30.12.10 

El truco de juntarse a tocar


(Publicada en Página/12)

Black Dub es esencialmente una banda de tres instrumentos con un alto nivel de musicalidad. No operamos en un nivel tecnológico ni estamos atados a una página de notas prefijadas. Nuestras canciones son fluidas, a menudo registradas tocando en vivo. Una sola toma, sin sobregrabaciones, sin cortes ni edición. Una banda que toca. Una idea bastante anticuada.” El autor del párrafo es alguien especialista en ideas, del tenor que sean: se llama Daniel Lanois, integra junto a Brian Eno una dupla productora que dejó su sello en un generoso puñado de discos fundamentales, acaba de producir Le Noise para Neil Young y es, además, un músico excepcional. Lo demostró en Acadie (1989), en Shine (2003) y sobre todo en el formidable For The Beauty of Wynona (1993), su disco solista más logrado.

Pero parece que el guitarrista y cantante se cansó de ser solista y quiso ver qué pasaba si ingresaba en una dinámica de grupo, junto a algunas amistades que fue haciendo de tanto trajinar estudios. Así se sumaron el bajista Daryl Johnson, el baterista Brian Blade y la cantante Trixie Whitley, hija del difunto bluesman Chris Whitley y heredera del alma necesaria para insuflarle algo especial a una canción. Así tomaron forma las canciones de Black Dub, el disco que –¡milagro!– acaba de editarse en la Argentina, y que todo Papá Noel o Rey Mago amante de la música debería llevar en su bolsa.

“Esta música demanda respeto y humildad”, dice Lanois, que toma el ambiente sonoro y ciertos patrones rítmicos del dub jamaiquino, y sobre ese lienzo estampa motivos del gospel, el soul y el jazz. Resulta enormemente adecuado que el single de difusión sea “I Believe in You”, allí donde el experimento encuentra su ejemplo más potente, donde la banda da cuenta de su solvencia y Trixie genera pura magia. Pero es sólo la carta de presentación: para que no queden dudas, hay que decir que, de la climática apertura con “Love Lives” al oscuro cierre de “Sirens”, con esa guitarra arrastrada tan Lanois, todo en Black Dub es sencillamente encantador, atrapante, la expresión de un grupo con una personalidad bien afirmada, eso que escasea en un medio que gusta de la repetición de fórmulas y sonidos.

Con el simple, viejo recurso de mirarse las caras y tocar, el cuarteto deja caer una perla tras otra, que puede tener la angustiada épica de “Ring The Alarm”, el toque reggae de “Silverado”, la cadencia y el calor soul de “Nomad” y la relajada “Surely”, donde Trixie brilla en ese difícil arte de atrapar al oyente aunque no entienda una palabra, emoción pura. Será por eso que Lanois recién asume francamente la voz principal en “Canaan”, pero con la apoyatura de esos coros gospel que, como corresponde al género, llevan la cosa a un plano celestial. Todo, al cabo, excede al mismo Daniel, que se da el gusto de dedicarse a un trabajo en grupo que deja cosas como “Last Time”, única canción firmada por los cuatro, nacida en la sala: se recomienda echar un vistazo a blackdub.net, donde hay varios videos que confirman que a veces alcanza con una idea anticuada para generar cosas inolvidables.

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19.12.10 

La era de la boludez


(Publicada hoy en Página/12)

“Un ciclo no se evalúa sólo por los resultados de rating. Si caemos en eso, son muy pocos los programas que se pueden hacer: dejaríamos de hacer la TV que nos gusta para hacer la que vende.” Bernarda Llorente, productora, socia de Claudio Villarruel en la empresa On TV y, como él, ex responsable de la programación artística de Telefe durante diez años, definió así una de las claves de lo sucedido con Caín & Abel. El caso fue diferente al levantamiento de Secretos de amor, otra ficción de la misma productora que capotó este año. En la entrevista publicada el jueves por Página/12, la dupla no pudo dejar de expresar su decepción por la decisión unilateral de levantar la tira a sólo tres meses de su inicio. Lo hizo con diplomacia, porque aún hay un vínculo que contempla dos años de coproducciones. Pero también es cierto que hubo un intercambio de cartas documento, y que de hecho toda negociación futura estará condicionada por este quiebre: con bastante lógica, los productores sostienen que el canal debería haber respetado el acuerdo inicial de mantener el programa en el aire hasta el 31 de enero, que las ficciones necesitan un sostén, que el final de ese gran cuco del rating llamado ShowMatch le daría a Caín & Abel otra perspectiva de público. Como al Chavo del 8 –esa ficción que Telefe repite una y otra vez—, no le tuvieron paciencia.

Caín & Abel, hay que recordarlo, contaba en su elenco con Luis Brandoni, Virginia Lago, Fabián Vena, Joaquín Furriel, Julieta Cardinali, Juan Gil Navarro. Desde el estilo y el tempo de la narración, desde la dirección de cámaras y la puesta, buscó diferenciarse, incluso dentro de ese terreno de tiras comprometidas que abonaron Montecristo y Vidas robadas. Una encuesta del sitio television.com.ar la premió como “mejor novela 2010”. En la misma semana en que se le otorgaba una distinción por poner sobre el tapete la cuestión de la violencia de género, su (mala) suerte quedaba sellada. Los directivos del canal propiedad de Telefónica ya habían decidido su jugada desesperada para mejorar los números de rating, aunque a esta altura del año ya no haya nada que salvar, aunque El Trece (para hablar con propiedad, habría que decir “El Marce”) se encamine a ganar el año. Una jugada conocida: Gran Hermano.

El notable balance de Emanuel Respighi es bastante claro sobre las tendencias que imperaron en la televisión de 2010, pero esta movida de fin de año viene a oficiar de broche simbólico, de irrefutable síntesis. Como viene sucediendo desde hace (demasiado) tiempo, la TV argentina vuelve a apostar a la idiocia. Apuesta, otra vez, por la madre de todos los realities, esa máquina de cortar boludos (gracias, Tato) a la que se alimenta con dieciocho aspirantes a famosos que protagonizarán largas jornadas de conversación vacía, escandaletes de convivencia, exhibicionismo full time y teatrito de miserias; serán famosos por un rato y luego desaparecerán, salvo por dos o tres afortunados (como Silvina Luna desde el mismo GH o Pamela David desde El Bar). En el medio, el canal aprovechará el rating fácil, actores que no cobran cachet y ponen el cuerpo a una telenovela rendidora, disfrazará de “fenómeno” a un programa vacío de contenido e intentará emular el efecto Tinelli de que un ciclo trascienda las fronteras de su horario y se convierta en comidilla de otros programas y canales, realimentando la expectativa por ver el prime time.

Negocio redondo. ¿Quién necesita a la ficción? ¿Para qué complicarse la vida con eso de tener actores de talento, guiones respetables, puestas en escena creativas? Sí, es cierto, a veces una de esas ficciones triunfa en los números, y otras veces pasan a formar parte del acervo políticamente correcto de las emisoras, que señalan públicamente que lo suyo es entretenimiento, pero también tienen conciencia social. La conciencia social se termina cuando un programa se clava en 9,5 puntos, pero no vamos a andar deteniéndonos en sutilezas.

Para sutileza, la de Laura Ubfal, que señaló en algún piso televisivo que a ella también le llama la atención que todos los participantes de Gran Hermano tengan ese aspecto tan de modelo, tan estéticamente atractivos. “Esperá un mes”, dice que le dijeron en producción, delatando que el posible derrumbe físico dentro de la casa forma parte de la ecuación morbosa que atrae público.

¿Censurable? Quizá, pero la cuestión es que atrae público. Gran Hermano debutó con 23,9 puntos, y en su primera semana, sin mayores “conflictos” en la casa y todavía compitiendo con Showmatch, redondeó 13 puntos de promedio. Dos gays –una chica y un chico– y una chica que parece varón y quiere tener cuerpo de hombre garantizan el pincelazo siglo XXI. Lo demás es lo de siempre: cuerpos y caras bonitas, conversaciones insustanciales, confesionario, “complots”, historias de amores y odios, fiestitas que buscan provocar calenturas, Jorge Rial jugando a que todo eso tiene una lectura social muy trascendente y los “debates” de rigor, galas de eliminación. El paquete funcionó en el pasado, no tiene por qué fracasar ahora y puede darle a Telefe un verano con otro sustento, que augure mejor suerte para El elegido, su próxima ficción. Nunca se sabe. Hasta la dupla de Montecristo, Pablo Echarri y Paola Krum, y un elenco que incluye a Lito Cruz, Leonor Manso y Patricio Contreras, podrían terminar obligados a dar examen de arrastre popular frente a un perfecto desconocido que dice “boludo” cada seis palabras.

Entre sus muchos efectos virtuosos, la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual incluye el de impulsar producciones locales en la pantalla de aire. Pero hace poco, un grupo de profesionales de la TV salió a alertar que la nueva norma no contempla específicamente la ficción: por ello impulsan una ley de ficción que regule cuotas de pantalla (dos telenovelas y dos unitarios de producción propia anuales por canal de aire, en ciudades de más de un millón y medio de habitantes) y la formación de una suerte de Incaa televisivo. Habrá que ver cuánto prospera la idea en un Congreso influido por el año electoral y siempre tan expuesto a los lobbies empresarios, que –como las brujas– no existen pero los hay. A los canales les sirve más y les cuesta menos hacer otras cosas. La ficción no es una prioridad.

De nuevo: mirando la cuestión con las gafas de un directivo de TV, todo tiene su lógica. Producir ficción puede costar cuatro o cinco veces más que un programa de entretenimientos, de archivo o periodístico. Y por sobre todo flota eso que es innegable, y que es la piedra en el zapato de quienes defienden una TV con menos olor a basura, una TV que no consagre tantas horas y tanto dinero a la glorificación y glamorización de la boludez: al público le gusta. Al público le encanta. Los millones de personas que consumen el música-maestro–vamoooooos!!, los que seguirán las apasionantes instancias de diecinueve homínidos dedicados a la nada misma le dan la razón al ejecutivo y no a esta columna. Ojalá fuera ficción.

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15.12.10 

La calma antes de la tempestad


(Publicada hoy en Página/12)

Comenzar por el final es algo extraño, pero corresponde: acaba de terminar “Una rata muerta entre los geranios” y, al fin, la tormenta se desencadena, los truenos conmueven los parlantes, se perciben las gotas golpeando y, milagros de la sugestión auditiva, si uno se esforzara hasta podría sentir el olor de la lluvia. Es el final de El perfume de la tempestad, el disco de Caballo Loco y Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado, esa cadena de alias tras la cual vibra el instinto de un tal Indio Solari, y de una banda que sabe cómo conjurar climas de alto impacto.

Como corresponde, la crónica periodística de estos días ha sido generosa con el desembarco del Indio en Tandil, donde debutó el pogo más grande ya no del mundo sino del universo. Pero el mismo Solari admite que sería un exceso alimentar la lista de su show con su último álbum completo, por lo que zambullirse en el disco supone experimentar otra faceta del músico, y no sólo por las obvias diferencias entre lo grabado y el vivo. Este es el Solari de Luzbola, rodeado por músicos del calibre de Baltasar Comotto –sin vueltas, uno de los guitarristas más talentosos de la nueva generación– o la granítica base del bajista Marcelo Torres y el baterista Hernán Aramberri. Este es el Indio que, a lo largo de tres discos en solitario, ha ido construyendo una nueva identidad, en la que ya casi no caben las comparaciones ricoteras y donde hay lujos que pemiten seguir señalando al calvo cantante como un artista necesario, más allá de toda consideración sobre su increíble impacto popular.

El Indio Solari se hace necesario, disfrutable, por canciones como “Black Russian”, donde desde el juguetón arpegio inicial hasta la potencia de los estribillos se permite paseos estilísticos de absoluta libertad. Pero, claro, no es solo por eso. El perfume de la tempestad (A propósito: ¿no es otro gran título en un tipo que acostumbra tirar grandes títulos?) abre con el tono apocalíptico de “Todos a los botes!” y entre sus doce canciones deja caer momentos de alta intensidad, pasajes como “Torito es muerto”, el rotundo “Chante noire” o “Submarino soluble”, nubarrones sonoros donde la voz del Indio se pasea por un paisaje ideal.

Solari sabe aludir también, aunque sea solo levemente, a la última etapa redonda, como en la arrastrada rítmica de “No es dios todo lo que reluce”, o el arranque adrenalínico de “Satelital”. Pero El perfume... es especialmente interesante ahí donde el Indio solo remite a sí mismo, en la lírica tan reconocible de “ZZZZZZZ...” o en “Vino Mariani”, un tema donde adopta un tono mucho más directo que el habitual en él para ironizar sobre las rutilantes entregas de premios y “el mundo de plateas de hoy”, con “tipas y cronistas muy mal pagos”, con “luces y el mejor DJ atronador”. Todo, hasta la progresión de fotos intervenidas del libro que cierra con el mismo Indio junto a uno de sus perros, va llevando a esos momentos cumbre, ese subidón de intensidad que supone el combo de ese “Negro Ruso” de alta graduación y el cierre con la rata muerta entre los geranios. Y la tempestad que al fin llega y se desvanece en el fade out, pero deja un perfume de esos que perduran.

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12.12.10 

No lo soñé

(Publicada hoy en Radar, como parte de la producción de Spinetta y las Bandas Eternas)

La leyenda y la carnadura, el objeto de lujo en el que lo más valioso es el contenido y no la presentación: desde que sonó el último acorde de “No te alejes tanto de mí” en la madrugada de aquel Vélez, tras cinco horas y cuarto de cabalgata, el spinettófilo insaciable empezó a soñar con esta instancia. Con las emociones aún a flor de piel, sabía que iba a necesitar una prueba física de que todo eso había sucedido en la realidad: tantos años esperando los pocos momentos en que el Flaco exhumaba algo del pasado, y ahora acababa de poner en el escenario a Jade, Invisible, Pescado Rabioso y Almendra, y a cruzarse en duetos con Fito y con Charly, y con Mollo y con Cerati, a soltar cincuenta-canciones-cincuenta que incluyeron pasajes de hondísima emoción.

¿Había sido cierto? ¿No habría sido un extraño caso de espejismo, de alucinación colectiva, una Matrix para rockers de las pampas?

Exactamente un año después, la caja Spinetta y las Bandas Eternas viene a dar testimonio, a confirmarles a los 37 mil de Vélez que todo eso sucedió. Ahí están los libracos con las tremendas fotos de Dylan Martí, en las que Almendra e Invisible demuestran que no solo pueden sonar como los dioses en 2009, sino que además pueden posar con una añejada elegancia que les agrega encanto. Ahí están las fotos de concierto de Hernán Dardick, para que no queden dudas de que esa noche en Liniers no hubo fútbol sino otra cosa.

Y están, claro, las canciones. El registro. No está todo (en los discos de audio faltan un par de temas, al set de Almendra se le recortaron “Fermín” y “Hermano perro”) y en los dvd hay una molesta pausa cada vez que termina una canción, pero lo que hay sirve para volver a erizarse y asombrarse por todo lo que generó esa delgada humanidad en 40 años de carrera sin dobleces. Si hay algo que queda claro en esta caja que sirve como celebración y resumen (porteño) es que en esas cuatro décadas Luis Alberto Spinetta solo ha negociado consigo mismo, o en todo caso consigo y con los enormes músicos que compartieron su camino. En cada etapa hizo la música que le dictó su alma, sin distraerse con lo que fuera aconsejable o conveniente. Para Spinetta lo único conveniente fue no mentirse, el mejor método posible para no mentirles a los demás.

Y así como el concierto permite revivir esa noche legendaria, esas canciones inoxidables, el dvd con los extras trae a la gente de carne y hueso. Incluso es hasta recomendable arrancar por allí, por ese documental en el que las Bandas Eternas van ejercitando sus músculos mientras Spinetta narra los días previos a diciembre. Luis sacando sus propios temas, buscando los acordes con Guille Vadalá, Claudio Cardone y Nerina Nicotra; Invisible ensayando “Los libros de la buena memoria” y “Encadenado al ánima”, dos que no sonaron en Vélez y que vuelven a estimular el deseo de que ese trío siga en activo; Gustavo Spinetta, tan pero tan parecido a su hermano, sentado a la batería para volver a 1973 con “Cementerio Club”; el cruce de dos bajistas excepcionales como Marcelo Torres y Javier Malosetti, pero con el Bebote honrando al Tuerto Wirtz en una incendiaria “Nasty people” (“¡Que pase el siguiente!”, se enfervoriza Luis al terminar); el desfile de músicos, las relajadas performances en la sala de ensayo, los matices, los pequeños pasajes que dicen mucho del cuadro general, los diálogos de entrecasa, el inenarrable placer de ver a los cuatro Almendra repasando armonías vocales. Ser un intruso en la cocina de tanto reencuentro.

Esos casi cincuenta minutos en la trastienda del universo spinetteano cierran con la llegada al Amalfitani para la prueba de sonido, con Charly probando el teclado y Cerati y el Flaco testeando sus voces en “Bajan”, los saludos y los abrazos. Y entonces sí, se apagan las luces y Luis Alberto Spinetta vuelve a decir “Buenas noches”, y el estadio ruge, y el alma vuelve al cuerpo: esas cinco horas llenas de milagritos musicales pueden ser revividas en casa.

No fue un espejismo, no fue una alucinación: parece mentira, fue de verdad.

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11.12.10 

El hombre de la papa en la boca (catarsis)

El hombre de la papa en la boca es un niñobián al que el papi lo apartó de los negocios por inútil, y pensó que era el momento de inaugurar la nueva política.

El hombre de la papa en la boca no sabe un corno de política, nueva o vieja, y cree que todo, hasta una ciudad, se puede manejar como una empresa o como una estancia. Pero recordemos, al hombre de la papa en la boca el papi lo apartó de los negocios por inepto, y eso no ha cambiado con los años.

El hombre de la papa en la boca lleva tres años mandándose cagadas indisimulables, pero es un tipo de buena suerte y tiene una Legislatura que lo banca y un par de medios que creen que puede y debe ser presidente.

El hombre de la papa en la boca hizo un montón de promesas que no cumplió y sigue hablando en futuro, repite muchas veces “vamos a”, “vamos a” y no hace nunca un carajo y es curioso pero la sigue zafando.

El hombre de la papa en la boca se gasta la guita en pelotudeces, desatiende la cultura, se caga en la educación, ningunea a la salud y le importa un carajo el bienestar de los ciudadanos. Y sin embargo ahí está, y puede henchirse de cinismo para decir barbaridades que se contradicen notoriamente con lo que hace, y las sigue diciendo y es raro, pero raro de verdad, que no se le caiga la jeta al piso o al menos que no se ruborice un poquito.

El hombre de la papa en la boca es responsable de un sistema de escuchas ilegales y de una patota que salía a reventar pobres y negritos en la madrugada.

El hombre de la papa en la boca porfió para fundar una nueva policía y la llenó de corruptos expulsados de las otras policías.

El hombre de la papa en la boca hace bicisendas mientras se caen los techos de las escuelas y hay gas donde no hay estufas y hay estufas donde no hay gas.

El hombre de la papa en la boca subejecuta los presupuestos de salud, educación y vivienda, y dice que no tiene plata.

El hombre de la papa en la boca es capaz de hacer pavimentar cuatro veces la misma calle del norte de la ciudad, mientras el sur se convierte en un desierto.

El hombre de la papa en la boca tiene el atrevimiento de hablar con desprecio del mejor gobierno que ha tenido la Argentina desde la recuperación democrática y le echa la culpa de cada cosa que sucede a causa de su ineptitud.

El hombre de la papa en la boca es un fascista que llama a cerrar las fronteras y azuza el pensamiento de reventar al diferente.

El hombre de la papa en la boca tiene patotas que se encargan del trabajo sucio.

El hombre de la papa en la boca a veces aparece ante las cámaras de TV con un pelado que le dice al oído lo que tiene que decir, y él lo repite como un lorito y el pelado disimula como si nadie pudiera verlo, y uno tiene la sensación de que es un sketch, una performance, pero no.

El hombre de la papa en la boca es un inútil a tiempo completo, un imbécil, un incapaz, un botarate capaz de tragarse un bigote falso mientras hace una pésima imitación de una estrella del rock que si pudiera le haría juicio por denigrar su recuerdo.

El año próximo, el hombre de la papa en la boca volverá a presentarse a elecciones.

Será hora de mandarlo de vuelta al country.

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Responsable

  • Eduardo Fabregat
  • Buenos Aires, Argentina
Prontuario
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