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22.4.12 

Sacudir la estantería


(Publicado hoy en Página/12, solo en papel, en un suplemento dedicado a la Feria del Libro)

El lema de la Feria 2012 aparece en el momento indicado. Mientras el mundo de la música replantea sus paradigmas y para sobrevivir apela a la virtualización y fragmentación del objeto—álbum, la literatura parece a salvo de esa clase de desnaturalización: a nadie se le ocurriría vender capítulos sueltos de la última de Paul Auster. Aunque nunca se sabe. Como sea, no hay ruido en la frase “Un futuro con libros” en el contexto del planeta Tierra modelo siglo XXI. Aunque se llenen páginas y páginas de debate sobre la autenticidad de la experiencia e-book (y haya argumentos válidos de todos lados), todo intercambio parte de la base de que el libro, la obra, no se discute. El pasado nos retrató con libros, y el futuro nos encontrará con ellos.

  No se trata solo de pujanzas, iniciativas de la industria o inclsuo cifras de ediciones y de ventas. Va más allá. El libro existe porque siguen existiendo los autores, porque las canteras no se agotan y aunque los lenguajes y las formas parezcan del todo transitadas, siempre hay una frase que brilla de modo diferente. En algún lugar, ahora mismo y no importa si con lápiz, birome, estilográfica, Olivetti o laptop, alguien está escribiendo algo que merecerá ser leído.

  En ese marco de producción indiscutida (que no significa indiscutible), llega otra edición de la Feria del Libro de Buenos Aires. Y resulta inevitable recrear las sensaciones que eso produce, con la desesperación a la cabeza. Tarde o temprano, todo bicho lector cae en ese estado de ánimo: el laberinto de stands, la pila de libros, la enormidad de material escrito, conforman el recordatorio de todo lo que nunca podremos abarcar. No es una sensación novedosa, pero su peso específico es siempre el mismo. Uno se para allí y ojea y relojea, y entierra la nariz en un tomo especialmente perfumado de tinta y papel, y se atosiga de fajas que gritan “llevame a mí, llevame a mí”, contratapas, solapas y contrasolapas. Sabe que cada opción por un libro implica que otros tres se quedarán en el estante y quizá para siempre, porque el ritmo de edición en la Argentina se vuelve frenético: las mesas de novedades parecen el pasillo de “Corriente alterna” de Leo Masliah, con un movimiento tan veloz de entrada y salida que las tapas ya no son más que una tenue sensación, una sutil, fugaz coloración. La Feria lleva al visitante al centro de esa locura y esa fascinación, a una sed insaciable de páginas, de historias, de versos y de verbos. Por eso es la Feria, sin mayor explicación, y todos entienden de qué feria se trata y por qué las mayúsculas.

  Este que escribe debutó en la Feria en épocas poco propicias para la cultura. Corría 1980 y la profesora de Lengua de ese primer año bachiller que eramos, María Cristina Planas, organizó una salida a lo que entonces se desarrollaba en el predio de Figueroa Alcorta, junto a la Facultad de Derecho. La panmdilla de asesinos que ocupaba la Rosada seguramente prefería que la gente eligiera el Italpark tan cercano, pero ya entonces el encuentro anual tenía un significado que ni siquiera la dictadura podía soslayar. Incluso podía servirle como pantalla adicional a “los argentinos somos derechos y humanos”, que una cita cultural de esa magnitud podía tener lugar aun en la Argentina gris de fines de los ’70. Pero en los pasillos había varios que sabían de la cantidad de libros que no podían circular libremente por allí, cuánto de fachada había en esa biblioteca. Ese marco surge con lo que uno supo después: para ese pibe de 13 años fue la primera descarga de fascinación por esa abigarrada invitación a la lectura, un efecto que no ha perdido potencia con los años. De esa Feria, los estantes personales conservan una preciosa edición de las 20 mil leguas de viaje submarino de Julio Verne. Linda alegoría. Un Nautilus para atravesar la Argentina de tiburones y pirañas.

  Se sabe que a la vuelta de cualquier pasillo de la Rural acecha el lugar común, y que habrá muchas charlas y presentaciones jugosísimas e inolvidables al menos por un rato, y otras en las que uno saldrá preguntándose qué sentido tiene destinar horas, recursos y salas a un choreo de autoayuda. Pero eso es también la Feria, como es propio de la Argentina un hábito lector tan varioppinto como para reconocer a autores esenciales y a la vez encumbrar a charlatanes de 150 páginas en tipografía 12 y conclusiones tan pesadas y reveladoras como “sé tú mismo”. Cosas que sacuden la estantería y cosas que nivelan mesas.

  Que sea lo que sea, a superar la desesperación por todo lo que nunca llegaremos a leer y a sentarse, resignados pero felices, a la mesa interminable. La sopa de letras está servida.

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¿Hay ofertas o es como siempre, que te salen lo mismo que en las librerías?

Veo difícil ir, me convertí en un bicho de Parque Rivadavia.

Retomá el blog que en el diario te pierdo!

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Responsable

  • Eduardo Fabregat
  • Buenos Aires, Argentina
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