31.3.11 

Garra de campeón

(Publicada hoy en Página/12)

“La idea es llegar a un punto en el que la gran estructura desaparece”, dijo Bono en el almuerzo del lunes con periodistas argentinos. Bien, U2 ha llegado al punto: cerca de la medianoche, The Claw es un aquelarre de luces, destellos y movimientos, pero lo único que importa es el círculo sagrado que forman cuatro tipos en el núcleo de toda esa parafernalia. Bono, The Edge, Larry Mullen Jr. y Adam Clayton están lanzados al épico final de “Where the streets have no name”, justo allí donde las calles no tienen nombre (o más bien sí, pero nadie los recuerda). La multitud está en éxtasis, 58 mil pieles de pollo, un nudo en el alma que se concentra allí, en el medio, donde todo sucede.

El público argentino está ante la estructura más descomunal puesta jamás al servicio de un concierto de rock. Y lo único que importa es una guitarra, un bajo, una batería y una voz que invita al coro general que canta, grita que sí, que las calles no tienen nombre y estamos construyendo e incendiando. Y ahí vamos de vuelta, llevados por el viento.

Prendidos fuego.

Está terminando el primer show de la tercera visita de U2: ¿alguien podía dudar que todo iba a terminar así? A los cínicos y a los superados, los que gustan jugar el juego de estar más allá de todo, les encanta ningunear a una banda capital en la historia de la música contemporánea. Está bien, cada cual tiene el derecho de quedarse en los pasillos de ciertas cosas. Pero otra vez, como en el PopMart, como en el Vertigo Tour, el cuarteto irlandés dio lecciones de cómo conjugar gran espectáculo y sensibilidad musical, cómo hacer que el megashow conforme la expectativa del público de rock de estadios, pero al cabo prime la sensación de que nada de eso tendría sentido si no fuera por las canciones.

Y U2 tiene algunas canciones. El arranque de la noche fue la perfecta amalgama entre su primera etapa de honda ruptura estética y musical (“Even better than the real thing”, suerte de nave insignia de Achtung Baby), la prehistoria de “I will follow” y la ardiente actualidad de la banda: si hubo algunos críticos que enarcaron las cejas con el material de No line on the horizon, la potencia y coherencia de “Get on your boots” (donde la banda se lanzó a recorrer con elegancia el territorio exterior de la puesta) y la épica “Magnificent” borró toda duda. No resultó nada casual que fuera “Moment of surrender”, otra de las canciones más recientes, la que liquidara la faena un par de horas después: melancólico moño, recargadísimo emocionalmente por la sentida dedicatoria de Bono “con nuestro amor, para Gustavo Cerati”: se cerraba una montaña rusa de emociones contenidas en los hitos que la banda ha sabido atesorar.

En algún pasaje, incluso, ese concepto de “montaña rusa” es tremendamente gráfico: : promediando la velada, Bono lanzó ese celebérrimo absurdo de “uno, dos, tres... catorce!”. Y cuando todos estaban ganados por ese clima rockerísimo, la discotequera versión de “I’ll go crazy If I don’t go crazy tonight” irrumpió y modificó el clima del estadio con una naturalidad ciertamente increíble para semejante combinación. Y todo parece una gran disco, pero la versión –radicalmente diferente a la del álbum– termina con el redoble más conocido de la carrera del grupo, y “Sunday bloody Sunday” hace retemblar La Plata. Como si nada, la banda se mueve entre aguas tan diferentes y lleva a todo el mundo de las narices.

El Estadio Unico que se estrenó como sede de grandes citas ayudó a que el natural poder de las cancions del grupo se multiplicara. Al comienzo incluso en exceso, cuando hubo que trabajar un sonido que se ensañaba con el techo y la estructura metálica. Pero a medida que los melones se acomodaban, la explosión de otra tanda de clásicos llevó a una conclusión natural: a los 25 minutos de show, U2 tenía el partido dominado, ganado y jugaba a voluntad.

En el show hay momentos clave, que no varían en toda la gira: el núcleo duro de un concierto en el que hay modificaciones todas las noches, entran y salen diferentes piezas del cancionero irlandés. Está claro que no puede faltar ese mortífero bloque que arranca con “Mysterious ways” (¡Qué bien envejece, o mejor dicho añeja, Achtung baby!), sigue con un "Elevation" que hace sentir a todos que sí, efectivamente flotan un metro sobre el piso, y cierra con “Until the end of the world”. Ese otro clásico del disco que abrió los ’90 y reformuló el sonido del rock y las puestas de estadio propicia el momento en el que Edge y Bono se torean, uno cantando y el otro punteando, ya no a través del escenario sino desde dos puentes móviles que se acercan hasta dejar sus manos a unos centímetros.

Tampoco puede faltar la emoción inenarrable de “One” –que enciende un mar de pantallitas de celular– y “I still haven’t found what I’m looking for”; ya no está la preciosa versión acústica que hacían de “Stuck in a moment” en la primera parte de la gira, pero sí el arranque operístico de Bono para "Miss Sarajevo" e “In a little while”, gran momento de All that you can’t leave behind, la última canción que escuchó Joey Ramone antes de morir, y que en la capital provincial detiene los relojes, la rotación de la tierra, todo: recién cuando termina y el grupo se embarca en la cabalgata de “City of blinding lights”, con la pantalla estirándose en prismas hasta casi alcanzar a los músicos, la gente parece volver a respirar.

No se trata solo de canciones. En escena, donde se ven los pingos, el cuarteto demuestra que cuando hay talento los años no pasan en vano. Presentados por “Carlitos Tevez Bono” como “el más joven en U2, La Pulga Larry Mullen Jr.; el Pipita Adam Clayton; el hombre sin nombre, el que está en todos lados y siempre en el lugar justo, el Pupi Zanetti The Edge”, los cuatro U2 transitaron ese sauna de lava eléctrico con la sapiencia de viejos zorros y la presencia de una banda de rock sin fisuras, cuatro usinas de carne y hueso en medio de tanta tecnología. Ese tremendo cierre con las calles sin nombre, esa sensación de estar viendo, escuchando, experimentando algo que no tiene nombre, tuvo su justo complemento en una tanda de bises que hiló la furia de “Hold me, thrill me, kiss me, kill me” con la altísima emoción de “With or without you”, con el estadio hecho una sola voz.

U2 puso en La Plata algo más que la maquinaria de The Claw. Puso el fuego de los grandes de verdad, garra de campeón. Como sus admirados Clash, vino a reclamar en el siglo XXI el título de La única banda que importa ver. Nada menos.


U2 360º Tour

Músicos: Bono (voz, guitarra), The Edge (guitarra, voz), Adam Clayton (bajo), Larry Mullen Jr. (batería, coros).

Director de la puesta: Willie Williams.

Público: 58 mil personas.

Duración: 150 minutos.

Banda invitada: Muse.

Estadio Unico de La Plata, miércoles 30. Repite el sábado 2 y domingo 3.

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29.3.11 

"Eramos amigos antes de tener una banda"

(Publicada hoy en Página/12)
De pronto, la callecita de Palermo hierve, los autos frenan en seco, una cabeza se asoma por la ventanilla y se le dibuja la incredulidad. ¿Pero ése no es...? ¿Y ése no es...? A medida que Bono, The Edge, Larry Mullen Jr. y Adam Clayton desfilan rumbo a sus autos, la mandíbula del conductor se desencaja más y más, manotea el celular para conseguir la instantánea pero no llega, los cuatro tipos ya están yéndose. Sí, sabe que U2 está en Buenos Aires. Pero jamás hubiera imaginado que los iba a tener tan cerca.

Hay que decir las cosas como son: el cronista tampoco. El show business de los últimos tiempos no es muy pródigo en contactos directos, y menos aún cuando se trata de leyendas como el cuarteto irlandés. El mero hecho de que se trate de esa banda y del 360º Tour alcanzó para atiborrar tres funciones en el Estadio Unico de La Plata, mañana, el viernes y el sábado. No puede decirse que U2 necesite hacer promoción, perder con los periodistas tiempo que pueden invertir en paseos por la ciudad otoñal. Pero la consigna fue otra. En la movida que empezó a gestarse el jueves pasado, la propuesta de la banda fue compartir un almuerzo relajado con sólo cinco periodistas. No poner en marcha un operativo publicitario, una rueda de prensa: charlar, alimentarse y alimentar la sobremesa con un diálogo y no con la esgrima verbal, el acartonamiento de yo pregunto-usted responde que a veces aqueja a la entrevista con estrellas internacionales. Un almuerzo con cuatro tipos que llevan juntos más de 30 años, y no parecen haber perdido ni un ápice de la pasión necesaria para salir a la ruta.

“Hacemos esto para buscar una química, para salir de esa cosa de la entrevista de quince minutos, para entender cómo se dan las cosas”, dirá Bono sin abandonar la ensalada y la “emergency beer” que combate la resaca de su salida la noche anterior. “Nos gusta salir de esa mecánica, estar menos autoconscientes de lo que decimos y cómo lo decimos. Hay algo horrible en eso de la estrella de rock sola en su habitación de hotel, que responde de acuerdo con la calidad del room service, le preguntan por Rusia y dice ‘bueno, Rusia... no estoy muy seguro’. ¿Y por qué? ‘Bueno, ¡¡porque me sirvieron fríos los huevos!!’.” En las dos horas largas de conversación, la mesa estallará en carcajadas varias veces: uno de los momentos de auténtica diversión, sin fronteras entre periodistas y rock stars, es cuando toda la mesa imagina a U2 volviendo a la vida hogareña tras una larga gira. Eso que sucederá en julio, cuando el 360º liquide su recorrido en Estados Unidos: “Es bueno tener dónde volver, pero es cierto que es difícil”, arranca The Edge, y Bono comenta que es “como un rehab, acostumbrarse a estar en casa sin subirte a la mesa para cantar...; ¡lo peor que me sucedió fue meterme al asiento trasero de mi propio auto!”. De allí a imitar al cantante gritando “Helllooooo family!!! How are you tonight???’” hay un paso, y otra vuelta de risas.

El concierto que hará temblar La Plata, claro, ocupa el comienzo del diálogo. Bono intenta replicar el momento en que explicó su idea de The Claw a los diseñadores de escenario con unos tenedores; fracasa, se rinde y alega que “es peligroso estar en una banda de rock, porque les salís con estas cosas y te hacen caso..., de todos modos hay un punto en el que esa estructura enorme tiende a desaparecer, y lo que realmente importa es este power trío tocando”. De hecho, el gigantismo del escenario contrasta con un hecho que ya podía apreciarse en el Vertigo Tour: en esa enormidad, los cuatro músicos están siempre cerca, rara vez pierden el contacto visual. Edge admite que es uno de los ingredientes necesarios para que la química funcione, Bono señala que el diseño “no deja de ser un regreso a un formato clásico del rock and roll: si ves a The Beatles en el Shea Stadium, están tocando en un escenario en el medio, con toda la gente alrededor”.

–Sí, pero con The Beatles no se escuchaba un carajo –apunta el manager Paul McGuinness, que se dio el lujo de ver a los Cuatro de Liverpool en un cine de Bournemouth en 1964.

–Y este show está diseñado para que hasta el tipo de la última fila vea y escuche bien –dice Bono.

Amistades genuinas

Alrededor de la mesa y a pesar del atípico clima, no deja de comprobarse cierto juego de roles. Bono pasea por temas tan diversos como la planificación urbana, el show de The Clash y The Who que le voló la cabeza o las inolvidables noches en la mansión Sinatra y los diferentes significados que puede adoptar la frase “I did it my way”. De hablar pausado y metódico, The Edge puede extenderse en una apasionante explicación de cómo se comporta el sonido analógico en contraste con lo digital. Con una sonrisa cortés, Clayton sigue atentamente la charla, pero casi no interviene. Larry Mullen sí lo hace, pero en un tono que apenas se escucha al otro lado de la mesa: sólo después, a la hora de la despedida, habrá oportunidad de que señale al cronista que “a pesar de que somos una banda con muchos años y todo eso, para nosotros es importante hacer tres fechas acá. Y deberíamos haber tomado la decisión de hacer esta clase de encuentros antes, porque es mucho más disfrutable. Divertido, de verdad”.

“¿Cómo se hace para, en una gira como ésta, subirse al escenario cada noche sin que se note si están bien o mal, cansados, de mal humor?”, pregunta alguien, y el guitarrista no tiene dudas: “Como instrumentista, en cada concierto apunto a perderme en la música. Ese momento es así: ni siquiera pensás en vos, en el antes y el después del concierto. Sólo pensás en las canciones, en la banda. Si te podés dejar llevar, listo”. Buena ocasión para que Bono recuerde las cosas que le disparó ver a los Clash, el contraste que eso significó con una época en la que “las estrellas de rock dejaron de ser personas..., los músicos eran vistos como alguien del espacio exterior, que se materializaba en el concierto. No conectaban con el público: si estaban de buen humor hacían un buen show, si estaban de mal humor hacían uno horrible. Bandas como The Clash cambiaron eso, vinieron a recordar que el rock and roll tiene que ver con el sentimiento, y con la idea de poder cambiar las cosas”. El cantante también recordará que en esos cambios de paradigma, el segundo disco de U2 hizo arquear muchas cejas: “Podías escribir de cualquier cosa, podías escribir de pegarle a tu madre si querías, pero no sobre religión. ¡Estaba prohibido! La gente negra, o Bob Dylan, podían hacer eso, pero para el rock and roll blanco eso era impensable. Tuvimos la suerte de estar en Island, donde Chris Blackwell decía ‘OK, como Marvin Gaye, como Bob Marley, pero blancos’...”

El tiempo transcurrido desde entonces, claro, amerita un racconto y una búsqueda de razones para el hecho de que aquí estén, tres décadas después, en un coqueto hotel de Palermo, consumiendo la espera de tres conciertos multitudinarios. “Eramos amigos antes de tener una banda”, señala Edge. “La amistad es importante, y la nuestra es una amistad genuina..., muchas veces estamos en reuniones, en Los Angeles o Nueva York, donde hay mucha gente y la pasamos bien, pero al final de la noche descubrimos que estamos otra vez charlando nosotros cuatro.”

–Edge, no entiendo, ¿por qué no querés hablar con Penélope Cruz? –señala Bono entre risas.

Brindis

Contra lo que podría pensarse dado su personaje público, Bono no se extiende demasiado en temas políticos. Los toca, sí, y cuenta que invitaron a las Madres de Plaza de Mayo para los shows, pregunta si hay un monumento a los desaparecidos, indaga sobre la política de derechos humanos del Gobierno y se interesa especialmente en el potente sentido de las palabras “Nunca Más”. Traerá sobre la mesa la fuerte carga que supuso en Irlanda el pedido de disculpas de Cameron por la masacre del Bloody Sunday, y la investigación balística que permitió aclarar unas cuantas cosas sobre el hecho: el relato de esa pericia permite volver sobre masacres conocidas aquí, sobre el trabajo del Equipo de Antropología Forense, y habrá coincidencia general en el alivio que supone para los familiares de víctimas conocer el destino, aun horrendo, de sus seres queridos.

Y mientras las copas y platos se vacían y aun con el peso de ciertos temas, resulta que Bono, Edge, Clayton y Mullen tienen razón: a pesar de ser estrellas planetarias, de la cantidad de discos vendidos y la cantidad de shows para centenares de miles de personas, U2 puede despojarse de la autoconciencia y tener simplemente un almuerzo con personas acostumbradas a un juego a veces demasiado previsible. Y el brindis tiene un gusto inolvidable.

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27.3.11 

Adiós, 45 RPM


(Publicada hoy en Página/12)

A veces sucede que noticias que terminan teniendo enorme peso específico pasan casi inadvertidas. Como quien no quiere la cosa, como quien deja caer una simple data burocrática, esta semana el sello Mercury informó que deja de fabricar singles en CD y vinilo, que ahora sólo editará las “canciones sueltas” en formato digital. El hecho representa unas cuantas paradojas, la primera de las cuales tiene que ver con eso que tanto excita a los ejecutivos de las discográficas: es precisamente Mercury la compañía que ostenta el record de singles vendidos, por “Candle in the Wind ’97”, la canción de Elton John que superó los 40 millones de unidades e ingresó al Libro Guinness. Lejanos, dorados tiempos: según lo indicado por el subsello de Universal, el simple se vende cada vez menos, y de ahora en más sólo se editarán simples “físicos” en casos “muy excepcionales” y, fundamentalmente, “cuando estén garantizados los beneficios”.

Es una síntesis bien ajustada. Cada vez más, la industria musical quiere todo garantizado, y así se ha metido en callejones sin salida. Pero la decisión, que de acuerdo con el estado de las cosas pronto podría ser imitada por otras compañías, llega curiosamente en un momento de revalidación del single. Desde su aparición en 1945 y hasta fines de los ’60, el “sencillo” fue una de las armas más rentables, no sólo por su uso en fonolas y cabinas de discos sino por su tremenda penetración en todas las capas del público consumidor, desde el que debía juntar las monedas para comprarse un disquito hasta el que coleccionaba los 45 RPM con fruición y los utilizaba como guía para adquirir el álbum completo.

En los ’70, la explosión del rock, la aparición de grupos que pensaban sus discos no sólo como un paquete de canciones sino como una unidad conceptual, llevó a que el single perdiera un poco de protagonismo. Pero nunca dejó de ser un pilar de ventas. Sobre todo en países de economía inestable como la Argentina, el rito del disquito tuvo con qué sostenerse. Fue, también, el origen de una tiranía que se extiende hasta hoy, aquí y en el mundo: cuando el juego entre las radios y las discográficas le dio al single la etiqueta “de difusión”, las cosas en la música se pusieron algo... burocráticas. Basta prender la radio, hacer zapping y encontrar la misma canción del disco más reciente del artista X para entender cuán nocivo puede ser un formato en esencia valioso.

Está claro que la desaparición del soporte está lejos de significar la desaparición del formato: la revolución digital, las transformaciones que ha producido en el modelo de negocios hacen del single una variable de enorme vitalidad. El ocaso del compact disc hace que los músicos se planteen un nuevo uso de la canción; hace poco, en el Suplemento NO, Sebastián Carreras explicó por qué su banda Entre Ríos se despide del soporte con Era. No es que Carreras vaya a dejar de hacer canciones, pero sí descubrió que ya no tiene mayor sentido perder tiempo y energía en un envase que usa cada vez menos gente.

Curioso rulo el que ha hecho el consumo de música: hace apenas quince años, todos estábamos terminando de pasar nuestras colecciones de vinilo a CD. Pronto comenzaron las reediciones remasterizadas, y las reediciones remasterizadas con bonus track, y las reediciones remasterizadas Especial Aniversario. Todo mientras la lectora de CD languidece, los archivos digitales vienen con el plus multimedia y hasta el download, con la aparición del sistema “nube” que permite escuchar canciones a distancia, empieza a dejar de ser una costumbre. Los músicos siguen planteándose el álbum, pero la realidad insiste en llevarles la contra.

En un futuro no tan lejano, será difícil explicar ciertas manías del melómano. Con el concepto de álbum diluido por el random y el objeto palpable convertido en pieza de museo, con la naturalización de la música envasada en el artículo que realmente la industria quiere vender (“¡comprá el nuevo celular Sandanga X38 con cuatro canciones, dos remixes y acceso a material exclusivo en el sitio de Shakira!”), transmitir la extrañeza sonora de equivocarse y poner un simple de 45 revoluciones por minuto a 33 1/3 se parecerá a lo que significó a mediados de los ’90 el “automático” que hacía caer los discos en el plato del Wincofón. Todo se construye y se destruye tan rápidamente, que no queda más remedio que sonreír.

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23.3.11 

El helado en la frente


(Publicada hoy en Página/12. Se recomienda también la nota principal sobre el conflicto Colón - GCBA)

Producto de tantas ficciones y tanto preconcepto, uno tiende a creer que los políticos tienen sus pasos meditados, que la cosa se mueve un poco como el ajedrez, que cada jugada responde a una estrategia y a veces un movimiento está sutilmente provocado por otro. Otras veces, la realidad demuestra que algunos políticos tienen menos cintura que un barril de pólvora. Y pueden ser igualmente peligrosos.

¿Cuál fue la estrategia del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires en este entuerto? Suena, más bien, a una escalada en la táctica que se lleva a cabo desde que el conflicto con los trabajadores del Colón llegó a punto muerto. El plan de Mauricio Macri es presentar a los huelguistas como delincuentes que obturan el acceso de la población al Coliseo Mayor; poner en juego a una figura de los kilates de Plácido Domingo es dar un salto en ese sentido, buscar la indignación pública porque los delincuentes impiden la actuación del enorme tenor.

Si ya esa táctica resulta endeble –y ante todo abandona toda intención de resolver el conflicto–, los funcionarios terminaron de irse al pasto con una nueva burrada. Plácido Domingo llegó a la Argentina y pasó horas reunido con los músicos del Colón, mientras los funcionarios del Gobierno y del Teatro hacían la plancha. Bastó que se interiorizara de la situación real del conflicto para que, en la conferencia de prensa del lunes, lanzara una serie de párrafos que deben haber dejado lívido al jefe de Gobierno. “Me gustaría hablar con las autoridades gubernamentales, con el director del Teatro Colón”, dijo el cantante, evidenciando el modo en que durmieron aquellos que querían dejar en offside a la Orquesta Estable y la Filarmónica. Aun comprendiendo el punto de vista de todas las partes en conflicto, Domingo se puso del lado de los músicos, sin que en el lugar hubiera un solo funcionario dispuesto a dar la cara, rebatir o por lo menos tratar de introducir un matiz. De pronto, el escenario soñado –les trajimos a Plácido Domingo pero vean, estos huelguistas irracionales no les permitirán disfrutarlo– trocó en pesadilla.

Ayer, Mauricio Macri habló de “papelón internacional” como si fuera un analista externo, como si no fuera uno de los responsables del disparate. No es de extrañar, suele hacer esas cosas. De sobrepique, durante la tarde la combinación músicos delincuentes-tenor díscolo volvió a tirarle el achique, anunciando la concreción del concierto “para el pueblo” y negándose a aparecer en el escenario que es centro de todo el escándalo. Los reclamos gremiales no han cedido un centímetro y hasta encontraron una nueva fuerza en el apoyo de una figura de renombre mundial: el concierto en la 9 de Julio tiene ahora un signo opuesto al que imaginaban en Bolívar 1. Y este nuevo episodio de la puja entre los trabajadores del Colón y la concepción PRO de la gestión cultural bien podría resumirse en una opereta titulada El helado en la frente.

20.3.11 

¿Por qué no hay saqueos en Japón?


(Publicada hoy en Página/12)

No news, good news: aplicada a la vida cotidiana, la frase, eso de “si no hay novedades es que está todo bien”, es un concepto que tranquiliza. Pero es el infierno del productor de noticias, en radio, en televisión o en la gráfica. Sobre todo en los dos primeros medios de comunicación, donde la necesidad de alimentar el aire de forma permanente convierte al fárrago informativo en un picadillo en el que se cuelan elementos de toda especie. Si no hay noticias la cosa está jodida, se recurre una y otra vez a la nota de color, al videíto de Internet, al reciclaje, a los “informes especiales” que tienen más de lugar común que de cosa especial.

La pesadilla del productor es el silencio de radio, la pantalla con barras de colores, la estática. Hay días y semanas especialmente duros, en los que hay que batallar por obtener ese material que llega y se va, que como mucho conseguirá una sobrevida en los programas de archivo, que quizá cause un pequeño runrún en una sociedad hiperconectada, pero ni siquiera le deparará una palmadita del jefe satisfecho por un buen trabajo. Hay días en que hay que conseguir las noticias con sacacorchos.

Estos días no han sido de esos días.

Se sabe, en términos informativos no hay nada que garpe más que una buena tragedia. Quien no haya transitado los pasillos de los medios encontrará la frase demasiado cínica y habrá quien, en nombre de la corrección política, se escandalice y pretenda rebatirla. Lo cierto es que, desde que la tierra empezó a temblar en Japón, las ruedas de la maquinaria informativa ganaron el dinamismo ideal, eso que lleva a los productores a encontrar rápidamente todo un panorama de variantes para desplegar la noticia y a los gerentes a observar las planillas de rating y a todos en el ambiente periodístico a permitirse pensar, en la soledad de su conciencia, “Aaaaah, si tuviéramos una de éstas todos los días...”

Japón vino a comerse a Libia, que era un tema periodísticamente muy rentable pero con arideces que expulsaban al consumidor medio. Pero a pesar de la enormidad del hecho y su aptitud para el consumo masivo, no tardaron en aparecer las distorsiones. Sobre todo en la tele, que se ceba más fácil; sobre todo en los informativos-24-horas, obligados por definición a continuar los temas, obtener otros ángulos, encontrar nuevos espesores, desarrollar la noticia tratando de ganarle al otro. Desde el día del terremoto y el tsunami, desde que trascendió la primera preocupación nuclear, surfear los canales de noticias se convirtió en una experiencia inenarrable, adictiva por momentos, vomitiva en otros, ejemplificadora casi siempre. Al principio, el palpable fastidio de los pisos por el loop casi idéntico de las imágenes: las entrelíneas de lo que se decía al aire llevaban un aire de esperanza, un “éstos son los primeros materiales que nos llegan, pero tratándose de un país como Japón seguramente tendremos acceso a muchas imágenes conmocionantes”. Las primeras 24 horas no fueron tan pródigas como esperaban los productores, que esa misma noche agotaban los canales de YouTube para encontrar algo diferente a ese techo que caía en el aeropuerto o la ola que convertía a autos de verdad en miniaturas Hot Wheels y metía un barco abajo de una autopista, o esa marea negra avanzando sobre la pista de aviones en Sendai.

Y después, lo que suena: el musicalizador de tele es a veces la encarnación de todos los horrores del musicalizador, la quintaesencia del lugar común y la elección ramplona. Alguna vez alguien entenderá que el subrayado de música dramática para imágenes que ya tienen suficiente drama provoca instintos asesinos en el televidente, pero hasta que ese día llegue, todos, todos los canales acuden al banco de grandes orquestaciones y ominosas cuerdas que vienen a decir horror, vea usted qué gran tragedia, conmuévase, hombre, mujer, conmuévase como sólo puede conmoverse aquí en nuestra pantalla. Si se agrega el comentario, esa innecesaria necesidad que tienen algunos conductores de piso de relatar lo evidente, queda claro el enorme valor que tienen los canales de ficción en ciertas circunstancias.

Y las imágenes pasan y las novedades se estancan, los bomberos y el ejército siguen tirándoles agua a los reactores y la tierra se mueve pero menos y el agua se retiró y ya se agotó la exhibición de devastaciones y la gente que huye se aburre en los aeropuertos y ya se encontraron a todos los argentinos a entrevistar en Japón (incluyendo a ese que, síndrome del exiliado en un país “más avanzado”, estuvo cinco minutos explicando cómo funciona un GPS, como si sólo existieran dispositivos GPS en Japón) y sigue habiendo aire para ocupar. Entonces, a agarrar la agenda y convocar a los especialistas, a acercarse a otro círculo del infierno en pantalla chica.

Esta semana desfilaron por los estudios una serie de personas que jamás imaginaron estos minutos de fama: profesionales que incendiaron su cerebro con carreras de pocos graduados al año, a quienes muy pocas veces se recurre a la hora del comentario sobre la actualidad. Doctores en ciencias durísimas y titulares de posgrados de investigación nuclear que pusieron su mejor cara de diplomáticos ante las preguntas de conductores que en el bloque anterior se pretendían también expertos en esta clase de temas, y ya en papel intentaban charlar de tú a tú con el licenciado. Diálogos rayanos en el surrealismo, pero con atisbos de auténtica enseñanza cuando el invitado podía hablar por fuera de la lógica del circo mediático.

Pero los expertos de verdad son pocos y tienen otras obligaciones –y otros canales y radios los reclaman–, por lo que con el correr de los días el status se fue degradando, y llegó primero al psicólogo, luego al pastor de una religión que en Japón es seguida por el 0,8 por ciento de la población, después al por demás ambiguo “especialista en seguridad nuclear” y finalmente al “experto en estudios orientales” sacado de las páginas barriales (entre avisos de shiatzu, reiki y bonsai), no en el estudio sino por teléfono, explicando ya no las particularidades de la piscina de enfriamiento en Fukushima, sino la estructura mental del japonés medio. Porque la preocupación ha derivado y sí, hay que encontrar nuevos ángulos: se sigue dando cuenta de los muertos y desaparecidos, cada tanto hay alguna explosión, pero el foco ya no es la catástrofe. Argentinos hasta la médula, ahora campea la incomprensión de por qué los japoneses son tan...: hay una desesperación casi palpable en el conductor al que picanean todo el tiempo con que estire, estire, que ya no hay un carajo para mostrar, que se acabó el drama visual. Hay una velada amenaza en ese interrogatorio de por qué los orientales no salen a pedir la cabeza del emperador que no sale a decir nada en semejante momento. Y ya no hay disimulo en esa pregunta que es pura impotencia disfrazada de interés periodístico: “Y dígame, ¿por qué no hay saqueos en Japón?”

Por suerte llega el paro y el paro del paro, y Obama amenazando a Khadafi, Gadafi o como cornos se escriba, y los misilazos sobre Libia y mientras tanto en otro lugar del planeta se está incubando el próximo tsunami real o simbólico, ese que se lleve puestas unas cuantas cosas, sea filmado por mucha gente para meterle muchos bronces y cellos y, un par de días después, termine en una buena tanda de saqueos que garantice la continuidad informativa. Que sea una catástrofe, pero seria, en toda la regla, con la de-sesperación a la vista y la sangre bien caliente. Y adelante, estudios centrales.

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  • Eduardo Fabregat
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