece y todos vuelven a ser jóvenes, y los que son jóvenes hoy se encuentran mágicamente transportados al primer momento en que escucharon una de las más soberbias canciones de la banda que lo cambió todo. Y para coronarlo, Macca toma el ukelele y la pantalla que sirve de telón de fondo es un enorme George Harrison, y “Something”, la canción que alguna vez Frank Sinatra presentó como “la más hermosa de Lennon y McCartney”, viene a recordar el rol nada menor de “Georgie” en el cuarteto.

El clásico de Abbey Road es, podría decirse, la puerta de entrada a la segunda mitad del show, la hora y media final. Y esa última hora y media del Up and Coming Tour es, sin vueltas, un desafío al corazón. Otra enérgica canción de Fireman (“Sing the Changes”) y el mejor caballito de batalla de Wings, “Band on the Run”, dejan todo material “extra” detrás, y el estadio se prende fuego. Ese fuego será literal con el infierno desatado de “Live and Let Die” (qué vivos estuvieron los Guns N’ Roses...), pero lo demás será a todo Fab Four. La cabalgata Beatle que todos vinieron a buscar, que sólo se detiene para las pausas entre las dos series de bises. El momento en que McCartney adopta un gigantismo que nada tiene que ver con las pantallas: es su estatura musical presentada de la manera más contundente posible. Con las ganas intactas a pesar de tantos años y tanta carretera, Macca encara el homenaje a John Lennon encerrado en el combo “A Day in the Life / Give Peace a Chance”, y ya no parece dispuesto a dar respiro. La banda se desboca en la festiva “Paperback Writer”, en “Back in the USSR” y una rockerísima versión de “I’ve Got a Feeling”. Y la pólvora de los fuegos de artificio de aquella banda de sonido de James Bond todavía flota en el aire cuando “Hey Jude” convoca a ese momento épico por excelencia, mil veces escuchado y sin embargo incapaz de hartar: basta hacer un lento paneo, ver ese mar de gente de pie, elevando los brazos para un coro inmortal. No puede ser otra cosa que el primer final. Hay más. Todavía hay más.

Y así, Núñez estalla una y otra vez con mas leyendas musicales, con la potencia pop de “Day Tripper” y la furia de “Helter Skelter”, con el galope de “Get Back” y ese final apoteósico de “Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band Reprise” y el adecuado final de “The End”, en el que ya no importa si Paul a veces se pasa de “comprador”. A esa altura, en rigor, ya no importa nada. Ni el pasado ni el futuro: todo es puro presente. McCartney conquistó Buenos Aires, otra vez. Una noche en la vida.

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Tío Aquiles


Desde esa infausta noche, le dicen Eustaquio el Descentrado.

Lo saben los miles y miles de personas que la consideraron una lucecita entre tanta oscuridad: desde 1978, desde aquella primera tapa con Menotti de Hoz afirmando que “el Mundial se hace cueste lo que cueste”, la Humor fue religión, código compartido, ceremonia en el kiosco de revistas y guiño secreto en el transporte público, donde todos se cuidaban muy bien de “leerla de ojito” porque, como advertían los cabezales de sus páginas, eso provocaba males inenarrables. Pero ese orgullo intelectual, ese orgullo semipúblico –nada de ese tenor podía hacerse muy público en la era de los asesinos de uniforme– estaba acompañado de un orgullo privado, familiar: uno de los que conducía ese hito periodístico, ese respiro entre el plomo, era Aquiles Fabregat. Mi tío Aquiles.

Nacido en la República Oriental del Uruguay el 15 de febrero de 1938, mi tío Aquiles murió ayer por la mañana.

Es una extraña, dolorosa instancia. Un trago espantoso, esto de escribir la necrológica de alguien tan cercano, que tanto tiene que ver conque, bueno, conque uno esté escribiendo en la redacción de un diario. La pluma de mi tío Aquiles me inspiró a sentarme frente a una máquina de escribir, la Olivetti que aún conservo y que quizá termine llevándome a mi propia tumba. La figura de Aquiles, periodista de la vieja escuela, reinventor de formas en un tiempo en que nada se reinventaba sino que se destruía, cristalizó esta vocación, esta necesidad de curtir el oficio. Y ese registro personal tuvo una satisfacción extra ayer, cuando empezaron a aparecer los mensajes en Facebook y en Twitter, palabras que lo tienen tan presente como si a la Humor no la hubiera asfixiado el menemato hace casi veinte años. Personas entregando mensajes de reconocimiento, de amor, de tristeza por la pérdida y a la vez felicidad por todo lo que leyeron con su firma al pie, por los cuadritos en dupla con Tabaré, por aquellas mañanas de radio En ayunas con Jorge Guinzburg y Carlos Abrevaya.

Esta página no es porque Aquiles fue mi tío. Esta página es porque el que murió es una de las figuras grandes del periodismo rioplatense, de las que dejan huellas imborrables.

De pocas pulgas, melómano incurable, coleccionista de vinilos que cuidaba hasta la obsesión; con un dominio intuitivo del poder del “mensaje” a través de su experiencia publicitaria en Montevideo, con una tremenda capacidad para absorber cultura pero no expresar ese conocimiento con desdén por el otro, Aquiles disparó desde su escritorio en la calle Piedras artículos en los que su extraordinaria ironía, el juego con el lenguaje hacían de cada texto una aventura, un placer siempre renovado. Guardaba meticulosamente los libros y artículos de predicciones de supuestos adivinos, oráculos y videntes, para hacerse un venenoso festín cada enero o febrero repasando ese aquelarre para incautos del año anterior. Deschavaba en La ruta de los corsarios a los bolichones infectos de Buenos Aires que horadaban el estómago y el bolsillo del consumidor. Contribuía a la recolección de la lista de Los Insufribles que siempre despertaba nuevos aportes en los lectores. Y de su Olivetti salía una de las piezas de humorismo más efectivas, en las que la situación se repetía con leves variaciones, pero era su lenguaje, la puesta en escena, lo que las convertía en uno de los pasajes más esperados de Humor: el Romancero del Eustaquio, esa saga del desprevenido ciudadano de atildado aspecto y cuidada verba, que se aventuraba por los andurriales del conurbano para terminar siempre en manos de esos negrazos “de dos metros de altura y similar circunferencia”, cochambrosos, con somorgujos escarbándoles matas de pelo similares al alambre, de ojos enrojecidos y un “Berp!” como lacónica respuesta. Algunos años después nació la versión ilustrada por Tabaré, pero ya esas treinta líneas de puro texto alcanzaban para partirse de risa.

Aquiles, el Tío Aquiles, tenía el diccionario como libro de cabecera y sabía hacer un uso integral de él. No aprendía las palabras para cancherear, sino porque para él escribir debía ser un acto de riqueza para el que redactaba y para el que leía. Con semejante vocabulario disponible, conformarse con sólo un puñado de términos era berreta, perezoso, pobre. Las palabras eran su tesoro, le permitían un artístico malabarismo con el lenguaje, una manera siempre elegante de meterse en el tema que fuera. Amén de darle material para que, en Humor & Juegos o Cruzadas, brillara como eximio crucigramista, provocando otra vez la risa con definiciones enigmáticas o delirantes, o exprimiéndole los sesos con ese Dificilongo con el que, como en sus notas periodísticas, exigía al lector. Recordándole que la mediocridad es lo más fácil pero no lo más recomendable, que –como citó tantas veces– la inteligencia humana tiene límites, pero la estupidez no.

Quiero vivir menos pero más, escribió una vez.

Desde mis primeras notas publicadas, escuché la frase “¿Qué sos de Aquiles?” cientos de veces. Y nunca fue una molestia, sino el recordatorio y el orgullo de tener como iniciador en el periodismo a un nombre ilustre, a alguien que hizo algo indeleble en un medio donde se han hecho muchas cosas.

En ésta y en otras redacciones, esa cosa del apócope llevó naturalmente a que los compañeros a menudo me llamen Fabre. Siempre me pareció un apelativo razonable pero prestado, porque Fabre hay uno solo. Pero también, de algún modo, a partir de ahora cada vez que suene el “Fabre” mi tío Aquiles estará un poco más vivo. Esa interpretación tampoco es necesaria, claro: todo lo que hizo, las incontables carcajadas del Eustaquio, el Nada se pierde, las rimas del cacique Paja Brava en SexHumor, la inventiva y la audacia que puso en juego para ser parte de ese staff legendario que le hizo el aguante a la dictadura, alcanzan para que su nombre tenga una presencia que ni la muerte puede diluir.

Adiós, Tío Aquiles. Y gracias por todo.



(Publicada hoy en Página/12)

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7.11.10 

Cargados de futuro

(Publicada el domingo 31 en Página/12. Estuve de vacaciones, por eso la cuelgo tan tarde...)


Fueron 44 personalidades y podrían haber sido más, pero las cinco columnas de cuarenta centímetros son materia impenetrable, imposible de expandir. En el inevitable declaracionismo que disparó la muerte de Néstor Kirchner es fácil detectar gestos de hipocresía, frases de ocasión, la veleta que la semana anterior le dibujaba un bigote nazi y de pronto apuntó al gesto compungido y el párrafo salpicado de términos como estadista, animal político, luchador, hombre de convicciones firmes. También el contrabando de advertencias, el deseo personal disfrazado de análisis del momento. Nada de eso se advirtió en las palabras que le dedicó el mundo de la cultura, encarnado en nombres pesados, en personalidades a las que no les cabe el oportunismo. Pudo verse en la histórica edición de Página/12 del jueves 28, puede palparse en lo que se escucha de boca de ilustres y de desconocidos dedicados a alguna forma de creación: la partida de Kirchner duele. Y después, el rebote: ni la muerte va a robar la esperanza de seguir este camino.

¿Por qué el dolor de la gente de la cultura? Nadie podrá acusarlos de expresarse por el chori, y entre los 44 –y entre muchos otros que no estuvieron en esas páginas, pero se expresaron en otros lados– pueden verse nombres que muy lejos están de necesitar alguna prebenda oficial a cambio. Si artistas y pensadores no dudaron en expresar su pena (sin fanatismos, con todos los matices de cada caso) no es exclusivamente por las acciones de Néstor en pos de una mejor educación y cultura, que las tuvo, sino por todo lo demás también. La agenda del pingüino loco que agarró un país en llamas y lo dejó encarrilado exhibió una inédita sintonía con cuestiones que tocan las fibras sensibles de los creadores. Para el campo artístico está claro que el proyecto de Néstor puso atención a necesidades conocidas, deseadas, anheladas. Salvo contadas excepciones, el músico, el escritor, el pintor, el actor, el dramaturgo, el cineasta, quiere un ser humano al que le cruje el ansia de conocimiento e ilustración en vez del estómago. Néstor laburó entre otras cosas para eso. En su proyecto político, que continúa, se busca un pueblo más entero, más sensible y más digno. Eso alcanza para explicar el elogio de toda esa gente, y su convicción de que hay que plantarse para no retroceder un solo paso.

Por allí hay que buscar, también, otra parte de explicación al enorme protagonismo de la pendejada en estos días de tristeza. En la recuperación de la militancia, en el nuevo sentido para la palabra “política” en contraste con el vaciamiento de los ‘90 y la decepción de comienzos de siglo, también hay una carta fuerte de la cultura. Estos pibes no crecieron en la era de la pizza con champán sino en su consecuencia. Ni siquiera llegaron a ilusionarse con la fugaz Alianza, rápidamente se encontraron en tierra arrasada. Y de pronto vino un tipo que no hablaba de ajuste y equilibrio fiscal, no seguía rifando hasta a los bisnietos para pagarle al Gran Banco, hablaba de la dignidad del trabajo y la educación, bajaba cuadros de genocidas y recuperaba un espacio del terror para convertirlo en espacio de memoria. Un tipo que proponía construir otra cultura. Otra vez, todo opera por decantación: que el mundo artístico/cultural se exprese a favor de las ideas de Néstor y Cristina es pura lógica. Que los jóvenes tomen la calle para despedirlo también. El pingüino los invitó a hacer más que gritar consignas en un recital. Sólo eso se necesitaba: si se le da opción, casi nadie elige vivir anestesiado. Néstor Kirchner no fue ningún iluminado. Sólo supo leer tanto hastío y tanto reclamo histórico, tanta bronca y tanta desesperanza, y tuvo el coraje de hacer algo distinto. Bastó eso para encender un fuego que los pibes no sabían que existía. Y ahora no quieren, no van a dejar que se apague. Por eso el espíritu inolvidable de esa Plaza a la que uno volvió una y otra vez entre el miércoles y el viernes, por eso ese desfile de todas las edades, pero sobre todo de caras frescas, tersas, que hacían 25 cuadras de cola para pasar dos minutos frente al féretro, saludar al que se fue pero también, como complemento ineludible, tener dos segundos frente a la mujer de gafas negras para decirle cara a cara que cuente con ellos, que está bien lejos de quedarse sola. Que además de aprender Historia ahora la viven en su carne.

Hace nueve años, todos, jóvenes, medianos y viejos, hacíamos cola para putear con odio y corríamos entre gases. Hoy el odio lo tienen otros.

* * * *

Y acá es donde el lector deberá disculpar que se abandonen ciertas formalidades del oficio periodístico. Algo de eso señaló Mario Wainfeld en la formidable apertura de ese Página del jueves, esa satisfacción de escribir en un medio que levanta banderas con las que uno coincide, y vivir un momento histórico en el que la Rosada hace cosas para honrarlas. Esta semana habilita a las licencias, a satisfacer la necesidad de hablar desde el yo, desde un yo lastimado, sorprendido por un hecho que trasciende lo profesional, el de llorar por primera vez en la vida por la muerte de un político.

Entonces: permitime compartir con vos las memorias de un país en el que crecí. Un país deforme y garroteado, en blanco y negro y rojo sangre. Un país de cosas inexplicables e inexplicadas: una noche de 1978, mi madre me encontró cerca de una ventana con una linterna y me armó un escándalo inolvidable, me recalcó una y otra vez que nunca, pero nunca, hiciera “señales” en una ventana. El terror que embargaba a todos le impidió siquiera poder explicar por qué: sólo años después pude entender ese reto, cuando supe que en esas noches había bandas de chacales husmeando las calles, chupando gente para torturarla y asesinarla, secuestrándonos el futuro. Recién entonces tomé conciencia de que ese era el país en el que vivía, pero no el país en el que quería vivir.

Quiero recordar que llegué a Tacuarentown cascoteado por gobiernos debiluchos o corruptos, entregadores o inútiles, ladrones o desmemoriados. Que voté con asco y me desencanté de todo, me terminé convenciendo de que la política no servía para nadie más que para los políticos, me quise ir pero me fui quedando, dejé que la esperanza se me apagara un poquito cada día. Quiero recordar que fui a una Plaza de Mayo repleta convencido de que ahí había un sentido, y me desearon Felices Pascuas y me fui puteando. Que viví días en los que un kilo de pan tenía un precio a la mañana y otro a la tarde y otro a la noche. Que vi a mi padre y a mi madre derrotados por una banda de ladrones que duró diez años, que nos saquearon, nos vendieron baratijas, que hicieron de la política un arte mafioso. Que vi a un pusilánime entregar lo poco que quedaba, dejar que todo se prendiera fuego y huir en helicóptero, dejando un reguero de muertos y un país, el mismo país, sepultado bajo el fango de la miseria y el descreimiento. Que vi a cinco muñecos jugando el juego del sillón presidencial, a un advenedizo consiguiendo lo que nunca pudo conseguir con votos y huyendo él también con más muertos en la mochila.

Disculpame si uso este espacio para contar cosas que son recuento propio, rasguños privados en el alma, pero es que me parece que no estoy solo. No estuve solo esta semana cuando todo fue al revés, cuando llegué a la Plaza puteando y me fui cargado de sentido. En los últimos siete años, este país se empezó a parecer más al país en que quiero vivir. Que algunos de los que están en contra de ese país sean los que aplaudieron, consintieron, alentaron y hasta ayudaron a tanto asesino, tanto entregador, tanto pusilánime, tanto inútil, ladrón o corrupto, no hace más que confirmarlo. Me irritan, sí, los miserables que festejan la muerte y el dolor ajenos, pero me permito el alivio de pensar que son ellos los que se están quedando fuera de la Historia, que son ellos los que están en retirada. Viví mucho tiempo en un país de mierda y en los últimos años este país no olió a rosas, pero está muy lejos de ser la misma mierda.

En estos días hay quien se ilusiona conque vuelvan los tiempos del saqueo. Pero basta revisar las fotos y las vivencias de estos días, este saludable cuerpo a cuerpo, este encontrarse en las calles, esta coincidencia general que habilita al debate de los matices, para que el dolor sea esperanza. Este ya no es el país del cinismo y el individuo sobre todo, y que todavía quede tanto por construir no es una contra, sino otra fuente de energía vital. Tanto por hacer, tantos para hacerlo.

El gran saldo de esta semana horrible es la comprobación de que no estamos solos, que pocas veces la realidad desmintió de manera tan rotunda los discursos artificiales, interesados. Al fin, por fin, nos estamos acostumbrando a otra cosa, a otra cultura. Ya no nos preocupan las linternas en la ventana, porque tenemos luz propia. Y podremos haber llorado, y podremos sentirnos destrozados, pero no débiles.

Se fue Néstor. Nos dejó cargados de futuro.

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  • Eduardo Fabregat
  • Buenos Aires, Argentina
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